12 Jul 2008
ETIOPÍA, LA DESCONOCIDA DE ÁFRICA

Etiopía es el país de la mítica reina de Saba, y se diferencia en mucho del resto de países africanos. En el norte nos empapamos con el vapor húmedo de las cataratas Tississat del Nilo Azul. Antes de verlas se oye el rugir del agua. Un gran chorro cae por la pared de una garganta, rodeada de verde vegetación. Años después de nuestro viaje construyeron una presa y dicen que las cataratas han dejado de ser lo que eran. El paisaje del norte del país es muy verde, contra la imagen que se tiene de Etiopía, con árboles de gruesos troncos cubiertos por plantas trepadoras y cultivos de maíz, café, algodón y girasoles; el sur, más seco, está salpicado de las características acacias planas y de termiteros gigantes, tan altos como una persona.
El viaje al sur, a los Parques Nacionales Omo y Mago, donde habitan las minorías étnicas de los Hamer y los Mursi es impactante. Nos avisaron de que íbamos a tener unas acompañantes indeseadas: las moscas tsé-tsé. Pensé cómo las diferenciaría de otros moscardones, pero en cuanto las vi no tuve dudas. Empezaron a aparecer amenazadoramente en forma de nube alrededor del coche, y aunque cerramos las ventanillas no pudimos impedir que entrara alguna. Mostraron una predilección especial por la cabeza del sufrido conductor. Empezamos a matarlas utilizando la guía de Etiopía, que demostró ser bastante eficaz.
Además de las tsé.tsé, cada animal y cada persona lleva consigo un cargamento de moscas, que se desplazan al mismo tiempo que van andando. Son de una especie muy terca e insistente; no basta con un simple movimiento para que se aparten sino que tienes que darles un manotazo. Y se posan indiscriminadamente en cualquier parte del cuerpo y en la cara, en los ojos, en la boca, a veces se meten por los orificios de la nariz y hay que dar un soplido. Los niños llevaban muchas moscas en la cara y a veces no se las espantan, como si estuvieran cansados de hacerlo.
Cruzamos en bote el río Omo de aguas fangosas. El bote era un tronco vaciado de frágil estabilidad, en el que sólo íbamos dos pasajeros y el barquero. Las mujeres Mursi se embellecen con tatuajes, escarificaciones e insertando platos de arcilla en su labio inferior. Algunos platos tienen un diámetro de diez centímetros. Los hombres mursi iban totalmente desnudos, sin ni siquiera protegerse los genitales; los que encontramos iba de caza, llevaban arcos con flechas y algún fúsil. Las Hamer se adornan con peinados de trencitas untadas en una pasta rojiza, con collares de conchas y abalorios de colores, y pieles como faldas. Todas transportan en la cabeza calabazas llenas de leche de camello, que tiene propiedades curativas.
El Parque Nacional de Nechisar está entre dos lagos, el Abaya y el Chamo. Visitamos el parque acompañados de un guarda armado con un fúsil kalasnikov. vimos cebras en grupos de cuatro o cinco, gacelas de Grant, antílopes, gallinas de guinea, pavos reales, halcones y otras aves. Luego cogimos una pequeña embarcación por el lago Chamo para ver lo que llaman el “mercado de los cocodrilos”, el lugar donde se agrupan para descansar, tomar el sol en las orillas y exhibir sus mandíbulas de vez en cuando.
Después de diez días por el sur, la siguiente etapa fue la mítica ciudad de Harar, que tuvo prohibida su entrada a los no musulmanes hasta el siglo pasado, cuando el explorador inglés Richard Burton vulneró esta prohibición en 1854, disfrazándose de peregrino. Y casi siglo y medio después fuimos nosotros, mientras los niños nos gritaban entre risas “faranji”, que significa extranjero en la lengua amharic. Harar fue y es una de las más santas ciudades musulmanas. Es el origen de la comunidad rastafari, aunque vimos pocos. Disfrutamos paseando por el laberinto de sus calles. En su mercado vimos a los hombres vendiendo y masticando el chat, la planta local estimulante.
En el otro extremo de Etiopía, al oeste, está la bonita ciudad de Bahir Dar, junto al lago Tana, el mayor de Etiopía. Dentro del lago hay varias islas con monasterios ortodoxos de forma circular. Desde allí una pequeña avioneta nos llevó hasta Gondar. Resulta inesperado contemplar los castillos medievales de Gondar, con escalinatas, almenas y torreones. Fueron construidos por diferentes reyes durante el s. XVII y ofrecen una imagen inusual de Africa.
Al norte, junto a la frontera Eritrea, está la histórica ciudad de Axum, donde están las ruinas del Palacio de la Reina de Saba y un conjunto arqueológico de tumbas y stelas. Las stelas son estilizadas agujas de piedra hechas de un solo bloque, Pero recordaremos Axum, además, porque fue allí donde vimos un convoy de tanques militares y otros vehículos de guerra que iban hacia el cercano frente de Eritrea.
Las iglesias de Lalibela no tienen comparación en el mundo y conservan una atmósfera muy especial. Se excavaron en la roca en el s. XII para ocultarlas de las invasiones árabes. De hecho, Lalibela es una laberíntica ciudad subterránea, conectada por túneles y pasajes, con 12 iglesias y capillas, además de sepulcros y lugares sagrados. Los sacerdotes ortodoxos tienen un aspecto imponente, con su ropajes de colores y muestran las cruces procesionales de plata y oro. Las enseñan con orgullo y con mimo, colocándolas sobre los bastones de madera envueltos en largas estolas. Alguno de los sacerdotes espantaba las molestas moscas con elegancia, utilizando un plumero hecho de cola de caballo.
La iglesia de San Jorge es la más famosa y era una de las motivaciones de nuestro viaje: tiene forma de cruz y está tallada en la piedra rojiza con una gran zanja alrededor. En el interior todavía se conserva un dibujo de San Jorge matando al dragón. Lo curioso es que la iglesia es monolítica, y se talló desde arriba abajo. Era majestuosa y extraña. Como la inolvidable Etiopía.
© Copyright 2008 Nuria Millet Gallego
30 Jun 2008
COCODRILOS Y PINGÜINOS EN AUSTRALIA
La primera noche en Australia la pasamos al raso, contemplando las estrellas del firmamento de las antípodas, la Cruz del Sur que orientaba a los antiguos navegantes. Estábamos en el Parque Nacional de Kakadú, en Darwin, la zona tropical del continente. Australia tiene un territorio quince veces mayor que España y mucha naturaleza variada que ofrecer. En todo el país hay setecientos (¡) Parques Nacionales; nosotros sólo visitamos ocho de ellos.
En Kakadú cogimos un bote por el río Alligátor para ver los cocodrilos. El barquero tenía las letras “L-O-V-E” tatuadas en los nudillos de la mano. Con un pequeño espejo que reflejaba la luz solar nos señalaba las serpientes enroscadas en las ramas de los árboles. El río estaba repleto de nenúfares, algunos de más de dos palmos de diámetro, con flores lilas abiertas. A dos metros de distancia vimos un cocodrilo medio sumergido en la superficie del agua, como un tronco flotante, con la diferencia de que se distinguían sus negros ojos y sus escamas. Otro tomaba el sol en la orilla fangosa, junto a los manglares, totalmente inmóvil.
También disfrutamos de las cascadas que formaban piscinas naturales. Llegamos a una garganta circular con altas paredes de roca. La catarata Jim Jim caía en una laguna de unos cincuenta metros de diámetro, con aguas profundas de color verde oscuro. Un cartel advertía de los peligros del baño por la presencia de cocodrilos. Nos dijeron que en aquella época no había, y nadamos con la esperanza de que no hubiera ningún cocodrilo despistado.
Cerca de Darwin está el Parque Nacional de Lichtfield con termiteros gigantes de varios metros de altura. El que llaman la Catedral tiene 6 metros de altura. Son pináculos de tierra rojiza endurecida. Las termitas construyen hacia arriba para mantener una temperatura cálida constante. Algunos los llaman montículos magnéticos porque están orientados hacia el norte.
Desde Darwin un avión nos llevó en dos horas hasta Alice Spring. Es la base para ver Uluru, la roca sagrada de los aborígenes, conocida como Ayers Rock. Es cierto que la piedra arenisca tiene un color rojizo a pleno sol, que cambia a tonalidades anaranjadas y rosa azulado en la puesta de sol. Además de Uluru vale la pena hacer una excursión guiados por rangers por las montañas llamadas Olgas y al King Canyon. El cañón tiene forma de herradura y paredes de cien metros de altura.
En Alice sobrevive una pequeña comunidad de aborígenes; muchos han caído en el alcoholismo, pero otros venden sus productos de artesanía a través de las tiendas de recuerdos. Hay cuadros pintados con técnica puntillista sobre cortezas de árbol, boomerangs, digeridoos...Las pinturas aborígenes representan sueños o imágenes sagradas.
En la costa este, nos esperaba Port Douglas y Cabo Tribulación. Allí disfrutamos de fantásticas y solitarias playas con palmeras y arena blanca, y de la Gran Barrera de Coral, donde los peces de todas las formas y colores posibles nadaban a nuestro alrededor. Pueden verse peces payaso, rojos con franjas blancas, los alargados peces trompeta, y otros azul eléctrico con la cola amarilla, negros con la cola blanca, verdes con toques de azul, rosados con manchas negras, amarillos con franjas negras...Alguno miró insolente el objetivo de nuestra cámara submarina; estábamos invadiendo su mundo. La vegetación llega cerca de la orilla, hay zonas de manglares, y altas montañas custodian la playa. También aquí encontramos señales advirtiendo del peligro de cocodrilos, estos de agua salada, llamados “salties”, que bajan por la desembocadura del río.
La última etapa fueron las ciudades de Melbourne, que conserva el tranvía y edificios antiguos, y la gran Sydney con su inolvidable bahía y sus verdes parques.
En el Parque Nacional de Otways nos impresionaron los inmensos troncos de los bosques tropicales, algunos con huecos donde cabía una persona., y los acantilados de Port Campbell de roca horadada por la fuerza del mar; hay un grupo de grandes rocas en el mar que se conoce como los Doce Apóstoles. A Port Campbell se llega desde Melbourne por la famosa Great Ocean Road, la carretera que bordea el Océano Pacífico y que ofrece unas vistas espectaculares.
Los simpáticos canguros pueden verse en varios lugares del país, en parques y en libertad. Es curioso comprobar que los coches van equipados con una barra anticanguros delantera porque son frecuentes los accidentes. Y hasta los pilotos, azafatas y todos los miembros de la tripulación de Quantas tienen un canguro bordado en la espalda de su camisa. Ádemás de los canguros, emúes y koalas, sorprende poder ver pingüinos, en el Parque Nacional de Philip Island. Los pingüinos beben agua de mar y excretan la sal a través de una glándula que tienen en el lagrimal del ojo. Al oscurecer los vimos venir nadando por el mar; atravesaban la playa y se dirigían a sus nidos dispersos entre las vegetación de las dunas. Las olas depositaban en la arena a grupos de unos diez pingüinos, de movimientos torpes e indecisos, como si desconfiaran o pudieran intuir la presencia de extraños en sus dominios. Ser testigos de su llegada nocturna fue nuestro último recuerdo de Australia.
© Copyright 2008 Nuria Millet Gallego
Sobre este blog
NuriaNomada
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Viajera vocacional, viajo en el tiempo y en el espacio. Admiro a viajeros como Alexandra David-Néel, Richard Burton o Ryszard Kapuscinski, cuya época y cuyos viajes son irrepetibles. Pero creo que aunque casi todo esté ya descrito y descubierto, un viajero siempre podrá ofrecer su mirada sobre aquello que ve y disfruta temporalmente.
El viajero es un testigo privilegiado y nuestros ojos tal vez pueden ver mejor las realidades lejanas gracias a los anteojos de los que nos precedieron.
Me gusta todo tipo de naturaleza (montaña y playa, selvas y desiertos, mares y ríos, lagos y glaciares), las ciudades históricas coloniales, las indumentarias y costumbres diferentes, la gastronomía, los mercados, las charlas con la gente y volverme invisible de vez en cuando para observar sin interferir. Me gustaría disponer de tiempo sin límite para viajar y escribir sobre lo que veo.
He sido trotamundos y he disfrutado en más de cincuenta países, y sigo buscando nuevos horizontes.
Me confieso letraherida, como lectora y como escritora. La literatura es parte importante de mi vida (también soy nómada en el vasto territorio de los libros) y tiene un pequeño espacio en este blog.
Bienvenidos.
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