04 Nov 2008
EL MISTERIO DE LALIBELA

Todas las religiones son controvertidas, y no soy partidaria de ninguna, pero nunca he podido dejar de admirar las maravillas que se construyen en nombre de ellas.
Imaginaros una laberíntica ciudad subterránea excavada en el s. XII para ocultarse del enemigo, los invasores árabes. Unas iglesias monolíticas, talladas de una sola pieza de roca, de arriba hacia abajo (¡), y otras construidas en cuevas naturales. Eso es Lalibela. Un conjunto de doce iglesias y capillas, sepulcros y lugares sagrados del cristianismo ortodoxo a ambos lados del río Jordán.
La más famosa es Bet Giorgis, la Iglesia de San Jorge, la que sale en todas las fotos, y la que nos había atraído hacia Etiopía al verla en una revista de viajes. Tenía forma de cruz y estaba tallada de una sola pieza de roca, con una gran zanja alrededor. La roca era rojiza, salpicada de toques amarillos de algas. Vista desde arriba se distinguían las tres cruces, que representaban la Santísima Trinidad.

En el camino encontrábamos niños correteando, y mujeres a la puerta de sus viviendas, colocando el grano en esteras para aventarlo. Los hombres, reunidos en pequeños grupos, bebían cerveza local, con restos de cereal flotando en el líquido turbio. Nos sentamos con ellos y compartimos la bebida. Alguno nos confundió con italianos, que habían estado en Etiopía de 1936 a 1941, durante la I Guerra Mundial. Luego reanudamos el recorrido por la zona.
En el interior de las iglesias se guarda el Tabot, la réplica intocable de las Tablas de la Ley que Moisés guardó en el Arca de la Alianza, y que por supuesto no se puede ver. Lo que sí puede verse y enseñan en cada iglesia son las cruces procesionales de oro, plata y bronce. Los sacerdotes ortodoxos las enseñan con mimo, colocándolas sobre bastones de madera, envueltas en largas estolas, y se quedan inmóviles ante el visitante, investidos de una dignidad milenaria.

Las iglesias de Lalibela no tienen comparación en el mundo; eran diferentes a todo, y tenían una atmósfera especial. Y los sacerdotes que había en el interior de cada iglesia tenían un aspecto imponente, con sus ropajes, sus casquetes amarillos –el color de los monjes-, sus cruces procesionales...Sobre todo recordaré sus negras y largas barbas, rostros morenos y angulosos de pómulos marcados y ojos brillantes de fe desafiante. Lalibela era misteriosa y única. Como la inolvidable Etiopía.
© Copyright 2008 Nuria Millet Gallego
30 Oct 2008
EL SASTRE DE ETIOPÍA

El explorador inglés Richard Burton fue el primer occidental en entrar en la mítica ciudad de Harar, en Etiopía. Harar fue y es una de las santas ciudades musulmanas, y durante mucho tiempo estuvo prohibida la entrada a los no creyentes. Burton, que también fue el primero en entrar en La Meca, consiguió entrar en 1854, disfrazándose de peregrino. Y casi un siglo y medio después la visitamos nosotros. Eso me confirma que he nacido tarde, me correspondía otro siglo.
En el mercado había toda una calle repleta de tiendecillas de sastres. Estaban instalados con sus viejas máquinas de coser Singer, o de marcas chinas, y rodeados de telas multicolores. Los pedales de las máquinas no paraban en todo el día. Mi abuela tuvo una máquina Singer. Ta-Ta-Ta-Ta. Unas puntadas y cosía una cremallera. Ta-Ta-Ta-Ta. Unas puntadas más y cosía un dobladillo. Con el tiempo, la máquina cayó en desuso y desapareció. Mi abuela también.

El nieto del sastre fue uno de los jóvenes que vivió una temporada a Cuba, becado por el gobierno. Tropas cubanas habían participado en la guerra contra los movimientos de liberación de Eritrea y Tigré y las guerrillas somalíes. Resultaba curioso oirle hablar castellano con acento cubano, perdidos en aquel rincón de África. Mi amiga Ilona Gogh conoció a alguno de estos jóvenes cuando trabajó en una campaña de alfabetización en Cuba. La mayoría regresaron a su país.
Cerca de los sastres, estaban las planchadoras, con antiguas y pesadas planchas de hierro.
La ciudad era origen de la comunidad rastafari. Sus calles eran tortuosas y las casas eran de piedra desnuda o estaban pintadas de blanco, verde manzana o azul turquesa. Muchas tenían patios interiores sombreados, que se entreveían por las puertas abiertas. En los patios las mujeres lavaban la ropa y los niños jugaban, saludándonos a nuestro paso.
El poeta francés Rimbaud vivió en esta ciudad varios años, antes de su muerte prematura. A lo mejor encontró poesía en esos patios o en el pedaleo incesante de los sastres.
Un paseo nocturno por las callejuelas fue nuestra despedida de la Harar medieval, la Harar prohibida y misteriosa.
© Copyright 2008 Nuria Millet Gallego
22 Oct 2008
(ALGUNAS) MUJERES DE ETIOPÍA


Las dos primeras fotos son de mujeres que pertenecen a las minorías Hamer y Mursi, que habitan el sur de Etiopía.
Tenían trencitas en el pelo, untadas con una pasta rojiza, que se obtenía mezclando grasa con un colorante vegetal. Iban vestidas con pieles y conchas africanas, y con adornos tribales en el cuello, y brazaletes o abalorios de colores. Como calzado sandalias hechas de neumático. Alguna llevaba colgando una llave. Llevaban sus productos al mercado, transportaban leña y agua, cuidaban del ganado y de sus hijos...
Un pasado presente.
La mujer Mursi vivía en el Parque Nacional Mago. Llevaba un plato de arcilla insertado en el labio inferior. Algunos eran de un diámetro de diez centímetros. Otras mujeres que estaban en su grupo tenían escarificaciones, tatuajes con relieve en la piel.

El presente. La enfermera sonriente y con cofia, y la peluquera moderna. Hablé con ellas sobre su trabajo, los horarios y el sueldo. Ninguna de ellas tenía hijos. Tenían ilusiones.
Mujeres jóvenes y trabajadoras; además de ser el presente, podrían ser la imagen del futuro del país

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Texto y fotos
19 Oct 2008
LA ESCUELA ETÍOPE

Esta es una escuela que encontré viajando por Etiopía. Unas cuantas lonas azules extendidas bajo las ramas de un árbol. Un tablón de madera como pizarra. Un palo para señalar. Un maestro voluntarioso. Y los niños muy juntos, recitando la lección con una sonrisa.
Todos los viajes marcan. Dejan una huella indeleble, emocional y física, si abres tu espíritu y tu mirada a lo que ves. Vuelves a casa, abres el grifo y sale agua. Y el gesto cotidiano se convierte en maravilla. Cierras, y abres el grifo de agua caliente, y recuerdas el frío. Tienes hambre y piensas ¿qué me apetece para comer? ¿qué haré para cenar esta noche? Tienes tiempo libre y lees, vas al cine, a exposiciones, a cenas con amigos, con los que hablas del mundo. Y descubres tu privilegio, de utilizar los recursos, de tener tiempo libre, de poder elegir.

Sales a pasear sola por tu ciudad, porque te apetece andar y distraerte, y recuerdas que hay mujeres condenadas al aislamiento en sus casas, mujeres que no pueden salir sin la compañía de un hombre, mujeres que no pueden conducir, mujeres que no pueden elegir la opción de la maternidad, mujeres que subordinan su vida a la de los hombres, obligadas por la sociedad o por preceptos religiosos. Mujeres que no pueden disfrutar de su sexualidad, por abstracciones como la moral, o por motivos físicos, como la ablación,. Niños que no pueden acceder a la educación, el pasaporte para cambiar de vida. Hombres rotos de trabajar de sol a sol, o de no poder trabajar y mantener a sus familias. Vidas limitadas, interrumpidas, condicionadas. Sólo por haber nacido en otra parte del mundo.

Todos tenemos límites en nuestra libertad. Occidente también los tiene. Pero todo es cuestión de geografía. Una vez leí que los derechos humanos son cuestión de geografía. Sí, todo es cuestión de geografía. Y en occidente la ética, los ideales y la solidaridad, hace tiempo que pasaron al olvido, o a un segundo plano. Sólo a cuatro locos nos preocupan, nos remueven la conciencia y ocupan unos instantes de nuestros pensamientos. Sé que no digo nada nuevo, pero siento lo que digo.
¿Qué pensais vosotros, los que leeis estas líneas?
Y Etiopía es un país bellísimo. Si quereis saber más de él, le dediqué otro post:
http://lacomunidad.elpais.com/nuri-9/2008/7/12/etiopia-desconocida-africa
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12 Jul 2008
ETIOPÍA, LA DESCONOCIDA DE ÁFRICA

Etiopía es el país de la mítica reina de Saba, y se diferencia en mucho del resto de países africanos. En el norte nos empapamos con el vapor húmedo de las cataratas Tississat del Nilo Azul. Antes de verlas se oye el rugir del agua. Un gran chorro cae por la pared de una garganta, rodeada de verde vegetación. Años después de nuestro viaje construyeron una presa y dicen que las cataratas han dejado de ser lo que eran. El paisaje del norte del país es muy verde, contra la imagen que se tiene de Etiopía, con árboles de gruesos troncos cubiertos por plantas trepadoras y cultivos de maíz, café, algodón y girasoles; el sur, más seco, está salpicado de las características acacias planas y de termiteros gigantes, tan altos como una persona.
El viaje al sur, a los Parques Nacionales Omo y Mago, donde habitan las minorías étnicas de los Hamer y los Mursi es impactante. Nos avisaron de que íbamos a tener unas acompañantes indeseadas: las moscas tsé-tsé. Pensé cómo las diferenciaría de otros moscardones, pero en cuanto las vi no tuve dudas. Empezaron a aparecer amenazadoramente en forma de nube alrededor del coche, y aunque cerramos las ventanillas no pudimos impedir que entrara alguna. Mostraron una predilección especial por la cabeza del sufrido conductor. Empezamos a matarlas utilizando la guía de Etiopía, que demostró ser bastante eficaz.
Además de las tsé.tsé, cada animal y cada persona lleva consigo un cargamento de moscas, que se desplazan al mismo tiempo que van andando. Son de una especie muy terca e insistente; no basta con un simple movimiento para que se aparten sino que tienes que darles un manotazo. Y se posan indiscriminadamente en cualquier parte del cuerpo y en la cara, en los ojos, en la boca, a veces se meten por los orificios de la nariz y hay que dar un soplido. Los niños llevaban muchas moscas en la cara y a veces no se las espantan, como si estuvieran cansados de hacerlo.
Cruzamos en bote el río Omo de aguas fangosas. El bote era un tronco vaciado de frágil estabilidad, en el que sólo íbamos dos pasajeros y el barquero. Las mujeres Mursi se embellecen con tatuajes, escarificaciones e insertando platos de arcilla en su labio inferior. Algunos platos tienen un diámetro de diez centímetros. Los hombres mursi iban totalmente desnudos, sin ni siquiera protegerse los genitales; los que encontramos iba de caza, llevaban arcos con flechas y algún fúsil. Las Hamer se adornan con peinados de trencitas untadas en una pasta rojiza, con collares de conchas y abalorios de colores, y pieles como faldas. Todas transportan en la cabeza calabazas llenas de leche de camello, que tiene propiedades curativas.
El Parque Nacional de Nechisar está entre dos lagos, el Abaya y el Chamo. Visitamos el parque acompañados de un guarda armado con un fúsil kalasnikov. vimos cebras en grupos de cuatro o cinco, gacelas de Grant, antílopes, gallinas de guinea, pavos reales, halcones y otras aves. Luego cogimos una pequeña embarcación por el lago Chamo para ver lo que llaman el “mercado de los cocodrilos”, el lugar donde se agrupan para descansar, tomar el sol en las orillas y exhibir sus mandíbulas de vez en cuando.
Después de diez días por el sur, la siguiente etapa fue la mítica ciudad de Harar, que tuvo prohibida su entrada a los no musulmanes hasta el siglo pasado, cuando el explorador inglés Richard Burton vulneró esta prohibición en 1854, disfrazándose de peregrino. Y casi siglo y medio después fuimos nosotros, mientras los niños nos gritaban entre risas “faranji”, que significa extranjero en la lengua amharic. Harar fue y es una de las más santas ciudades musulmanas. Es el origen de la comunidad rastafari, aunque vimos pocos. Disfrutamos paseando por el laberinto de sus calles. En su mercado vimos a los hombres vendiendo y masticando el chat, la planta local estimulante.
En el otro extremo de Etiopía, al oeste, está la bonita ciudad de Bahir Dar, junto al lago Tana, el mayor de Etiopía. Dentro del lago hay varias islas con monasterios ortodoxos de forma circular. Desde allí una pequeña avioneta nos llevó hasta Gondar. Resulta inesperado contemplar los castillos medievales de Gondar, con escalinatas, almenas y torreones. Fueron construidos por diferentes reyes durante el s. XVII y ofrecen una imagen inusual de Africa.
Al norte, junto a la frontera Eritrea, está la histórica ciudad de Axum, donde están las ruinas del Palacio de la Reina de Saba y un conjunto arqueológico de tumbas y stelas. Las stelas son estilizadas agujas de piedra hechas de un solo bloque, Pero recordaremos Axum, además, porque fue allí donde vimos un convoy de tanques militares y otros vehículos de guerra que iban hacia el cercano frente de Eritrea.
Las iglesias de Lalibela no tienen comparación en el mundo y conservan una atmósfera muy especial. Se excavaron en la roca en el s. XII para ocultarlas de las invasiones árabes. De hecho, Lalibela es una laberíntica ciudad subterránea, conectada por túneles y pasajes, con 12 iglesias y capillas, además de sepulcros y lugares sagrados. Los sacerdotes ortodoxos tienen un aspecto imponente, con su ropajes de colores y muestran las cruces procesionales de plata y oro. Las enseñan con orgullo y con mimo, colocándolas sobre los bastones de madera envueltos en largas estolas. Alguno de los sacerdotes espantaba las molestas moscas con elegancia, utilizando un plumero hecho de cola de caballo.
La iglesia de San Jorge es la más famosa y era una de las motivaciones de nuestro viaje: tiene forma de cruz y está tallada en la piedra rojiza con una gran zanja alrededor. En el interior todavía se conserva un dibujo de San Jorge matando al dragón. Lo curioso es que la iglesia es monolítica, y se talló desde arriba abajo. Era majestuosa y extraña. Como la inolvidable Etiopía.
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Sobre este blog
NuriaNomada
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Viajera vocacional, viajo en el tiempo y en el espacio. Admiro a viajeros como Alexandra David-Néel, Richard Burton o Ryszard Kapuscinski, cuya época y cuyos viajes son irrepetibles. Pero creo que aunque casi todo esté ya descrito y descubierto, un viajero siempre podrá ofrecer su mirada sobre aquello que ve y disfruta temporalmente.
El viajero es un testigo privilegiado y nuestros ojos tal vez pueden ver mejor las realidades lejanas gracias a los anteojos de los que nos precedieron.
Me gusta todo tipo de naturaleza (montaña y playa, selvas y desiertos, mares y ríos, lagos y glaciares), las ciudades históricas coloniales, las indumentarias y costumbres diferentes, la gastronomía, los mercados, las charlas con la gente y volverme invisible de vez en cuando para observar sin interferir. Me gustaría disponer de tiempo sin límite para viajar y escribir sobre lo que veo.
He sido trotamundos y he disfrutado en más de cincuenta países, y sigo buscando nuevos horizontes.
Me confieso letraherida, como lectora y como escritora. La literatura es parte importante de mi vida (también soy nómada en el vasto territorio de los libros) y tiene un pequeño espacio en este blog.
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