30 Jul 2008
HAMACAS DEL MUNDO

Encontramos un recién nacido en una hamaca-cuna. El mismo padre le cortó la vaina; así llamó al cordón umbilical. El niño nació en la selva del Amazonas y dormía profundamente, ajeno al calor sofocante y a las miradas que le contemplaban, mecido por la cadencia de la hamaca.

Bajamos el río Amazonas desde Manaos hasta Santarem, y de allí en otro barco hasta Belem, en la desembocadura. Eran travesías largas, de 34 y 48 horas, y la gente se instalaba en sus hamacas colgadas en cubierta. Allí dormimos cuatro noches. Había unos cuantos ganchos para colgarlas, pero las enganchaban en cualquier parte, en el más mínimo hueco. La cubierta del barco estaba ocupada por cientos de hamacas multicolores entrecruzadas, formando un abigarrado mosaico. Para desplazarse a veces había que saltar por encima o por debajo de alguna de ellas. En ellas las familias enteras descansaban con sus hijos pequeños, se charlaba de hamaca a hamaca, se jugaba, se comía, se dormía y sesteaba, y se contemplaba el paisaje de las orillas del río que parecía deslizarse lentamente,

Las hamacas forman parte de la vida cotidiana en los paises tropicales de Asia, Sudamérica y África, tal vez en este último país en menor medida. Se transportan fácilmente, y pueden colgarse en cualquier lugar, en los porches y patios, a la sombra fresca entre dos árboles o bajo las palmeras, o atando las cuerdas en cualquier gancho o soporte. Parece que la vida contemplada desde una hamaca se relativiza, que el balanceo consuela los problemas y alienta los sueños.

© Copyright 2008 Nuria Millet Gallego
01 Jul 2008
VENEZUELA: BAJANDO POR EL RÍO ORINOCO
En el embarcadero en el Paseo Mánamo de Tucupita Luis nos presentó al resto de la tripulación: su hijo Luis de diez años y Jhony, el cocinero y barquero. Con Javier y conmigo éramos cinco. Emprendimos el viaje y empezamos cargando gasolina en una gasolinera-palafito. Allí vimos la primera curiara, canoa hecha de un árbol vaciado, con gente indígena warao. Las aguas del río Orinoco eran de color café con leche y bajaban con grupos de verdes plantas acuáticas, que formaban islas diminutas arrastradas por la corriente. En las orillas la vegetación estaba formada por manglares, grandes árboles forrados de hojas y palmeras. Decían que la marea subía cada cinco horas. Partimos con marea baja y en los troncos de los manglares podía verse la señal de hasta donde llegaba el agua al subir.
En el trayecto paramos en la orilla y vimos monos en la arboleda. Su pelaje rojizo destacaba más al sol, parecido a los orangutanes de Borneo. Luego encontramos grandes búfalos negros de agua, refrescándose. Su cornamenta era grande y curvada. También vimos tucanes con franjas amarillas en el pico, loros y otras aves que se llamaban guacharacas. Encontramos tres delfines oscuros que estaban jugando y saltaban sacando medio cuerpo fuera del agua. Eran tan rápidos y tan imprevisible el lugar por donde asomarían que, aunque los seguimos en círculos con la barca, no pudimos fotografiarlos. También encontramos una tortuga pequeña posada sobre el tronco cortado de una palmera, que enseguida se sumergió.
Nos adentramos por canales más estrechos que aquí llaman caños. En ellos la vegetación de las orillas es más exuberante y está más próxima, a veces llegaba a juntarse formando una bóveda sobre nuestras cabezas. En alguna ocasión Luis tuvo que utilizar el machete para cortar alguna rama que nos obstaculizaba el paso. Paramos en uno de los caños más angostos y bajamos a tierra pisando terreno pantanoso. Los mosquitos del pantanal nos acribillaron, como una venganza de la naturaleza por profanar su territorio. Luego Luis nos enseñó la planta del cacao, abrió un fruto y nos lo dio a probar. Tenía un leve sabor, para prepararlo había que dejarlo secar. También probamos naranjas verdes cogidas del árbol y la toronja, que era más amarga. Nos mostró el ají picante y unos frutos rojos pequeños que usaban como colorante.
Con la luz del atardecer vimos los palafitos de los indios warao. Quedaban unas doscientos cincuenta comunidades de waraos. Solían estar aislados por familias, repartidos por las orillas. En todos se distinguían las hamacas colgantes meciéndose con alguien que contemplaba el paso del tiempo. A veces los niños bañándose y jugando en el agua nos anunciaban la presencia de una casa más aislada. Algunas mujeres lavaban la ropa en el río. Nos saludaban tímidamente y seguían con sus tareas.
Otro día Luis nos enseñó las tarántulas. Fue sorprendente. Se escondían e una planta tipo palmera baja, como la planta de las piñas. Él abrió las hojas y apareció una araña tan grande como mi mano, negra y peluda. El extremo de sus ocho patas tenía una parte más clara, como si fuesen uñas. Estábamos junto a ella y nos agachábamos para verla mejor, aunque con precaución. Pero Luis colocó su mano a un centímetro de la tarántula y ni se inmutó. Dijo que si no se le atacaba no hacía nada. Pero ¿y si la tarántula creía que se le atacaba? Me sorprendió que los niños pequeños andaban por ahí y nadie se preocupaba de las tarántulas.
En el campamento nos tumbamos en las hamacas y nos entretuvimos con los niños mientras Jhony preparaba la comida. Una mujer mayor, con la melena gris recogida en una trenza, estaba sentada en el embarcadero. Con un machete grande empezó a quitarle las escamas a un pescado enorme. Nos dijo que era un morocoto. El pescado, cocinado por Jhony, fue nuestra comida, acompañado de arroz y banana frita.
En otro caño nos montamos en una curiara a remo, en compañía de un niño, para evitar el exceso de peso. El niño iba detrás con un remo, yo en medio y Javier en el otro extremo con otro remo. Era muy inestable, y sobresalía tan pocos centímetros de la superficie del agua, que cualquier movimiento hacía que entrara agua en la barca. Fue muy relajante deslizarnos con la curiara por aquel caño. Veíamos el reflejo de los árboles intacto, sin que lo rompiera la rapidez de las barcas con motor, y con el silencio como acompañante.
Por las mañanas el gran río despertaba poco a poco, se oía alguna lancha motora y se veían humaredas de las fogatas en algún punto de sus orillas, entre las copas de los árboles. Llegó el momento de regresar a Tucupita. Los tres días por el Delta del Orinoco nos supieron a poco.
© Copyright 2008 Nuria Millet Gallego
Sobre este blog
NuriaNomada
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Viajera vocacional, viajo en el tiempo y en el espacio. Admiro a viajeros como Alexandra David-Néel, Richard Burton o Ryszard Kapuscinski, cuya época y cuyos viajes son irrepetibles. Pero creo que aunque casi todo esté ya descrito y descubierto, un viajero siempre podrá ofrecer su mirada sobre aquello que ve y disfruta temporalmente.
El viajero es un testigo privilegiado y nuestros ojos tal vez pueden ver mejor las realidades lejanas gracias a los anteojos de los que nos precedieron.
Me gusta todo tipo de naturaleza (montaña y playa, selvas y desiertos, mares y ríos, lagos y glaciares), las ciudades históricas coloniales, las indumentarias y costumbres diferentes, la gastronomía, los mercados, las charlas con la gente y volverme invisible de vez en cuando para observar sin interferir. Me gustaría disponer de tiempo sin límite para viajar y escribir sobre lo que veo.
He sido trotamundos y he disfrutado en más de cincuenta países, y sigo buscando nuevos horizontes.
Me confieso letraherida, como lectora y como escritora. La literatura es parte importante de mi vida (también soy nómada en el vasto territorio de los libros) y tiene un pequeño espacio en este blog.
Bienvenidos.
"NOS TRANSFORMAMOS EN NUESTROS PROPIOS SUEÑOS"
LAWRENCE DURRELL
"...EL VIAJE PUEDE SEGUIR SIENDO AVENTURA PORQUE AVENTURA ES EL RECORRIDO DE LOS SUEÑOS. Y EL SUEÑO ES LA NATURALEZA QUE CONFORMA EL CORAZÓN DEL HOMBRE. SU DESTINO ES CUMPLIRLOS"
JAVIER REVERTÉ
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