12 Dic 2008
LA BALADA DE LA CÁRCEL MODELO
Crecí cerca de la cárcel Modelo en Barcelona. Tenía una amiga que vivía en la calle Provenza justo delante de la cárcel. Desde su balcón podían verse las celdas y parte del patio. A veces, mientras jugábamos, con nuestros juegos de niñas de diez años, se escuchaba por los altavoces el recuento de los presos, con esa voz metálica.
Nombres y apellidos desconocidos, que gritaban historias y rompían el silencio de las tardes tranquilas. El padre de mi amiga subía el volumen de la música para no escucharlos.
Mi madre me enviaba a comprar el pan a una panadería cercana a la cárcel, porque allí era más bueno, decía. Entonces encontraba a Xirinacs, sentado en la acera, como protesta contra las condenas de la dictadura. Miraba a aquel hombre barbudo, con gafas de pasta, sin saber nada de él, y él miraba a la niña que llevaba la bolsa del pan, tal vez imaginando el futuro. Pero ninguno de los dos sabíamos nada de nuestro futuro. Nadie sabe nada sobre su futuro.
Cuando fui adolescente y pasaba por la calle frente a la cárcel, desde alguna celda gritaban “guapa” o algún otro piropo, nunca ofensivo. Al contrario, los presos dejaban escapar sus ganas de vivir en esos gritos. Los guardias en las garitas miraban y no decían nada. Siempre me pareció triste y poético.
La cárcel estaba rodeada por altos muros pintados de tonalidades ocres, que fueron variando su color con el tiempo. Los recuerdo color arena, amarillentos y luego más rosados, o tal vez sea mi imaginación la que cambió los colores. Durante muchos años en esos muros se escribió la palabra “Amnistía” y la palabra “Libertad” y consignas anarquistas, que se borraban para ser nuevamente escritas, en un ciclo inacabable.
Por encima de los muros asomaban las copas de unas palmeras, las palmeras de un oasis de espejismo, o de pesadilla. Como algunos familiares les tiraban droga en papelinas al patio, por encima del muro, acabaron poniendo un enrejado, que le daba un aspecto más triste a la cárcel, que se mantiene ahora y nunca me gustó .
Nunca pensé que atravesaría aquellos muros y caminaría por los largos pasillos iluminados con neones. Nunca pensé que eso formaría parte de mi vida. Ahora entro cada dos semanas en el módulo de visitantes. Y los guardias ya me conocen.
© Copyright 2008 Nuria Millet Gallego
25 Nov 2008
LA BALLENA PATAGONA
¿Habeís escuchado el movimiento de una gran ballena en el mar? Sí, se puede escuchar el movimiento. Es impresionante, algo imposible de olvidar. Desde la costa argentina, en Puerto Pirámides, avistamos la primera ballena austral. Era una hembra con su ballenato. Estaba a tres o cuatro metros de la embarcación, muy cerca del casco. Paramos los motores y nos quedamos en un silencio absoluto. La ballena se ondulaba en el agua con movimientos suaves, resoplaba por la nariz y emitía sonidos.
De repente sacó su aleta de forma totalmente vertical, extendida como las alas de una mariposa negra, y la mantuvo así unos segundos. Lo hizo varias veces, como exhibiéndose.
Medía unos diecisiete metros, la hembra suele ser mayor que el macho, y copula con tres machos. Vimos perfectamente el lomo negro de la ballena con las callosidades, producidas por los picotazos de las gaviotas, y en las que vivían microorganismos. Esas callosidades son únicas, una especie de huellas dactilares características que permiten identificar a cada ballena. No tienen dientes; tienen unas barbas en la mandíbula, que filtran la comida.
El ballenato permanecía cerca de la madre, leímos que tomaba de 50 a 100 litros de leche al día. La ballena no tiene pezón, sino un músculo que la cría empuja para que salga la leche, que toma directamente del agua. El 5% del tiempo del día se dedica a la lactancia, el resto se emplea en paseos y juegos.
Mientras las veíamos moverse en el agua, pensé que esas úlceras del lomo de las ballenas producidas por los picotazos de las gaviotas, eran las cicatrices de la vida. Como despedida, frente a la montaña de piedra arenisca que da nombre a Puerto Pirámides, otra ballena mostró su aleta negra. Como un ballet sincronizado en un escenario único, la Península Valdés.
Otro día os hablo de los delfines y los pingüinos...
© Copyright 2008 Nuria Millet Gallego
Texto y fotos (como siempre)
12 Nov 2008
LAS ARRUGAS DEL MUNDO

Me gustan las arrugas. Las cicatrices del tiempo. Me gustan los ojos brillantes entre una telaraña de finas arrugas. El tiempo es el gran escultor, como escribió Marguerite Yourcenar. Esculpe y cincela rostros, difumina contornos, pule las aristas, define...Las arrugas son los surcos que trazan las emociones.
Cicatriza la edad en la arruga,
bordado de rutina.
“Comeremos por ayer y por mañana”,
balbucean, aún, los viejos, desdentados.
La vida, dicen, es lo único que se tiene.
La vida, la sienten a popa, perderse,
a ratos pequeña,
lenta. Y ellos
entretejen vida en lana de lo cotidiano,
paladeando un bocadito de sol
mientras la plaza del tobogán desliza el otoño.
Y todo les abraza y les golpea
con el silencio de lo próximo
y el ruido del recuerdo.
Esa facultad de perderse en el desorden
de conocer tanto, sin saber nada.
Polvo de fe y resignación
les baña.
Desgranan momentos,
tantos, como padrenuestros repetidos,
a solas y en voz baja.
Me rebelo,
contra ayeres tendidos sobre el suelo,
aunque sea en un sueño
muero un poco con ellos.

Lo bueno es lo que perdieron y anhelaron.
Lo malo es lo que olvidaron que tenían.
La fortuna de sentir
el infortunio de la vida,
es el desengaño de lo perecedero.
Incapaces de romper la telaraña del por qué
sumidos en el álgebra del hado,
cogidos a la falda de la tradición,
preñados de desmesura, de intangible,
de inconsciente.
El hombre viejo cierra la tarde tras el pórtico,
sube la escalera sobre la voz fresca de la piedra,
balanceándose de trecho en trecho,
anda, descansa, anda, descansa.
Paga el tributo de haber nacido hombre,
trabaja, sobrecome, duerme,
se apoya, comprende y le comprenden, quiere
...es padre y abuelo.
El hombre viejo cierra la tarde tras el pórtico,
sube la escalera sobre la voz fresca de la piedra,
balanceándose de trecho en trecho,
anda, descansa, anda, descansa.
El bello tuteo con la muerte
es su privilegio,
mientras la humanidad se contagia
la enfermedad de la vida.
Parte de este poema fue publicado en La Vanguardia (19/05/2005)
© Copyright 2008 Nuria Millet Gallego
01 Jul 2008
VENEZUELA: BAJANDO POR EL RÍO ORINOCO
En el embarcadero en el Paseo Mánamo de Tucupita Luis nos presentó al resto de la tripulación: su hijo Luis de diez años y Jhony, el cocinero y barquero. Con Javier y conmigo éramos cinco. Emprendimos el viaje y empezamos cargando gasolina en una gasolinera-palafito. Allí vimos la primera curiara, canoa hecha de un árbol vaciado, con gente indígena warao. Las aguas del río Orinoco eran de color café con leche y bajaban con grupos de verdes plantas acuáticas, que formaban islas diminutas arrastradas por la corriente. En las orillas la vegetación estaba formada por manglares, grandes árboles forrados de hojas y palmeras. Decían que la marea subía cada cinco horas. Partimos con marea baja y en los troncos de los manglares podía verse la señal de hasta donde llegaba el agua al subir.
En el trayecto paramos en la orilla y vimos monos en la arboleda. Su pelaje rojizo destacaba más al sol, parecido a los orangutanes de Borneo. Luego encontramos grandes búfalos negros de agua, refrescándose. Su cornamenta era grande y curvada. También vimos tucanes con franjas amarillas en el pico, loros y otras aves que se llamaban guacharacas. Encontramos tres delfines oscuros que estaban jugando y saltaban sacando medio cuerpo fuera del agua. Eran tan rápidos y tan imprevisible el lugar por donde asomarían que, aunque los seguimos en círculos con la barca, no pudimos fotografiarlos. También encontramos una tortuga pequeña posada sobre el tronco cortado de una palmera, que enseguida se sumergió.
Nos adentramos por canales más estrechos que aquí llaman caños. En ellos la vegetación de las orillas es más exuberante y está más próxima, a veces llegaba a juntarse formando una bóveda sobre nuestras cabezas. En alguna ocasión Luis tuvo que utilizar el machete para cortar alguna rama que nos obstaculizaba el paso. Paramos en uno de los caños más angostos y bajamos a tierra pisando terreno pantanoso. Los mosquitos del pantanal nos acribillaron, como una venganza de la naturaleza por profanar su territorio. Luego Luis nos enseñó la planta del cacao, abrió un fruto y nos lo dio a probar. Tenía un leve sabor, para prepararlo había que dejarlo secar. También probamos naranjas verdes cogidas del árbol y la toronja, que era más amarga. Nos mostró el ají picante y unos frutos rojos pequeños que usaban como colorante.
Con la luz del atardecer vimos los palafitos de los indios warao. Quedaban unas doscientos cincuenta comunidades de waraos. Solían estar aislados por familias, repartidos por las orillas. En todos se distinguían las hamacas colgantes meciéndose con alguien que contemplaba el paso del tiempo. A veces los niños bañándose y jugando en el agua nos anunciaban la presencia de una casa más aislada. Algunas mujeres lavaban la ropa en el río. Nos saludaban tímidamente y seguían con sus tareas.
Otro día Luis nos enseñó las tarántulas. Fue sorprendente. Se escondían e una planta tipo palmera baja, como la planta de las piñas. Él abrió las hojas y apareció una araña tan grande como mi mano, negra y peluda. El extremo de sus ocho patas tenía una parte más clara, como si fuesen uñas. Estábamos junto a ella y nos agachábamos para verla mejor, aunque con precaución. Pero Luis colocó su mano a un centímetro de la tarántula y ni se inmutó. Dijo que si no se le atacaba no hacía nada. Pero ¿y si la tarántula creía que se le atacaba? Me sorprendió que los niños pequeños andaban por ahí y nadie se preocupaba de las tarántulas.
En el campamento nos tumbamos en las hamacas y nos entretuvimos con los niños mientras Jhony preparaba la comida. Una mujer mayor, con la melena gris recogida en una trenza, estaba sentada en el embarcadero. Con un machete grande empezó a quitarle las escamas a un pescado enorme. Nos dijo que era un morocoto. El pescado, cocinado por Jhony, fue nuestra comida, acompañado de arroz y banana frita.
En otro caño nos montamos en una curiara a remo, en compañía de un niño, para evitar el exceso de peso. El niño iba detrás con un remo, yo en medio y Javier en el otro extremo con otro remo. Era muy inestable, y sobresalía tan pocos centímetros de la superficie del agua, que cualquier movimiento hacía que entrara agua en la barca. Fue muy relajante deslizarnos con la curiara por aquel caño. Veíamos el reflejo de los árboles intacto, sin que lo rompiera la rapidez de las barcas con motor, y con el silencio como acompañante.
Por las mañanas el gran río despertaba poco a poco, se oía alguna lancha motora y se veían humaredas de las fogatas en algún punto de sus orillas, entre las copas de los árboles. Llegó el momento de regresar a Tucupita. Los tres días por el Delta del Orinoco nos supieron a poco.
© Copyright 2008 Nuria Millet Gallego
Sobre este blog
NuriaNomada
NuriaNómada
Viajera vocacional, viajo en el tiempo y en el espacio. Admiro a viajeros como Alexandra David-Néel, Richard Burton o Ryszard Kapuscinski, cuya época y cuyos viajes son irrepetibles. Pero creo que aunque casi todo esté ya descrito y descubierto, un viajero siempre podrá ofrecer su mirada sobre aquello que ve y disfruta temporalmente.
El viajero es un testigo privilegiado y nuestros ojos tal vez pueden ver mejor las realidades lejanas gracias a los anteojos de los que nos precedieron.
Me gusta todo tipo de naturaleza (montaña y playa, selvas y desiertos, mares y ríos, lagos y glaciares), las ciudades históricas coloniales, las indumentarias y costumbres diferentes, la gastronomía, los mercados, las charlas con la gente y volverme invisible de vez en cuando para observar sin interferir. Me gustaría disponer de tiempo sin límite para viajar y escribir sobre lo que veo.
He sido trotamundos y he disfrutado en más de cincuenta países, y sigo buscando nuevos horizontes.
Me confieso letraherida, como lectora y como escritora. La literatura es parte importante de mi vida (también soy nómada en el vasto territorio de los libros) y tiene un pequeño espacio en este blog.
Bienvenidos.
"NOS TRANSFORMAMOS EN NUESTROS PROPIOS SUEÑOS"
LAWRENCE DURRELL
"...EL VIAJE PUEDE SEGUIR SIENDO AVENTURA PORQUE AVENTURA ES EL RECORRIDO DE LOS SUEÑOS. Y EL SUEÑO ES LA NATURALEZA QUE CONFORMA EL CORAZÓN DEL HOMBRE. SU DESTINO ES CUMPLIRLOS"
JAVIER REVERTÉ
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GASTON BACHELARD
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