06 Feb 2008

Los últimos días de Rubén Darío

Escrito por: Octavio Enríquez el 06 Feb 2008 - URL Permanente

La fiebre era alta. La última etapa de la vida de Rubén Darío no fue fácil. Tenía frecuentes cambios de humor, dolores intensos, hasta que falleció. Luego le extrajeron el cerebro y el médico se lo disputó con la viuda. La vida de este genio parece una novela.

Octavio Enríquez
Publicado en la revista Magazine*

Fotos de Orlando Valenzuela

León Santiago de los Caballeros. Vayamos a 1916. Empezaba a amanecer y ella dio la orden. Los oficiales, bajo el mando de aquella mujer por disposición de la Presidencia de la República, recibieron quizás la resolución menos esperada.
Al hombre que la viuda mandaba apresar era el doctor Luis H. Debayle, caballero leonés, médico afamado en Centroamérica, pero lo que es lo más importante: el doctor de Rubén Darío.
La madrugada del ocho de febrero de 1916 Debayle había llegado a la casa donde se hospedaba Darío. Era una casa enorme, de varios corredores, tejas y aleros, colonial como la que más.
Y esa madrugada el sabio, como llamaban con profundo respeto al cirujano, había extraído en una operación de varias horas el cerebro de su difunto paciente. Había llegado con él su colega Escolástico Lara, el otro médico de cabecera que había tratado al panida en sus últimos días, y cuatro ayudantes que rápidamente se vistieron de gabachas blancas para hacer mérito al aseo y a la ceremonia, más que una operación cualquiera, en la que estaban a punto de participar.
“Aquí está el depósito sagrado”, dijo Debayle cuando lo tuvo entre sus manos, minutos antes que lo entregara al cuñado de Darío, Andrés Murillo; horas antes que huyera con el cerebro en un frasco antes que Rosario, la viuda, despierta por el escándalo, lo hiciera capturar.
Por solicitud de Debayle llegaron incluso a la dirección de la Policía, donde el jefe se vio obligado, por las circunstancias, a telefonear directamente al Presidente de la nación.
— Regréselo a la viuda— ordenó aquel sin pensarlo.
En esos días a Darío no sólo le extraerían el cerebro. Le sacarían las vísceras que serían enterradas en el cementerio de Guadalupe, a la salida de la ciudad, junto a la tumba de la mujer que lo crió como su hijo: La tía Bernarda Sarmiento.
El objetivo era evitar que el cadáver se corrompiera durante el homenaje que el país le empezó a tributar y que duró seis días hasta que lo enterraron bajo la columna de San Pablo de La Catedral, el santo y seña religioso de la ciudad.

92 años después, un tráfico de escasos vehículos y uno que otro animal pasa en lo que podría ser una mañana cualquiera en el barrio San Juan de León. La casa donde extrajeron el cerebro es muy distinta a la de aquellos años, pero conserva esa fachada colonial, amén de una placa que recuerda que en ese lugar murió el poeta. ¿Sorpresa? “Hace unos días—explica la dueña— se habían robado la placa y la recuperamos, por eso ven como que la acabamos de pegar”.
No produce tanta sorpresa, tomando en cuenta que hace meses alguien se había robado la fe de bautismo de Darío y la había hecho aparecer arrepentido, pero la dueña se queja de la falta de atención, que toda la información sólo ha quedado en el museo archivo, que es la casa donde el genio, siendo un niño, era sentado en las piernas de su tía abuela, escuchando a políticos liberales, y donde aprendió a leer cuando apenas tenía tres años.
“A mí, mis amigos lo que me dicen es que tal vez estando aquí (el lugar donde murió) se les pasa la sapiencia”, bromea Xiomara Jiménez, dentista de la ciudad y dueña del inmueble. Se ha atrasado para llegar a su trabajo localizado a unos metros de esta casa color rosa vieja, que ella y su esposo han venido reformando.
Un día antes de la visita, un oficinista, abogado del Ministerio del Trabajo, recibió una llamada. No es cualquiera este hombre de 65 años. Rubén Darío Salgado es nieto del poeta y aceptó recorrer los lugares que marcaron los últimos días de su abuelo 92 años después del fallecimiento.
“Pueta, los pueblos me gustan más que Managua, en León uno puede andar seguro por las calles sin temor a que te roben, yo viví allá como ocho años”, cuenta este hombre con parecido al abuelo, frente grande, entradas amplias, pero chele, y ojos azules que fijará en la placa sarrosa en la que se avisa que allí murió su abuelo.
Xiomara Jiménez lo recibirá. Le mostrará la sala, desde donde se ve una pared cubierta de musgo y un jardín, bajo la protección de la sagrada familia en un cuadro repujado en el centro, y repetirá que allí murió Rubén Darío y habrá que agregar que fue allí donde la madrugada del día siguiente un grupo de médicos le empezó a abrir la cabeza. Pero antes de eso volvamos a 1916. El poeta está convaleciente.

Rubén está en una cama, duerme gracias a calmantes y de repente grita. Francisca Zapata, hermana de Darío, acude donde el enfermo que lleva ya seis meses abatido desde que salió de Guatemala.
— Qué horror mi cuerpo destrozado— se queja.
— ¿Qué te pasa, qué sientes, Rubén?— pregunta ella
— Que he visto como descuartizaban mi cuerpo y que se disputaban mis vísceras. Sí, sí, así como lo oyen se disputaban mis vísceras.
Las señoras tratan de calmarlo, diciéndole que es una pesadilla. Así lo cuenta el profesor Edelberto Torres, autor de la biografía más completa que se ha escrito de Darío.
Pero lo más seguro es que lo hayan tomado como un delirio más.
Convaleciente le pasaba de todo. Tenía fiebre y miraba muertos.
Muertos malos. “Procura que no vuelva a entrar en mi cuarto el viejo que acaba de salir. Un viejo airado y calvo, de ojos brillantes que ha estado sentado a la orilla de mi cama. Me agravia, me hace daño su gesto”.
Y muertos buenos: “Acabo de ver una hermosa persona, apuesta y noble. ¡Qué semblante! ¡Qué dulzura de alma! Vino a visitarme. Entró con precaución para que no despertara. Es tía Bernarda, la que he reconocido como madre gentil y buena. ¡Qué suavidad inefable viene de ella! Bien, très bien, ma cherie(muy bien mi cherie)”.
Estos días de convalecencia han sido duros. El poeta ha sido un hombre de carácter variable según el libro escrito por su amigo, Francisco Huezo, que lo fue a visitar desde diciembre de 1915 y contó la historia de los últimos días de Rubén Darío.
Ahí se lee un Darío colérico por ejemplo. Molesto porque el gobierno no le ha pagado los sueldos atrasados, que llama a Huezo y a los amigos en común de ambos nacatamaleros, cuando el periodista lo felicita por recibir 200 dólares que le envía el gobierno. El poeta estalla.
“Para ti—le dijo al periodista—, para Manuel Maldonado, para Santiago Argüello, para Luis Debayle, para todos los que viven en la Papoasia, esa suma puede ser suficiente, pero has de saber que yo no soy nacatamalero como ustedes! Yo soy Rubén Darío y la cosa cambia de aspecto. Esa cantidad es insuficiente y no la acepto”.
Es también el Darío que todos quieren, el que viste muy bien y usa anteojos con marco de oro, al que el gobierno lo mandó a dejar a León cuando buscaba ayuda médica para enfrentar la cirrosis, al que su esposa le hornea unos pasteles a los que al final comparara con los manjares de París, pese a que el periodista le dirá que estos no están tan mal, que están sabrosos.

Rubén Benito Darío Salgado, de 65 años, vivió durante muchos años en la panadería de Los Salgado en León. Ha regresado a la ciudad donde se crió, en la que se le rindieron honores de príncipe de la Iglesia a su abuelo.
“Mi sendero elijo/I mis ansias rijo/por el crucifijo”, dirá el poeta minutos después que el sacerdote Félix Pereira lo confiesa. Después llegará el Arzobispo Simeón Pereira y Castellón en persona a inicios de febrero de 1916, y lo hará seguido de un séquito de sacerdotes, de los seminaristas del colegio San Ramón, que se arrodillarán delante del hombre lánguido después de recorrer a pie el trayecto desde la Iglesia La Recolección hasta la casa del enfermo.
Aquello fue una procesión. “Todo un cuadro solemne, majestuoso, como cuando Lope de Vega o Calderón de la Barca”, escribirá Huezo.
92 años después en una mañana radiante el nieto de Rubén Darío entra a La Catedral, donde su abuelo fue enterrado el 13 de febrero después de un funeral al que más de 15 mil personas llegaron. Se arrodilla, reza y sigue derecho de la tumba de su famoso pariente. Al fondo hay otro familiar, una mujer de apellido Salgado, pero de ella no quiere hablar.
Después de rezar, de ver la tumba con el León de piedra que llora la muerte del vate, sale y desde allí mira la plaza donde revoletean palomas a esta hora que las campanas del edificio religioso se han dejado oír. Lo que ocurre cada 15 minutos.
A un lado la Alcaldía, en el otro extremo el Palacio Episcopal, y Rubén Darío Salgado viendo desde aquí, señalando la estatua de Máximo Jerez—de espaldas a la iglesia, hace la observación— y recuerda que allí había un muro que rodeaba al parque, y se acuerda de los tiempos cuando era estudiante, ésos en que los muchachos y las muchachas caminaban separados en el parque, avistándose y pasándose luego papelitos.
“El pueta—dice— nunca olvidó lo nicaragüense. Mi abuela siempre lo ha dicho y lo mantuvo durante toda la vida. Que los amigos de Rubén, de Nicaragua, cuando visitaban Europa y lo visitaban a él le llevaban frijoles rojos y bueno pienso yo que Rubén enseñó cómo hacer los frijoles a Francisca Sánchez del Pozo(la abuela)”, cuenta montado en sus recuerdos.
Cuando murió Rubén Darío él no había nacido. Su padre, Rubén Darío Sánchez conocido como Huicho era un muchacho.
“A veces uno piensa que estos hombres que son famosos—dice él—que están muy arriba están desvinculados de lo suyo, de su educación, de lo que fue su entorno, pero no es así. Otra cosa que siempre caracterizó a mi abuelo es que andaba bien acicalado”.

La última operación de Darío es noticia en el diario nicaragüense El Comercio. Juan B. Prado escribe: “La enfermedad del poeta llegó a su grado máximo a contar de hace cinco o seis días, en que le hicieron la fatal punción del hígado”.
A Darío le habían hecho ya dos operaciones en la casa del barrio San Juan en una sala improvisada, forrada con tela blanca para evitar que el polvo de la calle le provoque una infección. No hay respuesta. Los dolores continúan.
Después de recibir los auxilios de la Iglesia, narra Huezo, Darío hace su testamento y nombra su heredero a Rubén Darío Sánchez, el padre del actual oficinista del Ministerio del Trabajo.
En las calles ya se comienza a rumorar que el poeta está mal. La gente se llama entre sí, preguntando por la salud de un hombre que le ha dado fama a Nicaragua y al que prácticamente la ciudad ha adorado. “Sus victorias eran victorias de la patria. Sus penas también ella las compartía”, escribió Huezo.
El siete de febrero un movimiento de personas en la casa anunció todo. La agonía empezó a las nueve de la noche. A esa ahora se escapaba del enfermo un silbante continúo y seco. A la orilla del catre, del que 92 años después su nieto se niega a ver porque le causa dolor, está la viuda. Llora la garza morena. Reza. Agarra una esponjita blanca y le humedece los labios al artista.
Las campanas de la ciudad dan el toque de los agonizantes. El cielo está diáfano, se ven las estrellas y sopla una brisa. Una estrella está por aparecer. La ciudad está triste.
Junto a Darío están Santiago Argüello y otros amigos, además de Andrés Murillo, su cuñado. El enfermo se estremece. Está envuelto en unas sábanas blancas. Inconsciente. En la cama se ve un Cristo de Plata. Sobre el pecho tiene otro que le regaló Amado Nervo.
El joven Alejandro Torrealba para su reloj a las diez y 15 minutos de la noche. Para entonces las campanas de Catedral y La Merced dan toques tristes. Lloran los amigos. Llora la esposa. Minutos después en la fortaleza de Acosasco se disparaban 21 cañonazos anunciando lo peor. El cuerpo está en el catre que se conserva en estos días en un museo en honor al poeta en la ciudad, pero volvamos al presente. El nieto de Rubén Darío ingresa al museo y allí está el catre donde yació su abuelo.
“No quiero fotos allí pueta. Por favor no. Es un lugar muy triste para mí”, pide. La cara de Darío Salgado es de desesperación. En todos lados está la imagen del panida. Allá, la foto con la cabeza reposada en una almohada antes de morir y el nieto, el oficinista del Ministerio del Trabajo que decidió no ser poeta porque el rasero del pariente era demasiado grande, sale rápido.
Camina por la calle hacia el sur por donde hace 92 años pasó una multitud para doblar a la siguiente cuadra a la izquierda y buscar la Catedral.
Rubén Benito Darío Salgado pasará cerca de la casa del fallecido Agustín Prío, a la par del antiguo Teatro González, recordará cuando pagaba 25 centavos para entrar al cine y allí estará nuevamente en La Catedral el león triste, con una mueca de dolor como para demostrar que, cuando pasan cosas así, hasta las piedras lloran.
Después de la autopsia, Huezo cuenta que Darío fue vestido de levita y guantes negros y estuvo en la capilla ardiente en la casa mortuoria. “El veneno de la formalina lo hizo cambiar de color. De blanco mate tomó un tinte pálido de cera. Veíasele apergaminada y rugosa la piel del rostro”.
Algunos testimonios, documentados en el museo Rubén Darío, dicen que el cerebro fue enterrado en el mismo sitio donde descansa uno de los poetas más laureados del mundo y se ve en las fotos como el ataúd sin cerrar fue conducido entre una muchedumbre que lloraba su muerte. El siete de febrero de 1916 la aurora le dijo basta a este Caupolicán.
Como él mismo escribió: “Es algo formidable que vio la vieja raza;/ robusto tronco de árbol al hombro de un campeón/ salvaje y aguerrido, cuya fornida maza/
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón...”.

(Despiece)

¿Dónde están las vísceras?

El cementerio de Guadalupe en León es enorme. Varios jóvenes esperan en la entrada y rápidamente, como suele pasar en otras partes del país, ofrecen sus servicios al recién llegado.
Ellos ofrecen pintar las tumbas, limpiar el monte que crece y aumenta la sensación de olvido. Pero esta vez nadie puede dar respuesta.
¿Dónde está la tumba de Bernarda Sarmiento (fallecida el 21 de noviembre de 1911)?, pregunta Miguel Martínez Buitrago, del Museo Rubén Darío.
Y Martín Rodríguez, de 24 años, uno de los que limpian las tumbas, lo llevará a una parte del cementerio donde están las cribas más viejas. Hallan una. En una parte del cementerio que llaman La Huesera.
Está muy vieja para que se compruebe que es Bernarda. Se lee más bien Cándida Sarmiento. Un espacio indescifrable en el centro. Nada más. ¿Será una pariente? ¿Será ella y, si es así, estarán al lado de esta tumba las vísceras del genio?
La administración del Cementerio no tiene una respuesta. En su registro empezaron a anotar a los muertos desde 1930.

(Resaltado)

Conversaciones familiares

En la casa de la familia de Rubén Darío Salgado, cerca de los semáforos del Colonial en Managua, se habla del abuelo. Son conversaciones familiares como las que sostuvo con su abuela en más de una ocasión.
“Hay varias leyendas sobre mi abuelo, una es que escribía ebrio. Eso no es cierto. Es puro trabajo pueta. Puro trabajo. Nosotros a veces hablábamos de los libros y corregíamos algunas cosas que se decían y no eran verdad”, sostiene.
Hasta hace algunos años, a él le quedaban de su abuelo un bastón, un crucifijo de oro y brillantes, un broche que la municipalidad de León le entregó al panida en 1907 y un reloj Omega de oro detenido a las ocho y 35 minutos.
Darío Salgado es afable. Preguntón y domina el nombre de laureados autores como Truman Capote y Oriana Fallaci. Así se lo dejó entrever al periodista Fabián Medina, que le hizo una entrevista en 1993. A Darío Salgado le encanta escuchar radio. A veces pasa noches en vela deleitándose con programas. En la mañana escucha a Edgar Tijerino y a veces se toma el tiempo de llamarlo. Uno de los nietos del famoso poeta—tiene dos hermanos— procreó dos hijas y ha sido hombre de una sola mujer a diferencia de su famoso pariente.
Según Medina, había hasta 1993 otro Rubén Darío nieto que vivía entonces en Diriamba. Era descendiente de la primera esposa del poeta: Estela Contreras.
El vate procreó con ella un hijo llamado Rubén Darío Contreras y éste a la vez se casó con una señora de apellido Basualdo y de allí viene este otro nieto de Darío. Este descendiente es conocido por karateca.

Sergio Ramírez, novelista:

“Todos quedamos hablando el lenguaje que Darío creó”

El famoso escritor desmenuza la personalidad del poeta, su éxito y destaca una labor pendiente: la recopilación de las obras completas del paisano inevitable
Octavio Enríquez
Cinco de la tarde. Es la hora en que Sergio Ramírez siempre da entrevistas. Su esposa está apurada en su casa de Residencial Los Robles. Y él prepara, según ella, una novela.
Pero Ramírez, de 66 años, dejará de escribir por un momento para hablar de un tema que le atrae. “Darío es un personaje de infinitas posibilidades para un novelista”, confiesa y rápidamente empezará en materia.
“No hay un solo Darío –dice inicialmente–. Es fascinante ver cómo su personalidad se va formando desde niño. Su carácter huidizo, tímido, encerrado en sí mismo, supersticioso, y que esto va influir en su poesía. Ese carácter retraído se relaciona con su problema de infancia: la ausencia del padre, la madre, el hecho de haber crecido bajo el techo de una tía-abuela que no era su madre. El hecho que su padre fuera un tendero mantenido por su hermana, un hombre vicioso del licor, sin ganas muchas de trabajar y de defenderse en la vida”.
Ramírez se arrellana en un sillón, al lado el escritorio y su computadora.
¿Qué le atrae de Darío?
Su fragilidad, el genio que está depositado dentro de una personalidad frágil, temerosa. Era fácil engañar a Darío. Era fácil herirlo. Era fácil atemorizarlo. Esto uno lo encuentra a cada paso en las noticias que dan sus biógrafos y sin embargo este genio producido por este país pobre y desgraciado tiene este brillo universal.
A veces parece que en Nicaragua se pierde la dimensión de lo que Darío representa. Semanas atrás El País, de España, le dedicó la portada de su sección Cultura diciendo que con Darío había llegado el futuro a la literatura española.
Yo creo que Darío es un fenómeno cada vez más actual. No estoy hablando desde la posición del patriota nicaragüense. Es la realidad. Otros poetas del Modernismo que siguieron la huella de Darío, o han perdido actualidad o se leen poco. Te voy a mencionar a Amado Nervo, Leopoldo Lugones, a Vargas Vila, a Salvador Rueda el andaluz. Son hombres que existen en función de que existe Darío. Tienen sus propios méritos. Pero no se leen lo mismo. Darío cada vez se lee más.
¿Cuál es la clave de ese éxito?
Darío creó un lenguaje distinto. Una sensibilidad literaria, una percepción del lenguaje también muy diferente. La actualidad de Darío se refleja en que se publican sus obras completas, se publican antologías. Acaba de aparecer en España el primer tomo de las Obras Completas de Darío en Galaxia Gutenberg, que es una editorial de gran prestigio como que digamos Galimar en Francia. Publican clásicos, entrar allí es como entrar a un santuario.
Acaban de salir estos tomos dirigidos por Julio Ortega que es un crítico peruano de la universidad de Brown. En la revista electrónica Carátula (una revista centroamericana dirigida por Ramírez) traemos una entrevista con Ortega, a raíz de la aparición de este primer tomo de las Obras Completas, y en esta entrevista lo que Julio dice es algo que uno intuye, es que el lenguaje que Darío creó lo quedamos hablando todos.
Está en el aire, no sólo en la poesía. Dice que una de las cosas que favoreció la formación del lenguaje propio es que en Nicaragua no había como en otras partes de América Latina un lenguaje estratificado, por clases sociales. El lenguaje es el mismo lenguaje que hemos hablado. Es lenguaje vivo que Darío captó y transformó en literatura.
¿Cuáles son los mitos más grandes con relación a Darío?
El mito más extendido es que escribía borracho. Darío era alcohólico por estos problemas de los que te he hablado que le creó una gran inseguridad, miedo, timidez y lo llevó a refugiarse en lo que llamaba “paraísos artificiales” que eran los del ajenjo. Esa es la bebida que aprendió que tomaban los simbolistas franceses como Verlaine, Baudelaire, los que admiraba. El ajenjo era algo obsesivo en él. Después tomaba whisky and soda, y era lo que más le gustaba. Él siempre se vivía recriminando porque era tan débil para refugiarse en esos paraísos y cuando salía de los grandes períodos de borrachera salía a esta resaca moral. Con este arrepentimiento.
Hay gente que lo critica porque era borracho y otros que les replican a estos diciéndoles que le busquen un borracho que le haga versos como él, ¿qué opina de estos debates?
Es absurdo. Recuerdo una crónica de Arturo Ambrogi, escritor salvadoreño, muy bueno que venía de un viaje a Oriente, Japón.
Ambrogi cuenta que pasó viendo a Darío por su casa en París, mientras aparecía lo esperó en el estudio y hace notar como Darío tenía libros de la biblioteca nacional de París y otros libros sobre mitología griega que tenía que ver con un poema que estaba escribiendo. Él se estaba preparando para escribir. Por lo tanto hacía consultas precisas, lo que te demuestra la existencia de un escritor profesional. Que no improvisa, que no es chapucero, sino que se documenta en verdaderas fuentes y sabe de lo que está hablando.
Después de Darío hubo un vanguardismo en Nicaragua y un exteriorismo, ¿cómo se ve el panorama de la poesía nicaragüense en la actualidad?
No hay que olvidar que en tiempos de Darío y después de él la multitud de poetas en Nicaragua era enorme. El tiempo es una verdadera criba. Hay gente que se va yendo por los huecos de la criba, y ya no queda. La literatura así es.
Igual pasa en la poesía contemporánea de Nicaragua. Unos pasan a las antologías, otros no pasan, otros quedan en la memoria verdadera que pasa de una generación a otra. Son los nombres que dejan huella. Y sabemos que hay unos que la dejan y otros que estamos seguros que la van a dejar. Tenemos a Carlos Fonseca, un muchacho de 20 años que acaba de ganar el premio Loewe en España, un premio de muchísimo prestigio.
Para mí es un poeta de primera categoría, que uno siente el rasguño de la garra de este muchacho que todavía está empezando pero que tiene pasión, este sexto sentido que no todo mundo lo tiene. Me da la alegría de saber que en Nicaragua existe una renovación permanente de la poesía.

¿Usted cree que se hace lo suficiente para divulgar la
obra de Rubén Darío?
Aquí desde hace tiempo debería haberse comenzado la gran obra de las obras completas nicaragüenses de Rubén Darío, un trabajo que no es de soplar y hacer botella.
Es un equipo de especialistas, que tiene que trabajar con años y recursos e ir sacando estas obras completas anotadas, con estudios críticos, para que quede como parte definitiva del patrimonio cultural nicaragüense.
Una obra completa de Rubén Darío son 20 ó 30 tomos, pero que ya debería haber empezado hace tiempo. En la Editorial Nueva Nicaragua empezamos a hacerlo, ediciones populares, de Fidel Coloma, de otros críticos, llegamos a hacer cinco y la verdad es que también está el otro Rubén Darío prácticamente desconocido, que es el de la prosa. El periodista, cronista, cuentista.
¿Tema para una novela?
A mí me gustaría escribir una biografía de Darío desde esta percepción, no exhaustiva, porque exhaustiva ya la escribió magistralmente el profesor Edelberto Torres. Una biografía no muy voluminosa y ponerla en perspectiva delante los jóvenes. Que no sólo oigan decir que Rubén Darío es el que está en la moneda, el billete, en monumentos, cuadernos escolares, sino conocer, acercarse a esta personalidad genial.

*LA PRENSA/NICARAGUA

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13 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Anónimo

Anónimo dijo

son unos dundos

Anónimo

Anónimo dijo

kloijknmhklkh eso es lo que son dundos y para q

pablo

pablo dijo

muy bueno pero si un turista lo lee dira: ¨quiero ver su cara¨

anonimo

anonimo dijo

quisiera que lo presentaran en el canal dos para ver si es verdad y que Nicaragua se de cuenta de que Ruben dejo un legado

Musa Dariana

Musa Dariana dijo

Me dedico al estudio de Rubén Darío, siempre estoy bucando la manera de dar con el paradero de algún pariente de mi amado Cisne, sólo encontré a un hombre, ingeniero, que radica en Diriamba. Esto que ustedes presenta me parece muy bueno por el hecho de difundir el legado de nuestro mayor artifice pero no sé...
es un poco dudoso..... de cualquier manera almenos ahy alguien que interesa por él... estudio en la UNAN y he visto que los jovenes, de todo el país, descuidan bastante el legado que nos dejó nuestro preciado Rubén.... j´ecrit plus tard......

Rolando salgado

Rolando salgado dijo

Ruben dario sos grande eres un dios de la poesia tu eres mi ejemplo a seguir nunca abrs otro como tu

Anónimo

Anónimo dijo

Es muy importante darnos cuenta de quien es Ruben Dario, el padre del modernismo, el principe de las letras castellanas y hablar de una persona asi no es para tontos son paras personas que saben valorar a las grandes personas. Gracias por presentar estos acontecimiento de la vida de este gran Hombre.

Nancy Manzanares

Nancy Manzanares dijo

Hola, estoy estudiando en la Sorbonne en Paris en una licencia de literatura y es increible que nosotros como Nicas somos tan insensibles para referirnos a Ruben Dario, aqui es tratado no como principe sino como el rey del modernismo y forma parte de la mayoria de los programas de literatura incluso en Master. Entonces les recomiendo que lo primero que deben empacar es un libro de Ruben Dario, sobre todo si vienen a europa, para que no pasen verguenza. SINTAMONOS ORGULLOSOS DE EL, no en vano es el rostro del billete de 100 pesos.

marvin

marvin dijo

Ruben Dario es el padre de las letras castellanas y no hay nadie tan inedito como el sus poemas son muy hermosos y llenos de amor

heydita lopez

heydita lopez dijo

me parece que fueron demaciados curiosos al sacarle el cerebro e incluso le querian sacar las viceras.que atros.

anayansy dario

anayansy dario dijo

yo era sobrina de mi tio ruben descanse en paz del señor bueno desean buscarme vivo en el malecon serca de el teatro de mi tio

edmundo montenegro

edmundo montenegro dijo

hola, es gusto ver como habemos todavia que defendemos lo nuestro, la verdad el que no defiende lo suyo no tiene nada, hay personas que tal ves,quieren llmar la atencion con comentarios vulgares ye incluso sin ninguna raiz espontanea nomas quieren lucirce, pero gracias por aquellos que sacamos el caupolican aguerrido que llevamos dentro que defiente a capa y espada fuerte varon,hay un pensamiento de un griego griego llamado seneca ¨hay algo que vale mas que la estimacion de llos estraños que es? la estimacion propia¨ aprendamos a valorarnos nosotros mismo (nuestros heroes nacionales de la patria,poetas,cantantes,maestros,niños,etc.) el tener valor y actitud no nos quita hombria o nos hace menos bien dijo rubén darío, POR QUE EL SER HUMILDE, ES SER GRANDE.

Arturo Cano-Diaz

Arturo Cano-Diaz dijo

Excelente, me sentí transportado ante la grandeza de lo sencillo, un Ruben humano pero divino. Un poeta verdadero; no como los seudos, que en sus actuales feudos manosean su lira y su palabra. No! un poeta no es de este lado, es un Caronte eterno que cruza el estigio estrecho entre el Elíseo y el infierno. y Nos veremos en el Tercer Festival!!

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Octavius periodista

En commemoración a que hace 92 años murió Rubén Darío les dejó el relato de sus últimos días publicado en la revista que trabajo. Hay fotos históricas del Museo Nacional Rubén Darío(una del poeta en su ataúd en realidad) y también otra de su nieto en la tumba hace menos de un mes, una imagen que captó mi amigo Orlando Valenzuela en León, de Nicaragua.
Espero que les guste.

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