Con perros (nórdicos) y a lo loco
Al final la nevada de ayer en Madrid no fue tan fuerte como se esperaba y la ciudad no se colapsó, aunque si hubo muchos problemas en zonas de La Mancha, Castellón y Teruel.
Pero esta primera nevada me hizo recordar un viaje que tuve la suerte de hacer hace algunos años por el ártico canadiense a bordo de un trineo de perros. Como os decía ayer, a los canadienses no les asusta el frío. Se benefician de él. En cuanto los lagos se congelan, abren carreteras sobre la superficie helada y se desplazan por ella mucho mejor que por el asfalto.
La expedición en la que participé la lideraba Grant Beck, uno de los más famosos corredores de mushing (las carreras de trineos tirados por perros) del país. A Grant lo conocí en Yellowknife, la capital de los Territorios del Noroeste, un cruce entre la Cycely de "Doctor en Alaska" y la aldea del Yukón en la que hizo fortuna el tío Gilito. Con nuestra caravana de cuatro trineos y 31 perros nórdicos recorrimos 350 kilómetros de tundra ártica en trono al Gran Lago del Esclavo. Un interminable desierto blanco en el que dependíamos por completo de esos diminutos animales, que por su dureza tuvieron un papel decisivo en la conquista de los casquetes polares. Los esquimales los usaban hace ya 1.500 años, corriendo junto a ellos porque no sabían amaestrar perros-guía.
Durante diez días avanzamos sin descanso por planicies heladas y bosques de coníferas. El silencio y la soledad sobrecogían. Se veían huellas de caribús, alces y zorros blancos y alguna bandada de perdices árticas, gordas y blancas como un niño de primera comunión. Por las noches usábamos alguna cabaña de cazadores, siempre abiertas y con leña dispuesta para quien las necesite, o montábamos nuestras tiendas de campaña sobre un suelo de ramas de piceas. Fuera la temperatura alcanzaba los 38 grados bajo cero.
Nunca olvidaré las noches con aurora boreal. El olor del aire congelado. El siseo de las cuchillas del trineo al rasgar los copos de nieve. O la algarabía de los perros cada mañana cuando los atábamos de nuevo al tiro. En realidad, un viaje así no se olvida nunca

- “Cuando abrieron esta pista en 1976 era aún más estrecha”, comenta sin quitar la vista de la carretera. “Era muy difícil conducir por aquí. Menos mal que la ensancharon hará unos 10 años. Pero imagínate, ¡no la abrieron hasta el 76! Hasta entonces todos lo que subía y bajaba tenía que hacerlo a lomos de mulas por el antiguo sendero de los tarahumaras”.
Paseo por la calle principal y me fijo en una de las casas ricas que destaca sobre las demás. Una construcción de dos pisos que un día tuvo que ser una elegante mansión y que hoy, llena de desconchones, está fragmentada en varias viviendas y locales comerciales. Sobre su frontispicio, un rótulo: “La Central, 1910". En el bajo comercial que hace chaflán hay una tienda de ultramarinos en el que no ha debido de cambiar ni un tornillo en los últimos cien años y la que entro de forma casi ceremonial, como si de repente una máquina del tiempo me trasladara a aquellas viejas tiendas de coloniales que conocí en la España pobre y atrasada del franquismo. El señor que la atiende se llama Carlos Silva y es el dueño del edificio, que heredó de su padre.
No me refiero a la magnífica película de Roland Joffé, protagonizada por Jeremy Irons y Robert de Niro, Aunque podría ser. Hablo de la misión jesuita de Cerocahui, uno de los más importantes centros religiosos de la sierra tarahumara. Siempre me produjo interés el fenómeno de las misiones y su importancia dentro del proceso colonizador de América.
Cuando salgo, me cruzo con una fiesta popular. Las calles parecen haber recobrado la vida que antes no tenían y como por arte de magia empiezan a aparecer niños disfrazados en todas las esquinas. Me quedo con una, con una bella princesa que me mira con ojos de esperanza y una varita mágica en medio del lodazal.
Tarahumara es una deformación que hicieron los primeros misioneros de raramuri, el verdadero nombre de las comunidades indígenas que viven en la sierra Madre y en particular en esta comarca de las Barrancas del Cobre. Los raramuri constituyen una de las tribus indígenas más endogámicas y puras de México, aunque en los últimos años, sobre todo desde la apertura de pistas accesibles a vehículos hasta el fondo de las Barrancas, su grado de aculturización y mezcla con los chabochi (como llaman a los blancos y mestizos) es cada vez mayor.
Pero lo más impresionante de la cueva era el conjunto de cruces blancas pintadas a lo largo de toda la pared interior.
El tren de las barrancas del Cobre tarda una jornada en cubrir el trayecto entre Los Mochis y Chihuahua, pero sería absurdo cruzar una de las zonas más interesantes de México con tanta prisa. Lo aconsejable por tanto es bajarse en alguna de las estaciones intermedias y dedicar unos días a recorrer la sierra tarahumara.
Al pie del tren esperan numerosas furgonetas y pick-up de hoteles de la zona en busca de clientes. Pero a diferencia de lo que imaginaba no hay por parte de sus conductores la más mínima intención de pregonar las excelencias de sus productos o tratar de captar huéspedes. Simplemente, esperan. Me acerco a la ventanilla de una de ellas al azar. Es una pick-up Chevrolet blanca sin ningún rótulo a cuyo volante se aferra un hombre de rostro duro y edad incierta tocado con el inevitable sombrero blanco. Me dice que pertenece al hotel El Paraíso del Oso, que esta a cinco minutos de Cerocahui y que tiene cuartos desde 100 pesos. Si me interesa tengo que esperar un poco a que llegue el tren de primera porque viene a recoger a dos clientes que han reservado la estancia por teléfono. Acepto, porque visto lo visto en Bahuichivo me interesa más situar mi centro de operaciones en Cerocahui, una población tarahumara con una interesante misión. Me siento en la caja trasera de la pick-up y espero. El hombre no se dirige a mi ni una sola vez hasta que una hora y media más tarde el “primera” resopla en la estación de Bahuichivo y se detiene con un estruendo de quejidos metálicos.
un antropólogo noruego que recorrió la sierra Tarahumara en 1904. Fruto de aquella expedición fue el libro El México desconocido, uno de los mejores ensayos antropológicos de la comarca, traducido a varios idiomas incluidos el español.
trucción se vieron envueltos muchos de los personajes históricos del país, desde el gobernador Enrique Creel hasta el que luego fuera dictador y presidente del país durante varias décadas, Porfirio Díaz, pasando por el mismísimo Pancho Villa, que según narra una leyenda local trabajó en las obras del ferrocarril siendo joven como capataz de una cuadrilla (versión que no corrobora ninguna de sus biografías; pero dado el oscurantismo de los primeros años de vida del personaje, todo es posible).
En los apeaderos, donde el Chepe frena entre resoplidos, suben hombres de rostro duro, curtido por el sol, con bigote y pobladas patillas. Lo hacen en silencio, con humildad, como si su presencia molestara a los otros viajeros. Todos llevan un macuto de plástico al hombro, el eterno sombrero blanco mexicano y un olor pegado al cuerpo que hablaba de sudor, tierra y cansancio.
ofundo, pero pasando de puntillas sobre la realidad de un país fantástico que se personifica cada día en estos vagones del “segunda”, atestados de familias indígenas, trabajadores silenciosos, cholas cargadas de bultos y mochileros occidentales con pocos recursos y necesidad de experiencias vitales.
Es muy temprano. Tanto que las primeras luces del alba aún luchan por abrirse un hueco en el manto negroazulado de la noche mexicana. Unos bultos somnolientos permanecen acodados en los bancos de madera, en silencio, sin apenas mirarse. Un mulato con dientes de oro arrastra de forma cansina un carrito de comida en el que carga café soluble y bollos; es el único ser que parece dotado de movilidad esta madrugada fría en la estación de ferrocarrril de 
La semana pasada, al visitar el pabellón de México en FITUR, me acordé de los dos viajes que hice hace unos años en el “
rara en los EEUU fue de Albert Kinsey Owen, un norteamericano propietario de industrias azucareras en Los Mochis. Hasta entonces todas las mercancías que llegaban en barco por el Pacífico en dirección al interior de EE.UU tenían que desembarcar en San Diego o en San Francisco y desde allí llevarlas por tren hasta Kansas City. En 1872, Kinsey empezó a madurar la idea de construir un ferrocarril desde la bahía de Topolobambo, en el Pacífico mexicano, hasta Kansas City a través de la Sierra Madre. La propuesta era absolutamente utópica para la tecnología de la época pero de haberse podido llevar a cabo hubiera acortado en más de 700 km la ruta tradicional San Francisco-Kansas City. Tan utópica fue que tardó en completarse casi 100 años: la inauguración oficial del recorrido completo del Chepe no pudo hacerse hasta el 23 de noviembre de 1961.