Comunidad de viajeros

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El blog de Paco Nadal

15 Dic 2009

paco-nadal - 15 Dic 2009 -

Con perros (nórdicos) y a lo loco

Al final la nevada de ayer en Madrid no fue tan fuerte como se esperaba y la ciudad no se colapsó, aunque si hubo muchos problemas en zonas de La Mancha, Castellón y Teruel.

Pero esta primera nevada me hizo recordar un viaje que tuve la suerte de hacer hace algunos años por el ártico canadiense a bordo de un trineo de perros. Como os decía ayer, a los canadienses no les asusta el frío. Se benefician de él. En cuanto los lagos se congelan, abren carreteras sobre la superficie helada y se desplazan por ella mucho mejor que por el asfalto.

La expedición en la que participé la lideraba Grant Beck, uno de los más famosos corredores de mushing (las carreras de trineos tirados por perros) del país. A Grant lo conocí en Yellowknife, la capital de los Territorios del Noroeste, un cruce entre la Cycely de "Doctor en Alaska" y la aldea del Yukón en la que hizo fortuna el tío Gilito. Con nuestra caravana de cuatro trineos y 31 perros nórdicos recorrimos 350 kilómetros de tundra ártica en trono al Gran Lago del Esclavo. Un interminable desierto blanco en el que dependíamos por completo de esos diminutos animales, que por su dureza tuvieron un papel decisivo en la conquista de los casquetes polares. Los esquimales los usaban hace ya 1.500 años, corriendo junto a ellos porque no sabían amaestrar perros-guía.

Durante diez días avanzamos sin descanso por planicies heladas y bosques de coníferas. El silencio y la soledad sobrecogían. Se veían huellas de caribús, alces y zorros blancos y alguna bandada de perdices árticas, gordas y blancas como un niño de primera comunión. Por las noches usábamos alguna cabaña de cazadores, siempre abiertas y con leña dispuesta para quien las necesite, o montábamos nuestras tiendas de campaña sobre un suelo de ramas de piceas. Fuera la temperatura alcanzaba los 38 grados bajo cero.

Nunca olvidaré las noches con aurora boreal. El olor del aire congelado. El siseo de las cuchillas del trineo al rasgar los copos de nieve. O la algarabía de los perros cada mañana cuando los atábamos de nuevo al tiro. En realidad, un viaje así no se olvida nunca

14 Feb 2009

paco-nadal - 14 Feb 2009 -

Estación final, Chihuahua

Cuando varios días después bajé del Chepe en la estación final de Chihuahua me invadió una inmensa sensación de zozobra. Rodeado por aquellos grandes espacios planos del desierto chihuahuense el mundo vertical y húmedo de las barrancas parecía más lejano e irreal aún. Como si ese tren solo hubiera existido en mi imaginación. Y quizá así fue, porque ¿a qué loco se le ocurriría trazar un ferrocarril por unas quebradas como esas?

Chihuahua es uno de esos lugares de nombre mítico a los que cuando llegas compruebas que de mítico solo tienen el nombre. Como Tombuctú o Samarcanda. Es una ciudad grande, agradable y tranquila, con un clima tórrido y un aire provinciano. La mayoría de los turistas viene como yo a bordo del Chepe; ellos se quedan una noche y a la mañana siguiente salen huyendo.

Yo sin embargo decidí quedarme varios días en Chihuahua. Aunque parezca mentira, en esta apartada ciudad del desierto norte de México, más conocida por los perros homónimos que por sus encantos arquitectóncos (que son pocos si exceptuamos la catedral colonial), se cocieron algunos de los principales episodios de la historia del país. En especial los relacionados con uno de los personajes más controvertidos del culebrón que es el pasado reciente de esta gran nación : Pancho Villa, héroe para muchos, villano para otros tantos.

Pero esa es ya otra historia.

12 Feb 2009

paco-nadal - 12 Feb 2009 -

La barranca de Urique

Mis últimos días en la sierra los empleo en explorar la barranca de Urique. Doug me ha invitado a ir con él en su camioneta. De Bauchivo a Urique hay 54 kilómetros por una pista de terracería muy pedregosa que demora al menos dos horas. El camino sube primero entre densos pinares hasta llegar a un balcón natural donde la tierra desaparece como por encanto y se hunde en una quebrada de cantiles sucesivos que se prolongan a derecha e izquierda del escenario. Es la Barranca de Urique. Doug pone la reductora y afronta las primeras rampas en descenso. El río se ve mil metros más abajo, como un fino cable de cobre retorcido entre peñascos.

- “Cuando abrieron esta pista en 1976 era aún más estrecha”, comenta sin quitar la vista de la carretera. “Era muy difícil conducir por aquí. Menos mal que la ensancharon hará unos 10 años. Pero imagínate, ¡no la abrieron hasta el 76! Hasta entonces todos lo que subía y bajaba tenía que hacerlo a lomos de mulas por el antiguo sendero de los tarahumaras”.

En una de las muchas curvas observo una cruz, como las que aquí se suelen poner al borde de las carreteras para señalizar el lugar donde hubo un accidente. Diego ve que me quedo mirándola.

- “Un conductor que se cayó cuando iba borracho”, sentencia lacónico.

Unos zopilotes sobrevuelan la escena. La pista se convierte en un zigzag continuo de curvas que a veces vuelven sobre si mismas prácticamente 360°. El río sigue viéndose allá al fondo como una cinta almagre sobre la que espejean los minúsculos remolinos blancos de los rápidos.

Urique fue uno de los pueblos mineros más importantes de la sierra. Pero eso fue hace mucho tiempo. Hoy es un pueblo fantasma, un sinsentido que habla del apegó atávico de los hombres al lugar en el que han nacido, aunque ese lugar esté sepultado en vida. Las minas de Urique fueron descubiertas en 1690. A partir de entonces las sendas de la sierra se llenaron de mineros, gambusinos, comerciantes, ingenieros, buscavidas, soldados del rey y demás personas relacionadas con la minería que cambiaron en un corto período de tiempo el panorama económico y social de la comarca.

Urique nació de una fiebre, la del oro y la plata, y en el peor lugar del mundo, al fondo de la barranca, donde el clima es insano y caluroso e incomunicado del resto del mundo. Un pueblo de frontera, hecho al asalto, sin más planificación que la codicia que generaba el dinero. A lo largo de su única calle, la misma que sigue existiendo hoy, se pararon barracones, tugurios, mansiones, negocios, prostíbulos, cafetines y hospedajes al pairo de la calentura económica. Pero el mineral se agotó a principios del siglo XX y la comarca inició un largo declive. Urique cayó en el olvido. Y ahí sigue. Perdido al fondo de un abismo insondable, entre polvaredas resecas y remolinos de aire podrido.

Paseo por la calle principal y me fijo en una de las casas ricas que destaca sobre las demás. Una construcción de dos pisos que un día tuvo que ser una elegante mansión y que hoy, llena de desconchones, está fragmentada en varias viviendas y locales comerciales. Sobre su frontispicio, un rótulo: “La Central, 1910". En el bajo comercial que hace chaflán hay una tienda de ultramarinos en el que no ha debido de cambiar ni un tornillo en los últimos cien años y la que entro de forma casi ceremonial, como si de repente una máquina del tiempo me trasladara a aquellas viejas tiendas de coloniales que conocí en la España pobre y atrasada del franquismo. El señor que la atiende se llama Carlos Silva y es el dueño del edificio, que heredó de su padre.

- “Antes venían burros cargados con mercancías casi a diario. Ahora sobra género. Aquí uno se muere en vida. La casa la fuimos vendiendo a trozos; era muy grande para mantenerla una familia sola”, me confiesa.

En el mostrador de madera se suceden cajas llenas de huauzontles, romeritos, verdolagas, elotes, cebollas, chiles, … además de una balanza y un mazo de papel de estraza para envolverlos. Apoyado al pie de la repisa hay grandes capazos de esparto con nopales, guisantes, huitlacoches, toronjas, ajitomates... Es como si el tiempo se hubiera detenido. Como si de repente me hubiera caído dentro de un relato de Juan Rulfo.

11 Feb 2009

paco-nadal - 11 Feb 2009 -

La misión

No me refiero a la magnífica película de Roland Joffé, protagonizada por Jeremy Irons y Robert de Niro, Aunque podría ser. Hablo de la misión jesuita de Cerocahui, uno de los más importantes centros religiosos de la sierra tarahumara. Siempre me produjo interés el fenómeno de las misiones y su importancia dentro del proceso colonizador de América.

Por un lado me sorprende la determinación, mezcla de fe y audacia, de aquellos misioneros capaces de sortear todo tipo de obstáculo para expandir su fe. Como ocurre en "La misión" con el padre Gabriel/Jeremy Irons. O como ocurrió aquí mismo en Cerocahui. Los primeros intentos de evangelización datan de 1601, cuando llegaron el padre Julio Pascual y su ayudante el padre Martínez. Fueron martirizados y asesinados el 1 de febrero de 1632 en el pueblo de Santa María de Varohíos durante una revuelta tarahumara liderada por un caudillo local de nombre Teporaca. En 1670, otro jesuita, el padre Juan María de Salvatierra, solicitó a sus superiores ser destinado a las misiones más difíciles de la Sierra. Y lo mandaron a Cerocahui, donde consiguió asentar una comunidad.

Pero tampoco se puede olvidar el papel destructor de las tradiciones y las religiones autóctonas de esas evangelizaciones. A nadie escapa que la gran diferencia de la colonización española frente a la inglesa o francesa, por ejemplo, fue la necesidad de ir con la cruz por delante, la misión divina supuestamente encomendada a la corona española de expandir la fe, a fuego y espada, a lo largo y ancho del mundo. El tema es largo y complejo como para debatirlo aquí. Pero aunque reconozco que los misioneros llevaron también educación, técnicas agrícolas, mejora de la sanidad.... contribuyeron a acabar con las culturas autóctonas.

Camino por las calles desiertas de Cerochui guiado por la torre de la iglesia de la misión. Solo se ven algunos niños corriendo y un par de hombres trabajando en la lejanía de los campos de labor. Es una tarde gris plúmbea y ventosa. La capota del cielo filtra una luz fosca y triste. La misión ocupa un lateral de la plaza del pueblo. Es un gran edificio de piedra sillar con una única nave y fachada también de cantería de piedra rojiza. Tiene techumbre a dos aguas de teja roja y una gran cúpula sobre el crucero forrada de azulejos amarillos que destacan de forma sorprendente sobre la monotonía verde y negra del paisaje.

La puerta esta abierta y entro. El interior es de una sencillez y austeridad extrema, como casi todas las iglesias de la sierra. No hay nadie a estas horas, pero podía imaginármela en pleno siglo XVII repleta de indígenas tarahumaras escuchando al padre Salvatierra en el púlpito, a la luz de las candelas. O durante la Semana Santa, la fiesta religiosa católica que mayor aceptación tuvo entre los tarahumaras y que aún hoy se celebra con mayor intensidad. Cuando los jesuitas fueron expulsados los tarahumaras se quedaron durante unos años sin sacerdotes lo que no fue impedimento para que siguieran celebrando la Semana Santa y adaptándola cada vez más a sus propios rituales. Cuando volvieron los curas no hubo forma de devolver la ortodoxia a la fiesta.

Cuando salgo, me cruzo con una fiesta popular. Las calles parecen haber recobrado la vida que antes no tenían y como por arte de magia empiezan a aparecer niños disfrazados en todas las esquinas. Me quedo con una, con una bella princesa que me mira con ojos de esperanza y una varita mágica en medio del lodazal.

10 Feb 2009

paco-nadal - 10 Feb 2009 -

Una cruz por cada alma en la sierra tarahumara

Llevo ya varios días en El Paraíso del Oso, un genuino rancho de la sierra tarahumara solitario en mitad de la nada cuyo dueño, Doug Rodhes, se ha negado a instalar la luz eléctrica para preservar el espíritu original de estas haciendas. Doug es estadounidense pero se casó con una indígena tarahuamara y decidió retirarse del primer mundo para venir a vivir a éste otro mundo de las barrancas del Cobre, que no se qué posición ocupa, pero desde luego me parece mucho más interesante que el primero.

Al caer la noche, los quinqués sumen el rancho en un caleidoscopio de negritudes por el que los clientes nos movemos como sombras anónimas. Doug suele convocarnos a la luz de una hoguera y nos cuenta historias de los indios tarahumaras.

Tarahumara es una deformación que hicieron los primeros misioneros de raramuri, el verdadero nombre de las comunidades indígenas que viven en la sierra Madre y en particular en esta comarca de las Barrancas del Cobre. Los raramuri constituyen una de las tribus indígenas más endogámicas y puras de México, aunque en los últimos años, sobre todo desde la apertura de pistas accesibles a vehículos hasta el fondo de las Barrancas, su grado de aculturización y mezcla con los chabochi (como llaman a los blancos y mestizos) es cada vez mayor.

Su cultura está íntimamente ligada y adaptada al medio vertical que les rodea: cuando llegaron los primeros misioneros vivían en cuevas naturales y abrigos de roca que cerraban con trincheras de piedras y se alimentaban de maíz y otros productos que cultivaban en las terrazas de los gigantescos cantiles de roca de las barrancas. Poco a poco fueron abandonando las cuevas para establecerse en rancherías en el fondo de los valles, en humildes casas de paredes de adobe y techo de paja de las que todavía pueden verse muchas por la sierra.

El consumo de batari, un brebaje tradicional de poca gradación alcohólica hecho con pencas del magüey fermentado y cocido en un horno bajo tierra que se tomaba en festividades y como agasajo a los vecinos que ayudaban en el trabajo comunal, se ha sustituido por cerveza, un alcohol barato que provoca graves problemas de alcoholismo, a pesar de que su venta está prohibida en la sierra.

Una mañana Doug me acompañó hasta una cueva a poco más de una hora a pie del hotel. Se trata de un gran abrigo de roca en forma de media luna donde estuvo viviendo un grupo de indígenas tarahumaras hasta el final de la Revolución Mexicana. Pero murieron casi todos en pocos días y en extrañas circunstancias.

- “¿Los mataron? ", le pregunto

- “ No, de eso estamos casi seguros. Quedarían unos 40 o 50 y murieron todos de repente, en tres o cuatro días. Alguien en Bahuchivo me dijo que pudo ser una enfermedad contagiosa, como la gripe española. Pero en realidad sigue siendo un misterio.

- “¿No se investigo?

- “¿quién lo iba a investigar? y sobre todo, ¿a quién le importaba? No te creas que en aquella época un grupo de 40 o 50 indios suponía mucho. Los mineros y los madereros los despreciaban, para ellos no eran más que mano de obra barata. No creo que nadie se interesara por lo que pasó aquí.

Pero lo más impresionante de la cueva era el conjunto de cruces blancas pintadas a lo largo de toda la pared interior.

- “ Creo que las pintaron los propios tarahumaras”, añade Doug al ver que me paro a fotografiar las cruces. "A lo mejor una por cada fallecido, o como símbolo de religiosidad. La religión es muy importante en su vida, y también el culto a los muertos. Por eso siguen ofreciéndole comida a los difuntos, para ayudarle en su camino hacia allá arriba. Han pasado ya muchos años, pero alguién viene con regularidad hasta aquí y vuelve a repasar las cruces, para que no desaparezcan. Para que el alma de estos muertos siga entre los vivos. ”.

08 Feb 2009

paco-nadal - 08 Feb 2009 -

Matando marcianos en Bahuichivo

El tren de las barrancas del Cobre tarda una jornada en cubrir el trayecto entre Los Mochis y Chihuahua, pero sería absurdo cruzar una de las zonas más interesantes de México con tanta prisa. Lo aconsejable por tanto es bajarse en alguna de las estaciones intermedias y dedicar unos días a recorrer la sierra tarahumara.

El pueblo que elijo para dejar el tren, Bahuichivo, es tan desordenado y caótico como todos los que llevo vistos hasta el momento en la sierra. Lo componen medio centenar de casas unifamiliares muy sencillas y humildes, de planta rectangular, muros de bovedilla de hormigón y techos de chapa metálica diseminadas sin orden alguno por un pedregal sucio sobre el que despuntan algunos bosquetes de eucaliptos.

Hay varias tiendas de abarrotes en la explanada de la estación, un par de restaurantes económicos, otro par de pensiones más espartanas aún, una ferretería y, curiosamente, una sala de videojuegos en la que una chiquillería vociferante se entrega a matar marcianos o enemigos estelares en las verdosos pantallas. En eso debe de consistir la globalización.

La única zona pavimentada es la plaza principal, tan pobre y mal equipada como el resto del pueblo. Las demás calles están tapizadas por el mismo polvo terroso de las montañas que las rodean. Gallinas, cerdos, charcos de agua ponzoñosa, basuras y muchos cables colgando de lado a lado completan el panorama. Abajo, al fondo del valle, en una zona algo más llana, se ve un campo de fútbol en el que en este momento pasta un grupo de vacas. El pueblo es también un inmenso cementerio de todo tipo de camionetas y todoterrenos de fabricación norteamericana desde los años 50 en adelante. Viejos Dodge, Ford o Chevrolet reposan arruinados por las esquinas de la aldea.

Al pie del tren esperan numerosas furgonetas y pick-up de hoteles de la zona en busca de clientes. Pero a diferencia de lo que imaginaba no hay por parte de sus conductores la más mínima intención de pregonar las excelencias de sus productos o tratar de captar huéspedes. Simplemente, esperan. Me acerco a la ventanilla de una de ellas al azar. Es una pick-up Chevrolet blanca sin ningún rótulo a cuyo volante se aferra un hombre de rostro duro y edad incierta tocado con el inevitable sombrero blanco. Me dice que pertenece al hotel El Paraíso del Oso, que esta a cinco minutos de Cerocahui y que tiene cuartos desde 100 pesos. Si me interesa tengo que esperar un poco a que llegue el tren de primera porque viene a recoger a dos clientes que han reservado la estancia por teléfono. Acepto, porque visto lo visto en Bahuichivo me interesa más situar mi centro de operaciones en Cerocahui, una población tarahumara con una interesante misión. Me siento en la caja trasera de la pick-up y espero. El hombre no se dirige a mi ni una sola vez hasta que una hora y media más tarde el “primera” resopla en la estación de Bahuichivo y se detiene con un estruendo de quejidos metálicos.

06 Feb 2009

paco-nadal - 06 Feb 2009 -

Unas barrancas a prueba de jesuita

El mayor problema con el que se enfrentaron los ingenieros que proyectaron el ferrocarril Chihuahua al Pacífico fue la orografía. Los mismísimos misioneros jesuitas, con toda su intrepidez, tardaron decenas de años en bajar al fondo de estas barrancas. Y ya se sabe, donde no llega un jesuita no llega ni un Mitshubisi Montero. "Sólo los pájaros conocen la profundidad de este abismo", escribía Carl Lumholtz, un antropólogo noruego que recorrió la sierra Tarahumara en 1904. Fruto de aquella expedición fue el libro El México desconocido, uno de los mejores ensayos antropológicos de la comarca, traducido a varios idiomas incluidos el español.

Se calcula que hay unos 20 cañones o barrancas mayores en esta Sierra Madre mexicana, que sería la continuación geológica de las Montañas Rocosas de Norteamérica. La mayoría están formadas por el río Urique y sus afluentes. La más famosa y la que da nombre a la sierra, aunque no la más insondable, es la Barranca del Cobre, de 1.300 metros de profundidad. Pero también son soberbias las de Urique, Sinforosa, Batopilas y Candamena, algunas con más de 1.800 metros de desnivel. Si sumamos la extensión de todas estas gargantas superan en cuatro veces a la del Gran Cañón del Colorado y nueve de ellas son más profundas que éste.

El ferrocarril utiliza algunas soluciones técnicas que aún hoy día siguen considerándose geniales, como la de la estación de Temoris, donde salva el cauce del río Septentrión y el desnivel existente mediante dos puentes en curva, un largo túnel y un cambio de dirección en ascenso. O la que hay a continuación de la estación de Pitorreal, a unos 60 km de Creel, donde la vía completa un círculo sobre sí misma como si fuera él loop de un avión de acrobacia.

En total a lo largo de los casi 700 km que separan Los Mochis de Chihuahua el Chepe supera un desnivel de 2.500 m para los que utiliza 86 túneles y 37 puentes. El túnel más largo, el del Descanso, tiene 1.823 metros de largo. El puente más alto, el de Chinipas, tiene pilares de 105 metros. En su construcción se vieron envueltos muchos de los personajes históricos del país, desde el gobernador Enrique Creel hasta el que luego fuera dictador y presidente del país durante varias décadas, Porfirio Díaz, pasando por el mismísimo Pancho Villa, que según narra una leyenda local trabajó en las obras del ferrocarril siendo joven como capataz de una cuadrilla (versión que no corrobora ninguna de sus biografías; pero dado el oscurantismo de los primeros años de vida del personaje, todo es posible).

Hacia las dos de la tarde mi tren se detiene en Bahuichivo, una minúscula estación perdida en lo más alto de la sierra Tarahumara, a 251 kilómetros de Los Mochis y 401 de Chihuahua. Tomo mi mochila y bajo del vagón.

04 Feb 2009

paco-nadal - 04 Feb 2009 -

Donde hay más gente muerta que viva

Al arrancar de nuevo, el Chepe pasa lentamente por uno de esos pueblos casi fantasmas. Un cartel oxidado con letras negras sobre un fondo blanco más oxidado aún anuncia su nombre: Los Pozos. Me llama la atención un cementerio pulcramente encalado que refulge entre pitas y tascates a las afuera de la aldea. Como si intuyera mis pensamientos, Emilio, el revisor de mi vagón, un chico grandote y afable con el que he entablado conversación, me dice:

- “Fíjese en ese pueblo; hay más gente en el cementerio que en las casas”.

En los apeaderos, donde el Chepe frena entre resoplidos, suben hombres de rostro duro, curtido por el sol, con bigote y pobladas patillas. Lo hacen en silencio, con humildad, como si su presencia molestara a los otros viajeros. Todos llevan un macuto de plástico al hombro, el eterno sombrero blanco mexicano y un olor pegado al cuerpo que hablaba de sudor, tierra y cansancio.
Imagino (he viajado antes en Perú en este tipo de trenes solo para turistas) la pulcritud y la asepsia de los vagones del “primera”, con turistas occidentales que han pagado el doble por viajar confortablemente instalados, aislados de los olores y las miserias del México profundo, pero pasando de puntillas sobre la realidad de un país fantástico que se personifica cada día en estos vagones del “segunda”, atestados de familias indígenas, trabajadores silenciosos, cholas cargadas de bultos y mochileros occidentales con pocos recursos y necesidad de experiencias vitales.
Pese a que el Chepe se zarandea y cruje como las cuadernas de un galeón en plena tormenta avanzamos a un ritmo endemoniadamente lento, a poco más de 30 kilómetros a la hora. Cuando Emilio vuelve a pasar a mi vagón le pregunto la razón.

- “Éste tramo está todavía pendiente de una mejora de las vías”, es su políticamente correcta respuesta.
-
Pero durante los días siguientes, en que estuve viajando en el Chepe, jamás
pasó a una velocidad mayor. Imagino que en realidad era todo el recorrido el
que seguía pendiente de unas mejoras.

03 Feb 2009

paco-nadal - 03 Feb 2009 -

Amanece en la estación de Los Mochis

Es muy temprano. Tanto que las primeras luces del alba aún luchan por abrirse un hueco en el manto negroazulado de la noche mexicana. Unos bultos somnolientos permanecen acodados en los bancos de madera, en silencio, sin apenas mirarse. Un mulato con dientes de oro arrastra de forma cansina un carrito de comida en el que carga café soluble y bollos; es el único ser que parece dotado de movilidad esta madrugada fría en la estación de ferrocarrril de Los Mochis.

La estación es moderna y funcional, sin un atisbo de esa magia decadente que se supone rodea a todo lo relacionado con el ferrocarril. De repente, a las seis en punto, con una puntualidad germánica, una locomotora diesel arrastrando tres pulcros vagones pintados de verde oliva y naranja se instala en la vía principal y una voz chilla: “¡El tren de segunda para Chihuahua va a salir!”. Los bultos silentes y somnolientos recobran la vida como accionados por un resorte.

Durante los primeros kilómetros, el Chepe transita por una llanura fértil, plagada de huertas y frutales aunque los pueblos que atraviesa son misérrimos, aldeas de cal y adobe por cuyas calles terrosas corren perros famélicos y regueros de aguas sucias. Vamos dejando atrás Sumidero, San Blas, El Fuerte y otras pequeñas aldeas anónimas a las que sólo se puede acceder por duras pistas de tierra o en tren. Amodorrado en la ventanilla de mi compartimento, aún bajo los efectos del madrugón, voy viendo pasar viviendas de paredes descarnadas, con ronchas de cal y barro, hombres cenicientos sobre sus monturas, viejas desdentadas de negras y hermosas trenzas y chiquillos juguetones que como en todas partes del mundo, saltan y corren en paralelo al tren saludando a los viajeros.

02 Feb 2009

paco-nadal - 02 Feb 2009 -

El tren de las barrancas del Cobre

La semana pasada, al visitar el pabellón de México en FITUR, me acordé de los dos viajes que hice hace unos años en el “Chihuahua al Pacífico”, el tren que une Los Mochis, en la costa del Pacífico, con Chihuahua, en pleno desierto mexicano, a través de los angostos y extraordinarios cañones de la Sierra Madre, la de los indios tarahumaras y la de tantas leyendas de la agitada historia de esta inmensa república.

El tren de las barrancas del Cobre, o Chepe, como se le conoce coloquialmente, no es solo una de las más intensas experiencias viajeras que se puede hacer en México, sino que además es el único ferrocarril de pasajeros (si exceptuamos el tren turístico del Tequila, en Jalisco) que queda en servicio en un país que hizo la Revolución subido al pescante de una locomotora de vapor. La desidia, la falta de inversiones y finalmente la privatización acabaron con los trenes mexicanos.

La alocada idea de hacer un ferrocarril que cruzara todo México y entrara en los EEUU fue de Albert Kinsey Owen, un norteamericano propietario de industrias azucareras en Los Mochis. Hasta entonces todas las mercancías que llegaban en barco por el Pacífico en dirección al interior de EE.UU tenían que desembarcar en San Diego o en San Francisco y desde allí llevarlas por tren hasta Kansas City. En 1872, Kinsey empezó a madurar la idea de construir un ferrocarril desde la bahía de Topolobambo, en el Pacífico mexicano, hasta Kansas City a través de la Sierra Madre. La propuesta era absolutamente utópica para la tecnología de la época pero de haberse podido llevar a cabo hubiera acortado en más de 700 km la ruta tradicional San Francisco-Kansas City. Tan utópica fue que tardó en completarse casi 100 años: la inauguración oficial del recorrido completo del Chepe no pudo hacerse hasta el 23 de noviembre de 1961.

Como ando preparando las maletas y el equipo para un nuevo viaje (ya llevo demasiado tiempo en casa y mi cama no esta habituada a trabajar tanto) se me ha ocurrido ir narrando este viaje, absolutamente recomendable para quienes quieran vivir una experiencia diferente a bordo de un tren, hasta que llegue a mi nuevo destino (que por cierto está más cerca del Chepe que de Nueva Zelanda, por si sirve de pista).

....continuará....

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Sobre este blog

El blog de Paco Nadal

Paco Nadal es licenciado en Ciencias Químicas y Master en Periodismo por la Fundación El País/Universidad Autónoma de Madrid. Escritor, periodista, fotógrafo, director y guionista de documentales y sobre todo, culo de mal asiento desde que tiene uso de razón. Su estado natural es el perpetuo movimiento y cuando no está de viaje, suele enfermar. Colaborador habitual del suplemento El Viajero, de El País, y del programa Hoy por Hoy, de la Cadena Ser, escribe también con asiduidad en las principales revistas de viaje (Lonely Planet. National Geographic, Altair...).

paconadalsl@gmail.com

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