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El blog de Paco Nadal

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paco-nadal - 24 Jul 2008 -

La princesa rusa

Tres días a bordo de un tren dan para mucho. Dan para relajarse. Dan para hacer amigos. Dan incluso para aburrirse, como ya empieza a pasarle a algún pasajero, que no viene mentalizado para este tipo de viaje o ha puesto las expectativas demasiado altas. Y dan por supuesto para encender la imaginación.
En un principio me pareció que a estas cosas elitistas solo venían parejas de jubilados americanos, de esos que comen a las doce, cenan a las seis y se van a dormir a las diez. Pero poco a poco voy descubriendo las peculiaridades del pasaje. Descubro a Roberto, un jubilado alemán que trabajó 40 años en la fábrica Carl Zeiss (la conversación se inició por la lente de mi cámara, que es de esa marca); viaja solo y es un enamorado de Andalucía. Descubro también a Inma y Andreas, española ella, alemán él, que van a casarse en la isla tailandesa de Ko Samui, pero han querido llegar a bordo de este tren porque les parecía lo más romántico que podían hacer antes de comprometerse (para vosotros, Inma y Andreas, que quizá nunca lleguéis a leer este blog, mis mejores deseos y deciros que sin vosotros este viaje no hubiera sido lo mismo). Y luego descubrí, más bien descubrimos, a la princesa.

Apareció de repente el día de la primera excusión a tierra. Alta, liviana, vaporosa, con un vestido de punto con tirantes de color naranja y verde y gorro y bolso a juego. Nadie se había percatado hasta el momento de ella. Su cara angelical, casi de niña, acrecentaba unos rasgos eminentemente eslavos; su piel era tan blanca y cerúlea que en algunos pliegues dejaba transparentar el malva de la venas. Las piernas largas y estilizadas podrían ser las de una bailarina; sin embargo, su espalda, algo musculada, parecía de una nadadora. Su porte ligero y elegante, casi de modelo, llamaba la atención entre aquel grupo de orondos jubilados. Si en aquel momento hubiera aparecido Mary Popins por la chimenea del tren no hubiera llamado tanto la atención como aquella enigmática y atípica joven.

Poco a poco el misterio de la pasajera solitaria ha empezado a ser la comidilla de un pasaje demasiado ocioso como para desaprovechar semejante ocasión de cotilleo. No aparenta más de 20 años y sin embargo viaja sola. Cambia de modelito tres o cuatro veces al día, cada uno apropiado para la ocasión (casual, si se trata de una excursión; traje de cóctel para la cena). Come y cena sola, nunca habla con nadie y apenas sale de su cabina. Cuando lo hace, se pasa horas mirando al infinito apoyada en la barandilla del vagón panorámico. Cualquier intento de los demás pasajeros por entablar conversación son finalizados por ella con unas frases amables pero inequívocas.

Antonio Alpañez, mi compañero de viaje, de fatigas y de documental, y yo hemos empezado a elucubrar sobre ella. Debe ser una princesa rusa, imaginamos, que viaja a Singapur para casarse con un rico hombre de negocios mucho mayor que ella; ella no lo quiere pero las familias (ambas poderosas) han acordado la unión. O no, a lo mejor es una bailarina del Bolshoi que viaja sola tratando de olvidar un desengaño amoroso. O…. Roberto, el jubilado alemán, que por lo visto es menos dado a la poesía que nosotros, cree que es la querida de algún mafioso ruso que le ha pagado este capricho para tenerla entretenida mientras él última unos negocios.
En fin, que en la vida he hecho un viaje tan literario como este. Estoy pensando en escribir una novela. De momento ya tengo el título: “La princesa rusa del Orient Express”.

paco-nadal - 22 Jul 2008 -

A bordo del Orient Express

No puedo más. Tengo que contarlo. Estoy en Bangkok porque voy a tomar aquí el Easter & Oriental Express, un tren de la compañía Orient Express que una vez al mes enlaza la capital tailandesa con Singapur. Como se deduce de su nombre cuenta con vagones de época y un lujo y boato que ya quisieran Hércules Poirot y Agatha Christie. Je, je. Maderas nobles, cubertería de alpaca, manteles de hilo, cristalería fina, camareros por todas partes, cenas con traje de chaqueta (trajo largo, ellas), pianista en el vagón-bar, etc. etc.

El glamour sobre raíles todavía existe, pese a cultura low cost. Y esta compañía ha sabido hacerse un hueco en el mundo viajero. Su propietario, un americano amante de los trenes, empezó recuperando un viejo vagón original del Orient Express. Ahora gestiona una compañía inmensa con 50 hoteles de lujo por todo el mundo y trenes de época similares al Orient Express original repartidos por todo el mundo.

Éste une Bankgkok con Singapur en tres días y sus correspondientes noches a través de toda la península malaya, con algunas paradas intermedias para visitar zonas de interés. La juega no es precisamente barata (1.680 € por cabeza en cabina doble, el pasaje más barato), pero, ¡qué caramba! es una de esas experiencias que merece la pena vivir una vez en la vida.
Además viajar en tren significa viajar a un ritmo sosegado que te permite apreciar el paisaje, deleitare con una converación o leer un libro mientras la selva desfila por tu ventana. Como me decía Evelin, la directora del tren, lo que ellos venden es tiempo: tiempo para relajarte, tiempo para leer, tiempo para mirar el paisaje. Tiempo, en definitiva, para saborear un viaje, algo tan en olvidado en estos tiempos de paquetes organizados y apresurados tipo “si hoy es martes, esto es Bélgica”.
Son las 5,30 de la tarde; el Easter & Oriental Express está estacionado en un andén de la estación de Bangkok, a punto de partir. Me instalo en mi cabina, muy pequeña por cierto (es de las económicas), tanto que he tenido que facturar la maleta y sacar antes de ella lo que vaya a necesitar estos tres días, aunque tiene una mesita de velador, un pequeño armario y (lo más importante) un cuarto de baño privado, con ducha; todo un lujo en un tren.
El jefe de estación acaba de dar la salida al convoy. Estoy poniéndome la chaqueta y la corbata para la primera cena. Ya os contaré.

paco-nadal - 21 Jul 2008 -

Mejor con pantalones

Bangkok no es una ciudad para quedarse mucho tiempo; la mayoría de viajeros pasa por aquí porque aquí está el aeropuerto internacional, se quedan uno o a lo sumo dos días, y siguen viaje. Les entiendo, aunque el tema de la polucion y los atascos parece que ha mejorado (al menos estos días que paso aquí no veo tanto tráfico ni tan cargado el ambiente como otras veces). Además, en un país con tantas cosas que ver como Tailandia, si tienes poco tiempo (que es lo normal), tienes que priorizar.

Lo habitual es dedicar la mayor parte de la estancia en Bangkok a visitar el Palacio Real y el templo del Buda Esmeralda, un gigantesco conjunto de edificios blancos y pagodas doradas que fue residencia de la familia real desde el siglo 1782, cuando la dinastía chakri subió el poder. Chedis, pagodas, grandes salones, inabarcables pabellones recubiertos de oro y maderas preciosas, cientos de estancias y dormitorios hacen del Gran Palacio un sueño de cuento de hadas que tiene la virtud de trasladar al visitante – y suponemos que también a sus antiguos moradores, para eso fue construido – a un estado de serenidad y paz espiritual que contrasta con el caótico tráfago urbano que resuena tras su muros.

Pero suele estar tan lleno de gente que la visita se convierte en una especie de estancia ajetreada y sudorosa en un parque temático (con menos sombras que Terra Mítica). Mi consejo es que lo veáis rápido (satura tanta belleza) y vayáis al otro lado del río al menos concurrido pero delicioso templo de Wat Arun. Es uno de los más antiguos de la ciudad y tiene un prang (torre) de estilo khermer camboyano de 82 metros de altura que es una maravilla. Subir hasta la cima del prang (no se aconseja ir con falda, cuando lleguéis sabréis por qué) y deleitaros desde arriba de la mejor vista de Bangkok… sin agobios.

paco-nadal - 20 Jul 2008 -

Las alturas de Bangkok

He cenado en el Nigt Bazar, junto al mercado de artesanía nocturna, un lugar al aire libre donde solo acuden tailandeses y algunos pocos extranjeros en el que hay cientos de mesas y sillas rodeadas por docenas de chiringuitos de comida tailandesa donde tu mismo te compras los que quieras y te lo llevas a la mesa. Vamos, un merendero, pero en versión thai. Presidiendo la gran explanada hay un escenario con actuaciones en directo. Como la globalización ha llegado a todas partes, esta noche toca un conjunto de rock local que canta en inglés mientras tras ellos, una gran pantalla retransmite en diferido el partido ¡Real Madrid-Getafe!, aquel que ganó el Geta 0-1. ¡Decididamente, ya nada es lo que era!

Luego me he ido al hotel a disfrutar de un espectáculo único: Bangkok por la noche y desde las alturas. Me alojo en el Lebua at State Tower, uno de los mejores y más nuevos hoteles de la ciudad. Una pasada de lujo asiático donde en cada esquina aparece un empleado, ya sea para presionar por ti el botón del ascensor, para indicarte dónde está la recepción o para cambiarte el juego de almohadas. Pero lo mejor del Lebua son las vistas. Mi habitación está en el piso 56 y el balcón da directamente al río. Abro la puerta corredera y un olor caliente y especiado a río, a fritura, a humanidad, a selva.. a vida en definitiva.. sube desde la ciudad y choca en mi pituitaria con ese otro aire aséptico del aire acondicionado que sale del dormitorio.

Bangkok vibra allá abajo, entre las calles sudorosas, entre las luces rojas y blancas de los coches y los saamiaw, entre las ventanas iluminadas de los rascacielos, entre los claroscuros de los canales pobres y mal iluminados, entre las guirnaldas de colores de los khlong, los barcos-taxis, que parecen farolillos con vida propia que se movieran sobre la oscura S que forma el río, la única superficie no iluminada en esta noche mágica de Bangkok. Pienso en las miles de vidas que se están viviendo ahora mismo allá abajo en ese teatrillo humano: habrá gente amando, riendo, comiendo, llorando, naciendo, muriendo, matando, durmiendo o trabajando. Pero desde aquí arriba todo eso me resulta lejano, ajeno. Desde aquí arriba, esta noche calurosa y especiada, Bangkok es solo un murmullo de lentejuelas destellantes.

paco-nadal - 18 Jul 2008 -

Saludos desde Bangkok

Acabo de llegar a Bangkok, el eje neurálgico y neurótico sobre el que gira este país fantástico que es Tailandia. Voy a estar por aquí un par de semanas, viajando en tren y en bici y buceando en Ko Tao para un programa de TV. Pero de momento, recién llegado a Bangkok, con el jet lag encima y el mono de redescubrir una ciudad que vi por primera vez hace ya más de 25 años, lo que tengo es prisa por sumergirme en ella, por dejar las maletas en el hotel y tirarme sin pausa a la calle. Bangkok es futurista, rabiosamente moderna, saturada de todo (ya sean olores, gentes o coches), donde las autovías crecen unas sobre otras, el metro circula bajo tierra y también sobre raíles por encima de ella; los rascacielos del siglo XXI se reflejan en las aguas achocolatadas de río Chao Praya junto con la silueta piramidal de Wat Arum, la pagoda de estilo camboyano más antigua de la ciudad; donde los grandes reclamos publicitarios llenan la noche de destellos de neón y el ir y venir de sus 14 millones de habitantes genera unos atascos bíblicos famosos en toda Asia.

Sin embargo, Bangkok, “la deliciosa capital de las nueve gemas, la morada real más elevada”, vive en la misma dicotomía entre la tradición y la vanguardia que el resto del país, y así junto a los rascacielos de acero y cristal hay palafitos de madera, frente a ejecutivas ceñidas en finos trajes de marca enganchadas permanentemente a su teléfono móvil caminan aldeanas tocadas con el gorro cónico de paja de arroz camino de un mercado flotante o monjes buditas envueltos en raídas túnicas naranjas en espera del pindapata (la limosna matutina); en una esquina relucen lujosos coches de marca alemanes o japoneses mientras que en la otra las canoas de madera surcan silenciosas los khlongs (canales) de la ciudad vieja. Es la dulce locura de una ciudad única, alocada, calurosa en extremo, que simboliza el desarrollo de este tigre asiático.

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Sobre este blog

El blog de Paco Nadal

Paco Nadal es licenciado en Ciencias Químicas y Master en Periodismo por la Fundación El País/Universidad Autónoma de Madrid. Escritor, periodista, fotógrafo, director y guionista de documentales y sobre todo, culo de mal asiento desde que tiene uso de razón. Su estado natural es el perpetuo movimiento y cuando no está de viaje, suele enfermar. Colaborador habitual del suplemento El Viajero, de El País, y del programa Hoy por Hoy, de la Cadena Ser, escribe también con asiduidad en las principales revistas de viaje (Lonely Planet. National Geographic, Altair...).

paconadalsl@gmail.com

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