En Santillana del Mar
He llegado a Santillana del Mar, uno de los pueblos más bonitos y mejor conservados de España. El Camino del Norte ha pasado siempre por aquí y de hecho en el medievo hubo junto a su famosa Colegiata un hospital para pobres y peregrinos (que por aquella época venía a significar casi lo mismo).
Un chico austriaco que va haciendo también el camino y con el que he coincidido a la llegada ha alucinado al entrar a Santillana. Me ha dicho que no podía imaginar que existiera un lugar como éste. Y es que Santillana no deja impasible a nadie. Ha sido objeto de todos los calificativos y comentarios a los que una villa puede aspirar. Desde “el pueblo más bello de España”, como la definió el personaje de uno de los libros de Jean-Paul Sartre, a “villa de encantadora fisonomía arcaica”, en palabras de Emilia Pardo Bazán.
Para quienes no la conocéis, es un pequeño pueblo en la comunidad autónoma de Cantabria tan compacto y tan bien conservado que es difícil encontrar un elemento arquitectónico que desentone entre sus muchas casonas nobles, palacios, iglesias y balcones atestados de geranios. Todo en piedra, mucha piedra.
Pero claro, como le pasa a todos estos pueblos tan turísticos, ha terminado por convertirse en una especie de parque temático, en un museo dedicado al turismo donde parece que no vive nadie. Todos los bajos y locales comerciales albergan un negocio del ramo: restaurantes, hoteles, posadas, tiendas de souvenirs... Y siempre con una riada perpetua de visitantes deambulando por sus calles empedradas. El bosque no te deja ver los árboles.
Mi consejo: volver a Santillana por la noche, después de cenar. No hay nadie en la calle. Te sientas en el lavadero público que hay frente a la Colegiata mientras escuchas el rumor del agua y te recreas con toda una auténtica villa cántabra de pura piedra para ti solo. Sin nadie que interrumpa la escena. Un regalo para los sentidos