La vida de un periodista de viajes no es tan glamourosa como se puede pensar. No andas todo el día de playa en playa tropical, ni de paraiso en paraiso, ni de un hotel de lujo a un restaurante cinco estrellas Michelin. Ni siquiera te acosan las teenagers en la playa de Malibu. ¡Qué más quisieramos! Lo normal es que te pegues buena parte del año dando tumbos por la España más cañí y rural, durmiendo en pensiones de mala muerte.
Un día vi un cartel de entrada a un pueblo de Guadalajara: "Solanillos del Extremo" ¿Qué sobredosis de peyote debía de tener quien puso ese nombre a un pueblo? ¡Solanillos del Extremo! Era como de risa.
Me acordé de la de pueblos con nombre raro que veo a lo largo del año haciendo kilómetros por
esa España profunda por la que no pasan ni las autopistas ni los AVES. Y decidí hacerme una foto en cada uno de ellos. Aquí va parte de la colección, en absoluta primicia. Prometo atacar con más en próximos días (tengo fotos para aburrir, ni os imaginais la de pueblos que bautizo el señor del peyote con nombre original/curioso/raro a lo largo y ancho en este país).


Si hay una vista imprescindible en Cuba es a Trinidad. Conozco pocas ciudades coloniales de América tan bellas, bien conservadas y auténticas como ésta. Cuadras y cuadras de calles adoquinadas sobre las que despuntan campanarios de iglesias de sencillo estuco pintado de tonalidades vivas y alegres, cientos de bellos edificios de una sola planta y patios llenos de flores y azulejos, fachadas con ventanas de rejería y colores alegres, gente que va aún a caballo, viejas que se sientan a la puerta en sus sillas de anea en busca del fresco de la noche, ni una sola construcción moderna que afee el conjunto…. Una estampa sacada de hace cien años que gracias a la suerte, a la pobreza en la que se sumió la ciudad tras la debacle del mercado del azúcar y por qué no decirlo, al dinero de la UNESCO, el viajero puede disfrutar ahora en directo.
Al atarceder la música sale por los cuatros costados de la Casa de la Trova, del Palenque de los Congos o de la taberna de la Canchánchara e inunda con sus sones las calles del centro histórico. Y a eso de las 10 una multitud de forasteros se reúne en las escalinatas de la Casa de la Música, a un costado de la plaza Mayor, para escuchar grupos de son, de rumba o de trova en directo.
Pero lo mejor de Trinidad es que está viva, es de verdad. Me explico. Hay muchas ciudades y barrios de ciudades coloniales en América tan bien conservadas como ésta, pero ni son tan extensas ni están ocupadas aún en su mayoría por la población local. El turismo es un arma de doble filo que todo lo transforma. Y este tipo de sitios suelen acabar convertidos en un parque temático. En un museo de cartón piedra donde la necesidad de abrir rentables locales para turistas (desde restaurantes a cibercafés o tiendas de recuerdos horteras) expulsa a la población local, que no puede pagar ya los precios que el mercado inmobiliario impone en sus antiguas calles y plazas (es lo que ha pasado por ejemplo en la plaza de Armas de Cuzco).
En Trinidad de momento esto no ha ocurrido. Tras esos grandes portones de maderas talladas, en esas crujías frescas de paredes de adobe y mampuesto y techos a dos aguas, viven y trabajan aún cubanos, seres de verdad, descendientes de aquellas familias adineradas que levantaron estas mansiones.
Es lo que le da a Trinidad su magia: que es de verdad.