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El blog de Paco Nadal

Hay 12 artículos con el tag colombia en el blog El blog de Paco Nadal. Otros artículos en La Comunidad clasificados con colombia

paco-nadal - 15 Mar 2009 -

El reino de los willys

Y no me refiero a los Guillermos, sino a los míticos jeep americanos Willys. Si La Habana es un museo viviente de grandes coches norteamericanos de los 50 el eje cafetero colombiano es la patria de estos pequeños y robustos todoterrenos que se hicieron mundialmente famosos en la Segunda Guerra Mundial.

A principios de la década de los 50 a alguien se le ocurrió importar varias unidades de estos vehículos. Y resultó que se adaptaban tan bien a las condiciones del terreno y del trabajo en las haciendas cafeteras que poco menos que se conviertieron en indispensables. Un dicho muy cafetero asegura que son fieles como un perro, duros como una mula y ágiles como un gato.

Hay miles de ellos aún en funcionamiento por todo la zona cafetera colombiana; se usan como taxis y como furgonetas de transporte para el campo. Pueden cargar mil kilos en sacos de café por pistas pequeñas y embarradas o hasta 18 personas (el guarismo no es una equivocación del teclado: 18) ya sean recogedores de café camino del tajo o amigos de la familia en una fiesta campera.

El de la foto es German, el taxita que me ha traído hasta el valle de Cocora. Su willy es del 1954 y excepto el motor, lo tiene todo original; me dice que se pueden conseguir todo tipo de piezas de recambio originales y que el mercado de segunda mano es muy potente. Por el suyo, que tiene un motor nuevo de gasoil, se pueden pedir unos 18 millones de pesos (unos 6000 €) pero por uno completamente original se llegan a pagar hasta 50 millones de pesos ( 16.500 €)

El valle de Cocora es uno de los lugares naturales más bellos del eje cafetero. Y lo es sobre todo por el perfil de los bosques de palmas de cera, el árbol nacional de Colombia. La palma de cera es una especie excepcional: crece por encima de los 1.800 metros y se le puede encontrar incluso a cotas de 4.000 metros; llega a alcanzar los 80 metros de altura y aunque sigue siendo muy abundante en la Cordillera Central, está en franca regresión y se le protege como especie en peligro.

Reconozco mi debilidad por las palmeras. Es el árbol más bello que conozco: estilizado, minimalista, altivo, solitario, superviviente nato en los más variados ecosistemas... Como nací en tierra de palmeras, cada vez qe veo una pienso que he vuelto a casa. Y estas del valle del Cocora son tan excepcionalmente hermosas que podrían ser la casa a la que cualquiera quisiéramos volver. Al menos una vez en la vida.

paco-nadal - 13 Mar 2009 -

Un máster con Juan Valdez

Me viaje por Colombia está a punto de terminar, pero aún me queda que visitar una última región para un reportaje que me ha pedido una revista femenina: el eje cafetero. Así llaman los colombianos a un triángulo montañoso en la cordillera occidental entre las ciudades de Armenia, Pereira y Manizales donde se cultiva, dicen, el mejor café de Colombia, con permiso de Antioquia, claro.

Después de tantos días en el ambiente selvático del Amazonas me resulta chocante encontrarme de repente en un paisaje radicalmente distinto, domesticado y modelado por el hombre. Un escenario de suaves colinas con interminables plantaciones de café, tan perfectas y alineadas que parecen hechas con tiralíneas. Siempre salpicadas por plataneras, ya que ambos cultivos se complementan.

De momento, llevo hecho un máster en café: me lo se todo. El mejor café crece entre 1.200 y 1.600 metros. La variedad más cara y apreciada en el mundo es el suave colombiano, que solo se produce aquí, además de en Kenia y en Tanzania. Un café es como el vino, tiene aromas a jazmín, a miel, a melocotón, a vainilla.... Lo más importante de un buen café es... ¡un buen agua!. En Colombia se producen anualmente 11,6 millones de sacos de 60 kilos ... En fin, ya os digo, todo un doctorado en Juan Valdez.

Pero de momento lo que más me ha sorprendido es que muchas haciendas cafeteras ofrecen también alojamiento rural. Anoche me quedé en una que se llama Hacienda Combia, cerca de Armenia, que tiene más de 125 años de antigüedad. Es la de la foto de abajo. Se alza sobre una colina que domina un paisaje infinito y perfecto de cafetales; no tiene ningún lujo pero es tan auténtica que no lo necesitas. La atiende personalmente doña Teresita, la dueña, que gestiona la propiedad junto con su hijo Manuel desde que hace seis años se quedó viuda. Me cuenta que como otros muchos industriales cafeteros del eje decidieron diversificar al negocio del turismo tras la crisis del 2000, en la que los precios del café se hundieron tanto en los mercados internacionales que se hizo materialmente imposible sostener la hacienda solo con los ingresos tradicionales.

El cansancio empieza a acumularse. Llevo ya muchos días dando tumbos por Colombia. Así que en cuanto llegué, coloqué las cámaras en mi cuarto, me tumbé en esa hamaca de la foto y dejé que pasaran las horas viendo como un sol enorme, cual doblón de oro, se acostaba sobre los cafetales del Quindío. Fue uno de los momentos más placenteros del viaje.

paco-nadal - 09 Mar 2009 -

Planeta Agua

Es temporada de lluvias en el Amazonas colombiano. O temporada de invierno, como dicen ellos. Un invierno de 32 grados, por supuesto, pero donde a diferencia del verano, llueve copiosamente casi todos los días.

Desde finales de febrero el gran río va recogiendo a diario millones y millones de metros cúbicos procedentes de sus afluentes y va engordardo hasta subir más de 14 metros de nivel. Entonces las orillas de la selva se anegan y los poblados ribereños se convierten en piscinas de aguas marrones. Por eso las casas están construidas sobre pilotes de madera, como los palafitos.

Es domimgo por la tarde y desembarco en Puerto Nariño, la segunda gran localidad de la ribera colombiana, a unos 80 kilómetros aguas arriba de Leticia. El Amazonas se ha desbordado inundando las calles más cercanas al cauce, incluido el polideportivo municipal. Pero esto, lejos de ser un problema, es motivo de regocijo.

Toda la chiquillería del pueblo se ha reunido esta tarde ociosa y de agradable temperatura para disfrutar de un improvisado partido de fútbol acuático en el campo encharcado. Desde los más pequeños hasta las adolescentes vestidas a lo Britiney Spears, todos parecen disfrutar de una situación que en otro lugar del mundo espantaría a los padres y les obligaría a encerrar a sus hijos en casa.

Pero el Amazonas es un universo acuoso. Aquí se vive del agua y en el agua. El agua es la fuente de vida, el medio de transporte, el sustento económico. El agua se bebe, se usa para cocinar, es el cuarto de baño y la despensa. No es una arcadia feliz ni un canto al mito roussoniano del buen salvaje: las comunidades indígenas del Amazonas tienen severos problemas en un mundo globalizado, como la aculturización, la falta de trabajo para los más jóvenes, la pérdida de tierras... Pero en esta tarde de domingo agradable y soleada, mientras los jóvenes de Puerto Nariño juegan un partido de fútbol-waterpolo, el Planeta Agua parece un lugar mágico, ajeno a esos problemas, un mundo líquido donde se podría ser siempre feliz.

paco-nadal - 08 Mar 2009 -

El corazón de las tinieblas

El Amazonas es un mundo bidimensional. Enorme, gigantesco, casi inabarcable, sí. Pero solo en dos planos. Voy remontando el río desde Leticia hacia el parque nacional Amacayacu, una de las mejores excursiones que se pueden hacer en la amazonía colombiana. Y durante todo el trayecto me asalta la sensación de que hemos perdido una dimensión, porque todo se reduce a tres líneas horizontales e infinitas, como un bucle sin fin: abajo, la franja marrón del agua achocolatada del río. En medio, otra verde y delgada: la selva impenetrable. Y arriba: una cenefa blanquizaul de nubes y cielo.

Y así hasta el infinito. El paisaje del Amazonas visto desde aquí dentro es soberbio pero tremendamente repetido. Puedes navegar horas, días, semanas... y ante tus ojos siempre se abre el mismo lienzo continuo: marrón, verde, blanquiazul. Mires para donde mires. Navegues el tiempo que navegues. Comprendo la locura en la que se sumían los primeros exploradores occidentales de estos ríos. Mientras navego, acodado en la borda de la embarcación, me acuerdo de Joseph Conrad y del corazón de las tinieblas, en otro río, éste africano, pero tan soberbio y claustrofóbico como el Amazonas. Imagino las penalidades de Francisco de Orellana, me acuerdo también de Lope de Aguirre, de Pedro de Ursúa, de Klaus Kinski, de Fitzcarraldo, de Ramón J. Sénder... hasta que un doloroso picotazo en el brazo me saca del ensimismamiento literario. El Amazonas es también un sitio lleno de todo tipo de seres - cuanto más minúsculos más peligrosos - dispuestos a chuparte la sangre a menos que te reboces en repelente.. y aún así, algunos perseveran.

El parque nacional Amacayacu ocupa el 75% del territorio colombiano en este trapecio amazónico de las tres fronteras. No es solo una zona de protección de la naturaleza, también es un área cedida por el gobierno colombiano a las comunidades indígenas ticuna originarias de esta zona del Amazonas, donde pueden aún vivir de acuerdo a sus costumbres ancestrales y en las que está prohíbido el asentamiento de colonos.

Si quereis vivir la experiencia de pasar una noche en el corazón del Amazonas, oyendo los ruidos de la selva pero disfrutando también de uno de los silencios más fascinantes del mundo, os recomiendo quedaros a domir alguna noche en las cabañas que tienen en el centro de visitantes del parque sobre unas plataformas en el río. Hay habitaciones dobles con camas y otra múltiples con hamacas y mosquiteras. Una experiencia mística que vale la pena vivir una vez al menos en la vida.

paco-nadal - 06 Mar 2009 -

Tres fronteras y un solo río

Deambulo por Leticia, la capital de la amazonía colombiana, como quien pasea por un pueblo de frontera, hecho a la avalancha. Es una ciudad moderna y anodina, de casas bajas y calles cuadriculadas sin mayor atractivo arquitectónico. Hay varios hoteles, algún buen restaurante con pescado de río y un montón de motos. Su verdadero atractivo es su ubicación y su condición de puerta de acceso al corazón de la selva. Leticia cuenta con unos 35.000 habitantes que viven de la pesca, del comercio y cada vez más, del turismo. Hay un mercado de productos locales bastante animado y un malecón recién inaugurado que se asoma a la inmensidad del Amazonas.

Y poco más. Por la tarde me voy hasta la frontera con Brasil, que debe de ser la frontera más permisiva del mundo: no hay ni guardas ni barreras ni control alguno. Por no haber no hay ni línea fronteriza. Simplemente vas por una calle y de repente, ya no estás en Colombia. Estás en Tabatinga, estás en Brasil.

Tabatinga es también otra ciudad de colonización, de frontera. Más caótica, sucia y desordenada que Leticia, pero con una intensa vida comercial. Cuatro barcos semanales la unen con Manaos y en ellos llegan mercancías de todo tipo mucho más baratas que por el lado colombiano, que han de ser transportadas en avión. Así que todos los productos perecederos, alimentos, bebidas o ropas que se consumen en Leticia llegan por Tabatinga.

Me hace ilusión haber vuelto de repente y sin quererlo a Brasil. Y me voy al puerto de Tabatinga a ver atardecer y tomarme una "cerveja bem gelada" para celebrarlo. A esta hora del crepúsculo el pantalán es un hervidero de gente que va y viene con los más dispares motivos y cargando los más dispares bultos. El barco que saldrá al amanecer hacia Manaos está amarrado en el puerto, completando su carga de mercancías y de pasajeros. Les llevará tres días y medio a bordo de esta chatarra flotante y en hamacas sobre la cubierta alcanzar la capital de la Amazonía brasileña. Pero no hay otra cosa. Por este lado tampoco hay carreteras.

Mientras me termino una Skol bien fría (Brasil es, si exceptuamos México, el país del mundo donde te ponen las cervezas más frías), los rayos de sol se pliegan sobre el Amazonas y el escenario se convierte en una orgía de colores dorados y almagres. Debe de haber pocos atardeceres tan hermosos como los del Amazonas. Quizá solo los del Mekong. Incluso el blanco sucio y los ronchones de óxido del casco de la nave que va a Manaos parecen pan de oro con esta luz mágica. Las siluetas de las piraguas se recortan sobre los brillos del río como sombras chinescas. Hay gente sentada como yo, bebiendo cerveza; otros están asomados a la barandilla, con la mirada pedida en el gran río. Otros pasean cogidos de la mano y los niños saltan y juegan como en cualquier parte del mundo. Solo que esto no es cualquier parte del mundo. Es el rincón más perdido del mundo. Conectado con el resto del planeta por el cordón umbilical del río más grande y traicionero del mundo.

Imagino que Macondo debía de ser un sitio muy parecido a este. Aunque sin la estridente música que chirría en los altavoces del chiringuito y rompe la magia del momento. Pero ya lo dijo Walter Matthau: nadie es perfecto.

paco-nadal - 04 Mar 2009 -

Las dos Cartagenas

La vieja Cartagena de Indias está construida en una de las bahías más espectaculares e intrincadas del Caribe. No me extraña que Pedro de Heredia, el conquistador español al que se le atribuye la fundación de la ciudad en 1533, eligiera este sitio por su facilidad de defensa. Pero al viajero que llega por primera vez a Cartagena de Indias le cuesta entender la topografía de este laberinto de penínsulas, radas, senos y ciénagas sobre las que se asienta la ciudad amurallada. Solo ve agua por todas partes y puentes que unen tierras emergidas, que nunca sabes si son islas, penínsulas o tierras ganadas al mar.

Por eso es imprescindible subir hasta el monasterio de la Popa, un convento levantado por misioneros españoles hacia 1607 en un cerro que domina la bahía, para desde aquí comprender la privilegiada posición de la ciudad, protegida por el mar Caribe al norte y por un laberinto de ensenadas al sur y al oeste que hacían fácil la instalación de baterías de costa y muy difícil el asalto por mar.

Pero desde el cerro de la Popa se ven muchas cosas más. Se ve al norte la ciudad vieja amurallada, el puerto, el nuevo palacio de congresos y la zona de Manga, con sus ricas mansiones y edificios de apartamentos para clases pudientes; aquí vive el 30% de los habitantes de Cartagena. Si nos giramos 180 grados y miramos hacia el sur se ve en cambio un tapiz interminable de casitas bajas e infravivendas de chapa y tablones de madera en torno a la Ciénaga de la Virgen donde vive (o malvive) el otro 70% de la población, buena parte de ella en una extrema pobreza.

Es la cara y cruz de todas las grandes urbes sudamericanas. La manifiesta desigualdad entre una reducida clase pudiente y una gran masa de pobres que afecta no solo a Colombia sino a toda Latinoamérica. La gran tarea pendiente de un sistema político y económico que en todo el continente no ha sabido o no ha podido crear esa gran capa de clase media que sirva de colchón social y económico para la estabilidad de estos países. Y nosotros los turistas, con demasiada frecuencia, nos dejamos apabullar solo por la fachada monumental de estas ciudades sin rascar un poco en lo que hay detrás.

De vuelta a Cartagena paro en la fortaleza de San Felipe, una de las construcciones militares más soberbias del Caribe. Cae un sol de justicia y se agradece que los ingenieros que lo levantaron entre 1630 y 1652 lo llenaran de túneles y pasadizos, por los que ahora se circula más fresco que por sus almenas. Luego aprovecho el atardecer para ir hasta el Café del Mar, sobre otro de los baluates que cierran la muralla por el norte. Y al final - lo reconozco - hago lo que hacen todos los turistas. Disfruto de la puesta de sol, disfruto del paisaje, disfruto de una ciudad hermosa a orillas del mar Caribe. Aunque a mi espalda, tras el cerro de la Popa, se abra otro mar, pero éste de barro, chapa y cartones.

paco-nadal - 03 Mar 2009 -

Cartagena de Indias

He dejado atrás ya las islas del Caribe y me dirijo hacia la otra esquina de Colombia, hacia el Amazonas. Pero aprovechado que mi avión hacia escala en Cartagena de Indias me he quedado un día en la ciudad más famosa y más turística del país.

Cartagena es – en mi opinión – una de las tres joyas coloniales del Caribe, junto con San Juan de Puerto Rico y La Habana Vieja. Como ellas, es una ciudad mágica de palacios e iglesias, de buganvillas y balcones, de patios frescos y ventanas con celosías de madera, de murallas y baluartes que igual podría estar aquí en el Caribe que en Extremadura o en Andalucía.

Pero a diferencia de otras ciudades coloniales, Cartagena (que oficialmente ya no es de Indias) no se articula en torno a una gran plaza mayor monumental, soberbia, altiva, como solían planificar los urbanistas de la corte española. No. La vieja Cartagena es más bien una ciudad de muchas pequeñas plazas, todas con su impronta y su personalidad, pero sin llegar a descollar la una sobre la otra. Incluso la catedral, en vez de presidir ese espacio magnánimo que no existe, se levanta en una esquina de una calle no más grande que otras, como si no quisiera llamar demasiado la atención en una ciudad a la que le sobran motivos de orgullo. La plaza de Santo Domingo intenta ser esa plaza mayor ausente: tiene el ambiente pero le falta monumentalidad y le sobra un edificio de apartamentos más moderno que chirría en uno de sus laterales. La de Bolívar es coqueta, sombreada, una plaza para el paseo y la tertulia, pero le faltan medidas, ambición. Y la plaza de los Coches es un puro teatro urbano intensamente cartagenero, sobre todo cuando cae la tarde y las terrazas y los bancos se llenan de gente, de jubilados que dejan pasar el tiempo, de predicadores y vendedores, de turistas y de estudiantes que van y vienen. Pero es una plaza de paso, el atrio de entrada al cogollo de la ciudad antigua.

Sin embargo, y a diferencia también de otras ciudades monumentales tan reconstruidas que han terminado por ser museos de cartón piedra, Cartagena de Indias es una ciudad viva, vibrante, en la que la población local aún vive, trabaja, ama, llora, estudia, comercia… Una ciudad que se llena todas las mañanas de turistas, sobre todo si ese día llega un crucero, pero cuyos tiempos los marca aún la población autóctona.

Por la mañana temprano las calles huelen a rocío, a arepa e'huevo y suero costeño y los sonidos son los de los comercios que abren, los de los repartidores que llegan con las mercancías. Luego empiezan a aparecer turistas en bermudas y camisetas de tirantes, y se confunden con el bullicio de las calles atestadas de tenderetes de comida, de ropa, de zapateros remendones y limpia ollas… con los vendedores ambulantes de minutos para el celular, con las palenqueras que venden dulces de coco y yuca con sus faldas de amplios y coloridos vuelos. Después, con el sopor de mediodía la vida local se esfuma y solo quedan turistas incautos y sudorosos por las calles calcinadas por un sol de plomo. Y más tarde, cuando la temperatura remite y las sombras se vuelven a apoderar de sus calles coloniales, la vida vuelve, vuelve el comercio, vuelven los estudiantes de la cercana Universidad Pública, los enamorados, los paseantes, los jugadores de dominó… Y la vieja Cartagena cobra de nuevo el pulso de una urbe amurallada llena de palacios, conventos, iglesias y más de 500 años de grandezas y miserias a sus espaldas.

paco-nadal - 02 Mar 2009 -

Personajes de una isla singular

Providencia es una isla pequeña que pertenece a Colombia pese a estar a solo 200 kilómetros de las costas nicaraguenses y a la que solo se puede llegar en lancha o en avioneta desde la vecina San Andrés. La gente suele venir aquí a descansar, a disfrutar de sus playas o a bucear. Tiene el tercer arrecife de coral más largo del mundo, después de los de Australia y Belice. Pero a mi más que sus paisajes, me parecieron interesantes sus personajes. Estos son algunos de ellos.

Antonio Archbold, práctico de la bahía
Uno de los líderes de la comunidad creole y personaje respetado en toda la isla. Pase una agradable mañana charlando con él en el porche de su casa de madera, rodeado de nietos y bisnietos que entraban y salían. 71 años y un sorprendente parecido con Sean Connery, media vida como pescador y marino en todo tipo de barcos, conoce el mar Caribe como la palma de su mano y lucha por conservar la biodivesidad de su isla. Habla de forma cadenciosa y suave, pensando en inglés y traduciendo luego al español. Trasmite paz y serenidad; tantas que dan ganas de ser como él, un venerable hombre en paz consigo mismo y con lo que le rodea sentado sin prisas en el porche de su casa. Me habló de cómo la comunidad decidió abandonar la ganadería porque fomentaba la desertización y la pérdida de suelo de la isla, del problema de las basuras y los residuos sólidos (han logrado que se prohiba la entrada de botellas de vídrio no reciclable en Providencia), de la cooperativa de pescadores que ayudó a montar y de los esfuerzos por convencer a sus compañeros de que el caracol y la langosta no son infinitos, que si los pescan en demasía acabarán con ellos. Y de cómo conciliar el turismo y el futuro de sus hijos y sus nietos, que ya estudian en la univeridad y no quieren ser pescadores ni agricultores, con la conservación de la isla.

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Roland Bryan, propietario de chiringuito
Dueño del chiringuito más famoso de Providencia, el de la playa de Manzanillo. Showman y astuto hombre de negocios que enreda a sus clientes con un desparpajo fuera de lo común y una hiperactividad a prueba de clima tropical. Su bar-restaurante está abierto las 24 horas del día en una de las playas más bonitas de la isla, con música reggae, calypso, salsa, cumbia..., una hogera en el centro, hamacas y tumbonas entre los cocoteros, su simpatía y todo tipo de cócteles, incluido el Roland' Espacial (no es un error, es esPAcial), que lleva ron, wiskhy, ginebra y no se cuantas miles de cosas más y se sirve en un coco. El primer y único afterhours de Providencia. Un sitio al que no puedes dejar de ir.

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Richard Hawkins, librepensador
Regenta otro famoso chiringuito a pie de arena, el de la playa del Suroeste. Pero está en las antípodas de Roland. Hay música también y cócteles (buenos mojitos, por cierto), pero el ambiente es más tranquilo y menos alocado. Richard es un librepensador, un místico que igual podría ser rasta que sufí. Pasó cinco años trabajando en barcos de carga por el Caribe y otro montón de ermitaño en lo alto de la montaña más elevada de Providencia. Solo bajó cuando se enteró de que su isla estaba amenazada por varios proyectos turísticos de gran envergadura, para luchar contra ellos. Si lo colocas entre Bob Marley y los Wailers, no desentona. "Solo quien sabe disfrutar del momento presente puede construir un buen futuro", me dice. Y me quedo con él en su chiringuito, disfrutando del momento inmediato, disfrutando del mejor atardecer de la isla. Tratando de que los dioses del Caribe me depararen un buen futuro.

Y muchos más.... como Felipe Cabezas, el buzo loco y grandote con rastas que es capaz de tirarse al agua sin equipo y darse cuenta de ello solo 20 minutos después. Como Jennyfer Archbold, la guía de turismo a la que la isla le enseñó cúal era su sitio en el mundo... como Josefina, una señora de armas tomar que regenta un restaurante y se enfrenta al mismísimo presidente Uribe si hace falta para defender a su isla....

Pero para conocerlos hay que venir hasta aquí, hasta la isla que reparte Providencia entre quienes son capaces de amarla y respetarla.

paco-nadal - 28 Feb 2009 -

Una isla de Providencia

Decididamente, no hay nada como viajar para aprender. O al menos para tener elementos con qué comparar. Cuando llegue a San Andrés me pareció una isla tranquila, con mucha vida local y poco arrasada por los megarsort de mil habitaciones típicos del Caribe. Pero ahora que acabo de aterrizar en Providencia, la segunda isla de este archipiélago del Caribe colombiano, me doy cuenta de que ésta es todavía más natural, menos masificada y con más vida autóctona que San Andrés. No es que haya dejado de gustarme San Andrés, pero según qué busques es todavía mejor Providencia.

Y ese que busques está claro: ecoturismo, naturaleza relativamente intacta, playas casi solitarias, inmersión en la vida de una genuina comunidad afrocaribeña y muuuuuucha, pero muuuuucha tranquilidad. La isla perfecta para ir en pareja en plan romántico. Poco apta en cambio para quienes prefieran algo más de marcha nocturna, shopping o complejos hoteleros con muchos servicios. Que es una forma tan válida de pasar unas vacaciones como cualquier otra, que conste.

A Providencia fue donde arribaron en 1629 los puritanos baptistas ingleses a bordo del “Seaflower” para fundar el primer asentamiento estable del archipiélago. A lo largo de los siglos la isla ha cambiado de manos repetidas veces: inglesa, española, otra vez inglesa, refugio de piratas… incluso durante un tiempo perteneció a una hipotética República independiente de Argentina y Chile instaurada por un francés llamado Aury. En la isla había maderas nobles y se podía cultivar el algodón. Pero hacía falta mano de obra barata y esa la aportaban los esclavos negros. Cada comunidad trajo los suyos y cuando los amos europeos se fueron o murieron, los esclavos quedaron en la isla. Por eso la mayoría de sus habitantes son de color o mestizos, hablan inglés y creole y profesan en buena medida el protestantismo.

A mi Providencia me ha enamorado, aunque no se si sería capaz de quedarme a vivir aquí. Demasiado sosiego para un culo inquieto. Me ha enamorado porque no conozco otra isla del Caribe en la que no haya ni un solo – ni uno solo, sin exagerar – edificio moderno o en altura. Lo más alto de la isla es la torre de control del aeropuerto. Todo lo demás son casas tradicionales afrocaribeñas de planta baja sobre pilotes de madera, con colores alegres y tejados de chapa pintados de rojo o verde. Solo hay una carretera que circunvala esta isla volcánica; el interior hay que recorrerlo a pie. El aeropuerto es de juguete y solo admite aviones de 18 pasajeros. Puedes dejar el coche con las llaves puestas o la puerta de la habitación abierta que nadie la va a tocar. Y los isleños controlan la inmensa mayoría de establecimientos turísticos, en vez de grandes empresas o multinacionales.

Todo esto se debe a la tenacidad de la comunidad local que ha impedido -de momento- que su isla quede en manos de grandes cadenas hoteleras y que se construyan infra-estructuras turísticas desmedidas para el tamaño y los recursos de una isla de 17 kilómetros cuadrados y 5.500 habitantes (San Andrés tiene 27 km cuadrados y 60.000 habitantes oficiales, aunque es posible que lleguen hasta los 100.000). Hay una fuerte contestación vecinal a ese tipo de desarrollo, un alto grado de conciencia ecológica y bastante unidad en la idea de que deben de preservar la autenticidad de su isla, sin renunciar a que lleguen turistas. Otra cosa más compleja es cómo conseguirlo.
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POSDATA: Para ET y sin que sirva de precedente. Me & Mr. Alpañez pasándolo duro en esta ajetreada isla (como estoy celoso no he querido poner una foto solo de él).

paco-nadal - 27 Feb 2009 -

Cosas que hacer en San Andrés isla

1. Ir al bar de mis sueños
El día que me jubile, que me busquen aquí. No se si quien le puso el nombre pensaba en el éxtasis de los submarinistas cuando ven corales o en alguna otra imagen más libidinosa rodeado de agua de mar. Me apunto a la segunda.

2. Holgazanear en esta hamaca

San Andrés no tiene muchas playas, la mayoría de la costa es de coral fósil. Pero las pocas que hay son muy agradables y con aguas transparentes gracias a la placidez de la laguna del arrecife. Si consigues olvidar tu estrés de urbanita, si apagas tu móvil, si no andas todo el día detrás de una conexión a internet para consultar tu correo y no te acuerdas de que el mes que viene te volverán a cargar, sí o sí, el recibo de la hipotéca..... ¡hasta te puedes creer el ser más afortunado y relajado de la tierra en esta tumbona!

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3. Subir a la Loma para visitar la iglesia baptista más antigua
La fundó en 1844 el pastor baptista Phillips Livingstone y excepto pequeños arreglos, permanece tal cual fue eregida. Los primeros colonos de este archipiélago fueron puritanos baptistas ingleses que huían de la persecución en Europa en el siglo XVII. Por eso la religión mayoritaria entre la población local es la baptista y su idioma el inglés. Hay visitas guiadas a la iglesia todos los días y el culto se celebra los domingos, de 10,30 a 13. Quienes quieran integrarse en él son siempre bienvenido.

Quizá sea una buena ocasión para hablar con la población creole, interesarse por su historia y por sus problemas cotidianos, que son muchos. Hablar con ellos del desarrollo de la isla, de su grado de participación en él, de qué piensa sobre el futuro de sus hijos. Siempre he creído firmemente que un turista no puede ser un especimen vácuo que ande por el mundo coleccionando lugares bonitos pero pasando de puntillas sobre la realidad deesos lugares. Ser turista no significa evadirse de los problemas locales. Siempre se aprende hablando con la gente.

(tenía preparado este post para colocarlo hoy, pero el comentario de Jairo Archbold en el anterior post parece que lo justifica aún más. Jairo es sin duda originario de esta islas, porque Archbold es uno de los apellidos más comunes. No ignoro ni me evado de esos problemas que comentas, Jairo, solo que el formato de un blog no da para ponerlo todo a la vez y el mismo día. Es un serial por entregas. Y me quedan muchas entregas y muchos días de estar en Colombia. De todas formas, esto es un blog de viajes y turismo, no de política interior. Pero agradezco tus comentarios)

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Sobre este blog

El blog de Paco Nadal

Paco Nadal es licenciado en Ciencias Químicas y Master en Periodismo por la Fundación El País/Universidad Autónoma de Madrid. Escritor, periodista, fotógrafo, director y guionista de documentales y sobre todo, culo de mal asiento desde que tiene uso de razón. Su estado natural es el perpetuo movimiento y cuando no está de viaje, suele enfermar. Colaborador habitual del suplemento El Viajero, de El País, y del programa Hoy por Hoy, de la Cadena Ser, escribe también con asiduidad en las principales revistas de viaje (Lonely Planet. National Geographic, Altair...).

paconadalsl@gmail.com

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