El reino de los willys
Y no me refiero a los Guillermos, sino a los míticos jeep americanos Willys. Si La Habana es un museo viviente de grandes coches norteamericanos de los 50 el eje cafetero colombiano es la patria de estos pequeños y robustos todoterrenos que se hicieron mundialmente famosos en la Segunda Guerra Mundial.
A principios de la década de los 50 a alguien se le ocurrió importar varias unidades de estos vehículos. Y resultó que se adaptaban tan bien a las condiciones del terreno y del trabajo en las haciendas cafeteras que poco menos que se conviertieron en indispensables. Un dicho muy cafetero asegura que son fieles como un perro, duros como una mula y ágiles como un gato.
Hay miles de ellos aún en funcionamiento por todo la zona cafetera colombiana; se usan como taxis y como furgonetas de transporte para el campo. Pueden cargar mil kilos en sacos de café por pistas pequeñas y embarradas o hasta 18 personas (el guarismo no es una equivocación del teclado: 18) ya sean recogedores de café camino del tajo o amigos de la familia en una fiesta campera.
El de la foto es German, el taxita que me ha traído hasta el valle de Cocora. Su willy es del 1954 y excepto el motor, lo tiene todo original; me dice que se pueden conseguir todo tipo de piezas de recambio originales y que el mercado de segunda mano es muy potente. Por el suyo, que tiene un motor nuevo de gasoil, se pueden pedir unos 18 millones de pesos (unos 6000 €) pero por uno completamente original se llegan a pagar hasta 50 millones de pesos ( 16.500 €)
El valle de Cocora es uno de los lugares naturales más bellos del eje cafetero. Y lo es sobre todo por el perfil de los bosques de palmas de cera, el árbol nacional de Colombia. La palma de cera es una especie excepcional: crece por encima de los 1.800 metros y se le puede encontrar incluso a cotas de 4.000 metros; llega a alcanzar los 80 metros de altura y aunque sigue siendo muy abundante en la Cordillera Central, está en franca regresión y se le protege como especie en peligro.
Reconozco mi debilidad por las palmeras. Es el árbol más bello que conozco: estilizado, minimalista, altivo, solitario, superviviente nato en los más variados ecosistemas... Como nací en tierra de palmeras, cada vez qe veo una pienso que he vuelto a casa. Y estas del valle del Cocora son tan excepcionalmente hermosas que podrían ser la casa a la que cualquiera quisiéramos volver. Al menos una vez en la vida.
Me viaje por Colombia está a punto de terminar, pero aún me queda que visitar una última región para un reportaje que me ha pedido una revista femenina: el 
El cansancio empieza a acumularse. Llevo ya muchos días dando tumbos por Colombia. Así que en cuanto llegué, coloqué las cámaras en mi cuarto, me tumbé en esa hamaca de la foto y dejé que pasaran las horas viendo como un sol enorme, cual doblón de oro, se acostaba sobre los cafetales del Quindío. Fue uno de los momentos más placenteros del viaje.
Desde finales de febrero el gran río va recogiendo a diario millones y millones de metros cúbicos procedentes de sus afluentes y va engordardo hasta subir más de 14 metros de nivel. Entonces las orillas de la selva se anegan y los poblados ribereños se convierten en piscinas de aguas marrones. Por eso las casas están construidas sobre pilotes de madera, como los palafitos.
El Amazonas es un mundo bidimensional. Enorme, gigantesco, casi inabarcable, sí. Pero solo en dos planos. Voy remontando el río desde Leticia hacia el
y del 
Y poco más. Por la tarde me voy hasta la frontera con Brasil, que debe de ser la frontera más permisiva del mundo: no hay ni guardas ni barreras ni control alguno. Por no haber no hay ni línea fronteriza. Simplemente vas por una calle y de repente, ya no estás en Colombia. Estás en
Me hace ilusión haber vuelto de repente y sin quererlo a Brasil. Y me voy al puerto de Tabatinga a ver atardecer y tomarme una "cerveja bem gelada" para celebrarlo. A esta hora del crepúsculo el pantalán es un hervidero de gente que va y viene con los más dispares motivos y cargando los más dispares bultos. El barco que saldrá al amanecer hacia Manaos está amarrado en el puerto, completando su carga de mercancías y de pasajeros. Les llevará tres días y medio a bordo de esta chatarra flotante y en hamacas sobre la cubierta alcanzar la capital de la Amazonía brasileña. Pero no hay otra cosa. Por este lado tampoco hay carreteras.

De vuelta a Cartagena paro en la fortaleza de San Felipe, una de las construcciones militares más soberbias del Caribe. Cae un sol de justicia y se agradece que los ingenieros que lo levantaron entre 1630 y 1652 lo llenaran de túneles y pasadizos, por los que ahora se circula más fresco que por sus almenas. Luego aprovecho el atardecer para ir hasta el Café del Mar, sobre otro de los baluates que cierran la muralla por el norte. Y al final - lo reconozco - hago lo que hacen todos los turistas. Disfruto de la puesta de sol, disfruto del paisaje, disfruto de una ciudad hermosa a orillas del mar Caribe. Aunque a mi espalda, tras el cerro de la Popa, se abra otro mar, pero éste de barro, chapa y cartones.
He dejado atrás ya las islas del Caribe y me dirijo hacia la otra esquina de Colombia, hacia el Amazonas. Pero aprovechado que mi avión hacia escala en
Por la mañana temprano las calles huelen a rocío, a arepa e'huevo y suero costeño y los sonidos son los de los comercios que abren, los de los repartidores que llegan con las mercancías. Luego empiezan a aparecer turistas en bermudas y camisetas de tirantes, y se confunden con el bullicio de las calles atestadas de tenderetes de comida, de ropa, de zapateros remendones y limpia ollas… con los vendedores ambulantes de minutos para el celular, con las palenqueras que venden dulces de coco y yuca con sus faldas de amplios y coloridos vuelos. Después, con el sopor de mediodía la vida local se esfuma y solo quedan turistas incautos y sudorosos por las calles calcinadas por un sol de plomo. Y más tarde, cuando la temperatura remite y las sombras se vuelven a apoderar de sus calles coloniales, la vida vuelve, vuelve el comercio, vuelven los estudiantes de la cercana Universidad Pública, los enamorados, los paseantes, los jugadores de dominó… Y la vieja Cartagena cobra de nuevo el pulso de una urbe amurallada llena de palacios, conventos, iglesias y más de 500 años de grandezas y miserias a sus espaldas.
Antonio Archbold, práctico de la bahía
Roland Bryan, propietario de chiringuito
Richard Hawkins, librepensador
Decididamente, no hay nada como viajar para aprender. O al menos para tener elementos con qué comparar. Cuando llegue a San Andrés me pareció una isla tranquila, con mucha vida local y poco arrasada por los megarsort de mil habitaciones típicos del Caribe. Pero ahora que acabo de aterrizar en
Todo esto se debe a la tenacidad de la comunidad local que ha impedido -de momento- que su isla quede en manos de grandes cadenas hoteleras y que se construyan infra-estructuras turísticas desmedidas para el tamaño y los recursos de una isla de 17 kilómetros cuadrados y 5.500 habitantes (San Andrés tiene 27 km cuadrados y 60.000 habitantes oficiales, aunque es posible que lleguen hasta los 100.000). Hay una fuerte contestación vecinal a ese tipo de desarrollo, un alto grado de conciencia ecológica y bastante unidad en la idea de que deben de preservar la autenticidad de su isla, sin renunciar a que lleguen turistas. Otra cosa más compleja es cómo conseguirlo.
1. Ir al bar de mis sueños
San Andrés no tiene muchas playas, la mayoría de la costa es de coral fósil. Pero las pocas que hay son muy agradables y con aguas transparentes gracias a la placidez de la laguna del arrecife. Si consigues olvidar tu estrés de urbanita, si apagas tu móvil, si no andas todo el día detrás de una conexión a internet para consultar tu correo y no te acuerdas de que el mes que viene te volverán a cargar, sí o sí, el recibo de la hipotéca..... ¡hasta te puedes creer el ser más afortunado y relajado de la tierra en esta tumbona!
Quizá sea una buena ocasión para hablar con la población creole, interesarse por su historia y por sus problemas cotidianos, que son muchos. Hablar con ellos del desarrollo de la isla, de su grado de participación en él, de qué piensa sobre el futuro de sus hijos. Siempre he creído firmemente que un turista no puede ser un especimen vácuo que ande por el mundo coleccionando lugares bonitos pero pasando de puntillas sobre la realidad deesos lugares. Ser turista no significa evadirse de los problemas locales. Siempre se aprende hablando con la gente.