Malecón de La Habana
Es el escaparate nocturno de la ciudad. El mirador abierto a un océano de promesas lejanas e inaccesibles. El desahogo vespertino al bochorno pegajoso de esta ciudad tropical. El lugar al que ir a ver y a ser visto. Es el malecón de La Habana. El gran paseo urbano, la ventana por la que la ciudad masificada y sofocante mira a esa inmensidad azul que es el mar. El icono de una ciudad inclasificable. En cualquier otro lugar del mundo una sucesión de restaurantes y tiendas de marca habría colonizado su fachada. Pero esto no es cualquier lugar del mundo. Es La Habana. Y su malecón, un museo lineal de edificios en descomposición. La fachada del caos.
También es un hervidero humano cuando cae la noche. Un desfile de coches de época mil veces reparados que van de El Vedado a la Ciudad Vieja, de la Ciudad Vieja al Vedado, como si con el ellos el tiempo no fuera. Y cuando el mar se agita, el azul del decorado salta la balaustrada y decide pasearse también él por el malecón. Los habaneros más atrevidos corren al festín de la ducha refrescante, a la orgía de las olas gigantes que rompen contra el espigón, se elevan una decena de metros por encima del muro e inunda el malecón de La Habana como si fuera el fondo de un océano de cemento. La gran pasarela de una ciudad viva. Es.. el malecón de La Habana.
