Las murallas de Lugo
El Camino del Norte entra en Galicia por el puerto de El Acebo, pasa por A Fonsagrada, Cádavo Baleira y Castroverde y, después de una larga etapa por aldeas minúsculas y lugares tan solitarios que no hay ni dónde comprar una barra de pan, llega a Lugo, una de mis ciudades favoritas.

Lugo es una gran desconocida. Y sin embargo tiene un casco histórico soberbio, rodeado por una muralla romana que no sólo es única en el mundo sino que representa uno de los mayores deleites visuales que el peregrino puede experimentar en las ciudades que atraviesa. Dos kilómetros largos de muro de lajas de pizarra y granito unidas con opus caementicum, de hasta siete metros de grosor y entre ocho y doce metros de altura que se han conservado de forma milagrosa a lo largo de 2000 años y que envuelven aún esta ciudad, eje de caminos desde la antigüedad entre el noroeste peninsular, Asturias y la meseta.
La muralla, declarada hace poco Patrimonio de la Humanidad, fue siempre el emblema de Lugo, la Lucus Augusti de los romanos, y ya en 1549 una ordenanza municipal decía “que ninguna persona de cualquier condición no sea osada de sacar, ni llevar, ni robar piedra ni hierro ni madera de las puertas y murallas de esta ciudad (..) bajo pena de 600 maravedís y 30 días de cárcel...”. El hooliganismo se ve que viene de largo.

Si venís por aquí, entrar al casco histórico por la puerta de San Pedro, que es por la que accede el Camino de Santiago, bajar luego por la rúa de San Pedro (donde se vive y se palpa el ritmo tranquilo, sosegado y delicioso de una pequeña capital de provincia), haced un alto en la catedral y enseguida subir al camino de ronda de las murallas, un paseo peatonal que circunvala toda la ciudad por lo alto de la cerca de piedra. Es la manera más intimista de descubrir Lugo, la gran olvidada de las capitales gallegas.
Luego siempre puedes dejarte llevar por placeres más mundanos y darte una vuelta por la calle de los vinos, una popular arteria del casco viejo llena de marisquerías y restaurantes. No son baratos, pero el marisco salta de puro vivo. ¡No todo va a ser mortificación en este viaje a Compostela!