La laguna mágica
Siempre que vengo a Murcia o a Cabo de Palos me suelo alojar en la vieja casa familiar que mi abuelo compró en los años 40 en Los Urrutias, a orillas del Mar Menor, una laguna costera de agua salada separada del Mediterráneo por una manga de arena de más de 25 kilómetros de longitud.
En el Mar Menor la luz tiene ese matiz cegador de cielos remotos y diáfanos que solo se ven en los confines del planeta. El cielo, a su vez, es una caja de vientos, vientos bonancibles y somnolientos. Vientos húmedos cargados de añoranzas grises cuando soplan de Levante y arrancan pequeños remolinos blancos al oleaje. Vientos dorados, de tarde plomiza de agosto, de calígine bochornosa que cubre la laguna con un sopor cansino cuando suspiran de leveche.
Vientos que ralentizan el tiempo y zarandean los recuerdos de los habitantes de esta laguna salada, que más que un mar chico es un espejo de frontera, donde se mestizan atardeceres de almagre, siestas de silencios, tardes de invernal melancolía, baños de azul luminoso, noches de azahar y romero.
Es mi retiro secreto. El lugar en el que me siento feliz entre viaje y viaje. La laguna mágica en la que pasé todos los veranos de mi niñez y en la que no me importaría pasar los de mi retiro. Pero para eso queda mucho, ¡espero!
El curso de buceo ha acabado y estoy de vuelta en Madrid. Tengo poco más de un día para deshacer una maleta y preparar la siguiente. Parto otra vez y a un destino que me apetece mucho porque no he vuelto por allí desde hace mucho tiempo.
Decía Álvaro Cunqueiro que el faro que más amó fue el primero que vio de niño en las tardes de verano en el mar de Foz: el faro de Tapia de Casariego. A mí me pasa igual. El primer faro que vi en mi vida fue éste, el del Cabo de Palos, que avisa a los navíos de un muñón de roca que se adentra en el Mediterráneo en un extremo de la laguna del Mar Menor, en Murcia.