Los días se suceden con una repetición pasmosa. Un bucle sin principio ni fin. Nos solemos levantar a las 6 o 7 de la mañana y si el día está bueno, en un par de horas preparamos el desayuno, desmontamos el campamento y nos ponemos en marcha.
Caminamos una hora y paramos 10 minutos para descansar y tomar algo de frutos secos o barritas energéticas (a veces también chorizo que está más bueno), y así hasta las 5 o las 6 de la tarde. Entonces, sin descanso, nos ponemos a montar el campamento. Se nos van otra 3 o 4 horas entre montar tiendas, fundir nieve para hacer agua potable, preparar la cena y meternos literalmente muertos de cansancio en el saco. Y así día tras día. Siempre rodeados por el gran desierto de hielo. Y con el nunataq solitario en frente.
PD: Uno de mis compañeros de fatigas se queja de que no les he nombrado todavía. Es verdad. Aquí van sus nombres: Jose Luis Montero; Excelso Líder, capaz de arreglar cualquier cosa con su multiusos Lederman, desde un esquí a un platillo volante; Huberto Guinea, un tractor capaz de abrir huella 8 horas seguidas sin inmutarse, y José Javier Caracoles, la alegría de la huerta, capaz de repartir buen humor las 24 horas seguidas.
Sigue nuestros pasos (la clave es:tierraspolares).
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Durante todo el fin de semana nos ha azotado una tormenta con fuertes vientos y agua nieve. Ha sido un suicidio para la profesión y nos ha frenado bastante.
Como ya estamos en pleno plateau del Inlandsis, la placa de hielo que cubre todo el interior de Groenlandia, todo lo que nos rodea es una gigantesca planicie helada. 360 grados de llanura blanca sin ningún punto de referencia. En medio de la tormenta había momentos en que no distinguíamos ni la línea del horizonte. Era como nadar en un gran vaso de leche.

La navegación con la brújula se hace casi imposible porque no hay donde tomar un punto de referencia en el horizonte. Pero con todo, lo peor ha sido la nieve. Ocho horas seguidas bajo el agua, no hay equipo técnico que lo soporte y por mucho Gore-tex que te pongas, llegábamos por la noche a montar el campamento con todo empapado.
Ayer domingo salió por la mañana, mínimamente, un rato el sol y todo cambio de repente. Por primera vez tuvimos conciencia de la enorme belleza de este desierto blanco que nos rodea. Nos hemos sentido privilegiados de poder estar aquí.
Pero hoy lunes ha vuelto a amanecer con tormenta, ahora mismo nos estamos vistiendo para meternos de nuevo en el vado de leche.
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