Las fotos (y algún vídeo) de Groenlandia (... y VI)
Esta es la última entrega. Lo prometo. Dejo ya de dar la lata con las fotos de Groenlandia. Pero quedaba el desenlace, como en las buenas series. Y aquí lo teneis. Un par de vídeos de los días de la tormenta....
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Así estuvo 70 horas seguidas. Casi tres días. Soplando como se alguien hubiera abierto de la caja de Pandora.
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Reir por no lllorar. En algo había que matar el tiempo tres días encerrados en una caja de cerillas.
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Y unas fotos que lo dicen todo:
Estos somos los cuatro dentro de la tienda un día normal.
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Y estos... los mismos, pero el primer día de la tormenta. Se masca la preocupación, ¿eh?
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Pero todo tiene un final. Tres días después la tormenta amainó y el helicóptero pudo venir por fin en nuestra búsqueda. Lo recibimos como si fuera el Gordo de la lotería caído del cielo. ¡Nunca el sonido de un motor me pareció tan bello!
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El piloto estaba más loco aún que nosotros. Y quizá para compensarnos por los días de espera (o simplemente porque le ponía la adrenalina) nos regaló un vuelo rasante de media hora por encima de los glaciares hasta nuestro destino. Estaría bueno haber sobrevivido a los osos polares, a las grietas, a las tormentas, a la sobredosis de barritas energéticas y sopinstan... y palmarla ahora en un helicóptero que volaba demasiado bajo.
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Era el final del viaje. El final de la aventura. Y Groenlandia, la isla que no es verde sino blanca, no podía haber elegido mejor punto de vista para despedirse de nosotros. Desde aquí arriba, desde la cabina del helicóptero del piloto loco, esta enorme isla-continente perdida en los confines del Ártico, nos regaló la mejor postal de un territorio aún virginal y puro que el hombre no ha conseguido ni domesticar ni alterar. Esperemos que siga siendo así por otros muchos años.
El día siguiente a nuestra llegada amaneció radiante y aunque estabamos cansados, nos preparamos para intentar la cima. En la montaña nunca debes desperdiciar un día como éste... puede no haber otro. Encontramos una arista que parecía fácil en la cara noreste del nunataq que llamamos el Gusano Grande. Aquí estamos con los hierros de matar a punto de iniciar la ascensión. José Luis está detrás de la cámara (no encontramos ninguna piedra ni árbol a mano para dejar apoyada la cámara y salir los cuatro, claro).
Para empezar, un corredor de nieve y hielo de unos 55 grados. La nieve, excelente para clavar los crampones. Sin problemas.
El corredor desemboca en una arista de piedra muy descompuesta con manchas de hielo y nieve, pero con desnivel más suave.
La pala siguen amplia hacia la cumbre. Solo al final se estrecharía, aunque dejando un exiguo paso entre las dos vertientes.
¡CUMBRE! La cima del Gusano Grande es una plataforma ancha y roma donde pudimos dar rienda suelta a nuestra emociones. Tiempo para tomar fotos, para abrazarnos, para paladear un momento mágico, para festejar el fin de una aventura que a todos nos ha dejado marcados. Abrir una vía en una montaña aún por escalar es como el primer beso... nunca se olvida. La alegría del momento nos impedía darnos cuenta de que empezaba a levantarse un viento cada vez más fuerte.
El largo camino hacia ningún lado. La huella de nuestras pulkas se pierde en el horizonte, como una cremallera oscura que cosiera la interminable llanura blanca. Era lo único que veíamos si mirábamos hacia atrás. Hacia delante era aún más sobrecogedor: la misma llanura nevada, pero sin cremallera ni nada. Solo el blanco de la nieve.
Las grietas estaban por todas partes, pero la abundante nieve caída este invierno las tapaba. A veces veímaos claro los bordes, como en esta ocasión. Entonces empezaba una especie de ruleta rusa para decidir por qué sitio la nieve que las tapaba sería más compacta y aguantaría nuestro peso.... El primero tanteaba con los bastones, se aventuraba al interior... y ¡bingo!... aguantaba. Notabas que estabas encima de una grieta porque el suelo cedía un poco a tu paso y sobre todo porque los bastones, más finos que las tablas de esquí, se hundían como cuchillos calientes en una barra de mantequilla y cuando los sacabas quedaba un agujero negro en el que no se veía el fondo. No tuve valor para pararme en ninguno de ellos a fotografiarlo, por supuesto.
A principios de la segunda semana de marcha salió por fin el sol y todo cambió. Veíamos también en el horizonte el que llamábamos "primer nunataq", la montaña solitaria y espigada que se eleva en mitad de la planicie. La escalaron por primera vez dos montañeros madrileños hace unos cinco años. Además de alegrarnos la vista nos servía de referencia para no tener que ir comprobando la brújula en cada momento y así avanzábamos más rápido.
Llamando a casa. El teléfono satélite no solo nos servía para avisar en caso de emergencia y para transmitir los post de este blog. Era la posibilidad de hablar con casa aunque fuera un par de veces en dos semanas y sentirte cerca de tus seres queridos aunque estuvieramos literalmente en el culo del mundo.
La navegación fue fundamental en todo momento. Llevábamos varios GPS, pero al final lo más útil es el viejo sistema: mapa, brújula y rumbo. En esta foto acabamos de pasar el primer nunataq, el solitario. Nos adentrábamos en un territorio por el que nadie, que sepamos, había pasado antes. Desde este punto vimos también por primera vez nuestro objetivo: el grupo de cuatro nunataqs que se ve al fondo, minúsculos, entre el hombro de José Luis y los bastones de esquí. Quedaban 40 kilómetros hasta ellos, unos dos días y medio de marcha.
Por fin, ¡el objetivo! Diez días después de la partida desde el glaciar Qaleragdlit, alcanzamos por fin a la meta que nos habiamos propuesto. Las cuatro montañas a las que bautizamos como los Paparajotes Peaks. Esta última jornada, cuando está hecha la foto, fue una matada. Caminamos más de diez horas y atravesamos dos lenguas de glaciar bastante peligrosas, pero queríamos llegar al pie de estas montañas a toda costa. Acostarnos sabiendo que al día siguiente no tendríamos que volver a cargar las pulkas y seguir tirando de ellas. Fue un momento muy emocionante para los cuatro. Eramos los primeros humanos en llegar hasta aquí. ¿Conseguiriamos ser también los primeros en escalarlas?
Hay momentos en la vida en que a una persona le está permitido que se le desboquen los sentimientos, se le suelte alguna lágrima y chille como un poseso para dar rienda suelta a sus emociones.
Tiene un corredor de acceso en hielo y nieve bastante inclinado aunque corto y luego progresa por una pendiente moderada y no muy difícil, aunque con la roca muy fracturada y caídas verticales por los dos lados. Tardamos unas cuatro horas en llegar a la cima. Aunque yo fui el que más chilló de emoción, creo que los otros tres, aunque van de rudos montañeros, también chillaban por dentro por la conquista de este sueño.
Uno de esos grupos era el que habíamos elegido como destino. Fue la primera vez que los veíamos, ya que nadie antes había ido hasta allí. Fue una visión increíble y nos dio alas para progresar. Salvamos los 3 días de marcha, que calculábamos que nos quedaban, en solo dos a pesar de que tuvimos que cruzar dos glaciares llenos de grietas muy peligrosas.
Los días se suceden con una repetición pasmosa. Un bucle sin principio ni fin. Nos solemos levantar a las 6 o 7 de la mañana y si el día está bueno, en un par de horas preparamos el desayuno, desmontamos el campamento y nos ponemos en marcha.