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El blog de Paco Nadal

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paco-nadal - 26 Jul 2008 -

La limpia e impoluta Singapur

El Oriental Express acaba su viaje en la estación de Singapur. Nunca había estado aquí y aunque todo el mundo que conoce esta isla- estado lo comenta, hay que verlo para creerlo. Singapur es una ciudad tan limpia y tan ordenada que da grima. Yuyu, vamos. Es como si de repente cayeras en un decorado del mundo perfecto de Aldous Huxley. Tirar un papel al suelo o arrojar una colilla está penado con importantes multas o con trabajos comunales (tire basura a la calle y ya verá como le ponen un mono azul y le tienen varios días limpiando las aceras con una escoba como castigo, me decía el taxista).

Pero no es solo eso. Es que no hay un rincón descuidado ni un mínimo trozo de jardín sin césped ni un arcén con una bolsa de plástico o una solitaria colilla ni una urbanización, por humildes que sean los bloques de viviendas, sin sus parterres y sus macizos de flores. No sé, es tan ordenado que da miedo. Reconozco que está bien eso de buscar la excelencia, sobre todo en estos temas de convivencia urbana, pero a la perfección le pasa como a la felicidad. Que lo bonito es buscarla. Una vez que la consigues, se vuelve aburrida. U opresiva.

paco-nadal - 25 Jul 2008 -

El puente sobre el río Kwai

El Orient Express ha parado hoy en la estación del puente sobre el río Kwai. Sí, el genuino, el de la película de los silbiditos. Es un puente normal, perdido en un lugar remoto, cerca de la población de Kachannaburi, que no llamaría la atención si no fuera por el trágico papel que jugó en el frente del Pacífico durante la II Guerra Mundial.

Por una cuestión estratégica que es larga de explicar aquí, los japoneses se vieron obligados a construir una línea férrea entre Tailandia y Birmania a través de selvas impenetrables, ríos (entre ellos el Kwai, o Kwae, como se escribe en tailandés), montañas y zonas infectadas de malaria y otras enfermedades. Utilizaron como mano de obra a prisioneros de guerra, sobre todo holandeses, australianos, neozelandeses y británicos, y peones contratados en régimen de semiesclavitud en los países asiáticos que ya habían conquistado. Los ingenieros tenían previsto tardar cinco años en completar los 415 kilómetros de vía férrea entre los dos países, pero al final lo hicieron en solo 16 meses. A costa de matar literalmente de hambre y de esfuerzo a miles de hombres. Se calcula que unas 100.000 personas murieron durante las obras, 26.000 de ellas prisioneros de guerra occidentales. Me impresiona pasear por el cementerio que hay junto al puente, donde están enterrados unos 6.000 de aquellos jóvenes que fueron exterminados de manera ignominiosa por los japoneses. Es el cementerio más visitado y se ha convertido en una de las atracciones turísticas de la provincia de Kachannaburi, pero por desgracia no es el único, hay otros 160 como éste a lo largo de toda la vía férrea.

El puente ya digo no es gran cosa y por si no justifica el viaje, excepto para mitómanos del cine. El original, cuya construcción recoge la célebre película de David Lean de 1957, era de madera y se levantó entre 1942 y 1943. Un año después fue sustituido por otro de pilares de hormigón y traviesas de acero, que los aliados bombardearon en 1945. Los pilares que se ven aún hoy pertenecen a aquel segundo puente de 1944. Si venís no perderos el Museo de la Línea Férrea Thai-Burma, al lado del cementerio, un recordatorio de lo que fue la construcción de esa vía y un alegato contra los horrores de la guerra (y aún hay quien la justifica en la actualidad para “combatir el terrorismo”; ¡que vayan ellos; conmigo que no cuenten)

paco-nadal - 24 Jul 2008 -

La princesa rusa

Tres días a bordo de un tren dan para mucho. Dan para relajarse. Dan para hacer amigos. Dan incluso para aburrirse, como ya empieza a pasarle a algún pasajero, que no viene mentalizado para este tipo de viaje o ha puesto las expectativas demasiado altas. Y dan por supuesto para encender la imaginación.
En un principio me pareció que a estas cosas elitistas solo venían parejas de jubilados americanos, de esos que comen a las doce, cenan a las seis y se van a dormir a las diez. Pero poco a poco voy descubriendo las peculiaridades del pasaje. Descubro a Roberto, un jubilado alemán que trabajó 40 años en la fábrica Carl Zeiss (la conversación se inició por la lente de mi cámara, que es de esa marca); viaja solo y es un enamorado de Andalucía. Descubro también a Inma y Andreas, española ella, alemán él, que van a casarse en la isla tailandesa de Ko Samui, pero han querido llegar a bordo de este tren porque les parecía lo más romántico que podían hacer antes de comprometerse (para vosotros, Inma y Andreas, que quizá nunca lleguéis a leer este blog, mis mejores deseos y deciros que sin vosotros este viaje no hubiera sido lo mismo). Y luego descubrí, más bien descubrimos, a la princesa.

Apareció de repente el día de la primera excusión a tierra. Alta, liviana, vaporosa, con un vestido de punto con tirantes de color naranja y verde y gorro y bolso a juego. Nadie se había percatado hasta el momento de ella. Su cara angelical, casi de niña, acrecentaba unos rasgos eminentemente eslavos; su piel era tan blanca y cerúlea que en algunos pliegues dejaba transparentar el malva de la venas. Las piernas largas y estilizadas podrían ser las de una bailarina; sin embargo, su espalda, algo musculada, parecía de una nadadora. Su porte ligero y elegante, casi de modelo, llamaba la atención entre aquel grupo de orondos jubilados. Si en aquel momento hubiera aparecido Mary Popins por la chimenea del tren no hubiera llamado tanto la atención como aquella enigmática y atípica joven.

Poco a poco el misterio de la pasajera solitaria ha empezado a ser la comidilla de un pasaje demasiado ocioso como para desaprovechar semejante ocasión de cotilleo. No aparenta más de 20 años y sin embargo viaja sola. Cambia de modelito tres o cuatro veces al día, cada uno apropiado para la ocasión (casual, si se trata de una excursión; traje de cóctel para la cena). Come y cena sola, nunca habla con nadie y apenas sale de su cabina. Cuando lo hace, se pasa horas mirando al infinito apoyada en la barandilla del vagón panorámico. Cualquier intento de los demás pasajeros por entablar conversación son finalizados por ella con unas frases amables pero inequívocas.

Antonio Alpañez, mi compañero de viaje, de fatigas y de documental, y yo hemos empezado a elucubrar sobre ella. Debe ser una princesa rusa, imaginamos, que viaja a Singapur para casarse con un rico hombre de negocios mucho mayor que ella; ella no lo quiere pero las familias (ambas poderosas) han acordado la unión. O no, a lo mejor es una bailarina del Bolshoi que viaja sola tratando de olvidar un desengaño amoroso. O…. Roberto, el jubilado alemán, que por lo visto es menos dado a la poesía que nosotros, cree que es la querida de algún mafioso ruso que le ha pagado este capricho para tenerla entretenida mientras él última unos negocios.
En fin, que en la vida he hecho un viaje tan literario como este. Estoy pensando en escribir una novela. De momento ya tengo el título: “La princesa rusa del Orient Express”.

paco-nadal - 23 Jul 2008 -

Un dia en el Oriental Express

Viajar en un tren del Oriental Express es volver a una época en que el verbo viajar significaba mucho más que desplazarse entre dos puntos. También cambia la percepción del espacio, porque cuesta acostumbrase a ese plano único longitudinal que marca el estrecho pasillo de los vagones. Solo puedes ir para delante o para atrás, nunca para un lado. Pero salvado este pequeño problema espacial pronto te sumerges en la cotidianeidad de la vida abordo.

El desayuno te lo trae a la cabina el asistente de tu vagón. Una bandeja primorosa con servilleta de lino, fruta pelada, bollería, zumo natural y café americano. Luego te preparas para bajar a la excursión diaria; a la vuelta, almuerzo informal en uno de los restaurantes. Y por la tarde, tiempo libre para leer, ver el paisaje desde el vagón panorámico de cola o para lo que te de la gana. Viajar sin prisa. Y al anochecer, cena de gala en la mesa que te hayan asignado.

Por la ventana, como en un bucle sin fin, van desfilando los verdes infinitos del sudeste asiático. Verde amarronados, sucios y caóticos, a la salida de Bangkok; arrabales de chapa y polvo como los de todas gran ciudad que avergüenza aún más vistos desde el interior de estos lujosos vagones. Verdes ocuros y húmedos de la zona boscosas del río Mae Nam Klong, por las que el tren pasa despacio, salvando barrancos y quebradas de vértigo. Y verdes vivos y eléctricos, de una luminosidad especial de los arrozales del sur de Tailandia, el paisaje más bonto que hemos visto de momento. Inmensas planicies de horizonte fijo sobre las que levanta palmeras solitarias, como pentagramas perdidos en una partitura verde monocroma.

paco-nadal - 22 Jul 2008 -

A bordo del Orient Express

No puedo más. Tengo que contarlo. Estoy en Bangkok porque voy a tomar aquí el Easter & Oriental Express, un tren de la compañía Orient Express que una vez al mes enlaza la capital tailandesa con Singapur. Como se deduce de su nombre cuenta con vagones de época y un lujo y boato que ya quisieran Hércules Poirot y Agatha Christie. Je, je. Maderas nobles, cubertería de alpaca, manteles de hilo, cristalería fina, camareros por todas partes, cenas con traje de chaqueta (trajo largo, ellas), pianista en el vagón-bar, etc. etc.

El glamour sobre raíles todavía existe, pese a cultura low cost. Y esta compañía ha sabido hacerse un hueco en el mundo viajero. Su propietario, un americano amante de los trenes, empezó recuperando un viejo vagón original del Orient Express. Ahora gestiona una compañía inmensa con 50 hoteles de lujo por todo el mundo y trenes de época similares al Orient Express original repartidos por todo el mundo.

Éste une Bankgkok con Singapur en tres días y sus correspondientes noches a través de toda la península malaya, con algunas paradas intermedias para visitar zonas de interés. La juega no es precisamente barata (1.680 € por cabeza en cabina doble, el pasaje más barato), pero, ¡qué caramba! es una de esas experiencias que merece la pena vivir una vez en la vida.
Además viajar en tren significa viajar a un ritmo sosegado que te permite apreciar el paisaje, deleitare con una converación o leer un libro mientras la selva desfila por tu ventana. Como me decía Evelin, la directora del tren, lo que ellos venden es tiempo: tiempo para relajarte, tiempo para leer, tiempo para mirar el paisaje. Tiempo, en definitiva, para saborear un viaje, algo tan en olvidado en estos tiempos de paquetes organizados y apresurados tipo “si hoy es martes, esto es Bélgica”.
Son las 5,30 de la tarde; el Easter & Oriental Express está estacionado en un andén de la estación de Bangkok, a punto de partir. Me instalo en mi cabina, muy pequeña por cierto (es de las económicas), tanto que he tenido que facturar la maleta y sacar antes de ella lo que vaya a necesitar estos tres días, aunque tiene una mesita de velador, un pequeño armario y (lo más importante) un cuarto de baño privado, con ducha; todo un lujo en un tren.
El jefe de estación acaba de dar la salida al convoy. Estoy poniéndome la chaqueta y la corbata para la primera cena. Ya os contaré.

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Sobre este blog

El blog de Paco Nadal

Paco Nadal es licenciado en Ciencias Químicas y Master en Periodismo por la Fundación El País/Universidad Autónoma de Madrid. Escritor, periodista, fotógrafo, director y guionista de documentales y sobre todo, culo de mal asiento desde que tiene uso de razón. Su estado natural es el perpetuo movimiento y cuando no está de viaje, suele enfermar. Colaborador habitual del suplemento El Viajero, de El País, y del programa Hoy por Hoy, de la Cadena Ser, escribe también con asiduidad en las principales revistas de viaje (Lonely Planet. National Geographic, Altair...).

paconadalsl@gmail.com

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