06 Oct 2011
Monseñor Cipriani vs Universidad Católica: el oscurantismo contra la luz
En el Perú se está dando en estos momentos un debate interesante. Se trata de la disputa entre el jefe de una organización retrógrada y autoritaria, por un lado, y por el otro, una caterva de librepensadores que han tenido el atrevimiento de defender los fueros universitarios en los que se han forjado profesionales de gran estatura. En una esquina, Monseñor Luis Cipriani, el capellán de la tiranía fujimorista, el mastín del Vaticano en el Perú, un matón purpurado de escasos recursos intelectuales. En la otra, la Pontificia Universidad Católica del Perú, una institución que se ha caracterizado por su gran profesionalismo, por su profunda tolerancia intelectual, y a quien Cipriani quiere imponer un régimen totalitario.
Para quienes no estén familiarizados con el tema, una breve explicación: la Universidad Católica del Perú, que entró en funciones en 1917, recibió, en 1944 una herencia de José de la Riva Agüero y Osma, un historiador y político de ideas de ultra derecha. Riva Agüero había pensado donar dicha herencia a la Universidad de San Marcos, la más antigua y prestigiosa del Perú, de la que además había sido rector. Pero las ideas liberales prevalecientes en San Marcos en esa época asustaron a tan desprendido personaje, de manera que decidió entregar dicha herencia a una institución más a tono con sus ideas conservadoras: la Universidad Católica.. Riva Agüero involucionó de las ideas liberales de su juventud a una abierta adhesión al fascismo europeo. Su movimiento Acción Católica pronto se convirtió en la Hermandad Fascista Peruana. Riva Agüero expresó públicamente sus simpatías con Mussolini y Hitler, e hizo gala de un antisemitismo tan burdo, que perdió el apoyo de quienes hasta ese momento lo habían respetado, y que posiblemente atribuían sus nuevos “ideales” a un ejercicio de excentricidad senil. Con dicha herencia, la institución construyó una serie de edificios que propiciaron una ampliación de sus actividades académicas. El uso de la herencia sería administrado por un comité ad-hoc pero todos los bienes adquiridos con ella pasarían a ser propiedad de la universidad después de 20 años.
Debido a un acuerdo entre la Universidad y la iglesia, existe una afiliación que no implica gobierno directo por parte del episcopado. En 1942, el papa Pío XII le otorgó el título de “Pontificia”. Desde esa época, ha existido una convivencia incómoda pero tolerada entre la jerarquía católica, tradicionalmente de derechas, y el creciente interés de la universidad por las ideas liberales y abiertas al debate. La Universidad misma elige al rector y a sus principales autoridades, y establece, sin consulta, su propia política curricular.
Pero la llegada de Juan Luis Cipriani a la jefatura de la iglesia católica peruana en 2001 cambió las cosas. Cipriani ha iniciado un proceso judicial destinado a recuperar el control de la herencia de Riva Agüero, como una especie de Caballo de Troya para interferir en la administración de la universidad. Como suele ocurrir con quienes no tienen argumentos éticos para ganar sus batallas políticas, Cipriani decidió asediar a la universidad recurriendo a mañas legales de poco peso.
Por otro lado, el jefe de la iglesia peruana quiere que los reglamentos internos de la universidad se adapten a la llamada Ex corde Ecclesiae, una especie de manual constituyente usado para amordazar a las universidades católicas de todo el mundo. Para la profundamente reaccionaria jerarquía católica peruana, se trata de poner coto a los excesos liberales del cuerpo académico de “su” universidad.
No podemos sacar esta disputa del contexto en el que opera la iglesia católica en su conjunto. Desde que Ratzinger fue elegido pontífice en 2005, se ha embarcado en una cruzada destinada a despojar a Europa de las bases de ética y legislación liberal que rigen a gran parte de sus sociedades, a pesar de que fue precisamente para evitar la hecatombe que acabó en 1945, que la Europa de la post guerra abrazó conceptos jurídicos e intelectuales que evitaran los extremos asesinos del pasado.
La iglesia católica, no olvidemos, fue cómplice del fascismo. Un ejemplo. En 1933, el papa Pio XII le exigió al Partido de Centro de Alemania, una organización de inspiración católica que se ha había convertido en la única voz democrática en un Reichtag dominado por el nacional-socialismo, que se disolviera si no quería firmar un proyecto de ley que permitía al canciller, Adolph Hitler, obtener poderes para gobernar de manera autoritaria. El partido se auto-disolvió y ello ayudó a la instauración de la dictadura nazi.
Otro. El arzobispo de Zagreb, Aloysius Stepinac, era jefe de la iglesia católica yugoslava durante la guerra mundial. En mayo de 1941, Stepinac celebró la creación del gobierno títere de Ante Pavelic, instalado por los nazis, con un gran agasajo al régimen. Luego de la toma de posesión de Pavelic, el obispo Stepinac envió una carta pastoral al clero yugoslavo ordenándole que apoyara el gobierno de Pavelic. Después de la guerra, Stepinac fue juzgado por complicidad en crímenes de guerra y brevemente encarcelado. Al salir libre, el Papa Pío XII lo hizo cardenal.
Claro, ello ocurrió hace mucho tiempo, hace setenta años para ser precisos. Bueno, en 1998, es decir, hace escasamente 13 años, Stepinac fue beatificado por Juan Pablo II.
Y ni que decir de la bien documentada complicidad del Vaticano con el holocausto, pasiva con su silencio, en algunos casos, o activa con el soplonaje del clero en otros.
Desde las cenizas de la guerra, los excesos del fascismo y la complicidad de los jerarcas religiosos, surgió una Europa tolerante, dispuesta a no permitir que se repitiera la tragedia que mató a más de 60 millones de seres humanos. Y es esa Europa contra la que arremeten Ratzinger y sus cómplices. Ese es el Papa, que cuando era arzobispo encubrió los abusos sexuales contra niños - “no podemos investigar a un amigo del papa”, escribió el entonces cardenal alemán a propósito de Marcial Maciel, jefe de la Legión de Cristo y probado pederasta -. Ratzinger, cuando era el jefe de la moderna inquisición, ordenó a los jefes de las iglesias católicas nacionales que no pusieran a disposición de la justicia a los curas acusados de abusos sexuales contra niños. Ese mismo Papa anuló la expulsión del obispo británico Richard Williamson, que había sido excomunicado por Juan Pablo II por sostener que los nazis no asesinaron judíos y que estos, en todo caso, mataron colectivamente a Cristo.
Este Papa ha permitido (por decir lo menos) la muerte de miles de africanos católicos, a los que les ha prohibido poner en práctica una de las formas más eficaces de evitar el contagio del virus del VIH: el uso de preservativos.
Ahora quiere evitar a toda costa que el mundo piense con libertad.
Benedicto XVI acusa a Europa de practicar el “relativismo moral”, es decir, la ausencia de la religión (católica) en la toma de decisiones políticas. Ratzinger quiere reemplazar el laicismo pluralista de la mayoría de las constituciones europeas con una legislación que imponga valores religiosos incluso en aquellos miembros de la sociedad que no profesan ninguna religión, que son muchos, además.
¿Qué tiene que ver, en todo caso, la disputa entre Cipriani y la Universidad Católica con todo lo descrito líneas arriba? No es casual que Cipriani quiera interferir en la libertad de pensamiento de la Pontificia en momentos en que su jefe máximo está embarcado, desde ese enclave siniestro de mármol y oropeles del Vaticano, en una cruzada anti-liberal. ¿Cómo se entiende entonces que justo ahora se quiera destruir una relación relativamente cordial entre la Universidad y la jerarquía católica peruana? La iglesia siempre se ha jactado de actuar de manera conjunta, en base a políticas emanadas de la tal “Santa Sede”. De manera que resulta imposible pensar que Cipriani esté operando de forma aislada, como un Quijote apostólico luchando contra los molinos de viento del liberalismo.
Cipriani quiere devolver a la PUCP a la ideología funesta y trasnochada de Riva Agüero. El 31 de agosto apareció en El Comercio, el diario del fujimorato, una entrevista a José Fernando de la Riva Agüero, sobrino del historiador donante. En ella, junto a una foto amenazante en la que aparece gesticulando con una mano enguantada y una efigie de la Virgen de Guadalupe, Riva Agüero afirma que la universidad está asumiendo una actitud intransigente “porque la obediencia al papa debe ser absoluta”. Se trata de una entrevista entre amigos, en la que la reportera, María Luisa Serra, le hace preguntas suaves que permiten a ese anciano de ideas manoseadas, dar rienda suelta a sus verdaderas intenciones con respecto a la Universidad Católica. Para él, su tío “habría cambiado su testamento” de encontrarse con una institución tan díscola como la Católica actual.
La jerarquía católica peruana insiste, con fatigosa insistencia, que no quiere intervenir en la autonomía de la universidad. Sin embargo, el cura Luis Gaspar, juez del tribunal eclesiástico de la iglesia peruana, sostiene que “La Conferencia Episcopal de Perú considera que esa Universidad es de la Iglesia y que su enseñanza debería darse conforme a los principios católicos”. Si eso no es interferencia en la autonomía de la universidad, entonces ¿qué lo es?
El rector Marcial Rubio ha sido claro y preciso en la posición de la universidad: “La universidad respalda a la Iglesia, pero respeta la diversidad. Tenemos una teología más social, y esto en los sectores más conservadores no gusta”. Pero esta actitud conciliadora no es suficiente para un cardenal que no acepta a quienes no piensan como él.
La iglesia católica tiene una máxima, que data del siglo XIV pero que sigue vigente: "Extra Ecclesiam Nulla Salus", “Fuera de la Iglesia, no hay Salvación”. Lo que quieren Ratzinger, y su secuaz Juan Luis Cipriani, es confinar a la PUCP a ese feudo cercado de alambres de púas en el que reina la intolerancia y el autoritarismo; un lugar en el que está prohibido pensar, debatir, discrepar. Los amantes de la ilustración son peligrosos y subversivos, y hay que secuestrarlos y amordazarlos. Pero pase lo que pase en los tribunales, o la supuesta mediación del Vaticano, lo cierto es que Marcial Rubio y su ejército de sufragistas intelectuales ya le han ganado la batalla al oscurantismo soez de Juan Luis Cipriani. Le guste o no al cardenal, ya se impuso la luz.
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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Hoteles Almeria dijo
Lo que esta claro es que sabes de que hablas, porque estoy leyendo este tema en otros blogs y tu eres quien mejor lo expone.
ana dijo
muchas gracias por la brillante y aclaratoria exposición de lo que pasa, a los que conocemos el Opus Dei de cerca no nos extraña nada esta estrategia de apoderarse de los bienes ajenos y de meter mano en las universidades, todo lo que pueden. Tengo entendido que gran parte de los obispos peruanos pertenecen al Opus Dei.
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