26 Oct 2008
Niño guapo mimo
Hace casi un año escribí Los ojos del que mira, y hace unos días, una lectora lo leyó y me dejó un comentario en el que me pedía mi opinión sobre un artículo leído en el 20 Minutos.

Resulta que en este artículo se afirma que según un estudio canadiense, los niños guapos reciben mayor atención por parte de sus padres que los feos. Y aquí lo primero que se me viene a la cabeza es que, ya resulta dudoso que un investigador determine y con qué criterios, qué niños son o no guapos, pero, ¿qué hay de aquello que se dice de que para un padre, su hijo es siempre el niño más guapo del mundo?. Pues de ser así, los resultados del estudio son fruto nada más que de la más pura casualidad. ¿O será que, en realidad, la belleza sí es objetiva , y tanto los investigadores como los padres no estamos ciegos, y sabemos cuándo tenemos un hijo guapo y cuándo es feo para así poder discriminarlo? Me explico: en este artículo afirmaban con más tacto, que a los guapos les daban el privilegio de sentarlos en el carrito de la compra o en la sillita de paseo en un porcentaje mucho mayor que a los feos. Ese es el gesto que los señores investigadores toman como evidencia de que un padre está más pendiente del niño, y se siente orgulloso de él pues lo exhibe. En realidad otros padres no sé, pero yo no tengo ninguna venda en los ojos. SÉ que mis hijos no son los más guapos del mundo PERO PARA MÍ son preciosos, y los más guapos del mundo. Y lo que también tengo claro es que no les subo en el carro de la compra como premio por ser guapos, o al menos por serlo a mis ojos, no. Los meto en el carro para que no salgan corriendo por el supermercado, para que no me llenen el carro con un montón de cosas que no necesito, y para que no se tiren al suelo con una rabieta cada vez que les digo que no se puede comprar aquello de lo que se han encaprichado. Es decir, y no creo que sea la única, YO NO USO EL CARRO DE LA COMPRA PARA EXHIBIR A MIS HIJOS, SINO COMO ELEMENTO DE CONTENCIÓN.
Dice el artículo también, que a los niños feos, o menos agraciados (vaya eufemismo), los padres les hacen menos caso, y les dan más libertad. Quiero creer que los sesudos estadistas y sociólogos habrán tenido en cuenta, al hacer la muestra, la edad de los niños... Lo primero, porque los niños que usan silla de paseo, o se meten en el carro de la compra, son niños de corta edad. Y los que van sueltos, sin vigilancia, son más mayores. Que, en general, no solo han perdido ya la gracia de los bebés, sino que encima suelen estar mellados. Y fíjate por donde, yo llevo en el carro al pequeño de mis dos hijos, y suelto al mayor. ¿Porque el pequeño es más mono y el mayor no está en su mejor momento? NO, NO Y NO. Porque el mayor sabe comportarse (bueno, casi siempre), y el pequeño se perdería y me obligaría a estar corriendo con el carro detrás de él por todo el supermercado. Solución: atarlo a la silla, o contenerlo en el carro.
Por último, en el artículo señalan que los padres solían estar más orgullosos de tener hijos varones, pues también les prestaban mayor atención que a las niñas. Esto es lo que me falta por leer para saber que los sesudos expertos no tienen ni idea de niños, o los traductores de inglés o francés. Quien tenga contacto directo con pequeños sabrá que, en términos generales, las niñas son más dóciles y más tranquilas que los niños. ¿Están entonces los padres más pendientes de los niños por un orgullo especial hacia el varón? NO. Están más pendientes porque su niño varón es un culo inquieto, no como esa nena tan mona que sin que la madre se desgañite no se mueve de su lado. Pero en NINGÚN momento creo que un padre esté pensando en la belleza objetiva de sus hijos. En general, son el carácter del propio niño y su edad, los que determinan las necesidades de atención por parte de sus padres. Y no que sean niños de portada, o simplemente simpáticos. Porque, después de todo, ¿hay un niño feo? Yo creo que no.
28 Sep 2008
Qué nos ocultan nuestros hijos
Hace unas semanas leí un artículo que se llamaba como este post. Como parte interesada, aunque bien pudiera imaginarme el contenido, lo leí con avidez. Se había elaborado un estudio con una serie de jóvenes, que de forma anónima, habían consentido escribir aquello que jamás contarían a sus padres. Los resultados eran los esperados y más. Tengo novia, mantengo relaciones sexuales, bebo alcohol, me he emborrachado, he probado drogas, hago peyas, no tengo amigos. Esta última me dejó impresionada. ¿Con qué fin un niño puede ocultar esto? Pues en el fondo con el mismo por lo que ocultan todo lo demás, pero con este ejemplo queda mucho más claro. Una cosa es que los padres quieran a los hijos. Pero otra muy distinta es que los padres se sientan orgullosos de ellos. Y ese niño con problemas sociales, poco popular, nada líder y sin amigos, no quiere decepcionar a sus padres. Al igual que el que se emborracha, la que ha abortado, y el que fuma porros. Y es que, a pesar de tanta rebeldía, tanta adolescencia, y tanta autoafirmación, existe en la gran mayoría de nosotros la necesidad de no decepcionar. La necesidad de saber que tus padres se sienten orgullosos de tí. Y en cierto modo, es una necesidad que se mantiene a lo largo del tiempo: desde la infancia hasta la madurez.
Así que cuando hoy, mientras comíamos, me ha comentado mi padre: "he escrito tu nombre en Google y han salido un montón de cosas", de entrada me he acordado del artículo de antes, porque me he sentido como una adolescente abriendo el papel de aquello que les oculto. De modo que ahora respiraré hondo como una adulta, esperando no defraudar...
24 Sep 2008
El desatasco
Ayer, Mateo, un compañero de la oficina, se dirigió a mí y me dijo:
- Patricia, tú que eres ama de casa, ¿me puedes ayudar con un problemilla?
He de reconocer que me habría sentido menos ofendida si me hubiera calificado de culo pera que de ama de casa. Cosa que no entiendo, porque me parece una profesión muy respetable, y de hecho a veces me gustaría ser más apañada para ciertas cosas, y saber coger el bajo de los pantalones, con qué producto salen las manchas de tinta en la ropa, hacer taladros, o qué supermercado es el más barato. Pero lo cierto es que salvo porque sé cocinar, me considero un ama de casa absolutamente mediocre. Y no sólo eso, sino que, por motivos que desconozco, me siento profundamente orgullosa de serlo. De modo que no entiendo demasiado bien por qué entre todas las mujeres que poblamos la pradera, y siendo él más amo de casa que yo (vive solo, luego se ocupa de la casa al 100%), se haya dirigido a mí para tales menesteres. De modo que, aguanté el dardo de Mateo como pude, y con los ojos llenos de ira contenida, escuché atenta sus problemillas:
- Pues el caso es que creo que se me ha atascado el fregadero. Soy un poco desastre, y a lo mejor no retiro del todo bien la comida que cae, y… el caso es que me he ido esta mañana y lo he dejado rebosando de agua porque no la tragaba He intentado con un desatascador de ventosa (y me escenifica el trabajo, para mayor desagrado), pero nada ¿Qué puedo hacer?
Entonces le respondí con una gran sonrisa lo que toda buena ama de casa como yo haría:
- Llamar a un fontanero.
Dado que la conversación fue en voz alta, Mateo tuvo la suerte de que la oficina estaba llena de amos y amas de casa que dieron pie a un brain storming de soluciones, de entre las que destacaron: quitar el codo de la tubería y desatascar (el menos popular después del de llamar al fontanero), comprar un desatascador químico y echar coca-cola y posos de café.
Esta mañana Mateo se ha venido a tomar café con los de siempre. Y no he podido evitar decirle “pero cabronazo, ¿qué cojones es lo que te hace pensar en mí cuando buscas una ama de casa?” Su respuesta fue la siguiente “buscaba alguien que me contestara con cariño. ¿A quién se lo iba a preguntar?”. Buenos reflejos, Mateo. No obstante le aclaré, que nunca está de más dejar las cosas bien claritas: “pues el día en que busques cariño, procura obviar lo de ama de casa”.
Y espero que con el tiempo consiga aclarar el por qué de mi empeño personal en distanciarme lo posible de lo que pudiera generalmente considerarse ser una buena ama de casa. Nunca se sabe, igual llega un día en que esa cualidad no se me atranque....
23 Sep 2008
Domesticar
Estas noches estoy leyendo con Pablo El Principito. Tocó el sábado el capítulo del zorro. El zorro le pide al principito que le domestique. ¿Y qué es domesticar? pregunta Pablo. ¿Y qué es domesticar? pregunta el principito. Domesticar es crear lazos.
- “¿Crear lazos?
- Seguro_ dijo el zorro. Tú no eres para mí más que un niño parecido a cien mil niños y no te necesito. Yo no soy para ti más que uno más entre cien mil zorros. Ahora bien, si tú me domesticaras, nos necesitaríamos el uno al otro. Tú serías para mí el único en el mundo, como yo lo sería para ti…
- Empiezo a comprender_ dijo el principito_ hay una flor, y parece que me ha domesticado. “
Entonces, comprende el principito que, a pesar de haber encontrado un jardín de rosas iguales que la suya, la suya sigue siendo única en el mundo.
Y yo me conmoví, como siempre que tomo consciencia de ello. Y pienso en Pablo y Miguel, y en los lazos que nos unen, que les han convertido para siempre y sin condiciones, en únicos en el mundo.
15 Sep 2008
Dos anfibios
A Pablo le regalaron una tortuga, un galápago, por su cumple. La llamó Charly, Chal-li para los amigos. Días más tarde fuimos a por una compañera, no es bueno que la tortuga esté sola. El nombre lo eligió Miguel sin vacilar. Wall-E.
El caso es que mientras duraron las vacaciones, Chal-ly y Wall-E disfrutaron con mis hijos de unos días con los abuelos. Con jardín, con los paseos por la pradera, con todos los niños a su alrededor admirándolas y deseándolas. Un niño me dijo que qué morro tenía Pablo, que él le había pedido una a su madre y le había dicho que no. Claro, le contesté, es que no has diseñado bien la estrategia. Tú prueba de la siguiente forma: primero pides un perro, después un gato, después un conejo, más tarde un hámster, cucarachas, escarabajos ... y al final... tendrás la tortuga. A Pablo le funcionó.
Con la vuelta al cole llegó la vuelta a casa. Y junto a las 7 maletas, los cromos de la liga de fútbol, los dos álbumes, la colección de consolas, y los dos niños, llegaron las tortugas. Tras decidir que el lugar idóneo para ellas era la cocina debajo del radiador para hacerles más leve el invierno, las dejamos dar unas carreras por el pasillo, les pusimos agua limpia, un festín de jamón en lugar del pienso asqueroso, y un beso de buenas noches. Es broma.
Cuando hoy he vuelto a casa me he enterado de la noticia. Chal-ly había desaparecido. Justo la tarde en que me traían el colchón nuevo y el pedido de la compra. Pues justo esta tarde, me la he pasado arrastrando el sillón, sacando el lavaplatos, el zócalo de la cocina, rastreando bajo las camas, bajo la cómoda, detrás de las puertas. Bueno, se supone que debe aguantar tiempo sin comer. Saldrá, supongo. Pablo, ayúdame, que es tu tortuga. Bueno, al principio estaba muy preocupado, pero es que ya se me ha pasado.
Lo típico.
Por la noche con la linterna la vi. Debajo de la nevera, al fondo. Claro, la nevera, el único cacharro que no era capaz de arrastrar, la muy ladina. Estaba quieta, sin moverse. Mierda, ya se ha muerto. Rubén construye con papel de forrar libros un artilugio para sacarla. Pero lo uso yo, que si está muerta le da asco. Eso es un equipo. La saco angustiada. Yo, no Chal-ly, que dormía plácidamente la muy cabrona. Igual había elegido ese lugar para hibernar, leí por Internet que algunas lo hacían. Lavé al bicho verde, lo devolví con su compañero, les castigué sin rampa.
Desde luego, si hace unos años me dicen que me voy a dedicar a criar hijos, me habría reído, si además me dicen que voy a llenar la casa de anfibios me descojono, pero si encima aseguran que voy a arrastrar un lavaplatos que no he movido en siete años, vamos, nunca desde que el instalador lo puso en su sitio, para encontrar a uno de ellos (anfibios, se supone, si se me pierde un niño sé que debería buscarlo dentro)... en fin, en ese caso habría pensado que mi interlocutor no tendría ni la más puta idea de quien soy. Y va a resultar que la que no tenía ni idea era yo. Lo que me van enseñando las circunstancias. Benditas circunstancias.
Pillar seguro
Este sábado podría haberme sorprendido el verme a mí misma bailando descalza en la tarima de un bar, completamente sobria. Pero lo que me sorprendió realmente fue el ver en el baño, junto a la máquina de preservativos, una máquina que por tres euros, expendía lujuriosos tangas.
Esa idea se le debió ocurrir a alguien después de ver el Diario de Bridget Jones. Yo, sin embargo, como desde hace años sé que voy a pillar seguro, me he olvidado por completo de las bragas color carne. Vaya, me he olvidado incluso de las bragas.
Y es verdad que siempre pillo con el mismo. Pero aunque pueda parecer que eso no tiene ningún mérito... qué coño, yo creo que lo tiene todo.
Y feliz por no necesitar hacer uso de la máquina fantástica, bailé descalza, y me dejé llevar.
02 Sep 2008
Carlitos y Los girasoles ciegos
El otro día fui a ver la peli de Carlitos con Pablo y sus amigos. Bueno, ya se sabe cómo son las pelis para niños, llenas de tópicos y estereotipadas al máximo, para que las mentes infantiles se enteren de la historias. Por si no entienden de grises. Un niño muy bueno muy bueno, huérfano en una institución donde el encargado, malo malísimo, les trata sin el menor cariño y se lucra a su costa. El niño, Carlitos, resulta poseer un gran talento para el fútbol que el malo no quiere que se descubra. Muy a su pesar, Carlitos, gracias a dos jóvenes buenos buenísimos que trabajan en el orfanato, consigue ser titular de la selección española de fútbol (infantil) y ganar
Ayer hubo cambio, y me fui a ver Los girasoles ciegos, desoyendo una vez más mi ya manifestada hartura de temas como Guerra Civil y Holocausto. La historia se desarrolla en Ourense, años cuarenta. Y lo primero que me llama la atención es un pequeño detalle. Cuando una peli está ambientada en Andalucía, por poner un ejemplo, todos los actores tienen acento. Andaluz. Sean de donde sean. Natalia Dicenta lo aprendió. Claro, a los personajes se les presupone andaluces. En Los girasoles ciegos, sin embargo, sólo tiene acento un secundario. Pues vive dios, (o no, no sé), que no hay más que darse un paseo por Ourense para escuchar el acento, que trae del murmullo de conversaciones, como un canto, el mismo aire que se respira. A lo mejor es que no estoy yo muy puesta, y resulta que hay acentos que molan y otros no… Porque imposible cogerlo no es, y si no, que se lo pregunten a Javier Bardem haciendo de Sampedro.
La historia debe estar hecha con la misma filosofía que la de Carlitos. Que todo el mundo la entienda. Así, me volví a encontrar con una peli en la que hay unos buenos muy buenos, republicanos, ateos y cultos. Y un malo malísimo, cerrado, obsesivo, reprimido, vengativo, del bando nacional y seminarista. Para que no quepa ninguna duda. Y por si no fuera suficiente, a los diez minutos de película, para ser más concreta en el momento en que Maribel Verdú lleva a su hijo al colegio, el espectador puede saber exactamente lo que va a ocurrir durante la siguiente hora y media. Y todo esto con mucho Cara al Sol, mucho Viva España, mucho tricornio y mucha bandera, no vaya a ser que alguien se pierda en algún momento, abriendo y cerrando el filme con una toma del retablo de la iglesia de Santo Domingo.
El casco antiguo de Ourense, eso sí, ha sido muy bien tratado, y se ve precioso. Con el suelo mojado en todas las tomas de todos los días, a pesar de que la acción se desarrolla ya llegando el verano, no vaya a ser que se dejaran algún tópico por explotar.
Así que en resumen, el objetivo de la película está conseguido. No obstante, el contar una historia situada en ese contexto histórico, se puede hacer de una forma menos simplista, obvia, estereotipada y superficial. Que los espectadores damos para un poco más. Y sí, por si no se ha notado, estoy indignada.
24 Ago 2008
En forma
Por fin hoy ha ocurrido.
Esta mañana hemos cogido las bicis nuevas y hemos ido al anillo ciclista. Por supuesto no lo hemos recorrido entero. Y mira que pintaba mal la cosa.
Al llegar al trastero Rubén me mira de arriba a abajo y me dice "pero, ¿con chanclas?" Pues sí, con chanclas. Como llevo montando en bici todo el verano. Vamos a dar un paseo, no?
Rubén siempre ha sido bueno con los deportes. ¿Que hay que nadar? Se nada. ¿Que hay que montar en bici? Se monta. ¿Que hay que correr? Se corre. Fútbol, baloncesto, dardos, lo que se tercie. Y me gana absolutamente en todo. Hasta al ping pong. Yo... yo era de las que bajaban la nota media con la educación física. De modo que no se trataba de un paseo en bici. Se trataba de hacer deporte. Y se me había ocurrido hacerlo con chanclas.
Una vez en la bici, el primer percance. No me llegan los pies al suelo subida al sillín. No pasa nada, es que no te tienen que llegar. Bueno, pero es que yo me siento más segura si al frenar o al parar, o al comenzar a pedalear, puedo apoyarme con los pies en el suelo. Es que para eso lo que tienes que hacer es bajar el culo del sillín, y ya está. Pero es que me caigo. Pareces Pablo. Bueno, bájame el sillín, por favor. No hay llave. Pues hala, a volar sobre la bici sin tocar el suelo con los pies.
El acceso a la Casa de Campo está a escasos minutos de casa. Dejamos atrás a las inagotables prostitutas que están de guardia en domingo por la mañana, y poco después accedemos al anillo ciclista. Llegar hasta él no costaba trabajo, sólo había que seguir a las numerosas bicis que rodaban en la misma dirección. Pat, fíjate en toda esa gente, a ver a cuántas ves con chanclas.... Tenía razón, allí no había nadie de paseo, todos hacían deporte. En general el camino era bueno, algunos repechos poco duros, a excepción de las pasarelas que cruzan la M-30 y después la A-6. Subiéndolas sudé la camiseta. Pero allí arriba, flotando sobre todos esos coches, y sin poder tocar con los pies el suelo, realmente la impresión era la de volar sobre una bici.
A mitad de camino adelanté a Rubén que cargaba con Miguelito, y seguí a marcha alegre con desarrollos largos, pedalenado junto al río, entre árboles. Volvimos tres cuartos de hora más tarde.
Y tras dejar las bicis en el trastero, de pronto, ocurrió. Me miró sonriente y me dijo con solemnidad: "oye, estás en forma". Y volví a casa con el culo entumecido. Y orgullosa.
23 Ago 2008
Intervencionismos y trofeos.
Hay padres que son más intervencionistas y otros que lo son menos. Yo en general me considero tirando a los que menos. Y tengo mis motivos. Con tanto intervencionismo, tanto proteccionismo y tanto cuidado extremo, estamos educando futuros adultos incompletos, llenos de miedos que no dejamos de transmitirles desde niños, con una autonomía más que limitada, y poca responsabilidad sobre los actos propios. Bien, esos son básicamente mis motivos.
Dicen que en el término medio está la virtud. El que dice eso es un cachondo, porque me gustaría a mí que me dijera por dónde queda exactamente el medio. Me imagino que en este caso concreto estaría en la educación que deja margen de maniobra al niño, para desarrollarse como persona, para adquirir autonomía, para equivocarse y aprender, etc... pero que guarda las garantías necesarias para que el niño en cuestión no sufra daños considerables por una excesiva libertad de movimientos.
Digamos que en mi casa en concreto yo soy poco intervencionista y Rubén algo más. Me pregunto si entre ambos podría decirse que alcanzamos un término medio. O si el alcanzarse en media no sirve.
Esto viene porque una de estas noches vacacionales, estuvimos cenando en Sanlúcar, junto a la playa, tras una tarde de carreras de caballos que no presenciamos, pero que intuimos dado el número de gente que abarrotaba las calles. El caso es que a pesar de todo conseguimos mesa junto a la playa, y pudimos contemplar la puesta de sol bajo Doñana. Pero a los niños poco les interesaba el espectáculo de luces crepusculares, y mucho menos la cena. De modo que saltaron a la playa y se pusieron a jugar con perros que se dejaran acariciar, con la arena, con otros niños.
Rubén empezó a ponerse muy nervioso por el pequeño. Que se está alejando mucho. Que se va a perder. Cómo puedes estar ahí tan tranquila, que sólo tiene tres años. Pero si está allí con su hermano. Sí, pero es que están cada vez más lejos. Bueno, pues ahora vendrán, si los vemos desde aquí. Pues yo voy a por él y si no es capaz de jugar cerca que se quede en la mesa con nosotros. Vale, pues tú mismo. De modo que se levantó a buscar a Miguelito.
Creo que pocas veces me he alegrado tanto de protagonizar un momento poco intervencionista como aquella noche, cuando Rubén regresó dando enormes zancadas, jurando en arameo, dirigiéndose al baño con el niño en volandas, que se traía como trofeo una caca de caballo en cada mano, como recuerdo de la carrera de la tarde que no había visto, pero para qué, si sobre la arena habían dejado lo mejor...
21 Ago 2008
Club de los jueves: Ordinales
ordinales
Asumir el número dos. Miraba la televisión mientras sostenía el teléfono. El cámara enfocaba al ganador de la medalla de oro, pero Pablo buscaba la silueta del segundo. El segundo estaba detrás, era ese que se sujetaba las rodillas con las manos mientras unas cuantas camisetas del mismo color se acercaban a abrazarlo. Y al verlas se yergue y las abraza, y le parece distinguir que, borroso, esboza una sonrisa. Pero a medias. O eso le parece.
Volvió a mirar el teléfono y recordó la noche en la playa del año anterior. Tocaba la guitarra, pero nadie la escuchaba. Sólo se oía la voz de Claudio. Ni siquiera el mar. Y como la noche los días.
Cuando marchó, el verano fue menos verano. Y con su marcha Pablo no volvió a ser Pablo, ya no, ya siempre el amigo de Claudio.
Recordó también ese momento, en la playa, cuando dejó de tocar la guitarra esa noche de eclipse de Claudio, para admirarlo profundamente, solo, desenfocado desde ese segundo plano. Como sólo él podría admirarlo, porque sólo él sabía que en su amigo Claudio no había un solo pero. Era lo que parecía.
De pronto Claudio calló. Lo miró con esos grandes ojos que lo habían mirado desde que era un niño, y le dijo: Pablo, no pares, por favor. Y Pablo volvió a tocar, con alma. A pesar de su segundo plano. Sin pensar en su segundo plano.
Cada acorde le hizo grande: tocó para Claudio.
Pablo marcó despacio un número.
Me voy con mi gente de la facultad unos días, ¿por qué no te vienes? ¿Qué más da que no los conozcas? Sí, sí que va, ya la conocerás, a ver qué te parece… a mí me tiene loco, a ver qué pasa… Eso es un sí, ¿no? Genial, tío, como en los viejos tiempos.
Volvió la vista a la tele. Y sonrió. Y su sonrisa nada tuvo que ver con la del medallista anterior. Apagó y se perdonó su pequeñez. Y sus dudas. Dejando de pensar en su ordinal. Enorgulleciéndose del de su amigo.
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Esta semana ha decidido Rosa darnos un respiro y dejarnos escribir con absoluta libertad.
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Sobre este blog
Reflexiones
PatAlgunas veces la cabeza se me llena de pensamientos. En tiempos los fui escribiendo, en papeles que he ido guardando y perdiendo, como se pierde todo aquello que no se comparte. Quizás alguien haya reflexionado sobre las mismas cosas y se vea reflejado, quizás no y le den qué pensar, o quizás sí y haya llegado a otras conclusiones.
Hasta aquí, un año y medio de reflexiones.
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