20 Sep 2013

La complicidad de algunos intelectuales en la guerra imperial contra Siria

Escrito por: Cordura el 20 Sep 2013 - URL Permanente

Nota previa: Ofrecemos en esta ocasión un texto ajeno pero que, modestamente, sentimos muy nuestro. Lo hacemos tras haber presenciado la exposición de la autora basada en él y con su autorización para publicarlo. Pero, sobre todo, desde la convicción de que ni la amenaza contra Siria ni la responsabilidad de quienes la promueven o facilitan se han extinguido en absoluto.


Ángeles Diez Rodríguez
Doctora en Ciencias Sociales y Políticas, y profesora de la Universidad Complutense de Madrid. El texto corresponde a su conferencia impartida en el Ateneo de Madrid el 9 de septiembre de 2013.


El caso de Siria es uno de los más paradigmáticos en los que desde 2011 se evidencian con claridad el papel legitimador de la guerra jugado por ciertos intelectuales de izquierda. Una parte importante de éstos ha optado por servir de coro a la guerra mediática contra Siria investidos de un aura ilustrada y cargados de principios morales de factura occidental. Desde sus púlpitos en los medios alternativos pero también en los masivos elaboran explicaciones, justificaciones y relatos que presentan como principios éticos cuando en realidad se trata de su opción política. Ridiculizan y simplifican, manipulan y tergiversan la opción de los militantes antiimperialistas e incluso se permiten enmendar la plana a los gobiernos latinoamericanos que, defendiendo la soberanía y el principio de no injerencia, se oponen a la guerra contra Siria.

En junio de 2003 en el marco de la guerra y ocupación de Iraq no fue muy complicado, en el ámbito universitario, en el de la cultura y en la militancia de izquierdas, que se alzaran cientos de voces contra la guerra; fuimos capaces de reconocer las trampas discursivas, capaces de descubrir los intereses del imperio y sus socios, de desvelar las mentiras mediáticas y sobre todo de establecer prioridades en la movilización y la denuncia. No pudimos parar la guerra ni la ocupación de Iraq pero pusimos los cimientos de un movimiento antiimperialista que podría haber sido el freno de mano de la barbarie bélica y que, de alguna manera, aplazó el objetivo de continuar la neocolonización de la zona.

Si en el 2003 nos fue relativamente fácil movilizarnos contra la guerra en Iraq y los planes imperiales, lo cual no significaba apoyar ninguna dictadura, muchos nos hacemos ahora la pregunta: ¿Qué ha pasado para que no surja o para que no se dé continuidad al movimiento que emergió en el 2003? Seguramente haya diversas razones entrecruzadas pero me gustaría destacar dos que me parecen centrales: los medios de comunicación masivos han hecho un buen trabajo disuasorio y una parte de los intelectuales de izquierdas que antes eran referentes políticos contra la guerra han optado por servir en el otro bando.


Intelectuales de izquierda al servicio de la legitimación bélica

Que los medios masivos mienten, tergiversan, ocultan, señalan, dan forma y rostro a nuestros enemigos es una evidencia repetida una y otra vez en la historia. Lo hacen no porque sean instrumentos del imperio, no, lo hacen porque son parte consustancial del poder. Pero la justificación de las guerras, la “fabricación del consenso” que diría Chomsky, no sólo se hace a través de las corporaciones mediáticas. La propaganda es un sistema en el que se insertan las empresas mediáticas, la clase política y sus discursos, la cultura occidental prepotente y colonialista, los periodistas, los artistas, los intelectuales, los académicos y los filósofos mediáticos. Todos estos intelectuales se han convertido en un “clero secular” y “optan por jugar un papel fundamental en la interiorización de la ideología de la guerra humanitaria como un mecanismo de legitimación” (Bricmont, Imperialismo humanitario. El uso de los Derechos Humanos para vender la guerra, El viejo Topo, 2005, p. 126). Unos conscientemente, otros no tanto, se han puesto al servicio de la propaganda de guerra del imperio.

Lo interesante es que esta cohorte creadora de opinión pública antes se reclutaba en las filas conservadoras, en las liberales y una parte en las de los socialdemócratas (recordemos la campaña del PSOE con “la OTAN de entrada No”) pero desde la guerra de Yugoslavia (1999) son cada vez más los grupos de intelectuales que proceden o se reclaman revolucionarios de izquierda, anticapitalistas y antiimperialistas. Se explican a sí mismos con argumentos morales universalistas y humanitarios: luchar contra las dictaduras (estén donde estén) y defender la causa de los pueblos (siendo éstos las mujeres afganas, los insurgentes libios, los manifestantes sirios o la parte de pueblo que los medios masivos señalen como víctima de las dictaduras).

Algunos de estos intelectuales enarbolaron el “No a la guerra” contra Iraq en el 2003, sin embargo, desde el inicio de las llamadas “primaveras árabes” tocan en la misma orquesta que sus gobiernos llamando al derrocamiento del tirano Bashar Al-Assad y a la transición democrática en Siria; incluso hay quien reclama la intervención militar de Occidente como la novelista Almudena Grandes: “Al fondo está El Asad, un dictador, un tirano, un asesino en serie que resultará el único beneficiario de la no intervención”.

Suponemos que para ellos Sadam Huseín era menos dictador que Al-Assad o quizá se trate de que en esa guerra había cientos de miles de ciudadanos en las calles gritando “No a la guerra”, caso que no se da ahora.

El papel que juega este “clero secularizado” es doble: por un lado suministran argumentos justificadores de la intervención armada; por otro, dividen, debilitan o bloquean cada vez con mayor intensidad el surgimiento de una oposición fuerte a las guerras imperiales.

Unas veces por ignorancia política, otras por confusión, pero la mayoría de las veces por un sentido subyacente de superioridad moral como intelectuales del mundo desarrollado, esta “izquierda” ha interiorizado los argumentos de la derecha. Según Bricmont, se ha movido en dos actitudes: a) lo que llama el imperialismo humanitario, que se apoya en creer que nuestros “valores universales” (la idea de libertad, democracia) nos obligan a intervenir en cualquier lugar. Sería una especie de deber moral (derecho de injerencia); b) el “relativismo cultural”, que parte de que no hay costumbres buenas o malas. Tendríamos el caso de que si hay un movimiento wahabista o fundamentalista que se revela contra la represión hay que aplaudirlo porque “los pueblos no se equivocan” o, como me explicó un filósofo español “cuando los pueblos hablan, la geoestrategia calla”.


Extrañas coincidencias por la libertad y la democracia

La dominación imperial es siempre militar pero necesita una ideología que la justifique para eliminar resistencias en la retaguardia. Hoy día, gracias a la complejidad del sistema de propaganda cada vez más sofisticado, tecnificado y efectivo, una gran parte de la construcción de esta ideología legitimadora está en manos de una izquierda, ahora ya respetable, que cuenta con credibilidad para la opinión pública crítica gracias a su currículo como defensora de la causa palestina. El núcleo duro de los discursos legitimadores se ha desplazado de la ya clásica “libertad” a la críptica “dignidad” y mantiene la “democracia” y los derechos humanos como consignas. La democracia como “la intervención soñada” del filósofo Santiago Alba sirve de utopía light para sumar adeptos y confundir los deseos con la realidad.

Sin embargo, hay ocasiones en las que la consigna de la libertad emerge cual ave fénix cuando el público al que se dirigen es demasiado occidentalizado para desentrañar el enigma de la “dignidad”. Dice Bricmont que justo cuando el imperio abandona el lenguaje de la libertad porque ya no resulta creíble, lo retoma este clero humanitarista. Así, en el llamamiento de la campaña de solidaridad global con la Revolución Siria firmado entre otros por G. Achcar, S. Alba y Tariq Ali cuyo título es “Solidaridad con la lucha siria por la dignidad y la libertad”, en apenas dos páginas se utiliza 14 veces la palabra 'libertad'.

A medida que la guerra mediática contra Siria se ha ido recrudeciendo, han aumentado las coincidencias entre los relatos imperiales y los discursos de los que dicen apoyar a los “revolucionarios sirios”. Sigamos con los ejemplos ilustrativos y comparemos el “llamamiento de solidaridad global con la Revolución Siria” con la declaración conjunta sobre Siria que firmaron 11 países en el marco de la reunión del G20, a propuesta de Estados Unidos, para forzar un frente de estados que apoyen la intervención armada.

En el llamamiento del clero humanitarista se apuntan los siguientes argumentos:

1. En Siria hay una revolución en marcha.
2. El único responsable de las muertes, de la militarización del conflicto y de la polarización de la sociedad es B. Al-Assad.
3. Hay que apoyar a los revolucionarios sirios porque “luchan por la libertad a nivel regional y mundial”.
4. Hay que “apoyar una transición pacífica hacia la democracia para que decidan los propios sirios”.
5. Se pide una “Siria libre, unificada e independiente”.
6. Se pide ayuda a todos los refugiados y desplazados internos sirios.

En la web de la campaña se introduce el texto del llamamiento especificando que “la revolución del pueblo debe ser apoyada por todos los medios” –suponemos que “todos los medios” significa todos los medios–, y se exige que B. Al-Assad dimita, sea juzgado y se ponga fin al apoyo militar y financiero al régimen sirio, sólo al “régimen sirio”.

Por su parte la declaración conjunta de Estados Unidos y sus socios, entre los que curiosamente no se encuentra ningún país latinoamericano y el único árabe es Arabia Saudita, expone los siguientes tópicos:

1. Condena exclusivamente al gobierno sirio al que hace responsable del ataque con armas químicas.
2. La guerra contra Siria es para defender al resto del mundo de las armas químicas evitando su proliferación.
3. La intervención trataría de evitar males mayores: “un mayor sufrimiento del pueblo sirio y la inestabilidad regional”.
4. Se condena la violación de los Derechos humanos “por todas las partes”.
5. Se pide una salida política, no militar, y se dice: “Estamos comprometidos con una solución política que se traduzca en una Siria unida, incluyente y democrática”.
6. Se llama a la asistencia humanitaria, a los donantes y a la ayuda a las necesidades del pueblo sirio.

En la comparación de ambos textos lo sorprendente es que en el primero se destila un aire mucho más belicista, no se reconoce que haya dos bandos en el conflicto, la responsabilidad se reduce a B. Al-Assad, se justifica el apoyo a los “revolucionarios sirios” porque están haciendo la revolución mundial y no se plantea una salida política sino la derrota del gobierno sirio. Pareciera que este llamamiento hubiera sido redactado precisamente por uno de los bandos en conflicto que se arroga la portavocía del pueblo sirio en su conjunto.


Las trampas del lenguaje: “Condenamos la intervención, ni con unos ni con otros, los pueblos siempre tienen razón”

La construcción de la ideología del imperialismo humanitario ha tenido distintos recorridos. Como decíamos al inicio de esta intervención, ha sido el estandarte de la izquierda biempensante que desde la guerra contra Yugoslavia (1999) fue dando forma a un discurso moralista cómodo que la homologaba como “izquierda respetable” aunque se declarara “anticapitalista”.

Si analizamos algunos de sus discursos sobre Siria encontramos las pautas que se repiten. En primer lugar hay que dejar claro constantemente el punto de partida antiimperialista, y negar que se esté con “la intervención militar extranjera”, como hace G. Achcar en el artículo “Contra la intervención militar extranjera, apoyo a la revuelta popular siria”, o S. Alba en “Siria, la intervención soñada”, que termina con un “condeno, condeno, condeno, la intervención militar estadounidense”. Decía V. Klemperer en su obra La lengua del Tercer Reich que “el lenguaje saca a la luz aquello que una persona quiere ocultar de forma deliberada, ante otros o ante sí mismo, y aquello que lleva dentro inconscientemente”. El clero humanitarista no está a favor de la intervención militar pero se ve obligado a repetirlo constantemente en sus escritos y conferencias como si el público al que se dirigen no estuviera del todo convencido. Tampoco conviene hablar de guerra y por tanto se utiliza constantemente el eufemismo “intervención militar extranjera” o “intervención militar estadounidense”.

Ni con Estados Unidos ni con B. Al-Assad. La equidistancia es sin duda un refugio ideal para las buenas conciencias y tiene la ventaja de la ambigüedad que permite posicionarse en un lado o en otro según discurran los acontecimientos. Se trata de una falsa simetría que coloca en el mismo plano al agresor y al agredido. Si en una situación en la que un estado o un conjunto de estados amenazan y declaran la guerra a otro nos declaramos neutrales, en realidad, apoyamos la opción del más fuerte. No ha sido Siria quien ha declarado la guerra a Estados Unidos o a Europa, y el poderío y capacidad bélica de Siria respecto al imperio y sus socios (armas químicas, nucleares y convencionales) es incomparablemente menor.

Al clero humanitarista no le convence el posicionamiento “ni-ni” y trata por todos los medios de decantar las opiniones hacia el lado del bando donde se encuentran los llamados “revolucionarios sirios”. En ese intento no escatima adjetivos contra el gobierno sirio y su presidente y se sitúan por encima de la realidad o la veracidad de los hechos; tenemos así a S. Alba diciendo que es un hecho irrefutable que “con independencia de que haya usado o no armas químicas contra su propio pueblo, el régimen dictatorial de la dinastía Assad es el responsable primero y directo de la destrucción de Siria, del sufrimiento de su población y de todas las consecuencias, humanas, políticas y regionales que se deriven de ahí”; o a Almudena Grandes calificando a El Assad como “asesino en serie”. Pero lo cierto es que, como dice Bricmont, “en tiempos de guerra denunciar los crímenes del adversario, aun suponiendo que estén sólidamente fundamentados, algo que con frecuencia no es así, acaba contribuyendo a estimular el odio que hace que la guerra sea aceptable” (op. cit., p. 193).

Otro de los tópicos clásicos es estar del lado de los pueblos. Aquí tenemos un escollo difícil de salvar ya que, en el caso de las primaveras árabes, los gobiernos imperiales se han posicionado claramente a favor de los pueblos y han sido los primeros en señalar su apoyo a los “revolucionarios” sirios. La explicación más rocambolesca de estos intelectuales humanitarios es la pura casualidad, el cinismo o las intenciones perversas del imperio que le lleva a apoyar a los pueblos árabes para luego apropiarse de las revoluciones e imponer sus propios intereses. La realidad es, según ellos, que ni a Estados Unidos ni a Europa les interesa intervenir militarmente en Siria. Pero cuando los “rebeldes y los refugiados sirios”, como antes hicieron los rebeldes libios, manifiestan que “anhelan el ataque de Estados Unidos a Siria”, se complica la definición de “revolucionarios” y la de “pueblo”, pues, ¿quién es ese pueblo revolucionario o parte del pueblo que clama por un ataque militar de otros estados?


“Dada la complejidad de la situación, refugiémonos en nuestros principios”

Podemos denunciar a las corporaciones mediáticas, a los políticos y publicistas que nos siguen vendiendo la guerra con la misma retórica moralista y con prácticas cínicas, pero el problema es que les sigue funcionando, por lo menos con la gente poco concienciada. La novedad es que ahora disponen de una cohorte de filósofos, intelectuales y artistas que se venden como estrellas mediáticas, aunque sea en medios alternativos, que incluso se creen lo que dicen, creen defender realmente los derechos humanos y estar del lado de los pueblos, pero su labor ha sido la de acompañar los discursos imperialistas y bloquear el surgimiento de movimientos de oposición a la guerra enfangándonos en discusiones estériles sobre su propio posicionamiento.

Sus textos, conferencias e intervenciones mediáticas han tenido una gran eficacia para confundir, persuadir y culpabilizar a los activistas contra la guerra, a la gente más dispuesta a ofrecer resistencia efectiva a la guerra imperial y a la propaganda de guerra. Para curarse en salud suelen afirmar que todo es más complejo, impredecible, de modo que la única opción que nos queda como gente buena que somos es refugiarnos en nuestra buena conciencia. Si nuestros conocimientos y retórica son tergiversados y utilizados para favorecer el apoyo a la guerra será un efecto no querido, un daño colateral por el que no se nos puede responsabilizar.

Lo cierto es que los discursos, los llamamientos y las exigencias del clero humanitarista no tienen la más mínima repercusión sobre los gobiernos occidentales, pero también es cierto que sí afectan a la posibilidad de un movimiento antiimperialista. Quisiera terminar con unas palabras de R. Sánchez Ferlosio sobre la guerra: “Aparte de unos pocos exaltados, todos vemos la guerra con matices pero en momentos decisivos los matices no pueden ser el lastre que nos impida oponernos a la guerra con la contundencia necesaria. Ni debemos dejar que se conviertan en munición en nuestra contra. Es nuestra responsabilidad política” (Sobre la guerra).

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

15 Ene 2012

La Nochevieja antisistema de José Mota y el pueblo que no se enteró...

Escrito por: Cordura el 15 Ene 2012 - URL Permanente

¿Pero es que nadie va a decir nada?

Han pasado ya más de dos semanas, el año nuevo ya es “viejo”, y apenas cabe encontrar reacciones al programa de fin de año de José Mota. Sobre todo, procedentes de entornos sistémicos “sensibles”, pese a que quizás no falten los motivos para su escándalo. Lo hallado apenas se limita a una breve reseña y a una reflexión más extensa que se identifican con el espíritu crítico de Mota pero sin constatar el salto cualitativo de la última edición de su “especial”.

No soy dado a abismarme en el medio televisivo, embrutecedor y engañador donde los haya. Pero en las fechas más típicamente vanideñas, con las obligadas reuniones familiares, me topo con la tele puesta y le presto alguna atención. El talento de Mota –aunque mis gustos en humor español, zafiedad aparte, sean más bien chanantes– también ayuda.

Aquí no busco hacer de él un “líder de opinión” o similar, por más que este hombre admirablemente sencillo tenga gustos asumibles (afirma que su libro favorito es 1984) y no haga ascos a que se asocie su “Tío la Vara” con el movimiento indignado español. Solo intento, desde una plataforma tan modesta como este blog, dar un mínimo realce a su último “especial” para compensar siquiera un poco lo inadvertido que pasó su mensaje.

Se trata de un programa de elaborado guión y factura esmerada. El actor, director y guionista manchego parece haber llegado a su madurez vital y artística. El éxito le ha proporcionado más medios, y el tiempo, más profesionalidad. Junto a ello, no debe dejar de reconocerse la sensibilidad social de un privilegiado que no se limita al humor evasivo (la gran crítica que cabe hacer al chanantismo). Nuestro tiempo, sobre todo nuestro tiempo, necesita humor, pero de alienación ya estamos bastante saturados. No hay más que ver la pasividad general en medio de la planificada destrucción del mundo que conocemos. En medio de una crisis global que, en la época contemporánea, solo tiene parangón con la de los años treinta del siglo XX, a la que sin duda superará con creces.

El contenido crítico del programa de Mota

Lo de esta vez ha ido más allá de las habituales chanzas contra los políticos, viejo y estéril deporte nacional. Mota, como en su día Cruz y Raya –y antes Martes y Trece–, se caracterizó durante mucho tiempo por un humor “blanco”, exento de zafiedad y poco comprometido socialmente. En los últimos años, sobre todo con el comienzo de la crisis, es de agradecer que lo primero se haya preservado mientras se alteraba lo segundo. El cambio, en principio, no parecía más que populismo, una especie de eco en clave simpática del creciente malestar del pueblo.

Espacios como los del “Tío la Vara” ya apuntaban más intencionalidad. Esa especie de supermán castizo y paleto, enemigo de los abusos flagrantes, parecía identificarse con el afán de justicia social. Otros sketches cada vez más ácidamente críticos contra la clase política y la banca confirmaban la capacidad de Mota para conectar con el sentir de la gente. Pero en el caso que nos ocupa, y dejando al margen la base cinematográfica del programa –la película Seven, que no he visto–, hay suficientes detalles como para hablar de un cuestionamiento del Sistema. El exitoso humorista se habría radicalizado casi tanto como los tiempos demandan. Ya no parece limitarse a una solidaridad elemental con el pueblo del que, sin duda, quiere seguir formando parte. Su voz esta vez ha resonado como auténtico grito de protesta.

No ha sido cosa de uno o dos detalles. Prácticamente todo el programa –y desde luego su hilo conductor– ha estado lleno de ellos. La trama central muestra a un “teniente Zapatero” y un “detective Rajoy” plenamente compenetrados. De principio a fin se evidencia el total compadreo PPSOE. El sketch sobre los bancos resulta algo trillado pero necesario. Los cortos sobre la “subsanidad pública” y los recortes en educación, no menos imprescindibles, lo mismo que el “tango del paro” –en el que también la crítica desborda el mero guiño populista– y las dos historietas sobre los contratos basura.

La cosa se pone más seria en el corto del hombre al que se le lleva la grúa de la policía municipal. Ignoro la intención de Mota, pero tras un año en el que se dispararon los abusos policiales, es difícil dejar de agradecer esa breve secuencia. Donde nuestra sospecha alcanza rango de certeza es en la versión coreográfico-estudiantil del añejo “Resistiré”, quizá la parte más conmovedora del programa. Pocas veces se habrá hecho una crítica social tan dura partiendo de una base tan apolítica e individualista como la de ese tema del Dúo Dinámico. Ahí ya resulta indudable la indignación, compartida por Mota, contra el capitalismo salvaje que niega cualquier futuro a la juventud española. No es en absoluto una parodia, ni siquiera una “cita” o “referencia” cómplice, sino toda una identificación: aparecen las pancartas con los eslóganes literales del movimiento 15-M, así como las tiendas de los acampados. La última estrofa dice: «Cuando ya el asunto esté muy feo, / cuando abusen de mi buena fe.../ Cuando se me acabe el desempleo,/ y ya no me dé para comer.../ Me indignaré, me sentiré estafado. Soportaré sus trolas pero no les votaré./ Sé que los sueños pueden más que los mercados. Me indignaré, me indignaré.» El sketch concluye con un inmenso escupitajo sobre “Ángela Merme” (Merkel, quien da una rueda de prensa, por cierto en presencia de periodistas reales y sistémicos).

Volviendo a la trama principal del programa, ahí definitivamente el calado crítico se confirma. Se trata de una sucesión de asesinatos investigados por los susodichos “teniente Zapatero” y “detective Rajoy”. Las víctimas son un concejal recalificador, un banquero, un juez prevaricador, un alcalde despilfarrador y un alto directivo empresarial enchufista. En cada caso, cerca del cadáver aparece un “pecado capital” escrito en letras grandes por el asesino. Al leerlo, ambos investigadores siempre coinciden en que el autor de los crímenes «nos sermonea».

No menos interesante es que el “comisario Bono”, como portavoz policial (y, en el fondo, político) ante la prensa, informe de que en realidad la víctima es siempre la misma persona. Algo que cabe interpretar en el sentido de que todos los poderes (políticos, bancos, jueces, grandes empresas...) forman una sola piña sistémica; un monstruo con muchas caras y unos mismos planes e intereses.

Pero lo más fuerte aún está por llegar. Para empezar, hallado el diario del asesino, el “detective Rajoy” lee algunas frases: «No hay inquietud en el mundo. No somos lo que debíamos ser.» Un evidente lamento por la inacción frente a tanto abuso del Poder. El clímax tiene lugar una vez capturado el asesino. Entonces este pronuncia un discurso de varios minutos, en varias fases, y en un tono que resulta de lo más serio y dramático (como lo delata además la ausencia de risas en off, abundantes en el resto del programa). Con feroz crítica incluida sobre la catadura moral de Zapatero, calificativos como “sucio país” o “cínica sociedad”, y una expresa identificación con el “Tío la Vara”. «Ahora entrará Rajoy –le dice a “Zapatero”– y luego otro de los tuyos, y así sucesivamente...» Severo puyazo contra el régimen y la casta política que lo controla.

¿A quién representaría el “asesino”? Sus crímenes “sermoneros” expresan la ira del pueblo. Su crítica a la resignación general induce a pensar que sería la vanguardia más activa y concienciada del mismo. [Quizá, de nuevo, el 15-M, pues “Zapatero” –en coincidencia con influyentes opinadores que diagnostican tanto como desean el crepúsculo de este movimiento– le dice: «Eres una estrella fugaz, una camiseta de moda, nada más.»] Además, el “asesino” declara que lo que busca es que «estalle el talante», probable referencia a la necesidad de desenmascarar la opresión camuflada bajo las buenas maneras zapateriles.

Que representaría al pueblo quizá lo da a entender también el que “Zapatero” y “Rajoy” le llamen “Juan” (en posible alusión a “Juan Español”), o que “Rajoy” proclame a gritos llenos de pánico que «él tiene el control» (si quisiera, claro...). En su confesión final, el “asesino” se autoacusa de ser víctima de la misma “ansia viva” que mueve a los políticos, y de que en realidad le gustaría vivir como aquellos a los que condena. Un rasgo paradójico pero típicamente español. [Hace escasos días, hablando con un conocido sobre la crisis, le escuché despotricar contra los mercados que la agravan y contra los trucos que emplean al efecto, para acabar diciéndome: “Pero, ¿sabes lo que más me j...?” ¡Que yo no sé hacerlo!”]

Al final “Rajoy”, ya jefe policial, ordena a un subalterno que al preso «no le falte de nada». Frase que despista pero que no debería leerse en el sentido más favorable al pueblo, pues al “asesino” le faltará lo esencial: la libertad. Quizá sea una alusión a que hay que procurar mantenerlo en el estado más plácido –menos rebelde– que sea posible. [Editado el 16.1.12: Una amable lectora, seguramente con razón, me indica aparte que esa frase más bien alude a “Zapatero” (quien se queda hundido al final), lo que reforzaría la idea de complicidad interna de la “casta”).]


¿Por qué nadie ha parecido darse por aludido?

Como puede verse, la carga subversiva del “especial” es más que notoria. Incluso cabe detectar un nada desdeñable apunte crítico acerca del Imperio en el atuendo naranja “guantanamero” que exhibe el “asesino” una vez preso. Eso, aparte de la susodicha escena de Merkel. Ya solo faltarían las guerras de agresión (pues una referencia al Gran Tapado ya hubiera sido “pa' nota”). Y todo ello, en la televisión pública.

Pero (casi) nadie parece haberse conmovido. Un 39,2% de audiencia, y nada. Podemos preguntarnos si el humor y la imagen pública de Mota impiden que se tomen sus críticas en serio. En todo caso, las masas, ocupadas esa noche en el comercio y el bebercio, seguramente tenían la tele puesta pero no reparaban mucho en ella. A lo sumo, en medio del bullicio familiar, algunos notarían que el programa estaba en plan “humor crítico”. Los políticos, banqueros, medios afines y demás ralea es probable que temieran que su reacción “escandalizada” se entendiera como falta de sentido del humor. Quizá por eso callaron. Y, sobre todo, en vista de que el pueblo había callado primero.*

Un pueblo, por lo que se ve, más preocupado en rituales de calendario que en su suerte real e inminente. O que busca conjurarla, siquiera por unas horas, deseando que el “nuevo año” les traiga –cual dios benefactor– la dicha que anhela, y pese a tratarse precisamente de un año que ya en aquella nochevieja se barruntaba más bien siniestro.

Y que es, semanas después, lo único que nos queda mientras no nos decidamos de una vez a alzar nuestras cabezas.

* Una explicación alternativa, estimable pero tal vez rebuscada, me la daba el amigo GG. Iría en la clave de “cuanto peor, mejor”. Al Sistema le interesaría desprestigiar al máximo a su propio establishment porque, a fin de cuentas, busca su demolición controlada.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

04 Jun 2011

Escenas (II): La solución de Caifás (o la “razón patriótica”)

Escrito por: Cordura el 04 Jun 2011 - URL Permanente

[Aunque son unidades independientes, se puede ver aquí la primera “Escena”.]

«¡Sois unos ignorantes! No comprendéis que más vale que un hombre muera por el pueblo,
y no que perezca la nación entera.»

(Caifás)

Cristo ante Caifás


Había resucitado a su amigo. Una vez abierto el sepulcro, le había ordenado: «¡Lázaro, sal de ahí!», a lo que el muerto revivió y obedeció. El hecho estimuló en muchos presentes la fe en el Maestro. La autoridad moral que ya le habían visto exhibir se reforzaba ahora con unas señales que sólo podían proceder del Cielo.

Otros, en cambio, fueron con el cuento a los fariseos, quienes lógicamente se inquietaron. Lo mismo que los «principales sacerdotes» al saberlo. La popularidad de ese rabino sui géneris, el mismo que ya con sólo 12 años se había permitido darles lecciones, amenazaba su poder.

Su poder... el fruto de un afán irrenunciable, pero al que revestían convenientemente ante sus propias conciencias. Sobre todo, bajo un ropaje patriótico.

Formaron concilio para dirimir el caso y se preguntaron qué hacer: «Este hombre está haciendo muchas señales milagrosas. Si lo dejamos, todo el mundo va a creer en él, y habrá alborotos, y los romanos vendrán y destruirán nuestra santa ciudad, y hasta la nación entera».

Perplejos y confusos estaban. No así su jefe máximo, Caifás, el que más tenía que perder. Como sumo sacerdote y probable saduceo –los saduceos no creían en la resurrección–, debía de estar desconcertado por lo de Lázaro. Pero lo que realmente le importaba ahora era mantener el control. Y no parece que le temblara la voz al ofrecer la solución: «¡Sois unos ignorantes! No comprendéis que más vale que un hombre muera por el pueblo, y no que perezca la nación entera.» Sus palabras eran tan implacables como su voluntad, y resultaron convincentes. Así fue como el Sanedrín decidió matar al Maestro.

Pero, ¿acaso no tenía razón? “Razón de estado”, la llaman. Aquel joven predicador, al reclamar conversión y pureza, ¿no estaba promoviendo desórdenes? Su clara defensa de la letra y, sobre todo, el espíritu de la Ley, chocaba con los intereses creados. Y eso, ¿no atentaba contra la estabilidad de la nación, que, aunque sojuzgada por Roma, vivía en paz? Él mismo, después de abogar por el pacifismo radical, había advertido que su mensaje traería profundas discordias.

Semejante perspectiva, se dijeron los miembros del Sanedrín, justificaba acabar con él. Era de facto un antipatriota. Nada nuevo, en realidad. Siglos antes lo había sido el profeta Jeremías, a quien los poderosos de entonces acusaran de desmoralizar a la nación, azuzando al pueblo contra su persona para matarlo. Preservar el orden y la unidad de la patria, su autonomía –aunque limitada–, el Templo y la cultura religiosa nacional, todo eso bien valía eliminar a un simple individuo. Más aún si su actuación pública era fuente de problemas que podían derivar en masivo derramamiento de sangre. La colectividad bien vale una muerte. La nación es ante todo, pues encarna el bien común.


Una solución recurrente

De este modo se convirtió Caifás en el mayor enemigo humano de Cristo. La traición de Judas, que llegó más tarde, encajaría en los planes de aquél. No sin razón los cristianos han podido durante siglos reprobar la conducta del sumo sacerdote, quien ya no pararía hasta ver muerto al Maestro.

Por eso no deja de asombrar que muchos, llamándose seguidores suyos, hayan aplicado o justificado la misma conducta en contextos posteriores. También ellos optaron por la solución de Caifás.

Que Felipe González y los suyos, más o menos abiertamente, invocaran la “razón de estado” para ejecutar y legitimar sus crímenes (caso GAL) resulta abominable. Pero ellos, en general, no se consideraban cristianos, así que no cabe echarles en cara Juan 11: 49-50. Peor es el caso de otros que, diciéndose seguidores del Maestro, han encendido la mecha de la guerra por “salvar a la nación” (alguno de ellos, en su delirio, incluso afirmando expresamente que lo hacía por Cristo). George W. Bush –otro profeso cristiano– inició, no ya una guerra, sino una enloquecida escalada bélico-terrorista amparándose en los intereses de su país.

Barack H. Obama, que también declara adherirse al cristianismo, ha seguido la lógica de su predecesor tanto en las guerras de agresión como cuando, a principios del pasado mes de mayo, segó la vida de varias personas con el pretexto de que una de ellas era Osama Bin Laden. Al perpetrar este último asesinato no olvidó invocar la seguridad de la nación estadounidense, pero además declaró que gracias a ello el mundo se volvía «más seguro». En su degeneración moral, hoy él y los suyos bendicen de hecho el uso de la tortura, todo sea por la defensa de la nación.

Como ellos, muchos otros han disfrazado sus crímenes bajo los argumentos de una noble causa, a menudo patriótica o incluso pacífica. Han envuelto su maldad con una ideología supuestamente justa, pero frente a ellos se alza la sentencia que el valiente Castellio dirigió al terrible Calvino: «Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre.»


Toda una mentalidad

Pero la lógica de la solución de Caifás va más allá. Ni siquiera requiere matar físicamente. Cada vez que se aplastan los derechos de una persona con la excusa del bien común se está recurriendo a ella. Y eso es algo que tiende a ocurrir en cualquier ámbito de poder.

Incluso en las iglesias más “evangélicas” y fetén sucede eso. Alguien observa una deriva corrupta, la denuncia internamente, amenaza el poder establecido (algo que nunca debería existir en la iglesia de Cristo) y automáticamente empieza a ser acusado de sembrar discordia, de poner en peligro la unidad, de “atacar a la iglesia”. Se sacraliza lo institucional machacando a la persona. Y lo hacen los mismos que se saben de memoria parábolas como la de la oveja perdida.

Esto es así porque a su aceptación del evangelio, generalmente poco profunda, se ha superpuesto una ideología engañosa, según la cual es legítimo sacrificar los derechos de una persona si con ello se garantiza el bien colectivo. Falacia que olvida que no puede haber bien colectivo si no son respetadas todas las personas que integran la comunidad. Pisar a una sola, además, abre la puerta a pisar a muchas otras, en el marco de una deriva que es desde el principio totalitaria.

Hace falta que los sedicentes cristianos de uno y otro pelaje arriba citados sepan que la misma excusa empleada por ellos para matar, torturar, marginar... o justificar los homicidios, las torturas y la marginación fue utilizada para asesinar a Cristo. Que están echando mano de la solución de Caifás.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

14 May 2011

Poder, bondad, cine y religión

Escrito por: Cordura el 14 May 2011 - URL Permanente

Preludio: Una tríada totalitaria

1. ¡Apunta! (Fundamento cultural previo)

«Recordemos que podemos hacer estas cosas no sólo por la riqueza o el poder, sino por lo que somos: una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos.»
(Una obamez)

2. ¡Dispara! (Bendición-legitimación mediática)

«¡Ha muerto Bin Laden! ¡Confirmado! ¡Confirmado! Ha muerto Ben Laden. […] ¡Qué hermoso día! ¡Qué gran día para todos! ¡Es la noche más grande de mi carrera! ¡El cerdo está muerto! El salvaje que tanto daño nos ha hecho a todos. Y es un verdadero honor, es para mí un privilegio estar ante esta mesa en este momento.»
(Geraldo Rivera, presentador de la Fox)

3. ¡Domina! (Conclusión totalitaria, con aviso a disidentes)

«Cualquiera que se pregunte si el autor de semejantes crímenes en suelo estadounidense no se merecía acabar como acabó necesita que le examinen la cabeza.»
(Otra obamez)

La clave no está tanto en la demonización en sí del otro como en que ésta conlleva, por contraste implícito, beatificarse uno mismo.


El marco cultural previo

Supongamos que el poderoso y reputado A anuncia que quiere acabar con el no tan poderoso ni reputado B. ¿Qué puede hacer para conseguirlo sin mucho desdoro de su reputación? La respuesta es conocida: demonizarlo primero.

Pero la clave no está tanto en la demonización en sí del otro como en que ésta conlleva, por contraste implícito, beatificarse (ver DRAE 3) uno mismo. Esto es muy útil para, como decíamos, preservar lo esencial de la reputación, pero también porque después de B vendrán C, D y quién sabe cuántos más. Frente a los cuales vendrá bien tener la mejor imagen pública posible.

Naturalmente, como se habrá notado, para beatificarse uno no basta con demonizar a su adversario. Eso sería esperar demasiado de un sobreentendido. Para que éste funcione de manera elocuente el demonizador ha de poseer una mínima reputación previa. La que a su vez nos remite a un marco cultural favorable.

A este respecto, es difícil sobrevalorar la influencia cultural de Occidente en el mundo (p. ej., está en la base de las revueltas árabes en curso, incomprensibles sin ella). Pero, desengañémonos, esa influencia no es sobre todo la de Kierkegaard, Beethoven, Newton o Cervantes. Mucho menos la de Cristo, con ser tan amplia como distorsionada aparece. Sin menospreciar jamás su legado, aquí hablamos sobre todo de la cultura popular y, dentro de ella, de la narrativa. Literatura de best seller, cómics, parte de la música (en especial videoclips) y, sobre todo, cine y televisión. Hollywood, productoras estadounidenses y poco más (por cierto, en el presente año hará un siglo que se abrió el primer estudio cinematográfico hollywoodino).

Al ser humano le encanta que le cuenten historias. Eso lo sabía el Maestro, que a menudo enseñaba mediante parábolas, y también lo supo siempre su Enemigo, quien promueve toda clase de cuentos y patrañas, pero procura hacerlo por medio de las narraciones más seductoras.

Para eso el invento de los hermanos Lumière sería ideal, aunque ellos desperdiciasen el grueso del filón con producciones tan anodinas como La salida de los obreros de la fábrica. Nada extraño, habida cuenta de que consideraban su invento carente de futuro. Georges Méliès demostraría más visión, introduciendo la narrativa, pero entonces se le ocurrió aventurarse en Estados Unidos, donde sería víctima del desaprensivo Thomas Edison... A partir de ese momento el olfato práctico –anglosajón y judío– de esa parte del Atlántico se hizo dueño del invento.

El “cine americano” se basa en un esquema muy simple: narración y maniqueísmo. Se parte tácitamente de que la narrativa es el vehículo de la filosofía popular en ese país, tanto para reflejarla como para instilarla y modelarla. Y ésta, desde los orígenes –y junto a valores muy nobles–, incluía por ejemplo los peores elementos del calvinismo y del postcalvinismo: la férrea dicotomía, supuestamente divina, entre salvos y réprobos (así predestinados “desde antes de la fundación del mundo”); la espuria doctrina del “Destino manifiesto”, según la cual Dios habría encomendado a Estados Unidos una misión supremacista sobre la base de las virtudes de esa república; y la “teología de la prosperidad” a que, en principio de manera embrionaria, la búsqueda de signos de salvación daría lugar.


Vamos a contar mentiras (o el “cine americano”, modelador de la nación)

El Hollywood arquetípico se funda sobre esa base maniquea y, explícita o implícitamente, patriotera. Ya la primera gran película fue El nacimiento de una nación (D. W. Griffith, 1915), por cierto racista. Las producciones típicas de “la fábrica de sueños” oponen al Bien con el Mal, o más precisamente a buenos y malos. Los segundos, rastreros; los primeros, heroicos. El mensaje es que los buenos ganan. Pragmatismo y ética van unidos, se trata de una moral del éxito (por algo la corriente filosófica pragmatista –Peirce, James y Dewey– había surgido precisamente en Norteamérica). En su seno, es fácil deslizarse desde la idea de que “el bien triunfa porque es bueno” a esa otra, más simple, de que “lo que triunfa es bueno”. En otras palabras, una ética muy práctica para los fines del Poder triunfante.

Con estos mimbres, no es raro que la figura del antihéroe nunca haya preponderado en el cine estadounidense (quizá por ello Woody Allen tenga mucho más éxito en Europa que en su país). Rambo, Indiana Jones, Skywalker, Superman, James Bond... son todos ellos, con sus variados matices, con sus más y sus menos, héroes, “buenos”, representantes del “Bien” frente al mal (en los dos últimos, la producción es británica; además, el personaje de Bond es inglés; con todo, ambos están pensados también para el público estadounidense). Aunque claro, entre sus más y sus menos haya siempre fuertes dosis de violencia y hasta ultraviolencia.

Pero es que de eso se trata: una vez que logras identificar de manera convincente al protagonista con “el bueno”, entonces ya da igual lo que haga “el bueno” para que al público se lo siga pareciendo. En la frase anterior hay tres elementos en principio igual de necesarios para la manipulación perseguida: la capacidad narrativa, el protagonismo y la bondad. Sin el primero, requerido siquiera en grado mínimo, la verosimilitud no está garantizada. El segundo es fundamental* porque solemos ver las películas desde la óptica del protagonista, es decir, tendemos a identificarnos con éste. Y el tercero es importante –aunque no tanto como el segundo– porque nos resulta menos incómodo identificarnos con los buenos que con los malos.

Fabricarse una imagen bondadosa es agenciarse impunidad para sus actos. Estos, en sí mismos, podrían parecer absolutamente viles y desalmados, pero realizados por el protagonista son actos necesarios.

Conviene insistir en la frase destacada del párrafo anterior y en la relevancia del segundo elemento. La clave, reiterémoslo, reside en lograr identificar protagonismo con bondad. Pero es preciso comprender que para ello lo esencial no es que el protagonista sea bueno, ni siquiera según los cánones morales imperantes –aunque no esté de más–, sino que el público lo identifique como bueno. Durante décadas, el cine respetó esos cánones –la sociedad era más conservadora– y ajustó a ellos a sus protagonistas. De este modo, el público asoció a éstos con la transmisión de unos valores moralmente positivos. Pero esa asociación se mantuvo, como por inercia, incluso cuando los valores ya no eran tan positivos –siempre bajo el prisma de la moral dominante, que varió pero menos de lo que lo hacía el cine–. Por ejemplo, aunque la violencia nunca fue ajena al cine estadounidense, ni tampoco a muchos de sus beatíficos protagonistas, su presencia se ha ido haciendo mayor en las últimas décadas. Pese a ello las masas no han dejado de identificar a los protagonistas, aunque más violentos, con “los buenos”.

El factor crucial para defender a los protagonistas es, finalmente, más el propio hecho de que son protagonistas que el que sean buenos (es curioso que al rival fílmico del protagonista se le llame “antagonista”, término que tiene connotaciones negativas). Desde la óptica subjetiva del público, por un curioso resorte de la psicología humana, ya sólo su protagonismo los hace defendibles (la visión básicamente secular del mundo, muy extendida hoy, favorece decisivamente la mitificación de simples mortales). Como en virtud de que protagonizan la acción principal nos identificamos con ellos, deseamos que sus esfuerzos lleguen a buen puerto. Así es como el ideal pragmatista –éxito– reemplaza al ético. Lo bueno, desde un punto de vista objetivo, ya no es tanto lo honrado, lo idealista, lo educado... que formasen parte del viejo American way of life, sino lo eficaz, lo que es capaz de salir adelante (de nuevo, los valores capitalistas lo arrasan todo). Pero, para ello, “el bueno” tiene que tener poder, más que sus adversarios (el azar como causa del éxito suele delatar un mal guión). El cine estadounidense se ha ido volviendo, cada vez más, una apología del poder. Reflejo, por supuesto, de la realidad política norteamericana.

Lo básico es que los protagonistas son los buenos (o, simplificando aún más, que la mayoría de los espectadores aceptan pasivamente el protagonismo de aquéllos).

Pues bien, en esa narrativa cinematográfica –que en lo básico es pura propaganda– radican: 1. La esencia de la filosofía popular estadounidense, que explica muchas de sus más relevantes reacciones sociopolíticas. 2. Gran parte del éxito del imperialismo norteamericano.


La Era Neorreligiosa

El cine, y sobre todo el cine estadounidense, nos ha acostumbrado a mirar la secuencia de los hechos desde el ángulo del protagonista, que suele ser además quien lleva el peso de la acción. Y esto vale lo mismo para los hechos de una película que para los hechos reales (políticos, económicos, catástrofes naturales, atentados terroristas...).

Pero es que el mundo entero ha devenido el escenario de una gran película. Con unos protagonistas, los occidentales del “Norte” (sobre todo los estadounidenses). Unos personajes secundarios (China, Rusia, Brasil, India...), que con aquéllos conformarían la “comunidad internacional ”. Y, por supuesto, unos antagonistas o villanos (Irán, Hamás, Corea del Norte, Gadafi, Chávez...). El resto del mundo serían los extras.

Así se entiende que las víctimas del 11-S o del Katrina constituyan cosa de todos, mientras que las de Marruecos, Indonesia, Pakistán, Irak y Afganistán, pero también las de Siria y Sudán, apenas merezcan reseñas en “páginas secundarias”, aunque en muchos casos superen ampliamente a las primeras (la vieja “nación” de Griffith sigue siendo racista). Los medios informativos de masas son los coguionistas, comontadores y correalizadores que, de manera continua –más aún gracias a Internet–, dan cuerpo a la película ajustándose al guión principal y siempre bajo las órdenes del director imperial.

Dado que A –el protagonista principal– quiere acabar con B (y con C, y con D...), lo demoniza sirviéndose de los poderosos medios que controla, los cuales a su vez prácticamente monopolizan la información. Éstos le ayudan a fabricar una imagen bondadosa de sí mismo, aunque ya el mero hecho de ser el protagonista le hace partir con inmensa ventaja. Pero fabricarse esa imagen –sea en sentido ético, sea en sentido pragmático-protagónico o en ambos a la vez– es agenciarse impunidad para sus actos. Estos, en sí mismos, podrían parecer absolutamente viles y desalmados, pero realizados por el protagonista son actos necesarios.

Como en el cine, el meollo del asunto ha sido contraponer el Bien con el Mal. El segundo surge de tomar un ente malo –todos los entes humanos son/somos malos– y agregarle de manera verosímil una serie de rasgos perversos que hagan de él un pariente de Satanás en primer grado. El primero, el Bien, se forja por eliminación (la realidad es simplista-bipolar, de modo que si no perteneces al Mal perteneces al Bien, y viceversa) y se beneficia del carácter protagónico del “bueno”. De este modo, los medios informativos de masas crean una “realidad” alternativa –de base ficticia– que se superpone a la verdadera. Una película, burda, como “buena” peli de Holllywood que en el fondo es –por su esquema–, pero de tanto éxito que todo el mundo la ve y gran parte del público, en lo básico, se la cree. Y lo básico es que los protagonistas son los buenos (o, simplificando aún más, que la mayoría de los espectadores aceptan pasivamente el protagonismo de aquéllos).

Bien y Mal... Naturalmente, se trata de valores moral-religiosos. El cine estadounidense, aunque muy secular a la vez, nunca perdió su impronta religiosa, como tampoco la perdió la inmediata sociedad que lo nutre y a la que manipula. En los tiempos simplificadores que, a nivel global, inauguró el 11-S, el espíritu cinematográfico ha sido un valioso aliado para la implantación de la Era Neorreligiosa. Pero es que la religión, a su vez, es el instrumento más potente para el Poder que aspira a ser absoluto.

Recapitulemos: para dominar, al Poder le conviene pasar por bondadoso (sí, se trata de un disfraz). A nadie extrañará, por tanto, que se autoidentifique con el Sumo Bien, es decir, con Dios (por eso la primera obamez de arriba no olvida deslizar que los éxitos de Estados Unidos se deben a que es una “nación bajo Dios”). Que ponga la religión a su servicio.

Ahora bien, ¿quién ha sido históricamente el mayor especialista mundial en eso? Ciertamente, todos los imperios, de las más diversas culturas, instrumentalizaron la religión en sus más variadas formas. Pero sólo hubo, hay y habrá un poder en el que lo religioso –presentado como lo esencial de su ser– es precisamente la clave de su dominio –que constituye su verdadera vocación–. Un poder diminuto e inmenso a la vez, material y “espiritual”, estado-iglesia e iglesia-estado, con su Gran Líder vestido con el color de la pureza, y en el que lo religioso-moral actúa como fachada-tapadera del más colosal afán de poder jamás conocido entre la especie humana.

El problema del Imperio es que, si bien fuera de Estados Unidos los medios de masas son casi tan seguidistas como dentro, las propias masas no lo son tanto. A fin de cuentas, a pesar de que los líderes europeos (como Aznar en su momento) sean grandes patriotas... de “la nación americana”, resulta obvio que ese país no es el de los habitantes de Europa. Por este motivo, la identificación patriótica –uno de los elementos básicos– nunca podrá funcionar igual de bien. Y por eso, a pesar de la domesticación de los medios, seguiremos viendo, en especial fuera de Estados Unidos, brotes significativos de disidencia que no se creen la película ni se dejan engañar por sus “efectos especiales”.

¿Cómo acabar con ellos? Hace falta recurrir a un poder bondadoso que no se manche la manos de sangre cada dos por tres. Alguien que, ya desde hace siglos, supo dejar el trabajo sucio a los poderes habituales para centrarse en el puro cálculo de sus intereses. Naturalmente, hablamos otra vez del Gran Líder que en sus viajes y recepciones a las muchedumbres aparece vestido de blanco. Encabeza una institución no exenta de crímenes, pero a él se le suele dejar al margen de ellos. Además, ¿quién como él –mucho más que Obama, desde luego– tiene, mediáticamente, una asociación tan estrecha con Dios, a quien dice representar e incluso encarnar?

Se da la circunstancia, por otra parte, de que ese Gran Líder es un firme aliado del Imperio. Y, lo que no es menos interesante, tiene su sede en la vieja Europa, cuyas “raíces cristianas” no renuncia a ver proclamadas.

El “cine americano” se ha demostrado muy poderoso, aunque ya hemos visto sus limitaciones. Pero la otra rueda del Eje está preparada para cubrirlas. Con su acrisolada sabiduría para sobrevivir y medrar, derrotando una y otra vez a los “aficionados al cine europeo” (ejemplo reciente).

Si la bondad –en un mundo caracterizado por el mal– se concentra en una sola autoridad mundial y además eso ocurre en un tiempo global, entonces esa autoridad llegará a controlar todo el poder, gracias a su perfecto disfraz. Pues bien, en ésas estamos...

* La saga de El Padrino, monumental actualización del cine de Griffith desde una óptica italoamericana, es quizá el paradigma fílmico en que los protagonistas acaban siendo “los nuestros”, incluso “los buenos”, pese a ser unos completos mafiosos (eso sí, triunfadores). Sin duda a eso ayuda que las otras “familias” parecen incluso peores, y que apenas hay contrapuntos honrados (la excepción quizá sea la esposa anglosajona de Michael Corleone, interpretada por Diane Keaton). Pero supone un ejemplo crucial de cómo protagonismo (i.e., acción principal) más triunfo puede confundirse fácilmente con bondad. No menos interesante es constatar que la trilogía, sobre todo su segunda parte, incluye un canto a “la nación americana”.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

28 Abr 2011

Capitalismo (IV): La farsa del 'júrgol' español

Escrito por: Cordura el 28 Abr 2011 - URL Permanente

En el momento de redactar estas líneas, un rápido vistazo a la clasificación de la Liga muestra que el cuarto clasificado está 31 puntos por debajo del primero y otros 31 puntos por encima del último (¡el vigésimo!). El conjunto de la tabla ofrece un aspecto que, en forma de curva, tendría un cierto aire exponencial.

Los dos primeros clasificados llevan casi toda la temporada ampliamente distanciados del resto (a falta de cinco partidos –quince puntos en juego– sólo uno de ellos puede ganar el torneo). Ocurrió algo muy similar en la edición anterior. Son los mismos que se han repartido todas las ligas de los últimos seis años. Y veintidós de las últimas veintiséis.

Pero este artículo no tiene intención de glorificar a “los dos grandes”. Ya bastante idolatría reciben a diario por todas partes sus jugadores y entrenadores.

Uno de ellos, el actual líder y probable campeón en unas semanas, tiene un presupuesto para esta temporada de 420.000.000 de euros. El segundo, de 415.000.000. El del tercero no llega a la tercera parte. El del cuarto no alcanza la sexta. Y el presupuesto del quinto, el club canterano por excelencia, no es ni siete veces menos que el del más rico. (Capítulo aparte son las deudas acumuladas... y cómo se enjugan –¿enjuagan?–, si es el caso).

Para hacernos una idea, el presupuesto para 2011 del Ayuntamiento de Toledo, monumental ciudad de más de ochenta mil habitantes, apenas rebasa los 92.000.000 de euros. Poco más de la quinta parte de los fondos para gastos del club más rico. Cosas del júrgol, que seguramente desata más pasiones que las prestaciones sociales de los toledanos.


¿Identidad traicionada, o simplemente cambiada?

El júrgol español está en vanguardia del planeta. Los éxitos de “la selección” (¿también del país?) seguramente acreditan, para muchos, nuestro modelo jurgolero. La ultracompetitividad entre los jugadores de las más variadas procedencias que pueblan la Liga hispana –que no entre los equipos, pues ahí ya hemos visto que reina una especie de duopolio– habría permitido elevar la calidad media. En virtud de ello se habrían disparado las victorias de los equipos “nacionales” tanto a nivel de clubes como de selección. Motivo de orgullo para infinidad de compatriotas.

Como lo es para las aficiones de los “grandes” que sus equipos lo sean. Lo que menos importa, actualmente, es que gran parte de las estrellas sean foráneas. Los clubes de fútbol nacieron –muchos de ellos hace más de un siglo– para representar deportivamente a las ciudades y a sus aficiones correspondientes. El componente étnico-identitario no era un elemento menor. Y, lógicamente, se veía tanto más satisfecho cuantos más y mejores fueran los jugadores locales. Aunque no pocos clubes españoles tuvieran un origen extranjero –reflejado en su plantilla durante los primeros años–, el ideal de identificación afectiva era ver a futbolistas autóctonos o formados en la localidad sede del equipo.

La imparable profesionalización del fútbol, que tornose júrgol, dejaría en segundo plano las expectativas populares por ver qué ciudad o región daba los mejores equipos y jugadores. En parte debido a ello, los segundos –o más bien las estrellas– adquirían un creciente relieve a costa de los primeros. La masiva cultura del espectáculo tenía mucho que ver con todo esto. Ciertamente, los equipos siguieron constituyendo el referente esencial (el júrgol, como en su día el fútbol, continúa siendo un deporte colectivo). Pero la calidad individual, siempre apreciada, llegó a convertirse en un factor de identificación capaz de rivalizar con los “colores” del equipo. La creciente competitividad provocó que la faceta admirativa (al ser humano le encanta admirar y quedarse admirado) fuese reemplazando a la afectiva.

O quizá sería más correcto decir que fue modelando a esta última. Se siguen amando, incluso fanáticamente, los “colores”, pero ya no tanto porque los portan jugadores de la misma tierra como, simplemente, porque son “los nuestros”. Por supuesto, gracias a los Messi, CR y compañía. Lo identitario se ha virtualizado, intangibilizado, desbordándose lo puramente simbólico –siempre parte esencial de la identidad– hasta llegar a suplir la progresiva pérdida de lo simbolizado (lo autóctono realmente tangible). Hoy el significante –’azulgrana’, ‘blanco’, ‘Dépor’, etc.– posee un significado que poco tiene que ver con el de antaño –con la conocida excepción–. El aficionado se ha vuelto cada vez menos exigente respecto a lo étnico-afectivo con tal de que “su” equipo gane. Ha girado sus afectos, virtualizándolos y abstractizándolos también, hacia lo más puramente pragmático. Eso sí, escudándose de paso en la belleza futbolística que las estrellas suelen proporcionar, aunque lo fundamental sea que ganen (la “calidad” es sobre todo eficacia).

Pero otro germen del giro que nos ocupa se halla en la habitual concepción –tan tribal en su origen– de “lo nuestro” como “lo mejor”. El afán de ensalzar lo primero (“Somos los mejores”) lleva, sobre todo si el marco cultural es cada vez más pragmatista, a subordinarlo en cierto sentido a la calidad. Si es preciso, a traicionarlo por ella. Pero, a la vez (a nadie le gusta sentirse un traidor), a confundir a uno con la otra, culminando así la engañosa materialización (más bien, materialistización) de los sueños. No es raro que “los dos grandes” tengan hinchas en todas partes, no sólo en sus respectivas ciudades (también, por cierto, entre muchísimos no españoles). O que todo el mundo esté deseando ver, una y otra vez, el mismo partido (p. ej., cuatro veces en dieciocho días). Al final no importa que, frente a nuestro espejismo inicial, “los nuestros” no sean “los mejores”, pues podemos hacer que “los mejores” sean “los nuestros”. (¿Infidelidad? Puede, pero, ¿cuántos no dejarían, si pudieran, a su mujer por otra más “atractiva”? Cosas del género humano...).


Valores capitalistas

El proceso descrito no es desdeñable, sobre todo si se recuerda que el júrgol arrasa y tiene aficionados por millones y millones. Los cuales, en su gran mayoría, se han ido enajenando de su identidad telúrico-social más íntima para trocarla por una poco más que virtual. Bien mirado, semejante alienación no es muy diferente de la que Marx veía en el trabajador respecto a su propio trabajo y al producto del mismo. Implica, en cualquier caso, un (auto)despojo de rasgos personales.

Así, los valores puramente capitalistas acabaron arrollando a los deportivos. Sobre la base, es cierto, de un elemento común a ambas esferas: la dura competencia, el darwinismo social (fuerza, astucia... y otros rasgos “humanos, demasiado humanos”). El “olimpismo” (citius, altius, fortius), tan deportivo en el mejor sentido de la palabra (fair play), llevaba en su seno lo que acabaría matándolo: la competitividad. Ésta no se limita a la autosuperación personal. Busca derrotar a los demás.

Y así el fichaje desplazó a la cantera, los resultados a “lo importante es participar”, el enfrentamiento al sentido de camaradería, el juego de casino (¡cómo proliferan, gracias a Internet, todo tipo de apuestas jurgoleras, dejando ya obsoletas a las “entrañables” quinielas!) al juego deportivo, la ludopatía a lo puramente lúdico-recreativo. Todo un triunfo de los valores más materialistas.

El afán por vencer desemboca inexorablemente en querer ganar a toda costa, ganar por ganar (de paso, mucho dinero): fingir penaltis, meter goles con la mano sin que se note, dar primas a terceros, doparse... y otras picardías múltiples (¿con la consiguiente “españolización” del mundo? Recuérdese la gran tradición picaresca de nuestro país... ¿Tendrán que ver con ello los éxitos deportivos hispanos, ahora que lo deportivo se ha rendido al [casi] “todo vale”?). Sin olvidar la violencia sobre el terreno de juego (continuas faltas, lesiones).

Los equipos se hacen como trajes a medida... de la victoria. Se forjan, con tal fin, “a golpe de talonario”. De asociaciones cooperativas (que trabajaban en equipo), se han convertido en plantillas de auténticas compañías económico-financieras. De emblemas sociales, en marcas empresariales.


Una competición adulterada

Todo lo cual contribuye a la adulteración de la competición (pero ésta, en cuanto tal, estaba de algún modo abocada a ello, insistimos). Los engaños a los árbitros lógicamente facilitan los errores de éstos. Y que los clubes sean firmas lúdico-comerciales con unas cuotas de mercado tan diferentes entre sí –la competencia empresarial es previa a la lucha sobre el terreno de juego– difícilmente favorecerá jamás torneos equitativos. Sí, hoy el fútbol ha dejado paso al júrgol, que es ultracompetitividad “deportiva”... más dinero, con clubes “sociedades anónimas”, comprados por magnates y que cotizan en bolsa.

Por cierto, les dejo con los resultados de la última jornada:

Calderilla, 1 Real Caja Fuerte, 3
Tío Gilito Balompié, 7 Pocos Cuartos, 0
Cuenta Remunerada, 2 Fieles a las Esencias, 1
Rácing Pobrecitos, 0 Supertalonario FC, 10
Rascándose el Bolsillo CF, 1 CD Sin Blanca, 1
Justitos Deportivo, 2 Millonetis, 3
.................................................................................
.................................................................................
.................................................................................

La clasificación, más o menos, se la pueden ustedes imaginar.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

20 Abr 2011

La procesión fallida: ¿Cristianos contra ateos?

Escrito por: Cordura el 20 Abr 2011 - URL Permanente

A los ateos, católicos romanos y cristianos que siguen su conciencia y anhelan progresar moralmente.




«El que no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.»
(1 Juan 4: 8)


Respetables grupos ateístas convocaron una “procesión atea” –así la llamaron ellos mismos– para este Jueves “Santo” en Madrid. En una entrevista promocional, uno de sus portavoces –el de Ateos en Lucha– habló de “castigar a la conciencia católica” y de “hacer daño”, además de recordar en tono elogioso la quema de una iglesia durante la República. Hiriendo así gratuitamente a infinidad de católicos sencillos. O sea, que si estuviera pagado por sus adversarios, difícilmente podría haberse expresado mejor.

Automáticamente se puso en marcha la maquinaria mediático-social del no menos respetable, pero sobre todo temible, entramado papista. Con su olfato acostumbrado al victimismo, se olieron enseguida la carnaza y corrieron a hincarle el diente. Es fácil imaginar a los obispos, en un segundo plano, dejando hacer complacidos a sus “hazteoíres” y compañía.

La contracampaña funcionó de maravilla, el gobierno prohibió la “procesión” y, en la víspera del Jueves “Santo”, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM) ratificó la prohibición. Los cristianistas ganaban la batalla por abrumadora goleada (o por incomparecencia –forzosa– del adversario).


Ateístas y cristianistas

Seguidamente apuntamos una serie de reflexiones sobre el conflicto que esperamos sean de alguna utilidad:

1. A poco que entendamos de dignidad humana, estaremos de acuerdo en que el derecho a no creer en la existencia de Dios es tan inalienable como el derecho a dudar de ella o a afirmarla. Lo mismo vale a la hora de expresar esas posturas. Esto incluye el derecho a manifestarse.

2. Las once razones aducidas por la delegada del gobierno para prohibir la “procesión” son desde relativamente discutibles (así, las relativas a la denominación de los pasos de la marcha, o a los carteles y declaraciones de los organizadores) hasta completamente peregrinas (como la gran afluencia de público esos días, con la necesidad de proteger la imagen turística de Madrid; o que la “procesión” fuera a discurrir por un enclave de alto valor histórico-artístico), pasando por alguna realmente indignante (que el día elegido fuera Jueves “Santo”). No es raro que entre los jueces del TSJM se escuchara un voto particular contrario a la resolución por basarse ésta en «meras conjeturas o hipótesis y no en hechos ciertos y objetivos».

3. Ya el recurso a tantas “razones” (¡once!) puede ser indicio de que ninguna les parece lo bastante sólida ni a sus proponentes. En vista de ello, pero sobre todo de los derechos implicados en esta historia, podríamos hallarnos ante un peligroso precedente –uno más, en realidad– en el camino a la neoconfesionalización del estado. Invocando, en el fondo, razones de índole confesional y/o cultural-identitaria (es lo que han hecho el gobierno “laicista” y el TSJM), se estaría relegando a los ateístas a la condición de ciudadanos de segunda categoría. Gravísimo.

4. En cuanto a estos últimos, en gran medida su actitud –agresivamente dogmática– no parece más que una réplica “negativa” de lo que dicen criticar. ¿Dónde está su discurso propio? Difícilmente darán imagen de tener alguno si, aunque sea con la excusa de la parodia, imitan burdamente a los otros, según lo delata el que llamen “procesión” a su protesta, o que previeran la inclusión de “pasos” en ella (es como cuando, en esos mismos entornos o aledaños, hablan de “bautizos civiles” y similares, evocando los rasgos más vacuos pero a la vez sectarios de la Revolución Francesa). Quizá con razón el agnóstico Ernesto Sabato, en su ensayo Heterodoxia, definía el ateísmo como una «secta religiosa».

5. Peor aún: como buenos progres que no saben con quién “se juegan los cuartos”, estimulan la pose victimista de quienes la usan mejor que nadie para seguir acumulando poder. Sorprende que quienes no son del todo ajenos al fenómeno neorreligioso de nuestros días –pues advierten contra la “reconquista” católica en curso– provoquen con una torpeza tan clamorosa a sus peores adversarios, que además están deseando ser provocados. Resulta particularmente pasmoso que sigan mezclando su discurso laicista, tan necesario, con inoportunas condenas generales de la religión (en particular la cristiana). Y que lo hagan en contextos donde ya se sabe quién ha buscado siempre acaparar el hecho religioso. Semejante proceder de los ateístas sólo puede complacer a esa entidad monopolista. A cuyas creencias blasfemas, para mayor gozo de la misma, reducen neciamente el cristianismo. Si fueran lacayos del Gran Tapado, ciertamente no le rendirían favores más valiosos. Tales actitudes reflejan que no es el análisis sosegado el motor de su programa; lo es más bien el típico resentimiento que adormece el espíritu crítico.

6. No ocurre así en el bando cristianista. La virulencia que manifiestan sus fuerzas de choque, por muchos fanáticos que las compongan, es la punta del iceberg de una estrategia cuidadosamente medida desde instancias mucho más frías y calmosas. Capaces de generar un proceso dialéctico que pone a sus adversarios, por lo general tan superficiales, plenamente a su servicio (en realidad, son seguramente los “provocadores” ateístas los realmente provocados).

7. De este modo se entiende mejor que los grandes violentadores históricos de la convivencia en España se permitan, a la menor “provocación”, rasgarse las vestiduras para arrinconar todavía más a quienes protestan –de manera harto estúpida– contra su sempiterna vocación liberticida. Y que vuelvan a ser ellos quienes copen las calles con sus procesiones idolátricas y, por tanto, profundamente anticristianas (argumento éste que nunca se les ocurrirá utilizar –su desprecio por la religión les impide captar estos matices– a los sufridos ateístas derrotados de antemano).

Resumiendo, lo ocurrido con la efímera convocatoria de la “procesión atea” confirma al menos tres cosas: 1. El tremendo poder y calado social de una institución privada acostumbrada a adueñarse de lo público. 2. La casi completa subordinación de este gobierno “laicista” (!) a las directrices de aquélla. 3. La impericia característica y seguramente incorregible de muchos ateístas a la hora de ejercer su derecho a la legítima denuncia.

La alternativa cristiana

Y a todo esto, ¿qué dicen los cristianos? Ojo, no los confundamos con los cristianistas. Éstos, en la práctica, mancillan las enseñanzas de Cristo. Para éste la firmeza no era incompatible con la mansedumbre. Él no buscaba imponerse sobre el otro, sino atraerlo mediante el ejemplo de amor. Puede que los cristianistas, en la práctica, no sean menos ateos que los ateístas: su falta de amor, como advirtiera el apóstol Juan, revela que no han conocido a Dios (ver cita del comienzo). Pero quizás todavía estén a tiempo.

Una respuesta cristiana a críticos aparentemente tan duros pasaría por preguntarse qué estamos haciendo mal los creyentes y cuáles son las razones objetivas del rechazo que encontramos en aquéllos. No hay nada más cristiano que la autocrítica (o disposición al arrepentimiento). Ni existe un desafío mayor, y a la vez más necesario, entre quienes se llaman seguidores de Jesús que el de mostrar amor incluso a sus enemigos, estando «siempre dispuestos a responder con amabilidad y respeto a cualquiera que os pida razón de la esperanza que albergáis en vuestro corazón» (1 Pedro 3: 15).

Cuando un ateísta arremete contra nuestra religión nos está ofreciendo una oportunidad preciosa de darle testimonio de Cristo. Si la desperdiciamos y, aún peor, la convertimos en ocasión para machacarle, demostramos que no hemos conocido a Dios. Y que puede haber actitudes peores que las propias del ateísmo activo.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

09 Abr 2011

El infierno frente al Dios-Amor

Escrito por: Cordura el 09 Abr 2011 - URL Permanente

«Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor; por mí se va hacia la raza condenada [...]. ¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!»
(Dante, La divina comedia, Canto III)

«Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor, y el que permanece en amor permanece en Dios y Dios en él.»
(1 Juan 4: 16)

El mundo evangélico anglosajón anda algo revuelto a cuenta del último libro de Rob Bell, un predicador de aires juveniles y mensaje renovador. La obra lleva por título Love Wins (El amor triunfa) y quizá la principal razón de la polémica sea su cuestionamiento del infierno, lo que para muchos le convertiría en sospechoso de universalismo (la creencia en que finalmente todos gozarán de la salvación eterna). Acosado por profesos cristianos conservadores –quizá en especial los de tendencia más calvinista–, parece que Bell, en declaraciones posteriores, se ha sentido obligado a efectuar un aparente retroceso en dicho cuestionamiento.

Esto es tremendo. A casi dos mil años de la mayor manifestación del Dios-Amor, todavía (?) defender a éste –de eso se trata en el fondo– puede acarrear críticas e imputaciones de herejía. Aunque lo más sorprendente (?) es que eso ocurra en el seno de la propia cristiandad... ¿Le llegarán a amenazar con el infierno que le acusan de negar? De momento, jugando con su nombre, le imputan haberlo “robado” (Robbed Hell).

Pero no son los problemas de Bell lo que más nos preocupa aquí, sino el propio asunto del “fuego eterno”. Una doctrina de éxito multisecular, aun cuando no podamos dejar de preguntarnos en qué cabeza puede caber algo así...


Una aberración dantesca

Lo cierto es que cupo hasta en las mejores cabezas. Desde la de Dante hasta la de John Wesley pasando por las de Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Martín Lutero y Juan Calvino.

«¡Ay de vosotras, almas perversas! No esperéis ver nunca el Cielo. Vengo para conduciros a la otra orilla, donde reinan eternas tinieblas, en medio del calor y del frío.»
(Carón [Caronte] en La divina comedia, Canto III)

El infierno dantesco, como toda la obra maestra de Alighieri, es reflejo del sentir del Medievo. Conjugaba tanto la teología prevaleciente como las creencias populares al respecto. Conociendo sus detalles y su omnipresente amenaza durante aquellos siglos, es difícil soslayar su función de control social. Terror al servicio del Poder en una sociedad siempre bajo el yugo –más o menos asfixiante según los momentos– de la Iglesia Católica Romana. Factor que, sin duda, contribuye a explicar el éxito de una enseñanza tan ajena, incluso opuesta, al espíritu bíblico.

Pero, como queda dicho, incluso a los Reformadores –que dejaron su Reforma a medias– les costó superar ese estremecedor legado medieval. Calvino aseguraba que «es inevitable que la conciencia, si mira hacia Dios, o bien consiga una paz segurísima con el juicio de Dios, o de otra manera, que se vea cercada por el terror del infierno» (Institución de la religión cristiana, L. III, c. XIII, §3). Parecía ser, con todo, reacio a hablar del asunto, al menos en detalle. Quizá la sola idea le espantaba, como traslucen estas otras palabras suyas: «¡Qué horrible castigo ser de esta manera atormentados para siempre sin remedio posible!» (L. III, c. XXV, §12). Con todo, sería justamente el reformador franco-ginebrino quien le diese al infierno una dimensión, si cabe (?), aún más siniestra. Fue a través de su doctrina de la predestinación: «Dios ha designado de una vez para siempre en su eterno e inmutable consejo a aquellos que quiere que se salven, y también a aquellos que quiere que se condenen.» Pero aun entonces no pudo ocultar por completo el terrible absurdo implicado, al añadir poco después «que esto se hace por su secreto e incomprensible juicio, el cual, sin embargo, es justo e irreprochable» (L. III, c. XXI, Resumen). Así fue como, en el tema que nos ocupa, un adversario de la barbarie romanista –la cual, de hecho, en otros aspectos redujo–, agregó horror al horror y además hasta un extremo (casi) inconcebiblemente implacable.

De este modo, si Roma aportó la enseñanza de que Dios era capaz de hacer sufrir eternamente a (supuestos) mortales, la Reforma, al menos una de sus ramas, rizó el rizo atribuyéndole a Dios la creación de innumerables seres humanos con destino a ese tormento perpetuo.

Pero un terror tan extremo, ¿es compatible con el Dios-Amor? Somos conscientes de que éste usa el temor, pero lo hace siempre al servicio del amor y de la vida plena (2 Corintios 7: 15 ; 1 Juan 4: 18).

Creer en el Dios del infierno... ¿qué valor le da a la vida humana? Con la excusa de evitar las eternas torturas, se instauró la Inquisición con las suyas. Semejante mentalidad, supuestamente salvífica, no es raro que ayudase a legitimar las Cruzadas papistas, que a menudo atraían a culposos penitentes. La pena de muerte, no menos arraigada durante siglos en países de tradición protestante, resulta una nimiedad frente a la perspectiva infernal, aunque a la vez puede evocar la crudeza de creer en ésta. Cabe incluso preguntarse si una sociedad, como la estadounidense, no deberá en parte su tolerancia ante la tortura (p. ej., el waterboarding guantanamero) a sus elevados índices de fe en el infierno.

Quien está dispuesto a seguir a un Dios eternamente condenador, ¿tendrá la misma sensibilidad a la hora de respetar la vida humana que quienes aborrecen a ese monstruo? Si además se le atribuye la elección eterna de los así condenados, ¿no verá abonado el terreno un corazón aún más pétreo, insensible y, llegado el caso, cruel? Se dirá que justamente el respeto a la vida humana es una condición para evitar el infierno. Cierto, pero existen coartadas como las (llamadas) “guerra justa” y “violencia legítima”. Que podrán tener requisitos tanto más laxos cuanta menos repugnancia provoquen castigos infinitamente mayores, como el que nos ocupa. ¿Cabe compararse con éste el más atroz terrorismo, la guerra más brutalmente exterminadora? ¿Hubo jamás un genocida que haya cometido un infinitésimo de lo que se perpetrará en ese infierno que, además, suele anunciarse muy poblado?

El propio Diablo, motor originario y tenaz tentador de todos los males (ver Génesis 3; Apocalipsis 12: 9), ¿podría merecer un castigo como ése?

El defensor consciente, no digamos acérrimo, de una creencia así, ¿no será más proclive a la persecución, al odio, al desprecio de la vida terrenal? La historia parece confirmarlo. Y el presente quizá también (ver 1 y 2).


Dios contra el infierno

«Mas si alguno muere en pecado mortal sin penitencia, sin género de duda es perpetuamente atormentado por los ardores del infierno eterno.»
(Primer Concilio de Lyon, 1245)

La contraargumentación es vieja. Sabemos que el Dios bíblico es Amor. Y en su propia Palabra leemos en qué consiste serlo: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3: 16; destacados añadidos).

Sobre esa base, repugna a la razón –¡y a la razón convertida!– una tortura eterna a cambio de unas decisiones erróneas, por muchas y contumaces que hayan sido. Tomadas a lo largo de una vida que –al menos hoy– raramente pasa de las ocho o nueve décadas.

La infernal aberración suele derivar de una creencia espuria: la inmortalidad del alma, infiltración pagana en el judeocristianismo (pero no en las Escrituras). Que, pese a lo que muchos piensan, carece de base bíblica (ver Eclesiastés 9: 5-6; Salmo 146: 4; Malaquías 4: 1; etc.). Y que se pretende justificar sobre algunos textos que, en realidad, hablan de otras cosas (como la parábola del rico y Lázaro).

Algo similar ocurre con la doctrina del “fuego eterno”, que en la Biblia tiene el sentido de un fuego que no se extingue sin haber cumplido su misión. De ahí que se aplique ese término a Sodoma y Gomorra, que obviamente hace mucho que dejaron de arder (Judas 7). Téngase en cuenta, además, el anuncio de que los réprobos serán plenamente exterminados, incluidos el Diablo y sus ángeles (ver Malaquías 4: 1-3; Apocalipsis 20: 10-15; cf. Apoc. 21: 1-4).

Tanto por textos como éstos cuanto por la concepción antropológica bíblica, no es raro que gran parte de los mejores teólogos contemporáneos nieguen o cuestionen el carácter bíblico de la creencia en la inmortalidad del alma. Es el caso de Emil Brunner, William Barclay, Oscar Cullmann, John Wenham, John Stott... e incluso de un tal Joseph Ratzinger (aunque éste luego, de manera que resulta harto cínica, la recomiende pese a todo; ver también).

La doctrina del infierno ha sido históricamente una verdadera fábrica de ateos en serie. Y si muchos cristianos se han mantenido en la senda de su Salvador a pesar de creer en ella, seguramente ha sido a base de no explayar la mente en la misma, pues unos pocos minutos de meditación bastarían para aborrecerla.

Y para comprender que frente a un Dios capaz de disponer algo así hasta el mismísimo Satanás sería una buena persona.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

24 Dic 2010

La valentía de Dios

Escrito por: Cordura el 24 Dic 2010 - URL Permanente

Nadie le dará importancia, pero yo siempre recordaré aquel día en que el abuelo se jugó el tipo para rescatarme un balón que, de un patadón mío, había ido a parar a una alberca repleta de agua cuyo muro externo era mucho más alto que yo. Se encaramó sobre él, con su vértigo y sin saber nadar, y caña en ristre fue avanzando por el borde hasta tocar el balón y atraerlo hacia sí.

«Siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos.»
(Filipenses 2: 6-7)

Ha caído el invierno a plomo. Tú eres poderoso y moras en una alta Torre de Cristal. Desde ella puedes contemplar la Ciudad, penetrar sin moverte en sus más recónditos rincones. Cálidamente arrellanado en tu mullido sillón, saboreando un néctar delicioso, captas sonrisas y lágrimas, lágrimas, lágrimas. Ves la mirada herida, el gesto de odio, la mueca de rabia que precede al golpe, el aire resentido que exhalan tantos corazones, a los que duermen en la calle y no siempre despiertan al llegar el día, el afán de poder, la enfermedad afanada en sus metódicos estragos, el gozo fingido –o buscado mediante el goce– que no logra matar la tristeza.

¡Quién fuera capaz de mostrarles que se puede vivir de otra manera!

Otro sorbito de néctar, y cuando también tu corazón anuncia lágrimas, te das la vuelta en el sillón giratorio porque no lo aguantas más...

Él sí fue valiente

Humanarse fue todo un experimento. Lo fue incluso para Dios. Pero fue mucho más que eso. Una aventura cruel como ninguna, aunque libremente escogida. Lejos de conformarse a un papel aristotélico, bajó de su alta torre para vérselas con nuestra desgracia.

Estábamos llorando, enfermando, matándonos... ¿Nos iba a dejar así? Bueno, él se hallaba tan ricamente allí “arriba”. Y él era el Creador. Nunca había sido criatura. El Eterno desconocía la finitud. El Omnisapiente ignoraba en sus carnes la estrechez de la cárcel. Del pozo de la miseria. Del zulo del pecado. El impulso egoísta, la violencia, el rencor, la saña no formaban parte de su ambiente. La debilidad era ajena a su hábitat perfecto.

Pero algo en él le impelió a bajar. A reconocer nuestros derechos. A hacerse uno de nosotros. A cargar con nuestras miserias, no sólo alícuotamente –en la parte individual que le correspondía–. Llevaría también sobre sí todos los demás gemidos. No quedaría una angustia ni un crimen que no estuviera dispuesto a soportar sobre su cabeza.

Y a morir asesinado tras una agonía de torturas. Sobre todo, las infligidas por la distancia. La distancia entre él y los hombres, que no comprendían nada (ni siquiera sus perplejos discípulos). La distancia entre él y su Padre, que le dejó perecer para ofrecernos la vida, pues también el Padre era consciente de nuestros derechos.

Sabemos en qué consiste ese “algo” que le impelió a bajar (ver 1 Juan 4: 8). Pero hay aspectos de esa decisión que a veces se nos escapan, y que magnifican aún más (¡¿es posible?!) tal motivación. Él sabía que se hacía criatura, que viviría como hombre, sufriría como hombre, moriría como hombre. Que era como hombre como tendría que afrontar su existencia aquí. ¿A cuántos de nosotros nos atraería esa perspectiva?

El valor de ese valor

Sabía además que nunca había experimentado la humanidad en sí mismo. Lo íntimamente ignoto pero sin duda horrible era su destino inmediato cuando se aprestó a bajar. Y, por si fuera poco, sabía que sería hombre pero seguiría siendo Dios en el intento (Juan 8: 58). De modo latente, es cierto, pero a mano. Ello supondría su mayor tentación... Echar mano de la omnipotencia para dejar de sufrir. Cuestión de pulsar un “botón”... y ya está: sus enemigos, fulminados. Un botón tentador sobre todo en la experiencia de la cruz, que seguramente empieza en Getsemaní, «abrumado de tristeza hasta el punto de morir» (Mateo 26: 38).

«El acontecimiento de la cruz es primariamente algo que tiene lugar en Dios», nos dice Jürgen Moltmann. Pero fue un hombre quien lo arrostró, con todo el temor, el pavor, que lógicamente debía de inspirarle. Una cruz inexorable (ver Hechos 4: 27-28; cf. 3: 18) porque, eso sí, Dios ya conocía las derivas del corazón humano. Los clavos del madero desgarrarían el alma del Padre tanto como el cuerpo del Hijo.

Contaba con eso, sí, con todo eso. Y no obstante, bajó.

Eso es Navidad...

Y lo es también saber que el Padre, pese a las apariencias, no lo abandonó. Lo volvió a la vida al tercer día para que no estemos tristes. Para vindicar nuestros derechos pero ayudándonos a comprender que, aun con ellos, la Navidad es el regalo ilimitado de la gracia infinita. Un regalo que todos los años –¡todos los días!– nos empeñamos en despreciar y adulterar, acotándolo a unas fechas, ¡incluso comprándolo! Pero que sigue siendo gratis.

Feliz Navidad siempre.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

21 Ago 2010

Toros (II): Las razones de Fernando Savater

Escrito por: Cordura el 21 Ago 2010 - URL Permanente

En su momento estimamos valioso abrir una serie inspirada por la abolición de la “fiesta nacional” en Cataluña. El asunto va más allá de las aberraciones practicadas sobre unos animales (no sólo los toros) para adentrarse en toda una idiosincrasia colectiva y en la inicua naturaleza de esa bestia llamada “ser humano”. Ofrecemos a continuación la segunda parte de la serie que, previsiblemente, todavía contará con alguna nueva entrega.

«Depuis le temps que je patiente dans cette chambre noire
J'entend qu'on s'amuse et qu'on chante au bout du couloir
Quelqu'un a touché le verrou [...]
Je vais bien finir par l'avoir cette danseuse ridicule...»
(Francis Cabrel “La corrida”)


La polémica en torno a la tauromaquia vuelve a mostrarnos lo improbable que es el imperio de la racionalidad y el buen sentido entre los seres humanos (señaladamente, entre los españoles, aunque otros más “civilizados” no se andan muy lejos). Con motivo de la prohibición catalana, a la consabida pataleta del gremio y de la Reacción se unieron las voces de algunos así llamados filósofos (la palabra es demasiado noble como para prodigarla) en defensa de la “fiesta”. Como la de Fernando Savater, tan sensato y valiente otras veces, quien llegó a declarar: «Es el regreso del Santo Oficio, sólo que ahora hay cada vez más ramas: hay una rama para el tabaco, otra para los anuncios pornográficos, otra para los toros.» Con semejantes argumentos, se entiende mejor que los más conocidos intelectuales de este país –o por tales tenidos, pues la cosa tampoco está clara– callen ante tantas otras muestras de barbarie. Y es que al margen del fenómeno etarra, a Dios gracias en retroceso, ¿cuántos han oído a ése y otros líderes de opinión pronunciarse contra la tiranía de los mercados, el mito del 11-S o el acoso a Irán, por poner tres cruciales ejemplos? Mientras lo poco libre que queda se desmorona, ellos callan.


El Savater más frívolo

Pero volvamos a esas palabras de tan insigne escritor. Manidas y superficiales, no llegan siquiera a la típica extravagancia del “intelectual” que busca epatar. Puede que eso sea hasta positivo, pero, ¿cabe algo más trivial y vacío que quejarse de una prohibición con el flojo argumento de que es malo prohibir? Se diría que al hoy “hombre de orden” Savater todavía le quedan progres reminiscencias nietzscheanas y huellas del vacuo Mayo del 68 (al menos éste, siquiera por prelación, resultaba más original). ¿No implica su perorar, tan inmaduro y torticero, desviar la atención de lo concretamente prohibido al genérico prohibir? Si es así, habría que preguntarle a Savater si le parece bien que esté prohibida –ilegalizada– la banda criminal ETA (seguro que sí, claro). Y por qué le parece mal que se legisle para defender del humo tóxico del tabaco a quienes sencillamente no quieren ni tienen por qué fumárselo. Y si es que está favor de que las mafias de la prostitución sigan esclavizando mujeres, y de que los niños y niñas puedan seguir siendo víctimas de los pornógrafos.

Denostando el supuesto afán prohibicionista, compara Savater la abolición de la “fiesta” taurófoba con el espíritu de la Inquisición. Pero entonces, ¿le parecerá mal que ésta se prohibiera? (Qué lío...). ¿Es posible que considere malhadada la fecha del 15 de julio de 1834, la de su abolición definitiva? Sería interesante saber si cuando efectuaba tan desafortunada asociación de ideas se acordaba de Fernando VII. Es probable que no. Tan nefasto monarca, casualmente el gran reavivador de las corridas de toros entonces, había restaurado el Diabólico Oficio en pleno siglo XIX. Pero es que no hay que atribuir las palabras de nuestro philosophe al sosiego reflexivo, sino a frívolas tendencias reactivas combinadas con el reaccionario populismo ambiental (ése que, por cierto, caracteriza a su partido, UPyD, y a su vocinglera lideresa).


La Derechosa se viste de progre para oponerse al progreso

Desde que va de “liberal”, la Derechosa a menudo parece más progre que la (pseudo)izquierda. Se trata de un fenómeno que en algún momento ha de merecer un análisis detenido. Así, Rajoy no ha criticado menos que Savater la decisión catalana, por democrática que ésta haya sido. Y en un estilo aún más sesentayochista que don Fernando, el señor del traje oscuro, la barba cana y el tono engolado ha proclamado «que en España tenemos que empezar a hablar de “prohibido prohibir”, porque ya se prohíben demasiadas cosas».

Basta pensar en el Estatut para que la lógica se vuelva contra él. Pero mejor dejemos al líder del PP, únicamente preocupado por instalarse en la Moncloa (y a los toros, que los sigan torturando...), para retornar a Savater, alguien pese a todo mucho más serio y cabal (!!!).


El manifiesto taurófobo

Hace meses, cuando aún no se había aprobado en Cataluña la abolición, el pensador donostiarra leyó un manifiesto ”en defensa de la fiesta” suscrito por gente del gremio taurófobo y otros partidarios de la barbarie. En él expresaban su apoyo a ésta por ser «una de las señas de identidad de nuestro país y nuestra cultura». En todo el mundo, creo que por desgracia, Sicilia es conocida por la Mafia. Se puede decir que es una de sus señas de identidad.

Sigue diciendo el manifiesto que «los toros forman parte de nuestro patrimonio cultural y como tal deben ser respetados y protegidos por el Gobierno de la nación». Yo más bien hablaría de patrimonio zoológico; en todo caso, respetarlos y protegerlos, ¿no es justamente lo que ha buscado hacer la ley catalana? (Recuérdese que en este blog siempre tratamos de hablar con propiedad). Invoca después el escrito «la libertad y el derecho a seguir disfrutando de la emoción del toreo en las plazas de toros de todo el mundo, sin que nadie nos pueda privar de una de nuestras más preciadas aficiones y formas de ocio». ¿Por qué privar a nadie de la libertad y el derecho a escupir en el suelo o en el ojo del vecino, de la emoción de maltratar a su mujer, de su preciada afición a conducir a 200 kilómetros por hora en sentido contrario al permitido...?

«Proclamamos que el toreo es cultura en sí, por su capacidad de transmitir emociones a las personas que lo presencian.» Como cualquier (otra) forma de violencia. Además, ¿las emociones son necesariamente algo bueno? Y, sobre todo, ¿es saludable que la crueldad despierte emociones positivas, que es lo que parecen insinuar los “manifestantes”?

«Estamos de acuerdo con Federico García Lorca, que decía que el toreo es “la fiesta más culta que hay hoy en el mundo”.» Suponiendo que así fuera, ¿no debería darnos pena que una fiesta tan brutal sea la “más culta”? Y en todo caso, ¿es la más ética?

«Reconocemos que el toreo ha sido y sigue siendo fuente de inspiración de artistas de todos los tiempos.» Sí, como las guerras, el odio, la infidelidad, la corrupción y la explotación en todas sus formas...

«Resaltamos el gran valor económico de la Fiesta de los Toros como generadora de puestos de trabajo y de importantes ingresos.» En Sicilia una relevante fuente de ingresos por turismo es el popular “Tour de la Mafia”.

«Destacamos los valores ecológicos del toro de lidia como especie única y creación cultural del hombre, que lo ha seleccionado durante siglos.» ¿“Valores ecológicos”? ¿“Especie”? Se duda, incluso, que sea una raza. Se cuestiona que desapareciera si se erradican para siempre las corridas (¿no son sino una minoría los toros de esta clase que son destinados a aquéllas? ¿Es inconcebible reorientar esta variedad hacia usos menos sádicos?). En todo caso, ¿no hay una perversa forma de argumentar aquí? Sabido es que el “toro de lidia”, lo indica su nombre, existe para las corridas, es decir, para ser torturado y matado. ¿Y pretenden justificarlo diciendo que ha de ser torturado y matado para que exista? (¿Ser filósofo para esto...? ¿No metería Sócrates más bien a los tales entre los peores “sofistas”?). Aun en la peor de las hipótesis, ¿un destino tan cruel no haría preferible la extinción de la “especie”?

Así concluye el manifiesto: «Por todo ello, reivindicamos el compromiso tanto del Gobierno Autonómico como el Gobierno de la Nación para valorar y proteger un patrimonio único de gran arraigo en nuestra cultura.» ¡Ay, la tradición...! No mencionan la palabrita, pero el concepto late prácticamente como el único “argumento” real del manifiesto. Las raíces de la Mafia están en el feudalismo. Se trata de una institución verdaderamente tradicional.



Conclusiones provisionales

«Los oigo reírse mientras agonizo
Los oigo bailar mientras perezco
No pensaba que algo así resultase tan divertido
¿Acaso es serio este mundo?
¿Acaso es serio este mundo?»
(Francis Cabrel “La corrida”)

Es triste que haya que andar explicando estas cosas... Obliga a ello, como en tantos otros temas, la corrupta condición humana, siempre empeñada en disfrazar el mal de bien. Eso, y nada más que eso, es lo que pretenden el citado manifiesto y las restantes declaraciones en favor de la barbarie taurófoba. Dotar a un significante de un significado distinto del que le es propio. Ocultar la maldad pura y dura bajo la máscara de la “cultura” y la “libertad”.

Estamos de acuerdo en que no todos tenemos por qué pensar igual en todo, ni mucho menos. Pero la racionalidad y el buen sentido que añorábamos al principio debieran servirnos a todos, en la medida en que compartimos unas bases éticas comunes (la “ética mínima” de la que hablase otra pensadora quizá más sensible, Adela Cortina) para estar de acuerdo en el rechazo de cualquier forma de crueldad. Sólo así cabrá –cabría– hablar de progreso moral de nuestra especie.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

06 Ago 2010

El niño y el gordo... o los otros genocidas

Escrito por: Cordura el 06 Ago 2010 - URL Permanente


Estaba el viejo enfrascado en el periódico cuando una joven voz amiga irrumpió en su lectura:

–Abuelo, fueron los americanos quienes lanzaron la primera bomba atómica, ¿verdad?

–Sí, y la segunda –respondió él, alzando la vista–. Y son los únicos que lo han hecho en zonas pobladas.

–Pero ahora –siguió la nietecilla– acusan a Irán de querer fabricar una...

–Así es. Acusan a Irán. Aunque sea mentira. Aunque ellos nunca hayan pedido perdón por haberla usado. Y aunque sean ellos y sus amigos los que amenazan con volver a usarla.

La niña se quedó pensativa. Luego volvió a sus preguntas:

–Pero, ¿por queeeeé...? ¡No es justo! ¿Por qué siguen haciendo lo que les da la gana?

Tras meditar unos segundos, el abuelo se volvió hacia ella y contestó:

–Pues porque el mundo nunca condenó lo de Hiroshima...

Echemos un vistazo a la prensa, a la de hace unos meses (ver 1, 2 y 3):

27.1.2010. Auschwitz. En esta fecha, con motivo del 65º aniversario desde que las tropas soviéticas entraron en ese trágico y emblemático lugar, los medios masivos rememoran lógicamente el «horror» de los «campos de concentración» y de «exterminio». Haciéndose eco de los discursos políticos pronunciados, las crónicas usan con profusión esos términos así como los de «Holocausto», «locura nazi», «maquinaria nazi», «campos nazis de la muerte», «cámaras de gas», «asesinados» y «genocidio». Recuerdan que en la fecha indicada quedó «liberado» el campo en cuestión y añaden, naturalmente, que evocar aquello debiera servir para prevenir que se repita. El «presidente israelí», asistente a las ceremonias junto con destacados mandatarios de las principales naciones de Occidente, reitera la necesidad de perseguir a los «criminales nazis» aún vivos, para castigarlos como ya lo fueron todos sus compinches previamente capturados. De paso aprovecha para advertir contra el peligro de «una segunda Shoá», que esta vez sería provocada por Irán.

Ahora miremos la prensa de hoy:

6.8.2010. Hiroshima. En esta fecha, con motivo del 65º aniversario del primer ataque nuclear de la historia, los medios masivos rememoran lógicamente el «horror» del «bárbaro ataque» ordenado por el «cruel régimen estadounidense». Las crónicas usan con profusión esos términos así como los de «holocausto nuclear», «locura “demócrata”», «asesinados» y «genocidio». Recuerdan que «el mundo entero» condenó a los responsables de tan «horrendo crimen» y del que se produjo escasos días después en Nagasaki. El «primer ministro japonés», presente en las ceremonias, reitera la necesidad de perseguir a los «criminales de aquel régimen norteamericano» que todavía sobreviven, a fin de castigarlos como ya lo fueron sus compinches previamente capturados. Estados Unidos, que pidió «perdón» hace décadas por aquel exterminio masivo, se ha vuelto a comprometer a través de su presidente actual, Barack Obama, igualmente presente en el evento, a seguir contribuyendo a que el mundo permanezca libre del arma nuclear, ya completamente eliminada de la faz de la tierra desde hace varias décadas.


No. Si así fuera, el abuelo estaría engañando a esa niña inquieta e idealista que le hace tantas preguntas.

La realidad es que la prensa de hoy (ver p. ej 1, 2, 3 y 4) no ha tratado así el asunto. Quizá es porque opinan que lo de Hiroshima no fue tan grave como lo de Auschwitz. Pero lo cierto es que en general los medios sistémicos no usan términos condenatorios de lo ocurrido en esa ciudad japonesa. Parece que ni siquiera el hecho de que tres días después se repitiera en la población hermana de Nagasaki es razón suficiente para emitir una clara condena. Y ya son 65 años así.

No se habla de “holocausto”, aunque sea con minúsculas, en relación con estas fechas. No se emplea el término 'genocidio'. No se condena a los responsables, ni a su régimen. Ni siquiera los hechos mismos. Nadie habla, por supuesto, de perseguir a los criminales supervivientes. Los gobiernos de Estados Unidos jamás han pedido perdón por ese acto de barbarie. Y sólo este año, por primera vez en seis décadas y media, un representante oficial norteamericano –su embajador en Tokio, nada de Obama– ha estado presente en las conmemoraciones. Es también la primera ocasión en que se personan allí enviados oficiales de Francia y Reino Unido, así como el secretario general de la ONU. Cabe preguntarse por qué han tardado tantísimos años en hacerlo. ¿Qué se lo impidió hasta ahora?

En los discursos y comunicados oficiales de este día, apenas se habla del “horror” en relación con Hiroshima. Y cuando lo hace algún medio, no lo acompaña –como en el caso de Auschwitz– de un adjetivo que designe a sus causantes. Llama la atención que, según los medios masivos, la palabra clave en el recuerdo de Hiroshima es 'paz'. Un hermoso vocablo, un bellísimo concepto, pero, ¿por qué aquí “paz” mientras en Auschwitz sigue clamándose justicia, con un énfasis que a veces suena a venganza? En Japón, según las crónicas, no luce el odio. Hasta los supervivientes proclaman haberlo superado, a pesar de que nunca recibieron una mala disculpa, mucho menos justicia: «Primero lo odié (a Estados Unidos), pero el odio ha desaparecido. Ahora quiero un mundo en paz.» Estupendo.

Es tal, año tras año, el silencio respecto a los culpables de Hiroshima, que algún observador podría llegar a preguntarse quién cometió aquello... Pero la respuesta nos la dan los medios: la bomba. Ella misma fue la culpable. Ella sola. Bueno, si acaso lo es también un avión (el Enola Gay, el que la descargó), en grado de cómplice.

La bomba, sí. “Niño” (Little Boy), se llamaba (la de Nagasaki, “Gordo” [Fat Man]). Ella parece, en la mayoría de las crónicas –como en la de El Mundo–, mucho más directamente relacionada con la catástrofe que quienes la arrojaron. Y, claro, que quienes ordenaron lanzarla.

En coherencia con las consabidas invocaciones a un mundo libre de armas nucleares, el alcalde de Hiroshima ha reclamado, aunque haya sido tímidamente, que Japón deje de estar bajo el “paraguas nuclear” estadounidense. La cosa tiene su lógica: ¿A quién le apetece sentirse protegido por aquello y por aquéllos que destruyeron a los suyos? Pero rápidamente el primer ministro de su país ha salido al paso, afirmando que esa protección «sigue siendo necesaria». Y lo ha dicho en el marco de unas revelaciones según las cuales el gobierno precedente habría acordado en secreto con Estados Unidos el permiso para que armas nucleares transiten por aguas japonesas. La razonable prohibición al respecto, observada durante décadas, parece que ahora puede ser violada. Ciertamente, no por los japoneses. Paradójicamente (?), por el mismo estado que las usó contra ellos.

* * *

Lanzado el “Niño” sobre Hiroshima y conocidos sus poderosos efectos (unos 80.000 muertos instantáneos, en torno a 140.000 computados a finales de ese mismo año), el presidente Harry Truman se apresuró a festejarlos:

«Los japoneses comenzaron la guerra desde el aire en Pearl Harbor. Ahora les hemos devuelto el golpe multiplicado. Con esta bomba hemos añadido un nuevo y revolucionario incremento en destrucción a fin de aumentar el creciente poder de nuestras fuerzas armadas. En su forma actual, estas bombas se están produciendo. Incluso están en desarrollo otras más potentes. [...] Ahora estamos preparados para arrasar más rápida y completamente toda la fuerza productiva japonesa que se encuentre en cualquier ciudad. Vamos a destruir sus muelles, sus fábricas y sus comunicaciones. No nos engañemos, vamos a destruir completamente el poder de Japón para hacer la guerra. [...] El 26 de julio publicamos en Potsdam un ultimátum para evitar la destrucción total del pueblo japonés. Sus dirigentes rechazaron el ultimátum inmediatamente. Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de destrucción desde el aire como la que nunca se ha visto en esta tierra.»

En su discurso, Truman no parece preocupado en disimular su regocijo por lo ocurrido. Está anunciando, de hecho, su intención de repetirlo, incluso a mayor escala. Ya antes de los efectos del “Niño”, no le había importado demasiado que Japón fuera un estado prácticamente rendido (y arrasado por medio de terribles bombardeos “convencionales”, como los que se llevaron por delante a 80.000 habitantes de la capital, pero en modo alguno los únicos). ¿Por qué habría de importarle después si, total, la destrucción sólo había aumentado en grado? Había que volver a disfrutar del nuevo poder destructivo y del gozo de saber cuánto intimidarían así a la otra superpotencia emergente. Por eso, tan sólo tres días después, mandó al “Gordo” a Nagasaki.

* * *

Hace escasos meses, el premio Nobel de la Paz Barak Obama, a la sazón presidente –mira tú– de los Estados Unidos de América, amenazó con un ataque nuclear a Irán. En el mundo no se dispararon las alarmas (fuera de gritos prácticamente inaudibles como los de este diminuto blog). A fin de cuentas, Irán está gobernado por auténticos “demonios” y quien amenazaba era el hombre más pacífico de la tierra según el prestigioso Comité Nobel de Oslo.

Pero, ¿qué pasará si un día esas amenazas se consuman y provocan la muerte de cientos de miles de iraníes? Pues que el susodicho Nobel, o quien le suceda, no será el culpable. El abuelo tenía razón: si el mundo no condenó a Truman, que ni siquiera recibió tal galardón, ¿por qué habrían de condenar a Obama? Éste responsabilizará a los ayatolás y el mundo imputará el exterminio a las bombas.

A ver si aprendemos la historia de una vez: en Auschwitz la culpa fue de los nazis, sin duda unos depravados. Pero en Hiroshima y Nagasaki, la culpa fue del Niño y del Gordo.

De la lotería, vamos.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

Sobre este blog

Avatar de Cordura

El Blog de Cordura

Sobre el poder y el amor por la senda del Maestro.

ver perfil »

Suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):