29 Oct 2008
CLASICOS: LOS OLVIDADOS DE BUÑUEL
Revisitemos clásicos del cine poquito a poco...
LOS OLVIDADOS DE LUIS BUÑUEL
Es muy difícil elegir una película del gran maestro de Calanda. Y lo es porque, con muy pocas excepciones, la suya es una filmografía magistral, plagada de obras maestras a diestro y siniestro.
Los olvidados, (que hermosísimo título!) supuso una de las cumbres buñuelianas en su periplo mexicano. Y no es para menos, la película retrata con dureza y emoción a partes iguales el destino fatalista de unos adolescentes carcomidos por la pobreza y la desgracia. Una visión diferente de la marginalidad en las grandes urbes (no en vano, Buñuel nos advierte que lo que narra bien podría estar pasando en Londres, París o Nueva York) que se distancia de obras, en un principio, hermanas como Ladrón de bicicletas de De Sica o Roma, ciudad abierta de Rossellini. Estas últimas son las obras abanderadas del Neorrealismo italiano de los años cuarenta, sin embargo, Los Olvidados bebe de otras fuentes distintas, las fuentes del Surrealismo moderado reconvertido a Realismo poético de tintes bíblicos.
De hecho, y pese a su poso globalizante, los Olvidados navega en el folclore mexicano como pez en el agua, y desmenuza con precisión el desarraigo generacional de una sociedad decadente que excluye de su bonanza a malditos y desamparados. Pedro, su protagonista, es un Oliver Twist de periferia más cercano a Donni Darko que a Artful Dodger. Un maldito cuyo sino destila fatalidad desde el primer plano y cuya odisea predestinada recuerda la pasión del mismísimo Jesucristo. Así, Buñuel convierte a Jaibo, su coprotagonista, es un Judas libidinoso con la estampa de mal fario pintada en la frente. La relación que se crea entre ambos es el leit motiv de un recorrido agridulce y pasmoso por un purgatorio de almas diseccionadas con sinigual maestría por su autor: una madre irredenta y castradora, un ciego-trovador de bilis intacta y una lozana prehistórica precedente de una Belle de Jour bañada en leche.
Y es curioso como en el medio de todo este caos, Buñuel tiene tiempo para, al lado de lo absurdo e irracional de la existencia misma, rescatar sin mayores problemas un sentimiento de gratitud y pasión que impregna no sólo a Pedro, sino también a sus compañeros de desgracias, dotados de una humanidad y viveza poco estudiadas hasta entonces. Por eso, en la conjugación sensacional de asco y belleza, Buñuel brinda con Los Olvidados una lección de humanismo que trasciende más allá del mero episodio de fatal cotidianeidad urbana.
En Cannes, que suelen ser muy listos, le dieron el premio al Mejor Director, y en mi ranking particular, Los Olvidados descansa al lado de El ángel exterminador –obra sin parangón en la historia del cine moderno y de una actualidad insultante - y Viridiana, que es, de lejos, la mejor película española de todos los tiempos.
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