Por Bloguerías

08 Mar 2012

Escrito por acastellano

08 Mar 2012 - Enlace

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07 Sep 2011

Escrito por acastellano

07 Sep 2011 - Enlace

Por Bloguerías y otros palos: Algo pasa en 'Cai'**

Abrimos una nueva ventana a la colaboración en una sección que inauguró, hace unos meses, el periodista de RNE Manuel Moraga. Hoy nos visita Fermín Lobatón, colaborador en diferentes medios de comunicación durante más de 20 años y crítico de flamenco en El País y Diario de Cádiz, entre otros, además de estudioso, aficionado a lo jondo y muchas otras cosas más.

**...Entre el flamenco y el jazz

La cosa está por estudiar, pero no cabe duda de que algo hay entre Cádiz y el jazz. Históricamente, podría tener que ver con la condición portuaria de la ciudad -con ese tránsito e intercambio de personas, culturas y músicas, de tanta trascendencia en el flamenco-, o por su también condición balnearia, con hoteles principales que, a mediados del pasado siglo, contaban con orquestas estables, entre las que parece que era cosa normal el cultivo del swing. La pervivencia del vocablo jambá, que es una muy gaditana lectura de las Jazz Bands que se anunciaban en esa época, y que vino a nombrar en la zona tanto a la batería como a cualquier formación de las que amenizaban fiestas familiares, podría ser una prueba de esa antigua presencia del jazz en la ciudad, pero resulta pura anécdota ante la vibrante realidad que, en estos terrenos, Cádiz ha venido ofreciendo desde los años ochenta del pasado siglo.

En esa década se comienzan a detectar los primeros movimientos de músicos locales en bares, y Cádiz acoge también conciertos de grandes del jazz (Chet Baker, Art Blakey o Chic Corea). Pero sobre todo, a finales de 1987, se programan unos encuentros de jazz de músicos gaditanos en la peña Celestino Mutis, en el barrio de La Viña. De allí surgió casi de forma inmediata la celebración del I Seminario de Jazz Ciudad de Cádiz, que habría de ser impartido por el Taller de Musics de Barcelona. Nadie pone hoy en duda que la celebración de ese seminario, con intensísimas noches de jam sessions en la citada peña, supuso un revulsivo para los músicos gaditanos y el punto de inflexión por el que se canalizarían brillantes carreras profesionales posteriores. Quizás desde ese tiempo, el censo de músicos de la capital siempre ha sido lo suficientemente alto como para permitir la continuidad de toda una Big Band de 18 profesores en ella, La Sonora, fundada en 1997. Dirigida en la actualidad por el trombonista Juan José Guillamó, es poseedora de un repertorio versátil que ha abordado lo mismo el flamenco que la música del carnaval local, como quedó registrado en el disco La Sonora por Cádiz, grabado en directo en el Gran Teatro Falla (Bujío, 2007).

La escena jazzística gaditana actual está bien nutrida tanto por herederos del citado seminario como por nuevas incorporaciones. Entre sus músicos los hay que, proviniendo del flamenco, se acercan a un formato jazz (el pianista Sergio Monroy , último ganador del premio El Filón al mejor instrumentista en La Unión) y otros que, como el saxofonista Pedro Cortejosa, con varias grabaciones en su haber, no guardan ninguna relación con el flamenco en su producción. Pero, sin duda, existe una tendencia mayoritaria entre ellos que apunta a un ejercicio jazzístico en el que, con todo respeto, se incorporan elementos propios del flamenco y se establecen interesantes diálogos entre una y otra disciplina. Es este un trabajo que huye de lo fácil –ya no se trata de meter un viejo estándar en el compás de bulerías-, y persigue un encuentro positivo en el que se integran ritmos y aires flamencos dentro de las armonías y la sintaxis del jazz, buscando nuevas atmósferas y colores, persiguiendo una vía de expresión propia que pretende, a su vez, la universalidad de toda manifestación musical que se precie.

Resulta curioso, y es muestra del dinamismo de esta escena el hecho de que, en los dos últimos años, se hayan producido hasta cuatro grabaciones que abundan en unas fructíferas relaciones del jazz con el flamenco. Entre ellos, el proyecto Kind of Cai (Surfonía, 2009) es sin duda uno de los más importantes, y muestra la madurez creativa de músicos tan habituales en la escena gaditana como el guitarrista Luis Balaguer, el saxofonista Carlos Villoslada -residente en Cádiz, aunque nacido en Huelva-, y el pianista Miguel Ángel López. A ellos se suman el contrabajista de Rota D.J Foster, y el conocido percusionista brasileño Rubem Dantas.

La propuesta parte de una original relectura de la grabación Kind of blue, del trompetista Miles Davis, en su día una revolución al inaugurar el jazz modal en una música que hasta ese momento había sido tonal. La música modal, procedente de la Antigüedad, está presente en la mayoría de elementos musicales que sustentan el flamenco, cuyos principales estilos son modales. De ahí que estos músicos gaditanos, buenos conocedores de ambas disciplinas, realizaran esta fresca y original relectura de la legendaria obra añadiéndole aires y ritmos procedentes del flamenco. La grabación sigue de manera rigurosa el orden de los cinco temas que compusieron la grabación original de Davis: So what que se escucha en tiempo de bulerías al golpe, Freddie Freeloader que va por tangos, Blue in green por soleá, All blues en clave de tanguillo, y Flamenco Sketches que adopta la de la seguiriya. A esos temas se añade la propina de una versión del conocido Milestones.

En el año 2010, coinciden en su lanzamiento tres grabaciones: El jardín de las naranjas (Lunadisco), del flautista y saxofonista Carmelo Muriel; Campo de Agramante (Nómada 57), del pianista Javier Galiana, y Tabanqueando en la Plaza Niña (Surfonía), del antes citado Carlos Villoslada.

En El jardín de las naranjas -grabado en formato de cuarteto con la colaboración del guitarrista Nono García, Juan José Sainz (batería) y Piet Verbist (contrabajo)- encontramos bulerías, bulerías por soleá o unas soleares en las que la flauta canta con el acompañamiento de la guitarra. También hay unos tangos o una rondeña y la composición que da nombre al disco, un pasodoble francamente hermoso que supone todo un hallazgo, a la vez que una apuesta del autor por ese ritmo, en ocasiones tan vilipendiado, como opción creativa.

Campo de Agramante es, tras Werther en Nueva York (2008), el segundo disco de Galiana con su grupo Spice Berberechos, una formación en la que mantiene el lustre de los saxos de Carlos Cirera e incorpora la percusión de Carlos Cortés junto a la voz cantaora de un sorprendente Carlos Denia, que se ajusta a las exigencias compositoras de un pianista que viaja de la extroversión al intimismo y de los aires atlánticos al cosmopolitismo mediterráneo. Bulerías sobre Mingus, tanguillos y alegrías de la tierra, melancólicas soleares o granaínas se presentan con arreglos tan convincentes como cohesionados.

Villoslada, acreditado por las experiencias de Saguiba o Kind of Cai, muestra Tabanqueando en la Plaza Niña, su primer trabajo como líder de la vertiente más íntima, y puede que más lúcida, de una inspiración de largo aliento. Experimentación de resultados elegantes y atmósferas que viajan de la alegría de los fandangos de su tierra o los ritmos de la bulería o el tanguillo a los jondos caminos de la soleá, que aborda con un respetuoso y reposado tempo, el mismo que gobierna su nana o su toná a la que sigue una trilla por seguiriyas, todas ellas con el cante de Raúl Gálvez, el imprescindible piano de Juan Galiardo y la percusión invitada de Rubem Dantas.

Son tres distintas aproximaciones a un jazz que se contamina felizmente con el flamenco, y unos discos que nos muestran a tres compositores desplegando una vasta y surtida cultura musical que se puebla de los mejores ecos. Pero, en Cai, aún puede haber más...

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20 May 2011

Escrito por acastellano

20 May 2011 - Enlace

Por Bloguerías y otros palos: inauguramos

Hoy inauguramos sección. Se trata de un espacio para que participen los amigos del flamenco, y también de este blog: son colaboraciones especiales. No tendrán periodicidad concreta, y serán de temática libre y abierta. Los invitados harán una reflexión sobre algún tema del flamenco que les preocupa, o contarán alguna vivencia personal con este arte. La inauguración es obligada: la hacemos con Manuel Moraga, periodista que lleva muchos años en esto y dirige, en la actualidad, el programa de Radio Exterior (RNE) El Callejón del cante en el que es generoso con las voces que invita a participar. Además, Manuel Moraga forma parte del consejo asesor de la Fundación Mario Maya y ha participado, entre otras cosas, en un espectáculo estrenado en la pasada Bienal de Flamenco, de la que habla en el texto siguiente.

Las casas cantaoras, ¿un modelo en crisis?
Por Manuel Moraga

“Hay personas con un gran oído musical y otras que no. Ahí existe un componente genético y, de hecho, se puede dar en familias, como ocurrió en la saga de los Bach: el más conocido fue Juan Sebastián, pero cuando se reunían todos eran más de cien músicos. Pero además de la genética, en la irrupción del artista interviene también la formación familiar, el ambiente en que se vive”. Es la opinión del Dr. Cecilio Paniagua, psiquiatra psicoanalista y autor del libro Visiones de España. Reflexiones de un psicoanalista, donde dedica un capítulo a la lírica del flamenco. Estos pensamientos reflejan la base de ese fenómeno que todos conocemos en el flamenco como las casas cantaoras y que -en mi opinión- en los últimos tiempos no está siendo reconocido como se merece.

“De pequeño -comenta Manuel Valencia Carrasco, Manuel de Paula- jugaba a ser cantaor”. Este gran artista nacido en Lebrija es uno de los testigos más lúcidos y privilegiados de ese proceso de la transmisión oral y vivencial del flamenco en el seno familiar. En su árbol genealógico encontramos al Tío Chozas, a Antonia Pozo, a los Sordera de Jerez, e incluso su segundo apellido, el Carrasco, comparte origen con La Macanita, Diego Carrasco, o la familia Jero. ¡Y qué decir del apellido Valencia en Jerez y Lebrija!

Manuel de Paula me ha contado en infinidad de ocasiones cómo se vivía el flamenco en su casa. Y cómo el cante de su casa tenía detalles y sutilezas diferentes al cante que se hacía en otras casas gitanas de la misma Lebrija: “Me dijo en Chache Bacán / siéntate, sobrino, aquí/ que yo te voy a enseñar / los cantes de Juaniquí” dice una letra por soleá de su último espectáculo Ancá Paula, que significa, precisamente, En casa de los Paula.

El profesor José María Poveda, Catedrático de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid y autor del libro Locura y creatividad, me explicaba que “en los seis primeros años de la vida se configura el sentido del sonido y el sentido de la música. Es parecido al aprendizaje de idiomas: los idiomas que se aprendan hasta los seis años van a entrar muy fácilmente en el niño”.

Esto revela por qué en las casas flamencas -fundamentalmente gitanas- aunque no todos los integrantes sean artistas (en el sentido profesional del término), sí que cualquiera de ellos -desde los más niños o los más ancianos- son capaces de “saber estar en una fiesta”… En definitiva, estamos hablando de ese “lo llevan en la sangre”, expresión muy común y socorrida, pero que implica, como vemos, factores tan complejos como la genética o el desarrollo psico-afectivo-neuronal del individuo.

Obviamente, no todos los miembros de una casa cantaora terminan siendo artistas profesionales: “Además de ese vigor, hay que tener talento innato y perseverancia”, afirma el psiquiatra Cecilio Paniagua, que añade “el mito de que Mozart tenía inspiraciones y escribía a vuelapluma no es cierto. Mozart trabajaba mucho. Hay que perseverar, hay que aprender mucho”. Siguiendo con el ejemplo de Manuel de Paula –con quien mantengo una gran amistad y, por ese mismo interés mío hacia el fenómeno de las casas cantaoras, me embarqué con él en su AnCá Paula- me contaba cómo siendo un chaval se iba a Jerez haciendo autostop para poder escuchar a tío Gregorio, el Borrico: “iba a buscarle a la venta de los Cuatro Caminos -cuenta Manuel-, y con mis ahorrillos le llevaba media botella de Tío Pepe y un paquete de Ducados, que es lo que fumaba él. Y yo me quedaba encantao de escuchar ese eco. Me iba para mi casa diciendo ¡Dios mío! ¿Cómo ha hecho eso este hombre?... Y cuando volvía otra vez a escucharlo ya no lo hacía igual. Y si un día te levantaba los vellos, otro día te rompías la camisa”.

Nadie discute el papel de las casas cantaoras en la historia de este arte: los Pavón, los Torre, Paco La Luz y sus ramificaciones, los Pinini, los Perrate, los Mairena, los Parrilla, los Agujetas, los Paula, los Pelaos, los Peña, los Bacán, los Maya de Granada, los descendientes de Diego del Gastor, los Salazar de Extremadura, etc., etc., etc. Solo con estas referencias se podría componer una buena antología del cante, del toque y del baile flamenco. Pero ese papel, en los tiempos actuales -esa es mi opinión- parece quedar relegado a un segundo plano. Y estas familias lo saben y lo sufren.

Hoy cualquier persona con talento y facultades puede empaparse de cante, de guitarra o de baile a cientos o miles de kilómetros de España. Y eso es muy positivo. De hecho, muchos artistas ajenos a las casas cantaoras han demostrado esfuerzo, capacidad y creatividad y han contribuido a hacer más grande el flamenco. Pero también es cierto que en los carteles de las grandes programaciones actuales se echa de menos la presencia de los apellidos a los que aludo. La balanza, a mi juicio, no está equilibrada. Las modas van por otros caminos y con demasiada frecuencia se confunde el talento con la repetición mimética de lo ajeno aprendido: todo, eso sí, con una gran perfección técnica…pero muchas veces, sin alma. Quizá porque eso que llamamos alma tiene bastante que ver con la interiorización natural de los códigos musicales y estéticos desde la más tierna infancia.

Al flamenco no le sobra ninguna aportación. Pero sí considero necesario -insisto- que se haga una valoración justa del camino recorrido. El alma de un artista gana en riqueza cuando se ha impregnado no solo de notas musicales, sino de toda esa intranet vital, ese cúmulo de observaciones, sensaciones y aprendizajes que se da en las Casas Cantaoras. Si ellas, el flamenco que conocemos, no sería igual. Obvia decir que un artista no nace donde quiere, sino donde le toca. Pero los programadores sí que no nacen: se hacen.

(FOTO: Fidel Meneses / Luis Castilla –Bienal de Flamenco)

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