Un largo y denso paso a dos medido al milímetro, con gusto y búsqueda de lo bello, ritmo, exquisitez y baile, mucho baile en femenino. Es lo que propone Bailes alegres para personas tristes, espectáculo de la compañía de Belén Maya con la bailaora Olga Pericet como artista invitada, que anoche se pudo ver en los Teatros del Canal de Madrid, dentro del festival Suma Flamenca.
Arropadas por el cante de tres grandes voces (las de José Valencia, Miguel Ortega y Jesús Corbacho), que anoche dieron el color y la presencia, el gusto y el rajo necesarios para la obra y las guitarras de Javier Patino y Antonia Jiménez, las dos bailaoras hicieron una reflexión sobre la eterna dualidad: la luz y la sombra, la sobriedad y lo barroco o la alegría y la tristeza, ataviadas con batas de cola que se sentían como una extensión de sus cuerpos. Con dirección escénica de Juan Carlos Lérida, el montaje, muy denso, hace un recorrido por diversos palos flamencos que explotan ese movimiento entre los extremos.
Arranca igual que termina, con un baile por alegrías interrumpido. Primero, el de Belén Maya, al final, el de Olga Pericet. En un escenario dividido por la mitad en blanco y negro, las dos bailaoras se buscan por verdiales o en los cantos tradicionales de mujer que suenan grabados. Comparten espacio, en algunas de las escenas y en otras lo hacen con los cantaores. Fieles cada una a su estilo, el de Maya perfectamente definido con los años, el de Pericet explotando en su juventud. Las dos resaltan el lado más femenino de su baile, ese que cuida la pose, la cadera, el giro y el braceo tanto o más que el zapateado, y por encima de todo, el manejo de la bata de cola.
El punto de inflexión en el encuentro de las dos mujeres lo pone una seguiriya rematada en bulerías que interpreta con gran belleza Pericet y la guajira con abanico de Maya: el negro contra el blanco, la sensualidad contra la fuerza, la velocidad contra la cadencia. Es en este tránsito cuando la luz y la sombra se confunden y cambian de espacio y la historia se encamina hacia el final. Un final en el agua, de puro rojo.
En un escenario desnudo (literalmente) la bailaora arranca -sobre un vals de Chopin que también cierra la obra- antes de que el público termine de acomodarse ataviada con una larga cola que sobresale del escenario queriendo significar ese poso que son los orígenes de los que ella parte para crear algo inédito. Una cola que, como conclusión del montaje, se convierte precisamente en lo contrario: unos orígenes que aprisionan, limitan e impiden avanzar hacia otros lugares.
Tarda un tiempo en entrar en acción Molina, tiempo que permite al espectador diseccionar la desnudez de un escenario preparado por Roberto Frattini. Mueve su brazo como si fuera la cola de un perro, ese perro que espera, tranquilo, paciente, a que las cosas se desencadenen. Y esos hechos son su propio recorrido artístico, la niña que fue sobre la que otras personas hablan mientras ella aprende su baile y lucha contra la naturaleza para controlar el cuerpo y convertirse en bailaora.
El guitarrista Eduardo Trassierra, el cantaor José Ángel Carmona (que también toca la mandolina) y José Manuel Ramos El Oruco, a las palmas y el compás actúan no sólo como músicos con gran acierto de ejecución y sentimiento, sino como personajes que interactúan y acompañan a la bailaora. Se sirven del vino, elemento que recorre toda la obra, ese vino que a veces provoca nostalgia y otras se usa para olvidar las experiencias pasadas.
Molina ha querido descomponer aquí los bailes, diseccionarlos, en esa reflexión que quiere plantear sobre quién es, quién fue y quién quiere llegar a ser. En ocasiones entra a bailar en el silencio, antes de que arranque la guitarra o el cantaor ponga voz a sus inquietudes. Por seguiriyas, la copla de Pepe Pinto Rosa Linares, alegrías o bulerías, la bailaora va mostrando la significación que el baile tiene, un baile de fuerza, de técnica depurada, tan consciente de esa técnica que en otros momentos la doblega y la destroza, se rebela contra ella. Mantiene una tensión que se antoja excesiva en algunos momentos, que contrasta con esa pasión que le pone a su baile, expresivo y entregado al extremo.
Si Solo es la esencia de Israel Galván (Sevilla, 1973), La Curva, presentada anoche en Madrid dentro del Festival de Otoño en Primavera en Matadero (y que podrá verse hasta el 5 de junio), es la completa sinfonía de su baile, su concepto de la danza y del flamenco. Si en Solo reivindicaba el silencio y la música de los objetos, en La curva añade, en un alarde casi de barroquismo, el piano contemporáneo de Sylvie Courvoisier, el cante telúrico de Inés Bacán y el compás, al que todos contribuyen pero es dirigido por el observador, enlace y generador de atmósferas que es Bobote, que en esta ocasión, además, actúa como alter ego de Galván.
(Foto: Félix Vázquez)
El bailaor reitera en este montaje su pasión por la música de los objetos. Comienza con su chaqueta, que cerrada o abierta forma parte de su baile y le ayuda a apuntalar el compás. Pero también las sillas, las piedras de sal, la harina, la mesa, las tarimas… Un escenario que a primera vista parece estar medio desnudo, en el desarrollo de la danza se termina convirtiendo en un actor más, que interactúa y participa y sobre todo: suena. Con el apoyo en la dirección de escena de Txiki Berraondo, Galván aprovecha los espacios para transformar una y mil veces el lugar en el que baila, y transitar, como decía unos días antes de la presentación del espectáculo, en esa curva extraña que va de la caracolá lebrijana a un club de jazz en Nueva York, pasando por la calle o un espacio casi mágico en una nube de harina.
Todos los elementos característicos del baile de Galván están en La Curva. Todos esos modos de su flamenco reconstruido y arrastrado a su esencia: los perfiles, las hojas que caen, las suelas percutidas, los golpes inesperados de cadera, el toro, su singular braceo. Y con todos estos elementos que tanto ha costado entender al público, si es que alguna vez han llegado a ser comprendidos, Galván baila al son que le marca un piano que suena a arpa, a instrumento de percusión, a música disonante, flamenca o Latin jazz, pero también baila por las bulerías más festeras, una nana, una seguiriya o esas singulares sevillanas que marca en una silla de tijera atravesada en su cuello.
Y en toda esta gravedad, en esta tensión que plantea el bailaor, aún deja un resquicio de alivio para el espectador, un guiño, una mueca, una traza de humor que salpica el espectáculo y que resulta liberador al terminar, en un particular fin de fiesta con Bobote, que cierra con una sonrisa y las eternas ganas de más.
Farruquito, Estrella Morente, Diego el Cigala y Tomatito. Este es el cartel para las galas del Festival Internacional de Cante de las Minas de La Unión, que este año, en su edición número 51, tendrá lugar entre el 3 y el 13 de agosto. Un año después de cumplir medio siglo, la apuesta, no hace falta ser muy listo para llegar a esta conclusión, es hacer taquilla en un momento de crisis que, entre otras cosas, ha hecho que el ciclo de conciertos se reduzca un día.
El arranque, en cualquier caso, después del Prólogo del día 3, es la actuación de los ganadores del concurso de 2011: Miguel Ortega, premio Lámpara Minera (cante), Francisco Moncayo, premio Bordón Minero (guitarra), Jesús Fernández, premio Desplante (baile) y Abdón Alcaraz, premio El Filón (instrumental: piano). El día 5 arrancan las galas, con la actuación de Pitingo, un artista que forma parte de la historia de este festival porque pasó por su concurso de cante.
El certamen, un referente para los artistas que comienzan en el flamenco, se abrió para las inscripciones el pasado mes de febrero. “Ya se han inscrito más de cien participantes”, explicaba ayer en una rueda de prensa en el Corral de la Morería en Madrid, el alcalde de La Unión, Francisco Bernabé. Este año, la recta final (semifinales y final) y segunda parte del Festival tendrá lugar entre el 10 y el 13 de agosto.
Y mientras tanto, las actividades culturales, que incluirán actuaciones en la recientemente restaurada mina de Agrupa Vicenta Bernabé adelantó ayer que por este escenario natural pasarán Rocío Márquez y Manuel Cuevas, ambos poseedores de la Lámpara Minera y que presentarán sus nuevos trabajos discográficos.
“Tengo muchas ganas de bailar”. Al otro lado del hilo telefónico, la bailaora Fuensanta Fresneda Galera, más conocida por el apodo de su familia, Fuensanta La Moneta (Granada 1984), se muestra entusiasta con su próxima presentación ante el público, que tendrá lugar esta noche en el Gran Teatro de Huelva, dentro del ciclo Flamenco viene del sur. Tantas ganas tiene de bailar, que la entrevista llega a retrasarse unos 45 minutos porque su baile, sus clases, se alargan. Todo sea por el baile.
La Moneta exhibe hoy en Huelva su último espectáculo: Extremo Jondo, en el que se hace acompañar por el cante de Enrique el Extremeño (nacido Juan Antonio Santiago Salazar, en Zafra, en 1954), la guitarra de Miguel Iglesias y las percusiones de Miguel El Cheyenne. El título, me explica Fuensanta, “tiene que ver con la intención que se ha hecho el espectáculo, que está basado en el cante. A diferencia de otros espectáculos míos, el baile no está tan estructurado, todo está al servicio del cante”. ¿De qué manera? “Lo único que queremos es cantar y bailar y que salgan sensaciones y vivencias del momento. Es una sucesión de palos unidos entre sí [romance, caña, cantiñas, minera, malagueña, bulería, serrana, liviana y tientos tangos], en todo el espectáculo no se para. Por eso extremo, y por eso jondo también”.
El estreno de Extremo Jondotuvo lugar en Granada el verano pasado. “Fue una experiencia digna de guardar en el recuerdo, con mucho cariño”, explica La Moneta. “Este espectáculo nació de una experiencia artística y personal, cuando yo conozco a Enrique el Extremeño. Estaba pensado para recordar esto y sacar de nosotros sensaciones que no saldrían en otro tipo de montaje y en el escenario lo disfrutamos mucho”.
Extremo Jondo es diferente, explica La Moneta, que otro tipo de montajes que ha hecho anteriormente, como fue, por ejemplo, De entre la luna y los hombres, su primer espectáculo en solitario, que tuvo como director escénico a uno de los creadores de la Fura dels Baus, Hansel Cereza. La Moneta es una bailaora joven, y en este espectáculo, como en sus participaciones anteriores en las compañías de otros artistas como Javier Latorre, ha demostrado un estilo muy definido. Su baile recuerda al de una grande, Carmen Amaya, porque es enérgico, racial y visceral. A La Moneta, cuando baila, quizás le sobra un poco de pasión, y probablemente con el tiempo, desarrolle un mayor reposo que, combinada con su energía, la convierta en una gran bailaora, completa y sobrada de sentimiento. Es una de las jóvenes bailaoras con mayor potencial de crecimiento.
Nacida en una familia sin precedentes artísticos, esta granaína se formó con los maestros de su tierra y, desde muy niña, con actuaciones en las cuevas y zambras granadinas. Su concepto del baile, en dichos inicios, era radical: “no entiendo las fusiones”, decía entonces. Ahora, lo matiza: “Es que entonces era muy joven, ahora ya no lo veo así”, comenta. “Yo valoro mucho la raíz, la tradición, todos los artistas tienen que tener presente de dónde vienen para saber a dónde se dirigen, pero el flamenco es un arte abierto, que se renueva constantemente, que está vivo, y es inevitable que se enriquezca de otras artes”.
En su caminar, que le llevó también a ganar el premio de baile El Desplante en el Festival de Cante de las Minas de La Unión en 2003, se encontró con el cantaor Enrique el Extremeño, en su primera visita a Japón, paso obligado de flamencos, el mismo año que ganó este premio. “Aquel encuentro marcó mi carrera, tanto que ha dado para un espectáculo”, explica. “Aprendía de cada momento, se respiraba flamenco hasta cuando íbamos por la calle. También estaba Miguel Iglesias, y ellos son mi equipo desde entonces. Nos conocemos muy bien, y hay mucha libertad en el escenario. Ellos son muy inquietos, muy aficionados, y me gusta trabajar con ellos porque nunca sabes por dónde te van a salir, no nos repetimos, nos vamos reinventando”, explica.
Precisamente este mismo mes tenían la intención de repetir aquella experiencia japonesa, esta vez con el nuevo espectáculo. Pero la tragedia que vive el país les ha obligado a posponer los planes hasta junio. “Vamos a participar en el primer festival que se organiza en Japón, porque allí hay mucho flamenco, pero nunca se ha hecho algo tan organizado”. En la Primavera Flamenca de Tokio acompañarán a La Moneta en el cartel, entre otros, Farruquito y Manuel Liñán.
El próximo sábado se publica en Babelia, suplemento de las Artes de EL PAÍS, un reportaje sobre la situación actual de los tablaos, lugares que durante muchos años han estado en un segundo plano en la programación de flamenco. Para acompañar el reportaje del sábado, durante esta semana estamos dedicando varias entradas a las diferentes programaciones que tienen cada uno de los tablaos con los que hemos contado para elaborar el reportaje. Tras pasar por Barcelona y visitar el Cordobés y el de Carmen, hoy nos detenemos en Madrid, en Casa Patas.
"Casa Patas nace en los años 80 como una taberna. Mi padre es el fundador, Enrique Guerrero. Se presentó la oportunidad de alquilar este lugar, que antes era Almacenes Álvarez, de loza. Al principio no había cocina, ni restaurante, era esa gran barra con mesas y empezamos a trabajar con buenos quesos, buenos vinos, jamón, patés, música y copas", explica Martín Guerrero, director general del tablao. "Por la localización que tiene este lugar empezó a ser frecuentado por artistas, gente del cine, periodistas, y no se sabe muy bien por qué, en un momento determinado empezó la idea de hacer actuaciones de flamenco. Y así fue, se organizó lo que era un almacén para ser un tablao y se empezaron a hacer actuaciones de flamenco".
Casa Patas trata, como otros tablaos, de combinar las actuaciones de grandes artistas invitados, con jóvenes promesas que aún no han logrado un fuerte reconocimiento. "Lo que hacemos es que cada semana, o cada dos semanas, cambiamos a los artistas", explica Guerrero. Conseguir que actúen en este espacio no es tan sencillo, pero para cerrar la programación cuentan con una directora, hermana del fundador: Isabel Guerrero. "Es una persona muy especial, muy cariñosa, con mucho sentido del humor… Ella tiene una experiencia muy larga, una agenda muy extensa de artistas con los que tiene contacto de años". Ella va cerrando el cartel día con día. "Esto se va haciendo sobre la marcha, con personas que nosotros sabemos que de vez en cuando les apetece venir, con oportunidades que nos surgen en el camino a través de otros artistas, o con acuerdos puntuales que tenemos con artistas que organizan algún ciclo…"
En cuanto a la dirección artística, la dejan en manos de los protagonistas sobre las tablas. "Nosotros siempre hemos optado por una fórmula en la que nuestra intromisión, digamos, es muy pequeña. Más allá de limitar el tiempo, el horario, y que los grupos estuvieran formados por personas de las diferentes disciplinas: bailaor bailaora, tres bailaoras, un par de guitarristas, un par de cantaores, percusión, viento… Una presentación, un baile principal, un descanso, segunda parte con algún solo o un poco de baile, un segundo baile que suele ser el de nuestro artista invitado y un fin de fiesta de todos".
En esta línea de combinar grandes nombres con jóvenes que piden paso está prevista la agenda de Casa Patas en abril. "Este mes en programación es un poco consecuencia del mes anterior. Hace unas semanas estuvo aquí bailando Farruquito y hemos llegado a un acuerdo con toda la familia, así que el 8 y 9 de abril vienen su madre, Rosario Montoya Manzano, Farruca y su hermano, Manuel el Carpeta". Antes de eso, el primer fin de semana del mes, estarán dos bailaores jóvenes: Olga Pericet y Marcos Flores.
Un Homenaje a los grandes era la propuesta para la segunda noche del XV Festival de Jerez de Rosario Montoya Manzano, Farruca, hija de Farruco y madre de Farruquito. Lo que puso anoche en escena esta gran bailaora fue justamente esto: un homenaje a algunos de las figuras del flamenco de otros tiempos, sentido y elegante. Un homenaje con el que, además, ella pretende poner el punto y final a una carrera de bailaora interrumpida en diferentes ocasiones por la tragedia. Una puesta en escena sencilla pero cuidada, basada en la colocación de los músicos y unos pocos elementos muy relacionados con el flamenco: unas sillas de enea, una bata de cola blanca colocada en una de ella, un grupo de personas sentadas alrededor de una mesa de madera, marcando el compás con los nudillos, un banco de estudio de baile y un sombrero cordobés.
Farruca planteó cinco escenas, cinco postales por cinco palos diferentes, cada uno dedicado a uno de sus artistas de referencia. Y de cada uno de ellos quiso la Farruca añadir elementos a su baile, muy definido por la estirpe a la que pertenece. El baile de Farruca, como el de todos los miembros de la saga que inauguró su padre, es muy efectista. Basa su estilo en bailes cortos, muy centrado en el manejo de los pies, rápido y directo, fuerte y apasionado. Acompañado, cómo no, de un control muy fuerte de la pose, con un fuerte disfrute en los movimientos.
Empezó con un taranto dedicado a Fernanda Romero, un taranto en el que entró directamente sin introducciones la guitarra de Juan Requena con la voz de Pedro el Granaíno que si no estuvo del todo acertado en este palo se lució por martinetes, seguiriya y soleá. La Farruca salió al escenario como sombra, tras un telón, en el que se contoneó tocando unos crótalos. Después, ya delante del lienzo, Farruca hizo un baile de pasos grandes, de fuerza, poco lucido por un vestuario que no resaltaba su figura de bailaora.
Tras el taranto, su hijo pequeño, Manuel Fernández Montoya, el Carpeta, tomó el relevo para bailar por alegrías. Es difícil enjuiciar el baile de un niño de 13 años, porque obviamente es un bailaor en formación, un niño al que aún no se le puede pasar la misma vara de medir que a un bailaor profesional. Es un niño con mucha fuerza, que sigue e imita el baile de su hermano mayor, Farruquito, intentando destacar en el zapateado. Con su aparición, Farruca quería recordar a su hermano, Juan Antonio Montoya Manzano, el primer Farruquito, fallecido muy joven por un accidente de tráfico. Ella se unió a las alegrías con un mantón de manila que pronto dejó sobre una silla para recordar, con su escobilla y su paso, a Matilde Coral que, sentada en el patio de butacas, al finalizar el espectáculo, ante una imagen proyectada de Farruco gritó: “¡Qué alegría haber bailado contigo!”
Tras las alegrías llegó uno de los momentos más intensos de la noche. Un cante por martinete de Pedro el Granaíno, contestado, también por martinetes, por la cantaora Fabiola Pérez, pusieron la intensidad necesaria para la salida de El Carpeta que, vestido de blanco de pies a cabeza, marcó, brazos arriba, con sus pies, el compás de este palo cargado de sonidos negros, telúrico, profundo. No tiene el Granaíno una gran voz. Su sonido es tostado y se mueve mejor en los tonos altos, pero puso tanta emoción en este martinete, en sus tercios intensos y sentidos, que despertó grandes oles en un público que agradeció mucho tanto este cante como el resto del espectáculo. La cantaora que le respondió, Fabiola Pérez, posee una voz poderosa y a la vez con un quejío muy gitano, afinada, contenida y sentida, con el mismo nivel de intensidad y emoción que había puesto su antecesor. Una Farruca de blanco y vestida de hombre escuchó el enlace del martinete con la seguiriya, marcada por las palmas y la guitarra y fue preparando el cuerpo para acordarse de Carmen Amaya, recogida en su dolor de flamenca. Hizo un baile impecable, fuerte, con la misma sensualidad en las caderas y los brazos, cruzados sobre la cabeza, que pusiera en su día la bailaora catalana.
La zambra que planteó a continuación paró el ritmo del espectáculo pero no la intensidad. El piano de Pablo Rubén Maldonado, ejecutado con pasión, acompañó un cante de Pedro el Granaíno que reclamaba en su letra la emoción necesaria en la voz de un cantaor por encima de sus facultades técnicas. La Farruca, transformada en Lola Flores para esta escena, manejó con maestría una bata de cola roja alrededor del cantaor que trasladaba al espectador a una escena en blanco y negro protagonizada hace varias décadas.
El broche lo puso una soleá dedicada, como no podía ser de otra manera, a la figura de su padre, Antonio Montoya, Farruco. Con un vestido negro que no le permitía expresar su arte con libertad y puso una leve barrera entre su baile y el público, Farruca abordó el palo en el que su padre era el rey. Rodeada de los dos cantaores, a los que se unió con menor fortuna Mara Rey, la Farruca echó el resto en este palo y cerró el espectáculo con el recuerdo de su padre, con un fuerte zapateado y una salida entre cantaores. El Carpeta, solo en el escenario, se puso el sombrero característico de su abuelo y cerró el círculo. El futuro de la saga se encuentra con la fuente de la que beben todos ellos.
Juan Antonio Valderrama, hijo de Juanito Valderrama, quiso dedicar la noche a los “sonidos blancos del flamenco”, en la segunda jornada del Festival de flamenco Caja Madrid que tiene lugar en el Teatro Circo Price. Quiso recordar una corriente que en su momento tuvo mucho éxito, quizás por ser más amable al oído. Valderrama demostró que conoce la raíz de la que procede. También que tiene una gran voz, muy similar a la de su padre, que se sostiene sobre todo en la profusión de melismas en los tonos altos. Fue un recital emotivo, con un público entregado al recuerdo de otros tiempos.
Empezó acompañado de un grupo compuesto por la guitarra de Daniel Casares, el piano de Laura de los Ángeles, el chelo de Rafael Domínguez, el contrabajo de Alberto Román y el violín de Alejandro Álvarez. Valderrama hizo en su interpretación, una canción flamenca basada en los palos que acometió, que pasaron por la farruca, la seguiriya, una taranta, un homenaje a Manuel Vallejo que incluyó una letra por seguiriya, otra por saeta y un recitado, guajira, fandangos y romance por soleá. Se le perdió el compás por el camino, una lástima que con la orquestación no se oyeran palmas y el sonido del cajón quedase diluido en la melodía. Fue una interpretación sentida, pero la modulación fue muy similar en todos los cantes, con fuerza en el arranque, y una voz suave en los tonos más altos. Le falta a Valderrama, que se lució en los cantes de trilla porque fue capaz de romper esta tendencia, una mayor precisión en las notas más bajas y en los cierres de los cantes.
Sin duda el momento más emotivo fue el cierre, en el que cantó un romance por soleá en el que sonó la voz de su padre, y después El emigrante, que puso al público en pie.
Además, Valderrama quiso homenajear a Morente haciendo uno de sus cantes más populares junto al cantaor que abrió la noche, el madrileño Paco del Pozo. Ambos hicieron La estrella, en una interpretación más o menos improvisada, según explicó él mismo. Del Pozo, que coincide con Valderrama en ser madrileño, hizo un recital breve, con unos cantes básicos: malagueñas, caracoles (que, según dijo, quiso interpretar por referirse su letra a Madrid) y soleá. Del Pozo se mueve cómodo en los tonos medios, gusta de alargar los tercios y ejecuta los cantes de una manera correcta, quizás un poco teatralizados de más. Le acompañó a la guitarra, con un toque impecable, Antonio Carrión, y a las palmas Rafael Peral y José Salinas.
Y entre ambos cantaores hubo momento para el baile, unas pinceladitas de Carmen la Talegona por alegrías, cante clásico muy bien ejecutado, y adornado con mantón, y el Güito, que hizo unos pasos en una soleá reposada, muy centrada en la pose, y con apenas unos toques de zapateado.
El Tablao Cordobés, un clásico de las Ramblas barcelonesas, está celebrando su 40 cumpleaños. Por este motivo, se ha vestido de gala y estrena este 2011 con un ciclo del flamenco más clásico y más gitano, el bailaor Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito como director artístico. Luis Adame, el dueño del tablao que comenzó trabajando como guitarrista en él, lo explica así: “Nosotros exigimos mucha calidad para nuestro escenario, pero al ser el 40 aniversario, queríamos subir un peldaño más, así que nos hemos liado la manta a la cabeza. Queríamos que este aniversario fuese histórico, y como no podemos pagar a las figuras más mediáticas, como José Mercé y otros que sólo están al alcance del dinero público, nos fuimos a las raíces, y hemos reunido artistas históricos del flamenco”.
Los “artistas históricos” a los que se refiere Adame están repartidos en varios espectáculos que les agrupa territorialmente en actuaciones que se sucederán hasta el mes de marzo. El primero de los espectáculos está actualmente en cartel (desde el 7 al 20 de enero), dedicado al flamenco que se ha desarrollado en Málaga. Bajo el epígrafe Málaga cantaora se unen clásicos como La Cañeta, Carrete, y Cancanilla de Marbella, acompañados por el elenco de cante y toque del tablao. Le seguirá, del 21 al 31 de este mismo mes, Triana Bohemia, con artistas como Juana la del Revuelo, la Tana, Herminia, Luis Peña, Alejandro Granados y Carmen Ledesma.
En febrero, el ciclo continúa con otros dos grandes espectáculos. El primero, centrado en la familia de los Farruco, a un clan muy unido al tablao ya que en él actuó el gran Antonio Montoya Flores, Farruco, en su día, y han subido al escenario algunos otros miembros de la familia. Esta vez serán las hijas del bailaor, Pilar Montoya, Faraona, y Rosario Montoya, Farruca. Esta última, además, acaba de anunciar que cuelga los tacones, que su última actuación será en el Festival de Jerez, en el que actúa el próximo 26 de febrero. Además de las hijas, en el Cordobés estará uno de los nietos de Farruco, el que ha heredado su nombre artístico, Antonio Fernández Montoya, Farru, que en la actualidad forma parte del grupo de Paco de Lucía, con quien se encuentra de gira. Y tras ello, Sevilla Jerez como broche, con Angelita Vargas y María del Mar Moreno, entre otros.
Para organizar a todos estos artistas sobre las tablas, Adame ha contratado a Farruquito como responsable de la puesta en escena de los cuatro espectáculos. Adame lo justifica elogiándole como bailaor (“para mí es el mejor bailaor de la historia, y esto lo digo como aficionado”), pero sobre todo, porque conoce los códigos que manejan todos estos artistas. “Hemos hecho un cartel muy gitano, y esta gente posee los secretos del flamenco. Farruquito es uno de ellos, ha heredado estos secretos de su raza, maneja los mismos códigos que ellos”.
Para Farruquito, esta experiencia “es un reto, porque aunque no son los artistas más conocidos, sí son los más particulares, es gente que lleva toda la vida enseñándome. Yo soy muy joven y tengo que dirigir aquí a artistas muy consagrados”. ¿Su papel? Según él: “yo simplemente ordeno los espectáculos. Primero tuve una reunión con ellos para preguntarles en qué palo se sienten más cómodo, porque se trata de estar a gusto, de hacer lo que cada uno sienta, y ya con las ideas me fui a mi casa y monté algunas cositas. Y para mí ha sido una sorpresa ver lo bien que han aceptado mis ideas, lo fácil que ha sido trabajar con ellos”.
Este trabajo del bailaor es el primero fuera del clan: “Yo había montado cosas con mi familia, pero eso es más sencillo, porque todo es más natural, existe otra confianza, y yo soy muy serio con las cosas de trabajo, pero es fácil. Estaba muy preocupado porque esta es la primera vez que he montado algo para otros artistas, pero ahora me llevo en mi corazón para siempre momentos muy especiales”.
Su primo, también bailaor, Juan Antonio Fernández Barullo, es habitual del escenario de este tablao, y Farruquito ha acudido muchas veces como espectador. “El Cordobés es un tablao con mucho prestigio, no es exactamente el tablao tradicional, han pasado todos los grandes artistas, desde Camarón hasta mi abuelo Farruco… todos, es una auténtica universidad del flamenco”.
La danzaora Rocío Molina (Málaga, 1984) ha sido premiada con el Nacional de Danza 2010 en la modalidad de Interpretación. Además de los 30.000 euros con los que está dotado el premio, este reconocimiento implica entrar en la lista de los grandes de la danza en España.
Molina forma parte del grupo de jóvenes bailaores que trabajan en un flamenco renovado, personal y que no tiene miedo de mezclarse con otras disciplinas. En el caso de esta malagueña, ella dice hacerlo de manera natural, “yo sólo me dejo llevar”, nos confesaba en una entrevista publicada en el suplemento cultural de EL PAÍS Babelia el pasado mes de septiembre.
Su último trabajo coreográfico es Cuando las piedras vuelen, que recientemente ha presentado en la Bienal de Flamenco de Sevilla, después de haberla presentado en lugares como Madrid. Es un montaje sobre la libertad y la soledad, en la que la bailaora expone su cuerpo y su emoción con coreografías arriesgadas. Hoy nos ha explicado que ya está trabajando en un nuevo proyecto, pero de momento está “trabajando sola, en el estudio”, la parte menos divertida. Así que el premio es “una inyección de energía para seguir yendo al estudio”.
Lola Greco (2009), Javier Barón (2008), Manuela Carrasco (2007), Israel Galván (2005), Sara Baras (2003), María Pagés (2002), Eva Yerbabuena (2001), José Antonio (1997), Antonio Canales (1995), Mario Maya (1992), Cristina Hoyos (1991), Antonio Gades (1988 y primer premiado) son los nombres vinculados al flamenco que lograron el galardón antes que Rocío. Precisamente Galván, uno de los nombres más recientes de la lista, dijo de ella: “De todo lo que veo, la única que me sorprende con un gesto que a mí no se me ha ocurrido; lo que más me interesa, es Rocío Molina. De lo que hay en el flamenco, lo reconozco todo, todos los pasos me parecen conocidos, pero en ella hay cosas que no he visto nunca antes".
Si eres curioso, simpatizante o aficionado al inabarcable mundo del flamenco, asómate en este blog a lo que se cuece por sus caminos de la mano de la periodista de EL PAÍS Ángeles Castellano.
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