Por Bloguerías

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Escrito por acastellano

13 Jun 2011 - Enlace

Nikela: del flamenco al jazz

“Presta atención”. Nikela, una palabra en caló, da título a un disco que transita entre dos mundos, el flamenco y el jazz, y que ha publicado recientemente Flamenco Jazz Company, grupo aglutinado alrededor del piano de Pedro Ojesto y la guitarra, flamenca de David Cerreduela (y cuya lista de componentes completan el bajista Josemi Garzón, el percusionista Fernando Favier y los cantaores Israel Fernández y Miguel de la Tolea). “El título se me ocurrió a mí”, explica Josemi Garzón. “Yo propuse la idea de buscar una palabra en caló, porque hay muchas que utilizamos sin saberlo, dentro del lenguaje coloquial. Nikela me parecía una palabra mestiza, es como ‘mira’, ‘presta atención”. Pedro Ojesto añade a la explicación: “Seguro que tendrá muchos significados, porque a mí me suena a niquelado, algo que está redondo, bien hecho. Suena bien, la palabra”.

Aunque es el primer disco que publica esta formación, en realidad, el grupo de músicos no es nuevo, ni sus componentes unos recién llegados. “Nosotros llevamos mucho tiempo trabajando juntos”, me explica Pedro Ojesto, “y la idea de hacer el disco estaba ya cuajada desde hace tiempo, pero el empujón definitivo nos lo ha dado la Fundación Orange”. En este trabajo, el grupo parte del flamenco, y sus temas, casi todos, se organizan por tanto por palos (tangos, bulerías, soelares, rumba y jaleos), todos con una interpretación muy rítmica, a los que ponen voces dos cantaores de rajo muy gitano, pero se mueve en esa línea fronteriza entre lo jondo y el jazz. “Al ser el primer disco, quizás estamos energéticos”, explica Garzón. “También influye que Fernando (Favier, percusionista) y yo, que somos la base rítmica, hemos estado muchos años acompañando a Joaquín Cortés, Antonio Canales… Son muchos bailaores, y quieras que no, el punto rítmico está ahí”.

(Foto: Mariano Gutiérrez / Flamenco Jazz Company)

Esto no significa, explica a continuación Garzón, que le hagan ascos a los palos más libres. “Yo llevo cuatro o cinco años trabajando sobre los cantes libres en el piano”, aclara Ojesto. “Pero para entrar a tocar flamenco en el piano hay que entrar tal como es, por eso a los pianistas nos ha costado tanto, porque no hay tradición. Luego ya, con el tiempo, le buscas sus propios recursos”.

El piano suena en cortes como en la soleá clásica Eres tú la melodía, o en las bulerías Yepa, más cercanas al jazz. Sin embargo, “para darle color, que no suene todo igual”, como explica Ojesto, también hay temas en los que no suena, como en los jaleos Bella calí. También cabe en este trabajo un homenaje a Miles Davis en una soleá (que surge precisamente del estándar de jazz de Davis) a la que pone letra Luis Pastor, Blue in green. “Esta versión nuestra viene de largo, venimos tocándola desde hace años, y el tema siempre nos ha sonado por soleá”, explica Garzón. “La letra se la pedimos a Luis Pastor y aunque le costó, cogió la métrica, entendió muy bien la idea, y le escribió una letra muy bonita”, añade Ojesto. “A la hora de cantarla, Israel la entendió como una soleá. Le hemos hecho cirugía musical, pero surgió de una manera muy natural”.

Además de Pastor, en este disco hay espacio para otro compositor habitual del flamenco: Juan Antonio Salazar, que firma temas como Bohemio (“una rumba que cantó Potito hace muchos años y a Miguel le apetecía cantar”, explica Garzón) y Los niños soldados. “Salazar es de los pocos compositores flamencos que hacen letras que por un lado son flamencas y por otro tienen actualidad”, explica Ojesto. “Es flamenco, pero hace canciones, cosa muy poco habitual. A nosotros nos encantó, nos identificamos con el espíritu musical, porque lo hacemos desde la alegría”.

Recopilado el material, lo de menos fue grabarlo. “Nosotros somos músicos de estudio y grabar es divertido. No es lo más complicado”, explica Garzón. “Lo más largo es darle forma a los temas y encontrar el camino del material”. “A nosotros nos gusta grabar en directo, todos juntos, no hacemos nada prefabricado sin errores”, añade Ojesto.

Y esa frescura de la grabación se reflejará, claro está, en los conciertos que tienen previstos para presentar el disco. En Madrid comenzarán esta noche, en el Café Central, donde estarán una semana completa. “Cuando tenemos un escenario grande nos gusta llevar un bailaor”, explica Ojesto, “que es Pol Vaquero, que no está en el grupo porque sólo viene cuando hay espacio para actuar”. Vaquero no estará en Madrid, pero les acompañará en otras fechas. “Él comunica muy bien nuestra música, porque la baila, no le acompañamos nosotros en el baile, sino al revés”.

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Escrito por acastellano

12 Jun 2011 - Enlace

Impecable guitarra de Niño Josele

Estaba en la Suma Flamenca y el Niño Josele (nacido José Heredia en Almería, 1.974) decidió hacer flamenco. Y cómo lo hizo: con entrega, con ritmo y una pulcritud exquisita en su sonido. Anoche, en los Teatros del Canal, demostró por qué está considerado uno de los mejores guitarras de su generación. Es uno de los flamencos que más ha investigado en los caminos del jazz, y también, es uno de los más respetados por los músicos de este arte, y sin embargo, anoche el Niño Josele hizo un recital de flamenco sin adjetivos, con un acompañamiento musical que le acompañó pero no le robó el protagonismo a la guitarra, que sonó rápida, sin perder la emoción, bien medida y más flamenca que nunca.

Apareció solo en el escenario y tras una presentación con un tema de su último trabajo discográfico, Española (Warner, 2009), de sonido limpio y emocionante, llamó al escenario al cantaor, David Maldonado, el de la Jacoba y a Israel Suárez Piraña, que puso las percusiones. Es la de este cantaor joven una voz tostada, muy gitana pero muy matizada, con un cante que no acompaña a la guitarra y rellena los huecos que esta le deja, sino que pide su espacio propio. Al grupo se unió poco después el bajista Alain Pérez, con el que la guitarra de Josele mantuvo un diálogo interesante en el concierto.

El repertorio elegido por Josele fue muy rítmico, incluso llegó a hacer una seguiriya muy rápida, con un fuerte dominio del compás. Hizo mucha bulería, y también, su homenaje a uno de sus ídolos, el músico de jazz Bill Evans.

Se les unió, casi al final de un recital que duró una hora larga y llenó tres cuartas partes del aforo, el bailaor Juan de Juan, para acompañar en una bulería que servía de presentación de los músicos en la que el bailaor quiso acompañar el ritmo con su taconeo, porque no hizo mucho más que eso, taconear con gran intensidad. Juan de Juan se quedó también para el último tema y con su baile desbocado dio una cierta sensación de querer demostrar su valía en esta corta aparición.

Juan de Juan saldría al escenario de nuevo al final del recital, no del Niño Josele, sino de la segunda parte de la noche, que correspondió a la cantante de música tradicional húngara Marta Sebastyén. Junto al percusionista-bailarín que acompañó a esta cantante (Zoltán Batyu Farkas), Juan de Juan puso una pinceladita de unión entre músicas. Marta participó junto a Niño Josele en La Granja de San Ildefonso el año pasado, cuando ambos trabajaron en una iniciativa de intercambio musical entre países de la UE. Entiendo que de ahí viene la idea de introducir a esta cantante en el programa de la Suma, porque su música, conexión con el flamenco, no tiene ninguna. Es por esto que no reseño su actuación, porque se sale del campo de interés de este blog y por un desconocimiento prácticamente absoluto de la música que la cantante interpretó.

(FOTO: Gorka Lejarcegi)

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Escrito por acastellano

11 Jun 2011 - Enlace

Flamenco deformado

Es lo que ella explicaba en una entrevista antes del espectáculo: en Vinática pretende deformar la técnica. Anoche presentó la bailaora Rocío Molina (Málaga, 1984), Premio Nacional de Danza 2010, en los Teatros del Canal de Madrid, dentro del festival Suma Flamenca con gran éxito de público, que no sólo llenó el teatro sino que además ovacionó a la bailaora tras hora y media de tensión y pasión a partes iguales.

En un escenario desnudo (literalmente) la bailaora arranca -sobre un vals de Chopin que también cierra la obra- antes de que el público termine de acomodarse ataviada con una larga cola que sobresale del escenario queriendo significar ese poso que son los orígenes de los que ella parte para crear algo inédito. Una cola que, como conclusión del montaje, se convierte precisamente en lo contrario: unos orígenes que aprisionan, limitan e impiden avanzar hacia otros lugares.

Tarda un tiempo en entrar en acción Molina, tiempo que permite al espectador diseccionar la desnudez de un escenario preparado por Roberto Frattini. Mueve su brazo como si fuera la cola de un perro, ese perro que espera, tranquilo, paciente, a que las cosas se desencadenen. Y esos hechos son su propio recorrido artístico, la niña que fue sobre la que otras personas hablan mientras ella aprende su baile y lucha contra la naturaleza para controlar el cuerpo y convertirse en bailaora.

El guitarrista Eduardo Trassierra, el cantaor José Ángel Carmona (que también toca la mandolina) y José Manuel Ramos El Oruco, a las palmas y el compás actúan no sólo como músicos con gran acierto de ejecución y sentimiento, sino como personajes que interactúan y acompañan a la bailaora. Se sirven del vino, elemento que recorre toda la obra, ese vino que a veces provoca nostalgia y otras se usa para olvidar las experiencias pasadas.

Molina ha querido descomponer aquí los bailes, diseccionarlos, en esa reflexión que quiere plantear sobre quién es, quién fue y quién quiere llegar a ser. En ocasiones entra a bailar en el silencio, antes de que arranque la guitarra o el cantaor ponga voz a sus inquietudes. Por seguiriyas, la copla de Pepe Pinto Rosa Linares, alegrías o bulerías, la bailaora va mostrando la significación que el baile tiene, un baile de fuerza, de técnica depurada, tan consciente de esa técnica que en otros momentos la doblega y la destroza, se rebela contra ella. Mantiene una tensión que se antoja excesiva en algunos momentos, que contrasta con esa pasión que le pone a su baile, expresivo y entregado al extremo.

(Foto: Cristóbal Manuel)

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10 Jun 2011 - Enlace

El lamento de Estrella por Morente

Difícil deshacer el nudo que Estrella Morente nos ha provocado en el corazón a los que hemos ido a verle a los Teatros del Canal, con su cante por soleá. Su voz, su dolor, me sigue estremeciendo horas más tarde. El lamento por su padre perdido, seis meses después, es grave, no tiene alivio. Y Estrella lo trasladó a su voz y ofreció, como apertura del festival Suma Flamenca, el mejor homenaje que le podía hacer al maestro: entregarse en cada una de las notas de un recital sobrio, flamenco por derecho, que cerró ataviada con mantón entonando un pregón de viva voz.

Con un vestido negro cubierto por unos tules rosas, entró Estrella con paso lento, grave en su caminar, a un escenario en el que le esperaba su familia flamenca: las guitarras de su tío, José Carbonell, Montoya y la de su primo Monty, Pedro Gabarre en las percusiones y su hermano Enrique, su tío Antonio Carbonell y Ángel Gabarre, habituales acompañantes de Enrique padre, en los jaleos y las palmas. Quiso empezar con uno de sus temas más recientes. De pie interpretó Caza al alcance, inspirado en un poema de San Juan de la Cruz, que recientemente hizo junto al pianista Michael Nyman, en la gala de entrega de los Premios de la Música. Y en seguida, se sentó en una silla de enea y entró al flamenco. Primero por fandangos de Granada, rápidos, directos, llevados por las palmas para pasar después a los tangos. Los hizo con mucho acierto, con gran movimiento de su voz más desenvueltos en los tonos medios, concentrada, sentida, con entrega.

Tras los tangos, llegó la desazón porque Estrella se entregó a la soleá. Morente, sola en el escenario con la guitarra de Montoya, entró por derecho a un cante que dejó ver el dolor tan fuerte que ha dejado la pérdida del maestro. Con una fuerza desbordante, estremecedora, entró en el ayeo, y ya desde ahí, nos dejó un nudo en el estómago y el corazón para el resto de la noche. La solemnidad de este palo, al que siguieron malagueña y una seguiriya precedida por un suspiro que sonó sin consuelo, llenó de negrura los rincones de la sala. En la seguiriya quiso cantar a la muerte de su padre (“Qué pena más grande tengo que le dejaste morir solito en el hospital”). Con un cante descorazonador, de fuerza, que contiene el lamento del mundo y en el que Estrella demostró su mejor hacer.

Y lo que parecía que iba a ser un respiro, se terminó convirtiendo en un lamento aún más profundo cuando Estrella dejó solo en el escenario a Montoya, que homenajeó a Morente interpretando su Estrella en la guitarra, una Estrella que la cantaora hizo también al volver al escenario, ahora vestida de pantalón negro y camiseta con la silueta de su padre y una chaqueta de lamé plateada. Antes, por fandangos y colombiana y unas sevillanas dedicadas a Lola Flores (en las que hubo trazos de las coplas más populares de la tonadillera, pero también un recuerdo para Antonio y Lolita Flores), sacaron de Estrella la pasión que aún le quedaba en su interior. Aquí, la negrura se difuminó, aunque no el lamento, y siguió Estrella con su dolor en la garganta arriesgando, jugando con algunos de los giros que hacía su padre, entregada.

Para concluir el recital de emociones eligió un bolero de Chavela Vargas, La noche de mi amor, interpretado por bulerías. Estrella dio rienda suelta a su histrionismo, con baile, golpes de melena y cante a capella, adolorida como animal herido, levantando al público de sus asientos con una ovación cerrada que le obligó a volver y cantar una vez más, ataviada de mantón, y cerrar así con un pregón.

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02 Jun 2011 - Enlace

Universo Galván

Si Solo es la esencia de Israel Galván (Sevilla, 1973), La Curva, presentada anoche en Madrid dentro del Festival de Otoño en Primavera en Matadero (y que podrá verse hasta el 5 de junio), es la completa sinfonía de su baile, su concepto de la danza y del flamenco. Si en Solo reivindicaba el silencio y la música de los objetos, en La curva añade, en un alarde casi de barroquismo, el piano contemporáneo de Sylvie Courvoisier, el cante telúrico de Inés Bacán y el compás, al que todos contribuyen pero es dirigido por el observador, enlace y generador de atmósferas que es Bobote, que en esta ocasión, además, actúa como alter ego de Galván.

(Foto: Félix Vázquez)

El bailaor reitera en este montaje su pasión por la música de los objetos. Comienza con su chaqueta, que cerrada o abierta forma parte de su baile y le ayuda a apuntalar el compás. Pero también las sillas, las piedras de sal, la harina, la mesa, las tarimas… Un escenario que a primera vista parece estar medio desnudo, en el desarrollo de la danza se termina convirtiendo en un actor más, que interactúa y participa y sobre todo: suena. Con el apoyo en la dirección de escena de Txiki Berraondo, Galván aprovecha los espacios para transformar una y mil veces el lugar en el que baila, y transitar, como decía unos días antes de la presentación del espectáculo, en esa curva extraña que va de la caracolá lebrijana a un club de jazz en Nueva York, pasando por la calle o un espacio casi mágico en una nube de harina.

Todos los elementos característicos del baile de Galván están en La Curva. Todos esos modos de su flamenco reconstruido y arrastrado a su esencia: los perfiles, las hojas que caen, las suelas percutidas, los golpes inesperados de cadera, el toro, su singular braceo. Y con todos estos elementos que tanto ha costado entender al público, si es que alguna vez han llegado a ser comprendidos, Galván baila al son que le marca un piano que suena a arpa, a instrumento de percusión, a música disonante, flamenca o Latin jazz, pero también baila por las bulerías más festeras, una nana, una seguiriya o esas singulares sevillanas que marca en una silla de tijera atravesada en su cuello.

Y en toda esta gravedad, en esta tensión que plantea el bailaor, aún deja un resquicio de alivio para el espectador, un guiño, una mueca, una traza de humor que salpica el espectáculo y que resulta liberador al terminar, en un particular fin de fiesta con Bobote, que cierra con una sonrisa y las eternas ganas de más.

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20 May 2011 - Enlace

Por Bloguerías y otros palos: inauguramos

Hoy inauguramos sección. Se trata de un espacio para que participen los amigos del flamenco, y también de este blog: son colaboraciones especiales. No tendrán periodicidad concreta, y serán de temática libre y abierta. Los invitados harán una reflexión sobre algún tema del flamenco que les preocupa, o contarán alguna vivencia personal con este arte. La inauguración es obligada: la hacemos con Manuel Moraga, periodista que lleva muchos años en esto y dirige, en la actualidad, el programa de Radio Exterior (RNE) El Callejón del cante en el que es generoso con las voces que invita a participar. Además, Manuel Moraga forma parte del consejo asesor de la Fundación Mario Maya y ha participado, entre otras cosas, en un espectáculo estrenado en la pasada Bienal de Flamenco, de la que habla en el texto siguiente.

Las casas cantaoras, ¿un modelo en crisis?
Por Manuel Moraga

“Hay personas con un gran oído musical y otras que no. Ahí existe un componente genético y, de hecho, se puede dar en familias, como ocurrió en la saga de los Bach: el más conocido fue Juan Sebastián, pero cuando se reunían todos eran más de cien músicos. Pero además de la genética, en la irrupción del artista interviene también la formación familiar, el ambiente en que se vive”. Es la opinión del Dr. Cecilio Paniagua, psiquiatra psicoanalista y autor del libro Visiones de España. Reflexiones de un psicoanalista, donde dedica un capítulo a la lírica del flamenco. Estos pensamientos reflejan la base de ese fenómeno que todos conocemos en el flamenco como las casas cantaoras y que -en mi opinión- en los últimos tiempos no está siendo reconocido como se merece.

“De pequeño -comenta Manuel Valencia Carrasco, Manuel de Paula- jugaba a ser cantaor”. Este gran artista nacido en Lebrija es uno de los testigos más lúcidos y privilegiados de ese proceso de la transmisión oral y vivencial del flamenco en el seno familiar. En su árbol genealógico encontramos al Tío Chozas, a Antonia Pozo, a los Sordera de Jerez, e incluso su segundo apellido, el Carrasco, comparte origen con La Macanita, Diego Carrasco, o la familia Jero. ¡Y qué decir del apellido Valencia en Jerez y Lebrija!

Manuel de Paula me ha contado en infinidad de ocasiones cómo se vivía el flamenco en su casa. Y cómo el cante de su casa tenía detalles y sutilezas diferentes al cante que se hacía en otras casas gitanas de la misma Lebrija: “Me dijo en Chache Bacán / siéntate, sobrino, aquí/ que yo te voy a enseñar / los cantes de Juaniquí” dice una letra por soleá de su último espectáculo Ancá Paula, que significa, precisamente, En casa de los Paula.

El profesor José María Poveda, Catedrático de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid y autor del libro Locura y creatividad, me explicaba que “en los seis primeros años de la vida se configura el sentido del sonido y el sentido de la música. Es parecido al aprendizaje de idiomas: los idiomas que se aprendan hasta los seis años van a entrar muy fácilmente en el niño”.

Esto revela por qué en las casas flamencas -fundamentalmente gitanas- aunque no todos los integrantes sean artistas (en el sentido profesional del término), sí que cualquiera de ellos -desde los más niños o los más ancianos- son capaces de “saber estar en una fiesta”… En definitiva, estamos hablando de ese “lo llevan en la sangre”, expresión muy común y socorrida, pero que implica, como vemos, factores tan complejos como la genética o el desarrollo psico-afectivo-neuronal del individuo.

Obviamente, no todos los miembros de una casa cantaora terminan siendo artistas profesionales: “Además de ese vigor, hay que tener talento innato y perseverancia”, afirma el psiquiatra Cecilio Paniagua, que añade “el mito de que Mozart tenía inspiraciones y escribía a vuelapluma no es cierto. Mozart trabajaba mucho. Hay que perseverar, hay que aprender mucho”. Siguiendo con el ejemplo de Manuel de Paula –con quien mantengo una gran amistad y, por ese mismo interés mío hacia el fenómeno de las casas cantaoras, me embarqué con él en su AnCá Paula- me contaba cómo siendo un chaval se iba a Jerez haciendo autostop para poder escuchar a tío Gregorio, el Borrico: “iba a buscarle a la venta de los Cuatro Caminos -cuenta Manuel-, y con mis ahorrillos le llevaba media botella de Tío Pepe y un paquete de Ducados, que es lo que fumaba él. Y yo me quedaba encantao de escuchar ese eco. Me iba para mi casa diciendo ¡Dios mío! ¿Cómo ha hecho eso este hombre?... Y cuando volvía otra vez a escucharlo ya no lo hacía igual. Y si un día te levantaba los vellos, otro día te rompías la camisa”.

Nadie discute el papel de las casas cantaoras en la historia de este arte: los Pavón, los Torre, Paco La Luz y sus ramificaciones, los Pinini, los Perrate, los Mairena, los Parrilla, los Agujetas, los Paula, los Pelaos, los Peña, los Bacán, los Maya de Granada, los descendientes de Diego del Gastor, los Salazar de Extremadura, etc., etc., etc. Solo con estas referencias se podría componer una buena antología del cante, del toque y del baile flamenco. Pero ese papel, en los tiempos actuales -esa es mi opinión- parece quedar relegado a un segundo plano. Y estas familias lo saben y lo sufren.

Hoy cualquier persona con talento y facultades puede empaparse de cante, de guitarra o de baile a cientos o miles de kilómetros de España. Y eso es muy positivo. De hecho, muchos artistas ajenos a las casas cantaoras han demostrado esfuerzo, capacidad y creatividad y han contribuido a hacer más grande el flamenco. Pero también es cierto que en los carteles de las grandes programaciones actuales se echa de menos la presencia de los apellidos a los que aludo. La balanza, a mi juicio, no está equilibrada. Las modas van por otros caminos y con demasiada frecuencia se confunde el talento con la repetición mimética de lo ajeno aprendido: todo, eso sí, con una gran perfección técnica…pero muchas veces, sin alma. Quizá porque eso que llamamos alma tiene bastante que ver con la interiorización natural de los códigos musicales y estéticos desde la más tierna infancia.

Al flamenco no le sobra ninguna aportación. Pero sí considero necesario -insisto- que se haga una valoración justa del camino recorrido. El alma de un artista gana en riqueza cuando se ha impregnado no solo de notas musicales, sino de toda esa intranet vital, ese cúmulo de observaciones, sensaciones y aprendizajes que se da en las Casas Cantaoras. Si ellas, el flamenco que conocemos, no sería igual. Obvia decir que un artista no nace donde quiere, sino donde le toca. Pero los programadores sí que no nacen: se hacen.

(FOTO: Fidel Meneses / Luis Castilla –Bienal de Flamenco)

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Escrito por acastellano

19 May 2011 - Enlace

La gala del chascarrillo

Aburrida, falta de ritmo, sin emoción y con un presentador pretendidamente simpático pero con unas bromas que rozaron el absurdo. Así fue, anoche, la gala de los XV Premios de la Música, esa que tanto se había cacareado que se dedicaría al flamenco. Visto lo visto, mejor que dejen al flamenco por el caminito por el que iba y no lo mezclen con propuestas chuscas como la de anoche. Mucho más tras oír las palabras del presidente de la Academia, Eduardo Bautista: “Estamos celebrando la grandeza del flamenco. Es enorme la responsabilidad que tenemos como conjunto de naciones y pueblos un patrimonio universal que es reconocido absolutamente por todo el mundo”.

En lo que respecta al flamenco, tan sólo hubo dos momentos (duplicados) de emoción, pero era bastante previsible que así sería, ya que tuvieron que ver con dos grandes artistas que eran homenajeados anoche: Carmen Linares y Enrique Morente, por motivos, obviamente, diferentes.

Ver a un gran guitarrista como Tomatito, curtido en grandes escenarios de todo el mundo, emocionado al punto de que no le salían las palabras para entregar el Premio a toda una vida a Carmen Linares fue muy emocionante, muy a pesar de que le tocó intervenir tras la chusca presentación de Toni Garrido, que pareció una broma de mal gusto: “Una mujer de Jaén, aceitunera y altiva”. Tomatito enumeró los méritos de la de Linares: “Por reivindicar el papel de la mujer, por llevar el cante clásico junto con el moderno, por cantar a los grandes poetas, este merecido premio es para Carmen Linares”.

Con el auditorio en pie, a una Carmen Linares muy emocionada le costó arrancar: “Estoy muy nerviosa, esto me ha superado. Es un premio muy importante porque me lo dan mis propios compañeros y es importante para mí para seguir luchando por el flamenco. Este ha sido un año de luces y sombras, para el flamenco y para mí personalmente. Aquí estamos, tenemos que seguir adelante apoyando este arte y quiero dar las gracias a mis maestros, a todos los artistas que me han enseñado tanto, ellos son los que nos han allanado el camino. Soy muy afortunada de haber podido expresarme con una música como es el flamenco, una de las mejores músicas del mundo. También quiero dar las gracias y dedicar el premio a mi familia, a mi marido y a mis hijos. Muchas gracias y viva el flamenco”, dijo.

La actuación, esa versión de La danza número cinco de Granados, junto al piano de Iván Melón Lewis, fue uno de los momentos de mayor intensidad de la gala. El baile de Carmen Amaya, proyectado como fondo, y el de Belén López, acompañaron con mucha emoción el ya de por sí emocionante cante de Linares.

Todas las actuaciones fueron flamencas. Fue el único elemento que relacionó la gala con la dirección de Javier Limón. Además de Carmen Linares, actuaron un grupo de percusionistas al inicio (que hicieron unas bulerías a tres) que fueron los responsables, además, de las cortinillas musicales (bastante insustancial todo), doce guitarristas, comandados por David e Israel Cerreduela, que interpretaron una versión del Entre dos aguas de Paco de Lucía, y Estrella Morente, que acompañada al piano de Michael Nyman, ofreció un bocado de lo que será su próximo disco. Un disco que no parece, por lo visto anoche, que haga volver a la hija mayor del maestro Morente a la senda del flamenco, porque lo que hizo anoche, con pasión y acierto, no tuvo nada que ver con lo jondo, ni en la interpretación de Estrella ni en la composición en sí.

Eso sí, la de Linares y Morente salvaron las actuaciones. Son dos animales de escenario, con una fuerte presencia y muchas tablas, y menos mal, porque le pusieron un poco de emoción a una gala completamente anodina.

Antes de actuar, Estrella, junto a sus dos hermanos, Soleá y Enrique, recogieron el premio a mejor álbum flamenco para el disco Morente+flamenco de su padre Enrique, precedidos por unas imágenes del gran maestro cantando tremendamente emocionantes. Estrella tuvo unas palabras muy sentidas sobre el premio que recogía: “Recogemos un premio que compite con la máxima actualidad de la música”, pero sobre todo, sobre su padre: “Mi padre era la música. Nuestra casa era la música. Si hay alguien músico en esta vida ese ha sido Enrique Morente. Viva Enrique Morente. Viva la música”.

Además de esto, el premio a la mayor labor de difusión (que recayó en el periodista Alfonso Eduardo Pérez Orozco, toda una vida dedicada al flamenco) y los dos premios a los festivales más importantes del flamenco (el de Cante de Las Minas, de La Unión y la Bienal de Sevilla) que fueron recogidos por un político en campaña (el alcalde de La Unión) y un director general –de la Bienal- haciendo campaña por el equipo de su jefe, el alcalde de Sevilla, muchos otros artistas no necesariamente premiados por su trabajo en el flamenco tuvieron palabras sobre este arte. Así fue con Chano Domínguez, pianista gaditano, que recogió el premio a Mejor Álbum de Jazz por su disco Piano ibérico: “Tengo que agradecer este premio primero que todo a los compositores que me han inspirado para hacer este disco, los primeros que hicieron piano flamenco: Albéniz, Granados, Falla… Para ellos va dedicado este premio…”

También con el compositor, productor y arreglista Joan Albert Amargós o con la cantante La Shica, que dijo sobre Enrique Morente que fue “un cantaor que fue tan moderno que nunca estuvo de moda”.

El pueblo de Lorca y las manifestaciones por una democracia real que tienen lugar en toda España desde el domingo pasado, también tuvieron un hueco en una gala tan sosa como insustancial con mínimos destellos de emoción.

(FOTOS: EFE)

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28 Abr 2011 - Enlace

'Morente + Flamenco', Premio de la Música 2010

La gala de entrega de premios no es hasta el próximo 18 de mayo, pero hoy, la Academia de las Artes y las Ciencias de la Música ha dado a conocer los Premios de la Música de este año. La categoría de Mejor disco flamenco, informa EFE, ha recaído sobre Enrique Morente y su Morente + Flamenco, el segundo de los dos discos en directo editados en los últimos años.

Morente competía con dos nombres consagrados: José Mercé, con su disco Ruido (Warner, 2010), y Cañizares y sus Cuerdas del alma. Es curioso que, con lo prolífica que ha sido la carrera del maestro Morente, que se nos fue a finales de año, hasta el final de su carrera no editó ningún disco en directo. Al parecer, al maestro no le gustaba que le grabasen, siempre dijo que era algo que le desconcentraba.

El segundo, que nos ocupa (el primero se estrenó a finales de 2009) cubre de 1984 a 1994, los años en los que Morente estaba mejor de voz y en los que todavía no se entregaba a la experimentación. Participan figuras como: Mario Maya, Manolo Sanlúcar, Pepe Habichuela, Paco Cortés, Rafael Riqueni, Alain Pérez y Montoyita.

José Mercé competía con su último trabajo discográfico, Ruido, un disco que sigue la senda abierta con sus dos superventas: Aire, Lío y Confí de fuá, producido por Isidro Muñoz. Un disco de flamenco para todos los públicos con pocos momentos de profundidad.

El tercer contendiente era el guitarrista Cañizares, con sus Cuerdas del alma, publicado por Sony Music. Este es un disco fundamentalmente de guitarra, con una idea musical que le da sentido del primer corte al último, de sonidos amables y palos sobre todo fiesteros.

Por otro lado, la lista de premiados contiene a otros dos artistas muy relacionados con el flamenco: el pianista Chano Domínguez (mejor disco jazz) y Joan Albert Amargós, que ha recibido el premio a Mejor arreglista por su trabajo en el disco del guitarrista Tomatito, Sonanta Suite, grabado junto a la Orquesta Nacional de España.

Los premios más flamencos

Este año, la gala de los Premios de la Música, que alcanza la 15 edición, estará dedicada al flamenco y la memoria de Morente, y ahora, además, se sabe que ha sido premiado. Los galardones se entregarán en el Teatro Coliseum de Madrid el próximo 18 de mayo a las diez de la noche. "Queremos rendir tributo a todos los que aman y amamos el flamenco, y en concreto, a alguien que nos ha dejado recientemente y al que añoramos con mucho pesar: Enrique Morente, un creador con mayúsculas", dijo en la presentación de los premios Eduardo Bautista, presidente de la Junta Directiva de la Academia.

Los galardonados, votados por los propios autores e intérpretes miembros de la Academia, recibirán su galardón en una ceremonia que presentará el periodista Toni Garrido y que será retransmitida por La 2 de TVE.

Los detalles se han ido conociendo poco a poco. Lo último en saberse, los premios de hoy. Pero antes, la Academia dio a conocer que dos festivales convertidos casi en instituciones del flamenco recibirán, compartido, el Premio a la labor de Difusión de la música: la Bienal de Flamenco de Sevilla, en pie desde hace 30 años, y el Festival Internacional de Cante de las Minas de La Unión, que el año pasado cumplió 50 años, y cuyo cartel para este verano fue presentado en Madrid hace un par de semanas. La gala tendrá la colaboración especial de Javier Limón, productor y músico muy estrechamente ligado a los artistas del flamenco como, entre otros, Paco de Lucía.

Pero sin duda la gran protagonista será la gran dama del cante, Carmen Linares, que este año recibe el Premio a toda una vida. La cantaora prepara ahora su próximo disco, una grabación del concierto que ofreció recientemente en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, un recorrido por toda su trayectoria musical. La de Linares, tras conocer el premio, daba las gracias al flamenco en una entrevista concedida a EL PAÍS, y hablaba así de su gran amigo, Enrique Morente, el segundo protagonista de los Premios: "Para mí ha sido uno de los mejores artistas que ha dado el flamenco. Es una pena, era como un chiquillo, tenía una ilusión y una cantidad de cosas que darnos... Y le hemos perdido", recuerda. ¿Un momento con Enrique? El bautizo de su segunda hija, Soleá, de la que Linares y su marido son padrinos. "Fue en Granada, de estos bautizos multitudinarios. Él iba por la calle y veía a gente conocida y les iba invitando... Lo pasamos tan bien, era una persona tan entrañable..."

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Escrito por acastellano

08 Abr 2011 - Enlace

La 'jondura' de La Moneta recala en Huelva

“Tengo muchas ganas de bailar”. Al otro lado del hilo telefónico, la bailaora Fuensanta Fresneda Galera, más conocida por el apodo de su familia, Fuensanta La Moneta (Granada 1984), se muestra entusiasta con su próxima presentación ante el público, que tendrá lugar esta noche en el Gran Teatro de Huelva, dentro del ciclo Flamenco viene del sur. Tantas ganas tiene de bailar, que la entrevista llega a retrasarse unos 45 minutos porque su baile, sus clases, se alargan. Todo sea por el baile.

La Moneta exhibe hoy en Huelva su último espectáculo: Extremo Jondo, en el que se hace acompañar por el cante de Enrique el Extremeño (nacido Juan Antonio Santiago Salazar, en Zafra, en 1954), la guitarra de Miguel Iglesias y las percusiones de Miguel El Cheyenne. El título, me explica Fuensanta, “tiene que ver con la intención que se ha hecho el espectáculo, que está basado en el cante. A diferencia de otros espectáculos míos, el baile no está tan estructurado, todo está al servicio del cante”. ¿De qué manera? “Lo único que queremos es cantar y bailar y que salgan sensaciones y vivencias del momento. Es una sucesión de palos unidos entre sí [romance, caña, cantiñas, minera, malagueña, bulería, serrana, liviana y tientos tangos], en todo el espectáculo no se para. Por eso extremo, y por eso jondo también”.

El estreno de Extremo Jondo tuvo lugar en Granada el verano pasado. “Fue una experiencia digna de guardar en el recuerdo, con mucho cariño”, explica La Moneta. “Este espectáculo nació de una experiencia artística y personal, cuando yo conozco a Enrique el Extremeño. Estaba pensado para recordar esto y sacar de nosotros sensaciones que no saldrían en otro tipo de montaje y en el escenario lo disfrutamos mucho”.

Extremo Jondo es diferente, explica La Moneta, que otro tipo de montajes que ha hecho anteriormente, como fue, por ejemplo, De entre la luna y los hombres, su primer espectáculo en solitario, que tuvo como director escénico a uno de los creadores de la Fura dels Baus, Hansel Cereza. La Moneta es una bailaora joven, y en este espectáculo, como en sus participaciones anteriores en las compañías de otros artistas como Javier Latorre, ha demostrado un estilo muy definido. Su baile recuerda al de una grande, Carmen Amaya, porque es enérgico, racial y visceral. A La Moneta, cuando baila, quizás le sobra un poco de pasión, y probablemente con el tiempo, desarrolle un mayor reposo que, combinada con su energía, la convierta en una gran bailaora, completa y sobrada de sentimiento. Es una de las jóvenes bailaoras con mayor potencial de crecimiento.

Nacida en una familia sin precedentes artísticos, esta granaína se formó con los maestros de su tierra y, desde muy niña, con actuaciones en las cuevas y zambras granadinas. Su concepto del baile, en dichos inicios, era radical: “no entiendo las fusiones”, decía entonces. Ahora, lo matiza: “Es que entonces era muy joven, ahora ya no lo veo así”, comenta. “Yo valoro mucho la raíz, la tradición, todos los artistas tienen que tener presente de dónde vienen para saber a dónde se dirigen, pero el flamenco es un arte abierto, que se renueva constantemente, que está vivo, y es inevitable que se enriquezca de otras artes”.

En su caminar, que le llevó también a ganar el premio de baile El Desplante en el Festival de Cante de las Minas de La Unión en 2003, se encontró con el cantaor Enrique el Extremeño, en su primera visita a Japón, paso obligado de flamencos, el mismo año que ganó este premio. “Aquel encuentro marcó mi carrera, tanto que ha dado para un espectáculo”, explica. “Aprendía de cada momento, se respiraba flamenco hasta cuando íbamos por la calle. También estaba Miguel Iglesias, y ellos son mi equipo desde entonces. Nos conocemos muy bien, y hay mucha libertad en el escenario. Ellos son muy inquietos, muy aficionados, y me gusta trabajar con ellos porque nunca sabes por dónde te van a salir, no nos repetimos, nos vamos reinventando”, explica.

Precisamente este mismo mes tenían la intención de repetir aquella experiencia japonesa, esta vez con el nuevo espectáculo. Pero la tragedia que vive el país les ha obligado a posponer los planes hasta junio. “Vamos a participar en el primer festival que se organiza en Japón, porque allí hay mucho flamenco, pero nunca se ha hecho algo tan organizado”. En la Primavera Flamenca de Tokio acompañarán a La Moneta en el cartel, entre otros, Farruquito y Manuel Liñán.

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Escrito por acastellano

07 Abr 2011 - Enlace

Molina & Montoya en Madrid

En estos días, Manuel Molina se ha dejado ver por Madrid. El guitarrista y artista flamenco, que en los 70 alcanzó un gran éxito junto a su entonces mujer, Lole Montoya (Lole y Manuel), no se deja ver mucho por los escenarios de la capital. Recientemente, sin embargo, ha venido dos veces: una para actuar en el tablao Casa Patas y ahora, con espectáculo propio, en el Teatro Calderón (y Haagen Dags).

Me intrigó ver, hace algunas semanas, los carteles que anunciaban su actuación. Salía en la imagen sentado, como patriarca, rodeado de tres mujeres, digamos, de su familia. Una de ellas lo es de sangre, su hija Alba Molina, las otras dos lo fueron por matrimonio, sus excuñadas Angelita y Carmelilla Montoya. El título de la obra fue lo que más me llamó la atención: Justicia paya, anunciado como una obra de Teatro flamenco.

Con curiosidad, acudí anoche al teatro para ver de qué se trataba. No era el estreno, que tuvo lugar el pasado 30 de marzo, pero la obra se mantiene en cartel hasta el próximo domingo. La curiosidad quedó resuelta, la intriga no tanto. Creo que aún no tengo una valoración clara de lo que ocurrió sobre las tablas. Pero como eso no es lo que interesa, mejor cuento lo que tuvo lugar en el escenario.

La obra mezcla la actuación teatral con el flamenco, y se ambienta en un tablao de nombre Nuevo día (como aquella canción de Lole y Manuel). La historia es un poco forzada, sobre todo por su resolución. En principio, se presenta un personaje (interpretado por Ricardo Barbastro) abatido, un tanto oscuro, abrazado a una urna con las cenizas de su amada, papel que interpreta Alba Molina, un personaje ambiguo que no se sabe si es sueño o realidad. Barbastro pena por la muerte de su mujer, una década después, según se explica, pero quiere organizarle un homenaje: una fiesta flamenca. Y ahí es donde entra el tablao y las hermanas Montoya: Carmelilla al baile y Angelita al cante, acompañadas ambas por otro cantaor, Juañares, las guitarras de José Acedo y Antonio Moreno y la percusión de Paco Vega.

Hasta ahí, todo bien. La propuesta escénica está bien resuelta, el espacio se utiliza con mucha agilidad, la interacción entre el texto y la música es correcta. Y aunque es cierto que los soliloquios del personaje, apesadumbrado, rompen un tanto el clima flamenco, la interpretación, de todos, está bien ejecutada. Por tientos, seguirillas, fandangos, rondeña y tangos, Angelita templa su voz, un metal que suena dulce y meloso primero y se crece y se agitana en los tonos altos, una voz que resuelve bien los cantes, que va directa al grano sin entretenerse en floreos, y que, aunque sin excesivos matices, va directa al sentimiento.

Le acompaña al baile su hermana Carmelilla Montoya (Sevilla 1962) que le puso pasión e intención, y que estuvo especialmente acertada en la soleá. No es Carmelilla una bailaora de muchos recursos, de una técnica desbordante, pero con los conocimientos que atesora y el sentimiento que le añade, resuelve con creces. En lo que no estuvo tan afortunada fue en la elección del vestuario, ni ella ni el resto del elenco femenino, que ni les favorecía ni colaboraba en la labor sobre el escenario, especialmente en el caso de la bailaora, que quiso toda la noche usar ese recurso en su baile, el manejo de la falda, y los diferentes vestidos elegidos no se lo permitieron, o al menos ni lució ni aportó nada.

El primer momento de ruptura e intriga llegó con la aparición de Alba Molina. Su papel es confuso, aunque eso le añade, si cabe, romanticismo y misterio a la obra, pero su falta de recursos flamencos rompió completamente el clima. Es una lástima, porque le sobra belleza y tiene una voz, heredada de su madre, llena de sentimiento y con muchas posibilidades. Pero le falta gracia, poder de transmisión, es fría sobre las tablas, y definitivamente le faltan conocimientos. Ni sabe cantar ni sabe bailar (flamenco). Ni en la pataíta final despertó un olé. Se lució, eso sí, interpretando su última canción estrella, que tampoco venía al caso en la obra, y parecía metida con calzador para el lucimiento de la joven: la versión del Can’t take my eyes off you (No puedo quitar mis ojos de ti), escrita por Bob Crewe and Bob Gaudio en 1967 y que ha sido utilizada (en la versión de Alba Molina) en la campaña de promoción turística de Andalucía que ha promovido el Gobierno regional.

Con la aparición de Juañares (Juan Carrasco Soto) la emoción fue en ascenso. Este cantaor de Jerez, cuyos apellidos ya indican su relación con el cante, tiene una voz redonda, sonora, y afinada, una interpretación que se complementó de forma muy acertada con la de Angelita Montoya, dando rienda suelta a la creatividad bailaora de Carmelilla especialmente en la soleá, pero también por carcelera y fandango.

Manuel Molina no apareció hasta prácticamente el final de la obra, y con él, se resolvió parte del misterio: el motivo de la muerte de la amada de aquel actor que había aparecido al principio. Una lástima, porque tanto detalle no añade demasiado a la historia, más allá de ser un alegato contra los males de nuestro tiempo y dar sentido al título de la obra, pero dejó completamente descolocado el flamenco desarrollado en medio. Él hizo lo que mejor sabe hacer, su peculiar canción por bulería, con letras dedicadas al amor y esa interpretación tan sentida que le caracteriza. Y con él, también, se llegó al cierre, en un baile por alegrías primero de alta intensidad, y por bulerías, después, como fin de fiesta, en la que sólo faltó que bailara el hombre triste y abatido que abrió la obra.

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Si eres curioso, simpatizante o aficionado al inabarcable mundo del flamenco, asómate en este blog a lo que se cuece por sus caminos de la mano de la periodista de EL PAÍS Ángeles Castellano.
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