Esto de entregar un Grammy Latino al mejor disco de flamenco todos los años genera cierto revuelo. En la categoría se mezclan trabajos ortodoxos con otros que no lo son, la mal llamada fusión y otros estilos que nada tienen que ver con el flamenco, como la copla, este año, cantada, eso sí, por un cantaor. Llego a dudar que tenga sentido un premio así, pero después de diez años de ceremonia concluyo que la visibilidad es buena, y que si sirve para dar proyección internacional a este arte, bienvenido sea.
El premio ha sido para la Niña Pastori, por su último trabajo discográfico Esperando verte. Si bien la suya ha sido hasta ahora una carrera en la música pop con aires flamencos, en este disco la Pastori ha querido acercarse a sus inicios y mezclar los temas más frescos con cantes, hechos a su estilo.
Hoy arranca el Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid y bien parece que en esta estación lo jondo va a protagonizar la escena madrileña. El arranque es inmejorable. El bailaor sevillano Israel Galván (Sevilla, 1973), Premio Nacional de Danza en 2005, estrena en la capital su último espectáculo, El final de este estado de cosas, Redux. Estará en las tablas madrileñas desde hoy jueves hasta el sábado.
Para quienes no conozcan aún a Israel Galván y tengan ahora la posibilidad de verle bailar en Madrid, un consejo: no se lo pierdan. Ya lo dije en otra ocasión: si algún bailaor flamenco está llamado a hacer historia, gustos personales aparte, ese es, sin duda, Israel Galván. Lo es porque es todo lo que hace es flamenco, pero ha creado un lenguaje personal para decirlo. Porque cada nuevo espectáculo conlleva una estética y un discurso artístico determinados, una intención. Lo es porque está marcando tendencia: bailaores renovadores, contemporáneos, comienzan a ser más y Galván es una referencia: de lo que él hace, otros siguen estela. Que nadie se sienta ofendido: creo que en esta travesía Galván no está solo. Pienso en otros artistas como Rocío Molina. Pero la complejidad de su propuesta pocos que la ofrecen.
Galván está llamado a ser no sólo la punta de lanza del baile flamenco del siglo XXI, también de la danza española. El éxito de crítica y público obtenido en el Festival de Aviñón de este mismo año es una simple muestra de lo que está por venir. En unos años, todo el mundo hablará de él.
Con este nombre (TI-ME-TA-BLE, o el tiempo inevitable) se presenta esta noche en el Teatro de las Bellas Artes de Madrid la última propuesta de los bailaores Marcos Vargas y Chloé Brûlé, una obra que se estrenó en la última Bienal de Sevilla, en la que ganó el Premio Giraldillo a la Innovación. Flamenco con amplitud de miras pero con base, una obra que recoge la esencia de lo jondo y lo sazona con elementos dramatúrgicos, de danza clásica y contemporánea, para contar una historia en la que el amor y el paso del tiempo son los elementos esenciales. Soleá, tangos, martinete, trilla, saeta, pero reinterpretado de forma plástica, visual, con una visión muy personal.
La obra, dirigida por Antonio Campos, está concebida con pocos elementos escénicos pero cargados de significación. Gravita en torno a los personajes representados por la pareja de bailaores: Marcos Vargas, que antes de iniciar el camino de esta compañía formó parte de otras como La Cuadra de Sevilla, la compañía de Mario Maya o la Compañía Andaluza de Danza y Chloé Brûlé, que ha trabajado con artistas como Javier Latorre, Israel Galván y Ángeles Gabaldón. En el escenario hay un tercer protagonista: el cantaor Juan José Amador, que vuelve a demostrar aquí que es un auténtico animal de escena. No sólo exhibe en este espectáculo sus decisivas dotes de cantaor por derecho sin el menor acompañamiento de palmas o música; además, se convierte en protagonista, articulando así la bisagra necesaria para el desarrollo del guión.
Los Amador, extensa familia ligada al flamenco, presta otro de sus miembros a TI-ME-TA-BLE, para dar altura y calidad a la propuesta. El más joven de los hermanos, Diego Amador, aparece como compositor de buena parte de las músicas del espectáculo, además de interpretar las piezas de piano en directo.
Por bloguerías ha estado inactivo un tiempo. Primero por motivos personales de la autora, después por vacaciones, a las que todo el mundo tiene derecho. Lo importante, en cualquier caso, es que estamos de vuelta. Doy gracias a los comentarios que reclaman más y nuevos contenidos, por el interés y por seguir leyendo.
Zanjado el asunto, a lo que vamos. Regresamos de la mano de una de las voces jóvenes más laureadas y más comprometidas con el flamenco. La de Mayte Martín. Una cantaora con una gran personalidad, y con una voz de oro. Mayte Martín (Barcelona, 1965) está presentando su nuevo trabajo discográfico, la grabación de un espectáculo que viene presentando en los escenarios desde 2007, alCANTARa Manuel (Nuevos Medios, 2009), un título que, con un juego de palabras, resume el proyecto: poner música y cantar al poeta malagueño Manuel Alcántara.
Fue un encargo de la efímera Bienal de flamenco de Málaga. Se estrenó en septiembre de 2007 en la Casa del Ingeniero del Pantano de Guadalhorce, dentro del ciclo Siete Maravillas. Después lo ha presentado en lugares como Madrid, Barcelona y Sevilla. Y ahora lo presenta en disco, para todos los que no han podido verlo en el escenario o para los que quieran recordarlo.
No es un disco de flamenco, y aunque suene a tópico, o quizás aunque lo sea, Martín canta flamenco sin cantarlo. Su voz, educada y crecida en lo jondo, tiende, preciosista, nítida y clara, a un quejío sutil, pero siempre presente. Esta cantaora libérrima no ha querido etiquetar o encorsetar los poemas en los esquemas flamencos y les ha escrito las músicas que ella ha sentido para las palabras, independientemente del compás o del tono. "A los poemas de Manuel no les puse música, se la encontré", explicó, el año pasado, en una entrevista en EL PAÍS. Hay un acercamiento también, en esta colección, al tango argentino (Manuel), hay baladas y canciones próximas al bolero o a las cantiñas (como La Paloma de Picasso).
Es ésta una grabación para escuchar muchas veces, con calma, para saborear los matices, los colores, en apariencia parecidos de canción a canción, que Mayte Martín pone a las palabras de Alcántara. Es un disco de autora, dirigido, compuesto e interpretado (guitarra y voz) por la cantaora catalana, que se hace acompañar por un reducido grupo de músicos: José Luis Montón, a la guitarra, Olvido Lanza y Biel Graells, a los violines, Guillermo Prats al contrabajo y Chico Fargas a la percusión.
La recuperación del preciosismo en el cante
La trayectoria de Mayte Martín en el flamenco es larga y discreta. Su voz, dulce y aterciopelada, afinada y sensible, y su gran conocimiento del cante, le hizo en seguida destacar entre los cantaores de su generación, entre los que se buscaba desesperadamente un heredero para Camarón. Los aficionados se encontraron con un soplo de aire fresco en esta voz, una cantaora ortodoxa, conocedora y sensible.
Rebelde y comprometida, Mayte Martín ha preferido siempre seguir su propio camino y no el marcado, no ceñirse un corsé, sino buscar caminos propios aunque les desviase de la senda marcada por los más puristas. Desde las formas (cantar con pantalones, acompañarse ella misma a la guitarra) a los fondos. Es compositora, además de cantaora, tanto de flamenco como de otros estilos. En su carrera discográfica (que arrancó en 1994 con Muy frágil), además del flamenco, se ha acercado al bolero (grabó junto al pianista de jazz Tete MontoliuFree boleros, en 1996 y en 2003 Tiempo de amar) y a otras músicas (el año pasado estrenó, junto a las hermanas Labèque, Joan Albert Amargós y Lluís Vidal De fuego y agua). Tiene un trabajo de flamenco más: Querencias, publicado en 2000.
Una cantaora que en el escenario se crece, que llena los espacios con una voz intimista y adolorida, matizada y rica, una voz que, por más que se escuche en disco, siempre pertenece a los escenarios.
La cantaora María José Pérez (Almería, 1985) publica un disco de debut que es toda una declaración de principios: flamenco clásico, tradicional, libre, melódico, sin más pretensiones que una gran voz, conocimiento y sensibilidad. Cante flamenco, producido por Juan Mesas, cuenta con el toque sobrio y delicado de Miguel Ochando y las colaboraciones a la guitarra de Gerardo Núñez, Rafael Santiago Habichuela y de Alfonso Alcalá en el bajo eléctrico, único elemento que, sin destacar en exceso, roba sabor añejo a la grabación. En el disco se incluyen letras tradicionales, pero también algunas composiciones de José Luis Ortiz Nuevo, que además ha asesorado a la cantaora y su productor durante todo el proceso.
El disco arranca con una canción por cantiñas en las que se entrevera una soleá, aunque como título del corte reza Alegrías. Unas cantiñas en las que la almeriense demuestra que su voz aterciopelada se mueve cómodamente por melismas y tonos, que tiene un eco antiguo de amplia tesitura pero libre, que se mueve buscando nuevas maneras de decir el cante de siempre. Sigue con unas malagueñas (Malagueña corta de la Trini) en las que Pérez se acuerda de Enrique Morente con un aire preciosista y afinado. Una soleá de escalofrío, de garganta y corazón desgarrados, granaínas, taranto y cartagenera, y seguiriya y cabal ponen la intensidad que alivian sin perder calidad los Tangos de Graná y las Bulerías reposadas y bien medidas, en las que la cantaora abre su voz, la pone al límite en tercios que se alargan melódicos y emotivos.
María José Pérez empezó como saetera a los 13 años y en seguida se hizo un hueco en peñas y festivales. Su primera gran oportunidad le llegó con 19 años de la mano de Mario Maya. Participó en Diálogo con el amargo como cantaora. Ha pasado por algunos concursos de cante, como el Festival Internacional de Cante de las Minas, en 2002, donde fue finalista, y el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, donde ganó el primer premio, el Antonio Chacón, en 2007. Además de esto, y aunque en su carrera como cantaora no tenga excesiva influencia, ha tenido tiempo de diplomarse en Logopedia y Magisterio de Audición y Lenguaje.
Lo más importante de todo, quizás, sea su juventud. María José Pérez es una cantaora cuyo máximo poder está en su voz, joven, limpia y con matices, que después de este correcto debut crecerá seguro con el tiempo y una dilatada carrera en los escenarios.
EL PAÍS publica hoy, en su revista de verano, un interesante reportaje sobre Jerez como cuna del flamenco, Raíces de la flamenquería. Para ello, la periodista Margot Molina elige los dos lugares más emblemáticos del flamenco jerezano: los barrios de Santiago y San Miguel, y en ellos, dos clásicos: Arco de Santiago y Maypa, lugares de reunión de flamencos jerezanos.
De la mano de La Macanita, Moraíto y Joaquín el Zambo, El País visita Santiago: "Me gusta venir a los bares de siempre porque la música marrullera y escandalosa me marea. Prefiero algo más solemne", dice La Macanita, que en abril sacó Sólo por eso. "Sí, solemne como la que suena en los entierros", bromea Moraíto. El guitarrista y la cantaora, que han colaborado en multitud de proyectos, han grabado este año Mujerez, un disco que reúne a tres grandes voces jerezanas: Juana la del Pipa, Dolores Agujetas y La Macanita.
El reportaje adelanta dos planes profesionales de Moraíto: participar en Flamenco, flamenco, nueva película de Carlos Saura que servirá de actualización de lo que el cineasta aragonés hizo en Flamenco, y donde el protagonismo lo tendrán la nueva generación de artistas de lo jondo, como la bailaora malagueña Rocío Molina o el cantaor Miguel Poveda. Pero además, cuenta el reportaje, Moraíto tiene en marcha "un proyecto que le tiene muy ilusionado: una guitarrería que quiere abrir en septiembre, justo para la Fiesta de la Vendimia, que arrancará el próximo día 5 con la popular y multitudinaria Fiesta de la Bulería, en la Plaza de Toros".
Por último, el reportaje se muda a San Miguel, y lo hace de la mano de los cantaores más jóvenes que pertenecen a las familias del flamenco jerezano: Jesús Méndez, Ezequiel Benítez, el Niño de la Fragua y El Tolo.
(FOTOGRAFÍAS DE JARO MUÑOZ, EL PAÍS)
Acaba de salir a la venta Mujerez, título ingenioso para un disco de flamenco puro jerezano en tres de las voces femeninas más destacadas en este estilo: Tomasa la Macanita, Juana la del Pipa y Dolores Agujetas. Tres mujeres de raza que encierran en su voz la historia de tres familias vinculadas al flamenco más gitano por los siglos. Cante gitano en su estado más puro.
El disco es el segundo que produce la entidad financiera BBK a través de su fundación. El primero fue Nueva Frontera del Cante de Jerez y de igual forma que en aquel, en este la grabación recoge un instante único, un encuentro entre estas tres voces gitanas, acompañadas del buen saber hacer a la guitarra de Moraíto (máximo exponente actual del toque de Jerez) y Dieguito Agujetas, y las palmas, compás y jaleos de Bo y Chicharito. El disco recrea el ambiente de la fiesta en el estudio. Una grabación sin cortes y sin aditivos, más directo y más real, que tuvo lugar en los Estudios La Bodega de Jerez y cuenta con la producción ejecutiva y artística de Alfredo Benítez, José María Castaño y Gonzalo López.
El disco recoge palos básicos del flamenco, cante gitano por derecho. Bulerías por soleá, fandangos, soleares, bulerías, seguiriyas, malagueñas, tonás, tientos, taranto y cartagenera..., todos cantes clásicos, recordando a los maestros, cada una en el estilo en el que nació. Ejecutados con éxito, pero en los que destacan las seguiriyas de Dolores Agujetas, cargadas de rabia, cantadas de garganta, las soleares de la Macanita, palo en el que Tomasa es una auténtica maestra, y las bulerías rítmicas de Juana la del Pipa. Aunque más que eso, los nueve minutos de oro son la ronda de tonás que enlazan estas tres mujeres, con el hilo conductor del yunque al modo en el que se le supone el origen a estos cantes ancestrales. Primero Tomasa, después Juana, por último Dolores. Tres maneras de entender un cante que, si está bien ejecutado, como es el caso, no da un segundo al alivio a quien lo recibe.
Tres voces negras, ásperas, gitanas. Juana la del Pipa (Juana Fernández de los Reyes, 1948), es la voz ronca, afillá que se dice en el argot flamenco, medida y afinada. Juana (que en este disco canta bulerías por soleá, bulerías, tonás, tientos y fandangos) es la menor de las hijas de Tía Juana la del Pipa, cantaora y bailaora, y además tiene vínculos familiares con los Terremoto de Jerez.
Dolores Agujetas (Dolores de los Santos Bermúdez, 1960) canta de garganta, con desgarro, con rabia, con aspereza y aquí lo hace por fandangos, bulerías, seguiriyas, tonás y soleá. Es hija del mítico cantaor Agujetas de Jerez (Manuel de los Santos) y nieta de Agujetas el Viejo. Tomasa la Macanita tiene quizás la voz más melódica de las tres, también la más joven, sin dejar de ser una voz negra, poderosa, con amplios registros. Lo demuestra por soleá, malagueñas, taranto y cartagenera y bulerías. Tomasa Guerrero Carrasco (Jerez, 1968) posee una voz con personalidad propia, heredera de una estirpe que se pierde en el tiempo.
Alguien debería advertírselo a los aficionados. Escuchar a Carmen Pacheco Rodríguez (Linares, 1951), más conocida como Carmen Linares, la gran dama del cante actual, provoca efectos secundarios. El sobrecogimiento que transmite en su voz gastada, la desazón, la falta de alivio puede afectar al corazón mucho tiempo. Anoche en los Jardines de Sabatini de Madrid, dentro del ciclo Madrid Flamenco de Los Veranos de la Villa lo demostró una vez más durante más de una hora de cante. Arropada por las guitarras acertadísimas, de toque clásico y personal de Salvador Gutiérrez y Eduardo Pacheco, la de Linares, Premio Nacional de Música en 2001 y Medalla de Oro de las Bellas Artes en 2006, demostró, una noche más, porque está considerada una de las grandes del cante de este tiempo.
Arrancó con unos tangos rítmicos, trianeros, acordándose, entre otros, de la Niña de los Peines y de la antología (La mujer en el cante) que grabó hace ya doce años. Su voz sonó ronca, fría, cansada, pero poco a poco fue entrando en el cante. Siguió por alegrías, que comenzó susurrantes, mecidas, para ir creciéndose sin gritos, sin estridencias, puro sentimiento.
Ante un público respetuoso, que solo dejó algunos huecos libres en el patio de butacas y que escuchó con atención todo lo que esta gran cantaora vino a decirnos anoche, Carmen Linares entró pronto en oscuras jonduras. Por tarantas, soleares, y seguiriyas, estas últimas precedidas por una inmensa toná (quiso hacer el estremecedor Clavo débil, clavo fuerte de su último disco homenaje al poeta onubense Juan Ramón Jiménez, Raíces y alas) la cantaora se entregó a pecho descubierto. Rebuscándose, sentida, adolorida y sin alivio, no se dio, no nos dio un respiro. No quiso acomodarse en los caminos ya transitados que ella domina y se buscó en los cambios de unas letras a otras, movió su voz por donde quiso sin perder el compás ni el dolor. Hizo cantes largos, letras tradicionales pero reinventadas en su voz, hirientes, cargados de desazón. El público, estremecido, casi no acertaba a jalearla con oles y la ovacionaba tras cada cante.
Tras esta serie, todos ya perdidos en la desazón, cerró con una serie de cantes festeros. Por bulerías primero, en las que recreó el Anda jaleo, jaleo que Federico García Lorca grabó junto a la Argentinita y que Carmen Linares recreó hace algunos años. Y para poner el broche unos fandangos respondidos con una ovación sincera y cálida a la gran señora del cante actual.
Voz aguda y joven
Abrir la noche para Carmen Linares no es sencillo. Pero a la vez, para Guillermo Cano (Bollullos Par del Condado, 1973), según él mismo dijo ayer en el escenario, es un honor y un privilegio. El joven cantaor onubense estuvo a la altura. Tiene una voz joven, aguda, cómodamente instalada en los tonos más altos. Pero se mueve con soltura por los cantes que aborda y les pone verdad y dedicación.
Cano estuvo acompañado por las palmas de un dúo llamado Makarine y por el joven guitarrista sevillano Rubén Lebaniegos, que estuvo acertado en casi toda la actuación, con un toque fresco, personal, alejado de modas y tendencias pero sin salirse del todo de lo que marcan los cánones de la corrección que reclaman los más puristas.
Este cantaor de voz limpia, potente y brillante hizo una vidalita muy melódica para empezar. Siguió por soleares, instalado en los agudos, rozando el grito quizás por las facultades de voz que posee, una tanda de fandangos que domina a la perfección (acaba de dedicar un trabajo discográfico a los cantes de Huelva, Cinco versos y un corazón) y unos cuplés por bulerías, que incluyeron unas estrofas del Pena, penita, pena, muy del gusto del público presente. Para cerrar con un buen sabor de boca, en pie, junto a su guitarrista, volvió a cantar por fandangos para preparar el cuerpo a lo que llegaría después.
Hay cantaores y cantaoras grandes por sus facultades. Por un amplio registro melódico, por su conocimiento de los palos flamencos, por su destreza ejecutándolos. Y hay otros cantaores que tienen voces sabias, que suenan a viejo, que desde la primera nota que cantan son una pura lección de flamenco. Es el caso de Miguel Flores, Capullo de Jerez (Jerez de la Frontera, 1954) y anoche lo demostró, una vez más, en el recital que ofreció en los Jardines de Sabatini de Madrid, dentro del ciclo Madrid Flamenco de Los Veranos de la Villa.
El público, mayoritariamente joven, no llenó más de la mitad del patio de butacas, pero estaba ansioso por ver a este cantaor jerezano. Desde que salió a escena, Capullo fue ovacionado sin tener que abrir la boca. Empezó por una soleá en la que le costó entrar, concentrarse, seguramente emocionado por el recibimiento. La ejecutó a la perfección, directa, sin rodeos, acompañado por una guitarra que estuvo en todo momento en su sitio, acompañando, al toque del estilo de Jerez, sin necesidad de grandes alardes de técnica y sin embargo tan perfecta.
Siguió el jerezano con “unos fandangos a mi aire”, diciendo letras simpáticas, del gusto de los asistentes, pero sin olvidarse de cantarlos como merece. Capullo es un cantaor auténtico, tiene buenas y malas noches pero todo lo que hace es verdad. Y anoche además tuvo la noche buena. Empezó la fiesta temprano, con unos tangos rítmicos, canasteros, sentidos y disfrutados, que derivaron en La culpa, unos tangos que grabó en 2007 en su disco Flor y canela que provocaron el delirio de los asistentes. La mitad del público en pie, cantando el estribillo de los tangos, dando palmas…
Capullo no quiso que la cosa se le fuera de las manos y cortó por lo seco. Se arrancó por martinetes y se hizo el silencio más absoluto. No es un cantaor solamente festero. Con el conocimiento que da criarse entre Santiago y La Asunción, el Capullo domina todos los palos. Y los hace con rigor, pero sobre todo con sentimiento y con un eco antiguo y poderoso. Recondujo la cosa, pero fue sólo un momento. Tras los martinentes llegaron las bulerías, auténtica fiesta jerezana, que remató de pie y con una pataíta llena de compás. Y para el fin de fiesta, La vida es una rutina, otros tangos de mucho éxito popular. El público, en pie, acercándose al escenario, tenía ganas de más. Y lo pidió. Y el cantaor volvió, hasta dos veces, con bulerías y más jaleos.
La primera mitad del recital fue también una demostración de buen cante. Estuvo a cargo de Julián Estrada, un cantaor de Puente Genil, Córdoba, curtido en festivales y concursos. Acompañado por la guitarra de Manuel Silverio, que hizo un acompañamiento clásico y sentido (y reconocido por una admiradora enfebrecida en el público que no paró de jalearle durante el recital), Estrada comenzó con unas malagueñas que derivaron en abandolaos que hizo con voz sentida, limpia, afinada, impecable, moviéndose con soltura por un amplio arco melódico.
Estrada hace los cantes un tanto ralentizados, como mecidos, disfrutando las posibilidades que le da su voz. Así hizo también las alegrías y los fandangos al estilo de Paco Toronjo y la zambra Carcelero, carcelero que popularizó Manolo Caracol, en lo que pudo ser su personal homenaje, sentido y sin explicaciones, por el centenario del nacimiento del cantaor sevillano. Los tangos, después, mucho más rítmicos, casi como anunciado fin de fiesta, que tuvieron como remate una copla dedicada a Andalucía que levantó al público de sus asientos.
(Fotografía de Capullo de Jerez por Massimiliano Minocri)
Primero fue el cante y después el baile y no consiguieron calentar a los aficionados. Abrió la jornada de anoche en el ciclo Madrid Flamenco de Los Veranos de la VillaCalixto Sánchez (Mairena del Alcor, 1947), que ofreció su cante durante 50 minutos en los Jardines de Sabatini con buena acogida por parte del público, que no llegó a completar la mitad del aforo. La segunda parte del recital, protagonizado por la bailaora sevillana Milagros Mengíbar, no tuvo tan buena recepción. La bailora estuvo correcta, pero no pudo conectar con el público.
Abrió con una caña, un palo que casi no se hace y que la sevillana mantiene vivo con un baile clásico de escuela sevillana, concentrado en el braceo, en la estampa, con elegancia y sentimiento. Vestida de negro, la de Triana manejó la bata de cola como una prolongación de su cuerpo, con soltura y compás. Majestuosa en el escenario, el tiempo parecía detenerse mientras transmitía que el flamenco no es sólo virtuosismo y zapateado. El público no lo recibió así y aplaudía tímidamente los desplantes de la bailaora.
Tampoco fue valorada con demasiada emoción la ejecución de los músicos que acompañaban a la bailaora, ni el cante de Juan Reina y Manolo Sevilla ni la actuación del guitarrista, que intentó sin éxito levantar el recital, por más que Mengíbar reclamó la atención del público hacia ellos, haciendo levantarse a los cantaores, bailándoles, retorciéndose con su cante alrededor de sus cuerpos, sintiendo el cante. Nada de esto funcionó.
Tras la caña, la bailaora vistió de blanco, de nuevo con bata de cola, e hizo unas alegrías cargadas de energía, luchando por lograr una conexión que nunca llegó. Tampoco ayudó los problemas que tuvo con el tocado, que se le enganchaba en el mantoncillo y le impedía moverse con más soltura. Ni sus quiebros de cintura, ni la belleza del movimiento de sus manos ni su manejo de la bata de cola lograron conmover a un público que aplaudió tímidamente y no esperó, pese a que Mengíbar sólo estuvo en el escenario 40 minutos, ni bis ni cierre.
Mejor suerte corrió el cantaor Calixto Sánchez, que llenó la primera parte del recital con cantes muy conocidos por el público. “Siempre hace lo mismo”, decía a la salida un decepcionado aficionado. A pesar de esto, logró arrancar algunos oles, sobre todo con su personal homenaje a Antonio Machado, poeta al que puso música en el disco Antonio Machado. Retrato Flamenco (Pasarela, 2001), cuyo proceso de elaboración quiso recordar anoche entre cantes.
Acompañado por Manolo Franco, guitarrista que siempre actúa junto a Sánchez, el ex director del Centro Andaluz de Flamenco cantó por malagueñas, tientos, tangos y una rara milonga del disco dedicado a Machado, Una noche de verano, sobre la muerte de la mujer del poeta. El ganador del primer Giraldillo del Cante de la Bienal de Flamenco de Sevilla (en 1980) estuvo correcto en su actuación, más sentido que en otras ocasiones, sin entretenerse tanto en la exhibición de sus facultades, sino entrando por derecho, dejándose la garganta en la mayoría de sus coplas. Estuvo especialmente acertado en los tientos, que cerró con unos tangos de tercios largos, más adornados.
Hizo también unas alegrías personalísimas, de letras propias, muchas sin rima y difícil compás, pero muy aplaudidas por el público. Sánchez quiso buscar el aplauso de la platea también con sus bulerías, con letras que buscaron la sonrisa y una adaptación de las Habaneras de Cádiz de Carlos Cano y Antonio Burgos que levantaron el aplauso general.