Con este nombre (TI-ME-TA-BLE, o el tiempo inevitable) se presenta esta noche en el Teatro de las Bellas Artes de Madrid la última propuesta de los bailaores Marcos Vargas y Chloé Brûlé, una obra que se estrenó en la última Bienal de Sevilla, en la que ganó el Premio Giraldillo a la Innovación. Flamenco con amplitud de miras pero con base, una obra que recoge la esencia de lo jondo y lo sazona con elementos dramatúrgicos, de danza clásica y contemporánea, para contar una historia en la que el amor y el paso del tiempo son los elementos esenciales. Soleá, tangos, martinete, trilla, saeta, pero reinterpretado de forma plástica, visual, con una visión muy personal.
La obra, dirigida por Antonio Campos, está concebida con pocos elementos escénicos pero cargados de significación. Gravita en torno a los personajes representados por la pareja de bailaores: Marcos Vargas, que antes de iniciar el camino de esta compañía formó parte de otras como La Cuadra de Sevilla, la compañía de Mario Maya o la Compañía Andaluza de Danza y Chloé Brûlé, que ha trabajado con artistas como Javier Latorre, Israel Galván y Ángeles Gabaldón. En el escenario hay un tercer protagonista: el cantaor Juan José Amador, que vuelve a demostrar aquí que es un auténtico animal de escena. No sólo exhibe en este espectáculo sus decisivas dotes de cantaor por derecho sin el menor acompañamiento de palmas o música; además, se convierte en protagonista, articulando así la bisagra necesaria para el desarrollo del guión.
Los Amador, extensa familia ligada al flamenco, presta otro de sus miembros a TI-ME-TA-BLE, para dar altura y calidad a la propuesta. El más joven de los hermanos, Diego Amador, aparece como compositor de buena parte de las músicas del espectáculo, además de interpretar las piezas de piano en directo.
Alguien debería advertírselo a los aficionados. Escuchar a Carmen Pacheco Rodríguez (Linares, 1951), más conocida como Carmen Linares, la gran dama del cante actual, provoca efectos secundarios. El sobrecogimiento que transmite en su voz gastada, la desazón, la falta de alivio puede afectar al corazón mucho tiempo. Anoche en los Jardines de Sabatini de Madrid, dentro del ciclo Madrid Flamenco de Los Veranos de la Villa lo demostró una vez más durante más de una hora de cante. Arropada por las guitarras acertadísimas, de toque clásico y personal de Salvador Gutiérrez y Eduardo Pacheco, la de Linares, Premio Nacional de Música en 2001 y Medalla de Oro de las Bellas Artes en 2006, demostró, una noche más, porque está considerada una de las grandes del cante de este tiempo.
Arrancó con unos tangos rítmicos, trianeros, acordándose, entre otros, de la Niña de los Peines y de la antología (La mujer en el cante) que grabó hace ya doce años. Su voz sonó ronca, fría, cansada, pero poco a poco fue entrando en el cante. Siguió por alegrías, que comenzó susurrantes, mecidas, para ir creciéndose sin gritos, sin estridencias, puro sentimiento.
Ante un público respetuoso, que solo dejó algunos huecos libres en el patio de butacas y que escuchó con atención todo lo que esta gran cantaora vino a decirnos anoche, Carmen Linares entró pronto en oscuras jonduras. Por tarantas, soleares, y seguiriyas, estas últimas precedidas por una inmensa toná (quiso hacer el estremecedor Clavo débil, clavo fuerte de su último disco homenaje al poeta onubense Juan Ramón Jiménez, Raíces y alas) la cantaora se entregó a pecho descubierto. Rebuscándose, sentida, adolorida y sin alivio, no se dio, no nos dio un respiro. No quiso acomodarse en los caminos ya transitados que ella domina y se buscó en los cambios de unas letras a otras, movió su voz por donde quiso sin perder el compás ni el dolor. Hizo cantes largos, letras tradicionales pero reinventadas en su voz, hirientes, cargados de desazón. El público, estremecido, casi no acertaba a jalearla con oles y la ovacionaba tras cada cante.
Tras esta serie, todos ya perdidos en la desazón, cerró con una serie de cantes festeros. Por bulerías primero, en las que recreó el Anda jaleo, jaleo que Federico García Lorca grabó junto a la Argentinita y que Carmen Linares recreó hace algunos años. Y para poner el broche unos fandangos respondidos con una ovación sincera y cálida a la gran señora del cante actual.
Voz aguda y joven
Abrir la noche para Carmen Linares no es sencillo. Pero a la vez, para Guillermo Cano (Bollullos Par del Condado, 1973), según él mismo dijo ayer en el escenario, es un honor y un privilegio. El joven cantaor onubense estuvo a la altura. Tiene una voz joven, aguda, cómodamente instalada en los tonos más altos. Pero se mueve con soltura por los cantes que aborda y les pone verdad y dedicación.
Cano estuvo acompañado por las palmas de un dúo llamado Makarine y por el joven guitarrista sevillano Rubén Lebaniegos, que estuvo acertado en casi toda la actuación, con un toque fresco, personal, alejado de modas y tendencias pero sin salirse del todo de lo que marcan los cánones de la corrección que reclaman los más puristas.
Este cantaor de voz limpia, potente y brillante hizo una vidalita muy melódica para empezar. Siguió por soleares, instalado en los agudos, rozando el grito quizás por las facultades de voz que posee, una tanda de fandangos que domina a la perfección (acaba de dedicar un trabajo discográfico a los cantes de Huelva, Cinco versos y un corazón) y unos cuplés por bulerías, que incluyeron unas estrofas del Pena, penita, pena, muy del gusto del público presente. Para cerrar con un buen sabor de boca, en pie, junto a su guitarrista, volvió a cantar por fandangos para preparar el cuerpo a lo que llegaría después.
Hay cantaores y cantaoras grandes por sus facultades. Por un amplio registro melódico, por su conocimiento de los palos flamencos, por su destreza ejecutándolos. Y hay otros cantaores que tienen voces sabias, que suenan a viejo, que desde la primera nota que cantan son una pura lección de flamenco. Es el caso de Miguel Flores, Capullo de Jerez (Jerez de la Frontera, 1954) y anoche lo demostró, una vez más, en el recital que ofreció en los Jardines de Sabatini de Madrid, dentro del ciclo Madrid Flamenco de Los Veranos de la Villa.
El público, mayoritariamente joven, no llenó más de la mitad del patio de butacas, pero estaba ansioso por ver a este cantaor jerezano. Desde que salió a escena, Capullo fue ovacionado sin tener que abrir la boca. Empezó por una soleá en la que le costó entrar, concentrarse, seguramente emocionado por el recibimiento. La ejecutó a la perfección, directa, sin rodeos, acompañado por una guitarra que estuvo en todo momento en su sitio, acompañando, al toque del estilo de Jerez, sin necesidad de grandes alardes de técnica y sin embargo tan perfecta.
Siguió el jerezano con “unos fandangos a mi aire”, diciendo letras simpáticas, del gusto de los asistentes, pero sin olvidarse de cantarlos como merece. Capullo es un cantaor auténtico, tiene buenas y malas noches pero todo lo que hace es verdad. Y anoche además tuvo la noche buena. Empezó la fiesta temprano, con unos tangos rítmicos, canasteros, sentidos y disfrutados, que derivaron en La culpa, unos tangos que grabó en 2007 en su disco Flor y canela que provocaron el delirio de los asistentes. La mitad del público en pie, cantando el estribillo de los tangos, dando palmas…
Capullo no quiso que la cosa se le fuera de las manos y cortó por lo seco. Se arrancó por martinetes y se hizo el silencio más absoluto. No es un cantaor solamente festero. Con el conocimiento que da criarse entre Santiago y La Asunción, el Capullo domina todos los palos. Y los hace con rigor, pero sobre todo con sentimiento y con un eco antiguo y poderoso. Recondujo la cosa, pero fue sólo un momento. Tras los martinentes llegaron las bulerías, auténtica fiesta jerezana, que remató de pie y con una pataíta llena de compás. Y para el fin de fiesta, La vida es una rutina, otros tangos de mucho éxito popular. El público, en pie, acercándose al escenario, tenía ganas de más. Y lo pidió. Y el cantaor volvió, hasta dos veces, con bulerías y más jaleos.
La primera mitad del recital fue también una demostración de buen cante. Estuvo a cargo de Julián Estrada, un cantaor de Puente Genil, Córdoba, curtido en festivales y concursos. Acompañado por la guitarra de Manuel Silverio, que hizo un acompañamiento clásico y sentido (y reconocido por una admiradora enfebrecida en el público que no paró de jalearle durante el recital), Estrada comenzó con unas malagueñas que derivaron en abandolaos que hizo con voz sentida, limpia, afinada, impecable, moviéndose con soltura por un amplio arco melódico.
Estrada hace los cantes un tanto ralentizados, como mecidos, disfrutando las posibilidades que le da su voz. Así hizo también las alegrías y los fandangos al estilo de Paco Toronjo y la zambra Carcelero, carcelero que popularizó Manolo Caracol, en lo que pudo ser su personal homenaje, sentido y sin explicaciones, por el centenario del nacimiento del cantaor sevillano. Los tangos, después, mucho más rítmicos, casi como anunciado fin de fiesta, que tuvieron como remate una copla dedicada a Andalucía que levantó al público de sus asientos.
(Fotografía de Capullo de Jerez por Massimiliano Minocri)
Primero fue el cante y después el baile y no consiguieron calentar a los aficionados. Abrió la jornada de anoche en el ciclo Madrid Flamenco de Los Veranos de la VillaCalixto Sánchez (Mairena del Alcor, 1947), que ofreció su cante durante 50 minutos en los Jardines de Sabatini con buena acogida por parte del público, que no llegó a completar la mitad del aforo. La segunda parte del recital, protagonizado por la bailaora sevillana Milagros Mengíbar, no tuvo tan buena recepción. La bailora estuvo correcta, pero no pudo conectar con el público.
Abrió con una caña, un palo que casi no se hace y que la sevillana mantiene vivo con un baile clásico de escuela sevillana, concentrado en el braceo, en la estampa, con elegancia y sentimiento. Vestida de negro, la de Triana manejó la bata de cola como una prolongación de su cuerpo, con soltura y compás. Majestuosa en el escenario, el tiempo parecía detenerse mientras transmitía que el flamenco no es sólo virtuosismo y zapateado. El público no lo recibió así y aplaudía tímidamente los desplantes de la bailaora.
Tampoco fue valorada con demasiada emoción la ejecución de los músicos que acompañaban a la bailaora, ni el cante de Juan Reina y Manolo Sevilla ni la actuación del guitarrista, que intentó sin éxito levantar el recital, por más que Mengíbar reclamó la atención del público hacia ellos, haciendo levantarse a los cantaores, bailándoles, retorciéndose con su cante alrededor de sus cuerpos, sintiendo el cante. Nada de esto funcionó.
Tras la caña, la bailaora vistió de blanco, de nuevo con bata de cola, e hizo unas alegrías cargadas de energía, luchando por lograr una conexión que nunca llegó. Tampoco ayudó los problemas que tuvo con el tocado, que se le enganchaba en el mantoncillo y le impedía moverse con más soltura. Ni sus quiebros de cintura, ni la belleza del movimiento de sus manos ni su manejo de la bata de cola lograron conmover a un público que aplaudió tímidamente y no esperó, pese a que Mengíbar sólo estuvo en el escenario 40 minutos, ni bis ni cierre.
Mejor suerte corrió el cantaor Calixto Sánchez, que llenó la primera parte del recital con cantes muy conocidos por el público. “Siempre hace lo mismo”, decía a la salida un decepcionado aficionado. A pesar de esto, logró arrancar algunos oles, sobre todo con su personal homenaje a Antonio Machado, poeta al que puso música en el disco Antonio Machado. Retrato Flamenco (Pasarela, 2001), cuyo proceso de elaboración quiso recordar anoche entre cantes.
Acompañado por Manolo Franco, guitarrista que siempre actúa junto a Sánchez, el ex director del Centro Andaluz de Flamenco cantó por malagueñas, tientos, tangos y una rara milonga del disco dedicado a Machado, Una noche de verano, sobre la muerte de la mujer del poeta. El ganador del primer Giraldillo del Cante de la Bienal de Flamenco de Sevilla (en 1980) estuvo correcto en su actuación, más sentido que en otras ocasiones, sin entretenerse tanto en la exhibición de sus facultades, sino entrando por derecho, dejándose la garganta en la mayoría de sus coplas. Estuvo especialmente acertado en los tientos, que cerró con unos tangos de tercios largos, más adornados.
Hizo también unas alegrías personalísimas, de letras propias, muchas sin rima y difícil compás, pero muy aplaudidas por el público. Sánchez quiso buscar el aplauso de la platea también con sus bulerías, con letras que buscaron la sonrisa y una adaptación de las Habaneras de Cádiz de Carlos Cano y Antonio Burgos que levantaron el aplauso general.
Aurora Vargas es una señora del cante. Una de esas pocas flamencas que dominan la escena y no dejan indiferente al público. Se exhibe en los cantes festeros pero imprime carácter, tensión y sentimiento en todo lo que hace. Anoche lo volvió a demostrar en el ciclo Madrid Flamenco de los Veranos de la Villa, que tiene lugar estos días en los Jardines de Sabatini de Madrid.
Arrancó por alegrías, como suele hacer en sus recitales, unas alegrías clásicas que ella domina y disfruta con poderío. Tiene una voz arrolladora, de fuerte personalidad, adolorida y poderosa. Acompañada por las palmas de sus habituales Eléctrico y Rafa Junquera y por la guitarra de Diego Amaya, que ejecutó un toque preciso, clásico, acompasado y al servicio de la gran voz que acompañaba, Vargas puso la intensidad desde la primera nota que salió de su garganta.
Después vino la soleá, larga y sentida. Tanto, que al acabar el cante la sevillana no sabía ni qué decir. “Me emocionao un poquito”, reconocía al público que se deshacía en aplausos y oles. Cantar en Madrid, explicó, le hacía recordar sus inicios en el flamenco en el tablao de los Canasteros, de Manolo Caracol, para quien también quiso tener un recuerdo especial anoche.
La intensidad no bajó después del momento mágico de la soleá. La mantuvo en los tangos y la transmitió a la seguiriya. En este cante, poco habitual en una cantaora de la que se dice que domina los palos más festeros, Vargas se terminó de romper y derrochó fuerza y sentimiento. Los mantuvo en las bulerías, para las que se adueñó del escenario. Sin micro, con micro, en el micro de la guitarra… Aurora Vargas llenó de duende el escenario. Cada cante en la hora y pico que estuvo en el escenario fue puro derroche, una lección de maestría. Aún quiso dar más y cerró por tonás, unas tonás que en su garganta sonaron negras como pocas.
La lección de cante de Aurora Vargas estuvo precedida por el buen hacer de una bailaora joven y clásica, la malagueña Luisa Palicio, que en tan sólo dos bailes mostró que es una digna heredera de la escuela sevillana, esa escuela de baile preciosista, de disfrute, de braceo colorista y quiebros de cintura, de emoción contenida y manejo de la escena. Palacio bailó por soleá con bata de cola y por guajiras vestida de blanco, con gracia, soltura y emoción. Demostró su destreza con el mantón, también con el abanico. Hizo un baile elegante y sensual, arropado por las voces rotas de Moi de Morón y Juan Reina y la guitarra de Rafael Rodríguez.
Los pies eléctricos de Antonio Fernández Montoya (Sevilla, 1988), al que a veces llaman Farru y otras Farruco, como a su abuelo, protagonizaron anoche la sesión del ciclo Madrid Flamenco del festival Los Veranos de la Villa en Madrid. Bajo el título Al son de Farruco, el nieto del mítico bailaor y hermano menor de Farruquito fue el protagonista indiscutible con una oda al zapateado más enérgico, rápido y rabioso del que es capaz. Hubo que esperar a la soleá para disfrutar de su mejor baile, ese en el que destacan los componentes de esta dinastía farruca, elegante, preciso, sentido, emocionado, sobrio, directo, con mucha energía en los pies, pero que cuida también el gesto, lleno de emoción.
No es que todo lo demás no fuera preciso o emocionado. Sí lo fue. Lo que hace Farruco a sus 20 años no lo hacen muchos otros después de una larga carrera en el baile. Pero Farruco es un bailaor joven y quizás por eso le pueden las ganas de descargar su furia en los pies, de mostrar sus habilidades más que de dar sabor a lo que hace. Anoche lo hizo ante un público entregado que no llenó los alrededor de 300 asientos pero que aplaudió al sevillano con entusiasmo. No faltaron, entre los asistentes, fans enloquecidas al más puro estilo Joaquín Cortés que jalearon al bailaor desde su salida al escenario.
Arropado por un cuadro de músicos entregado y acertado (a pesar de algunos problemas de sonido en los micros de los cantaores Pedro Heredia, Simón Román y Antonio Zúñiga) Farruco fue el único protagonista durante algo más de una hora con su baile por bulerías, por tangos y por soleá. Heredero del arte de su abuelo, Farru derrochó fuerza y contundencia en un baile clásico al que poco a poco va añadiendo elementos propios, algo que también hace en su cuadro, que cuenta con el violín de Bernardo Parrilla, la percusión de Isidro Suárez y el bajo eléctrico de Popo.
Antonio Rey (Madrid, 1981), guitarrista de Farruco, protagonizó el arranque del recital. Durante cuarenta minutos y acompañado por Popo, Parrilla, Suárez y la voz tostada, afinada y aguda de Heredia, hizo algunos de los temas de su primer y hasta la fecha único trabajo discográfico, A través de ti, publicado en 2008. Visiblemente nervioso, el ganador del Bordón Minero del Festival Internacional de Cante de Las Minas de La Unión en 2003 interpretó alegrías, rumbas y bulerías con un toque enérgico y vibrante, animado y saboreado.
Anoche arrancó en Madrid el ciclo de flamenco del festival Veranos de la Villa. Lo hizo con cante de fuerza, entrega y pasión. En blanco y negro. El blanco de una camisa de volantes y de una voz, la de la joven onubense Rocío Márquez, fuerte y sonora, limpia y en desarrollo, que llenó los Jardines de Sabatini en la primera parte del recital. El negro lo pusieron la camisa y la voz de José Domínguez, El Cabrero. Fueron el dolor y la oscuridad en la segunda parte de una noche fresca y de patio de butacas lleno.
El Cabrero es un cantaor singular. Anoche lo volvió a demostrar. El público abarrotaba los Jardines, algunos con camisetas del cantaor, expectantes, luego conmovidos con el arte del sevillano que comparte su pasión por el cante con el del campo y el cuidado de sus cabras. Anoche volvió a exhibir su voz potente, fuerte, sobria y furiosa que levantó ovaciones desde sus primeros cantes por soleares. Vestido con su atuendo característico, de negro riguroso, sombrero y pañuelo en el cuello, el Cabrero cantó con rabia y con dolor. La guitarra nerviosa y agitada de Rafael Rodríguez, algo acelerada, dificultó el disfrute del cantaor con su cante, pero incidió en la rabia y la fuerza. El público apreció, en cualquier caso, su toque rítmico, armónico, característico de la escuela de Morón.
Cantó el de Aznalcóllar por soleares, malagueñas, fandangos y algunas de las adaptaciones por bulerías que tiene en su repertorio de canciones libertarias, levantando al público de sus asientos con letras como "ni guerra, ni dios, ni amo". No deja de ser curioso escuchar a este flamenco, vinculado con el anarquismo andaluz, rebelde y libertario, reclamar la República en el escenario de los jardines de un palacio, el Real, anoche fondo recio de la figura oscura del cantaor. Habrá quien piense que es una osadía hacerlo, incluso una falta de respeto. Quizás el cantaor pensó que justo este es el lugar para cantar sus letras, impregnando los rincones del jardín de sus deseos de un mundo más justo.
Quiso hacer también el Cabrero un particular homenaje a Manolo Caracol. "Ya podía yo haberlo influido en ideas", se lamentó en la presentación, “pero me quedo con el duende y el genio”. Su personal revisión del Carcelero volvió a poner en pie al público. El cantaor se sintió anoche a gusto en el escenario, saliendo hasta tres veces a complacer a su "querido público", como constantemente repetía. Cerró con unos fandangos de letras un tanto guasonas, y por petición popular, añadió uno de sus temas más repetidos en los escenarios, Luz de luna.
Voz joven y poderosa
La voz de Rocío Márquez, ganadora de la Lámpara Minera (máximo galardón) del Festival Internacional de Cante de Las Minas de La Unión el año pasado, fue la primera en llenar los Jardines de Sabatini. Lo hizo con la guitarra elegante de Guillermo Guillén, que le acompañó sin robarle protagonismo, dándole espacio en su cante melódico, de tercios largos y compás adormecido. También estuvieron con ella el cajón de Jorge Pérez y las palmas de Juan Aguirre y Marcos Jiménez.
Márquez demostró anoche que tiene una voz sobrada, con melismas de sabor antiguo, que trae a la memoria voces como la de Juan Valderrama. Arrancó por serrana y verdial, y siguió con cantes en los que se sintió segura, cómoda, más alegre que profunda. Fandangos, cuplé por bulerías, farruca y milonga, tangos y bulerías en el cierre, todos exhibiendo su voz, más en los tonos medios aunque, como bien demostró anoche, sin miedo a los más altos, que domina con potencia y afinación. Lástima que prefiriese no entrar en los cantes de levante más que en una letra por mineras, después de que son los que más puertas le han abierto.
Rocío Márquez, que sólo tiene 23 años y que desde muy pequeña recorrió escenarios y concursos infantiles buscando un hueco en el cante, comenzó a hacer sonar su nombre más intensamente después de su paso por el festival de Las Minas del año pasado. Tuvo un éxito que no se repetía desde el paso de Miguel Poveda en 1993. Formada en la escuela de Cristina Heeren de Sevilla, tiene conocimientos y tiene voz, pero también una larga carrera por delante. Aún tiene que buscarse en su cante, explotar otros registros, incomodarse y experimentar para ser una gran cantaora. La base está ahí, anoche lo demostró y puso en pie al público, que seguro recordarán su recital.
Después de varias semanas de inactividad por causas que no viene al caso explicar aquí, en Por Bloguerías estamos de vuelta. Y lo hacemos con un festival que, si bien no es de los más antiguos, es también un clásico del verano. Y que siempre recoge una programación variada y de calidad. Se trata del Ciclo de Flamenco de los Veranos de la Villa, en Madrid, que tiene lugar todos los agostos en los Jardines de Sabatini.
Un lector, no sin falta de razón, comenta la gran actividad flamenca que hay en verano, con festivales por todas partes y mucho que reseñar y la falta de eco en este blog. No le falta razón. El hecho de no mencionarlos no es ni porque no merezcan atención ni por falta de interés, sino por una imposibilidad física y logística de estar en todos ellos. Por eso no han aparecido por aquí posts referidos a la Caracolá de Lebrija, al Gazpacho Flamenco de Morón, al de la Guitarra de Córdoba, al de Guaro... A tantos otros, como el Festival Internacional de Cante de Las Minas de La Unión que, sin duda es uno de los más importantes y que justamente tiene lugar en estos días.
Estaremos en el Ciclo Flamenco de Los Veranos de La Villa y en estos días pasarán por este blog El Cabrero y Rocío Márquez, que abren hoy el ciclo, Farruco, Antonio Rey, Aurora Vargas, Luisa Palicio, Calixto Sánchez, Milagros Mengíbar, Carmen Linares, Capullo de Jerez, Guillermo Cano o Julián Estrada. Todos estos recitales serán reseñados puntualmente.
También estará la traca final del ciclo, el estreno mundial del último espectáculo de Carlos Saura, el director de cine, Flamenco Hoy, que en el escenario de Puerta del Ángel presentará su manera de ver el flamenco más reciente de la mano de cantaores como David Palomar o Jesús Méndez y los bailaores y coreógrafos Nani Paños y Rafael Estévez, con la dirección musical del pianista Chano Domínguez. Un espectáculo que ha generado muchas expectativas y que puede, quizás, dar pistas de la próxima película que está preparando el cineasta, una actualización, con artistas de hoy, de la cinta que ya dedicó en su día al flamenco. Una cita a la que asistirá Por Bloguerías el día que eche el cierre en Madrid.
Johnny es el apodo con el que desde hace varias décadas se conoce al Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid. Vinculado a la cultura y a la libertad desde hace cuatro décadas, es uno de los lugares más emblemáticos de la música en Madrid y corre peligro de cierre. Y los flamencos, como muchas otras personas cercanas al arte, por sensibilidad, afición o por oficio, luchan para que se mantenga.
No es un colegio mayor más. Ni es una noticia local su cierre. Este centro contribuyó, entre otras cosas y junto a otras pocas iniciativas, a dignificar el flamenco en el momento en el que comenzaba a salir tímidamente de las fiestas de los señoritos andaluces para colocarse en los escenarios y adquirir la fuerza y la importancia que corresponde a este arte. Muchas de las noches de música en este centro, promovidas por el Club de música y jazz que dirige Alejandro Reyes, fueron únicas. Pero algunas son especialmente simbólicas. Que Enrique Morente, junto a la poetisa Gloria Fuertes, fuese la primera actuación en el salón de actos del Colegio, en diciembre de 1968, es un ejemplo. Que Camarón de la Isla diese el último recital de su vida en 1992 en el mismo salón, es otro. Pero hay muchos más y muchos o casi todos los grandes nombres del flamenco de las cuatro últimas décadas han pasado por sus tablas.
Más recientemente, el Johnny celebraba otro aniversario, los 20 años de un festival destacado, el de Tarantos, que también puso en el escenario a grandes voces y grandes toques por este palo fundamental.
Además de serlo para el flamenco, el Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid ocupa un lugar propio en la historia de la vida universitaria de Madrid, por ser un referente de libertad y pluralidad y por haber tenido como prioridad el acceso a la universidad de los estudiantes provenientes de las familias con menos recursos económicos. Probablemente no sea este el espacio más adecuado para remarcar este hecho. La noticia es, en cualquier caso, que los dueños del Colegio quieren echar el cierre. El centro, aunque levantado en un suelo que pertenece a la Universidad Complutense, pertenece a la Obra Social de Unicaja y la caja de ahorros malagueña ha hecho pública su intención de cerrar el centro en septiembre. El motivo, la necesidad de hacer unas reformas en el edificio. Sin embargo, sobrevuela la sospecha de que se trata de un cierre encubierto, porque no hay proyecto ni fecha de ejecución de las obras o de reapertura.
Para evitar el cierre se han tomado diferentes iniciativas, que pasan tanto por la búsqueda de protección entre los responsables políticos como por el intento de comunicación directa con la empresa. Pero además, se buscan apoyos entre la ciudadanía. La Asociación de excolegiales ha creado una página web (http://www.excolegialescmusanjuan.com) en la que, además de información sobre el proceso del cierre y las movilizaciones en contra, hay un manifiesto de apoyo al Colegio que puede ser firmado por todos aquellos que quieran mostrar su desacuerdo con la decisión de Unicaja.
Y esta misma semana tendrá lugar en el salón de actos del Colegio un concierto de apoyo. Será el 26 de junio a las 21h, y en él están confirmados más de 50 músicos, entre los que hay muchos flamencos: Jorge Pardo, Enrique Morente, Pepe Habichuela y Niño Josele, entre otros. Es un concierto gratuito, las entradas se podrán recoger en el mismo Colegio el día del concierto.
(Actualización hecha el miércoles 23 de junio): Unicaja, entidad propietaria del Colegio Mayor San Juan Evangelista, ha hecho pública su intención de acometer las obras de reforma durante el verano para reabrir el Colegio en septiembre. La Asociación de Excolegiales, por su parte, ha remitido a los medios un comunicado en el que expresa su satisfacción por el cambio de postura de la entidad y advierte que "estará vigilante" durante el proceso de reformas para que Unicaja cumpla su palabra de reapertura. Además, "exige" la apertura "inmediata" del plazo de inscripción de alumnos para el curso que viene y mantiene el concierto del viernes como "un reconocimiento a la solidaridad" y un "brindis por una larga vida al San Juan al servicio de la libertad, la cultura y la pluralidad".
Tanto arte derrocha en el escenario que es difícil escribir algo nuevo sobre Miguel Poveda sin caer en el tópico. Anoche llenó el Teatro Calderón de Madrid con Sin Frontera, un espectáculo en el que el flamenco barcelonés de Poveda y Chicuelo se encuentra con el jerezano de Luis el Zambo, Moraíto Chico y Andrés Peña y se van de fiesta todos juntos. No es un espectáculo nuevo, pero como suele ocurrir con este cantaor y con los enormes artistas jerezanos que le acompañaron, se renueva cada vez que sube al escenario.
Sin frontera incluso ha pasado ya por Madrid. Pero no importa. En esta edición del festival SUMA Flamenca vuelve a verse. Y todas las entradas estaban vendidas desde el día en que se pusieron a la venta. Miguel Poveda levanta la expectación por allá donde va. Y nunca defrauda. Anoche tampoco.
Arrancó la voz profunda y jerezana de Luis el Zambo. Un cante por bulerías acompañado por los nudillos de Moraíto, Peña y los dos maestros del compás que son Carlos Grilo y Luis Cantarote. Le siguió Poveda, acompañado de la guitarra de Chicuelo, por cantes mineros. La intensidad quedó grabada desde el momento en que sonó la primera nota. Frente al cante más rítmico del Zambo, Poveda se exhibió alargando los tercios hasta lo imposible, poniendo todo el sentimiento y toda la entrega en unos cantes que él domina como pocos actualmente. Siguió una soleá corta del Zambo, con las pinceladas del mejor baile de Andrés Peña, tradicional, marcando los pies sin excederse, rítmico, preciso en los giros. Y tras la soléa, la malagueña de Poveda, los abandolaos, y el encuentro entre Poveda y el Zambo.
Tiene un cante Luis el Zambo que traslada directamente al barrio de Santiago sin escalas. Una voz profunda, adolorida sin llegar al quiebro, potente, sin necesidad de hacer muchos alardes para emocionar. Una voz que por tonás sonó la compañía perfecta para la de Poveda, que está pletórico de arte, que se exhibe en cada cante, lleno de matices, en las notas más altas y en las más bajas. Sin duda fue Poveda el protagonista de la noche, protagonista eso sí de un cuadro de factura impecable del que no sobró nadie.
Tras las tonás los dos cantaores volvieron a las bulerías. Las más fiesteras, las más rítmicas, las más de Jerez. Con el mejor de los adornos, las palmas de los invitados a la mesa del mejor flamenco. Unas bulerías que además quedaron registradas para siempre en un disco de Poveda, Zaguán (2001). Tras la borrachera de arte que derraman estos geniales flamencos, Poveda cantó por tientos y tangos de Triana, disfrutando con un cante que el público reconocía en una ovación permanente.
Las dos guitarras se mostraron entonces en una bulería dirigida por Moraíto a la que siguió el cante por seguiriyas de Luis el Zambo. Y volvió el protagonismo al baile. Andrés Peña bailó unas alegrías sin más acompañamiento que el mejor compás que le marcaban los de atrás. Bailó como se baila en Jerez, sobrado de compás, con movimientos limpios al servicio del arte, rematando los braceos con unas muñecas que se retuercen y que en Peña no sobran. A las alegrías se sumaron Chicuelo y Poveda y tras las alegrías, un cuplé por bulerías, Cuatro capotes, que recuerda a dos grandes de Jerez: La Paquera y Lola Flores. Más bulerías, las del cierre, las de la fiesta jerezana, para despedir. Y un cante por tonás entreverado de los dos cantaores para intentar cerrar la noche, que todavía dio para más: una versión del A ciegas por bulerías, la copla que ha puesto a Poveda en el universo Almodóvar y que ue seguida del clásico de este cantaor: los Alfileres de colores que no puede faltar en ningún recital suyo.