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Escrito por acastellano

15 Jun 2011 - Enlace

Flamenco a dos (en femenino)

Un largo y denso paso a dos medido al milímetro, con gusto y búsqueda de lo bello, ritmo, exquisitez y baile, mucho baile en femenino. Es lo que propone Bailes alegres para personas tristes, espectáculo de la compañía de Belén Maya con la bailaora Olga Pericet como artista invitada, que anoche se pudo ver en los Teatros del Canal de Madrid, dentro del festival Suma Flamenca.

Arropadas por el cante de tres grandes voces (las de José Valencia, Miguel Ortega y Jesús Corbacho), que anoche dieron el color y la presencia, el gusto y el rajo necesarios para la obra y las guitarras de Javier Patino y Antonia Jiménez, las dos bailaoras hicieron una reflexión sobre la eterna dualidad: la luz y la sombra, la sobriedad y lo barroco o la alegría y la tristeza, ataviadas con batas de cola que se sentían como una extensión de sus cuerpos. Con dirección escénica de Juan Carlos Lérida, el montaje, muy denso, hace un recorrido por diversos palos flamencos que explotan ese movimiento entre los extremos.

Arranca igual que termina, con un baile por alegrías interrumpido. Primero, el de Belén Maya, al final, el de Olga Pericet. En un escenario dividido por la mitad en blanco y negro, las dos bailaoras se buscan por verdiales o en los cantos tradicionales de mujer que suenan grabados. Comparten espacio, en algunas de las escenas y en otras lo hacen con los cantaores. Fieles cada una a su estilo, el de Maya perfectamente definido con los años, el de Pericet explotando en su juventud. Las dos resaltan el lado más femenino de su baile, ese que cuida la pose, la cadera, el giro y el braceo tanto o más que el zapateado, y por encima de todo, el manejo de la bata de cola.

El punto de inflexión en el encuentro de las dos mujeres lo pone una seguiriya rematada en bulerías que interpreta con gran belleza Pericet y la guajira con abanico de Maya: el negro contra el blanco, la sensualidad contra la fuerza, la velocidad contra la cadencia. Es en este tránsito cuando la luz y la sombra se confunden y cambian de espacio y la historia se encamina hacia el final. Un final en el agua, de puro rojo.

(Foto: Jaro Muñoz)

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11 Jun 2011 - Enlace

Flamenco deformado

Es lo que ella explicaba en una entrevista antes del espectáculo: en Vinática pretende deformar la técnica. Anoche presentó la bailaora Rocío Molina (Málaga, 1984), Premio Nacional de Danza 2010, en los Teatros del Canal de Madrid, dentro del festival Suma Flamenca con gran éxito de público, que no sólo llenó el teatro sino que además ovacionó a la bailaora tras hora y media de tensión y pasión a partes iguales.

En un escenario desnudo (literalmente) la bailaora arranca -sobre un vals de Chopin que también cierra la obra- antes de que el público termine de acomodarse ataviada con una larga cola que sobresale del escenario queriendo significar ese poso que son los orígenes de los que ella parte para crear algo inédito. Una cola que, como conclusión del montaje, se convierte precisamente en lo contrario: unos orígenes que aprisionan, limitan e impiden avanzar hacia otros lugares.

Tarda un tiempo en entrar en acción Molina, tiempo que permite al espectador diseccionar la desnudez de un escenario preparado por Roberto Frattini. Mueve su brazo como si fuera la cola de un perro, ese perro que espera, tranquilo, paciente, a que las cosas se desencadenen. Y esos hechos son su propio recorrido artístico, la niña que fue sobre la que otras personas hablan mientras ella aprende su baile y lucha contra la naturaleza para controlar el cuerpo y convertirse en bailaora.

El guitarrista Eduardo Trassierra, el cantaor José Ángel Carmona (que también toca la mandolina) y José Manuel Ramos El Oruco, a las palmas y el compás actúan no sólo como músicos con gran acierto de ejecución y sentimiento, sino como personajes que interactúan y acompañan a la bailaora. Se sirven del vino, elemento que recorre toda la obra, ese vino que a veces provoca nostalgia y otras se usa para olvidar las experiencias pasadas.

Molina ha querido descomponer aquí los bailes, diseccionarlos, en esa reflexión que quiere plantear sobre quién es, quién fue y quién quiere llegar a ser. En ocasiones entra a bailar en el silencio, antes de que arranque la guitarra o el cantaor ponga voz a sus inquietudes. Por seguiriyas, la copla de Pepe Pinto Rosa Linares, alegrías o bulerías, la bailaora va mostrando la significación que el baile tiene, un baile de fuerza, de técnica depurada, tan consciente de esa técnica que en otros momentos la doblega y la destroza, se rebela contra ella. Mantiene una tensión que se antoja excesiva en algunos momentos, que contrasta con esa pasión que le pone a su baile, expresivo y entregado al extremo.

(Foto: Cristóbal Manuel)

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02 Jun 2011 - Enlace

Universo Galván

Si Solo es la esencia de Israel Galván (Sevilla, 1973), La Curva, presentada anoche en Madrid dentro del Festival de Otoño en Primavera en Matadero (y que podrá verse hasta el 5 de junio), es la completa sinfonía de su baile, su concepto de la danza y del flamenco. Si en Solo reivindicaba el silencio y la música de los objetos, en La curva añade, en un alarde casi de barroquismo, el piano contemporáneo de Sylvie Courvoisier, el cante telúrico de Inés Bacán y el compás, al que todos contribuyen pero es dirigido por el observador, enlace y generador de atmósferas que es Bobote, que en esta ocasión, además, actúa como alter ego de Galván.

(Foto: Félix Vázquez)

El bailaor reitera en este montaje su pasión por la música de los objetos. Comienza con su chaqueta, que cerrada o abierta forma parte de su baile y le ayuda a apuntalar el compás. Pero también las sillas, las piedras de sal, la harina, la mesa, las tarimas… Un escenario que a primera vista parece estar medio desnudo, en el desarrollo de la danza se termina convirtiendo en un actor más, que interactúa y participa y sobre todo: suena. Con el apoyo en la dirección de escena de Txiki Berraondo, Galván aprovecha los espacios para transformar una y mil veces el lugar en el que baila, y transitar, como decía unos días antes de la presentación del espectáculo, en esa curva extraña que va de la caracolá lebrijana a un club de jazz en Nueva York, pasando por la calle o un espacio casi mágico en una nube de harina.

Todos los elementos característicos del baile de Galván están en La Curva. Todos esos modos de su flamenco reconstruido y arrastrado a su esencia: los perfiles, las hojas que caen, las suelas percutidas, los golpes inesperados de cadera, el toro, su singular braceo. Y con todos estos elementos que tanto ha costado entender al público, si es que alguna vez han llegado a ser comprendidos, Galván baila al son que le marca un piano que suena a arpa, a instrumento de percusión, a música disonante, flamenca o Latin jazz, pero también baila por las bulerías más festeras, una nana, una seguiriya o esas singulares sevillanas que marca en una silla de tijera atravesada en su cuello.

Y en toda esta gravedad, en esta tensión que plantea el bailaor, aún deja un resquicio de alivio para el espectador, un guiño, una mueca, una traza de humor que salpica el espectáculo y que resulta liberador al terminar, en un particular fin de fiesta con Bobote, que cierra con una sonrisa y las eternas ganas de más.

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07 Abr 2011 - Enlace

Molina & Montoya en Madrid

En estos días, Manuel Molina se ha dejado ver por Madrid. El guitarrista y artista flamenco, que en los 70 alcanzó un gran éxito junto a su entonces mujer, Lole Montoya (Lole y Manuel), no se deja ver mucho por los escenarios de la capital. Recientemente, sin embargo, ha venido dos veces: una para actuar en el tablao Casa Patas y ahora, con espectáculo propio, en el Teatro Calderón (y Haagen Dags).

Me intrigó ver, hace algunas semanas, los carteles que anunciaban su actuación. Salía en la imagen sentado, como patriarca, rodeado de tres mujeres, digamos, de su familia. Una de ellas lo es de sangre, su hija Alba Molina, las otras dos lo fueron por matrimonio, sus excuñadas Angelita y Carmelilla Montoya. El título de la obra fue lo que más me llamó la atención: Justicia paya, anunciado como una obra de Teatro flamenco.

Con curiosidad, acudí anoche al teatro para ver de qué se trataba. No era el estreno, que tuvo lugar el pasado 30 de marzo, pero la obra se mantiene en cartel hasta el próximo domingo. La curiosidad quedó resuelta, la intriga no tanto. Creo que aún no tengo una valoración clara de lo que ocurrió sobre las tablas. Pero como eso no es lo que interesa, mejor cuento lo que tuvo lugar en el escenario.

La obra mezcla la actuación teatral con el flamenco, y se ambienta en un tablao de nombre Nuevo día (como aquella canción de Lole y Manuel). La historia es un poco forzada, sobre todo por su resolución. En principio, se presenta un personaje (interpretado por Ricardo Barbastro) abatido, un tanto oscuro, abrazado a una urna con las cenizas de su amada, papel que interpreta Alba Molina, un personaje ambiguo que no se sabe si es sueño o realidad. Barbastro pena por la muerte de su mujer, una década después, según se explica, pero quiere organizarle un homenaje: una fiesta flamenca. Y ahí es donde entra el tablao y las hermanas Montoya: Carmelilla al baile y Angelita al cante, acompañadas ambas por otro cantaor, Juañares, las guitarras de José Acedo y Antonio Moreno y la percusión de Paco Vega.

Hasta ahí, todo bien. La propuesta escénica está bien resuelta, el espacio se utiliza con mucha agilidad, la interacción entre el texto y la música es correcta. Y aunque es cierto que los soliloquios del personaje, apesadumbrado, rompen un tanto el clima flamenco, la interpretación, de todos, está bien ejecutada. Por tientos, seguirillas, fandangos, rondeña y tangos, Angelita templa su voz, un metal que suena dulce y meloso primero y se crece y se agitana en los tonos altos, una voz que resuelve bien los cantes, que va directa al grano sin entretenerse en floreos, y que, aunque sin excesivos matices, va directa al sentimiento.

Le acompaña al baile su hermana Carmelilla Montoya (Sevilla 1962) que le puso pasión e intención, y que estuvo especialmente acertada en la soleá. No es Carmelilla una bailaora de muchos recursos, de una técnica desbordante, pero con los conocimientos que atesora y el sentimiento que le añade, resuelve con creces. En lo que no estuvo tan afortunada fue en la elección del vestuario, ni ella ni el resto del elenco femenino, que ni les favorecía ni colaboraba en la labor sobre el escenario, especialmente en el caso de la bailaora, que quiso toda la noche usar ese recurso en su baile, el manejo de la falda, y los diferentes vestidos elegidos no se lo permitieron, o al menos ni lució ni aportó nada.

El primer momento de ruptura e intriga llegó con la aparición de Alba Molina. Su papel es confuso, aunque eso le añade, si cabe, romanticismo y misterio a la obra, pero su falta de recursos flamencos rompió completamente el clima. Es una lástima, porque le sobra belleza y tiene una voz, heredada de su madre, llena de sentimiento y con muchas posibilidades. Pero le falta gracia, poder de transmisión, es fría sobre las tablas, y definitivamente le faltan conocimientos. Ni sabe cantar ni sabe bailar (flamenco). Ni en la pataíta final despertó un olé. Se lució, eso sí, interpretando su última canción estrella, que tampoco venía al caso en la obra, y parecía metida con calzador para el lucimiento de la joven: la versión del Can’t take my eyes off you (No puedo quitar mis ojos de ti), escrita por Bob Crewe and Bob Gaudio en 1967 y que ha sido utilizada (en la versión de Alba Molina) en la campaña de promoción turística de Andalucía que ha promovido el Gobierno regional.

Con la aparición de Juañares (Juan Carrasco Soto) la emoción fue en ascenso. Este cantaor de Jerez, cuyos apellidos ya indican su relación con el cante, tiene una voz redonda, sonora, y afinada, una interpretación que se complementó de forma muy acertada con la de Angelita Montoya, dando rienda suelta a la creatividad bailaora de Carmelilla especialmente en la soleá, pero también por carcelera y fandango.

Manuel Molina no apareció hasta prácticamente el final de la obra, y con él, se resolvió parte del misterio: el motivo de la muerte de la amada de aquel actor que había aparecido al principio. Una lástima, porque tanto detalle no añade demasiado a la historia, más allá de ser un alegato contra los males de nuestro tiempo y dar sentido al título de la obra, pero dejó completamente descolocado el flamenco desarrollado en medio. Él hizo lo que mejor sabe hacer, su peculiar canción por bulería, con letras dedicadas al amor y esa interpretación tan sentida que le caracteriza. Y con él, también, se llegó al cierre, en un baile por alegrías primero de alta intensidad, y por bulerías, después, como fin de fiesta, en la que sólo faltó que bailara el hombre triste y abatido que abrió la obra.

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31 Mar 2011 - Enlace

La semana del tablao (III): Casa Patas

El próximo sábado se publica en Babelia, suplemento de las Artes de EL PAÍS, un reportaje sobre la situación actual de los tablaos, lugares que durante muchos años han estado en un segundo plano en la programación de flamenco. Para acompañar el reportaje del sábado, durante esta semana estamos dedicando varias entradas a las diferentes programaciones que tienen cada uno de los tablaos con los que hemos contado para elaborar el reportaje. Tras pasar por Barcelona y visitar el Cordobés y el de Carmen, hoy nos detenemos en Madrid, en Casa Patas.

"Casa Patas nace en los años 80 como una taberna. Mi padre es el fundador, Enrique Guerrero. Se presentó la oportunidad de alquilar este lugar, que antes era Almacenes Álvarez, de loza. Al principio no había cocina, ni restaurante, era esa gran barra con mesas y empezamos a trabajar con buenos quesos, buenos vinos, jamón, patés, música y copas", explica Martín Guerrero, director general del tablao. "Por la localización que tiene este lugar empezó a ser frecuentado por artistas, gente del cine, periodistas, y no se sabe muy bien por qué, en un momento determinado empezó la idea de hacer actuaciones de flamenco. Y así fue, se organizó lo que era un almacén para ser un tablao y se empezaron a hacer actuaciones de flamenco".

Casa Patas trata, como otros tablaos, de combinar las actuaciones de grandes artistas invitados, con jóvenes promesas que aún no han logrado un fuerte reconocimiento. "Lo que hacemos es que cada semana, o cada dos semanas, cambiamos a los artistas", explica Guerrero. Conseguir que actúen en este espacio no es tan sencillo, pero para cerrar la programación cuentan con una directora, hermana del fundador: Isabel Guerrero. "Es una persona muy especial, muy cariñosa, con mucho sentido del humor… Ella tiene una experiencia muy larga, una agenda muy extensa de artistas con los que tiene contacto de años". Ella va cerrando el cartel día con día. "Esto se va haciendo sobre la marcha, con personas que nosotros sabemos que de vez en cuando les apetece venir, con oportunidades que nos surgen en el camino a través de otros artistas, o con acuerdos puntuales que tenemos con artistas que organizan algún ciclo…"

En cuanto a la dirección artística, la dejan en manos de los protagonistas sobre las tablas. "Nosotros siempre hemos optado por una fórmula en la que nuestra intromisión, digamos, es muy pequeña. Más allá de limitar el tiempo, el horario, y que los grupos estuvieran formados por personas de las diferentes disciplinas: bailaor bailaora, tres bailaoras, un par de guitarristas, un par de cantaores, percusión, viento… Una presentación, un baile principal, un descanso, segunda parte con algún solo o un poco de baile, un segundo baile que suele ser el de nuestro artista invitado y un fin de fiesta de todos".

En esta línea de combinar grandes nombres con jóvenes que piden paso está prevista la agenda de Casa Patas en abril. "Este mes en programación es un poco consecuencia del mes anterior. Hace unas semanas estuvo aquí bailando Farruquito y hemos llegado a un acuerdo con toda la familia, así que el 8 y 9 de abril vienen su madre, Rosario Montoya Manzano, Farruca y su hermano, Manuel el Carpeta". Antes de eso, el primer fin de semana del mes, estarán dos bailaores jóvenes: Olga Pericet y Marcos Flores.

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11 Feb 2011 - Enlace

El desasosiego de la cantaora y el poeta

Perturbación y un fuerte desasosiego. Un pellizco en la boca del estómago, es lo que deja su escucha. Desconsuelo. Ese es el efecto que produce el cante de Carmen Linares, y anoche lo volvió a hacer, en el Teatro Circo Price de Madrid. Su falta de alivio, su entrega en cada nota, su voz quebrada con el paso del tiempo se puso al servicio de la obra de Miguel Hernández. El espectáculo Oasis abierto. Miguel Hernández flamenco, presentado en el marco del Festival de Flamenco Caja Madrid, muestra la fuerza de la palabra del poeta de Orihuela, en la voz y el sentimiento de la cantaora. Ese es el centro del montaje, una puesta en escena que combina el dramatismo de la de Linares con la luz y la alegría de las bulerías de Tomasito y Ana María González, Carmen Amaya y Rosario Amador.

Carmen Linares hizo cante con guitarra (acertadísimos, Salvador Gutiérrez y el hijo de la cantaora, Eduardo Pacheco), por taranto (Andaluces de Jaén), soleá por bulería (Primavera celosa) y una seguiriya (Cada vez que paso) en la que hizo crecer el dramatismo, con un cante intenso y emocionado. Después se hizo acompañar por el piano de Pablo Suárez, y ambos interpretaron unos poemas a los que ha puesto música Luis Pastor, presente entre el público. En la Casida del desierto, poema que encierra el título de este espectáculo, la voz de Carmen sonó casi dulce, melancólica y susurrante. Volvió a repetir esta pieza en el bis, un bis dedicado a la memoria de su amigo Enrique Morente. Tras la canción, el martinete (El sol, la rosa y el niño), marcado por el piano, demostró por qué Carmen Linares ocupa el lugar que ocupa en el cante, porque se dejó la última gota de vida en el cante.

"No puedo olvidar / que no tengo alas / que no tengo mar / vereda ni nada / con que irte a besar". Con este poema, cerró este bloque de dramatismo y sonidos negros y dio paso a la luz, la de la canción de los vendimiadores, por tanguillos y alegrías, compartido con Tomasito, González, Amador y Amaya, y con ellos cerró el espectáculo, al son de El silbo del dale (bulería).

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10 Feb 2011 - Enlace

Emotivo homenaje de Valderrama en el Price

Juan Antonio Valderrama, hijo de Juanito Valderrama, quiso dedicar la noche a los “sonidos blancos del flamenco”, en la segunda jornada del Festival de flamenco Caja Madrid que tiene lugar en el Teatro Circo Price. Quiso recordar una corriente que en su momento tuvo mucho éxito, quizás por ser más amable al oído. Valderrama demostró que conoce la raíz de la que procede. También que tiene una gran voz, muy similar a la de su padre, que se sostiene sobre todo en la profusión de melismas en los tonos altos. Fue un recital emotivo, con un público entregado al recuerdo de otros tiempos.

Empezó acompañado de un grupo compuesto por la guitarra de Daniel Casares, el piano de Laura de los Ángeles, el chelo de Rafael Domínguez, el contrabajo de Alberto Román y el violín de Alejandro Álvarez. Valderrama hizo en su interpretación, una canción flamenca basada en los palos que acometió, que pasaron por la farruca, la seguiriya, una taranta, un homenaje a Manuel Vallejo que incluyó una letra por seguiriya, otra por saeta y un recitado, guajira, fandangos y romance por soleá. Se le perdió el compás por el camino, una lástima que con la orquestación no se oyeran palmas y el sonido del cajón quedase diluido en la melodía. Fue una interpretación sentida, pero la modulación fue muy similar en todos los cantes, con fuerza en el arranque, y una voz suave en los tonos más altos. Le falta a Valderrama, que se lució en los cantes de trilla porque fue capaz de romper esta tendencia, una mayor precisión en las notas más bajas y en los cierres de los cantes.

Sin duda el momento más emotivo fue el cierre, en el que cantó un romance por soleá en el que sonó la voz de su padre, y después El emigrante, que puso al público en pie.

Además, Valderrama quiso homenajear a Morente haciendo uno de sus cantes más populares junto al cantaor que abrió la noche, el madrileño Paco del Pozo. Ambos hicieron La estrella, en una interpretación más o menos improvisada, según explicó él mismo. Del Pozo, que coincide con Valderrama en ser madrileño, hizo un recital breve, con unos cantes básicos: malagueñas, caracoles (que, según dijo, quiso interpretar por referirse su letra a Madrid) y soleá. Del Pozo se mueve cómodo en los tonos medios, gusta de alargar los tercios y ejecuta los cantes de una manera correcta, quizás un poco teatralizados de más. Le acompañó a la guitarra, con un toque impecable, Antonio Carrión, y a las palmas Rafael Peral y José Salinas.

Y entre ambos cantaores hubo momento para el baile, unas pinceladitas de Carmen la Talegona por alegrías, cante clásico muy bien ejecutado, y adornado con mantón, y el Güito, que hizo unos pasos en una soleá reposada, muy centrada en la pose, y con apenas unos toques de zapateado.

(FOTO: EFE)

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09 Nov 2010 - Enlace

El paso 'alante' de Londro

Miguel Soto Peña (Jerez, 1976), conocido profesionalmente como Londro, se ha curtido como cantaor para el baile (Belén Maya, Antonio Canales, Joaquín Grilo o Sara Baras lo han visto militar en sus compañías), pero gracias a Miguel Poveda, ahora publica disco. Se trata de Luna de enero, editado en Carta Blanca, el sello que Poveda ha creado para dar a conocer nuevos talentos flamencos.

“En Londro y su trabajo encontramos una búsqueda por palos poco usuales en los últimos tiempos y eso lo hace valiente, honesto y respetuoso a la tradición, aunque con sus aportaciones personales, que es algo que debe tener todo artista”. Esta es la descripción que Poveda hace del disco. El cantaor, en su debut discográfico, evita definirse en un estilo netamente jerezano, y prefiere ofrecer su personal visión, con una mezcla de músicas y letras originales y tradicionales, de mariana, serrana, petenera y caracoles. Pero, por si acaso, incluye bulerías y soleá y justamente en esta le acompaña a la guitarra un grande jerezano: Paco Cepero. Además, elige hacer dos homenajes: a Rafael Farina, con una versión de su Vino amargo, y al poeta Miguel Hernández, al que Londro canta por fandangos.

La mayor innovación trata de hacerla Londro en las letras, que firman casi al completo el cantaor David Lagos y su tío, Álvaro Aguilar. También en su manera de acometer los cantes. La voz de Londro es sentimental, melódica, que se mueve sobre todo en los tonos medios y que no trata de hacer alardes, ni rítmicos ni vocales, que pretende llegar al corazón por su emoción y no por ningún virtuosismo. Esto se mezcla con una producción muy limpia, y un cuidado acompañamiento musical, especialmente de las guitarras. La guitarra de Santiago Lara, que toca en todos los cortes del disco salvo en la soleá, reclama un cierto protagonismo desde el acompañamiento más acertado. Da espacio al cante, lo lleva y acompaña pero, a la vez, brilla por sí mismo, en unas falsetas que suenan frescas dentro de una línea ortodoxa.

Y quien aún no haya tenido ocasión de verle actuar en directo y esté estos días por Madrid tiene una oportunidad el jueves, ya que Londro forma parte del cartel de un festival flamenco benéfico que este año cumple cuatro años: Flamencos por Gambo. Promovido por Carmen Linares, este recital pretende recaudar fondos (la entrada cuesta 18 euros) que destinar a un proyecto de la Fundación El Alto: la puesta en marcha del servicio de farmacia en un hospital de Etiopía. El concierto tendrá lugar el 11 de Noviembre en el Auditorio Marcelino Camacho (CC.OO.). Junto a Londro actuarán Carmen Linares, el trío Benavent – Pardo – Di Geraldo, Tomasito y Salvador Gutiérrez.

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19 Oct 2010 - Enlace

Las Migas en Madrid

Hace unos meses presentábamos aquí su primer disco, Las reinas del matute. Hoy publicamos una entrevista en El País, edición Madrid, porque lo presentan mañana miércoles en la sala Galileo. Son Las Migas, un grupo nacido en Barcelona a partir del amor de sus cuatro componentes por el flamenco, y que parte de ahí para hacer una música especial que rinde homenaje a los clásicos y aporta sus propias experiencias.

Marta Robles, Lisa Bause, Silvia Pérez e Isabelle Laudenbach nos explicaban ayer, en la sede de la discográfica con la que han publicado su disco (Nuevos Medios), el motivo de la presencia del flamenco en su música. Así es en palabras de Silvia, la vocalista: “Nos encontramos en Barcelona y en ese momento a todas nos gustaba mucho el flamenco. Marta e Isabelle estaban estudiando guitarra flamenca, Lisa a parte del violín estaba yendo a clases de baile, donde conoció a Isabelle, y yo estaba en la misma escuela, pero estudiando jazz. Pero como tengo la voz un poco así indefinible me propusieron cantar flamenco”.

Sin embargo, no solo musicalmente marcan una cierta distancia con la tradición. Las diferencias con el flamenco más ortodoxo son estas, explica Marta (guitarrista): “A este grupo le falta una cosa que tiene el flamenco que es la espontaneidad, en nuestros conciertos no improvisamos, no sale Silvia a cantar un tema y yo le sigo con la guitarra. A parte, el flamenco es mucho de nombres, un cantaor, un guitarrista, son artistas individuales, el concepto grupo no es tan común. Grupos de flamenco como tal no hay, es algo más de la fusión”.

También nos hablaron Las Migas sobre dos colaboraciones de lujo que están en el disco: el contrabajo de Javier Colina y el tres cubano de Raúl Rodríguez. Aunque Marte Robles nos aclaró algo: “Hay muchas colaboraciones. Javier Colina y Raúl Rodríguez son los más conocidos, y es curioso porque los dos están muy vinculados al flamenco sin serlo”.

¿Por qué ellos y no otros? “En el caso de Raúl habíamos pensado en él también para que nos ayudara en la producción y en lo que nos decidíamos se ofreció a colaborar con el tres y en el caso de Colina porque Silvia está trabajando con él en un proyecto aparte y tuvimos mucha suerte de que viniera. Luego hay otras colaboraciones muy flamencas que aportan mucho: palmas, percusiones, cuerda… Hay mucha gente… Los pies de Juan Carlos Lérida, de Sevilla…”

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03 Jul 2010 - Enlace

Poveda en Madrid: la antología, la inspiración y el sonido

A Miguel Poveda le costó anoche entrar en el recital que dio en Madrid. Todo el día estuvo lloviendo en la capital, y el tiempo, de nublao, pareció trascender al cantaor. Él se disculpó: las deficiencias del sonido al inicio del concierto le desconcentraron. Tuvo que entonar su aclamada versión de la copla A ciegas, en su día popularizada por Concha Piquer y Marifé de Triana, para romperse emocionalmente y comenzar a disfrutar. Una peculiar versión con estribillo por bulerías, que hizo que el badalonés llenase al fin el escenario de Puerta del Ángel con los juegos de voz a los que tiene acostumbrado a los aficionados.

La primera parte fue un recital de cante clásico. Una auténtica antología en la que Poveda sólo estuvo correcto. En un cantaor mediano, esto sería mucho. En un gran cantaor como Miguel, estar correcto sabe a poco. En cualquier caso permitió disfrutar de buen cante. Arrancó, como suele hacer, con un pregón y martinete. Siguió con sus malagueñas cerradas en abandolaos y alegrías, en las que se acordó de la Isla y Camarón. Acompañado por un equipo impecable en la emoción y la ejecución, un grupo engrasado que sigue al cantaor donde él quiera (Chicuelo a la guitarra, Luis Cantarote y Carlos Grilo a las palmas y Paquito González a la percusión), hizo cantes cortos, sin entretenerse (tampoco apresurados, medidos, eso sí), más cómodo en los tonos bajos y medios, sin excesos, sin sus acostumbrados tercios largos y entrelazados.

Ni siquiera la tanda de soleares, en la que estuvo la de Charamusco, esa en la que él siempre se deleita y pellizca al público, logró despegar. Quiso, con esta tanda de cantes, confrontar la manera de hacer de Antonio Mairena y Pepe Marchena, dos maneras diferentes de entender el cante que hoy conviven en la voz de este cantaor inquieto que es Poveda. También quiso Miguel, que siempre se define antes que otra cosa como un gran aficionado al flamenco, homenajear a Juan Valderrama con su milonga Rosa cautiva. Los Tres puñales de Marifé de Triana, cantados por bulerías y unos exquisitos tangos de Triana, en los que homenajeó al Titi y la Niña de los Peines con sus Banderitas republicanas, fueron dando color a la voz flamenca más desarrollada de la actualidad.

En este concierto de Los Veranos de la Villa las gradas, a pesar de la amenaza de lluvia, estaban repletas. El público escuchó atento, en silencio, respetuoso, la primera parte, una auténtica clase de historia del flamenco, hasta que el cantaor se lanzó a la copla y entusiasmó a los presentes. Quizás fue este calor del público el que hizo crecerse a este cantaor de carrera en ascenso permanente. Tras su copla estrella, al que le hizo una pequeña introducción por fandangos vendrían unas bulerías en las que quiso recorrer el camino de Cádiz (la Perla, Camarón) a Utrera pasando por Jerez.

El recital sobrepasó las dos horas. En la segunda parte Poveda volvió a ser Poveda. Pasión, afinación, inspiración, improvisación. Seguido por un Chicuelo atento, medido. Cuando intentaba despedirse, incluso, una señora del público le increpó: “¡No te vayas!” y el cantaor quiso darle gusto. A ella y a muchos otros. Cantó todo lo que se le pidió tras su Alfileres de colores, un cuplé por bulería en el que se siente tan cómodo que incluso se lanzó a dar una inspirada pataíta. Quiso devolver a sus seguidores una primera parte correcta, porque Poveda siempre lo está, pero no deslumbrante. Lo logró con creces.

Más homenajes. A Manolo Caracol y La Paquera de Jerez, al recientemente fallecido Fernando Terremoto (del que se acordó al intentar desabrochar unos gemelos que, según explicó al público, fueron antes del jerezano), a Rafael Farina…

Una auténtica lección de historia de cante de un cantaor llamado a hacer la historia de su generación.

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Si eres curioso, simpatizante o aficionado al inabarcable mundo del flamenco, asómate en este blog a lo que se cuece por sus caminos de la mano de la periodista de EL PAÍS Ángeles Castellano.
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