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Escrito por acastellano

17 Ago 2009 - Enlace

El cante del desasosiego

Alguien debería advertírselo a los aficionados. Escuchar a Carmen Pacheco Rodríguez (Linares, 1951), más conocida como Carmen Linares, la gran dama del cante actual, provoca efectos secundarios. El sobrecogimiento que transmite en su voz gastada, la desazón, la falta de alivio puede afectar al corazón mucho tiempo. Anoche en los Jardines de Sabatini de Madrid, dentro del ciclo Madrid Flamenco de Los Veranos de la Villa lo demostró una vez más durante más de una hora de cante. Arropada por las guitarras acertadísimas, de toque clásico y personal de Salvador Gutiérrez y Eduardo Pacheco, la de Linares, Premio Nacional de Música en 2001 y Medalla de Oro de las Bellas Artes en 2006, demostró, una noche más, porque está considerada una de las grandes del cante de este tiempo.

Arrancó con unos tangos rítmicos, trianeros, acordándose, entre otros, de la Niña de los Peines y de la antología (La mujer en el cante) que grabó hace ya doce años. Su voz sonó ronca, fría, cansada, pero poco a poco fue entrando en el cante. Siguió por alegrías, que comenzó susurrantes, mecidas, para ir creciéndose sin gritos, sin estridencias, puro sentimiento.

Ante un público respetuoso, que solo dejó algunos huecos libres en el patio de butacas y que escuchó con atención todo lo que esta gran cantaora vino a decirnos anoche, Carmen Linares entró pronto en oscuras jonduras. Por tarantas, soleares, y seguiriyas, estas últimas precedidas por una inmensa toná (quiso hacer el estremecedor Clavo débil, clavo fuerte de su último disco homenaje al poeta onubense Juan Ramón Jiménez, Raíces y alas) la cantaora se entregó a pecho descubierto. Rebuscándose, sentida, adolorida y sin alivio, no se dio, no nos dio un respiro. No quiso acomodarse en los caminos ya transitados que ella domina y se buscó en los cambios de unas letras a otras, movió su voz por donde quiso sin perder el compás ni el dolor. Hizo cantes largos, letras tradicionales pero reinventadas en su voz, hirientes, cargados de desazón. El público, estremecido, casi no acertaba a jalearla con oles y la ovacionaba tras cada cante.

Tras esta serie, todos ya perdidos en la desazón, cerró con una serie de cantes festeros. Por bulerías primero, en las que recreó el Anda jaleo, jaleo que Federico García Lorca grabó junto a la Argentinita y que Carmen Linares recreó hace algunos años. Y para poner el broche unos fandangos respondidos con una ovación sincera y cálida a la gran señora del cante actual.

Voz aguda y joven

Abrir la noche para Carmen Linares no es sencillo. Pero a la vez, para Guillermo Cano (Bollullos Par del Condado, 1973), según él mismo dijo ayer en el escenario, es un honor y un privilegio. El joven cantaor onubense estuvo a la altura. Tiene una voz joven, aguda, cómodamente instalada en los tonos más altos. Pero se mueve con soltura por los cantes que aborda y les pone verdad y dedicación.

Cano estuvo acompañado por las palmas de un dúo llamado Makarine y por el joven guitarrista sevillano Rubén Lebaniegos, que estuvo acertado en casi toda la actuación, con un toque fresco, personal, alejado de modas y tendencias pero sin salirse del todo de lo que marcan los cánones de la corrección que reclaman los más puristas.

Este cantaor de voz limpia, potente y brillante hizo una vidalita muy melódica para empezar. Siguió por soleares, instalado en los agudos, rozando el grito quizás por las facultades de voz que posee, una tanda de fandangos que domina a la perfección (acaba de dedicar un trabajo discográfico a los cantes de Huelva, Cinco versos y un corazón) y unos cuplés por bulerías, que incluyeron unas estrofas del Pena, penita, pena, muy del gusto del público presente. Para cerrar con un buen sabor de boca, en pie, junto a su guitarrista, volvió a cantar por fandangos para preparar el cuerpo a lo que llegaría después.

(Fotografía de Álvaro García)

Escrito por acastellano

15 Ago 2009 - Enlace

Noche de frío en los Veranos de la Villa

Primero fue el cante y después el baile y no consiguieron calentar a los aficionados. Abrió la jornada de anoche en el ciclo Madrid Flamenco de Los Veranos de la Villa Calixto Sánchez (Mairena del Alcor, 1947), que ofreció su cante durante 50 minutos en los Jardines de Sabatini con buena acogida por parte del público, que no llegó a completar la mitad del aforo. La segunda parte del recital, protagonizado por la bailaora sevillana Milagros Mengíbar, no tuvo tan buena recepción. La bailora estuvo correcta, pero no pudo conectar con el público.

Abrió con una caña, un palo que casi no se hace y que la sevillana mantiene vivo con un baile clásico de escuela sevillana, concentrado en el braceo, en la estampa, con elegancia y sentimiento. Vestida de negro, la de Triana manejó la bata de cola como una prolongación de su cuerpo, con soltura y compás. Majestuosa en el escenario, el tiempo parecía detenerse mientras transmitía que el flamenco no es sólo virtuosismo y zapateado. El público no lo recibió así y aplaudía tímidamente los desplantes de la bailaora.

Tampoco fue valorada con demasiada emoción la ejecución de los músicos que acompañaban a la bailaora, ni el cante de Juan Reina y Manolo Sevilla ni la actuación del guitarrista, que intentó sin éxito levantar el recital, por más que Mengíbar reclamó la atención del público hacia ellos, haciendo levantarse a los cantaores, bailándoles, retorciéndose con su cante alrededor de sus cuerpos, sintiendo el cante. Nada de esto funcionó.

Tras la caña, la bailaora vistió de blanco, de nuevo con bata de cola, e hizo unas alegrías cargadas de energía, luchando por lograr una conexión que nunca llegó. Tampoco ayudó los problemas que tuvo con el tocado, que se le enganchaba en el mantoncillo y le impedía moverse con más soltura. Ni sus quiebros de cintura, ni la belleza del movimiento de sus manos ni su manejo de la bata de cola lograron conmover a un público que aplaudió tímidamente y no esperó, pese a que Mengíbar sólo estuvo en el escenario 40 minutos, ni bis ni cierre.

Mejor suerte corrió el cantaor Calixto Sánchez, que llenó la primera parte del recital con cantes muy conocidos por el público. “Siempre hace lo mismo”, decía a la salida un decepcionado aficionado. A pesar de esto, logró arrancar algunos oles, sobre todo con su personal homenaje a Antonio Machado, poeta al que puso música en el disco Antonio Machado. Retrato Flamenco (Pasarela, 2001), cuyo proceso de elaboración quiso recordar anoche entre cantes.

Acompañado por Manolo Franco, guitarrista que siempre actúa junto a Sánchez, el ex director del Centro Andaluz de Flamenco cantó por malagueñas, tientos, tangos y una rara milonga del disco dedicado a Machado, Una noche de verano, sobre la muerte de la mujer del poeta. El ganador del primer Giraldillo del Cante de la Bienal de Flamenco de Sevilla (en 1980) estuvo correcto en su actuación, más sentido que en otras ocasiones, sin entretenerse tanto en la exhibición de sus facultades, sino entrando por derecho, dejándose la garganta en la mayoría de sus coplas. Estuvo especialmente acertado en los tientos, que cerró con unos tangos de tercios largos, más adornados.

Hizo también unas alegrías personalísimas, de letras propias, muchas sin rima y difícil compás, pero muy aplaudidas por el público. Sánchez quiso buscar el aplauso de la platea también con sus bulerías, con letras que buscaron la sonrisa y una adaptación de las Habaneras de Cádiz de Carlos Cano y Antonio Burgos que levantaron el aplauso general.

Escrito por acastellano

11 Ago 2009 - Enlace

Fuerza, veteranía y juventud

Anoche arrancó en Madrid el ciclo de flamenco del festival Veranos de la Villa. Lo hizo con cante de fuerza, entrega y pasión. En blanco y negro. El blanco de una camisa de volantes y de una voz, la de la joven onubense Rocío Márquez, fuerte y sonora, limpia y en desarrollo, que llenó los Jardines de Sabatini en la primera parte del recital. El negro lo pusieron la camisa y la voz de José Domínguez, El Cabrero. Fueron el dolor y la oscuridad en la segunda parte de una noche fresca y de patio de butacas lleno.

El Cabrero es un cantaor singular. Anoche lo volvió a demostrar. El público abarrotaba los Jardines, algunos con camisetas del cantaor, expectantes, luego conmovidos con el arte del sevillano que comparte su pasión por el cante con el del campo y el cuidado de sus cabras. Anoche volvió a exhibir su voz potente, fuerte, sobria y furiosa que levantó ovaciones desde sus primeros cantes por soleares. Vestido con su atuendo característico, de negro riguroso, sombrero y pañuelo en el cuello, el Cabrero cantó con rabia y con dolor. La guitarra nerviosa y agitada de Rafael Rodríguez, algo acelerada, dificultó el disfrute del cantaor con su cante, pero incidió en la rabia y la fuerza. El público apreció, en cualquier caso, su toque rítmico, armónico, característico de la escuela de Morón.

Cantó el de Aznalcóllar por soleares, malagueñas, fandangos y algunas de las adaptaciones por bulerías que tiene en su repertorio de canciones libertarias, levantando al público de sus asientos con letras como "ni guerra, ni dios, ni amo". No deja de ser curioso escuchar a este flamenco, vinculado con el anarquismo andaluz, rebelde y libertario, reclamar la República en el escenario de los jardines de un palacio, el Real, anoche fondo recio de la figura oscura del cantaor. Habrá quien piense que es una osadía hacerlo, incluso una falta de respeto. Quizás el cantaor pensó que justo este es el lugar para cantar sus letras, impregnando los rincones del jardín de sus deseos de un mundo más justo.

Quiso hacer también el Cabrero un particular homenaje a Manolo Caracol. "Ya podía yo haberlo influido en ideas", se lamentó en la presentación, “pero me quedo con el duende y el genio”. Su personal revisión del Carcelero volvió a poner en pie al público. El cantaor se sintió anoche a gusto en el escenario, saliendo hasta tres veces a complacer a su "querido público", como constantemente repetía. Cerró con unos fandangos de letras un tanto guasonas, y por petición popular, añadió uno de sus temas más repetidos en los escenarios, Luz de luna.


Voz joven y poderosa

La voz de Rocío Márquez, ganadora de la Lámpara Minera (máximo galardón) del Festival Internacional de Cante de Las Minas de La Unión el año pasado, fue la primera en llenar los Jardines de Sabatini. Lo hizo con la guitarra elegante de Guillermo Guillén, que le acompañó sin robarle protagonismo, dándole espacio en su cante melódico, de tercios largos y compás adormecido. También estuvieron con ella el cajón de Jorge Pérez y las palmas de Juan Aguirre y Marcos Jiménez.

Márquez demostró anoche que tiene una voz sobrada, con melismas de sabor antiguo, que trae a la memoria voces como la de Juan Valderrama. Arrancó por serrana y verdial, y siguió con cantes en los que se sintió segura, cómoda, más alegre que profunda. Fandangos, cuplé por bulerías, farruca y milonga, tangos y bulerías en el cierre, todos exhibiendo su voz, más en los tonos medios aunque, como bien demostró anoche, sin miedo a los más altos, que domina con potencia y afinación. Lástima que prefiriese no entrar en los cantes de levante más que en una letra por mineras, después de que son los que más puertas le han abierto.

Rocío Márquez, que sólo tiene 23 años y que desde muy pequeña recorrió escenarios y concursos infantiles buscando un hueco en el cante, comenzó a hacer sonar su nombre más intensamente después de su paso por el festival de Las Minas del año pasado. Tuvo un éxito que no se repetía desde el paso de Miguel Poveda en 1993. Formada en la escuela de Cristina Heeren de Sevilla, tiene conocimientos y tiene voz, pero también una larga carrera por delante. Aún tiene que buscarse en su cante, explotar otros registros, incomodarse y experimentar para ser una gran cantaora. La base está ahí, anoche lo demostró y puso en pie al público, que seguro recordarán su recital.

(Fotografías de EFE)

Escrito por acastellano

16 Abr 2009 - Enlace

Argentina en Madrid

El ciclo Andalucía Flamenca trae mañana por la noche al Auditorio Nacional de Madrid a una cantante joven pero veterana en los escenarios. Se llama Argentina, y es de Huelva. Con 25 años, está curtida en las tablas andaluzas. Comenzó de niña, cantando fandangos, como pasa con algunos cantaores de Huelva. Formó parte de varios grupos infantiles folklóricos y en estas formaciones grabó varios discos. Después decidió ampliar horizontes y se instaló en Sevilla. El flamenco que sabe lo aprendió en una escuela, en la Fundación Cristina Heeren, donde tuvo oportunidad de estar cerca de algunos de los cantaores locales. Con esta línea en su CV, Argentina se ve obligada a justificar constantemente su forma de cantar. Algunos consideran que en las escuelas se enseña técnica, pero no corazón y que los cantaores que salen de estos centros son muy parecidos en su manera de interpretar entre sí.

El caso es que a Argentina todo esto no le ha impedido recorrer el circuito de peñas andaluzas varias veces y salir de ahí y presentarse en otros escenarios. Estuvo en la Bienal de Sevilla, en 2006, y más recientemente, en el Festival de Flamenco de Caja Madrid en los Teatros del Canal de la capital.

Grabó un disco en 2006 (tenía entonces 18 años) y desde entonces es la única muestra para disfrutar de su cante fuera de los escenarios. Lo produjo un guitarrista joven, José Quevedo, Bolita y también participan, entre otros, el joven cantaor jerezano David Lagos y los guitarras Manuel Parrilla y Diego del Morao. Cante por soleá, bulerías, tangos, guajira, rumba, seguiriya y cómo no: fandangos de Huelva.

Argentina derrocha seguridad en el escenario. Exhibe su cante: tiene voz, y es cierto: domina la técnica. Se atreve con todos los palos y en ninguno se achica. Ahora se vuelve a presentar en Madrid. Después tendrá algunas citas importantes: la primera en julio, en el Festival Mont de Marsán, en Francia, un festival que gana peso con los años. Y después, en agosto, el Festival de cante de las minas, en La Unión, Murcia.

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