21 Mar 2011

El buen amor, señor arcipreste

Escrito por: Juan Carlos Ortega Prado el 21 Mar 2011 - URL Permanente

Algunos libros tienen títulos que incendian. Son nombres como besos en el cuello, relámpagos que nos seducen con promesas de cielo y de fuego.
Cada lector tiene los suyos. A Rosario le endulzaba la vida repetir, bajito, “Mujeres de ojos grandes”… Magdiel, en cambio, tenía que cerrar los ojos después de mirar en la portada “La isla de los amores infinitos”; Julio, en sus momentos de saudade, recordaba su mantra: “Hasta no verte, Jesús mío”, y Víctor debía callar largo rato, tras preguntarse: “¿Qué edad cumple la luz esta mañana?”

A mí me ha pasado dos veces. La primera fue con “Las tristes”, de Ovidio. Ese título, de golpe, me insinuó cientos de antiguas e inconsolables tragedias. A la fecha, lo encuentro aún más demoledor que, por ejemplo, “Los miserables”, que ya es un gran título.

La segunda ocasión fue con un texto escrito en el año 1300. En la portada de aquella edición rústica y vieja se leía: “El libro de buen amor”.

Lo escribió un clérigo bravo y juguetón, Juan Ruiz, arcipreste de Hita. “Así que hay un cariño bueno y uno malo, y aquí se describen”, pensé, emocionado.

Pero no: ya son 700 años de la publicación de ese texto, y aún se debate a qué se refería con eso de “buen amor”. Tal vez ahí está la genialidad de ese título: lleva siete siglos haciendo que cada cual busque su propia respuesta.

Para mí, el buen amor tiene que ver con abrir ventanas: futuro y luz. Hay, en cambio, amores encerrados en lo oscuro, que se apenan de sí mismos. El buen amor es franqueza y valentía; el malo, sumisión y costumbre. Uno te enciende la sangre, el otro sólo la convierte en ceniza angustiada.

El buen amor te sacude y revoluciona, Juan Ruiz, y el dañino te inmoviliza y únicamente permite el espasmo del ahorcado.

Hay presuntos amores que sobreviven a base de gritos y huecas reconciliaciones; hay otros que sólo saben entender hablándoles al oído. Hay amores de “Arráncame la vida”, y amores que dan vida. Hay amores donde alguno, más que amante, es titiritero; otros hay en los que ambos devienen creadores, directores de arte y protagonistas.

Hay amores para castrados: para los que ponen su liberación en manos de otro. Son amores epitafio, amores carroña y mascarada. Hay amores yunta de bueyes, que siguen porque la tierra sigue.

Los otros, los buenos, son amores que convocan la risa y el conocimiento, que morirían si el otro renunciara a volar. Amores glóriam, que repudian toda complacencia y abrazan el reto. Amores que no siguen el pulso de las estaciones, sino que dicen “Hágase la luz”, y cosa increíble, la luz se hace.

Hay amores de rito y dogma, nacidos para repetir letanías: exabrupto y beso, beso y exabrupto; amores que no hablan, sino con catecismos o lugares comunes; amores que besan las cadenas. Hay amores que sobajan a los amantes: “Estás enfermo, estás loca”, y creen que es normal. Amores como almas colapsadas. Amores de 4 a 10: lo demás es vanagloria. Más que amores son polilla: un día, después de años, uno de los amantes descubre que tiene el alma irremediablemente carcomida, hundida.

El buen amor, ah señor arcipreste, es cosa muy distinta. Busca las plazas y los tablados, y las playas y el monte para gritar: ¡Amo! Es amor con vocación de arco iris, en los que cada realidad es a su vez una promesa. Amor que uno no sabe si decirle “amor” o “felicidad”. Amor que no se halla entre las lágrimas o la recriminación. Amor que busca veredas, que camina, viaja y corre. Cada paso que da es un paso de baile, y cada sonrisa suya es un canto, una declaración de principios y una luna de octubre.

Estos buenos amores se molestan cuando se les confunde con los dañiños, sólo por tener nombres similares. No, los buenos son hondonadas de alegría; los otros son rídiculos simulacros. Se dicen “amores” pero no son más que huidas; “amores” que no unen, sino que amarran. Amores que se rindieron a la cobardía. Su juego preferido es humillarse y ser humillado. Amores sin horizonte, pero con rabia.

Ah, señor Juan Ruiz, anciano Juan Ruiz El Bueno... qué ganas de haber tenido esta plática con usted. Ahora, en el año de gracia de 2011, sólo me queda intentar que, con cada paso en mi vida, yo vaya redactando mi propio Libro de buen amor. Es cosa de vida o muerte.

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Moni

Moni dijo

El amor nos da tanto de qué hablar, pero a pocos les susurra cómo escribirlo. Me encantó tu texto.

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