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24
Ene 2009

EL FARO DE LA PASIÓN (primera parte)

Escrito por: princesadelnilo1964 el 24 Ene 2009 - URL Permanente

foto faro Lago Michigan

Cuando cerraba los ojos para intentar dormir, siempre le acudían las mismas frases, una y otra vez. “Tú eres aburrida, no sabes hacerme feliz”. “Necesito el sexo que te niegas a darme y que me corresponde como tu marido”, esas eran las frases que martilleaban su cerebro, noche tras noche. Luego, Katrina, veía las escenas. Era como si en su retina se hubieran quedado. Su marido desnudo sobre la cama y su amiga encima de él, cabalgando a un ritmo frenético. Los jadeos eran fuertes y las palabras que ella le decía eran sórdidas, algo que Katrina jamás imaginaba que diría. Acabada de tener un juicio y decidió darle una sorpresa a Saúl. Compró pescado fresco, y una botella de vino rosado, el favorito de él. Estaban atravesando una crisis y pensó que tomarse la tarde libre y dedicársela a su marido les podría venir bien. Saúl siempre se quejaba de que ella como juez era muy inteligente, pero como amante había perdido esa chispa que lo encendía cuando eran tan sólo amigos. Entonces no había prisas para hacer el amor. Tampoco importaba el lugar en el que practicarlo. Cuando abrió la puerta de casa, ya intuyó que algo raro pasaba, su marido no estaba en el despecho. Se dirigió al dormitorio y esa escena se le clavó en su corazón. La pareja jadeante, los suspiros y los cuerpos desnudos y sudorosos. Salió de casa, sin un rumbo fijo. Tan sólo necesitaba respirar. Se acercó hasta una plaza y se sentó en un banco. Comenzó a recordar cómo había conocido a Saúl y el tiempo en el que ambos eran felices. Recordó la primera vez que hicieron el amor. Fue durante un fin de semana. Habían decidido pasarlo en un pueblo costero. ¿Cómo se llamaba? Debería mirar las fotos, pues seguro que aparecería el nombre. Recordaba haber realizado fotos en un faro precioso. Allí mismo hicieron el amor. El faro estaba en alto y soplaba un fuerte viento. La luz que desprendía era roja, por lo que intuyó que estaba entrando una embarcación. Él la abrazó y ella se giró. Ambos, sin decirse palabra alguna, se fundieron en un apasionado beso, que les llevó a olvidar el viento y el frío de la noche. Saúl le pasaba la mano por su espalda, con delicadeza. Ella realizó lo mismo por su nuca y su pecho. Se dirigieron al banco que había en el faro y allí ella se sentó encima de él. Sin decirse nada, Saúl se abrió el pantalón y ella se subió la falda y se bajó la prenda interior. Era tal la necesidad de sentirse unidos, que no pensaron que alguien podría estar observando. Ambos se movían a un ritmo lento, acompasado, mientras sus bocas no dejaban de buscarse y sus manos de acariciarse. Esa fue la primera vez que Katrina experimentaba con el sexo. Le gustó y desde ese momento entre los dos siempre hubo química. Con el paso del tiempo Saúl demandaba más y ella no tenía tiempo, pues él se dedicaba a escribir y vendía muy poco, y ella era quien pagaba todas las facturas. Poco a poco la pasión fue muriendo. Hasta que descubrió que él la engañaba con otra. Caminaba, con paso firme, hacia casa, pues durante esas horas de soledad, había decidido salir y tomarse unos días libres. Llegó a casa y tan sólo encontró una nota de Saúl. Se iba unos días a casa de sus padres. ¡Que bien, ella pagaría los gastos! Ni una nota de disculpa. Le llamó al móvil, pero estaba apagado. Llamó a un compañero de trabajo para decir que estaría unos días fuera de la ciudad. Nadie le preguntó el motivo. Hizo la maleta con lo más urgente y se dirigió al garaje. Puso en marcha el coche y arrancó, sin saber con seguridad hacia dónde se dirigía. Tras varias horas de conducir llegó al mismo pueblo costero. Se dirigió a la posada en dónde habían estado años atrás. No sabía si estaría abierta y si tendrían habitaciones libres. Eran los mismos dueños quienes la regentaban. Ella solicitó una habitación. Dio los datos, dejó las cosas en el dormitorio y volvió a salir. Sus pasos la llevaron hasta el faro. Todo estaba igual. Se sentó en el mismo banco, ahora pintado de otro color. Allí pasó lo que quedaba de noche. La casita, junto al faro, seguía igual. Nada había cambiado. Al alba, apareció un hombre quien le llevaba una taza de café. Se sentó a su lado sin decir ninguna palabra. Katrina comenzó a llorar y Pablo, simplemente la abrazó y la fue consolando, con dulces palabras. La llevó hasta la casita y una vez en la habitación, abrió el agua caliente del baño. Ella se dejaba hacer, ya que no el importaba nada. Sentía un enorme vacío dentro de ella. Pablo, quien era el dueño de la casa, al fue desnudando y la metió en la bañera. La fue enjabonando muy despacio. Su cuerpo estaba helado y el agua caliente le sentaría bien. La envolvió en un albornoz y abrió la cama. La metió bajo las mantas y apagó la luz. Cuando iba a salir, ella le suplicó que no la dejase sola. El se acercó hasta ella, se metió dentro de la cama y la abrazó. Ella le imploró que le hiciera el amor, a lo que él le respondió con un beso dulce, con un jugueteo de lenguas y con un recorrer esa piel que ya comenzaba a entrar en calor. Estuvieron horas disfrutando del contacto de ambas pieles, del sabor de las salivas y del tacto de las manos al recorrer todos los rincones corporales, sin olvidar el sonido de esas palabras dulces e íntimas. Al fondo, tras los cristales del ventanal se divisaba la luz verde del faro. ¿Quién era Pablo?...esa es otra historia.. (Águeda Conesa)