15
Jul
2009
DEPRESIÓN: NO HAY QUE DARSE POR VENCIDO O ¿SÍ?
No sé si es que a veces somos masoquistas o que estamos un poco idos. Y me refiero a ambos sexos. No sé si es que tememos a la soledad y a vivir solos y permanecemos con alguien con el que, quizás lo único que nos une son las peleas. Realmente, ayer una compañera me contó su caso y no puede nada más que decirle que era IMBÉCIL. Sí lo es, porque está pasando casi por un calvario y no tiene “huevos” para mandar a la porra a ese hombre, que está viendo cómo la trata. “Una de seda y otra de cal”, este es el estilo que suele usar. Voy a contaros la historia, más que nada para que aquella persona que esté sufriendo esta situación sepa cómo actuar. Ana Belén, con ese nombre citaré a mi amiga, conoció a un señor hace más o menos 5 meses.
Todo comenzó como un trato de amistad, para después pasar a una relación de pareja. Según me contó Ana B, él era dulce y atento. Lo que ella necesitaba, por lo que rápidamente comenzaron a medio vivir juntos. “No me lo podía creer. Que alguien me tuviera la comida y la cena preparadas para cuando llegara a casa, después de una larga jornada de trabajo. Que se mostrara cariñoso y dulce después de una mala relación que tuve”, me explicó.
Pero cuanto más se iba afianzando la relación, más de daba cuenta de que había algo que no “cuadraba”. “Si hablábamos de política, yo era una tonta que no entendía de nada si no le decía que Zapatero es el mejor presidente de la historia de España. Si se hablaba de la Iglesia: todos eran unos desgraciados que abusan de los menores. Total que la conversación finalizaba con una disputa”, apunta. Más casi siempre era ella quien iba a pedirle disculpas y él le decía que la culpa era de él, que le perdonara. Y acababan abrazados, para después hacer el amor como si nada hubiera pasado.
“Del tema del enfado se procuraba no hablar y se intentaba aparentar que no había pasado nada”, me decía. Ella, estoy segura de que le ama, y él, pues realmente creo que también, pero es inestable. Todo el mundo decía que eran la pareja perfecta y me imagino que Ana se lo terminó de creer.
Un buen día la pelea fue a más y él perdió los papeles, pues pasó a los calificativos. Él se fue de la casa y ella ordenó la misma. Pasaron las horas y mi compañera estaba sumida en un estado de depresión y de llanto. Nada la consolaba. Así que le llamó varias veces y le dejó otros tantos mensajes, pero de él no supo nada. Comenzó a preocuparse ella misma, sin un motivo concreto, y cuando empezó a ponerse nerviosa llamó al hermano de la pareja que, lo trajo de vuelta a la casa. “A las pocas horas estaba de nuevo en mi vida. Cuando nos vimos no nos dijimos nada, pues tan sólo pudimos abrazarnos y llorar como dos niños. Esa noche todo fue mágico y muy especial”, me decía Ana.
Pasaron algunos días y ella creía estar en una “nube”, pues él se preocupaba aún más por ella. Evitaban hablar de temas en los que sabía que no estarían de acuerdo. Pero hace unos días ella me dice que, sin saber realmente el motivo, comienza una pelea que ya no tiene solución, pues ella intentaba decirle que todo era producto de su imaginación y del efecto de tantas pastillas que toma, pero una vez más lo negaba.
Ella llegó a casa y él estaba medio dormido en el sofá. Le extrañó eso, pero pensó que estaría cansado. Lo despierta, más que nada porque era temprano para dormir y deseaba hablar con él como hacían cada día. Sin embargo, él se levanta y se va a la sala del ordenador y se pone a ver allí la TV. Mi amiga se acerca a él y entonces se molesta.
Ella intenta preguntarle qué le sucede y no responde nada que le haga indicar que es por algo que ella dijera o hiciera. En la disputa ella intenta calmarle, pero él se va poniendo cada vez más alterado y comienza a insultarla. Ella se mete en la habitación y tras pensar las cosas, con sensatez, le dice que la relación ha muerto con los insultos, que es mejor que se vaya. Ana puede entender que, como tiene una lesión importante en una pierna, y de los calmantes orales ya ha pasado a los parches opiáceos para que le calmen el dolor, pues se altere con más facilidad. Además, de que los relajantes para la depresión que está tomando le han cambiado el carácter y le hacen ver cosas que no han pasado.
Lo que la hizo tener miedo y, decidir romper para siempre, el rechazo que sufrió cuando intentó calmarle, pues de alguna manera observó que se podía poner hasta agresivo. “Cualquier cosa o por la mínima palabra se enfada, y saca problemas en dónde no los hay. Le da la vuelta a la tortilla y me hace sentir culpable de no sé qué cosas”, finaliza. Ahí se dio cuenta que temió, que le tuvo miedo. Ayer, en el trabajo, la vi muy seria y eso es algo a lo que no estamos acostumbrados los compañeros y me acerqué a ella. Sin hablarme, le dio por llorar y fue cuando me contó lo que estaba pasando. No puedo aconsejarle, pues es su vida. Más lo único que le dije es que si merece la pena vivir en medio de esa situación. Que la base de toda relación es el respeto y la comunicación y si eso falla ¿qué queda?.
Sabemos que una depresión puede llegar a cambiar la personalidad de una persona hasta tal punto de volverlo insoportable, sin sentimientos y que puede llegar hacer mucho daño en una disputa. La depresión se abre camino en los estados de ánimo, actitudes y comportamientos, por lo que si se vive en un ambiente “depresógena” se puede estar modelando y enseñando a cómo deprimirse. Muchas veces, si vives con un depresivo, te puedes hasta preguntar si realmente estás tú “cuerda”. Lo que hay que saber es que el enemigo es la depresión, no tu pareja.
Algunos antidepresivos pueden empeorar inicialmente la depresión, incluso con pensamientos de suicidio, así como inducir ansiedad o crear agresividad. En ciertos casos, un antidepresivo puede provocar también un cambio en la forma de manifestarse la depresión originando manías e hipomanías, acelerar el patrón de ciclos de estados de ánimo altos y bajos, o inducir el desarrollo de una psicosis en un paciente con depresión que no era psicótico antes de tomar el antidepresivo. es.wikipedia.org/wiki/Antidepresivo
Ayer nos tocó trabajar en el mismo turno y le pregunté qué se encontraba, y qué había decidido hacer con respecto a su pareja. Me explicó que él tiró las pastillas de dormir y que controlará bajo ayuda médica su estado. Le ha jurado que no sabía lo que hacía y decía y que por su amor es capaz de hacer lo que ella le pida. Ana Belén me añadió que lleva más de una semana sin tomar nada, tan sólo lo necesario para su rodilla y que lo nota relajado. Cree que le debe de dar una última oportunidad, pues ambos se aman. Yo creo que hace lo que debe, pero que no le pase ni una más.
Agueda Conesa Alcaraz
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