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03
Nov 2009

LENGUA COMÚN (Conciertoarte) Viaje al paraíso IV parte

Escrito por: princesadelnilo1964 el 03 Nov 2009 - URL Permanente

caricias

Es una satisfacción el poder publicar historias que me han enviado algunos blogueros. Hoy hay una historia muy sensual que nos relata Conciertoarte. Se titula Lengua común. Espero que os guste y desde aquí darle las gracias por corresponder a mi sugerencia.

Cuando Malena conoció a Ramón, se sintió excitada: guapo, educado, olía muy bien; con una sonrisa cautivadora y muy divertida. Tardaron muy poco en conectar; otro poco en contarse sus vidas: Ramón venía de España a trabajar unos meses en la sucursal mexicana de su empresa. Malena trabajaba como secretaria en la oficina de la dirección general. Aunque los dos hablaban español, había muchas cosas que a Malena se le quedaban confusas: sí él decía coger, ella entendía follar. Sí él hablaba de polvo, ella pensaba en que había algo sucio; si él decía chocho, ella pensaba que quería unos dulces anisitos. Pese a estas pequeñas confusiones idiomáticas, no tardaron mucho en entender que tenían que pagar la cuenta e irse directamente a casa de ella. De forma tácita, sabían muy bien lo que querían de postre aquella noche.
Nada más cerrar la puerta, él la cogió por el cuello y la besó con tanta fuerza que Malena sintió que se asfixiaba. Se removió un poco, para tomar aire, más no sacó la lengua de la boca de Ramón. Pegada su espalda a la pared, sintió la mano de él, tocando sus pechos, su estómago, su pubis. Le estorbaba la ropa; le urgía quemarse con esa piel.
Consiguió moverse y de la mano, condujo a Ramón hasta la cama. Le empujó suavemente para que se sentara mientras ella se ponía de cuclillas entre sus piernas. Directamente, le quitó el cinturón; abrió la cremallera y sacó, delicadamente, el pene más hermoso que había visto nunca; lo comenzó a besar con ternura: le sabía muy bien, así que se dedicó durante unos minutos a paladearlo. Como a su caramelo favorito: se lo metía en la boca; paraba; lo veía; le daba pequeños lametones y luego, lo atacaba fieramente, hasta devorarlo todo. Y, aquel hermoso instrumento de placer, le respondía agradecidamente inflamado de placer.
Ramón, extasiado, recostó la espalda sobre la cama. Malena levantó la vista: lo que vio, la excitó a tope: un cuerpo masculino, echado sobre la cama, con un pene erecto y hambriento. Tenía que montarlo de inmediato. Apenas se quitó las bragas y se puso a horcajadas sobre el más bello de los hijos de falo. Se penetró hasta lo más hondo de su ser. Ella gimió de placer. Él se dejo hacer.
Ramón consiguió liberar los senos de Malena: pequeños, turgentes, con dos pezones grandes y erectos. Luego, puso a la mujer debajo de él y cambió el ritmo. Quería probar todos sus rincones, comenzando por aquellos pechos que le tenían loco: los chupó, lamió, mordió, apretó y la volvió a penetrar sin soltar sus senos.
Entonces, el que entraba, salía, movía y removía, era él. Malena lloraba de placer y pedía más y él se metía más adentro y ella quería más y él se la sacaba; entonces, ella rogaba; y él, era bueno y se la volvía a meter…
Cuando él ya no podía contener más ese juego, le dijo al oído:

- Querida, córrete…

Malena, perdida en la pasión, no entendió muy bien, pero se movió hacia un lado, sin perder ni un solo instante de gozo.

- Guapa, córrete…anda… que no aguanto más… - Insistió Ramón

Malena, que seguía con lo suyo, subiendo y bajando las piernas, se movió otro poco hacia la orilla de la cama.
Ramón, a punto de estallar, suplicó de nuevo:

- Por favor, Male, córrete…por favor…. Vamos…vamos…

Malena, desconcertada, sintiendo con la mano el vacío que dejaba el final de la cama, entre gemidos, le respondió:

- Pero, Ramón, si me corro más, me caigo de la cama…

(Conciertoarte, 2009)

23
May 2009

EL FARO DE LA PASIÓN (II PARTE)

Escrito por: princesadelnilo1964 el 23 May 2009 - URL Permanente

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Katrina se despertó y lo primero que observó fueron unos ojos azules como la mar, que la miraban con dulzura. ¿Había soñado todo lo que sucedió la noche pasada? No deseaba recordar la angustia que sintió cuando descubrió a Saúl haciendo el amor con Rocío. Ella era su amiga y además estaba casada con otro colega. ¿Cómo era posible que traicionara su amistad de esa forma? ¿No pensaba en los dos hijos que tenían? En esos momentos odiaba a Rocío, pero pensándolo fríamente Saúl era tan culpable como ella. No recordaba todo lo que Katrina hizo por él cuando se conocieron. No recordó cuando la follaba todos los lujos que tenía y que pagaba ella. No recordaba que estaban buscando de nuevo un bebé. No recordaba las operaciones que ella se sometió para poder darle un hijo.
Pablo llevaba horas despierto. La observaba y lo que veía le gustaba. Esa serenidad que tenía al dormir, más bien parecía una niña que una mujer madura. Estaba seguro que ella, quizás, después de la tormenta, se arrepentiría de lo que horas atrás habían disfrutado. Tenía que contarle tantas cosas. Él la conocía, aunque ella no recordaba en dónde lo había visto. Pablo le deslizó del rostro el cabello que le tapaba unos ojos negros, pero muy tristes. ¿Qué motivo tenía ella para volver al faro? Katrina se cubrió los hombros desnudos y le dio las gracias por cuidarla como nadie había realizado en mucho tiempo. Necesitaba paz y descanso. Pablo se levantó y cogió una bandeja en la que había preparado un suculento desayuno. Más ella no tenía apetito, pero mordisqueó una tostada y se tomó un buen café. Ambos sabían que era hora de las preguntas. Sin embargo, ella pensó en las manos de él recorriendo su cuerpo, en sus besos dulces e intensos y en cómo le hizo el amor. Sin decirle nada acercó su boca a la de Pablo y fue recorriendo, despacito, el perfil de los labios de él. Lo tumbó sobre la cama y con las manos fue acariciando su torso desnudo. Él se dejó hacer, pues al igual que a ella, necesitaba sentirse amado. Hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer.
Ella olvidó su pudor y se subió sobre las caderas del hombre, mientras que con los labios y la lengua fue recorriendo plácidamente su cuerpo. Pablo se estaba excitando no sólo por las caricias que recibía, también por los jadeos, que hacían que se estremeciera de placer. Hicieron de nuevo el amor, pero esta vez más relajado, más sensitivo. Fueron descubriendo sus cuerpos despacito sin olvidar saborear ningún rincón. Cuando alcanzaron el clímax se quedaron abrazados, en silencio. Pasado un rato, ella le contó los motivos por los que había regresado al pueblo, al faro. Más, le explicó que el hacer el amor con él no era por vengarse del marido, sencillamente necesitaba de ese cariño acompañado del placer. No podía volver a casa y encontrarse cara a cara con su marido. ¿Cómo iba a dormir en la misma cama en la Saúl le era infiel con su mejor amiga?
Pablo, por su parte le contó que ya la conocía, aunque nunca se había atrevido hablar con ella. Katrina se extrañó, pues no recordaba haberle visto por la ciudad. Él le comenzó a explicar en dónde la vio por vez primera. La noche pasada hacía un año en el que ella firmó una condena. Hacía más de un año en el que María, su esposa era vengada. Murió en un accidente de tráfico. Además esperaba un hijo, que nunca llegó a vivir. Intentaron salvar al niño, pero después de una dura lucha contra la muerte, moría dejándole otro dolor más a su corazón. Ella fue quien condenó a varios años de prisión al conductor borracho y drogado que la atropelló y le sesgó la vida. Hacía un año en el que Pablo no era feliz y había abandonado su profesión y la ciudad. Se ahogaba cuando recorría la habitación que María estaba preparando, con tanta ilusión, para ese niño que tanto tiempo estaban buscando. Ver la cómoda en la que su esposa iba guardando con tanto mimo la ropa del bebé era insoportable.
Dejó descuidado su negocio de antigüedades y se alejó de todo el mundo, pues su mundo era María. Ni los amigos lograban que saliera de esa casa.
Poco a poco ese vacío se fue adentrando en su alma y comprendió que necesitaba salir de ese pozo. Tenía familia en el pueblo, pues él nació allí. Su padre, le comentó que vendían la casita del faro y, sin pensárselo dos veces, la compró. Vendió la casa en la que había compartido con su mujer y se fue a vivir al pueblo. Allí abrió una nueva tienda de antigüedades y comenzó de nuevo a vivir. Había amigas de su edad allí, pero ninguna le atraía lo suficiente como para plantearse otra relación. Guardó con amor algunas pertenencias de María y el resto las regaló a la familia de ella. Tan sólo guardó el vestidito que estaba destinado al bautizo del niño.
Katrina comenzó a recordar los datos de ese juicio, en el que ella fue la juez encargada de administrar justicia. A su memoria vinieron los datos, las fotos y los relatos de los abogados de ambas partes. Recordaba a una mujer pequeñita, pero muy guapa. Entonces vino a su memoria la figura de un hombre sentado en un banco con mirada perdida y triste…… (Águeda Conesa).

24
Ene 2009

EL FARO DE LA PASIÓN (primera parte)

Escrito por: princesadelnilo1964 el 24 Ene 2009 - URL Permanente

foto faro Lago Michigan

Cuando cerraba los ojos para intentar dormir, siempre le acudían las mismas frases, una y otra vez. “Tú eres aburrida, no sabes hacerme feliz”. “Necesito el sexo que te niegas a darme y que me corresponde como tu marido”, esas eran las frases que martilleaban su cerebro, noche tras noche. Luego, Katrina, veía las escenas. Era como si en su retina se hubieran quedado. Su marido desnudo sobre la cama y su amiga encima de él, cabalgando a un ritmo frenético. Los jadeos eran fuertes y las palabras que ella le decía eran sórdidas, algo que Katrina jamás imaginaba que diría. Acabada de tener un juicio y decidió darle una sorpresa a Saúl. Compró pescado fresco, y una botella de vino rosado, el favorito de él. Estaban atravesando una crisis y pensó que tomarse la tarde libre y dedicársela a su marido les podría venir bien. Saúl siempre se quejaba de que ella como juez era muy inteligente, pero como amante había perdido esa chispa que lo encendía cuando eran tan sólo amigos. Entonces no había prisas para hacer el amor. Tampoco importaba el lugar en el que practicarlo. Cuando abrió la puerta de casa, ya intuyó que algo raro pasaba, su marido no estaba en el despecho. Se dirigió al dormitorio y esa escena se le clavó en su corazón. La pareja jadeante, los suspiros y los cuerpos desnudos y sudorosos. Salió de casa, sin un rumbo fijo. Tan sólo necesitaba respirar. Se acercó hasta una plaza y se sentó en un banco. Comenzó a recordar cómo había conocido a Saúl y el tiempo en el que ambos eran felices. Recordó la primera vez que hicieron el amor. Fue durante un fin de semana. Habían decidido pasarlo en un pueblo costero. ¿Cómo se llamaba? Debería mirar las fotos, pues seguro que aparecería el nombre. Recordaba haber realizado fotos en un faro precioso. Allí mismo hicieron el amor. El faro estaba en alto y soplaba un fuerte viento. La luz que desprendía era roja, por lo que intuyó que estaba entrando una embarcación. Él la abrazó y ella se giró. Ambos, sin decirse palabra alguna, se fundieron en un apasionado beso, que les llevó a olvidar el viento y el frío de la noche. Saúl le pasaba la mano por su espalda, con delicadeza. Ella realizó lo mismo por su nuca y su pecho. Se dirigieron al banco que había en el faro y allí ella se sentó encima de él. Sin decirse nada, Saúl se abrió el pantalón y ella se subió la falda y se bajó la prenda interior. Era tal la necesidad de sentirse unidos, que no pensaron que alguien podría estar observando. Ambos se movían a un ritmo lento, acompasado, mientras sus bocas no dejaban de buscarse y sus manos de acariciarse. Esa fue la primera vez que Katrina experimentaba con el sexo. Le gustó y desde ese momento entre los dos siempre hubo química. Con el paso del tiempo Saúl demandaba más y ella no tenía tiempo, pues él se dedicaba a escribir y vendía muy poco, y ella era quien pagaba todas las facturas. Poco a poco la pasión fue muriendo. Hasta que descubrió que él la engañaba con otra. Caminaba, con paso firme, hacia casa, pues durante esas horas de soledad, había decidido salir y tomarse unos días libres. Llegó a casa y tan sólo encontró una nota de Saúl. Se iba unos días a casa de sus padres. ¡Que bien, ella pagaría los gastos! Ni una nota de disculpa. Le llamó al móvil, pero estaba apagado. Llamó a un compañero de trabajo para decir que estaría unos días fuera de la ciudad. Nadie le preguntó el motivo. Hizo la maleta con lo más urgente y se dirigió al garaje. Puso en marcha el coche y arrancó, sin saber con seguridad hacia dónde se dirigía. Tras varias horas de conducir llegó al mismo pueblo costero. Se dirigió a la posada en dónde habían estado años atrás. No sabía si estaría abierta y si tendrían habitaciones libres. Eran los mismos dueños quienes la regentaban. Ella solicitó una habitación. Dio los datos, dejó las cosas en el dormitorio y volvió a salir. Sus pasos la llevaron hasta el faro. Todo estaba igual. Se sentó en el mismo banco, ahora pintado de otro color. Allí pasó lo que quedaba de noche. La casita, junto al faro, seguía igual. Nada había cambiado. Al alba, apareció un hombre quien le llevaba una taza de café. Se sentó a su lado sin decir ninguna palabra. Katrina comenzó a llorar y Pablo, simplemente la abrazó y la fue consolando, con dulces palabras. La llevó hasta la casita y una vez en la habitación, abrió el agua caliente del baño. Ella se dejaba hacer, ya que no el importaba nada. Sentía un enorme vacío dentro de ella. Pablo, quien era el dueño de la casa, al fue desnudando y la metió en la bañera. La fue enjabonando muy despacio. Su cuerpo estaba helado y el agua caliente le sentaría bien. La envolvió en un albornoz y abrió la cama. La metió bajo las mantas y apagó la luz. Cuando iba a salir, ella le suplicó que no la dejase sola. El se acercó hasta ella, se metió dentro de la cama y la abrazó. Ella le imploró que le hiciera el amor, a lo que él le respondió con un beso dulce, con un jugueteo de lenguas y con un recorrer esa piel que ya comenzaba a entrar en calor. Estuvieron horas disfrutando del contacto de ambas pieles, del sabor de las salivas y del tacto de las manos al recorrer todos los rincones corporales, sin olvidar el sonido de esas palabras dulces e íntimas. Al fondo, tras los cristales del ventanal se divisaba la luz verde del faro. ¿Quién era Pablo?...esa es otra historia.. (Águeda Conesa)

20
Ene 2009

MI PUTITA PARTICULAR

Escrito por: princesadelnilo1964 el 20 Ene 2009 - URL Permanente

Tras salir del trabajo, Lucas y un grupo de compañeros se fueron a una cafetería a tomarse una copa, antes de regresar a sus respectivas casas. Uno de ellos comentó que se fin de semana abrían un nuevo local de alterne en la ciudad y que esperaba encontrar alguna prostituta que le hiciera cosas distintas a las que le hacía su mujer en la cama. Tras la marcha del grupo, Lucas se quedó sólo con Mateo, su mejor amigo. Después de tomarse alguna copa más, Lucas le propuso a su amigo que si le gustaría ser el instructor sexual de su esposa y así de paso se lo pasaría muy bien con ella. Mateo, que conocía a Tania, se quedó extrañado de esa propuesta pero, tras algunos ruegos de su amigo, aceptó. La mujer de Lucas era una belleza madura, a la que observaba cada vez que salían juntos o era invitado a su casa. Lucas le explicó que lo único que deseaba era que enseñara a su mujer distintas formas de hacer el amor pues, después de cinco años de casados, la monotonía reinaba en la cama. Lo único que exigía era que Tania no supiese nada y él poder observar todo lo que hicieran. Con excusas de revisar documentos del trabajo, Mateo comenzó a frecuentar muy a menudo el domicilio del matrimonio. Casi siempre se quedaba a cenar y después a tomarse el café o alguna copa. Lucas intentaba dejarlos un rato a solas, cada vez que veía la oportunidad, para ver qué reacción tenía su mujer con el amigo. Él notaba que no le era indiferente y que de vez en cuando lo miraba de una manera distinta a como lo hacía con otros amigos. Mateo siempre alababa su físico, su indumentaria, lo que hacía que Tania se pusiese contenta.

Esa misma noche, comenzó a planear el momento ideal para que se produjera su fantasía. Cuando llegó al dormitorio observó, con placer, el cuerpo de Tania, que se estaba desnudando. Miró sus proporcionados senos. Después, bajó la vista hasta la vagina, cuya principal característica era su abundante líquido, que manaba cuando hacían el amor. La sola idea de verla hacer el amor con otro hombre siempre le había excitado, pero jamás se le ocurrió decírselo a Tania. Al día siguiente le explicó a su amigo lo que había planeado y que debía suceder esa misma noche. Haría que le llamaran de la oficina, con la excusa de buscar unos documentos que debía entregar con urgencia. Así ocurrió, y tras el café, sonó el móvil. Mateo se quedó solo con Tania, ambos sabían que Lucas tardaría, al menos dos horas, en regresar a casa. Éste se escondió muy excitado y esperó que sucediera lo que, con tanto esmero, había planeado. Mateo y Tania comenzaron por tomarse una copa y después otra. Cuando ya estaban un poco bebidos, Mateo se decidió ir a la acción. Se acercó a Tania y comenzó a besarla, para ver la reacción de la mujer. Como ésta respondía, pasó a besarla con más pasión, a la vez que le comenzó a acariciar la espalda. Tania abría los labios esperando la lengua de su amigo. Poco a poco se fueron desnudando mutuamente, sin saber ella que su marido observaba la escena. Mateo bajo su boca hacia los senos de la hembra, quien comenzaba a gemir de placer. Fue succionado y lamiendo, y entre una cosa y la otra daba pequeños mordiscos en los pezones. Tania, por su parte, comenzó a acariciar la verga de él. Cuando ya estaba a punto de eyacular, le acabó de masturbar con su larga melena, a la vez que paseaba su lengua por el miembro. Mateo quería entrar dentro de ella y tras un rato de nuevas caricias y besos, Tania se abrió de piernas y dejó que Mateo entrara dentro de ella. El placer fue tan intenso que los gemidos eran muy fuertes, por lo que Lucas comenzó a masturbarse mientras observaba la escena. Cuando todo acabó, Lucas se dijo a sí mismo que a partir de ahora buscaría a hombres que se acostaron con Tania y él miraría. Esa madrugada, cuando se suponía que volvía de la oficina, se acercó a su mujer y sin decirle una palabra la fue desnudando y le hizo el amor de muchas maneras, a la vez que pensaba que él no necesitaría ir a lugares de alterne, que con su mujer le bastaba, ya tenía su “putita particular”. Por su parte, Tania se reía por dentro, pensando lo infeliz que era su marido, pues ella conocía su “juego” y no le importaba lo más mínimo, pues con otros hombres gozaba mucho más que con el aburrido de su marido. Águeda Conesa.

16
Ene 2009

EL COCHE DE LUCÍA

Escrito por: princesadelnilo1964 el 16 Ene 2009 - URL Permanente

Lucía salió del hospital en donde trabajaba, hacía frío y era de noche. Se apretó el abrigo contra su cuerpo y se dirige hacia su coche, que estaba en el parking. Cuando intenta arrancar el vehículo se da cuenta de que algo falla, pues no hay sonido ninguno de motor. Desde el móvil llama al mecánico, pero el teléfono lo cogió el hijo, quien tomó la dirección y le dice que va para allá con la grúa. Cuando llegó el mecánico, y destapó el capó, descubrió que lo que fallaba era la batería, por lo que le sugirió a Lucía que la podía acercar hasta su casa y, después llevaría el coche al taller para ponerle al día siguiente una nueva, pues era muy tarde ya y su padre no estaba en casa. Como era ya muy tarde y conocía de vista al mecánico le dijo que si, aunque nunca le vio en el taller. Una vez dentro de la grúa ambos se presentaron y ella le explicó en dónde debía dejarla. Al pasar frente a una cafetería, Luis, así se llamaba el hombre, le preguntó si le apetecía un café y ella aceptó. Lucía hacía poco que se había divorciado y el mecánico llevaba varios años de soltería. Lo que comenzó con un café acabó con varios licores, pues la conversación se hizo amena. Luis la casó del error, pues no era mecánico. Se dedicaba a la abogacía y había venido a pasar unos días con sus padres. De vuelta a la grúa, y sin decirse ninguna frase, los labios de ambos se juntaron en un beso apasionado, que enardecieron sus deseos. Ambos estaban impacientes y nada nerviosos, pues tan sólo deseaban un rato de placer mutuo. La manos de Luis se dirigieron a los senos de ella y fue acariciándolos con suavidad, hasta llegar a sus pezones, que estaban ya muy duros. Lucía, quien sentía espasmos de placer, dirigió sus manos hacia la entrepierna, para descubrir que el miembro de Luis estaba duro. La enfermera necesitaba más, quería sentir un orgasmo que la llevara al éxtasis, así que acercó la mano de Luis hacia su sexo, que estaba muy sediento de placer. Ambas manos iniciaron un juego que culminó con sendos orgasmos. Sin decir palabra alguna, se arreglaron las ropas y continuaron el camino a casa de ella. Una vez allí, ella le dijo que si deseaba tomar la última copa. Luis, que llevaba algún tiempo sin mantener relaciones íntimas con mujer alguna, no se lo pensó y aceptó, pues sospechaba cómo podía acabar la noche. Ella le indicó en dónde podía poner unas copas, pues quería ir al baño para ponerse más cómoda. Luis comprobó que era una casa sencilla, pero decorada con buen gusto, y fue mirando cada habitación, hasta que llegó al dormitorio principal. Al abrir la puerta observó que la enfermera acababa de ducharse, pues tenía una toalla alrededor de su cuerpo. No era una mujer delgada, pues tenía unas curvas que le encantaron. Se acercó a ella y la fue acariciando despacio, a la vez que le iba dando dulces besos por el cuello. Lucía comenzó a jadear y se dio la vuelta. Cuando sus ojos estaban frente a frente, no hicieron falta palabras, la toalla cayó al suelo. Aunque era invierno, ella no sentía frío alguno. Comenzó a desnudar al abogado, sin dejar de besarlo. Mordisqueaba sus labios con suavidad y las lenguas se fueron entrelazando hasta que sus salivas quedaron en una. Luis la tomó en sus brazos y la dejó en la cama. Sin mediar palabra la penetró despacio y ambos iniciaron movimientos suaves para ir cada vez más rápidos y profundos. Las manos de ella recorrían la espalda de él, primero deslizándolas con suavidad, hasta que llegó a sus glúteos y allí las dejó. Poco a poco fue empujando las nalgas de él, a la vez que gemía de placer. Luis a su vez, iba lamiendo los pechos de Lucía; no podía aguantar más, necesitaba explotar y así se lo dijo. Embistió de forma brutal y ambos tuvieron sendos orgasmos que los dejaron exhaustos, pero muy dichosos. Se quedaron un rato en la cama, pero Lucía se quedó dormida. Cuando despertó era ya de día y entonces recordó la noche anterior. No se lo podía creer y miró hacia el lado contrario de la cama. Allí había una nota, que decía que el coche se lo traería a la hora del café y que le traería una sorpresa para acompañar. Lucía se preguntó si no sería una locura, pues Luis era un hombre que le gustaba en todos los sentidos y sabía que, después, o antes del café, volvería a desearlo. Como tenía que trabajar esa tarde, llamó al hospital y dijo que no se encontraba bien. Pasó la mañana imaginando la sorpresa de Luis……pero esa es otra historia (Águeda Conesa)