15 May 2010

“Vestida para matar” (Brian de Palma, 1980), o el salto al vacío del cambio terapéutico

Escrito por: profesional-psicologia el 15 May 2010 - URL Permanente

Aquella mañana Kate está de mal humor. Un observador casual probablemente no se habría dado cuenta, ya que sus elegantes maneras, su media sonrisa y la determinación con que se baja del taxi y desciende las escaleras hasta la consulta de su psiquiatra no harían pensar que le aflija nada importante; es más, es muy posible que en estos momentos la misma Kate no sepa identificar su propio malestar, más allá de una impresión vaga y difusa tipo “me pasa algo, pero no sé bien qué”.

Sin embargo, una vez a salvo en el espacio sagrado que es la terapia, con la cabeza reclinada en el sillón, va sacando a la luz, palabra a palabra, su hastío, su insatisfacción, su cabreo hacia su marido (“Me ha obsequiado con una de sus especialidades esta mañana, y me tiene harta… ¿No es para estarlo?”)… La atenta mirada de su psiquiatra (nada menos que Michael Caine) la acompaña en el discurso mientras Kate va despojándose de sus defensas y se aproxima paulatinamente al núcleo de sus temores, a aquello que oculta, incluso ante sí misma, bajo la imagen de una mujer completa y segura. Y, finalmente, dice en alto el mayor terror de todos: “A lo mejor el fallo está en mí”.

Se trata de “Vestida para matar”, probablemente la película en que a Brian de Palma mejor le sale eso de jugar a Hitchcock. De Palma es un director que tiende a primar la forma sobre el fondo, y en esta película se pone particularmente preciosista: planifica al milímetro la imagen, la secuencia, el detalle, el brillo sobre el picaporte de la puerta en el momento preciso… Todo huele a artificioso, sí, pero no deja de ser un artificio bonito, que engancha, y si la historia que cuenta con todo eso acaba siendo un churro, no importa, el espectador ha quedado ya embelesado por la maestría de de Palma (que la tiene) para crear ese envoltorio tan brillante y llamativo. La historia de “Vestida para matar” es lo de menos (con un desenlace sorpresa que, por un lado, se ve venir a la legua a nada que se haya visto un poco de cine y que, por otro, hoy día sería calificado de transfóbico), pero ésta es la película de de Palma en que con más gusto acepta el espectador la estafa del gato por liebre.

Si hemos seleccionado “Vestida para matar”, y la sesión de terapia de Kate en concreto, para este análisis es porque, más allá de consideraciones cinematográficas, sí que nos sirve para comentar varios elementos importantes de eso que se llama “el intercambio terapéutico”.

Kate es una mujer ya madura en una especie de crisis de la mediana edad. Atractiva, con clase, y probablemente en una posición acomodada, pero finalmente insatisfecha, de una manera difícil de definir. Procura evadirse de esa insatisfacción en tórridas fantasías bajo la ducha o fingiendo estallar de placer con las torpes maniobras sexuales de su marido, pero es en el sillón de su terapeuta donde, en lugar de mirar para otro lado, Kate vuelve la vista hacia este sentimiento difícil y lo va poniendo en palabras. Y la conclusión a la que llega es algo tan aterrador como común en el género humano: “A lo mejor el fallo está en mí”.

Quién no es visitado en algún momento u otro, en distintas facetas de su vida, por pensamientos como éste: “el fallo está en ti, y por culpa de eso no vas a poder conseguir lo que quieres”. A esta idea no suele tardar en acompañarle otra que venga a decir algo así como: “el mero hecho de que te plantees si el fallo está en ti, quiere decir que lo está”. Y no muy lejos se encuentra la vergüenza, el tabú de “tener tara”, la necesidad de ocultar ese fallo imperdonable a los ojos de los demás (quienes a su vez lo ocultan de nosotros), a nuestros propios ojos si es posible…

La respuesta de Michael Caine resulta más cinematográfica que psicoterapéutica (“En ti no hay ningún fallo”) y conduce a un casi sonrojante flirteo entre paciente y terapeuta que no merece mayor atención aquí. Sin embargo, sí resulta interesante el proceso de Kate durante la escena siguiente: sentada ante los cuadros en una sala de un museo, va apuntando en una libreta distintos encargos pendientes según se va acordando… La planificada cinematografía y la prodigiosa expresividad de la actriz Angie Dickinson transmiten sin necesidad de palabras su soledad, su vacío, su necesidad de aspirar a algo distinto, de ser plenamente reconocida y querida por otra persona… Y, entonces, se sienta a su lado un atractivo desconocido.

Durante los siguientes minutos, y al ritmo de la inquietante y preciosa música de Pino Donaggio, Kate y el desconocido entrarán en un mudo juego de seducción recíproca, de miradas y de persecuciones mutuas por los intrincados pasillos del museo. Es el momento del salto al vacío, y por el semblante de Kate es fácil hacerse a la idea de lo que va pensando: “Ésta no soy yo, ¿qué me está pasando? ¿A dónde me lleva esto? Sin embargo, ¿por qué no? Ah, esto es absurdo, estará pensando que soy tonta, me daré la vuelta y me presentaré… Ah! Ya no está… ¿Dónde se habrá metido? Me lo habré estado imaginando todo, si seré ilusa… ¿O acaso le habré asustado? ¿Qué hago? ¿Me voy, le busco? Es un desconocido, ¿qué pensará de ti?”.

En toda psicoterapia que realmente lo es, llega un momento en que el paciente tiene que dar en su vida una especie de salto al vacío similar al de Kate en esta escena. De hecho, el fin último de las sesiones de terapia es preparar al paciente para ese salto, y que pueda darlo, incluso, con el pensamiento: “A lo mejor el fallo está en mí”. Evidentemente, como terapeutas, nunca podremos garantizar al paciente que caerá exactamente en el lugar donde quería caer, o que no se hará daño en su caída. Es lo que tienen los saltos al vacío. Sin embargo, en el momento en que salta, el paciente sí tiene una certeza, y es que no saltar implica volver a los mismos patrones y rutinas ya conocidos que encorsetan y empobrecen su vida. Es lo que habría pasado si Kate hubiera dejado marchar al desconocido, o si se hubiera desanimado a la primera de cambio sin atreverse a estar plenamente expuesta al aluvión de dudas, inquietudes y reproches que la acompañan en todo ese periplo. En ese caso, Kate habría dejado el museo igual que entró, habría ido a comer con su marido y su suegra, y habría continuado evadiéndose de su malestar en sus fantasías y fingiendo ante su marido que “no hay ningún fallo en ella” (o no: quien ha visto la película sabe que a Kate le espera una desagradable sorpresa… pero esto es ya otro asunto).

Kate sacará de su escarceo mucho más de lo que esperaba, y su viaje dará un sorprendente giro unas escenas después (al igual que el de Marion Crane en “Psicosis”). Sin embargo, ya hemos vuelto al terreno puramente cinematográfico y la película deja de servirnos para ilustrar el punto que queríamos. Quien esté interesado en un proceso de cambio similar, menos sexy y en un envoltorio más austero, pero apasionante e igualmente sostenido por una actriz prodigiosa, no puede perderse “Otra mujer” (1988), una de las películas menos conocidas de Woody Allen. En ella, una cerebral Gena Rowlands se replantea su ordenada vida intelectual neoyorquina a raíz de escuchar, casualmente, las conversaciones de pacientes psicoanalizados en la consulta contigua a su estudio. Pero ésta es otra historia y merece ya un artículo aparte.

Carlos Hornillos

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