12 Jun 2009
PSICOANÁLISIS - XIII - LA SEXUALIDAD INFANTIL
La investigación etiológica llevó al psicoanálisis a ocuparse de un tema cuya existencia apenas se sospechaba antes de ella. La ciencia se había habituado a hacer comenzar la vida sexual con la pubertad y a juzgar como raros signos de precocidad y degeneración las manifestaciones de una sexualidad infantil. Pero el psicoanálisis descubrió una plenitud de fenómenos tan singulares como regulares, que forzaban a hacer coincidir el comienzo de la función sexual en el niño casi con el principio de su vida extrauterina, y nos preguntamos sorprendidos cómo había sido posible no advertirlo. Los primeros atisbos de la sexualidad infantil nos fueron procurados, ciertamente, por la investigación analítica de sujetos adultos y entrañaban, por tanto, todas las dudas y todos los defectos inherentes a una revisión tan tardía; pero cuando más tarde (a partir de 1908) comenzamos también el análisis de sujetos infantiles, comprobamos directamente en ellos nuestras tesis. La sexualidad infantil mostraba en algunos aspectos un cuadro distinto al de los adultos y sorprendía por integrar numerosos rasgos de aquello que en los adultos es calificado de perversión. Hubo necesidad de ampliar el concepto de lo sexual hasta hacerle abarcar más que la tendencia a la unión de los dos sexos en el acto sexual o a la provocación de determinadas sensaciones de placer en los genitales. Pero esta ampliación quedaba recompensada por la posibilidad de comprender unitariamente la vida sexual infantil, la normal y la perversa. Mi investigación analítica cayó primero en el error de sobreestimar la seducción o iniciación sexual como fuente de las manifestaciones sexuales infantiles y germen de la producción de síntomas neuróticos. La superación de este error quedó lograda al descubrir el papel extraordinario que en la vida psíquica de los neuróticos desempeñaba la fantasía, francamente más decisiva para la neurosis que la realidad exterior. Detrás de estas fantasías emergió luego el material que permite desarrollar la exposición siguiente de la evolución de la función sexual.
Psicoanálisis y teoria de la libido. S. Freud, 1923
27 Mar 2009
DOS MENTIRAS INFANTILES. SIGMUND FREUD -1913 - (II)
Dos mentiras infantiles - 1913
Una señora, gravemente enferma hoy a consecuencia de una dura frustración de la vida real, era de niña singularmente trabajadora, juiciosa y amante de la verdad, convirtiéndose luego en mujer de fina sensibilidad y muy cariñosa para con su marido. Pero en una época aún más temprana, en los primeros años de su vida, había sido una criatura terca y descontentadiza, y durante el período de su transformación a una bondad y una escrupulosidad exagerada cometió algunas faltas, que luego, en los tiempos de su enfermedad, se reprochaba severamente, considerándolas como signos de una perversión fundamental. Sus recuerdos la acusaban de haberse hecho culpable por entonces de frecuentes mentiras.Una vez, camino del colegio, se vanaglorió una de sus condiscípulas de haber tenido aquel día hielo (Eeis-hielo-helado) en el almuerzo, contestando ella: «En casa lo tenemos todos los días.» En realidad, no comprendía siquiera lo que podía significar tener hielo en el almuerzo, ni conocía el hielo más que en los largos bloques en que es repartido por los coches de la fábrica; pero supone que las palabras de su compañera aludían a algo muy distinguido, y no querer ser menos.
Teniendo diez años le encargaron en la clase de dibujo que trazara a pulso una circunferencia. Pero ella hizo uso del compás, y de este modo trazó en seguida una curva perfecta, que enseñó, triunfante, a su vecina de clase. El profesor que la oyó vanagloriarse, examinó el dibujo, y al descubrir en él las huellas del compás, la incitó a que confesara su engaño. La niña negó tenazmente, sin dejarse convencer por prueba alguna, y acabó encerrándose en un hosco mutismo. El profesor puso el hecho en conocimiento del padre; pero la buena conducta general de la muchacha los determinó a no dar al suceso consecuencia alguna. Las dos mentiras de la niña dependían del mismo complejo. Siendo la mayor de cinco hermanas, había desarrollado desde muy temprano una adhesión extraordinariamente intensa a su padre, que luego, en años ulteriores, había de hacerla desdichada para toda su vida. Sin embargo, no pudo tardar en descubrir que su amado progenitor no poseía aquella grandeza que tan dispuesta estaba a atribuirle. Tenía que luchar con dificultades económicas y no era tan poderoso ni tan noble como ella había creído. Pero la sujeto no podía aceptar tal disminución de su ideal. Acumulando, según hábito femenino, toda su ambición en la persona del hombre amado, puso toda su alma en apoyar a su padre contra el mundo entero. De este modo mentía vanidosamente ante sus compañera para no disminuir a su padre.
Cuando, más tarde, aprendió a identificar la palabra Eeis (hielo) con la palabra Glace (helado), quedó abierto el camino por el cual el reproche dependiente de estas reminiscencias pudo convertirse en un temor angustioso a los fragmentos de vidrio (Glace=helado; Glas=vidrio). El padre era un excelente dibujante y había despertado muchas veces e encanto y admiración de sus hijos con muestras de su talento. Identificándose con él, dibujó la niña en el colegio aquella circunferencia cuya perfección sólo podía lograr por medios engañosos. Fue como si quisiera dar a entender orgullosamente: «Fijaos las cosas que mi padre sabe hacer.» El sentimiento de culpabilidad concomitante a su intensa inclinación hacia su padre halló una expresión en el engaño intentado, cuya confesión resultaba imposible por el mismo motivo del caso anterior, pues hubiera equivalido a la del amor incestuoso.
No deben, ciertamente, despreciarse estos episodios de la vida infantil. Sería un grave error fundar en tales delitos infantiles el propósito de un carácter inmoral. Dependen de los demás enérgicos motivos del alma infantil y anuncian las disposiciones a destinos ulteriores y a futuras neurosis.
26 Mar 2009
DOS MENTIRAS INFANTILES. SIGMUND FREUD -1913 - (l)
Dos mentiras infantiles - 1913
Es explicable que los niños mientan, cuando no hacen sino imitar las mentiras de los adultos. Pero cierto número de mentiras de los niños de excelente educación tienen un significado especial y debían hacer reflexionar a los padres, en lugar de indignarlos. Dependen de intensos motivos eróticos y pueden acarrear fatales consecuencias cuando provocan una mala inteligencia entre el infantil sujeto y la persona por él amada.
I
Una niña de siete años, en su segundo año de escuela primaria, pide dinero a su padre para comprar pinturas con que teñir los huevos de Pascua. El padre rehúsa, alegando no tener dinero. Poco después renueva la niña su demanda, pero justificándola con la obligación de contribuir a una colecta escolar destinada a adquirir una corona para los funerales de una persona real. Cada uno de los colegiales debe aportar cincuenta céntimos. El padre le da diez marcos. Paga la niña su aportación, deja nueve marcos sobre la mesa del despacho paterno y con los cincuenta céntimos restantes compra las pinturas deseadas, que esconde en el cajón de sus juguetes. Durante la comida, el padre le pregunta qué ha hecho con el dinero que falta y si no lo ha empleado en las pinturas. Ella lo niega; pero su hermano, dos años mayor, la delata. Las pinturas son encontradas entre los juguetes. El padre, muy enfadado, abandona a la pequeña delincuente en manos de la madre, que le administra un severo correctivo. Luego, conmovida ante la intensa desesperación de la niña, la acaricia y sale con ella de paseo, para consolarla. Pero los efectos de este suceso, considerados por la paciente misma como «punto crítico» de su niñez, resultan ya inevitables.
La sujeto, que hasta aquel día era una niña traviesa y voluntariosa, se hace tímida y hosca. Durante los preparativos de su boda es presa de incomprensibles arrebatos de cólera cada vez que su madre efectúa alguna compra para su nuevo hogar. Piensa que el dinero a tal efecto destinado es de su exclusiva propiedad, sin que nadie, fuera de ella, tenga derecho a administrarlo. De recién casada le repugna pedir a su marido dinero para sus gastos personales y establece una cuidadosa separación innecesaria, entre el dinero de su marido y el «suyo». Durante el tratamiento sucede alguna vez que los envíos monetarios de su marido sufren retraso, dejándola sin dinero en una ciudad desconocida. Al darme una vez cuenta de ello le hago prometer que si volvía a encontrarse en tales circunstancias, aceptaría en mí el pequeño préstamo necesario para esperar sin apuros la llegada del giro.
Me lo promete, pero al repetirse el hecho no mantiene la promesa y prefiere empeñar una joya. A mis reproches contesta que le es imposible aceptar de mí dinero alguno. La infantil apropiación de los cincuenta céntimos tenía un significado que el padre no podía sospechar. Algún tiempo antes de su ingreso en la escuela primaria había realizado la niña un acto singular, en el que también había intervenido dinero. Una vecina la había entregado una corta cantidad para que acompañara a un hijo suyo, más pequeño aún, a efectuar una compra. Realizada ésta, volvía a casa con el dinero sobrante; pero al ver en la calle a la criada de la vecina, arrojó al suelo las monedas. En el análisis de este acto incomprensible para ella misma, surgió, como asociación espontánea, la idea de Judas, que arrojó los dineros recibidos por su traición. Declara tener la seguridad de haber oído relatar la historia de
Impulsada ésta por un sentimiento de celos, delató, sin embargo, un día los manejos de su guardadora. Al llegar a casa se puso a jugar con una moneda de cinco céntimos, tan ostensiblemente, que su madre hubo de interrogarla sobre la procedencia de aquel dinero. La niñera fue despedida. El acto de tomar dinero de alguien adquirió para ella, desde muy temprano, la significación de la entrega física de las relaciones eróticas. Tomar dinero del padre equivalía a hacerle objeto de una declaración de amor. La fantasía de tener al padre por novio resulta tan seductora, que el deseo infantil de comprar pinturas con las que teñir los huevos de Pascua se sobrepuso fácilmente, con su ayuda, a la prohibición. Pero le era imposible confesar la apropiación del dinero. Tenía que negarla, porque el motivo del acto, inconsciente para ella misma, era inconfesable. El castigo impuesto por el padre constituía así una repulsa del cariño ofrecido, un doloroso desprecio, y quebrantó el ánimo de la niña. Durante el tratamiento surgió una intensa depresión, cuyo análisis condujo al recuerdo de lo anteriormente relatado al verme yo obligado a copiar el desprecio paterno, rogándole que no me trajese más flores. Para el psicoanalista no es casi necesario acentuar que el pequeño suceso infantil integra uno de los frecuentes casos de persistencia del primitivo erotismo anal en la vida erótica ulterior. También el deseo de teñir de colores los huevos procede de la misma fuente.
Continúa...
Curriculum
Psicoanálisis para todos
Carlos Fernández
Médico Psicoanalísta.
Master en Psicología Médica.
Especialista en Dirección Deportiva.
Profesor de Formación Empresarial Superior en la Escuela de Psicoanálisis Grupo Cero.
Profesor en la Real Federación Española de Fútbol - Curso Superior de Directores Deportivos -
www.carlosfernandezdelganso.com
PARA MÁS INFORMACIÓN
www.carlosfernandezdelganso.com
psicoanalista@carlosfernandezdelganso.com
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