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22 Nov 2009

LA SALUD DE "NUESTROS" PROFESIONALES

Escrito por: carlos-fernandez el 22 Nov 2009 - URL Permanente

"Sólo le falta hablar". Miguel Oscar Menassa

La salud es una producción. No hay salud innata o natural (el recién nacido no cuenta con un sistema inmunitario maduro, suficiente y eficaz, las vías nerviosas no están recubiertas de mielina con lo que la musculatura no puede responder con actos adecuados, los huesos no pueden sostenerle, no puede ver ni fijar al mirada…)

Todo se construye, la salud también. Todo se construye, la enfermedad también.

Se puede padecer una enfermedad con salud o se puede padecer una enfermedad sin salud. El pronóstico y el modo de vivir la enfermedad son diferentes según sean los criterios de salud y enfermedad que se manejen.

Quiero decir que la salud no es lo opuesto a la enfermedad. Lo contrario de enfermedad es la sanidad (prevención y tratamiento de lo infecto-contagioso). Se relaciona “sanidad y consumo”. Sin embargo “salud se articula con producción”

El concepto de salud engloba y supera, conteniendo, al de enfermedad. Desde la enfermedad no se puede pensar la salud. Así como la sexualidad engloba y piensa la genitalidad y el grupo supera, engloba y considera lo individual. Conociendo, estudiando, investigando lo estructural, lo normal, lo topológico, lo fisiológico, lo psíquico, desde ahí se puede dar cuenta de lo patológico y lo posible.

Los profesionales de la medicina realizan cuando se colegian el “Juramento Hipocrático” que entre otras cosas dice: “Trataré al que me haya enseñado este arte como a mis progenitores…”. “Y haré participes de los preceptos y de las lecciones orales y de todo otro medio de aprendizaje no sólo a mis hijos, sino también a los que de quien me haya enseñado y a los discípulos inscritos y ligados por juramento según la norma médica, pero a nadie más”. “Y no daré ninguna droga letal a nadie…”. “Y si en mi práctica médica, o aun fuera de ella, viviese u oyese, con respeto a la vida de los hombres, algo que jamás deba ser revelado al exterior, me callaré considerando como secreto todo lo de este tipo…” El Juramento Hipocrático, que corona la graduación del recién licenciado comienza así: “Juro por Apolo médico y por Asclepio y por Hygiea y por Panacea y todos los dioses y diosas, poniéndoles por testigos, que cumpliré, según mi capacidad y mi criterio, este juramento y declaración escrita”

Pero la salud es una producción. Los dioses pueden no enfermar. Los dioses en todos los casos son producciones humanas, así como el mito constituye el paso con el que el individuo se separa de la psicología colectiva. Decimos que el primer mito fue seguramente de orden psicológico, el mito del padre. El primer poeta épico transformó la realidad en el sentido de sus deseos e inventó así el mito heroico.

Y todo este rodeo para señalar la salud de nuestros profesionales: ¿se cuidan los médicos o no lo necesitan? ¿a los abogados y jueces no les pasa nada en su ejercicio? ¿los profesores cuando enseñan aprenden algo? ¿los periodistas ponen su ética en cuestión alguna vez? ¿los psicólogos qué hacen por su salud? y los artistas, los técnicos, los arquitectos…

Por que los profesionales están acostumbrados a tratar y escuchar las dolencias de los pacientes, las cuitas de herencias, divorcios, las noticias cruentas y maltrato familiar, los crecimientos asimétricos y rebeldía de los jóvenes pero a ellos, a los profesionales: ¿quién los escucha?

O vamos a pensar que no necesitan atención médica y psicoanalítica, prevención o tratamiento, por haber jurado por Apolo, Asclepio y todos los demás dioses y diosas, por haber cursado la universidad o conocer el código civil, ocupar lugares de poder, haber sido aplaudidos o tener prestigio social, les asegura salud.

Se dice: “que los médicos suelen ser malos pacientes”, “en casa del herrero…”

Quiero desde estas páginas invitar a la reflexión a los propios profesionales, más expuestos tal vez que otros trabajadores a ciertas dolencias, por que si bien las enfermedades infecto-contagiosas (es a través de la sanidad que se previene y trata) de la salud y “el deseo” (que también se contagia) de esto poco o ninguna información reciben los médicos en la Facultad de Medicina y posterior especialización. Imagino que debe ocurrir algo similar en Derecho, Periodismo, Arquitectura…

¿Dónde y con quién supervisan los profesionales de la salud su cuitas laborales, dificultades familiares, cuidados personales y proyectos sociales? o vamos a pensar que los médicos no precisan atención psíquica por haber estudiado medicina, y los profesores escriben y los ingenieros saben pensar al semejante y los periodistas saben escuchar y los abogados son tolerantes y nuestras madres todas unas santas.

Los lapsus reiterados, la desgana, la ausencia de amor propio (sobre todo en la profesión) los olvidos, la falta de tiempo, son señal de que los sentimientos siempre se oponen, distorsionan y dificultan el pensamiento. Un poco de egoísmo es saludable.

Con psicoanálisis la salud es posible.

Dr. Carlos Fernández (Psicoanalista)

31 Ago 2009

SIGMUND FREUD, PREMIO GOETHE, 1930.

Escrito por: carlos-fernandez el 31 Ago 2009 - URL Permanente

Discurso en la casa de Goethe, en Francfort

La obra de mi vida ha estado orientada hacia un único objetivo. Habiendo observado los trastornos más sutiles de la función psíquica en el ser sano y en el enfermo, quise determinar -o, si ustedes lo prefieren, adivinar-, partiendo de tales signos, cómo está estructurado el aparato que sirve a esas funciones y qué fuerzas confluyen o divergen en él. Todo lo que nosotros -yo, mis amigos y colaboradores- pudimos aprender siguiendo ese camino nos pareció importante y significativo para construir una psicología que permitiera comprender, como partes de un mismo suceder natural, los procesos normales tanto como los patológicos. De ese confinamiento a una sola tarea me arranca ahora la distinción que tan sorprendentemente me ha sido conferida. El invocar la figura de ese gran hombre universal que en esta casa nació, que en estos ámbitos vivió su niñez, nos conmina a justificarnos en cierto modo ante él, nos plantea la pregunta de cómo habría reaccionado él si su mirada, atenta a todas las innovaciones de la ciencia, hubiese caído también sobre el psicoanálisis. Por la universalidad de su espíritu, Goethe se aproxima a Leonardo de Vinci, el maestro del Renacimiento, que, como él, era artista e investigador a la vez. Mas las personalidades humanas nunca pueden repetirse; tampoco entre estos dos grandes de la Humanidad faltan profundas discrepancias. En la naturaleza de Leonardo, el investigador no congeniaba con el artista, lo molestaba y quizá haya llegado a ahogarlo finalmente. En la vida de Goethe, ambas personalidades pudieron coexistir, sustituyéndose periódicamente en el predominio. Es lícito relacionar la disarmonía de Leonardo con cierta inhibición evolutiva que sustrajo a su interés todo lo erótico y, con ello, todo lo psicológico. En este respecto, evidentemente, la naturaleza de Goethe pudo desplegarse con más amplia libertad.

Yo creo que Goethe no habría rechazado el psicoanálisis con ánimo hostil como muchos de nuestros coetáneos lo hacen. En algunos sentidos él mismo llegó a aproximársele, pudo reconocer por su propia intuición buena parte de lo que desde entonces hemos visto confirmado, y numerosas concepciones que nos han atraído la crítica y el escarnio son sustentadas por él como naturales y evidentes. Así, por ejemplo, érale familiar el incomparable poder de los primeros vínculos afectivos de la criatura humana. En la dedicación del Fausto lo celebró con palabras que bien podríamos repetir, aplicándolas a todos nuestros análisis:

De nuevo os acercáis, vacilantes figuras

que os mostrasteis antaño a la turbia mirada.

¿Intentaré esta vez aferraros con fuerza?

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Tal que una antigua y ya medio borrada leyenda,

vienen a mí el primer amor

y la primera amistad.

De la más fuerte atracción amorosa que experimentó en su madurez, hizo examen de conciencia en la siguiente exclamación dirigida a la amada: «¡Sí, tú fuiste, en tiempos ya pasados, mi hermana o mi mujer!» Así, no negó que estas primeras inclinaciones imperecederas tomen por objetos a personas del propio círculo familiar.
El contenido de la vida onírica Goethe lo parafrasea con estas palabras tan expresivas:

Cuanto el hombre no es conocido
ni puede ser pensado,
por el laberinto de su entraña
vaga durante la noche.

Tras la sugestión de estos versos reconocemos la venerable e indiscutible definición de Aristóteles -soñar es proseguir nuestra actividad anímica mientras dormimos-, unida a la aceptación del inconsciente, que sólo el psicoanálisis agregó a dicha noción. Unicamente el enigma de la deformación onírica queda sin resolver. En Ifigenia, quizá su obra poética más sublime, Goethe nos muestra el conmovedor ejemplo de una expiación, del alma doliente liberándole del peso de la culpa, y hace que esta catarsis se lleve a cabo por medio de un apasionado despliegue afectivo, por la influencia benéfica de la compasión amorosa. El poeta mismo intentó repetidas veces administrar auxilio psíquico, como con aquel infeliz que en sus cartas llama «Kraft», con el profesor Plessing, del cual habla en La Campagne de Francia, y el procedimiento que para ello aplicó va mucho más allá de la confesión católica, coincidiendo en curiosos detalles con la técnica de nuestro psicoanálisis. Quisiera citar aquí, explícitamente, un ejemplo de influencia psicoterapéutica que el propio Goethe describe en broma; quizá sea poco conocido; pero no por ello es menos característico. De una carta a la señora von Stein (número 1444, del 5 de septiembre de 1785):

Ayer noche hice una prestidigitación psicológica. La Herder seguía de lo más hipocondríaca, irritándose por cuanta cosa desagradable le había ocurrido en Carlsbad. Especialmente por su compañera de residencia. Dejé que me lo contara y confesara todo, las perfidias ajenas y los errores propios, con las más insignificantes circunstancias y consecuencias, y al final la absolví, haciéndole comprender en broma que con la fórmula de la absolución todas esas cosas habían quedado eliminadas y sumidas en las profundidades del mar. Se divirtió mucho con todo eso y está realmente curada.

Goethe siempre estimó en mucho al Eros, nunca trató de disminuir su poderío, siguió sus manifestaciones primitivas o aun caprichosas con el mismo respeto que las altamente sublimadas, y según me parece, defendió su unidad esencial, a través de todas sus formas de manifestación, con la misma energía con que en su tiempo lo hizo Platón. Quizá sea algo más que una mera coincidencia si en sus Afinidades electivas aplica a la vida amorosa una idea perteneciente a los conceptos de la Química, relación ésta de la cual es también un testimonio el nombre mismo del psicoanálisis. A menudo se nos dice que nosotros, los analistas, hemos perdido todo derecho de invocar el patronazgo de Goethe, pues habríamos ofendido la veneración que le es debida al intentar aplicarle el psicoanálisis, degradando a ese gran hombre al papel de mero objeto de un estudio analítico. Mas yo niego, en principio, que ello signifique o pretenda ser una denigración. Todos los que veneramos a Goethe no por ello dejamos de aceptar sin mayor resistencia los esfuerzos de sus biógrafos, que pretenden reconstruir su existencia partiendo de las informaciones y las crónicas disponibles. Mas, ¿qué pueden ofrecemos esas biografías? Aun la mejor y más completa no alcanzaría a contestarnos las dos preguntas que consideramos las únicas dignas de ser conocidas.

No nos revelaría, en efecto, el enigma del milagroso talento que hace el artista, y no nos ayudaría a comprender mejor el valor y el efecto de sus obras. No obstante, es indudable que tal biografía cumple para nosotros una profunda necesidad, como lo advertimos claramente cuando la deficiencia de la tradición histórica impide satisfacerla: por ejemplo, en el caso de Shakespeare. Nos resulta a todos evidentemente desagradable no saber todavía quién escribió realmente las comedias, las tragedias y los sonetos de Shakespeare: si en realidad fue el inculto hijo del pequeño burgués de Stratford, que alcanzó en Londres una modesta posición como actor, o si, en efecto, no fue más bien un aristócrata de alta alcurnia y de fina cultura, apasionadamente disoluto y más o menos degradado: Edward de Vere, decimoséptimo Earl de Oxford, lord gran chambelán hereditario de Inglaterra. ¿Cómo se justifica, empero, esta necesidad de conocer las circunstancias de la existencia de un hombre, una vez que sus obras han adquirido tal importancia para nosotros? Dícese, por lo general, que es la necesidad de acercárnoslo también humanamente. Así sea: trataríase entonces del anhelo de crear con tales seres vínculos afectivos que permitan equipararlos a los padres, maestros, modelos que hemos conocido personalmente o cuya influencia ya hemos experimentado, en la esperanza de que sus personalidades han de ser tan grandiosas y admirables como las obras que nos han legado.

Admitamos, con todo, que también interviene en ello otra motivación. La justificación del biógrafo implica asimismo una confesión. Cierto es que el biógrafo no pretende rebajar al héroe, sino aproximárnoslo, pero ello significa reducir la distancia que de él nos separa, o sea, que influye en el sentido de una disminución. Y es inevitable que al familiarizarnos con la vida de un gran hombre nos enteremos también de circunstancias en las cuales realmente no se portó mejor que nosotros, en las que, en efecto, se nos aproxima humanamente. No obstante, creo que debemos considerar legítimas las aspiraciones de la biografía. Nuestra actitud para con los padres y maestros es, sin remedio, ambivalente, pues la veneración que por ellos sentimos encubre siempre un componente de hostil rebeldía. He aquí una fatalidad psicológica que no es posible modificar sin suprimir violentamente la verdad y que por fuerza debe extenderse también a nuestra relación con aquellos grandes hombres cuya existencia pretendemos estudiar. Si el psicoanálisis se pone al servicio de la biografía, tiene evidentemente el derecho de no ser tratado con mayor dureza que ésta misma. El psicoanálisis bien puede suministrar indicios que no es posible alcanzar por otros caminos, revelando así nuevas tramas en el magistral tejido que se extiende entre las disposiciones instintivas, las vivencias y las obras de un artista. Dado que una de las funciones cardinales de nuestro pensar es la de asimilar psíquicamente los temas que le ofrece el mundo exterior, creo que habría que agradecer al psicoanálisis si, aplicado a un gran hombre, contribuye a la comprensión de sus grandes obras. Mas me apresuro a confesar que en el caso de Goethe todavía no hemos avanzado mucho en este sentido. Ello se debe a que Goethe no sólo fue, como poeta, un gran confesante, sino también, a pesar de abundantes anotaciones autobiográficas, un celoso encubridor. No podemos menos de invocar aquí las palabras de Mefistófeles:

Aun lo mejor que logres saber,
a los chiquillos no se lo puedes decir


Sigmund Freud.

18 Mar 2009

EL FETICHISMO DE LA MERCANCÍA Y SU SECRETO, CARLOS MARX

Escrito por: carlos-fernandez el 18 Mar 2009 - URL Permanente

CARLOS MARX

EL FETICHISMO DE LA MERCANCÍA,

Y SU SECRETO

A primera vista, parece como si las mercancías fuesen objetos evidentes y triviales. Pero, analizándolas, vemos, que son objetos muy intrincados, llenos de sutilezas metafísicas y de resabios teológicos. Considerada como valor de uso, la mercancía no encierra nada de misterioso, dando lo mismo que la contemplemos desde el punto de vista de un objeto apto para satisfacer necesidades del hombre o que enfoquemos esta propiedad suya como producto del trabajo humano. Es evidente que la actividad del hombre hace cambiar a las materias naturales de forma, para servirse de ellas. La forma de la madera, por ejemplo, cambia al convertirla en una mesa. No obstante, la mesa sigue siendo madera, sigue siendo un objeto físico vulgar y corriente. Pero en cuanto empieza a comportarse como mercancía, la mesa se convierte

en un objeto físicamente metafísico. No sólo se incorpora sobre sus patas encima del suelo, sino que se pone de cabeza frente a todas las demás mercancías, y de su cabeza de madera empiezan a salir antojos mucho más peregrinos y extraños que si de pronto la mesa rompiese a bailar por su propio impulso*.

Como vemos, el carácter místico de la mercancía no brota de su valor de uso. Pero tampoco brota del contenido de sus determinaciones de valor. En primer lugar, porque por mucho que difieran los trabajos útiles o actividades productivas, es una verdad fisiológica incontrovertible que todas esas actividades son funciones del organismo humano y que cada una de ellas, cualesquiera que sean su contenido y su forma, representa un gasto esencial de cerebro humano, de nervios, músculos, sentidos, etc. En segundo lugar, por lo que se refiere a la magnitud de valor y a lo que sirve para determinarla, o sea, la duración en el tiempo de aquel gasto o la cantidad de trabajo invertido, es evidente que la cantidad se distingue incluso mediante los sentidos de la

calidad del trabajo. El tiempo de trabajo necesario para producir sus medios de vida tuvo que interesar por fuerza al hombre en todas las épocas, aunque no le interesase por igual en las diversas fases de su evolución.** Finalmente, tan pronto como los hombres trabajan los unos para los otros, de cualquier modo

que lo hagan, su trabajo cobra una forma social.

¿De dónde procede, entonces, el carácter misterioso que presenta el producto del trabajo, tan pronto como reviste forma de mercancía? Procede, evidentemente, de esta misma forma. En las mercancías, la igualdad de los trabajos humanos asume la forma material de una objetivación igual de valor de los productos del trabajo, el grado en que se gaste la fuerza humana de trabajo, medido por el tiempo de su duración, reviste la forma de magnitud de valor de los productos del trabajo, y, finalmente, las relaciones entre unos y otros productores, relaciones en que se traduce la función social de sus trabajos, cobran la forma de una relación social entre los propios productos de su trabajo.

El carácter misterioso de la forma mercancía estriba, por tanto, pura y simplemente, en que proyecta ante los hombres el carácter social del trabajo de éstos como si fuese un carácter material de los propios productos de su trabajo, un don natural social de estos objetos y como si, por tanto, la relación social que media entre los productores y el trabajo colectivo de la sociedad fuese una relación social establecida entre los mismos objetos, al margen de sus productores. Este quid pro quo es lo que convierte a los productos de trabajo en mercancía, en objetos físicamente metafísicos o en objetos sociales. Es algo así como lo que sucede con la sensación luminosa de un objeto en el nervio visual, que parece como si no fuese una excitación subjetiva del nervio

de la vista, sino la forma material de un objeto situado fuera del ojo. Y, sin embargo, en este caso hay realmente un objeto, la cosa exterior, que proyecta luz sobre otro objeto, sobre el ojo.

Es una relación física entre objetos físicos. En cambio, la forma mercancía y la relación de valor de los productos del trabajo en que esa forma cobra cuerpo, no tiene absolutamente nada que ver con su carácter físico ni con las relaciones materiales que de este carácter se derivan. Lo que aquí reviste, a los ojos de los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre objetos

materiales no es más que una relación social concreta establecida entre los mismos hombres. Por eso, si queremos encontrar una analogía a este fenómeno, tenemos que remontarnos a las regiones nebulosas del mundo de la religión, donde los productos de la mente humana semejan seres dotados de vida propia, de existencia independiente, y relacionados entre sí y con los hombres. Así acontece en el mundo de las mercancías con los productos de la mano del hombre. A esto es a lo que yo llamo el fetichismo bajo el que se presentan los productos del trabajo tan pronto como se crean en forma de mercancías y que es inseparable, por consiguiente, de este modo de producción.

Este carácter fetichista del mundo de las mercancías responde, como lo ha puesto ya de manifiesto el análisis anterior, al carácter social genuino y peculiar del trabajo productor de mercancías. Si los objetos útiles adoptan la forma de mercancías es, pura y simplemente, porque son productos de trabajos privados independientes los unos de los otros. El conjunto de estos trabajos privados forma el trabajo colectivo de la sociedad. Como los productores entran en contacto social al cambiar entre sí los productos de su trabajo, es natural que el carácter específicamente social de sus trabajos privados sólo resalte dentro de este intercambio.

También podríamos decir que los trabajos privados sólo funcionan como eslabones del trabajo colectivo de la sociedad por medio de las relaciones que el cambio establece entre los productos del trabajo y, a través de ellos, entre los productores.

Por eso, ante éstos, las relaciones sociales que se establecen entre sus trabajos privados aparecen como lo que son; es decir, no como relaciones directamente sociales de las personas en sus trabajos, sino como relaciones materiales entre personas y relaciones sociales entre cosas.

* Recuérdese cómo China y las mesas rompieron a bailar cuando todo el resto del mundo parecía estar tranquilo... pour encourager les autres.

** Nota a la 2ª ed. Los antiguos germanos calculaban las dimensiones de una yugada de tierra por el trabajo de un día, razón por la cual daban a la fanega el nombre de Tagwerk (o Tagwanne) (jurnale o jurnalis, terra jurnalis, jurnalis o diornalis, en latín), Mannwerk, Mannskraft, Mannsmahd,Mannshauet, etc. Véase Jorse Luis von Maurer, Einleitung zur Geschichte der Mark-, Hof-, usw, Verfassung, Munich, 1854, pp. 128 s.

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Médico Psicoanalísta.
Master en Psicología Médica.
Especialista en Dirección Deportiva.
Profesor de Formación Empresarial Superior en la Escuela de Psicoanálisis Grupo Cero.
Profesor en la Real Federación Española de Fútbol - Curso Superior de Directores Deportivos -

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