15 Oct 2009

El alma de una casa

Escrito por: Ángeles Mastretta el 15 Oct 2009 - URL Permanente

Uno vive en su casa, habituado a la paz de los objetos que mira en un lugar o en otro, moviéndose fuera de lugar, dejados al paso, escondidos sin querer. Sube y baja, corre, escribe, se cansa y las cosas siguen ahí, mirándonos. Se acostumbra uno a ver unos aretes sobre el escritorio, un pluma cerca del lavabo, una silla de abajo en un cuarto de arriba. El banco para subir libros frente al armario en que se guardan las películas, las cosas que fueron hechas para no estorbar, estorbando en silencio.

Así hasta que algo amenaza con intervenir el pacífico desorden entrando a poner un orden nuevo. O simplemente llegando, como sucedió ayer con la irrupción de un nuevo mueble en mi recámara. Mandé a hacer un librero a la medida de mis medios, que pusiera orden y reuniera, en uno, los varios muebles de distintos tamaños que había por la recámara acumulando una época sobre otra. Lo mandé a hacer hace tiempo, pero el maestro carpintero había tardado tanto en entregármelo que me hice al ánimo de no verlo sino hasta un rato después de haber vuelto del hospital con el pie de cenicienta en mi futuro. Pero se ve que el maestro intuyó mi probable desaparición del mapa porque se presentó ayer con el armatoste y todo lo que significaba dejarlo entrar. De repente hubo que vaciar medio cuarto y dejarle amplio sitio a la fantasía. Yo no sirvo para seguir la máxima de italiana de que simpleza es belleza. Crecí en un mundo barroco y por más que me he ido despojando de mis pertenencias nunca falta una cajita, un portarretratos, un objeto encimándose a otro. En mi casa de antes eso estaba siempre de menos, en esta de paredes altas y lisas, las cosas pequeñas no encuentran acomodo. Así que llevo diez años haciéndome al ánimo de tirar o esconder. Tengo una colección de platos que no ha encontrado acomodo. Está guardada en un ropero que puse con plantas en el patio interior. Pero ese es otro canto, estábamos en que llegó el librero de pared a pared y de piso a techo. Muy moderno y sencillo pero sin mucha imaginación. Todavía estoy haciéndome al ánimo de entenderle. Esto del minimalismo no es lo mío, pero ya veremos. Por ahora estaré descifrando sus utilidades, durante la próxima semana. Y hasta dentro de un rato. No tardaré.

Música para hoy: Schubert. Missa, D 950. Gloria.

Pregunta para hoy: “¿Cómo podrá un hombre mantenerse recto consigo mismo, si no puede ser recto con nadie más? Nelson Algren, El hombre del brazo de oro.

Libro de hoy: “Por qué importa Sinatra? Pete Hamill. Editorial Pértiga. Interesante, divertido y raro.

Película de hoy: “Coco antes de Chanel”. Yo no la he visto, pero viene llegando mi hermana y no puede hablar de otra cosa que de la fotografía, la historia, la actitud solitaria, desafiante y bravía de la muchacha que fue Coco. La oigo y pienso que cuando le preguntaron a Marilyn Monroe qué se ponía para dormir, ella contestó que una gota de Chanel # 5. El más célebre perfume del mundo fue lanzando en 1921 y según cuenta el emporio en que se convirtió la marca, alrededor del mundo se vende una botella del perfume cada treinta segundos.

Negocio de hoy: El que haría Verónica si montara en forma la agencia para ayudar pintores ciegos y bailarinas cojas que, de cualquier modo, tiene funcionando a su alrededor.

Propuesta de hoy: Luis de la Barreda Solórzano para Director de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, en México.

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18 Feb 2009

Abrir ventanas

Escrito por: Ángeles Mastretta el 18 Feb 2009 - URL Permanente

Tuvo mi madre, desde la infancia, una amiga cuya alegría siguió nuestras vidas desde lejos. Se fue de monja siendo tan joven que nosotros no la vimos jamás mientras fuimos chicos, pero a mi mamá le gustaba contar las cosas que ella decía.

Como buena monja, Aura Zafra no se puso nunca una gota de pintura, sin embargo todas las mañanas se enchinaba las pestañas con una cuchara. Lo mismo que hemos hecho siempre todas las mujeres de mi familia. Aura decía que ella no la hacía por vanidosa, sino por caridad. Para no molestar a los demás con el espectáculo de sus pestañas lacias entristeciéndole los ojos a ella, que todo quería ser menos una mujer melancólica.

Conocí a Aura ya que era vieja porque visitaba a mi madre durante las primaveras, con la sonrisa infantil y el espíritu audaz de quienes todos los días le descubren un prodigio a su destino. Hace como quince años, entonces ella tenía más de setenta, tuvo un accidente que la hubiera dejado paralítica si su empeño no la pone a luchar con toda clase de aparatos y terapias hasta conseguir moverse despacio, apoyada en un bastón y en el deseo ingobernable de bastarse a sí misma otra vez. Por esos días llamó a mi madre desde el convento en que vivía y yo, que le contesté, no pude resistirme a escucharla cuando mi madre levantó la bocina del aparato que había en su cuarto. Entonces la oí responder a la pregunta interesada en saber de su salud y su estado de ánimo: “¿Cómo estás, Aura, querida?” con una respuesta absolutamente inesperada: “¿Cómo he de estar? Muy bien. La vida es una fiesta”.

Con semejante axioma como un tesoro, yo dejé de oír la conversación y me senté en el suelo tibio de un patio que mi madre metió a su casa como quien mete un pedazo de convento sevillano. Estuve ahí un rato, sintiendo a los niños jugar con el perro, mirándome los pies y contándome las venitas lilas que a las mujeres de mi familia les proliferan en las piernas después de cierta edad.

“Así se empieza” me dejé pensar entonces. Un pedazo de sol entraba por el hoyo en el cielo que ilumina el patio y todo, hasta el aire ardiendo de aquel mayo sin lluvias, me resultó sosegado y hospitalario.

Cuando quería elogiarme, mi madre elogiaba la sabiduría con que elijo a mis amigas. Ese día me tocó devolverle el piropo. Al terminar su conversación con Aura Zafra me sorprendió divagando en su patio, y antes de sentir su mirada de ¿qué haces ahí perdiendo el tiempo? le dije:

“Cualquiera pensaría que la respuesta de Aura es la de una corista en mitad de un espectáculo exitoso y no la de una monja recluida y enferma”.

“Así es Aura” contestó mi mamá. “Una maravilla”.

Y sí, acepté yo. Si estando medio coja, vieja y media, pobre, medio encerrada, y nada tonta, esa mujer consideraba que la vida es una fiesta, quería decir lo obvio, que tenía la fiesta dentro y que se buscaba las razones para tenerla, para ni de chiste cederle terreno al tedio y la desesperanza.

“¿Cómo le hace?”, pregunté.

“Dice que abriendo ventanas”, contestó mi madre.

“Y eso ¿qué quiere decir?”

“No sé bien. Cuando se lo pregunté‚ me contestó que lo pensara yo”, dijo la antropóloga en que se convirtió mi madre a los setenta años.

Y digo yo ahora, me lo digo: a pensarlo. Vamos.

Coma: Ya sé que llevo días pasándome de optimista, pero ni modo, hoy me cruzó la memoria la certeza de Aura Zafra y no me quise quedar sin contarla. Quizás hago bien, están tan cerradas las ventanas del mundo que conviene abrirlas aún corriendo el riesgo de parecer una mensa que vive en las nubes.

Punto: ¡Qué regios todos los comentarios de ayer! Ustedes cada día escriben mejor. Y leer “La vida es sueño”, qué delicia. Gracias.

Punto y aparte
: Hoy cené con mi amigo Felipe. Comimos con nuestro amigo Leo. Desayunamos con los hijos. Y todo fue engordar. Sucede de repente. Apenas antier era yo flaca.

Punto Final: en la mañana fui a conversar sobre “El poder de la creatividad”. El título de la conferencia se oye pedante, pero la verdad es resultó muy divertida.

Poesía para hoy: “Tengo hambre de tu risa resbalada”. Neruda.

Música para hoy: Nube viajera.

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Angeles Mastretta

Ángeles Mastretta es escritora. Quizás ninguna otra vocación le guste más. Sin embargo, también puede ser escucha incondicional, cantante insoportable, conversadora irredenta. Hace su trabajo sin la debida asiduidad, pero cuando quiere consigue abismarse en lo que ama. Nació y vive en México.

Sus libros son "Arráncame la vida", "Mujeres de ojos grandes"," Mal de amores", "Puerto Libre", "El mundo iluminado", "El cielo de los leones", "Ninguna eternidad como la mía" y "Maridos". Están publicados en todo el mundo de habla hispana y viajan con asiduidad por los idiomas varios de otros mundos. Han sido traducidos a veinte idiomas.

PALABRAS EN VOZ BAJA:

"Sólo la mano del deseo, sólo su aire fresco y estremecido, recorriéndonos, levantándonos a vivir"

Jaime Sabines

"A veces en medio de la noche, los recuerdos como luces de bengala, vuelven trascendental y policroma nuestra perplejidad."

Renato Leduc.

“Mi corazón lo diga

que en padrones eternos

inextinguibles guarda

testimonios del fuego”

Sor Juana Inés de la Cruz

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Puerto Libre

Quiero creer que a los puertos libres los rige un aire de tregua y fantasía propia de los lugares habitados por quienes saben que la vida es un largo juego de azar y paciencia. Quiero que éste sea un puerto libre.

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