03 Jul 2009
Girando con Matisse
Cerca de nuestro hotel en Madrid, tan a la mano que agobia el privilegio, está el Museo Thyssen-Bornemisza. Allá fuimos a ver a Matisse y tras gozarlo, en la tienda nos compramos una libreta, dos abanicos y dos pirinolas. Se antojaba llevárselas sin preguntar más. ¿Por qué venden pirinolas en un museo? No podía yo saberlo, pero llevármelas me dio una alegría inocente. Luego las puse en el fondo de la maleta y las olvidé. Ahora en la tarde, mientras conversaba con Lola, mi amiga sentada frente a mí en la mesa que poco a poco se fue quedando vacía después de comer, empecé a jugarla. Y es una maravilla. Con razón la tenían en el museo. Es un juguete perfecto. Cosa de tomarla por el manguito y hacerla girar para que ella se quede dando vueltas de un lado a otro, sorteando los obstáculos cuando los encuentra, baila y baila como si mis dedos tuvieran magia. No eran así las pirinolas de mi infancia. Con ésas era imposible jugar bien. Yo no pude nunca conseguir que al soltar una diera más de tres vueltas sin caerse. Había que apelar a no sé qué destreza, pero seguramente a una virtud manual que yo no tuve nunca. En cambio con ésta me he sentido una malabarista consumada. Tiene un diseño fantástico, una combinación de peso y forma que la hacen perfecta. Como otras obras de arte. Debe ser por eso que la vendían en el museo. El hecho es que Lola, que es en sí misma una pirinola castigada, porque la operaron de un oído, le pusieron un injerto en el tímpano y le prohibieron hacer ejercicio por varias semanas, pasó un rato dichosa con mi juguete. Una frente a la otra y mientras conversábamos, sin un acuerdo explícito, empezamos a turnarnos el derecho a girar la pirinola. Una vez ella y otra yo, retándonos para ver el tiro de quién hacía durar más el baile del juguete, sin decirlo porque nuestras lenguas estaban ocupadas en resolver esa parte del mundo por la que cruzaba nuestra conversación. Estuvimos así como una hora. Hasta que la lluvia cesó y ella pudo irse a descansar. Se fue contenta. Jugar alivia todo, hasta las operaciones, y jugar sin decirlo es más juego aún. Le agradecí a Matisse que me hubiera llevado al Thyssen y mientras esto escribo le agradezco al Thyssen que traiga a mi memoria la memoria de un hombre extraordinario: se llamaba Ignacio Cardenal y va a ser siempre joven como siempre son jóvenes quienes mueren jóvenes. Ignacio Cardenal fue mi primer editor en España. Lo conocí en México. Santillana acababa de comprar la editorial Aguilar y él era el director de eso y también de Alfaguara y Taurus. O así recuerdo. Nos hicimos amigos. Ignacio tenía una mujer muy guapa y tres hijas preciosas. Me pregunto en dónde andarán. Hace que no las veo. Cuando Ignacio murió, porque sí, quizás de tanta juventud, trabajaba en la Fundación Thyssen. Sé que ser editor fue siempre su pasión primera y que perderla entristeció una parte clave de su alma. De lejos todo se ve tan inasible. ¿Cómo pudo morir Ignacio Cardenal sin que alcanzáramos a curarle esa pérdida? La vida es una danza que depende de la extraña mano de no sé qué malabarista. Entre mil novecientos ochenta y siete y dos mil nueve han pasado por España cosas que a Ignacio Cardenal le habría encantado ver. Lo sé como si lo supiera. Emociona recordarlo, a él y a la sonrisa inteligente y cálida con que supo ver el mundo. Gracias Matisse.
02 Jul 2009
Vete tristeza
Hay una forma de la tristeza que lastima más aún porque no está en nosotros revocarla. Exorcizarla no depende ni de nuestra voluntad, ni de nuestro esfuerzo, ni de nuestro afán por distraerla. Esa tristeza es la que nos provoca ver tristes a otros. Ver tristes a quienes más queremos.
Con dos de esos pesares me he encontrado en las últimas horas. De uno entiendo todo: la mamá de mi amiga Con está muy enferma. Pasé por lo mismo hace un año. He encontrado un tamiz para esa pena y se lo digo: hay que saber vivir con ella, porque no se quita nunca.
Oír semejante consejo no ayuda en nada a nadie, menos a ella, que vino a conversar su tristeza. A ella quizás la ayudó decirla y tal vez, eso creo, le sirvió saberse oída y saber que hay quien sabe en qué está su corazón amedrentado. Vivimos en los tardíos años de la orfandad, en los años que ya no provocan compasión, que si acaso reciben condescendencia y entendimiento. “Yo ando en lo mismo”, nos dicen siete o nueve de cada diez contemporáneos que nos oyen.
Contra esa tristeza no se puede nada, sino hacer el intento de acompañarla. ¿Pero contra la que oí al mediodía en la voz de mi hermana? Contra el inusual desaliento de una mujer valiente ¿qué puedo hacer? Mi hermana es una necia en el sentido noble de la palabra: quiere a su país, no detesta a nadie, pero sí litiga con quienes viven como si el bien común fuera una fantasía verbal que si acaso sirve es para enriquecerse mentándolo. Siempre anda en el intento de enmendar lo que encuentra mal. Y siempre algo que está mal la encuentra sin más. Porque en Puebla la autoridad está para burlarse de la ciudadanía, para atracarla o despreciarla, ahí la gente se arropa en otra gente. Y cuando ven a alguien pelear por la inocencia de una tierra sin devastar, por la recuperación de un río devastado, por la seguridad de un camino o la recia gloria de un árbol, acuden a cobijarse en ella si algo les anda mal. Acuden con su queja, con su búsqueda, con su historia. Como si resolver cualquier cosa estuviera en quien litiga contra una arbitrariedad tras otra. Mi hermana Verónica, ni se diga. Quien quiera que tenga un problema con el gobierno se lo cuenta como si ella fuera la encargada de enmendar el entuerto. Y lo mismo quien padeció un secuestro sin castigar, que quien se ha quedado sin sus hijos porque el marido que se los quitó es amigo del gobernador y no hay policía que obedezca la orden del juez diciendo que la patria potestad es de la madre, lo mismo quien amaneció con su casa inundada porque alguien le puso un dique al río y éste se desbordó con la primera lluvia, que quienes no saben qué hacer con la peste cercana al rastro municipal, van a contarle su desdicha y pretenden que ella sepa cómo resolverla. ¿De dónde sacan semejante certeza? Quién sabe. Supongo que de verla vivir dando batallas con un fervor que estremece. Ella está siempre dispuesta. Hasta ayer andaba en eso del rastro, eso que si uno lee de qué trata confirma que la idea de no probar la carne es apenas una precaución bien fundada. Yo leí lo que me mandó y lo catalogué como uno más de sus litigios inciertos que terminan por resolverse. Sin embargo, ahora que le llamé, de verdad la noté triste por primera vez en mucho tiempo. Triste del verbo “andar tristeando”. Tristeando como algo tan drástico que la máquina lo subraya como un error. Decepcionada. Ella, que según yo no conoce semejante sensación. “Es que yo a este lugar ya no le veo remedio. Y nosotros ya vamos de salida, me dijo, pero pobres de nuestros hijos”. ¿Qué?, pregunté. Yo andaba en una tienda y le oía mal, ella andaba en el tránsito y me oía pésimo, pero esto que les cuento sí que lo oí bien. Y no supe qué hacer, ni qué decirle. De pronto mi necio empeño en la alegría se topó con el acantilado del sin remedio. Y ella no es de esa gente que anda lloriqueando los imposibles. A ella se le agolparon hoy en la mañana las vísceras de unos animales infectados en el rastro, (¿cómo supo que ahí están?, no tengo idea), la Comisión Nacional del Agua mirando para otro lado, los funcionarios encargados de hacer algo haciéndole al desentendido, los ahuehuetes tumbados por un fraccionador, las campañas electorales comprando espacio para que las declaraciones de los políticos parezcan entrevistas, el ruido en la parroquia de un cura que en lugar de campanas usa altavoces con música grupera, los hoyos que hay en el pavimiento de toda la ciudad y el vértigo inasible que es sentir invencible el gobierno de un grupo de pillos sucediéndose sin cesar desde siempre. Se le agolparon entre ceja y ceja como a veces se agolpan la música y el aire claro, el sol desparramado por la tarde, el tierno sabor de un mango, la memoria de un abrazo, la certeza inaudita de que todo se puede. Y la noté cansada. Vámonos al mar, quise decirle. No se me ocurría mejor modo de consolarla. Y tampoco es que ella estuviera pidiéndomelo. Supongo que no confía en mi habilidad, que si algo hubiera yo tratado hoy en la tarde me habría mandado de regreso a ver los cuadros de Sorolla. Cómo no la llevé a Madrid sin aguacero. El rastro habría seguido aquí y allá el PP, pero nos hubiéramos divertido y se nos habría acentuada la certeza de que hay tristezas que, aún si empañan la tarde y amedrentan la madrugada, tienen remedio en el privado rincón de nuestros desvaríos. Y en el peor de los casos, en Groenlandia.
Punto: Ya volvió Paco Nadal de Groenlandia. Vayan a leer la tormenta a la que sobrevivieron él y sus locos amigos.
Dos puntos: Recomiendo: El martes la entrevista con Saviano. El miércoles, en Opinión, el artículo de Elvira Lindo.
Música para hoy: “Adiós tristeza” Samba. A ver quién sugiera la mejor versión.
01 Jul 2009
Altamira, esa otra realidad
Ahí estuvimos, detenidos bajo un bisonte rojo, sujetos a la voluntad de una voz. José Antonio Lasheras quiso enseñarnos, con paciencia, generosidad y pasión, el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, que él dirige ayudado por una cabeza inteligente y ordenada, presa de una vehemencia inusual.
Hago el recuento de nuestras horas en Santillana del Mar y esas tres, pasadas en el Museo de Altamira, son tan cruciales como las dedicadas a la literatura. La tarde tenía una luz amarilla que convocaba a mirar el campo y olvidarse del pasado, pero ahí estaba el paleolítico, esperando, y fuimos a dar con él como quien da con un enigma imposible y lo resuelve con la pura emoción de acercársele. Hay tal cosa como un conocimiento científico del paleolítico. Se sabe, hay certeza, de cómo pudieron ser las cosas hace veinte mil años, diez mil años. Y uno aquí, ocupándose de las palabras para hoy, dibujándolas como si fueran un bisonte pasajero. Porque lo son. Altamira se nombra con una lengua que apenas tiene mil años, que empezó a existir doce mil años después de dibujados los bisontes. ¿Qué podrá uno decir, con este cincel nuevo que es la escritura, de ese primer impulso, de esa demora perfecta que guarda el pensamiento abstracto y simbólico cobijado en la cueva?
Libro de hoy: El significado del Arte Paleolítico. Edición dirigida y coordinada por José Antonio Lasheras y Joaquín González. No se lee fácil. Pero nada es fácil. Mucho menos Altamira. A no ser que la explique Lasheras a un grupo de estupefactos que no saben hacer más que imaginar el tiempo con palabras.
30 Jun 2009
Honduras en Google
Escribí “Honduras” en Google y las primeras cuatro entradas me mandaron a los encuentros de futbol entre México y Honduras trasmitidos por televisión o reseñados por la prensa. La quinta me mandó a un sitio de Turismo. Yo iba en busca de lo que anduve buscando todo el día: más sobre lo que ha sucedido en ese país. Por un momento las imágenes me atraparon ahí, frente al segundo arrecife de coral más grande en el mundo. La naturaleza, por fortuna, no sabe de política. En las fotos la selva y la playa eran hermosas cuando las fotografiaron y siguen siéndolo ahora. He dado vueltas por cuanta voz ha sido posible leer. Para evitar que el presidente Zelaya no violara la ley, el ejército y el Congreso en Honduras violaron otra. Y como la ley a la fuerza y por las balas no parece legítima, hay que estar en desacuerdo con lo sucedido en Honduras. Ni modo. Aunque al estarlo uno parezca formado junto a quienes no quiere formarse. Chávez, sin duda. Los Castro con toda claridad. Cuando la OEA, Obama, Clinton, Zapatero, Lula y tantos otros, entre los que tantos nos contamos, rechazan lo sucedido en Honduras: un presidente electo no puede ser expulsado de su país por el ejército, están haciendo lo que deben. Ni modo. El señor Zelaya quería cometer una arbitrariedad, no por eso resultó correcto, menos plausible, impedirla con otra. El Congreso Hondureño equivocó el camino. ¿Y ahora?
Punto y basta: Si yo fuera manatí
Contesto el teléfono que entra en mi tarde con su demanda ruidosa y ¿quién es? Las voces alternadas de dos locutores, una mujer y un hombre, contratados por el Partido Verde, para pedirme que vote por sus representantes el domingo. ¡Faltaría más! No tienen todos ustedes por qué saberlo, pero en México el Partido Verde, conmovido hasta las lágrimas por la sobrevivencia de las ballenas y los manatíes, está a favor de la pena de muerte. ¿En dónde se ha visto? Verdes nos pone pensar en ellos y en su desfachatez. Llevan años medrando con la sensibilidad de quienes les creen que los preocupa algo más verde que los billetes de los que viven gracias a los votos que obtienen de quienes creen en el verdor de sus mentiras. Muy fácil pedir un voto por ellos a quienes consideran que los secuestradores deberían quemarse en algún infierno. No voy a argumentar otra vez en contra de una barbaridad como la pena de muerte, que ya nos ha llevado algunas páginas de este blog, no voy a argumentar, punto. No merecen argumentos quienes invaden nuestras tardes con su mensaje golpista. ¿Quién los autoriza a entrar a mi teléfono, a meterse a la paz de mi casa y a la de quién sabe cuántos con su discurso para idiotas? Quien ha visto un manatí, con las aletas sobre los pechos roncando en la orilla de una playa, puede imaginar la vergüenza que sentirían si se supieran defendidos por esta pandilla de pillos disfrazados de ecologistas que caben en el delantal del Partido Verde.
Punto y coma: Del aire al aire
La octava edición de Los Indicadores Mundiales de Buen Gobierno informó que Chile, ese largo pedazo de tierra que nos dio a Pablo Neruda, ha resultado líder de América Latina en anticorrupción y buen gobierno. Estemos orgullosos por ellos. Se merecen ese reconocimiento los habitantes de un país tan excepcional.
Punto y seguido: Ciento cincuenta años de cárcel para Bernard Madoff.
No alcanzarán a vivirlos ni sus hijos, ni sus nietos. Menos él. Ni siquiera los pillos son eternos. En cambio sus maldades no hay cárcel que las albergue. Algo de bueno tendrá no tener dinero de sobra. No se lo dimos a Madoff.
Punto y otra vez: Declaró Berlusconi en Nápoles que su gobierno es el más estable de Occidente. Lo peor de todo es que sí tiene el 62 por ciento de aprobación. También es cierto que tiene menos que antes.
Punto y sin más: Los perros se han quedado en el cielo de sus sueños mientras yo leo y releo las malas y las buenas noticias. ¿Leí buenas noticias? En el aire. Llovió en la tarde y unas nubes redondas se iluminaron en el ángulo que hunde el horizonte entre un fresno y la pared de un edificio.
Interrogaciones: ¿Qué voy a hacer con la boleta electoral del domingo? Iré a verla, eso sí. Y votaré por Mozart.
Asterisco: Mi amigo Germán Dehesa entra hoy a cardiología para ser operado de un aneurisma. Que la vida lo cuide. Nosotros, sus amigos, lo acompañaremos en esta locura como en tantas inevitables otras. Y estará bien. Han de permitirlo sus estrellas y la nuestra.
28 Jun 2009
Mirándose a los ojos
Diez días y tantas cosas. Tantas emociones cruzadas, cruzándose, cruzándome con sus destellos. No fui dejándolas aquí, porque nunca encontraba el momento. Las voces, los horarios, las preguntas, el abrazo del tiempo me arrebataban de un lugar a otro sin hora para detenerme a recontar en qué iba, para dónde, con quiénes. ¿Cómo se abraza el aire? Hace tiempo que un viaje no era tan generoso. Trato de asir los lugares, la gente, la palabra, el sol naranja al final de una tarde, el aire ardiendo sobre las calles azules de Granada, la noche bajando fría hasta el bosque de pinos que cerca y cobija Santillana del Mar. Y la gente. Por todos lados, hasta en el sueño: la hermosa gente. Entre los olivos, bajo un arco labrado, al empujar la puerta de una pequeña tienda en la Gran Vía, mientras sobrevolábamos el Cantábrico al llegar a Santander, caminando por las calles de piedra en un mercado medieval, amaneciendo a la furia generosa de un encuentro para rendirse a las palabras, un encuentro con escritores, para empeñados en reconstruir el mundo mientras el mundo pasa: la gente. Hablando hasta la media noche, cantando hasta las tres de la mañana, comiendo queso y pan, pescado y aceitunas. Bebiendo. Acechando las paredes de una cueva que semeja el paleolítico, mirándose: la gente.
Ya lo dijo el sabio, sin duda hay más cosas bajo el cielo de las que sueña nuestra imaginación. En este viaje por España, que yo imaginé inteligente y alegre, pero no más que otros, di con emociones y abrazos con los que hace tiempo había dejado de contar como algo que puede estremecer, otra vez, como la primera vez. Sí, los viajes ilustran, acepto siempre, y por eso los acepto, a pesar de que acarrean contradicciones y cansancio. Algo nuevo nos dan, pero no siempre tanto. No como esta semana, como este paréntesis enamorándose de cada amanecer. Ha sido éste un viaje de los que se cuentan con los dedos de una mano, de los que, por eso, no se atreve uno a contar. Para no convertir en añicos los pequeños pedazos de cristal con que se fue tramando. Tengo aquí una perfecta esfera de colores. Nada sucedió tan extraordinario como para crear un pico o una hendidura, todo fue brillando a tiempo, acomodándose, dejándonos estar bajo el aire como se está bajo una cúpula de cristales.
--Mirándose a los ojos--pidió una de esas luces la tarde en que brindamos por nuestro encuentro.
Eso es, me digo al recordarla, los prismas de mi esfera son personas. Este viaje estuvo hecho con la mirada, el recuerdo y los cuentos de la gente excepcional que estos días pasó a mi vera y me dejó pasar a la vera de lo suyo. Iré dando con ellos, con la memoria de su gesto y su estirpe, como quien reconoce una por una, las chispas de cada prisma. A ver si en el intento, puede asir esta esfera más allá de la palma de mis manos.
Música para hoy: Otra vez: Agnus Dei. Misa para la paz. John Williams.
Pena de hoy: Golpe militar en Honduras. Nada justifica la interrrupción de un mandato democrático. Nada.
Alegría de hoy: Evocar a Juan Cruz, en la Casa de América, el viernes en la mañana.
Agradecimiento de hoy: Para todos los cristales iluminados de este viaje. Por sobre todos para la Santa Catarina, que me acompañó a verlos a todos.
21 Jun 2009
Golondrinas en el cine
He pasado la tarde en la Alhambra con golondrinas. Un privilegio del que no les cuento porque aquí está:
20 Jun 2009
Del paseo de los tristes
al Palacio de los patos. Este fue el ùltimo recorrido de un dia largo de viajes largos que terminò con una cena frente a la Alhambra iluminada en donde nos esperaba la sonrisa suave de esos viajeros apasionados que son los Sneider. Todos vinimos al Festival de cine de Granada, en donde la clausura nos darà el gusto de presentar "Arràncame la vida". Hasta aquì, màs o menos recuerdo, era el principio de un largo texto escrito entre la una y las dos de la mañana en el que hacìa yo el recuento de cuanto sucediò el dìa de hoy. Era un texto divertido en el que daba yo cuenta de todos los lìos por los que pasè para llegar a Granada en tren, una vez perdido el aviòn de las doce del dìa, como resultado de una màs de mis mùltiples desaveniencias con Iberia. Era un texto largo dando cuenta de los olivos, el tren, los bocaditos de jamòn, el hambre, las maletas, los amigos y la textura hermosa del agua de horchata a las doce de la noche. Era un texto largo que se perdiò en la noche de los tiempos, en el hoyo negro y hondo que debe haber en un pedazo de la red al que se van todas las palabras no salvadas a tiempo. No sè ya si podrè rehacerlo. Les hubiera hecho reìr, cosa que segùn leo en nuestro periòdico, necesitamos de urgencia, pero se fue con un teclazo a no sè dònde. Estoy en una salita divinamente diseñada y en franco desconsuelo. Algo hice mal y estoy muy cansada para intentar rehacerlo. Pero mañana serà otro dìa y algo habrà que contar que no se pierda. Por lo pronto, doy fe de que he llegado al Festival de cine de Granada, al Palacio de los patos y al espacio delirante de este blog en que doy cuenta de mis encuentros y desencuentros.
18 Jun 2009
Cuando vayas a Madrid
Llegamos a la fuente, al Neptuno, a una ventana abriéndose al mar que llega hasta el Prado con su promesas. Largo viaje que se hizo corto. Empezamos con el pie derecho, consiguiendo que una señorita muy amable en Iberia, pueden ustedes creerlo, intentara y consiguiera cambiarnos de lugar para que yo, que soy fantasiosa pudiera ver por la ventanilla. Todo hubiera ido de perlas si no fuera porque nuestros nuevos lugares quedaron entre una fila con cuatro niños y una con una que no dejaba de preguntarle a su madre cosas que su madre se empeñaba en ignorar leyendo un periódico. La amaneza de once horas oyendo a los de atrás aullar, porque uno aullaba y a la de adelante preguntar sin respuestas y por lo tanto sin tregua, nos hizo volver muy humildes a pedir nuestros lugares de regreso. Para entonces cualquier rastro de la amabilidad mexicana había desparecido del ánimo de las azafatas españolas que tienen mi edad, y por lo mismo se han ganado el derecho a los vuelos trasatlánticos y a la paga que conllevan, pero tienen nietos y el correspondiente mal genio que produce dejarlos en casa para servirle pasta o pollo a unos desconocidos. Conclusión ellas regañan al que se deja y con más razón al que se pone. Nosotras, por ejemplo. Nuestros lugares ya estaban tomados y si queríamos librarnos de la gritiza infantil teníamos que viajar en asientos separados y sin ventanilla. Ni modo. Lo que hubiera con tal de dormir en paz. Catalina se dió a la tarea de preguntarle a su futura vecina si no le importaría cambiarse para adelante. Mi vecina no permitió ni el intento, dijo no y sacó un libro. Los libros pueden ser además de ventanas a mundos prodigiosos, parapetos ideales. Así las cosas nos conformamos a despegar sin mayores remilgos. Durante las primeras dos horas del viaje yo amisté con mi vecina y la de Cati se embrrachó. Luego de mal comer las cuatro nos dormimos cada quien a su aire. Para mí sorpresa, yo como si un abejorro me diera vueltas por la cabeza dormí primero cuatro horas seguidas y despues tres. Maravilloso. Con el tiempo que quedó me enteré de las carreras de los hijos de mi vecina, de su profesión y de la de su marido. Luego aerrizamos en paz y eufóricas. Yo nunca había cruzado el Atlántico con tan poco esfuerzo. Fuera de un chicle naturista que me facilitó Catalina para el despegue y cuyo despegue de mis muelas no conseguí en diez horas, todo fue sin tropiezo. Al bajar volvimos a ver a mis nuevos sobrinos. Su aparición es una historia aparte. El hecho es que son españoles, habían hecho un viaje por México y son los hijos de la hija de una hermana de mi padre. Guapos él, su mujer y sus muy bien educados hijos. Conversamos con ellos mientras bajaban las maletas y me dejaron con la certeza de que mi tía Carolina, su abuela, era tan gran mujer como siempre oí que era. Ya pondré eso en un libro. De momento llegamos al hotel este que es mi casa en Madrid desde hace muchos años. Y tenemos una vista como nunca antes. Un balcón y un horizonte de regalo. Lo vimos un rato y luego nos fuimos a caminar por la Gran Vía y a portarnos como turistas un ratito. Qué dicha ser turistas en una cudad que ya hemos hecho nuestra. Y no he contado lo mejor. Cenamos con Pilar navarro y Juan Cruz. Dos prodigios como el Prado mismo. Y hoy comimos con unos amigos tan queridos que querría yo guardarlos como se dice en la frase que aprendí mientras conversávamos, como oro envuelto en paño. Hasta mañana. Voy a que me hagan emperatriz de lavapies y a bañarme con vinito de jerez. Madrid, Madrid, Madrid.
16 Jun 2009
Nuria Amat, escribir con riesgo
Alguna vez he contado que cuando conocí a Nuria en Madrid, un junio ardiente, terminamos la tarde trenzadas en una larga conversación sobre nuestros mundos, nuestras pasiones, la literatura, los viajes, los deseos, el inasible amor, la insensata alegría y hasta los últimos recovecos de la moda. A las cuatro de la mañana nos separamos dejándonos con la certeza y el regocijo de que habíamos encontrado una amistad. Desde entonces, siempre que la recupero o que al menos se cruza el correo entre nuestras vidas, vuelvo a sentir que no he dejado de verla, que está cerca siempre, con su elegancia de alma, con su ingenio sofisticado, con su sencilla sabiduría.
Nuria es una mujer tímida, de ojos intensos. Tiene una voz como su palabra: cifrada, intensa.
Desde siempre, pero con más fuerza que nunca en este libro, Nuria es una mujer cuyo voz literaria guarda el ardor y los arrebatos de una criatura, de una creadora, empeñada en conocer su pasado y adivinar su futuro. Y para eso escribe. Y para escribir vive. Para reconocerse, para hurgar, para saber de qué mundos viene y en quiénes se cobija la esencia de su vocación y su destino.
Con toda la sencillez y la suavidad que le acompañan siempre, Nuria me invitó a presentar este libro. Un libro que como todo buen libro no puede contarse, más bien se bendice y se entrega con todo y su historia y sus delirios a otros lectores. Eso quiero hacer hoy, contagiar el fervor que me provocó este libro que leí al principio entre asustada y triste, luego rendida a la fuerza de sus palabras precisas empeñadas en contar una historia de la que no se puede huir.
Se lo dije hace dos días, mientras estábamos suspendidas en la punta de un castillo al que se llega subiendo una pendiente y luego cuatrocientos escalones. Su libro estaba haciéndome temblar, iba yo acompañándola en busca de su madre y no podía yo hacerlo en la noche, porque me moría de tristeza. Y la memoria de sus frases tajantes me despertaba de repente, asustada. ¿Qué va a hacer de esta niña enamorada de su padre viudo? Lo quiere tanto, lo conoce y no sabe quién es. Vive como una niña trémula la desolación, la pérdida y como una gran escritora la contagia. No quiero seguir leyendo y quiero con toda mi alma que llegue la noche para volver a esa sensación incróspida de la que no puedo escaparme. ¿Es Nuria su personaje? Quiero adivinarlo. No es su personaje. Es su voz. El personaje de este libro es la voz de Nuria. Todos los escritores estamos en nuestros personajes, Nuria va más allá, ella está en todas su palabras, en el modo en que las pone juntas, las desgrana, la mide. Desde la pasión con que venera las palabras nos cuenta una historia que importa por muchos motivos, pero sobre todo por cómo suena. Nos cuenta una historia que duele y fascina porque es tan triste como hermosa y porque la escritora se hace cargo de que así suene. Esta es una novela valiente. Uno sabe que Nuria la entrega, como ha hecho con otros libros, sin duda con “el País del alma”, como se entrega una clave para descifrar y entender cosas de un mundo que ella no cuenta en cualquier mesa por más que esté subida en un castillo, no dilapida en conversaciones, pone en palabras escritas porque a las palabras bendice y de ellas vive.
Con un tono audaz y delicado como los misterios, la voz narrativa de "Deja que la vida llueva sobre mí" empieza por ser ardua, y retraída para en poco tiempo seducirnos y acompañarnos a lo largo del libro, con una irrebatible limpidez.
Escribir, lo sabemos de siempre, es rogar por un milagro. Nuria lo consigue tejiendo despacio la historia de una mirada, de su mirada pasando por el mundo primero con temor, después con curiosidad, y sobre todo con valentía, inteligencia y humor. No se sabe al principio, por eso yo le temía al libro, pero al poco rato la escritora va haciéndose acompañar por una mirada irónica y bravía que empieza por burlarse del mundo que la acosa y acaba acosando y riéndose de un mundo al que acosa con su memoria íntegra empeñada en recuperar lo mejor de su vida y la de sus amores.
Como siempre están en este libro Barcelona, sus hábitos, su lengua, su paisaje, su familia. Ahora su madre, sus hijas, su padre. Sus amigos. Los de ella o los de su personaje que tanto es ella como no. “Cuando lee un libro siente nostalgia de una páginas que nunca serán suyas”, dice de su personaje. Como sólo en ese libro su desmesura recorre y acompaña la historia. Están tramadas en ella. El pequeño país llama Nuria a Barcelona y ahí mismo deja que a sus personajes los sitie el tedio o los liberen los libros. “Al destino lo llaman literatura” dice.
La impenetrable fortuna diría que la voz con que narra Nuria Amat es un don, tocado por la belleza y el azar, como todo buen don. Sin embargo, aceptando que el acaso ha sido pródigo, hay que decir que la voz de Nuria es también fruto de una devoción incansable y de un apasionado trabajo.
Como cualquier tesoro, el de quien escribe como ella crece cuando la escritora se hace fuerte, aprende de sus emociones y sus abismos, se nutre de su pesares y sus dichas, de la sabiduría y las audacias que la vida suele exigir sin más, a quienes se proponen escribirla con dignidad y riesgos.
“Deja que la vida llueva sobre mí” es un libro que nos habla de todo este trabajo. Y que tratando de encontrar una respuesta, como diría ella de su personaje, lo cuenta todo: los sentimientos que más duelen, las emociones más absurdas, los pensamientos más arriesgados.
Se adueñan del libro hombres y mujeres que son todo menos comunes y corrientes, por eso encontrarlos al principio de la lectura casi asusta, luego ella los va mostrando una y otra vez desde distintos lados, desde actitudes inauditas y, sobre todos los ojos de una narradora incapaz de rendirse, acompañada siempre por la suave e implacable ayuda de la inteligencia, el sentido del humor, la certidumbre de que toda jornada debe ser memorable y de que no hay dignidad sin valentía.
“Deja que la vida llueva sobre mí”, es la síntesis de lo que uno encuentra en la voz y los deseos de la narradora, una mujer que eso quiere por sobre cualquier cosa: dejarse empapar por la vida. Empaparse hasta las entrañas con la pena y las dichas que puede dar la vida. Y hacer de las palabras la lluvia bajo lo que busca su cobijo.
La felicidad, sabe la narradora es, aunque a veces parezca una quimera, lo único en verdad inevitable. Y la pena es un aforismo que no puede sustraer su esencia de la dicha, su contraparte.
Toda la novela se empeña en acentuar esta clase de contrastes. Y estos contrastes enriquecen la narración y la llenan de atisbos mágicos y de momentos sabios. Mientras, por todo el libro impera la ley y la devoción por la escritura. La escritura casi como única posible redención.
Conmovida, pero suspensa, sin alardes ni autocompasión, mucho menos piedad fácil, Nuria evoca el espanto y lo pone boca arriba con delirio, con ganas de mostrarlo para ver si lo olvida. Pero al mismo tiempo descubre y valora las más pequeñas alegrías e incluso frente a la separación, el engaño, el fracaso y la muerte, hace predominar la esperanza hasta el final del libro.
Como queda claro con todo esto que digo hay muchas cosas que me fascinan en la literatura de Nuria, pero me gusta enfatizar una, porque es una cualidad tejida como a contracorriente. Nuria no antepone la elegía de lo femenino a su deber de escribir bien. No le importa contar la historia de una mujer porque lo es, sino porque vale la pena contarla y contarla bien. Por eso se cuida de escribir ceñida al lujo de correr riesgos y lo hace con un esmero y un respeto por las palabras, con un gusto y una responsabilidad con su profesión, que emocionan.
Las mujeres de Nuria, en este caso la narradora de “Deja que la vida…” no son ni abnegadas ni sumisas, pero tampoco son heroínas indelebles ni se pretenden diosas. Son personajes que crecen en el ánimo de quien los mira vivir dándose el lujo de ser quienes debieron ser, personas incapaces de poseer un fuego destinado a consumirse sin deslumbrar a nadie. Aún cuando están tristes, lo que no es raro, sus personajes siempre están encendidos por dentro. Y salen con bien de sus batallas, ni se diga las de la narradora que en este libro es de una vehemencia sólo propia de quien ha sufrido.
“Son pocas las veces en que lo que decimos equivale exactamente a lo que pensamos. Salvo en el grito, única voz sincera. En el grito es donde expresamos sin evasión alguna la verdad de nuestras emociones.”, dice la narradora. Y justo lo dice desmintiéndose, porque muchas a lo largo del libro, sin gritar, con la intensa devoción por las palabras expresa a cabalidad y contagia emociones irrevocables.
Nuria Amat es una escritora cuya pasión esencial está en el acto de escribir. Esta convicción obsesiva, que tan bien se reitera en sus libros, es lo que la mueve a vivir. Buscar y asirse al oro de las palabras es su razón de ser. Nuestra razón para quererla es ésa. Bienvenida Nuria. Gracias por traer contigo este libro triste con el que uno puede ser tan feliz.
13 Jun 2009
Otro atisbo de mi padre
En México este domingo es día del padre. Mientras el mío vivió no se usaba este día, pero yo siempre lo añoro con la misma intensidad que a veces pongo en ambicionar imposibles, hasta que a ratos lo consigo. Mi padre murió una mañana de mayo hace casi cuatro décadas. Creo que ha pasado tanto tiempo de eso que ya me parece cercano. Lo he escrito muchas veces, tantas que en los últimos años he dejado de hacerlo, pero ahora vuelvo dado que en este blog he hablado poco de él. (Advierto a quienes tienen visto el tema que deben irse porque de sobra saben este asunto.) Mi padre solía hacerme reír. Desde niña tengo recuerdos de mi padre jugando a provocar mi risa. Él que en el fondo era quizás un hombre triste, si dueño de tristezas es quien sabe que no hay alegría imposible, quien ironiza con el mundo todo, empezando por su propia figura y sus magras finanzas. Caminaba despacio, pero siempre llegó a tiempo a todas partes. No como yo, que corro eternamente y a todo llego tarde. Aún temo estar a tiempo. Odio ser la que espera. Esperé una vez que la vida dejara suyo a ese hombre a quien quise con devoción y sin matices. Esperé una vez como quien traga fuego, que mi padre viviera porque lo quería yo, porque le rogó a mi Dios que le dejara el aliento aunque fuera un tiempo, y nada de lo que yo hubiera querido pedirle a Dios me había negado. Así es Dios: todo lo concede hasta que lo deja de conceder. Y así fue mi fe en él, todo le creí hasta que dejé de creerle. Ausencia si alguna, inevitable ya. Porque en efecto, la fe es un don, como dijeron en el colegio, y yo me he quedado sin él. Pero de eso no se presume y de eso no hay quien se apiade. Así que volveré a mi padre. Murió de repente. En dos días. Ahora sé que eso fue mucho mejor, pero entonces creí que con un tiempo, un año pensé, hubiera yo tenido para aceptar que esa parálisis en que lo vimos irse, aquel silencio, eran el preludio de la muerte, eran peor que la muerte. Pero en dos días, todo es mejor que la muerte. Cualquier trozo de vida, cualquier indicio de que ahí estaba. Un poco de la luz con que solía mirar, una mueca evocando el afán de su sonrisa. No imaginaba yo lo que pasaría en un año, pero era tan joven que entonces los años eran largos y creí que después de un año tendría fuerzas para no morirse cuando él muriera. Las fuerzas que no tenía esa tarde, caminando de mi casa al hospital, mientras miraba caer sus lágrimas sobre la piedra de las calles. Como si fueran lágrimas ajenas. --Papá ¿por qué nos sigue la luna?--le había yo preguntado a los cuatro años, una noche al volver del campo. Nunca he sabido recordar qué me respondió, sin embargo recuerdo que su respuesta me dejó en paz. Tampoco recuerdo cuándo se hizo la noche de aquel lunes, en que un pedazo de luna me acompañó, hermoso y abusivo, al volver del hospital con la certeza de que el resto de mi vida, de mis preguntas, de mis desfalcos y mis deseos, tendría que vivirlos sin aquella voz con respuestas. Quién sabe qué tendría su voz con respuestas, pero yo recuerdo que siempre me dieron paz. Mi padre silbaba al volver del trabajo. Adivinar por qué silbaba. Volvía de un trabajo extenuante y mal pagado, silbando como si volviera de una feria y entrara en otra. Yo lo escuchaba llegar y corría escalera abajo. Ahora estoy envejeciendo y aún me estremece la memoria de aquellas manos en mi cabeza, pero ya no la llora, señal que la experiencia sirve de algo. Antes para todo lo que tenía que ver con recordarlo cualquier de mis años era inerme. Ahora lo recuerda casi siempre con alegría y he conseguido, ya era tiempo, sobrevivir al abismo que fue perderlo. --¿A quién conmoverá mi desolada vejez de huérfana?-- me pregunté un día. Luego me propuse dejar de ir por el mundo contándola como quien usa un escudo. Pocos años después, aún no hace ni uno, murió mi madre, y ese agujero sí que está nuevo. Sólo que la orfandad de ahora es distinta porque antes de perder a esa mujer que fue como una catedral, mi hermana y yo tuvimos que volvernos, un tiempo, sus madres. Quedarse en la primera fila siempre es un desconcierto. Por eso busqué hacer este blog, para ir abriéndome de nuevo a las cosas del mundo. Me ha cobijado bien. Al mismo tiempo cuento mis bendiciones. Tengo unos hijos como un prodigio. Tengo al lado un hombre con la fuerza interior y las piernas largas de mi abuelo, que hará más de treinta años sobrevive a mis búsquedas, a mi, para él, siempre rara pasión por el mar, y al hecho, que por fortuna resultó efímero de que por un tiempo no me interesara ni quisier leer los periódicos, pasara con pánico y desdén frente a la televisión en que él cambia canales o mira el fútbol como yo podría perder los ojos en el horizonte, las tardes enteras. Ahora para mi bien ya me gusta la tele, gracias al internet he vuelto a las noticias y hasta concedo que ver el futbol puede ser una gran distracción. Conversamos y nos queremos mejor que nunca. ¿Quién tiene semejante fortuna? ¿Qué más? Tengo las mejores amigas que uno pueda soñar, amigas como hermanas. Tengo una hermana llena de sortilegios a la que admiro y extraño mucho más que a los dos volcanes que están frente a su casa. Tuve hasta hace poco una madre fuerte como una catedral que se fue construyendo durante años de viudez, hasta convertirse en un ser excepcional y adorable. Tengo tres hermanos de sangre con los que sé que podría contar millones. Y hasta me doy el lujo de tener hermanos de elección con los que cuento a diario para cuanto se me ocurra. Tengo a Cozumel con su inmensa bondad y su abrigo. Me gano el dinero que gasto y hasta el que otros se gastaron cuando se robaron mis tarjetas de crédito, mientras baboseaba frente a la textura de un suéter. Tengo quienes acuden con gusto a mis palabras, algunos que incluso me quieren sin haberme visto y otros que me quieren a pesar de saber que no soy la misma que escribe o que están viendo. Tengo epilepsia y le he perdido el miedo como quien tiene una cicatriz y se acostumbra a llevarla aunque a ratos le recuerde un dolor. Para más, algunas noches, como si fuera princesa de las óperas, tengo quien desde adentro me cante: “Guardi le stelle che tremmano d’amore e di speranza”. Todos esos lujos y privilegios, más otros de los que sólo yo sé, tengo y venero. Mi padre, sin embargo, es todo lo que no tengo. Todo lo que muchas veces no sé siquiera qué cosa es. Todo eso, más el recuerdo lejano de las mañanas en que él me subía a un burro y caminaba cerca de mí por un campo cuyo olor aún creo que tengo en la memoria junto con las historias que un hombre, todavía joven, le iba contando a una niña tan pequeña que no recuerda sino el tono de la voz que las contaba. Esa es la voz que me lleva a desear imposibles que para mi asombro parecen posibles. Ésa es la voz que cuando quiero entristecerme con su ausencia, me recuerda el montón de bendiciones que la vida me ha regalado y el abrazo que su dueño está dándome para siempre, desde la foto en la que aún hay una niña vestida de blanco, abrazada por un hombre que extiende el brazo y la mirada, enseñándole el horizonte. Música para hoy: Turandot con Pavarotti.
Angeles Mastretta
Ángeles Mastretta es escritora. Quizás ninguna otra vocación le guste más. Sin embargo, también puede ser escucha incondicional, cantante insoportable, conversadora irredenta. Hace su trabajo sin la debida asiduidad, pero cuando quiere consigue abismarse en lo que ama. Nació y vive en México.
Sus libros son "Arráncame la vida", "Mujeres de ojos grandes"," Mal de amores", "Puerto Libre", "El mundo iluminado", "El cielo de los leones", "Ninguna eternidad como la mía" y "Maridos". Están publicados en todo el mundo de habla hispana y viajan con asiduidad por los idiomas varios de otros mundos. Han sido traducidos a veinte idiomas.
PALABRAS EN VOZ BAJA:
"Sólo la mano del deseo, sólo su aire fresco y estremecido, recorriéndonos, levantándonos a vivir"
Jaime Sabines
"A veces en medio de la noche, los recuerdos como luces de bengala, vuelven trascendental y policroma nuestra perplejidad."
Renato Leduc.
“Mi corazón lo diga
que en padrones eternos
inextinguibles guarda
testimonios del fuego”
Sor Juana Inés de la Cruz
Este blog
Puerto Libre
Ángeles MastrettaQuiero creer que a los puertos libres los rige un aire de tregua y fantasía propia de los lugares habitados por quienes saben que la vida es un largo juego de azar y paciencia. Quiero que éste sea un puerto libre.
Tiene un faro, pero no para guiar, sino para ir acompañando el viaje de quienes añoran la quimera y bendicen la vida. El viaje misterioso y desmemoriado de quienes tienen algo que contar.
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