23Dic, 2011

LUIS ALVA YEPEZ, BREVE HISTORIA DE UN GRAN MAESTRO

Escrito por: rholandos el 23 Dic 2011 - URL Permanente

LUIS ALVA YEPEZ, BREVE HISTORIA DE UN GRAN MAESTRO

La modestia es el complemento de la sabiduría”. Bernard Le Bouvier de Fontenelle.

Hay personas que nacieron para ser personajes, seres que existen para formar parte o escribir las historias de donde habitan y desarrollan sus sobresalientes actividades, son gentes que a fuerza de sus actos, se han convertido en “rara avises”, porque enarbolan la singularidad que atesoran; son condiscípulos del tiempo, porque de la mano con los años, van hilvanando semblanzas con ejemplares sucesos. Existen por primaria necesidad de las crónicas, por clamor de los correspondientes documentos que engendran las reseñas, viven porque nacieron para enseñar con el ejemplo de sus biografías, son esencias inherentes a la naturaleza especial de sus constituciones, son porque están en el oportuno momento, de allí la razón de sus grandezas.

Este es uno de esos casos, es la breve historia de un gran maestro, Luis Alva Yepez, quien nació en Tembladera, Cajamarca; cuando cumplió los veintiséis años, llegó a Chimbote, con su título de pedagogo bajo el brazo, a su arribo, ingresó a trabajar como profesor de educación física en la Gran Unidad Escolar San Pedro, allí, respirando el aroma marino, comenzó a formar generaciones de alumnos, que hoy convertidos en brillantes profesionales, ejercen sus conocimientos en diferentes partes del mundo. En vísperas de navidad, cumplo con un recado del corazón, me permito dialogar telefónicamente con un hombre cuyo brillo va de la mano con la humildad, un profesor cuyo verbo, enseña, educa, divierte y narra los acontecimientos en primera persona, conciente de lo que ha vivido con manifiesta intensidad.

Tuve una niñez, feliz, con las habituales necesidades de un pueblo pequeño, pero feliz, coleccionaba cromos, de los jugadores de mi época”, recuerda con precisión, “era hincha de Alianza Lima, en mi juventud jugué por la selección de Cajamarca, en aquel entonces, mis referentes eran Juan Seminario, Guillermo Delgado y don Willy Barbadillo”, el profesor viaja tranquilo a través de las remembranzas, “cuando me incorporé al Colegio San Pedro, formamos un club, fui el entrenador, ascendimos desde tercera a primera, en tres años, aquellas campañas, sirvieron para que el José Galvez se fijara en mi, así que me contrataron como preparador físico, acompañando al entrenador Bigilberto Santana”, narra con objetividad, sin el menor vislumbre de orgullo en sus palabras.

A la siguiente temporada fui el director técnico de la franja”, la recordación avanza sin tregua, “tuve como pupilos a Papi Ostolaza, Rodomiro del Solar, Chalaquito Alva, en mil novecientos setenta y dos, Oscar Hidalgo y Percy Robles me llevaron al Deportivo Siderperú, allí dirigí a Talledo, Severo Castillo, José Aponte, fuimos a la finalísima de la Copa Perú en el Estadio Nacional”, la memoria del profesor presenta su prodigio, “veinte años mas tarde, volví a dicha finalísima con otro club emblemático de la ciudad, el Unión Juventud, considero que mi carrera profesional ha cosechado sendas victorias para el deporte local”, subraya. Luego ofrece su personal confesión, “en todas las campañas fui yo mismo, sincero, franco, dije las cosas a la cara de forma directa, pero jamás, con mala intención”.

Le pongo en un aprieto, pido un resumen genético sobre los cientos de futbolistas que ha dirigido en su extraordinaria trayectoria, solicitándole tres nombres, me asombra porque no lo piensa mucho, “primero German Ostolaza, el gran {Papi}, todo un caballero dentro y fuera del campo, Papi Estrada, seriedad, forma de ser respetuosa, muy cariñoso conmigo, Luis Palomino, hombre serio, gran jugador, el mejor pasador, como dicen aquí, en España”, de súbito cambia de tercio, “también fui preparador físico junto al paraguayo Miguel Ortega, de ese entonces, recuerdo con singularidad a Ruben Techera, un volante buena persona, que le gustaba cantar, cuando marchó a Universitario, seguía viniendo a Chimbote, creo que tenía su {cuestioncita} o su {calentadito}”, sonríe como un pícaro travieso.

Le traslado con el anhelo de obtener su “radiografía”, entonces pronuncio la palabra “Dios”, responde con rapidez, “es lo máximo”, cito “Tembladera”, expresa, “es mi corazón”; digo “Chimbote”, no duda, “es mi segundo corazón”; remuevo su pasión nombrando a “Hilda Susana Rojas”, “es el amor de mi vida”, administra su silencio, dejo atravesar los segundos, entonces siento su emotivo llanto, mi voz se turba, muerdo mis labios como buscando la mejor gestión de este momento, “es la mujer que todo hombre quisiera tener”, agrega entre sollozos, intenta disculparse, me adelanto, le pido perdón, “sigamos”, dice el maestro, entonces dejo caer, “José Galvez”, “es mi corazón, mi historia, parte de mi vida, aprendí muchas cosas, el amor a la camiseta, y la lealtad de sus hinchas”, muestra su inmediata recuperación.

No puedo evitar mencionar a “Colegio San Pedro”, Luis Alva atiza sus reminiscencias, acude presto, “es el principio de todo, de una carrera digna, que dignifiqué siempre, lo recuerdo con gran simpatía, me brindó grandes amigos como los profesores Luis Díaz Romero, Alfredo Mendoza, Rodolfo Estefo”, inquiero sobre sus gustos culinarios, saborea su respuesta“sudado de tramboyo”, “el cebiche” y una buena “parihuela, bien acompañados de sus respectivas copas”, sonríe, es cuando consulto sobre sus gustos musicales, “me encantan los valses”, le pido una canción, de inmediato responde, “El Provinciano”, siento su tarareo, “las locas ilusiones me sacaron de mi pueblo”, así concluye su sabia declaración de principios.


Vive desde hace ocho años en Madrid, observando con los ojos del alma, contemplando la vida con mas avidez, enarbolando el optimismo como bandera, orgulloso de sus tres hijos, Jacqueline, quien la acompaña en la capital española, Enrique, que trabaja en Perú, para una empresa española y Luis, quien sigue sus pasos, estudiando para director técnico. Pero retorna a mencionar a su mujer, con quien lleva casado cuarenta y tres años,
“¿como se logra ello?” quiero saber, el maestro responde, “con amor, sinceridad, respeto, son peldaños de una gran escalera que nos lleva a amar y ser amado”. Presenta su inteligencia.

Sigue la liga española a través de la radio, “El Barcelona es el mejor equipo del mundo”, dice sin vacilación, “pero es el mismo fútbol de toque que practicamos en el José Galvez”, se asombra de su analogía, “mis jugadores deben recordar, jugada pelotita, jugada pelotita, luego jugaban como los dioses”, entonces mi temor regresa, siento su silencio, oigo nuevamente su sollozo, “algunos de ellos, me llaman con frecuencia”, comenta su testimonio con voz quebrada por el llanto, “perdóname, decían de mi que era recio, pero reconozco que soy débil para los buenos recuerdos”, esta vez, soy yo quien intenta gestionar su silencio, mi interlocutor es el hombre mas emotivo con quien he dialogado, le presento mi gratitud por su exquisitez.

Prometo visitarle la primera semana de enero, “ven, quiero agradecerte con un personal abrazo”, digo que le invitaré unos buenos pescados en un restaurante peruano que frecuento cuando estoy en la capital, “iremos, iremos”, repite; es mi turno, “entonces acompañaremos la comida con unas copas, maestro”, extiendo la invitación citando sus propios vocablos,“ahora ya no puedo, tomar unas copas, los médicos me han impedido...”, susurra, pero luego agrega traviesamente, “aunque ganas no me faltan”, así concluye este ilustre educador. Cuando colgué el teléfono, salí a la terraza, me enfrenté a la noche, buscando el cielo, pero no pude ver mas allá de mis ojos, aún pensaba en ese símbolo con quien terminaba de dialogar, en la frescura de su voz, comprendí que hay personas cuya sabiduría les permiten seguir mirando a plenitud, porque sus verbos así lo confirman.

Entonces admiré con mas fervor, -de lo posible-, al profesor Luis Alva Yepez.

Fraternalmente.

R.

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