27 Abr 2009

De nuevo la reforma de las pensiones

Escrito por: robert-tomas00 el 27 Abr 2009 - URL Permanente

En el ultimo número del suplemento “Negocios” , correspondiente al periódico El País del domingo 26 de abril de 2009, aparece un artículo firmado por Carmen Alcaide, economista y ex presidenta del INE, titulado “La necesaria reforma de las pensiones”. Como era de esperar por parte de los autores que machaconamente insisten en la necesidad de reformar el sistema público de pensiones, la autora subraya “la falta de sostenibilidad del sistema a medio plazo y la necesidad de acometer con tiempo la reforma del mismo”. Entre las medidas que propone, y así como quien no quiere la cosa, la siguiente: “Actualización de las pensiones por debajo del IPC”.
Esta medida me sugiere un comentario y tres posibles interpretaciones.
Comentario: una actualización por debajo del IPC es más bien una desactualización, si actualizar significa “hacer actual o de actualidad una cosa” (María Moliner). Referida a las pensiones o a los salarios, suele significar mantener, en la actualidad, la misma capacidad de compra o poder adquisitivo, que en años anteriores, de forma que el aumento de las pensiones (o de los salarios) iguale al del IPC. También se habla de actualizar los precios respecto a la subida de los costes. No me imagino que un empresario pretenda actualizar sus precios por debajo de sus costes. Así pues, lo que la autora quiere decir es, sencillamente, “Pérdida del poder adquisitivo de las pensiones”.
¿Cuál es el sentido de esta propuesta? Caben, a mi juicio, tres posibles interpretaciones.
Primera interpretación: La económica
Decía Mariano Rajoy, debatiendo con José Luís Rodríguez: “La economía lo es todo. La economía está por encima de cualquier otra consideración”. Desde esta perspectiva, que seguramente la autora comparte, la “actualización” propuesta iría efectivamente dirigida a mejorar la economía, ya que disminuiría (proporcionalmente) el gasto público por este concepto, contribuyendo al equilibrio presupuestario.
Segunda interpretación: La ecológica.
Sin embargo, la propuesta va más allá de lo económico pues tiene una dimensión ecológica innegable: la disminución de la presión demográfica. La reducción del poder adquisitivo de las pensiones conducirá, en un plazo más o menos largo, a la defunción por falta de alimentos de los pensionistas más débiles, como en el cuento del que acostumbró a su asno a comer cada día un poco menos, hasta que, cuando estaba ya perfectamente adaptado, se murió. Cabría quizás, desde el punto de vista de la jerarquía eclesiástica, considerar la “actualización” una forma de eutanasia pasiva, pero en un estado laico las consideraciones de este tipo están fuera de lugar.
Tercera interpretación: la ostentación. Sin despreciar las anteriores interpretaciones podemos arriesgarnos a sugerir una tercera, mucho más sutil y personal: la ostentación. Sabemos que no basta con ser rico: también hay que parecerlo. Hay formas de ostentación groseras, como por ejemplo, la exhibición de joyas de gran valor. Otras más elegantes, como la ligada al arte. Finalmente, la más sutil de todas, la más intelectual y sofisticada: la que practica nuestra articulista. Al propugnar una reducción del poder adquisitivo de las pensiones está manifestando, indirectamente, que ella es una persona que no está preocupada por su jubilación ya que dispone de una riqueza suficiente para no temer ninguna contingencia económica en su vejez. Se me objetará que una ostentación que de hecho nada ostenta es un oxímoron, pero ni doña Carmen ni yo estamos para sutilezas.

24 Abr 2009

De la dificultad de pensar el decrecimiento (II)

Escrito por: robert-tomas00 el 24 Abr 2009 - URL Permanente

Decía ND en su comentario:

“Nosotros ya hemos llegado al cenit de nuestro consumo, y por ello podríamos considerar frenarlo o incluso reducirlo. Pero ¿y los que no sólo no han llegado a él si no que aún están muy lejos de alcanzarlo?”

No es una pregunta que pueda contestarse fácilmente y menos aún con brevedad. Seguramente el uso de la palabra “decrecimiento” no es afortunada, puesto que ha sido tomada como el título de una estrategia de actuación inmediata cuando, desde mi perspectiva, no es más que la forma de destacar la oposición al crecimiento por el crecimiento que caracteriza a la modernidad occidental, y que se inscribe en la corriente de oposición al capitalismo. La emergencia de los movimientos ecologista ha propiciado el énfasis en los límites materiales del capitalismo, descuidando la dimensión social y política. De ahí, creo, el carácter del debate que se suscita en torno al decrecimiento y que la intervención de ND refleja claramente. Así que, en el ámbito de este comentario, intentaré ofrecer algunos elementos de reflexión, puesto que un tratamiento más riguroso requiere un trabajo de mayor envergadura, por lo que se me excusará el carácter simplificador de la siguiente exposición.

1. Occidentalocentrismo, consumismo y caricatura

Véase la siguiente noticia, aparecida el elmundo.es/mundomotor:
El fabricante indio de automóviles Tata Motors, perteneciente al conglomerado industrial Tata Group, ha presentado, en el Salón del Automóvil de Delhi, el automóvil más barato del mundo, que se lanzará al mercado indio a finales de este año con un precio cercano a los 1.700 euros (2.500 dólares). Ratan Tata, el presidente del grupo indio del mismo nombre, ha hecho realidad su proyecto: ofrecer a la sociedad india un vehículo de cuatro ruedas para cuatro o cinco plazas que, gracias a un precio inferior a 2.000 euros, puedan estar al alcance de una gran mayoría. Finalmente, ese coche es ya una realidad y fue presentado el jueves en la jornada inaugural del Salón del Automóvil de Nueva Delhi. El Nano será un modelo destinado al mercado local aunque podría llegar a exportarse, en una segunda fase, a algún mercado emergente. Sería una quimera su importación a Europa puesto que no superaría la normativa de seguridad ni la de emisiones que implican un substancioso encarecimiento del coche. (yo subrayo).

Una primera reflexión, ilustrada por esta noticia, da cuenta del occidentalocentrismo implícito en la idea de que nosotros (es decir aquí: la cultura occidental moderna) somos la referencia universal, los adelantados del progreso. Los que les mostramos el camino a los demás y, ahora, la meta: ya hemos llegado al nivel de consumo máximo, a su cenit. Aquí se podría hacer una reseña de las cantidades y calidades de bienes cuyo consumo por habitante se muestran como componentes del estándar universal.
La segunda: el resto de países ha de seguir el mismo camino, es decir, aumentar el consumo a la mayor velocidad posible. Nosotros nos paramos y esperamos que lleguen los demás; mientras, les suministramos la caricatura del consumo occidental.

2. La idea de que Occidente detenga su crecimiento (o decrezca un poco), mientras que el resto de países crecen hasta el nivel máximo (determinable , por ejemplo, en términos de huella ecológica), es ilusoria.

En efecto, en primer lugar, plantea el problema en términos meramente cuantitativos, como si de lo que se tratara fuera simplemente de mantener un nivel de consumo dado en función de los límites materiales, energéticos y ambientales. La sola proposición de detener el crecimiento es ya de por sí, aislada de cualquier otra consideración, enormemente drástica, incluso más aún que la de poner en práctica estrategias de decrecimiento, tanto en Occidente como en el resto del mundo. Algún autor (Philippe Saint-Marc, citado por Serge Latouche, Le pari de la décroissance,Paris: Fayard,2006, p. 98. Hay versión española) contempla un estado estacionario, para Francia, en los años 60. Así en 1961 todavía, la huella ecológica de Francia correspondía a la de un solo planeta, mientras que hoy día corresponde a tres” (Latouche, p. 107).
El atractivo de una propuesta como ésta reside en que no retrotrae el mundo del decrecimiento a la Edad Media o la Edad de Piedra, como sugieren algunos críticos, sino que plantea un escenario que todavía puede ser recordado por muchas personas.
Se trata de una especie de congelación del capitalismo en un estado anterior, supuestamente óptimo, sin tocar en modo alguno sus características esenciales. Así, el decrecimiento entendido como una estrategia de aplicación inmediata, no sería más que la puesta en práctica de un conjunto de medidas técnicas consistentes en el rediseño de los procesos productivos para obtener una cesta de consumo óptima (por ejemplo la de los años 60 en Francia), suponiendo que la lógica del capital se sometería dócilmente a estas exigencias. O lo que es lo mismo, dicha estrategia se basa en la premisa de que existe un capitalismo benefactor que ha sido pervertido por algunas almas corruptas, tesis que coincide, casualmente, con el diagnóstico que se pretende difundir acerca de la actual crisis. (Véase, por ejemplo, en El País de 28/10/2008, el artículo de Antón Costas: “Salvar al capitalismo de sus depredadores”)

3. El derecho al consumo como un nuevo derecho humano

Otra de las premisas implícitas es la de que el consumo es un “derecho humano” y que, por lo tanto, todos los pueblos del mundo pueden legítimamente reclamar un nivel de vida como el occidental (decrecido). La noticia sobre el automóvil TATA para pobres constituye el ejemplo más destacado de este enfoque (junto con la genial idea del ordenador para pobres, como se recordará): más significativo me parece incluso, que tal noticia no haya suscitado, por lo que sé, críticas contundentes, lo que manifiesta hasta qué punto estamos imbuidos de consumismo.

4. Apunte final: el decrecimiento como diagnóstico, no como estrategia.

Estar a favor del decrecimiento significa la denuncia de la modernidad occidental como aquella cultura que se ha configurado en torno a la esfera económica como instancia autónoma, separada y dominante, sometida al lógica del crecimiento ilimitado a partir de la propiedad privada y el mercado, es decir, el capitalismo.
No existe pues una única vía para escapar a este sistema explotador y depredador, sino que cada pueblo, cada cultura, ha de encontrar la suya.
El decrecimiento no es una estrategia sino una denuncia. Para decirlo aún de manera más contundente: la riqueza es el problema.

03 Abr 2009

APUNTES SOBRE EL LLAMADO “PLAN BOLONIA”

Escrito por: robert-tomas00 el 03 Abr 2009 - URL Permanente

1. Habrá que felicitar a las autoridades políticas y académicas por haber conseguido que sus medidas de destrucción de la Universidad Pública sean conocidos como la aplicación de un denominado “Plan Bolonia”. De este modo se ha conseguido presentar a los que critican y se oponen a la estrategia ministerial como un conjunto de individuos irracionales, antieuropeos, vagos, potencialmente violentos y manipulados. Por eso se magnifica el comportamiento de los estudiantes, sobre todo cuando es violento, y se silencia, por ejemplo, la creciente aportación de profesores y personal de administración y servicios; si acaso, se les alude como una minoría de indolentes. Por ello hay que insistir en rechazar el apelativo de “antibolonia” y afirmar que se trata de un movimiento de defensa de la Universidad Pública.
2. Las actuales medidas encaminadas a destruir la Universidad Pública se inscriben en una trayectoria muy larga. Sucintamente habrá que mencionar los siguientes aspectos.
2.1. La conversión, en un primer momento, de la Universidad Pública heredada del franquismo, en otra al servicio del Capital, se enmarca, con las singularidades propias del caso español, en la ofensiva general contra el Estado del Bienestar, de acuerdo con el principio liberal de que hay que privatizar todo lo privatizable. Así, hemos sido testigos de la conversión de ese Estado proveedor de servicios sociales para toda la sociedad, de acuerdo con el propio proyecto liberal, en un Estado asistencial, es decir, un Estado para pobres, lo que ha implicado el doble movimiento de desprestigio y precariedad, por un lado, y mercantilización y privatización por otro. La Sanidad nos ofrece ejemplo y espejo en el que mirarnos.
2.2. Por lo que se refiere en concreto a la Universidad, la primera medida que indica ya hacia donde se va a encaminar consistió en la adopción de las características básicas de la Universidades anglosajonas y ,sobre todo, las estadounidenses. En particular la estructuración en Departamentos en detrimento de las Facultades; es decir, una nueva orientación basada en la investigación en detrimento de la docencia. Lo que significa: a/ Teniendo en cuenta que la Universidad, como toda institución en la sociedad actual, se configura en función de la lógica económica, el énfasis en la investigación sugiere que las empresas podrán utilizar la Universidad pública para nutrirse de innovaciones privatizables. La culminación de esta perspectiva es la emigración de las competencias universitarias desde el Ministerio de Educación al de Universidades e Investigación (lo que también se ha producido en Cataluña) b/ La reducción del peso de las Facultades ha tenido como consecuencia una desvalorización de la docencia. Desde hace años se escucha la cantinela de que “los méritos de investigación han de ponderar el 95% y los de docencia el 5% “, por lo que el profesorado ya sabe a que atenerse. Por otra parte, según he oído personalmente de boca de un gerente: “Las Facultades no son más que un conjunto de titulaciones”. c/ No menos grave es el efecto de esta nueva regulación sobre la vida universitaria y, particularmente, la de los estudiantes, tanto por lo que se refiere a la configuración de un espacio físico y relacional que reúne a todos los participantes y potencia las actividades colectivas, como por el hecho de que, como consecuencia, se pierde el horizonte de la participación política lo que ha conducido, como sabemos, a la pérdida de los mínimos referentes de gestión democrática, tal como de forma incipiente se configuraron el la Universidad del postfranquismo.
2.3. La semestralización de los planes de estudio a principios de los 90 representa otra vuelta de tuerca: Se aumenta así el número de asignaturas, reducidas ahora apenas a un trimestre de clases; se multiplican los exámenes; se aumenta la carga de trabajo; se densifican los horarios, lo que impide la liberación de tiempos para los actos culturales y, en general, las actividades no académicas pero muy importantes para a formación; etc.
2.4. En otro orden de cosas, pero no menos importante, la privatización tiene como uno de sus pilares fundamentales (de forma similar a la Sanidad) la figura del gerente y la adopción de criterios de gestión privada. (Ver el artículo de Miquel Caminal “La sumisión de la Universidad pública” EL PAÍS (Cataluña) 21 de mayo de 2008)
3. La actual ofensiva no es pues nueva. Por lo que se refiere a la privatización puede consultarse el artículo de Francisco Fernández Buey, Catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universitat Pompeu Fabra, publicado en Barcelona Metrópolis y accesible en la Red:http://www.barcelonametropolis.cat/es/page.asp?id=23&ui=139. Únicamente añadir, porque creo que no ha sido enfatizado suficientemente, que la actual estrategia ministerial consistente en aplicar una reforma a coste cero significa una directa degradación de las Universidades públicas, culminando así el proceso de la creación de la Universidad Pública para pobres y potenciando –ahora ya sí- las Universidades Privadas.

23 Mar 2009

De la dificultad de pensar el decrecimiento (I)

Escrito por: robert-tomas00 el 23 Mar 2009 - URL Permanente

A raíz de unas entregas anteriores, un lector [ND] me ha enviado un comentario que sintetiza alguna de las objeciones que se plantean con respecto a la opción por el decrecimiento. Por un lado, respecto a la posibilidad de que el decrecimiento sea una opción de futuro; por otro, la situación en la que quedarían los países pobres. Aquí trataré únicamente la primera de estas cuestiones y dejaré la segunda para más adelante, aunque he de señalar que ambas van íntimamente unidas. Ni que decir tiene que no pretendo tener las respuestas; lo que sigue no es más que una contribución a la discusión.

El resumen de su planteamiento es el siguiente: pudiendo ser deseable, el decrecimiento se enfrenta con un obstáculo fundamental: la incapacidad de que la sociedad occidental renuncie al consumo de forma voluntaria; así, decrecimiento para ser posible, debería ser impuesto a partir de una reducción de la oferta.

Efectivamente, es irrealista concebir una conversión masiva de esta “clase media desideologizada y con un papel mucho más consumista que productivo” [ND](o esta “pequeña burguesía planetaria” en palabras de Agamben) a un modo de vida no consumista, o, como dicen los partidarios del decrecimiento, a la “simplicidad voluntaria”. Antes que la imposición, vía reducción de la oferta (y a la que me referiré más adelante), el llamamiento a una disminución individual del consumo, en el seno de un aparato productivo-mediático que determina las pautas de adquisición, no puede tener más que efectos marginales. Si hemos de contemplar un cambio social, hemos de ser conscientes de sus implicaciones. Lo decía ya Ivan Illich (La convivencialidad. Barcelona: Barral, 1974 [1973], página 31):

“La transición pues a una sociedad convivencial irá acompañada de extremos sufrimientos: hambre para algunos, pánico para los otros. Tienen el derecho a desear esta transición sólo aquellos que saben que la organización industrial dominante está en vías de producir sufrimientos aún peores, so pretexto de aliviarlos. (…) La convivencialidad no tiene precio, pero se debe saber muy bien lo que costará desprenderse del modelo actual. El hombre reencontrará la alegría de la sobriedad y de la austeridad, reaprendiendo a depender del otro, en vez de convertirse en esclavo de la energía y de la burocracia todo poderosa”.

Y es que el paso desde una sociedad de crecimiento hasta lo que Illich denomina una “sociedad convencial” supone una transformación radical. En otras palabras, no se trata de un problema técnico, sino de una cuestión mucho más profunda: cultural, en el sentido más radical de la palabra. O para decirlo esta vez con Raimon Panikkar, no estamos en una época de cambio sino en un cambio de época.

Para que la solución que propone el comentador, a saber, la reducción de la oferta, es claro que siendo técnicamente factible, los obstáculos son políticos, económicos y culturales. Esta es la línea que expuse en este Blog (La crisis y la opción por el decrecimiento), al mencionar el informe de la Fundación Dag Hammarskjöld titulado “What Now” y preparado con ocasión de la Séptima Sesión Especial de la Asamblea de las Naciones Unidas que tuvo lugar del 1 al 12 de septiembre de 1975, documento que coincidía con alguna de las propuestas de Rajendra Pachauri, quien “permanece al frente desde 2002 del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU y dirige el Instituto de Recursos Naturales y Energía de India”, y Premio Nobel de la Paz (2007).

Todo aquello que significa una obligatoriedad, en nuestras actuales sociedades, significa una actuación del Estado. Sin embargo tenemos la experiencia de que los intentos de transición pacífica hacia sociedades no capitalistas han acabado de forma sangrienta: baste recordar figuras como las de Salvador Allende, Omar Torrijos o Thomas Sankara. Todo proyecto que signifique acabar con la lógica del crecimiento y el beneficio, por muy democrático que sea, está abocado a la oposición por cualquier medio de las fuerzas del poder.

Sin embargo -y esta es la diferencia con anteriores momentos- la amenaza “ecológica”, es decir, el agotamiento de los recursos energéticos, biológicos y materiales, junto con el deterioro del medio ambiente, es inminente, y exige tomar medidas como, por ejemplo, se está planteando a propósito del cambio climático. Es posible que el peligro de un deterioro del nivel de vida sea finalmente el acicate más poderosos para una aceptación de un cambio de forma de vida; aunque el horizonte está abierto.

Frente a la ineludible necesidad de controlar y limitar el uso de energías y recursos materiales, las opciones que se ofrecen desde las instancias de poder, adornadas con la retórica de la sostenibilidad, son únicamente aquella que pretender perpetuar el actual estado de cosas. En otras palabras, se trata, desde la óptica dominante, de seguir con la lógica del crecimiento ilimitado del beneficio y el consumo mediante la reducción de todo ello a problemas meramente técnicos. Ejemplo claro: el renovado clamor por la energía nuclear como energía limpia e inagotable y/o, si se agotara –el uranio también es un recurso escaso- se confía en que los avances de la ciencia y la tecnología proporcionarán el recambio energético adecuado en su momento, en una actitud que puede calificarse perfectamente de religiosa, en el sentido de que substituye la razón por la fe.

Dado por otro lado el desapego cada vez mayor por la política, fomentado con descaro por todas las instancias de poder, la posibilidad de regímenes totalitarios y tecnocráticos no es absoluto excluible. Por todo ello, el decrecimiento no debe verse únicamente como una opción técnica, sino como una forma de expresar la oposición radical a una sociedad capitalista, consumista y depredadora, y plantear otra sociedad en la que el crecimiento no sea el imperativo, y en la que no seamos consumidores sino ciudadanos..

02 Mar 2009

Gaza/Holocausto

Escrito por: robert-tomas00 el 02 Mar 2009 - URL Permanente

1. En http://lacomunidad.elpais.com/casajuntoalrio/2009/2/5/gaza-vista-jon-sistiaga-que-israel-queria-que, se pueden ver unos muy interesantes y estremecedores videos sobre Gaza, que recogen entrevistas realizadas por Jon Sistiaga. De entre todo lo que se cuenta me ha llamado la atención algo que puede parecer poco importante, pero que encuentro enormemente significativo, y que se encuentra en el primero de los videos que aparecen en este Web. En él, el periodista, entre otras entrevistas, habla con Haim Jelim Gobernador israelí [de la ]región Eshkol. La trascripción es la siguiente:
(Primer corte, minuto 6:09)
Pregunta: [la voz del periodista se oye al fondo, como si fuera la continuación de una conversación ya iniciada antes de la grabación]No he entendido muy bien lo de Pavlov ¿Cómo era la teoría?
Respuesta: La teoría es muy simple: da luz, al final va a entender que la comida está acá. Dales golpes con la guerra. Decidles que cada vez que se recibe un misil ellos van a recibir una bomba de una tonelada, hasta que entiendan que la única que hay es sentarse y hablar.
(Cambio a otra entrevista, tras la cual se enlaza con la anterior)
(segundo corte: 7:50)
(El gobernador parece que se ha dado cuenta de que ha dicho algo inconveniente y prosigue):
Respuesta: La teoría de Pavlov es otra cosa, con los perros…hay seres humanos del otro lado, hay seres humanos en este lado.

2. La deshumanización del adversario, su animalización explícita en este caso, ha sido el requisito previo que permite que las atrocidades cometidas por el ejército israelí hayan podido realizarse sin escrúpulos morales, ya que la guerra no era contra personas sino contra animales.

3. A aquellos que se indignan por la comparación entre la actuación de la Alemania Nazi y la del Estado de Israel les recomiendo la lectura del libro de Zygmunt BAUMAN, Modernidad y Holocausto, Madrid: Sequitur, Tercera edición, 2006 (Original, 1989), del que basta aquí citar estos dos párrafos:

“Una vez deshumanizados , y por lo tanto, anulados como sujetos potenciales de exigencias morales, se contempla a los objetos humanos de las tareas burocráticas con indiferencia ética (…) Los objetos deshumanizados no pueden tener una ‘causa’ y mucho menos una causa ‘justa’ ni tampoco ‘intereses’ que deban tomarse en consideración ni tampoco pueden apelar a la subjetividad.” p. 129-30

“El Estado judío intentó utilizar los recuerdos trágicos como certificado de su legitimidad política, como salvoconducto para todas sus acciones políticas pasadas y futuras y, sobre todo, como pago por adelantado de todas las injusticias que pudiera cometer” p. 13

25 Feb 2009

La crisis: ¿Socialismo para los ricos y capitalismo para los pobres?

Escrito por: robert-tomas00 el 25 Feb 2009 - URL Permanente

La expresión “socialismo para ricos” se refiere al hecho de que, en el capitalismo, los beneficios se privatizan mientras que las pérdidas se socializan. No podemos, sin embargo, conformarnos con esta observación. Desde los inicios del capitalismo el Estado ha intervenido constantemente en la economía; obviamente, en favor de los ricos, esos ricos que, hasta ahora mismo, profesaban una fervorosa adhesión a la libertad de mercados y condenaban cualquier intromisión del Estado. Una transmutación de valores de tal envergadura nos invita a reflexionar sobre las características de la actual crisis más allá de los acontecimientos inmediatos. En este sentido, intentaré argumentar cómo el capitalismo ha de entenderse en un contexto cultural más amplio, el de la modernidad occidental; como es esencialmente inestable, como ya dijo Marx; que requiere la intervención permanente del Estado, como ya viera Adam Smith y teorizara con más detalle y precisión Keynes; y que a esta inestabilidad esencial se une ahora –aunque se trata de ocultar o minimizar- el agotamiento de recursos y la degradación ambiental; que todo ello hace imposible e indeseable la continuación del capitalismo; y que es el momento de preocuparse seriamente de encontrar alternativas.

Economía, capitalismo y crisis en e contexto de la modernidad

Para empezar, conviene que aclare en qué sentido utilizo las diferentes nociones que voy a emplear. En particular, entiendo por capitalismo el hecho de que la modernidad se caracteriza, entre otras cosas por el hecho de que la economía, es decir, el mercado autorregulado, se ha constituido en una esfera social separada, autónoma y dominante, en especial respecto de la esfera política y de la ética, de modo que la lógica económica es la que impregna el conjunto de la sociedad. Esto se ha convertido en algo tan evidente e incuestionable, que una afirmación como esta: “La economía lo es todo. La economía está por encima de cualquier otra consideración”, pudo ser pronunciada por Mariano Rajoy en su debate televisado del 3 de marzo de 2008 con José Luís Rodríguez sin que éste, ni cualquier otro comentarista, hiciera ni tan siquiera mención alguna, por lo que debe interpretarse, como acabo de señalar, que la frase expresaba una verdad indiscutible.
Otra manera de decir lo mismo, pero desde posiciones críticas, es afirmar que “todo es mercancía”, cosa que ya señaló Marx y, por lo cual, escribe en el primer párrafo de El Capital: “Por eso, nuestra investigación arranca del análisis de la mercancía” ( p. 3)
Que todo sea, o tienda a ser, mercancía, significa, fundamentalmente, que desaparecen las propiedades singulares y concretas de las cosas para convertirse en substancias abstractas. Una mercancía es algo que se produce para ser intercambiado y, esencialmente, en el capitalismo para obtener un beneficio, de modo que se puede afirmar que la lógica económica se manifiesta, por una lado en la producción de beneficio, es decir, en la obtención de esta abstracción máxima que es el dinero; y por otra, y es lo que hace única a la cultura occidental, en el de crecimiento ilimitado, es decir, la asunción, igualmente indiscutida, de que crecer en bueno en sí mismo.
Una economía de mercado basada, hay que recordarlo, en la propiedad y la iniciativa privadas, lo que significa que está sometida a las decisiones individuales y no coordinadas de los individuos, subordinados a la lógica del crecimiento, es intrínsecamente inestable. De ahí que siempre el capitalismo (el mercado capitalista) ha podido funcionar gracias a la constante intervención por parte del Estado.

Estado y capitalismo (Socialismo para ricos)

Ya lo decía el propio Adam Smith:
“El gobierno civil, en cuanto instituido para asegurar la propiedad, se estableció realmente para defender al rico del pobre, o de quienes tienen alguna propiedad contra los que no tienen ninguna” (Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. México ,FCE [1776], p. 633 )
Por otro lado, como señaló Karl Polanyi ( La grande transformation, Paris, Gallimard, 1983 (1944);hay versión española), el Estado es el que hizo posible, por un lado, la transformación en mercancías de la tierra, el trabajo y el dinero y, por otro, mediante una continua intervención, evitó la autodestrucción a la que el mercado autorregulado le abocaba. O en otros términos, el Estado actuaba como capitalista colectivo, ya que la racionalidad individual –contra el mito liberal- se transformaba en irracionalidad colectiva. Así, por ejemplo, la regulación del mercado de trabajo desde el siglo XIX, -que suscitó las vehementes protestas de los capitalistas que veían limitada su “libertad” de explotación- garantizaba a los mismos disponer de una mano de obra en condiciones adecuadas.
A pesar de todo, como sabemos ya por propia experiencia, el capitalismo, en la medida en que se debilita la regulación del Estado, vuelve a caer en crisis más o menos profundas y, a lo que se ve, inesperadas.¿Cómo es posible que a estas alturas se esté produciendo una crisis que ya se compara abiertamente con la de los años 30? Para responder rápidamente y aparcar un tema que daría para una amplia discusión, puede decirse que la incorregible fe de los neoliberales en el mercado, la codicia, elevada a virtud por un capitalismo sin ética, y la absoluta falta de oposición política han cegado a unos y otros.

El retorno de Keynes

Lo que se denominó “pacto keynesiano”, supuso la intervención del Estado en una doble faceta: por una lado, mediante la regulación de la demanda efectiva a través del presupuesto; por otro, mediante el Estado del Bienestar. Dicho pacto y, en general, el keynesianismo, funcionó en un contexto de un crecimiento económico espectacular hasta la crisis del petróleo y, sobre todo, hasta los años 80 y la caída de la Unión Soviética. A partir de ahí, el triunfo del neoliberalismo es aplastante: avanza a grandes pasos la desregulación financiera; se ataca y se va desmontando el Estado del Bienestar y, como consecuencia, el crecimiento da lugar a un ampliación de la brecha entre pobres y ricos, tanto a nivel nacional como internacional. Las causas del pacto keynesiano dejaron de existir, en la medida en que, económicamente, ya no hacía falta un suministro de mano de obra cualificada por parte del Estado, y, políticamente, porque había desparecido el peligro de que la clase obrera se entregara a veleidades socialistas.
Tras la euforia neoliberal ha llegado la crisis y, con ella, el retorno de Keynes.
No hace falta insistir en ello: los programas de todos los gobiernos, con algunas y variaciones, se basan en dos tipos de medidas. Por un lado, un fuerte impulso al gasto público en inversión productiva; por otro, un aumento significativo del gasto social, todo ello, en una muy keynesiana perspectiva de generar confianza.
Lo que se plantea desde todos los gobiernos, desde posiciones más o menos keynesianas, no es más que el intento de capear la crisis para volver a la senda del crecimiento sin límites; en otras palabras, se trata de apuntalar el capitalismo y mantener en lo esencial las actuales estructuras de poder.
Por otra parte, desde posiciones de izquierdas se defiende la intervención del Estado, centrado sobre todo en promover el consumo de los trabajadores y las medidas sociales, frente al apoyo a los bancos y al consumo de las clases medias altas. Este punto de vista finalmente propone una solución a la crisis en la que los sacrificios no recaigan sobre los trabajadores sino sobre los más ricos. Sin embargo, el objetivo es el mismo: tras la crisis, restaurar el capitalismo y el crecimiento, aunque con un Estado del Bienestar reforzado y un consumo creciente de los trabajadores.

Las alternativas: la perspectiva del decrecimiento

No parece que la actual crisis sea un fenómeno casual y pasajero. Ya he señalado como la inestabilidad es congénita al capitalismo, pero también hay que insistir en el hecho de que este sistema económico es, sobre todo, explotador, depredador y productor –a través de la escasez- de la ilusión de un bienestar para todos, a través de un consumismo exacerbado.
Por otra parte, y a diferencia de las crisis anteriores, actualmente nos encontramos en un contexto nuevo y mucho más grave: el derivado de la perspectiva a corto plazo del agotamiento de los recursos naturales, energéticos y materiales y la destrucción acelerada del medio ambiente cuya expresión más llamativa (aunque no la única) es el cambio climático.
Aunque es comprensible que, desde las posiciones de la izquierda clásica, se defienda al Estado del Bienestar, como si fuera únicamente una conquista de la clase obrera, no se sale con ello de la paradoja de que el crecimiento del nivel de vida de los trabajadores es, justamente, un elemento clave en el mantenimiento del capitalismo.
Para escapar esta contradicción insoluble, la única solución renunciar al mito del consumo creciente, no sólo por la perversidad que ello supone (y el espejismo que representa), sino porque, como se ha dicho, los límites materiales, energéticos y ecológicos impiden ya considerar seriamente la perspectiva de un crecimiento ilimitado.
Es decir, se trata, en términos generales, de sustituir la lógica del crecimiento ilimitado por la del equilibrio, lo que significa subordinar ( o aún disolver) la economía a los imperativos colectivos. Dicho de otra forma, en partir de lo concreto colectivo en vez de lo abstracto global: en definitiva, un cambio cultural que, desde hace unos años, viene simbolizado por a consigna del decrecimiento.
Ya existe alguna bibliografía sobre el tema, (por ejemplo, Serge Latouche, La apuesta por el decrecimiento, Icaria Editorial, Barcelona, 2008), que constituye una completa exposición por parte de uno de los principales protagonistas de la formulación de este tema. A este libro, y a una posterior elaboración propia me remito para no alargar este escrito.

22 Ene 2009

La crisis y la opción por el decrecimiento

Escrito por: robert-tomas00 el 22 Ene 2009 - URL Permanente

Uno de los aspectos de la actual crisis es que obliga, de un modo u otro, a replantear todas las ideas y las prácticas vigentes hasta el momento, y no sólo las económicas. En esta perspectiva no es sorprendente que se llegue a afirmar la necesidad de “refundar el capitalismo” o, más modestamente, “reformar las instituciones financieras”. En todo caso, parece llegado el fin de una época de dogmatismo generalizado bajo la égida del pensamiento llamado, para entendernos, neoliberal, y se abre una necesaria época de reflexión sin cortapisas.
Contra la actual tendencia a limitar la discusión a las medidas para salir de la recesión y paliar sus consecuencias más inmediatas, hay que recordar e insistir en el contexto en el que se inscribe esta crisis y, en particular, sus dimensiones más estructurales. Dicho de otro modo, la urgencia de la crisis económica actual no ha de hacer olvidar (como parece que se pretende) la importancia de los componentes culturales, sociales y ecológicos.
En esta perspectiva, es oportuno comentar la entrevista a Rajendra Pachauri, quien “permanece al frente desde 2002 del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU y dirige el Instituto de Recursos Naturales y Energía de India”, y Premio Nobel de la Paz (2007), publicada en El País de 12 de enero de este año.

1. Las políticas diseñadas para hacer frente a la crisis económica deben enmarcarse y ser coherentes con aquellas destinadas a hacer frente a los condicionantes ecológicos y, en particular, los que se derivan del cambio climático.
Esto significa, en primer lugar, que no basta un política genéricamente keynesiana, de inversión pública, sino que dicha inversión debe ir destinada, no sólo a la creación empleo y demanda efectiva, sino que debe concretarse en inversiones que se dirijan a cambiar las pautas de producción y consumo, de forma que estas se adapten a las exigencias ecológicas. Así, por ejemplo, como menciona el economista indio, debería invertirse “en la investigación de energías renovables” y a “ crear empleos ecológicos”.
Desde esta perspectiva es absurda la recomendación del presidente de la Generalitat de Catalunya, José Montilla, quien declaró a una emisora de radio, que los catalanes que pudieran gastar, lo hicieran: “esta gente que puede consumir y que se tiene que cambiar el coche lo tendría que hacer”, para que se mantuvieran en la medida de lo posible, los puestos de trabajo, sin importar qué se consumiera.

2. A la vez “debemos unirnos en la búsqueda de un nuevo modelo de consumo y producción”, y menciona algunas medidas, encaminadas a evitar el derroche de agua y energía, como por ejemplo, limitar el uso de calefacciones y aires acondicionados, el coche, y el consumo de carne.
Es interesante recordar aquí como ya en 1975, en el contexto de la denominada “crisis del petróleo” se propusieron medidas similares, cuyo eco fue imperceptible, y que se inscriben en la misma línea de pensamiento que ejemplifica Rajendra Pachauri.
Me refiero al informe de la Fundación Dag Hammarskjöld titulado “What Now” y preparado con ocasión de la Séptima Sesión Especial de la Asamblea de las Naciones Unidas que tuvo lugar del 1 al 12 de septiembre de 1975. Recordemos que en aquellos años se discutía la necesidad de un Nuevo Orden Económico Internacional, a raíz del impulso de los Países en Desarrollo. Centrémonos en los aspectos concretos antes aludidos.
El informe propone varias medidas (ejemplificadas en el caso de Suecia, como ejemplo de país desarrollado), a saber:

i/ Establecer “un límite máximo de consumo de carne” , a partir del conocimiento del coste energético que supone la producción de proteína animal. Ahora, en 200), podemos añadir un argumento más: según el economista indio, “Hay una gran emisión de gases de efecto invernadero en el proceso para comer un filete, que comienza con el alto consumo en pastos -lo que exige deforestación- y en agua que requiere criar una vaca y continúa por llevarla al matadero, guardar su carne en cámaras frigoríficas, transportarla y cocinarla.”

ii/ Establecer “un límite máximo en el consumo de petróleo”, medida que no merece ya la pena comentar.

iii/ “Uso más económico de los edificios”, a partir de la racionalización del uso de los espacios y de los recursos constructivos. Actualmente, como sabemos las soluciones respecto a las variables ecológicas han sufrido un avance importante.

iv/ “Mayor duración de los bienes de consumo”. Esta propuesta es especialmente interesante. Entre las medidas que se sugieren cabe destacar:
a/ Obligatoriedad de una vida media mínima para los diferentes tipos de productos.
b/ Responsabilidad y garantía de por vida de los productos por parte del fabricante.
c/ Facilidad de reparación por el propio usuario
d/ Cita textual “Algunos productos básicos (por ejemplo, ropa de trabajo, zapatos, bicicletas) de muy alta calidad deberían ser asequibles y vendidas a precios de coste (lo que probablemente requeriría una intervención gubernamental…)
f/ Y seguramente la propuesta más radical: “No a los automóviles de propiedad privada”. Y sigue “ El automóvil es, para lo mejor o para lo peor, un símbolo de la vida moderna industrial. No parece ni necesario ni aconsejable prescindir de esta herramienta flexible y técnicamente avanzada (…) Pero debe controlarse su uso para prevenir que se extienda como un cáncer”. Se propone a continuación haya un control público, por ejemplo, no permitiendo el tráfico automovilístico individual en el centro de las ciudades; para el tráfico intermedio, los ayuntamientos alquilarían coches a precios reducidos (el mismo principio, por cierto, que el ‘bicing’); limitación de velocidad a 90 kilómetros por hora fuera de las ciudades, simplemente mediante la limitación al uso de vehículos más veloces (un enfoque que se aplica ya en EE.UU.); obviamente se aumentaría el transporte público. Todo ello redundaría en el ahorro energético, el descenso de accidentes, y la reducción de la contaminación.

3. Como se ve, no se ha avanzado mucho por lo que se refiere a las propuestas, aunque ahora existen argumentos más elaborados y asentados, en particular por lo que respecta al cambio climático.
Está claro –ya lo estaba en 1975, hoy en día aún más- que obstáculos no son de tipo técnico sino cultural. Así, cuando Rajendra Pachauri afirma que “debe haber una convergencia en los niveles de vida”, está claramente diciendo que los países ricos deben reducir su consumo, lo que implica el fin del consumo indefinido. Tras esta afirmación, la entrevistadora le pregunta:

“P ¿Considera que Occidente aceptará limitar su consumo?

R. Sé que es difícil pero será peor si no lo hace porque no se puede tener un mundo dividido. La brecha conduciría al terrorismo, a la ira, al resentimiento de los países más pobres por las dramáticas consecuencias que sufrirán por un cambio climático que no han provocado. La huida de la sequía y de la hambruna provocaría millones de refugiados.”
(…)
“El reto es usar la tecnología y los precios, al tiempo que modificamos el estilo de vida. Ya hemos abusado demasiado de la naturaleza.”

“P. ¿Cuáles son las prioridades?

R. Hay que cambiar los valores y la filosofía de la vida.”

En otras palabras, y sin utilizar el término, el economista indio está afirmando la necesidad de emprender la vía el decrecimiento, que “sin renunciar a la buena vida”, opte por una “simplicidad voluntaria”.
Los obstáculos no son técnicos –hay medios suficientes para ello- sino, mucho más importantes, culturales, sociales y políticos. Pero el cambio es inevitable.

19 Dic 2008

La crisis: un mundo keynesiano

Escrito por: robert-tomas00 el 19 Dic 2008 - URL Permanente

Viene el título a cuento de una afirmación, recogida en un artículo publicado en El País de 18 de diciembre, titulado “Debemos consumir pero no podemos”, y que el articulista (Lluís Pellicer) pone en boca de José García-Montalvo, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Pompeu Fabra, concretamente: “En teoría, y en un mundo que hoy es keynesiano, se debería consumir más”.
1. Posiblemente bastantes lectores del artículo se preguntarán que significa la expresión “un mundo keynesiano”, y aunque no se lo pregunten, es bueno, al hilo de la afirmación, reflexionar sobre la crisis actual.
Dicho sea de forma sucinta, un mundo keynesiano significa que, contra el postulado fundamental de la economía liberal, a saber, que en el mundo reina la escasez, estamos en un mundo (y una crisis) de abundancia. Abundan todo tipo de bienes que no encuentran comprador, desde viviendas hasta ropa, desde automóviles hasta comida, desde materias primeras hasta trabajadores; y lo que es más importante, la crisis, se autoalimenta, de forma que todas las previsiones apuntan a que la abundancia de hará cada vez mayor en los próximos meses. De ahí la recomendación genérica, que más a delante habrá que matizar, de que se consuma, pues tal es el objeto del artículo que estoy comentando.
Hay que insistir en que esta situación paradójica, la crisis en medio de la abundancia, pone de manifiesto la incapacidad del análisis económico convencional para entender la crisis. Como se ha mencionado más arriba, los economistas liberales explican que la economía es una ciencia de los recursos escasos, y en esta premisa basan sus análisis y recomendaciones, premisa que, como acabamos de ver no se ajusta a la realidad. De ahí la afirmación de que el mundo es hoy keynesiano.
Correlativamente, la salida de la crisis, es decir, la vuelta a una economía capitalista normalizada (en crecimiento) ha de basarse en el instrumental analítico keynesiano.
Sin embargo, la receta keynesiana no se limita a un vago y genérico aumento del consumo, sino que implica que sea el Estado quien inyecte un fuerte gasto en la economía, pero teniendo en cuenta el efecto concreto de este gasto, pues ha de procurarse que incida en aquellos sectores que, en plazo breve, puedan crear numerosos puestos de trabajo que den un impulso a la demanda tanto de bienes de consumo como de inversión. Por eso los gobiernos están lanzando planes de inversión en obras públicas, fundamentalmente, pues éste es un tipo de gasto generador de empleo a corto plazo, a pesar de incurrir en déficits presupuestarios elevados, lo que, por cierto, va radicalmente en contra de los postulados liberales tradicionales.
2. Pero podemos llevar la reflexión más allá de la simple constatación del diagnóstico de la actual crisis.
El articulista, y los diferentes economistas entrevistados, van todos ellos en la misma dirección: “los economistas recomiendan no caer un una vorágine psicótica y consumir, pero de forma racional y sin endeudarse” Lo que se desprende de esta afirmación y del conjunto del artículo (¡desde su mismo título!) es la necesidad de consumir para salir de la crisis.
Dos observaciones al respecto:
Primera: la crisis, según un amplio consenso, se origina en un consumo excesivo y basado en el endeudamiento (el cual fue generosamente promovido por los bancos). ¿Era esta conducta irracional? No parece que todo el mundo, en particular los responsables económicos y financieros, actuaran irracionalmente. Al contrario y, volviendo a planteamientos keynesianos - aunque no sólo- la racionalidad individual desemboca en la irracionalidad colectiva del mercado. La crisis no fue consecuencia de la irracionalidad, sino de comportamientos individuales racionales no coordinados: el mercado libre, autorregulado.
Segunda: ¿Qué significa la repetida insistencia en el consumo? Algo aparentemente obvio, pero que sólo lo es si admitimos que el capitalismo es el único modelo de economía y de sociedad posible: lo importante es consumir, más y más. No importa qué se consuma, mientras se consuma. Si el consumo se frena, llega la crisis, y con la crisis, el descenso del consumo. ¿El consumo? En efecto, si por consumo se entiende el gasto en bienes que, aparentemente satisfacen las necesidades humanas. ¿Pero que necesidades son éstas, que, forzosamente han de ir aumentado continuamente para poder seguir aumentado correlativamente el consumo, o sea el gasto, y la producción? ¿No será, más bien, que el sistema está preso en, una “vorágine psicótica” del crecimiento por el crecimiento mismo?
Cuando se dice que “debemos consumir” se nos está diciendo, sencillamente, que debemos gastar todo lo que podamos (racionalmente, eso sí) para que el sistema funcione y se perpetúe.
Quizás lo más racional sería invitarnos a satisfacer nuestras necesidades, individuales y colectivas, con el menor gasto posible, pero no parece que esta sea la lógica de este capitalismo, ni siquiera en un mundo keynesiano

18 Dic 2008

La crisis: tiempo de milagros

Escrito por: robert-tomas00 el 18 Dic 2008 - URL Permanente

Una de las consecuencias más inesperadas de la presente crisis es, sin duda, la irrupción de lo milagroso. ¿Acaso no es un milagro la conversión de George W. Bush quién declaró –según cita El País del miércoles 17 de diciembre en su portada- “He abandonado los principios de la economía de mercado”? No ha de extrañarnos mucho este abandono de la idolatría, dado que se produce en un contexto en que el espectáculo de tintes espirituales ha adquirido un singular protagonismo.
Así, a semejanza de las procesiones que, con ocasión de la pertinaz sequía del pasado año, se organizaban para pedir al Ser Supremo el milagro de la lluvia, los trabajadores de diversas empresas amenazadas de cierre salen en manifestación para reclamar el milagro de la supervivencia de las plantas productivas y el mantenimiento de los puestos de trabajo. Incluso, con devoción semejante al peregrino que va a Lourdes en busca de la curación milagrosa, el presidente de la Generalitat ha ido a Santuario de las Supremas Empresas Multinacionales para implorar la gracia, lo que no parece haberse producido.
Del mismo modo que es mas fácil que un camello pase por el ojo de una aguja ,que un rico entre al reino de los cielos, más fácil es que llueva cuando se sale en procesión, que las empresas capitalistas cambien de lógica, aun cuando se lo imploren trabajadores y políticos.
Nunca ha sido objetivo de las empresas la creación de puestos de trabajo, sino la producción de beneficios, por lo que, tanto la cantidad como la calidad de trabajadores a emplear, y la propia situación de sus plantas productivas, han sido consecuencia de las decisiones individuales de las empresas. Por eso el paro es un fenómeno inevitable, aunque a veces se produzca una escasez de trabajadores que la inmigración suplirá inmediatamente. Por eso se alzan voces empresariales pidiendo flexibilidad, es decir la capacidad de contratar y despedir cuando se quiera. Por eso, aunque nos parezca una incongruencia, se acaba de plantear (y afortunadamente derrotar) la propuesta de la jornada de 65 horas, que significa sobre todo la posibilidad de negociación individual. Por eso, como los trabajadores dependen para su contratación de las decisiones de los capitalistas, y estas de las expectativas de beneficio, los trabajadores no tienen más remedio que pedir a quién puede decidir que se mantenga la producción, la inversión y los puestos de trabajo. Por eso, conseguirlo, sería un milagro.

28 Oct 2008

A VUELTA CON LA CRISIS: EL MITO DEL CAPITALISMO PRIMITIVO

Escrito por: robert-tomas00 el 28 Oct 2008 - URL Permanente

Seguimos con la crisis. Hoy en El País (suplemento para Cataluña) aparece un artículo de Antón Costas titulado “Salvar al capitalismo de sus depredadores”, en el que argumenta lo siguiente:

“Hay que recuperar los valores básicos del capitalismo primitivo, aquellos que le dan legitimidad social. Por una parte, la cultura del esfuerzo y del trabajo responsable y bien hecho, premiado con un salario adecuado y una jubilación digna. Por otra, el principio fundamental de que quien recibe los beneficios también ha de correr con las pérdidas. Para ambas tareas, la mano visible del Estado, la regulación y el control público, es insustituible y urgente.”

Que la “mano visible” del Estado es imprescindible para el mantenimiento del capitalismo, como señala el propio autor, es algo ya mencionado por Marx. Sin embargo, la intervención del Estado, contra lo que parece afirmar el articulista, no se realiza para retornar a ese mítico capitalismo primitivo, sino como explica Karl Polanyi en "La gran transformación", para defender al propio capitalismo (entendido como una sociedad de mercado) de su dinámica autodestructiva.

Antón Costas se refiere a un “capitalismo primitivo” que tiene resonancias de una edad de oro (o de paraíso perdido). La degeneración se ha producido a causa del crecimiento de “una nueva casta de altos directivos y ejecutivos excepcionalmente bien retribuidos que, sin embargo, no se consideran responsables de las consecuencias de sus decisiones.(…) Esta nueva casta ha desarrollado un nuevo capitalismo cuyo rasgo cultural es la irresponsabilidad” Esta casta y sus actuación, este nuevo y mal capitalismo “se ha expandido como un virus que ha intoxicado al conjunto de la economía, la depreda y amenaza con destruirla”.

El profesor Costas caracteriza este capitalismo primitivo como aquel en el que el trabajo responsable y bien hecho era premiado con un salario adecuado y una jubilación digna. Me pregunto donde estuvo ese capitalismo primitivo: no ciertamente en la Inglaterra victoriana, en la que el Estado tuvo que poner freno a los instintos primitivos de los capitalistas mediante la limitación al trabajo de niños y mujeres. La conquista de unas condiciones de trabajo dignas, y de un salario adecuado, y una jubilación igualmente digna, ha sido debida a la lucha y al sacrificio de los trabajadores, que el Estado moderno ha protegido, hasta ahora, aunque, como es notorio, las condiciones de trabajo y las retribuciones, han empeorado en los últimos años. Por no hablar tampoco de ese capitalismo primitivo de los “países emergentes”, que emergen, justamente, a través de la explotación despiadada de los trabajadores, como es particularmente notorio en el caso de China.

No existe, como afirma el articulista, un capitalismo bueno y otro malo. En sus propios términos:

“La historia financiera nos enseña que el capitalismo es como el colesterol: lo hay del bueno y del malo. El buen capitalismo es como el colesterol bueno, no hace daño; al contrario, fortalece mediante la creación de riqueza. Pero en las últimas décadas el colesterol malo del capitalismo se ha expandido como un virus que ha intoxicado al conjunto de la economía, la depreda y amenaza con destruirla”.

Capitalismo no hay más que uno, y si algo nos enseña la historia (y no sólo la financiera), es que se trata de un sistema depredador y autodestructivo y que las condiciones de los trabajadores sólo han podido acercarse a una mínima dignidad gracias a la acción de los propios trabajadores. ¿Los valores del capitalismo? El enriquecimiento, la búsqueda del beneficio por cualquier medio.

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