04Oct, 2008
Antonio Orlando Rodríguez, Premio Alfaguara de Novela 2008
"Ser anticastrista abre puertas en la literatura"
Es cubano de nacimiento y formación, pero huyó de la isla hace 17 años. Lo hizo, dice, para seguir creciendo como escritor. Al ganador del Premio Alfaguara de Novela 2008 no le entusiasma ser etiquetado como anticastrista, aunque eso le cierre algunas puertas.
Por Roberto Valencia y Elena Salamanca
La sala donde espera está en el edificio de la editorial Alfaguara en El Salvador. Es pequeña, claustrofóbica y depende de los tubos fluorescentes, aunque sean las 11 de la mañana. Hay cuatro mesas blancas que forman un rectángulo y sillas negras a su alrededor. La decoración es mínima: un descolorido mapa de El Salvador, un cuadro una pizarra que alguna vez fue blanca y poco más. Al abrir la puerta, Antonio Orlando Rodríguez se levanta, y saluda respetuoso, sonrisa en la boca.
-¿Todo bien? ¿Cansado por la gira?
-Todavía no he desayunado.
Antonio Orlando Rodríguez –escritor, 52 años, cubano– es el ganador del Premio Alfaguara 2008, el reconocimiento con el que el Grupo Santillana bendice a un literato de habla hispana cada año desde 1998. Son $175,000, una retorcida escultura y la publicación simultánea de la obra en toda América Latina y España. Tanto agasajo, eso sí, tiene una penitencia: la maratónica gira promocional que obliga al autor a visitar todos los países donde la editorial tiene presencia.
Hoy es 24 de septiembre. Antonio Orlando ha aterrizado hace unas horas procedente de Guatemala. Ha estado en un programa de radio, y después de esta entrevista tendrá que conceder dos más, ir a firmar ejemplares a La Ceiba y asistir a un conversatorio en el Museo de Arte.
-Y después de esa presentación tengo una actividad muy importante: ir a la cama, dormir.
De manera inexplicable logra neutralizar el cansancio apenas comienza la primera pregunta. Durante la hora de plática se muestra interesado, gesticula con las manos, mira a los ojos de los entrevistadores y se entusiasma con algunas de las preguntas, en especial las referidas a lo que le trajo aquí: la presentación de su libro “Chiquita”. Hay también tiempo para repasar algunos pasajes su vida de escritor y periodista formado en Cuba y exiliado desde 1991. A tenor de sus respuestas, Antonio Orlando es anticastrista, pero su anticastrismo no es visceral. No es un odio político, no se amolda a ese rechazo tan extendido en América Latina hacia lo que representa la Cuba revolucionaria, no se esfuerza por negar logros al sistema cubano. De hecho, cuestiona veladamente el uso de la política que hacen otros escritores cubanos: “Sé que abre muchas puertas ser anticastrista, pero quisiera que a mí no se me abrieran nunca de esa manera”.
El libro que vino a presentar, de hecho, no es político. “Chiquita” es un generoso ejemplar de más de 500 páginas que narra la biografía de Espiridiona Cenda, una liliputiense cubana que triunfó en los principales teatros de Estados Unidos a inicios del siglo XX. El escritor reconstruye su vida alternando datos reales con datos inventados, y el resultado es lo que el jurado del premio coincidió en calificar como “una novela a la vez elegante y llena de vida, con una notable gracia narrativa y una imaginación sin descanso”.
¿Qué diría Chiquita si leyera la novela?
Posiblemente algunos pasajes la exasperarían, y posiblemente con otros su ego quedaría satisfecho. Pero creo que en cualquier caso, tratándose de una pequeña diva en miniatura, le complacería el hecho de que los reflectores estén nuevamente sobre ella, después de haber permanecido varias décadas en el olvido.
Tiene un gusto por los personajes excéntricos, un contraste con usted, que no lo parece.
Bueno, quizá justamente por la atracción que sentimos por nuestros contrarios, ¿no? Aunque, más que excéntricos, la palabra sería singulares. Me gustan los personajes que se salen de lo común, que son excepcionales o se ven de pronto en medio de circunstancias excepcionales y que tienen que tomar decisiones o actitudes poco usuales. Y a esos personajes, que pueden resultar desconcertantes, me atrae quitarles esa cáscara, llegar a la médula y descubrir que en su esencia tienen muchos puntos en común con la generalidad de las personas.
¿Se siente de alguna manera identificado con Chiquita?
No, ella tiene un componente de divismo ajeno a mi personalidad. No creo que Chiquita hubiera podido estar semanas sin salir de su casa, como hago yo, porque ella necesitaba de la admiración de su público. Yo comparto su condición de emigrante, ambos llegamos a Estados Unidos en un momento en el que existe una gran curiosidad por el destino de Cuba, pero fue muy difícil construir el personaje porque somos distintos.
En la novela no se siente que sea rechazada socialmente por su estatura.
Llegó un momento, y esto lo descubrí cuando empecé a investigar, en el que en el mundo del espectáculo existió una particular fascinación por este tipo de personajes. Lo que sucede es que, del mismo modo en que Chiquita fue privilegiada dentro del gremio de artistas liliputienses, hubo otros que eran tratados como animales. Había toda una escala: los que estaban en los grandes teatros de Nueva York y Europa y los que estaban en las barracas de los circos ambulantes en jaulas. Digamos que Chiquita se movió en la escala superior, y de ahí esa diferenciación que tú aprecias y que es acertada.
¿Le sobreviven familiares a Chiquita en Cuba?
No, no hay. Fue un personaje muy difícil de seguirle el rastro. Y es curioso porque fue un personaje muy conocido, pero después cayó en un olvido muy profundo. Rastrearla fue un trabajo arduo; sin embargo, no toda la información que encontré, la usé en la novela. Hubo cosas de su vida que me parecieron que eran poco novelescas y decidí sustituirlas.
¿Como cuáles?
Bueno, en ese caso estaría revelando la receta de la cocina. Y no, no la voy a revelar.
¿A usted le hubiera gustado conocer esa Cuba de la novela, la de finales del siglo XIX?
Fue una etapa sumamente dura de la historia de Cuba. La guerra de nuestra independencia yo creo que fue la más cruel de todas en América Latina. Yo no me imagino viviendo en aquella época, no me imagino sin mi correo electrónico, aunque son décadas que me interesan mucho como escritor y como lector, por todos los cambios sociales, morales, los movimientos tecnológicos y el reacomodamiento político que hubo en el mundo.
A los escritores cubanos siempre se les pregunta por su país…
Digamos que es nuestra maldición.
¿Le molesta que se ondee más su faceta de cubano que su faceta de escritor?
Me molesta que se conceda demasiada importancia a mi opinión sobre asuntos relacionados con política cubana. Yo no soy un hombre del mundo de la política, mis opiniones son las mismas que puede tener cualquier hijo de vecino. Sé que hay escritores que realmente están muy involucrados en la política y sé que hay escritores a los que les encanta jugar a politólogos. No es mi caso. Pero igual, si quieres que responda algo, lo hago con mucho gusto.
Usted ha dicho que el régimen trata a los intelectuales como minusválidos mentales.
Yo creo que cuando no das a las personas la oportunidad de elegir y de expresarse, de comportarse libremente o cuando estás poniendo barreras, los estás tratando como si fueran niños. Los niños tienen sus espacio para jugar, su patio de recreo, pueden gritar, pueden jugar, pero hasta cierto punto, hasta el punto en que no molesten a las autoridades.
Pero usted debe su intelectualidad a Cuba
Bueno, digamos que… sí. Obviamente, recibí mi instrucción ahí, pero creo que igual habría sido escritor si hubiera recibido mi instrucción en cualquier otro sitio, porque el deseo de escribir iba en mí.
¿Usted se considera parte de ese exilio políticamente ruidoso?
No. Ya ves que no me encontrarás nunca hablando de política. Y menos para promocionar mis obras.
¿Abre puertas en la literatura definirse como anticastrista?
En determinados contextos, posiblemente sí. En otros, dependiendo del lugar donde estés o del periodista que te esté entrevistando. Posiblemente la posición extrema te rinda más dividendos. En mi caso, la política nunca es mi centro de atención y me gusta que mis libros se defiendan por sí mismos. Sé que abre muchas puertas ser anticastrista, pero quisiera que las puertas a mí no se me abrieran nunca de esa manera.
La muerte de Cabrera Infante fue empaquetada como la muerte de un anticastrista.
Vivimos etiquetados. Algunos periodistas en Cuba a mí me han etiquetado como asalariado del grupo PRISA (el grupo mediático español dueño de Alfaguara), y en otros lugares me etiquetan como un escritor anticastrista. Yo soy simplemente Antonio Orlando Rodríguez. Y digo lo que pienso cuando lo quiero decir, porque a veces no estoy de ánimo para decirlo. Me fui de mi país hace 17 años para poder darme el lujo de decir lo que pensaba cuando quería, pero nunca he tenido vocación de marioneta. Nunca he bailado al son de ninguna música. Ni de la de aquí ni de la de allá.
Las críticas sobre “Chiquita” han sido buenas, ¿qué tal las ventas?
No sé. No me preocupa en lo absoluto. Me encantaría, obviamente, que el libro se venda bien, porque eso significa que llega a mayor número de lectores, pero no es algo que me desvela, nunca pregunto cuánto se ha venido el libro. Tengo un agente literario que se ocupa de esas cosas, y lo que más me interesa cuando voy a los países es la oportunidad de conversar con la gente, de conocer lectores que me den sus impresiones. A veces me revelan aspectos de mi libro y descubro que están ahí, gratamente.
Hablando de lo que dicen los lectores, en la página 150 aparece una niña llamada Carilda, pero es 1896 y Carilda Oliver no había nacido.
Sí es Carilda. Es un guiño cariñoso a una gran figura, a una leyenda de las letras cubanas. Estaba escribiendo sobre Matanzas, y quise introducir ese pequeño homenaje. El libro tiene también un homenaje a José Jacinto Milanés, que es el gran poeta de Matanzas. Fueron digamos, guiños amorosos y respetuosos, dirigidos a esas personalidades de la cultura de Matanzas.
Hagamos un pequeño repaso a su vida. Usted nace en el interior de Cuba.
Nací en Ciego de Ávila, pero nunca viví allí. Mis padres eran muy itinerantes por razones del trabajo de mi padre, y vivimos en varios lugares hasta llegar a La Habana, cuando yo ya tenía seis años.
¿A qué se dedicaba su familia?
Mi padre administraba empresas y mi madre se dedicaba a criarnos a mi hermano y a mí.
Su infancia coincide con el triunfo de la Revolución, ¿a qué clase social pertenecía su familia?
Mi padre fue una persona que dedicó toda su juventud a la Revolución. Justamente por eso viajaba tanto, porque le encomendaban echar a andar empresas, proyectos, cosas así.
¿Era una persona culta?
No, yo no vengo de una familia de personas lectoras. Creo que el primer gran lector fui yo.
¿Y eso está relacionado con que su vecina fuera la secretaria de Alejo Carpentier?
Esa sí fue una suerte. Yo fui un niño que desde muy pequeño me gustó leer pero, como no venía de una familia lectora, en mi casa no había biblioteca. Entonces tuve la suerte de que Angélica fuera mi vecina. Ella descubrió que me gustaba leer y, a partir de ese momento, los libros que publicaba la Editora Nacional llegaban a mis manos antes de que estuvieran en venta.
Se ha confesado como un adicto a las bibliotecas. ¿Eso viene desde la infancia?
Sí. Ya cuando pude subirme en un bus, accedí al gran mundo de los libros, a la Biblioteca Nacional. En esa época el departamento infantil lo dirigía Eliseo Diego, y era un entorno mágico donde se privilegiaba la fantasía, la imaginación.
En muchos países de América Latina las bibliotecas aún hoy son algo raro.
Los hay. Pero igualmente también hay países donde las bibliotecas son espacios muy frecuentes y que se han ganado su importancia, como Colombia, que es el paraíso de las bibliotecas en América Latina. Hay bibliotecas hasta en los lugares más humildes, y algunas nada tienen que envidiar a las de Europa.
Colombia tiene aún tasas de analfabetismo altas.
Sí. Pero yo creo que también hay una conciencia social que viene desde los años 50 del papel que tiene la biblioteca.
He leído que su héroe de cómic de infancia era el reportero Tintín.
Sí.
¿Influyó este personaje en su elección por el periodismo?
No, no. Todo el mundo se imagina que yo estudié periodismo cuando terminé los estudios, pero no. Yo cuando terminé de estudiar, a los 17 años, empecé a trabajar en una revista, redactando. Y después de que llevaba unos 10 años como periodista fue que fui a la universidad, donde, por cierto, fui compañero de estudios de Juan José Dalton en la escuela de periodismo.
¿A Roque lo ha leído, al papá de Juan José? ¿Qué conocía de El Salvador
¿Cuando vivía en Cuba? Para mí El Salvador era el pulgarcito de América y era el país de Roque Dalton. Conocí su obra porque fue muy apreciada en Cuba. “Taberna y otros poemas” lo releí hace poco, y me impresionó. A todos los que cuando fuimos adolescentes nos gustaba leer leímos a Roque Dalton.
¿Cómo se estudia periodismo en un país donde se ponen trabas a su ejercicio?
Se estudia pésimamente. Son materias muy clásicas que en ningún momento implican un cuestionamiento ni tratan de motivar en el estudiante una postura crítica. Digamos que eran asignaturas clásicas: redacción periodística, géneros periodísticos… Te estoy hablando de mi época, porque después la Escuela de Comunicaciones sufrió una profunda transformación, pero ya no sabría decirte. Pero en mi época era un organismo fosilizado, donde te podía dar clases de periodismo radial alguien que nunca había puesto un pie en un estudio de radio…
Eso pasa aquí hoy.
Bueno, pero allí en mi época era lo usual, era lo general. Sin embargo, sí reconozco que teníamos una ventaja que se ha perdido: recibíamos una formación humanística fuerte, estudiábamos Literatura, Historia y Gramática muy profundamente.
A la universidad llegó una década después ejercer la profesión. ¿Aún creía en el sistema?
No, lo que pasa es que quería tener la experiencia de pasar por las aulas universitarias, porque ayuda a sistematizar estudios, lecturas.
¿Y cómo ha visto el gremio ahora, después de tanta entrevista?
Ahora estoy viendo el periodismo como víctima de los periodistas. He tenido experiencias deliciosas, he encontrado periodistas muy agudos, que vienen muy preparados a las entrevistas y hacen preguntas que no puedes responder con el piloto automático, pero también he tenido experiencias muy ingratas que me han hecho sentir vergüenza de mi gremio. Por ejemplo, un importantísimo periódico de Buenos Aires tituló mi entrevista con una frase que yo nunca dije, y la acompañaron con la fotografía de un roquero… con pelo. Y también he tenido la mala experiencia de que titularan una nota “Escritor anticastrista presenta novela”. Entonces, hay de todo en la viña del señor, por eso digo que a veces me siento avergonzado de ser periodista, y otras veces me siento muy a gusto. En definitiva, no creo que sea la profesión, sino la seriedad y hasta la mala leche que hay detrás.
Nunca ha abandonado del todo la profesión, ¿verdad?
Yo no me considero un periodista como ustedes, es decir, nunca, salvo cuando empecé, he tenido la experiencia de trabajar en un diario, de cubrir distintas secciones. Lo mío ha sido siempre un periodismo más cultural, críticas, reseñas. Por eso a veces pienso que la palabra periodista me queda grande, porque la relaciono más con el hecho de tener que escribir corriendo una nota para publicar al día siguiente.
¿Y qué fue primero, el periodismo o la literatura?
Cuando uno es lector le llega un momento en el que quiere escribir sus propias historias, contar lo que nadie ha contado. Mi primer libro de cuentos se publica cuando tenía 19 años, pero estaba escrito desde que tenía 16. En mí no se dio el típico caso de la persona que escribe periodismo y de ahí pasó a la literatura. En mí se dio a la vez, y cada vertiente se fue enriqueciendo.
En su primera etapa como escritor domina la literatura infanto-juvenil. ¿Elección o estrategia para esquivar al régimen?
Fue una estrategia, consciente. Cuando yo me doy a conocer como escritor, la literatura había tomado un sesgo muy ideológico, se privilegiaban temas que tenían que ver con la ética de la revolución y, al margen de esos temas, a no ser que fueras un Eliseo Diego, era muy difícil publicar. Con este panorama, lo que yo hubiera querido escribir nunca lo habrían publicado, y yo nunca he escrito para las gavetas.
Y así llegó a los libros para niños.
La literatura infantil es un único espacio donde hay cabida para la fantasía, para la imaginación, el humor, el absurdo…. Y a mí me gustaba y me sigue gustando, no fue un sacrificio.
Y el inicio de la búsqueda de lectores adultos se da…
El cambio se da en un momento de, entre comillas, apertura, cuando surge el Ministerio de Cultura, y se comienza a publicar a autores vetados durante años, y resurgen de sus cenizas figuras como Antón Arrufat o la propia Carilda, que habían estado elegantemente marginados. Al son de esos nuevos cambios, un amigo que dirigía una editorial me invitó y, con mucho temor al principio, empecé a escribir para adultos.
Usted se ponía los límites.
Si la censura es terrible, la autocensura es peor todavía.
Le tocó autocensurar entonces.
Cuando uno está viviendo en un contexto en el que sabe que determinados temas no se van a publicar, los evades, los eludes, porque quieres publicar tu libro. Esa es una forma primaria de autocensura.
Eso no ocurre solo en Cuba.
Bueno, pero allí ocurre. Esa fue mi experiencia. Si yo vivo en Colombia, y tengo dinero para pagarme la edición, publico lo que quiero, pero en Cuba no puedo, porque no hay editoriales que publiquen privadamente. Esa es la pequeña diferencia. Claro que fuera de Cuba hay, digamos, elecciones editoriales, porque no creo que se esté dando censura…
Lo que pasa es que el condicionante que puso usted para poder publicar lo que se quiere, el dinero, es muy poderoso.
De acuerdo, pero siempre existe la posibilidad de que te autofinancies la edición. Yo en Cuba no la tenía, porque todas las editoriales son estatales.
¿Está a favor de la autopublicación?
Claro. Hay excelentes obras que fueron autoeditadas, y después descubiertas por alguna editorial o que al menos quedaron en la historia literaria. Muchos de los grandes de la literatura latinoamericana se han publicado sus primeros libros.
¿Quiénes lo influyeron a usted?
Yo desde niño iba a la Biblioteca Nacional. Con ocho años, Eliseo Diego para mí era tan solo un señor con barbita que estaba en una oficina. Yo iba a leer Tintín y las novelas de Los cinco. Luego tuve el privilegio de ir muchas veces a su casa, y cada visita era una clase magistral de literatura y de sensibilidad artística, pero impartida de la forma más llana del mundo. También tuve la suerte de conocer a Dora Alonso, a Félix Pita Rodríguez, a Onelio Jorge Cardoso, es decir, tuve la suerte de insertarme en un mundo cultural del más alto nivel cuando apenas tenía 20 años.
Y la decisión de irse de la isla.
Bueno, pues…
Porque usted salió en avión.
No (se sube en un tono marcadamente irónico), yo no soy un héroe que me fui en una balsa ni nada de eso. Mi caso es que fui invitado por la UNESCO a impartir un curso para escritores en Colombia, y lo vi como la posibilidad de irme, algo que llevaba tiempo valorando. Y no fui yo solo. De los cuatro amigos que escribíamos literatura fantástica, por lo que nos consideraban bichos raros, los cuatro nos fuimos en cuestión de meses. ¿Por qué? Hay un componente de búsqueda de libertad individual, de poder decidir y poder salir del corral en el que un gobierno toma las decisiones por ti, que decide hasta qué invitaciones al extranjero puedes aceptar. Y por otra parte, también quería tener más libertad como creador. Mis últimas dos novelas no son políticas, pero estoy seguro de que no las habría podido publicar en Cuba.
¿Y cómo es que fue a parar a Centroamérica, a Costa Rica?
Tuve la suerte de conocer a la directora de Cultura en Costa Rica, y me invitó para echar adelante un programa nacional de fomento de la lectura. Gracias a la UNESCO, y en ese mismo campo del fomento, pude venir varias veces a El Salvador. A inicios de los noventa, la promoción de la literatura infantil eran palabras que muy poca gente manejaban, aunque había ya autores excelentes que tenían obras de literatura infantil, como David Escobar Galindo.
Pasó otra etapa en Colombia, y terminó en Miami, una ciudad especial para un cubano.
Sí, Miami tiene como un imán para atraer a cubanos, incluso a los que han vivido muchos años en otras ciudades. Yo creo que es por la cercanía cultural a la isla, aunque también por algo muy pragmático y que a las personas se les olvida: que un cubano puede vivir diez años en cualquier país pero sin regularizar su estatus migratorio, mientras que en Miami en un año puedes tener la residencia.
¿Y cómo es la vida en Miami?
Vivir en Miami tanto tiempo me ha permitido descubrir y reírme del estereotipo internacional que existe acerca de esta ciudad. Miami es muchas ciudades en una sola. A la gente le gusta pensar que todos los cubanos que vivimos en allí pensamos igual, actuamos igual, compartimos las mismas posiciones… y no, hay una gran gradación, hay posiciones antagónicas y posiciones que coinciden. Hay muchos “Miamis”, hay muchos rostros, además de que en los últimos años han ido a vivir miles de emigrantes de otros países latinoamericanos. La voz latina se ha pluralizado.
¿Su vida social es entre cubanos?
La mía es una vida social muy limitada. A mí no me gusta lo que nosotros llamamos el cubaneo, es decir, hablar siempre de los temas de Cuba, ni me gusta vivir pendiente solo de la isla. Me interesa Cuba, pero también si secuestran turistas en Egipto o lo que sucede en Afganistán o Brasil. Mis ojos están sobre el mundo, y Cuba me interesa porque es parte del mundo, ¿no?
Y con el premio vinieron también $175,000. ¿Le cambia a uno la vida?
No, para nada. Eso parece mucho dinero…
¿No lo es?
Un dinero que cae así siempre te cae bien, eso es indiscutible, pero no es tanto como la gente se piensa después de pagar todos los impuestos del Tío Sam o de otros tíos que hay en el mundo. Digamos que te da cierto alivio, cierta seguridad, pero como le dije en una entrevista a Jaime Bayly, si se deducen los impuestos y se reparte entre cinco años de trabajo, no es tanto. Pero siempre viene bien la plata.
Y la extenuante gira de promoción. ¿No está harto de las mismas preguntas?
Como respeto tanto a los periodistas por ser yo periodista, me parece vergonzoso dar a todos las mismas respuestas. Sé que hay otros autores que lo hacen, pero yo intento, si el periodista no viene con el punto novedoso, al menos no repetirme como un papagayo. A veces lo logro, y otras veces, no.
¿Qué es lo que siempre le preguntan?
Pues una muy reiterativa que me hacen es cuánto de cierto y cuánto de fantasía hay en “Chiquita”. Otra que me han preguntado muchas veces es qué voy a hacer con el dinero, y es como para responder ¿Y a usted qué le importa?
¿Y lee las entrevistas?
Te voy a ser honesto. Cuando me sentí a gusto en la entrevista, sí me preocupo por tratar de leerla, para saber cómo el periodista la puso en papel. No es por el ego, para nada, porque a mí no me gusta exponerme en público, soy una persona que vive encerrada en su casa. Para mí todo esto de la gira está siendo un gran esfuerzo de voluntad…
No da esa impresión. Se ve extrovertido.
Pero es porque las apariencias engañan.
Antonio Orlando, muchas gracias.
Este es el periodismo que se está haciendo en un país como El Salvador, en el centro de Centroamérica. Formo parte de la generación autodidacta, la que partió de cero, la que partió de la guerra civil, y la que carece de referentes locales. Por ello, internet es la herramienta indispensable para dar a conocer lo que por acá se está haciendo, y sus comentarios son especialmente bienvenidos.
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