18Oct, 2009
Bahía de Jiquilisco. Tan cerca y tan lejos.
Uno de los secretos mejor guardados de la cada vez más competitiva oferta turística salvadoreña es la bahía de Jiquilisco. Catalogada por la UNESCO como Reserva de la Biósfera, la bahía ofrece a quien la visita la posibilidad de rencontrarse con la naturaleza y también permite conocer de primera mano cómo se vive en una comunidad pesquera.
Por Roberto Valencia
Todo era diferente hace unas horas. El agua ha sustituido al asfalto; hay lanchas y cayucos donde antes había autobuses y carros; manglar en vez de cemento; verde en lugar de gris; quietud y no zozobra. El hace unas horas eran las agresivas calles de San Salvador. Y el ahora es un lugar llamado bahía de Jiquilisco, reducto de exuberante naturaleza situado a poco más de
Es una bahía paradisíaca pero no muchos lo saben.
—¿Y el turismo lo ven como oportunidad o como amenaza?
—Para nosotros sería una oportunidad todo y cuando el turista venga a observar nuestros recursos, no a dañar. La apuesta aquí es el turismo sostenible, el ecoturismo –dice Cristabel Flores, directora de Codepa, una ONG que trabaja en y por la bahía desde hace 11 años.
***
Bautizado por
En su currículum destacan dos nombramientos. Desde 2005 forma parte del listado de humedales de importancia internacional Ramsar. Y en 2007
Walter Rojas, de la gerencia de áreas naturales protegidas del Ministerio de Medio Ambiente, prefiere destacar el importante papel ambiental que cumple la bahía, y le apuesta también a un turismo limitado: “Uno de los sueños es fomentar el ecoturismo, ese turismo que comparte con las comunidades, que ayuda a los pobladores y les genera fuentes de ingreso”.
***
Amanece en la bahía. El sol no ha salido, pero ya clarea. En la comunidad
El mar ahora está calmado y plateado. En la orilla los primeros en llegar desembarcan grandes peces. Hay bagres, jureles y pargos, pero en poca cantidad. La pesca, dicen todos por acá, está cada vez peor. Sentado sobre la arena, José Ovidio Perdomo, don Ovidio, observa, quizá añorando los largos años en los que él también fue pescador. Alguien muestra orgulloso un robalo de casi medio metro.
—¿Y aún puede ser más grandes?
—Sí –responde–. Hay veces que hasta de
Don Ovidio nació junto al mar y todo indica que morirá junto al mar, en
—Don Ovidio, ¿y donde se compran estas lanchas?
—Aquí mismo se la pueden fabricar.
Rosendo Castillo –56 años, grueso y cachucha en la cabeza, como casi todos en la bahía– fabrica lanchas de fibra de vidrio, las más solicitadas. Su taller, por llamarlo de alguna manera, está sobre la línea de playa. Es una humilde construcción de palma y madera con techo de lámina que apenas sirve para proteger de la lluvia y el sol las lanchas en ciernes. Él y sus cuatro ayudantes están construyendo ahora una con nevera, para poder pasar varios días en altamar. Es de las que más trabajo requieren. Tardarán nueve días y cobrarán 3,500 dólares por el trabajo.
—A
***
***
El taller de Rosendo está a mitad de camino entre el singular muelle de madera y el vivero de tortugas. Desde hace años funciona en este sector de la bahía una red de guardarrecursos que entre mayo y diciembre están pendientes de los desoves de diferentes especies de tortuga marina: carey, golfina, prieta y baule. Don Ovidio fue por años el encargado del vivero, labor en la que hoy le ha sustituido un joven de 17 años –también de
—¿Y cuánto tarda en nacer la tortuga carey?
—El manual que nos han dado –responde don Ovidio– dice que entre 55 y 60 días después de la puesta, pero, asegún la temperatura que tenemos actualito aquí, yo sé que nacen siempre a los 55 días. Eso yo lo tengo aquí –y se señala con satisfacción la sien.
Para dentro de cuatro días esperan que una nidada eclosione.
Debido a la merma en las poblaciones, El Salvador decidió el año pasado prohibir todo tipo de comercialización de los huevos de tortugas. Este vivero ofrece a los pobladores tres dólares por cada docena que llevan, y el 100% de las tortugas que nacen son liberadas al mar. Además del beneficio medioambiental, la precisión de don Ovidio para conocer las fechas de eclosión de los huevos han convertido las liberaciones de tortugas en un prometedor reclamo turístico.
Algo similar está ocurriendo con los paseos en lancha o en kayak por el manglar. En coordinación con el Ministerio de Medio Ambiente, las distintas cooperativas y asociaciones comunitarias que conforman Codepa comienzan a ver el filón. Ya se está ofreciendo a los pocos turistas que llegan, por ejemplo, que sean ellos mismos los que recolecten entre el lodo las conchas para luego elaborar cócteles.
Adentrarse en el manglar es toda una experiencia. Con un buen guía y marea alta, uno puede llegar en lancha a canales de agua por los que apenas pasa la embarcación. Sea la hora que sea, ingresar en este laberinto de raíces supone un contacto directo con uno de los ecosistemas más productivos del planeta. La vida se respira. La temperatura baja de forma súbita y el sol se desvanece, al punto que las cámaras fotográficas comienzan a exigir el flash para garantizar imágenes iluminadas.
***
Esta crónica apareció publicada en la edición de octubre de la revista Panorama de las Américas.
12Feb, 2008
Se están acabando el manglar
Mucho que decir sobre los punches
Hay conversaciones que duelen. Esta tuvo lugar el 13 de febrero, tras haber pasado el día escuchando quejas de los pescadores artesanales en la desembocadura del río Lempa, en confianza. Aquella es zona que depende en gran medida del punche, un cangrejo que supo hacer del manglar su hábitat y que hoy en día intenta sobrevivir a sus principales enemigos: el mapache y el ser humano. Hay poco que decir sobre a quién debería tenerle más miedo.
—El mapache —habla José Mario Martínez— es listo. Cuando el punche está en la trampa, le hace así con una manita, mete la otra, y ya, saca el punche.
—Solo le hace falta fabricar las trampas, ¿no?
—Solo fabricarlas, sí, pero son buenos los mapaches. Yo, cuando los hallo, los mato y me los como asados, o en sopa.
—Ah, pero se refiere a que son buenos de sabor.
—Sí, ahhh.
—Y, aparte del mapache, ¿qué hay por aquí? ¿Hay venados?
—No, se los acabaron. Mire, cuando se dieron los Acuerdos de Paz aquí había una especie de venados... y se los acabaron los grandes, porque a veces nos piden a los pobres que respetemos el ambiente y los grandes no respetan.
—¿A quién se refiere?
—A los grandes, a los cuelludos. Cuando acabó la guerra venían hasta siete y ocho tiradores en grandes carros...
—...a matar venados.
—Sí, a matarlos, y se llevaban cinco o seis. Este muchacho —y señala a un hombre cuarentón que rápido asiente con una sonrisa— tiene una foto en la que hay tres venados colgados de un solo. A nosotros nos daban 50 pesos por arriarlos hacia donde estaban ellos disparando. Nos daban los 50 colones, y nos dejaban el animal después de quitarle las piernas, los brazuelos y el lomo. Y así mataron todo ese animalero que había.
—Cuche de monte, ¿queda?
—Nada.
—Lo más grande que queda, ¿qué es?
—Solo el mapache… y el gato de monte.
José Mario tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Tiene 50 años, es un punchero de la comunidad La Chacastera, en Jiquilisco, y sus palabras, si bien se circunscriben a una zona concreta, ilustran por qué El Salvador está como está en términos medioambientales. Mal. Lo dice él y lo dice también la prestigiosa Universidad de Yale (Estados Unidos), que en enero hizo pública su actualización del llamado Índice de Desempeño Ambiental. De entre los 149 países evaluados en todo el mundo, en el apartado de Hábitat y Biodiversidad El Salvador tiene a 140 encima y solo 8 debajo.
El país —lo dice Yale— está mal, pero ni ese sombrío panorama impide que todavía haya algunos oasis de vida silvestre regados por el territorio. Una de esas excepciones es la ribera oriental de la desembocadura del río Lempa. Ahí es donde viven José Mario, un indeterminado número de mapaches y miles, decenas de miles, cientos de miles de punches.
En Perú lo llaman cangrejo del manglar; en Ecuador, cangrejo rojo; y en Centroamérica, punche. Su nombre científico es Ucides occidentalis. Se reconoce con facilidad. Sus patas y sus tenazas son moradas, y su caparazón, anaranjado, puede llegar a medir lo mismo que una tarjeta de crédito. Su vida está ligada al mangle, al fango, y quienes los han estudiado afirman que se alimenta de hojas, que tarda un mínimo de dos años en desarrollarse, y que una hembra pone no menos de 120,000 huevos cada año. De esa cifra, con suerte, apenas un puñado llegará a la adultez.
Así es, a grandes rasgos, la vida del punche.
“Si los de la isla Montecristo no se hubieran puesto a cuidar este cañón, no hubiera punches ahora, ni chimbolos hubiera”, exagera José Mario. Habla sobre El Izcanal, un canal de agua salobre que para los residentes en ese sector del Bajo Lempa se ha convertido estos días en motivo de preocupación, de tensiones, de conflicto.
La isla Montecristo que menciona, en realidad, no es una isla. Se puede salir caminando hasta San Juan del Gozo, algo que toma unas cuatro horas, y desde allí hay una calle sin asfaltar que permite alcanzar la carretera El Litoral. Sobre un mapa, la mal llamada isla pertenece a Jiquilisco, pero ellos miran más hacia San Vicente. El caserío La Pita, de Tecoluca, lo tienen a apenas 15 minutos en lancha si atraviesan el Lempa, y hasta allí llegan buses.
La comunidad Montecristo, sin embargo, sí es una comunidad, si como comunidad se entiende a un conjunto de personas que vive en un mismo lugar y bajo unas mismas normas. Son 37 familias, unas 120 personas. En su día se taló mucho, y hay espacio. Las casas están separadas unas de otras, y si hubiera que llamar plaza a algo, sería a la explanada situada frente al embarcadero principal.
En esa plaza, lo que se ve cuando uno desembarca son gallinas que pasean libremente, troncos apilados en el suelo, unos pocos árboles —vivos— que dan una agradecida sombra, casas de bloque y casas de madera, niños, mujeres, perros, hombres, redes para la pesca, hamacas, un pozo, una letrina pública, una vaca tan delgada que se le pueden contar las costillas y un suelo reseco y polvoso en el que se quedan marcadas las huellas de las patas de las gallinas.
Completan el cuadro la Tintorera I, la Sulmita II, las Conchas II y Brasil. Son lanchas, las que no habían salido a faenar. Casi todos se dedican a la pesca artesanal, pero en los espacios usurpados al manglar se cultiva maíz, pipián, ayote y hay una incipiente apuesta por el marañón.
En Montecristo, digan lo que digan las compañías telefónicas en sus campañas publicitarias, no hay señal de celular.
Reyes Cruz Parada también tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Tiene 48 años, punchea aunque no depende de ello para subsistir, usa una cachucha que le cubren las canas y es la persona que la comunidad Montecristo designó para ser su representante. Preside la asociación de desarrollo comunal.
Da la impresión de ser una buena persona. En parte, porque admite errores propios, algo que no encaja muy bien en la forma de ser del salvadoreño promedio. Reyes no tiene reparo en reconocer que la comunidad que representa, la Montecristo, también se pasea en el medio ambiente: “A veces, nosotros mismos somos un poco farsantes, porque no somos todos 10, y es bueno reconocer los errores que estamos cometiendo para ir mejorando”.
Con idéntica claridad —“Aquí han venido a alborotar el panal”— señala al Gobierno, al Centro de Desarrollo de la Pesca y la Acuicultura (CENDEPESCA), como la entidad que causó la preocupación que se ha apoderado estos días de la ribera oriental de la desembocadura del Lempa.
El conflicto se puede resumir así. El ya mencionado cañón El Izcanal ha representado desde hace décadas el sustento para muchas familias del sector. De ahí se extraen punches, también bagre y chimbera y pargo y róbalo... La Montecristo está justo en la entrada a este paradisíaco canal de agua.
Hace casi un año, y por iniciativa propia, la comunidad decidió proteger El Izcanal. La idea la apoyan personas de otras comunidades de la zona, y en todos se percibe un sentimiento de pertenencia sobre el cañón. Ante la cada vez más mayor presencia de pescadores foráneos, aprobaron que vigilarían la entrada y, de buenas maneras, explicarían a quienes lleguen que no se puede extraer recursos. Dicho y hecho.
Todo iba razonablemente bien hasta que CENDEPESCA llegó a “alborotar el panal”. Iba bien porque la medida parece haber beneficiado al ecosistema. Lo dicen los pescadores y lo dice también la Universidad de El Salvador. Un estudio del Instituto de Ciencias del Mar (ICMARES) avala la tesis de que El Izcanal generó más recursos que otros canales sin el acceso restringido. Los técnicos llegaron a esa conclusión después de pasarse buena parte de la segunda mitad el año pasado contando y midiendo punches y peces.
Pese al comprobado éxito de la medida, CENDEPESCA aprobó y publicó en el Diario Oficial a mediados de enero la resolución de la discordia. En ella, se decreta una veda total en el cañón desde el 1.º de enero hasta el 31 de marzo. Pero a partir de esa fecha, cualquier pescador que tenga su licencia vigente podrá llegar a El Izcanal y llevarse cuanto quiera si usa las redes apropiadas y respeta los tamaños. Pueden llegar de La Libertad, de Acajutla, de El Cuco y hasta de Meanguera del Golfo; sin embargo, a los que más temen en la Montecristo, por la cercanía y por su número, son a los de San Luis La Herradura, en La Paz.
Manuel Fermín Oliva Quezada también tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Él es el director general de CENDEPESCA, y es la persona que estampó su firma en la polémica resolución. Sentado en su despacho, ubicado en Santa Tecla, defiende lo que firmó, alegando que es inconstitucional que un grupo de personas se apodere de un cañón, y escudándose en un recién elaborado plan de manejo de los recursos pesqueros en el sector Estero de Jaltepeque-Bajo Lempa.
Aunque Oliva intenta matizarlo, lo cierto es que la resolución tiene un tufo a querer castigar a quienes decidieron cuidar, y beneficiar a quienes sobreexplotaron los recursos que tenían más cerca. Y en todas las conversaciones aparece Jaltepeque, que en su mayor parte pertenece a San Luis La Herradura. Allí, por la pesca descontrolada, hay muchos puncheros y pocos punches; muchos pescadores y pocos pescados. Hasta Oliva está consciente de eso: “Las comunidades grandes, de San Luis La Herradura, de La Zorra (un cantón), si se vienen para El Izcanal, sí va a ser un problema”. Aun así, firmó la polémica resolución.
El Izcanal es un cañón de agua que supera los seis kilómetros de longitud. Arranca en el Lempa, hace un giro curioso alrededor de la Montecristo, y se introduce, paralelo a la costa, en el municipio de Jiquilisco. Salvo algunos claros abiertos para cultivos en la primera mitad, todo lo que se ve a un lado y a otro es mangle, el hábitat del punche. Sin manglar, no hay punche.
Surcar El Izcanal en lancha impresiona. Los últimos dos kilómetros, donde el cauce es más estrecho, son de una espesura tal que adentrarse da la sensación de que comienza a anochecer. El mangle es alto, de hasta 30 metros de altura, y pertenece, dicen quienes saben de esto, a la variedad mangle rojo espigado. Se asemeja a un árbol con dos ramajes: arriba, el tradicional, con sus hojitas; abajo, otro formado por las raíces.
Esa parte inferior, que es la que caracteriza visualmente al manglar, es como si un gigante hubiera arrancado los árboles corrientes de otra parte, les hubiera quitado sus hojas una a una, y los hubiera clavado boca abajo en El Izcanal, dejando la mitad de las peladas ramas fuera del fango.
Así es, a grandes rasgos, el lugar donde vive el punche.
Pablo Ramírez también tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Tiene 56 años, vive en La Tirana y, aunque hay una veda de CENDEPESCA que lo impide, punchea. Lo lleva haciendo años. El 13 de febrero, a eso de las 4 de la tarde, salía del manglar embarrado, con su cachucha, descamisado, y con botas de hule. Junto a su perra Mika había llegado ahí remando en su humilde cayuco a las 7 de la mañana. En la retirada lo acompañaban dos costales llenos con seis docenas de punches. Con suerte, al día siguiente le pagarían unos $8.
Pablo salía sonriente. Conoce a Reyes, el presidente de la Montecristo. Hay camaradería. Los dos son oriundos. Creen que pueden punchear sin poner en peligro el recurso, que pueden ignorar la veda de CENDEPESCA. El temor es a los de fuera, a los que se acabaron el estero de Jaltepeque.
El oficio de punchero no está al alcance de cualquiera. Hay que despertarse antes de que salga el sol, adentrarse en un canal, caminar sobre las estrechas pero resistentes raíces del mangle, saber dónde dejar las trampas, y al final, si un mapache no se ha adelantado, exponerse a un doloroso pellizco al agarrar el punche y o al amarrarle las tenazas con tul o un material al que llaman penca de caulote. Esta es la manera fácil.
La sufrida es sin las trampas, como lo hace Pablo. El fango sobre el que se asientan las raíces del mangle es tan blando que con solo pararse uno se hunde hasta los tobillos. De ahí la importancia de saber caminar sobre las raíces. Cuando esto se domina, un punchero se enfrenta a cientos de agujeros en el lodo, y solo unos pocos tienen premio. Para acertar, hay que saber detectar finísimos aruñazos en la entrada. Con el tiempo, el punchero llega a conocer si es un ejemplar macho o hembra lo que hay en el fondo.
Y la expresión “en el fondo” es literal. Sacar el punche a mano desnuda requiere la mayoría de las veces meter el brazo entero en el fango, hasta el sobaco. La misma operación, y dando por sentado que se acierta en la elección del agujero, hay que repetirla unas 80 o 90 veces para que el día se pueda considerar productivo.
Así es, a grandes rasgos, como se captura el punche.
Nathan Weller también tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Tiene 28 años, estudia en el Monterey Institute de California, y es alto, seco y chele, chelísimo. No le hace falta decir que es estadounidense para que uno infiera que es estadounidense. Llegó en enero al país para trabajar como voluntario de la Asociación Mangle, una ONG local, y lleva varias semanas encuestando a puncheros para radiografiar esta forma de ganarse la vida.
Su trabajo ha permitido conocer que en más de la mitad de las 70 familias de la comunidad Las Mesitas, siempre en Jiquilisco, hay algún punchero. Y que cada uno, en promedio, saca de El Izcanal más de 400 punches semanales desde enero a junio. Y que durante esos meses no tienen otra fuente de ingreso. Por eso el temor a la resolución de CENDEPESCA, a la oleada de pescadores foráneos. “No se llevan 10 ó 20 docenas; son lanchadas”, ilustra la preocupación colectiva el veterano Atlixco Funes Serrano, de la Montecristo.
Carlos Giovanni Rivera también tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Él es uno de los investigadores del ICMARES que estuvo contando punches. Las conclusiones sorprenden. Son cálculos preliminares, advierte, pero en la porción de 30 kilómetros cuadrados en torno a El Izcanal se estima que hay 550,000 docenas. En otras palabras, en un pedazo de tierra poco más grande que Soyapango viven más punches que salvadoreños en todo El Salvador.
Así son, a grandes rasgos, las estimaciones sobre cuánto punche queda en la zona.
Suena a abundancia, pero el propio Giovanni se encarga de contener la euforia. Si 120 puncheros extraen ocho docenas diarias en un año se habrán llevado 350,000 docenas. No hay que ser un experto matemático para suponer qué ocurriría se llegaran 200 puncheros al sector a partir del 1.º de abril. De ahí la preocupación.
Oliva, el de CENDEPESCA, cree que en la Montecristo se está sobreestimando el problema. Dice que a El Izcanal les esperan tiempos mejores por la veda —esa que no se está respetando—, por las disposiciones en cuanto a aperos de pesca que se permiten usar, y por haber decretado tamaños mínimos para poder sacar un punche o un pez.
Al preguntarle quién hará respetará todo eso, contesta que las comunidades, CENDEPESCA y la PNC. La respuesta está cargada de optimismo, pero amerita el calificativo de estúpida si se tiene en cuenta que los que en el discurso de Oliva deberían evitar que un punchero use más de 40 trampas —PNC, CENDEPESCA y comunidades— no han sabido poner freno a un fenómeno ilegal y estruendoso como es la pesca con explosivos.
José Mario, el que se come los mapaches asados o en sopa, lo ilustra así: “Es bombardeo lo que hay en la bahía de Jiquilisco”. Óscar Carranza, un biólogo que trabaja en la zona para la Asociación Mangle, es igual de explícito: “De la isla de Méndez hacia oriente (prácticamente toda la bahía), parece como que es feria, bomba tras bomba”. No está de más recordar que la onda expansiva que en el agua provoca el explosivo revienta a todo bicho viviente que esté cerca.
El Ministerio de Medio Ambiente es el tutor legal de las áreas naturales del país, pero su presencia en este sector es casi nula. Se limita a visitas esporádicas y a canalizar la ayuda de países cooperantes hacia algunos pequeños proyectos. Estados Unidos, a través del el Fondo de la Iniciativa para las Américas (FIAES) es uno de los países que invierten ahí. Ni el hecho de que la bahía de Jiquilisco sea área Ramsar y Reserva de la Biósfera parece haber cambiado mucho la falta de recursos. Basta señalar que este año el presupuesto que el Gobierno destinó al Ministerio de Medio Ambiente bajó un 20%.
Lo que sí apadrina esta cartera son estudios y más estudios. En abril de 2004, en el documento elaborado para pedir que la bahía de Jiquilisco fuera área Ramsar, esto es lo que se constató: “Existe un gravísimo problema de pesca con explosivos a lo largo de toda la bahía (se estima que hay alrededor de 150 personas desarrollando esta técnica de pesca ilegal); existen graves amenazas a la biodiversidad, producidas porque los barcos arrastreros que se dedican a la pesca industrial del camarón faenan muy cerca de la costa, afectando a las tortugas que se aproximan a anidar a la playa, quedando atrapadas en las redes de arrastre. La sobreexplotación tanto de los recursos pesqueros como de las poblaciones de casco de burro y punches es un hecho constatado en toda la bahía.”
Casi cuatro años después, ni el optimismo oficial que encarna Oliva puede afirmar que esas situaciones se han solucionado.
José Mario, Reyes Cruz Parada, Pablo Ramírez, Nathan Weller y Carlos Giovanni Rivera tienen mucho que decir sobre lo que ocurre con los punches de El Izcanal. Todos saben que, ni siquiera respetándose las disposiciones de CENDEPESCA, se evitaría que decreciera el número de ejemplares. Están las cuentas del estudio de ICMARES y están los antecedentes. Lo que auguran ya ocurrió años atrás con el cangrejo azul, que prácticamente ha desaparecido en el Bajo Lempa, y temen que se vaya a repetir con el punche.
CENDEPESCA, cuestionado sobre esta situación, dijo que lo que aprobaron no está escrito en piedra, que es posible que la resolución se revierta, y que El Izcanal no se abra el 1.º de abril para todo el que quiera llegar. Paradójicamente, esa posibilidad, que es lo que quisieran escuchar en la comunidad Montecristo, no dejaría de ser una nueva muestra de debilidad institucional y de falta de rigor en la toma de decisiones que incluso aparecen en el Diario Oficial.
Alfredo Guardado también tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa, aunque él no lo sepa. Tiene 23 años y trabaja en el puesto de mariscos “Gaby”, en el mercadito de Ciudad Merliot, en Antiguo Cuscatlán. Vende la docena de punches a $6. Los tiene vivos, con las tenazas amarradas con tul, igual a como los sacan del manglar. A Pablo, el de La Tirana, le pagan $1.50 la docena si son grandes, y solo —solo— por su traslado a la capital se multiplica por cuatro —por cuatro— su precio. Si los vende cocinados, con salsa de aiguashte y tortillas, Alfredo pide $1.25 por cada punche, $15 la docena.
Por eso también, por ser el que menos gana en toda esta cadena, por no tener alternativas, Pablo tiene que ir cada día con su perra Mika al manglar, a embarrarse, y a sacar seis o siete docenas de punches. O todas las que pueda.
Este es el periodismo que se está haciendo en un país como El Salvador, en el centro de Centroamérica. Formo parte de la generación autodidacta, la que partió de cero, la que partió de la guerra civil, y la que carece de referentes locales. Por ello, internet es la herramienta indispensable para dar a conocer lo que por acá se está haciendo, y sus comentarios son especialmente bienvenidos.
Enlaces
Últimos Comentarios
- Entrevista con Julio Villanueva Chang, fundador de la revista Etiqueta Negra 6 comentarios Anónimo yo yo yo Anónimo
- Bahía de Jiquilisco. Tan cerca y tan lejos. 1 comentario viajealasantipodas
- Un ejemplo de la cooperación española en el tercer mundo 4 comentarios rut Salvador javier Anónimo
- Jon Sobrino, el obseso 1 comentario vh1978
- Antonio Orlando Rodríguez, Premio Alfaguara de Novela 2008 1 comentario vh1978
Tags
Buscar
Archivos
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

