31Oct, 2008
Rafael Correa visita el mausoleo de Monseñor Romero
Por Roberto Valencia
Magaly López, María Espinoza y un tal Rafael Correa se vieron ayer (30 de octubre) en la entrada oriental de catedral metropolitana, en San Salvador. Los juntó el azar y Monseñor Romero. El fugaz encuentro ocurrió al filo de la 4 de la tarde, en un espacio poco más grande que el que hay dentro de un ascensor. Después, cada quien siguió con lo suyo.
—¿Y sabes quién es él? –le pregunté después.
—No.
María Espinoza llega a catedral cada día desde hace cinco años desde El Rosario, cerca del aeropuerto. Se sienta en la entrada oriental de 2 de la tarde a 5 y media. Monseñor Romero, dice, genera movimiento. Ayer estaba en su banquito de plástico con su huacalón lleno de elotes, tamales y atol cuando un tal Rafael Correa se bajó de un potente carro granate. Vio frente a sus narices cómo saludaba a la niña.
—¿Y usted sabe quién vendrá hoy? –le había preguntado media hora antes.
—No.
Rafael Correa, presidente de la República del Ecuador, se ausentó de la XVIII Cumbre Iberoamericana, de la colonia San Benito, para ir al centro de San Salvador, a catedral metropolitana. Su deseo era conocer el mausoleo bajo el que se encuentran los restos de Monseñor Romero. Bajó de su potente Toyota Prado granate y, con la connivencia de su equipo de seguridad, saludó a una niña llamada Magali frente a una vendedora de elotes llamada María. Seguramente el encuentro no se repita nunca.
Después entró en la cripta, raudo. Dejó a los periodistas que lo acechaban sin las ansiadas declaraciones. También había curiosos. A la salida, y entre empujones, alcanzó a decir que Monseñor Romero es un ejemplo de vida para los latinoamericanos, que quisiera que la Iglesia siguiera más su ejemplo. Lo dijo con la voz casi apagada por gritos de viva Rafael, de vivan los gobiernos de izquierda, de Correa, Correa.
Todo ocurrió en apenas 12 minutos. Después, el tal Rafael Correa regresó a la cumbre a proponer una nueva arquitectura financiera regional. Magaly se quedó vendiendo calcomanías a dos por el dólar; y María, vendiendo “atolyelotes, tamales” a $0.25, $030 y $.035.
Este es el periodismo que se está haciendo en un país como El Salvador, en el centro de Centroamérica. Formo parte de la generación autodidacta, la que partió de cero, la que partió de la guerra civil, y la que carece de referentes locales. Por ello, internet es la herramienta indispensable para dar a conocer lo que por acá se está haciendo, y sus comentarios son especialmente bienvenidos.
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