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17Nov, 2009

La figura de "Ellacu" sigue viva

Escrito por: robertogasteiz el 17 Nov 2009 - URL Permanente

La semana pasada hubo cambios en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), en El Salvador. El Museo de los Mártires, en el que se exhiben entre otras cosas ropas y objetos personales de los jesuitas masacrados en 1989, fue remodelado por completo. La nueva sala cuenta con aire acondicionado, tiene una mejor iluminación y las vitrinas son más amigables. Justo en medio, en el lugar más visible, hay una vitrina grande y alargada que contiene las ropas que llevaban los sacerdotes cuando los acribillaron hoy hace 20 años. Entre todas destacan la bata color café, el pijama de botones y las alpargatas azules de Ignacio Ellacuría Beascoechea, “Ellacu”, el filósofo y teólogo oriundo de Portugalete que fungía como rector de la universidad.

El 16 de noviembre de 1989 un comando del Batallón de Infantería “Atlacatl”, del Ejército salvadoreño, asesinó a Ellacuría y a otros cinco sacerdotes: el navarro Juan Ramón Moreno, los castellanos Amando López, Segundo Montes e Ignacio Martín Baró y el salvadoreño Joaquín López y López. En la masacre también murieron la empleada doméstica, Julia Elba Ramos, y Celina, su hija de 16 años.

La acción militar ocurrió durante la llamada “Ofensiva Hasta el tope”, que la guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) había iniciado cinco días antes, y que puso en jaque al Ejército. Si bien no hubo una victoria militar, la magnitud y la organización del ataque aceleraron las conversaciones de paz, que dos años después cuajaron en un acuerdo. La guerra civil en El Salvador duró desde 1980 hasta 1992, y dejó como saldo más de 75.000 muertos.

Desde 1990 la UCA conmemora la masacre cada año. La remodelación del Museo de los Mártires ha sido, de hecho, uno de los puntos de agenda en esta edición. Pero los cambios estéticos en la sala no son lo únicos que ha habido estos días. El vigésimo aniversario coincide con una serie de cambios políticos que han generado reacciones oficiales impensables hasta hace apenas unos años.

La primera sorpresa llegó de Estados Unidos, el país que sostuvo militar y económicamente al Gobierno salvadoreño durante la guerra y que sabía de la masacre antes de su ejecución. El 21 de octubre pasado, su Congreso aprobó una simbólica condena en la que se definieron a Ellacuría como un “defensor de los derechos humanos y de una solución negociada al conflicto civil de El Salvador”.

En El Salvador, que el pasado 1 de junio vivió la primera transición política desde los Acuerdos de Paz, también ha habido movimientos. El presidente de la República, el izquierdista Mauricio Funes, llegó al Gobierno de la mano de la ex guerrilla del FMLN, y lo hizo tras 20 años del partido ARENA (derecha) en el poder. Hoy lunes, en un acto sin precedentes, Funes condecorará a título póstumo a los jesuitas con la Orden Nacional José Matías Delgado en primer grado, el más alto reconocimiento que otorga el Estado.

El presidente argumentó su decisión “por los servicios extraordinarios prestados al país”, en especial en el combate de la exclusión social, y por “sus aportes a la paz y a la construcción de la democracia en el país”.

Jon Sobrino opina
El teólogo vasco-salvadoreño Jon Sobrino, amigo personal de los masacrados y sobreviviente de la masacre porque se encontraba de viaje, valoró el gesto de forma positiva. “Ningún presidente anterior se había atrevido a decir nada bueno o cariñoso, siquiera alguna palabra de agradecimiento”, dijo durante la misa celebrada el domingo anterior en la humilde parroquia de El Carmen, en Santa Tecla. Como argumento señaló que ni siquiera el Vaticano ha tenido “alguna palabra o un gesto importante” para los padres jesuitas en 20 años.

Fiel a sí mismo, Sobrino tuvo además cálidas palabras para Julia Elba y Celina, que no recibirán condecoración alguna, “y para tantos y tantos que fueron asesinados”. “¿Cuántas juliaelbas habrán muerto en Palestina? Millones. ¿Y cuántas habrán muerto en el Congo, en África?”, se preguntó el teólogo.

Más crítico con el Gobierno de Funes que Sobrino se mostró el Instituto de Derechos Humanos de la UCA (IDHUCA), organismo que lleva dos décadas buscando la condena de los autores intelectuales de la masacre. Su director, Benjamín Cuéllar, ve en la condecoración poco más que un acto simbólico, insuficiente si no va acompañado de la derogación de la Ley de Amnistía que se aprobó en 1993, que impide juzgar los delitos cometidos durante la guerra civil.

Cuéllar cree que, ya en el poder, el FMLN está renunciando a la que durante sus años en la oposición fue una de sus banderas: la derogación de la ley de punto y final.

El caso
El Gobierno salvadoreño en 1989 intentó en un primer momento atribuir la masacre a guerrilleros. Cuando no se pudo ocultar más que fue el ejército, la fuerte presión internacional desembocó en un juicio que terminó con la condena de dos militares en enero de 1992. Al año siguiente fueron amnistiados. “Ese juicio fue una farsa, un insulto para los familiares de las víctimas”, dice Almudena Bernabeu, una abogada especializada en el caso de los jesuitas que trabaja para la ong estadounidense Centro de Justicia y Responsabilidad (CJA, por su sigla en inglés).

Desde entonces en El Salvador se han bloqueado todos los intentos por llevar a los tribunales a la alta jerarquía militar.

El IDHUCA llevó el caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que en 1999 falló en contra del Estado salvadoreño y le pidió, entre otras cosas, abrir una investigación y derogar la Ley de Amnistía. Nada de eso de ha realizado a pesar de haber transcurrido ya una década, y de tratarse de recomendaciones vinculantes.

El año pasado se abrió un nuevo frente judicial, siempre fuera de El Salvador, esta vez en la Audiencia Nacional de España. La ong de Almudena Bernabeu y otra ong llamada Asociación Pro Derechos Humanos de España presentaron –con la asesoría del IDHUCA– una querella que fue admitida en enero de este año. En ella aparecen los nombres 14 militares, entre ellos el ministro de Defensa y el jefe del Estado Mayor en 1989.

Bernabeu cree que, si bien lo ideal sería que el caso se resolviera en El Salvador, “el proceso en Madrid podría servir cuanto menos “para probar si el Estado salvadoreño quiere colaborar o no ahora”. En una charla impartida en San Salvador el sábado, anunció que en las próximas semanas habrá diligencias relacionadas con este caso en la Audiencia Nacional.

El IDHUCA por su parte le sigue apostando a la CIDH, conscientes de que la condena de los autores intelectuales de la masacre de los jesuitas es poco menos que una quimera. Paciencia no falta dos décadas después. “Quien se mete en estos casos creyendo que son una carrera de cien metros, mejor que se retire, porque esto es una maratón llena de obstáculos y en la que hay que trabajar los relevos”, dice Cuéllar.

La batalla legal no, pero la que ya está ganada es la batalla contra el olvido. En 20 años la UCA ha sabido transformar a los jesuitas en mártires y nombres como el de Ignacio Ellacuría no son ajenos en El Salvador ni siquiera a las nuevas generaciones. A él y a los otros cinco jesuitas hoy los condecorará el presidente de la República. La gran cruz y la banda de seda azul terminarán en el Museo de los Mártires, junto a los harapos ensangrentados que los sacerdotes llevaban en día de su asesinato.


Este artículo salió publicado el 16 de noviembre de 2009 en el diario Deia, con sede en Bilbao.

18Oct, 2009

Bahía de Jiquilisco. Tan cerca y tan lejos.

Escrito por: robertogasteiz el 18 Oct 2009 - URL Permanente

Uno de los secretos mejor guardados de la cada vez más competitiva oferta turística salvadoreña es la bahía de Jiquilisco. Catalogada por la UNESCO como Reserva de la Biósfera, la bahía ofrece a quien la visita la posibilidad de rencontrarse con la naturaleza y también permite conocer de primera mano cómo se vive en una comunidad pesquera.


Por Roberto Valencia

Todo era diferente hace unas horas. El agua ha sustituido al asfalto; hay lanchas y cayucos donde antes había autobuses y carros; manglar en vez de cemento; verde en lugar de gris; quietud y no zozobra. El hace unas horas eran las agresivas calles de San Salvador. Y el ahora es un lugar llamado bahía de Jiquilisco, reducto de exuberante naturaleza situado a poco más de 100 kilómetros de la capital de El Salvador. Tan cerca y tan lejos.

Es una bahía paradisíaca pero no muchos lo saben.

—¿Y el turismo lo ven como oportunidad o como amenaza?

—Para nosotros sería una oportunidad todo y cuando el turista venga a observar nuestros recursos, no a dañar. La apuesta aquí es el turismo sostenible, el ecoturismo –dice Cristabel Flores, directora de Codepa, una ONG que trabaja en y por la bahía desde hace 11 años.

Turismo sostenible, dice.

***

Bautizado por la Nobel chilena Gabriela Mistral como el Pulgarcito de América, El Salvador es el más chiquito país latinoamericano y también el más densamente poblado. Con estas variables no resulta tan sencillo hallar lugares donde el hombre no haya dejado su impronta. Situada en la zona oriental, en un departamento llamado Usulután, la bahía de Jiquilisco representa la mayor extensión de manglares de todo El Salvador. Estos son sus números: 635 km² repartidos entre seis municipios, temperatura promedio mensual superior todo el año a los 20 °C, decenas de especies de reptiles y mamíferos, cientos de especies de aves. Esteros y canales laberínticos, playas blancas e infinitas, islas desiertas e islas habitadas.

En su currículum destacan dos nombramientos. Desde 2005 forma parte del listado de humedales de importancia internacional Ramsar. Y en 2007 la UNESCO le otorgó el título de Reserva de la Biósfera. Pese a estas credenciales, y a que está a menos de dos horas de la capital, la bahía apenas está presente en la cada vez más competitiva oferta turística salvadoreña.

Walter Rojas, de la gerencia de áreas naturales protegidas del Ministerio de Medio Ambiente, prefiere destacar el importante papel ambiental que cumple la bahía, y le apuesta también a un turismo limitado: “Uno de los sueños es fomentar el ecoturismo, ese turismo que comparte con las comunidades, que ayuda a los pobladores y les genera fuentes de ingreso”.

***

Amanece en la bahía. El sol no ha salido, pero ya clarea. En la comunidad La Pirraya comienza el vaivén de lanchas que singulariza a los asentamientos pesqueros. Para las más grandes y atrevidas es hora de regresar. Llegan una tras otra, cargadas con el fruto de una larga noche en mar abierto. Para las más pequeñas, al contrario, el amanecer es el arranque de la jornada, el momento ideal para adentrarse en la bahía y probar suerte. Pero todas, grandes y pequeñas, tienen en común la dependencia del mar y los vistosos colores.

El mar ahora está calmado y plateado. En la orilla los primeros en llegar desembarcan grandes peces. Hay bagres, jureles y pargos, pero en poca cantidad. La pesca, dicen todos por acá, está cada vez peor. Sentado sobre la arena, José Ovidio Perdomo, don Ovidio, observa, quizá añorando los largos años en los que él también fue pescador. Alguien muestra orgulloso un robalo de casi medio metro.

—¿Y aún puede ser más grandes?

—Sí –responde–. Hay veces que hasta de 60 libras. Por ahí tienen tendido uno de 25.

Don Ovidio nació junto al mar y todo indica que morirá junto al mar, en La Pirraya. Tiene 58 años, es bajito, los ojos claros y la piel requemada. Ahora trabaja como guardarrecursos, pero antes le tocó de pescador, camaronero, tortuguero y curilero. Es la voz de la experiencia.

—Don Ovidio, ¿y donde se compran estas lanchas?

—Aquí mismo se la pueden fabricar.

Rosendo Castillo –56 años, grueso y cachucha en la cabeza, como casi todos en la bahía– fabrica lanchas de fibra de vidrio, las más solicitadas. Su taller, por llamarlo de alguna manera, está sobre la línea de playa. Es una humilde construcción de palma y madera con techo de lámina que apenas sirve para proteger de la lluvia y el sol las lanchas en ciernes. Él y sus cuatro ayudantes están construyendo ahora una con nevera, para poder pasar varios días en altamar. Es de las que más trabajo requieren. Tardarán nueve días y cobrarán 3,500 dólares por el trabajo.

—A La Pirraya –dice Rosendo, orgulloso– el primero que vino es un cuñado mío que por allí vive. Después me vine yo.

La Pirraya, de hecho, es una comunidad joven y a la que solo se puede llegar en lancha. Hasta hace unas décadas acá no había casas. Pero en los primeros años de la guerra civil que afectó a El Salvador en la década de los 80, decenas de familias desplazadas terminaron aquí. Hoy la conforman más de 200 familias que en su gran mayoría dependen del mar.

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En La Pirraya no hay discotecas ni restaurantes de cinco tenedores ni polideportivos ni museos ni parques de atracciones. Lo que sobra es sol, playas, pescado y tranquilidad. Es un lugar ideal para eso que algunos llaman turismo antropológico. Eso sí, el billar que atiende Esperanza Rivas, el único en toda la comunidad, permite degustar al final del día, sobre la arena y por un dólar, la cerveza más fría y agradecida que uno pueda imaginar.

***

El taller de Rosendo está a mitad de camino entre el singular muelle de madera y el vivero de tortugas. Desde hace años funciona en este sector de la bahía una red de guardarrecursos que entre mayo y diciembre están pendientes de los desoves de diferentes especies de tortuga marina: carey, golfina, prieta y baule. Don Ovidio fue por años el encargado del vivero, labor en la que hoy le ha sustituido un joven de 17 años –también de La Pirraya– llamado Moisés García.

—¿Y cuánto tarda en nacer la tortuga carey?

—El manual que nos han dado –responde don Ovidio– dice que entre 55 y 60 días después de la puesta, pero, asegún la temperatura que tenemos actualito aquí, yo sé que nacen siempre a los 55 días. Eso yo lo tengo aquí –y se señala con satisfacción la sien.

Para dentro de cuatro días esperan que una nidada eclosione.

Debido a la merma en las poblaciones, El Salvador decidió el año pasado prohibir todo tipo de comercialización de los huevos de tortugas. Este vivero ofrece a los pobladores tres dólares por cada docena que llevan, y el 100% de las tortugas que nacen son liberadas al mar. Además del beneficio medioambiental, la precisión de don Ovidio para conocer las fechas de eclosión de los huevos han convertido las liberaciones de tortugas en un prometedor reclamo turístico.

Algo similar está ocurriendo con los paseos en lancha o en kayak por el manglar. En coordinación con el Ministerio de Medio Ambiente, las distintas cooperativas y asociaciones comunitarias que conforman Codepa comienzan a ver el filón. Ya se está ofreciendo a los pocos turistas que llegan, por ejemplo, que sean ellos mismos los que recolecten entre el lodo las conchas para luego elaborar cócteles.

Adentrarse en el manglar es toda una experiencia. Con un buen guía y marea alta, uno puede llegar en lancha a canales de agua por los que apenas pasa la embarcación. Sea la hora que sea, ingresar en este laberinto de raíces supone un contacto directo con uno de los ecosistemas más productivos del planeta. La vida se respira. La temperatura baja de forma súbita y el sol se desvanece, al punto que las cámaras fotográficas comienzan a exigir el flash para garantizar imágenes iluminadas.

—Entre más caminemos para adentro, más cerrado –advierte Miguel Rodríguez, el lanchero.

Es hora de retirarse.

***

El manglar circunda Puerto Parada, el cantón al que se dirige la lancha y que funciona como una de las dos puertas de acceso y salida a toda la bahía. La otra es Puerto El Triunfo, otro municipio en el que tener una lancha es más codiciado que tener un carro.

Al llegar a Puerto Parada, un grupo de jóvenes ha formado cadenas humanas que se tiran de forma vertiginosa pero sincronizada los cocos llegados a bordo de una barcaza. Hay bromas y buen humor. Los cocos, la única actividad agrícola en todo el sector oriental de la bahía, terminarán casi todos en San Salvador. Al fin de cuentas, la capital y su asfalto y sus carros y su cemento y su gris y su zozobra están a menos de dos horas. Tan cerca y tan lejos de la bahía.


Esta crónica apareció publicada en la edición de octubre de la revista Panorama de las Américas.

01Oct, 2009

Erick Boy habla sobre Christian Poveda desde Zacatraz

Escrito por: robertogasteiz el 01 Oct 2009 - URL Permanente

Hay aire acondicionado, pero José Heriberto Henríquez no ha dejado de sudar desde que inició la conversación. La tensión se dispara casi al final. Sucede cuando el periodista le pregunta si cree posible que podrá entrevistar también a los pandilleros que sobrevivieron al documental.

—¿Sobrevivieron? Perate, perate; explicame eso. ¿Qué sucede? ¿Están matando también a otros de la película?

José Heriberto Henríquez 42 años, fornido, bigote generoso, cabeza rapada es Erick Boy, uno de los personajes de “La vida loca”, el documental sobre pandillas centroamericanas (maras) que le costó la vida al fotoperiodista francoespañol Christian Poveda. Desde que supo del asesinato del que llama “un amigo”, teme por su propia vida y por la de su familia. Y por un momento cree que están ajusticiando –esa es la palabra que utiliza– a todos los que participaron. Se tranquiliza solo cuando el periodista le explica que se refería a los pandilleros que sobrevivieron a los meses de filmación, de febrero de 2006 a mayor de 2007.

Erick Boy no ha podido ver la película. Está encarcelado en un estricto penal de máxima seguridad de El Salvador desde hace más de tres años.

—Se dice que en el Barrio 18 creyeron que estaba lucrándose a costa del Barrio.

—Sí, eso es lo que he oído yo también.

—¿Y le das credibilidad?

—Mira, es lógico que él iba a ganar por su trabajo. Todos los periodistas ganan por su trabajo, eso es normal. Ahora, ¿a qué iba enfocado su trabajo? Yo se lo planteé al Barrio como él me lo planteó a mí. Que lo que quería es ver cómo es que la pandilla vivía, cómo sobrevivían y hasta qué punto en realidad la pandilla solo era violencia.

Hasta qué punto, dice.

***

Christian Poveda fue asesinado de dos disparos en el rostro el pasado 2 de septiembre. Murió en Centroamérica, en El Salvador, en un país donde cada día hay 12 homicidios, en Soyapango, en una calle desolada a poco más de un kilómetro de La Campanera, la colonia donde filmó “La vida loca”. En un sector donde opera el Barrio 18.

La noticia de su muerte logró con creces algo que el autor se había propuesto conseguir con la difusión de su documental: que Europa y Sudamérica prestaran más atención al fenómeno de las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha. Originarias ambas de Los Ángeles, llegaron a Centroamérica a inicios de los 90, y fue en países como El Salvador, Guatemala y Honduras donde hallaron terreno fértil para su expansión y su radicalización.

Policía Nacional Civil de El Salvador y Fiscalía coinciden en señalar a un grupo de pandilleros del Barrio 18 como los que idearon y ejecutaron el homicidio de Poveda. Ya hubo incluso capturas. En El Salvador las versiones oficiales no son siempre de fiar, pero esta vez coincide con la versión de la calle, la que ha llegado a oídos de Erick Boy.

***

Viernes, 25 de septiembre. Erick Boy y el periodista están sentados frente a frente en una sala del Centro Penal de Seguridad de Zacatecoluca, a 65 kilómetros de la capital. Vigilan dos custodios armados y ásperos, como si tuvieran órdenes de no ser amables. El entrevistado está esposado y lleva el traje de Zacatraz, que es como se conoce este penal: camiseta, calzoneta y calcetines blancos.

Llegó aquí en mayo de 2006, cuando fue condenado a 16 años de prisión por homicidio. La detención y el juicio forman parte medular de “La vida loca”. Él era –es, dice– el Director de Rehabilitación de Homies Unidos, una ong que se promociona como rehabilitadora de pandilleros. Erick Boy tiene tatuajes alusivos al Barrio en su espalda y en sus brazos. Se hizo pandillero a inicios de los 80 en Los Ángeles, California.

—¿Es muy diferente la vida de pandillero en Estados Unidos y en El Salvador?

—Sí, en todos los aspectos.

—¿Por ejemplo?

—Las pandillas allá existen desde mil novecientos treinta y algo. Es una clase de vida, La 18 viene desde los cincuenta, ¿me entiendes? Y la diferencia más visible es que en la pandilla aquí los jóvenes son más violentos. No hay en sí… ¿cómo te podría decir? No hay, lo que nosotros decimos, una escuela. Alguien que los sepa dirigir, ¿me entiendes?

Erick Boy fue algo más que uno de los personajes de la película de Poveda. Ambos se conocieron desde 2004, cuando el fotoperiodista lo contactó para poder plantear a los palabreros (líderes) del Barrio 18 su deseo de fotografiar a pandilleros. Con ese trabajo no hubo mayores problemas.

Dos años después, se repitió el proceso con la película. Poveda sabía que sin el aval de la rueda de veteranos del Barrio sus proyectos eran inviables. Hubo aval y también hubo condiciones. Y uno de los puntos que el periodista plantea al entrevistado es algo que ya había escuchado en otros círculos: que una premisa para permitir la filmación fue que la película no se exhibiera en El Salvador.

—Cuando hablamos con él –responde Erick Boy al periodista, sudor en la frente– lo acordado fue esto: que él iba a enseñar en el extranjero la vida de los pandilleros que ya no querían andar en violencia. Y eso está bueno. Pero eso, no en El Salvador, iba a ser en el extranjero. Eso es lo que él me dijo.

—Pero la película lleva semanas en todos los puestos de DVD piratas del país…

—Exactamente. Ahora, alguien, no sé quién, ha tomado provecho de eso. Y tú sabes cómo son los piratas.

Mucho ha cambiado Erick Boy desde que fue detenido en mayo de 2006. Además de haber perdido casi 30 kilos, la relación con su pandilla se ha vuelto distante. Mientras en la película aparece aún como un miembro activo (“los dieciocheros no tenemos dos caras, homie, tenemos una”, llega a decir, primera persona), hoy ante el periodista utiliza la palabra ellos para referirse al Barrio.

—¿Tú crees que lo mató el Barrio?

—Mira, pues yo puedo tener una idea, y la puedo tener, pero es una idea.

—¿Y el porqué?

—Es que no te podría dar una respuesta concreta, ¿me entiendes? ¿Y por qué? Pues porque te voy a decir algo, o sea, cuando me contaron que mataron a Christian por mi mente pasaron un montón de cosas.

—¿Tú te sientes en peligro?

—Sííííííí.

—¿Te tomarías como una buena noticia salir de este penal tan estricto hacia uno en el que solo haya pandilleros del Barrio?

—Yo ya no puedo ingresar a esos penales, porque yo soy retirado.

Con 42 años encima, los tatuajes alusivos al 18 y poco más unen a Erick Boy con los jóvenes que siguen ingresando y escalando en el Barrio. Su teoría es que cada vez son más violentos, y que se integran más jóvenes. El estudio “Maras y pandillas, comunidad y policía en Centroamérica”, elaborado en 2007 con cientos de encuestas a pandilleros y ex pandilleros, cifró la fecha de ingreso a los 14 o 15 años, a lo que hay que sumar el tiempo que el joven acompaña al grupo en calidad de aspirante.

***

Casi al final de la entrevista, Erick Boy abre una pequeña puerta al optimismo. Él está convencido de que muchos pandilleros que han cumplido ya los 24 o 25 años querrían dejar la vida de las pandillas. Pero faltan alternativas.

—¿Y dónde queda la frase “Por mi madre vivo y por el Barrio muero”?

—Es que te voy a decir una cosa. A veces mucha gente cuenta muchas fantasías, ¿me entiendes? Y la realidad es otra. La realidad es que muchos ya no quieren estar en las pandillas y solo andan buscando unas personas que los apoyen, pues. Simplemente.

Son declaraciones que podrían generarle más problemas –si cabe– con el Barrio. Y las dice alguien que conoce bien cómo opera esa pandilla.

Las casi dos horas de plática en el penal de Zacatecoluca incluyen un consejo para el periodista.

—Eso te quería decir a ti, que tengas cuidado con esto.

09Sep, 2009

La respuesta amarilla

Escrito por: robertogasteiz el 09 Sep 2009 - URL Permanente

A nadie parece importarle la muñeca quebrada. No hay sangre ni alaridos, y sin sangre ni alaridos la urgencia es menos en la Sala de Emergencias de este hospital público llamado Rosales, el mayor de El Salvador. Por eso la muñeca quebrada se aleja discreta hacia el fondo, donde aún quedan las sillas azules que nadie quiso. Antes de sentarse ha tenido que ver, aunque quizá ni siquiera ha mirado, las camas multifamiliares llenas de dolor, a la señora de vestido verde llorar recostada en la pared, al anciano descalzo botado en el suelo, a los guardias armados, a los evangélicos con termos de café. Sentada entre todos ellos, la muñeca quebrada es ahora un esperador más, la última en sumarse a un listado infinito.

Tintín y Guacaladita, los socorristas amarillos que la trajeron al hospital, sienten que su trabajo ha finalizado. Entregaron a la paciente estabilizada y rellenaron la ficha exigida. La ambulancia espera fuera. No hay tiempo para despedidas.

—Vámonos, que hay otro accidente… –ordena Tintín, el radio en la mano.

—¿Adónde?

—En el bulevar Constitución y calle al Volcán.

Y otra vez las luces. Y otra vez la sirena.

*****

Asociación Comandos de Salvamento Guardavidas Independientes de El Salvador nació jurídicamente el 20 de agosto de 1962, un lunes, día en que se publicaron sus estatutos en el Diario Oficial. Un par de años antes, el socorrista Edgar Cornejo Díaz y un grupo de conocidos habían decidido crear su propio cuerpo de socorro al margen de la disciplina de Cruz Roja, el único referente de la época. Para diferenciarse, tiñeron de verde la cruz. Y comenzaron.


Este post es el inicio de una larga crónica publicada el 6 de septiembre de 2009 en la revista Séptimo Sentido, de El Salvador. Si quiere leerla entera, pulse acá .

28Jun, 2009

Entrevista con Pepe Moratalla, sacerdote que trabaja con las maras en El Salvador

Escrito por: robertogasteiz el 28 Jun 2009 - URL Permanente


"¿No te irrita oír hablar de prevención?"


Una entrevista de Roberto Valencia.

Tuvo en su mano un sacerdocio cómodo, pero eligió uno espinoso. Y hoy lo cuenta con un mal disimulado orgullo. Al poco de llegar al país, en plena guerra civil, el sacerdote salesiano español José María Moratalla Escudero se relacionó mucho con apellidos pudientes de la sociedad salvadoreña. Le abrían las puertas de sus mansiones, los confesaba, les cocinaba paellas y hasta llegó a ser el guía espiritual de alguno de ellos. Con tanto compadrazgo, poco tardaron en ofrecerle ser miembro del Club Rotario. Ocurrió un día de 1986, durante una cena en el Sheraton. Dice que fue aquella noche, mientras bajaba en su pick blanco, cuando cayó en la cuenta de que necesitaban más su ayuda en las comunidades marginales que en la colonia Escalón.

En aquel momento se comenzó a gestar la relación que el padre Pepe –ya no más José María Moratalla– aún mantiene con la Iberia. En esta humildísima y problemática comunidad situada en San Salvador, muy cerca de la Terminal de Oriente, tiene su base el Polígono Industrial Don Bosco, un conglomerado de pequeñas empresas que él dirige y que ofrece a cientos de jóvenes algo más que un salario digno. Para llegar al polígono hay que atravesar la Iberia. “El ambiente aquí es más exigente”, dice con su marcado acento español. Iberia ha sido y sigue siendo territorio dominado por las maras, esos grupos que comenzaron asentarse a inicios de los noventa y que en dos décadas de crecimiento cuantitativo y cualitativo se han convertido en una de las enfermedades más graves que afectan a la sociedad salvadoreña. Una epidemia, en palabras del padre Pepe.

El haber pasado 24 años de su vida entre mareros ha hecho del padre Pepe una de las voces más solicitadas para hablar del fenómeno. La Asamblea Legislativa lo ha llamado para escucharlo, los periodistas extranjeros lo buscan cuando quieren bajar con garantías al inframundo de las maras y su testimonio es solicitado desde otros países interesados en saber cómo se gestiona un proyecto educativo-laboral en una comunidad marginal.

El fin de las dos décadas de gobierno arenero parece haber supuesto también el fin de una manera de hacer frente a este problema. Esta coyuntura de cambio –o de aparente cambio– se torna propicia para sentarse a platicar sobre las maras con este sacerdote que rara vez se le ve con sotana, que ha pasado 24 de sus 61 años en El Salvador y al que le molesta que le traten de usted. Por eso el tuteo.

¿Cuándo escuchaste por primera vez la palabra mara?

Cuando en 1985 llegué a El Salvador, mara era una palabra normal, de uso frecuente en el vocabulario del salvadoreño para referirse al grupo de amigos.

Sin connotaciones negativas.

No tenía ningún otro significado. Era, repito, el grupo con unos mismos rasgos y que compartía tiempo, y se usaba tanto en ambientes cultos como en ambientes menos cultos. Era una palabra normal.

¿Cuándo comenzó a contaminarse?

Empezó a llenarse de otro sentido a inicios de los noventa, con la llegada de los primeros deportados. Los Acuerdos de Paz sirvieron de excusa a Estados Unidos para comenzar a enviar personas no gratas. Y el perfil de muchacho que enviaron fue el de un joven frustrado, marginado, expulsado de un país que no lo acogió adecuadamente y organizado ya en pandillas violentas. Y con ellos llegó el nuevo sentido de la palabra mara y no solo eso: también llegó todo un modo de vivir la vida.

Y aquí estamos, casi dos décadas después, hablando sobre la mara. ¿Por qué?

Precisamente por el significado que adquirió la palabra. Se rompió el molde anterior, pero al mismo tiempo el hecho de usar una palabra existente hizo que el fenómeno pasara casi desapercibido al principio. Tanto así que, por desgracia, ni en Estados Unidos ni en toda Centroamérica existe aún una definición consensuada, científica, de la mara, de esa pandilla violenta que nos inquieta y, siendo más específico, sobre la 13 y la 18, que fueron las que se impusieron a las más de 40 pandillas que surgieron.

¿A qué te refieres cuando dices que falta una definición científica?

A que no nos hemos acercado al fenómeno desde la ciencia, para romper la subjetividad de las opiniones. No se ha hecho aún una aproximación científica.

¿Y qué hay de todos esos libros y encuestas que pululan?

Esos intentos no son científicos, porque no se han consensuado. Hay una serie de estudios de los que cada institución ha sacado su línea de trabajo, pero no nos hemos puesto de acuerdo sobre esa realidad. Por eso estamos como estamos. Si la mara es de alguna una enfermedad sociológica, pobrecita esta sociedad, porque será muy difícil encontrar un remedio si aún no sabemos cuál es la enfermedad. Es una gran deficiencia, y pareciera que ese deseo de no profundizar proviene de Estados Unidos, que juntan en el mismo cesto la mara con el resto de las pandillas.

¿Y qué sugieres tú?

Hasta ahora se ha abordado toda la violencia juvenil de forma conjunta. Tendemos a juntarla, en lugar de dividir para clarificar los distintos problemas.

¿Y cómo debería de abordarse el problema, separando entre maras y el resto de pandillas o identificando asimismo cada mara con un problema particular?

Yo entiendo que si juntamos los problemas lo que nos queda es un problema tan grande que es muy difícil abordar. La recomendación pedagógica desde siempre ha sido dividir antes de analizar, por partes…

¿Y por qué no se ha hecho algo que suena tan simple?

Buena pregunta. Mi opinión, muy personal, es que no ha existido un deseo serio, decidido, de abordar este problema para solucionarlo.

¿Y quién debe dar ese paso? ¿El Gobierno, las universidades, la sociedad civil?

Entiendo que debe de ser el gobierno del país afectado, pero veamos, porque este fenómeno no es solo salvadoreño o centroamericano. Sí es centroamericana la palabra mara, pero el contenido que se le dio al nombre fue posterior. Y me remito de nuevo a Estados Unidos, país que tampoco ha realizado estudios serios sobre el fenómeno. Para ellos las maras son como cualquier otra pandilla, pero no lo son, las maras son algo radicalmente distinto.

Por la violencia que utilizan.

Exacto. Lo natural en el ser humano es hacer el bien, no el mal. Para que una persona opte por hacer el mal, y esta es una opinión muy personal, considero que uno se tiene que violentar. Tiene que suceder algo muy raro dentro de uno para que los principios se inviertan de forma tan radical.

Hablas con seguridad sobre este tema, pero convénceme de que realmente conoces de lo que hablas.

Yo no soy un conocedor del tema maras en el sentido de un científico que lo ha analizado. Yo soy solo un sacerdote salesiano. Lo peculiar de mi caso es que me he acercado a los muchachos como educador, a buscar soluciones a su lado. Es decir, una postura inductiva en vez de una deductiva. En vez de ir con una respuesta, con metas y objetivos calendarizados a priori, he optado por encontrarme con ellos de persona a persona, no de personaje a personaje. Y en su territorio, para ensayar con ellos, junto a ellos, una solución con sus necesidades como base. La raíz de todo esto es la parábola del samaritano.

Has conocido a muchos mareros, ¿qué te inspiran?

Cada persona es única e irrepetible. Con la mayoría de los mareros que he conocido da coraje saber que no tuvieron ni una sola oportunidad en la vida. No es sencillo ser marero, y no cualquiera puede serlo. Y siempre, cuando uno se encuentra frente a una persona que no se ha realizado positivamente, percibe que la sociedad es la que está perdiendo. Verlos es como un grito de angustia de que la sociedad algo no ha hecho bien.

Ya tenemos mareros que son abuelos.

Sí. Y eso ya es un problema, porque resulta que hubo una generación a la que no se le dio respuesta; crecieron sus hijos, y no se halló solución, y ahora están naciendo los nietos. Eso es un problema, pero para mí hay otro aún más serio. Ahora resulta que toda la familia es de la mara, es decir, figuras simbólicas como la de la abuelita son mareras. De hecho, fíjate quiénes cobran muchas veces las rentas o quiénes participan en las marchas de apoyo: la familia. La mara está actuando como una gotita de aceite que cae, se expande y contamina a toda la sociedad.

¿Por qué la mara sigue siendo atractiva para muchos jóvenes?

Pero es que aún no sabemos qué es la mara. La pregunta del millón es, y te la planteo con sinceridad, ¿qué es la mara? Respóndeme…

Yo diría que es un grupo violento en el que un adolescente desamparado busca refugio.

Es una opinión, pero hay quien cree que es delincuencia común, otros piensan que se agrupan para subsistir, o que son una verdadera mafia, crimen organizado, o… Y ese es el problema: a pesar de que ha pasado tanto tiempo, cada quien tiene opiniones distintas.

Hay organizaciones que creen que atribuir los homicidios a las maras fue solo una estrategia del gobierno anterior.

Sí, hay instituciones que lo hacen, pero sin tener las respuestas. Lo cierto es que la mayor parte de los homicidios del país se catalogan como de autoría desconocida, pero en vez de pedir analizar eso, esas organizaciones prefieren quedarse con que son pocos los homicidios atribuidos a las maras, por ese mismo desconocimiento. Y con esos datos externan opiniones.

En boca de muchos, la palabra clave parece ser la prevención.

Debería ser algo muy serio sugerir respuestas a un problema que ya se nos ha escapado de las manos. Las maras son ya una epidemia, ¿no te irrita oír hablar de prevención? La mayoría de los proyectos que hacen algunas organizaciones que viven, y muy bien, a costa de la violencia son de prevención. Pero ¿cómo se puede prevenir cuando ya estoy contaminado?

Pero el Polígono Don Bosco que diriges trabaja en la prevención.

Las respuestas son más complejas. Y no la tiene una sola institución. Tenemos que trabajar juntos, algo que no estamos haciendo. El Gobierno va por libre, y las organizaciones vamos también por libre. Y ya no se puede abordar este problema de manera local porque, igual que hace la Policía, la mara rota a sus miembros, los cambia de ciudad. Los mareros de la comunidad Iberia quizá estén en San Miguel y acá nos vienen de otro lugar. Es un flujo continuo.

Si el problema no ha dejado de crecer, ¿qué se ha hecho mal desde el Estado?

Lo primero fue no darle importancia. La mentalidad estadounidense es nórdica, y allí se soluciona todo con la ley, porque el ciudadano promedio es respetuoso, pero los salvadoreños tenemos una cultura distinta, en la que la ley no es la base del modo de proceder. Y eso no es ni mejor ni peor, es distinto…

Te pregunté qué es lo que ha hecho mal el Estado salvadoreño.

Acá se importó desde Estados Unidos el modelo de la mano dura porque había tenido éxito en Nueva York, pero son culturas distintas, y hay cosas que no casan. El nórdico legisla y cree que ya está todo solucionado, pero no es así con las maras.

¿Importar la mano dura fue el error?

Veamos. De pronto, la cárcel como sistema correccional, educativo, se les cayó. La mara desbordó toda razón de ser de las cárceles. Para ellos no es correccional, sino una especie de universidad. Un marero que no haya estado en la cárcel no tiene rango ni autoridad, y pasar por más cárceles les da estatus. El marero se siente más marero después de cumplir su condena, y eso es señal de que algo grave ha sucedido. ¿No es una señal de que ha surgido algo nuevo que no se puede combatir con las leyes tradicionales? ¿No será que ha surgido algo que merece la pena ser analizado de manera científica? ¿Tú conoces a algún otro grupo que en la cárcel se sientan tan felices como nuestros mareros? ¡Yo tampoco!

¿Te consta que se sienten felices?

Así es, se sienten súper realizados. Están seguros, están a gusto, están bien.

¿Y qué ha hecho mal la sociedad civil?

Espera un momento. Decía que no se puede hacer lo que se ha hecho, juntar en el mismo cesto la mara con el resto de pandillas, como si fuera una más. Para las otras sí pueden funcionar las leyes, pero no con esta. La cárcel no sirve, porque desde adentro siguen operando, siguen siendo ellos. No se corrigen. ¿No crees que llegó la hora de ensayar otros métodos?

¿Y qué sugieres?

Ni siquiera se ha analizado el fenómeno, y seguimos con la mentalidad del que la hace la paga. Nadie puede salirse de la mara en la cárcel. ¡Ay de aquel lo haga! Pobrecito. La enfermedad se nos ha hecho más grande por haber estado dando remedios equivocados todos estos años.

¿Crees que estamos peor que nunca?

Lo que yo creo es que este fenómeno ha ido creciendo porque la sociedad no ha sabido dar la respuesta idónea y sí, se nos está yendo de las manos, cada vez más. ¿Por qué? Y vuelvo a lo mismo: porque no hemos analizado de forma adecuada el fenómeno. Y luego tenemos fallos como aquel de la Corte Suprema de Justicia, que dijo que ser marero no era delito, que las leyes vigentes eran suficientes. Pero yo me pregunto: ¿eso es cierto? Porque parece que los hechos dicen lo contrario, ¿no?

Eso parece.

Miremos lo que ocurre con el terrorismo. En Europa un terrorista va a la cárcel solo por el hecho de ser terrorista. Pero aquí uno puede ser marero y no le pasa nada, porque hay que demostrar.

¿Estás sugiriendo que los mareros sean tratados como terroristas?

No, esa conclusión no es mía. Yo solo quiero que cada quien se cree su opinión. Lo que quiero decir es que alguien que quiera ser marero, ¿qué tiene que hacer?, ¿qué le impone la mara para ingresar?

Sus rituales.

¿Y cuáles son?

Pues, siéndote honesto, los desconozco.

Muy buena respuesta. Fíjate, cuando una sociedad desconoce eso es porque estamos mal como sociedad. Si tú, siendo periodista, estás así, calcula cómo estará el ciudadano de a pie. ¿Y qué quiero decir? Simplemente que algo no funciona, que algo que parece que está claro en realidad no lo está tanto. Algunos dicen que para entrar en la mara hay que matar a una persona y, si fuera cierto, eso sería serio, ¿no? ¿Podría uno ser marero y ciudadano con normalidad?

Dices que el problema sigue creciendo. ¿Cómo evalúas el papel de los periodistas?

Veo como dos grandes grupos. Algunos han sido más amarillistas, y lo que han buscado en la mara ha sido un motivo para sobresalir ellos mismos. Y algunos lo han conseguido, sin importarles haber dejado detrás una estela de muertos. Y luego está el otro gran grupo, que son los que dependen de un sistema y, consciente o inconscientemente, han hecho lo que el sistema propicia.

Explícame ese punto.

Crear aquella famosa Comisión de Seguridad Ciudadana y Paz Social que creó el ex presidente Antonio Saca sirvió para que se viera normal lo que no lo es, como que haya más guardias de seguridad privados que policías, o que tengamos 12 muertos todos los días. Y la mayoría de los medios de comunicación quisieron presentar como normal, como natural, algo que no es normal ni natural.

Tú trabajas en la boca del lobo. ¿Crees que las maras generan la mayor parte de la violencia en El Salvador?

Mi sensación es que nos estamos llevando por delante la dignidad de las personas. No hay derecho a que la mayoría de los homicidios nunca se sepa cómo han ocurrido. No hay derecho. Mal está una sociedad que no analiza, que no tiene el coraje de sincerarse con ella misma. Mal estamos cuando nos habituamos a ver tantas personas muertas y a que no se sepan las causas ni las razones. Y eso, en lo personal, me inquieta más que el debate sobre si son o no las maras.

¿Y crees que este panorama podría cambiar con el nuevo gobierno?

En el Polígono Don Bosco estamos haciendo cosas, porque las estamos haciendo, pero no es suficiente. Y es que no se trata de hacer lo que uno puede o sabe ni se trata de tener buena voluntad o participar, de lo que se trata es de ser eficaz.

Mauricio Funes anunció más policías y más soldados.

Eso me inquieta, porque en el gobierno anterior se cayó en un dejar hacer a todas esas agencias que surgieron, que vieron la violencia como un negocio. De ese dejar hacer ahora se ha pasado a dar más importancia al Gobierno como el agente que va a dar las respuestas. Pero yo considero que ni lo uno ni lo otro es lo correcto. Lo adecuado talvez es una fusión de ambos.

¿Lo planteado por Funes no le sonó a más mano dura, pero sin utilizar ese nombre?

No, lo que yo escuché fue una respuesta desde el Gobierno, sí, pero en la que no se ha tenido en cuenta a la sociedad civil. Lo que ofrecieron en ese discurso es Policía y Ejército, punto y fuera. Dios quiera que solo haya sido una omisión, porque muchos queremos ayudar a este gobierno. Y este problema no es sencillo. Ahora está muchísimo más difícil que con Paco Flores.

Las víctimas, el que paga renta o tiene a los hijos amenazados, quieren soluciones inmediatas.

Esa persona también soy yo. Somos muchos. Y no tengo la respuesta. Un ejemplo: aquí, en la comunidad Iberia, la Policía acompañó a 13 familias que tuvieron que irse. Y para eso la Policía les dio acompañamiento, para eso, pero no les pudo dar seguridad para poder quedarse. Es dramático, ¿no crees? Así estamos muchos, indefensos. Y yo no tengo esa respuesta, la que quieren oír las víctimas. Pero también estoy seguro de algo: la mayoría de los mareros se calmarían si tuvieran una buena oportunidad. Y no hay derecho a que el Gobierno aún no haya ensayado respuestas a ese problema. Y algo parecido ocurre con las organizaciones que trabajamos en el tema de la violencia. No buscamos satisfacer lo que el marero demanda, sino que partimos de lo que nosotros diseñamos y podemos hacer. Y eso contribuye a que el problema siga creciendo.

¿Crees que esto tiene solución a corto o medio plazo?

No, esto es un problema humano, que afecta a toda una sociedad, y acá se trata de que todos convivamos con dignidad, no solo el grupo que puede garantizarse con dinero su seguridad privada. En esta comunidad, en la Iberia, el sobrenombre que se pusieron hace años fue el de la comunidad en la que la vida no vale nada. Lo que tenemos que hacer es romper ese drama y dar respuestas, pero para eso primero hay que analizar.


Esta entrevista salió publicada en la edición del 28 de junio de 2009 de la revista salvadoreña Séptimo Sentido. Puede verla pulsando acá (páginas 12 a 17) .

14Jun, 2009

Entrevista con María Isabel Rodríguez, ministra de Salud de El Salvador

Escrito por: robertogasteiz el 14 Jun 2009 - URL Permanente

“Lo primero es dejar de ser hipócritas”

Una entrevista de Roberto Valencia


La entrevista es un género que tiene sus inconvenientes. Uno de ellos es que no resulta sencillo plasmar en palabras el lenguaje corporal o los matices de la voz del entrevistado. Para amortiguar esas carencias, la profesión ha consensuado algunos trucos, como introducir breves comentarios entre paréntesis. Un ejemplo es escribir (Ríe) para que el lector sepa que eso hizo el entrevistado. Con María Isabel Rodríguez, la nueva ministra de Salud, usar ese recurso resultaría cansino, porque prácticamente en todas sus respuestas ríe. Por eso en esta entrevista no se usará ningún (Ríe) ni Jajajas ni Jejes para ilustrar que durante toda la plática María Isabel se mostró jovial, incluso en los temas más sensibles, siempre con esa su peculiar risa que funde con la mayoría de las frases que pronuncia.

María Isabel tiene 86 años. Y poco o nada ha cambiado en ella desde la última vez que la entrevisté en octubre de 2007, cuando le tocó abandonar el puesto de rectora que durante ocho años había ocupado en la Universidad de El Salvador. La descripción es casi la misma: mide 157 centímetros, pero parece más baja. Es delgada, extremadamente delgada, y se peina de tal manera que deja al descubierto una parte de su frente. En su rostro destacan sus marcados pómulos, maquillados hoy de rojo, y los grandes lentes que, aunque cueste imaginarlo, no necesitó durante la primera mitad de su vida. Esta mujercita es la que deberá lidiar con uno de los retos más grandes que tiene el nuevo Gobierno: sanear el ajado sistema de salud pública en medio de una crisis que resta ingresos al Estado.

—No es justo que haya una diferencia tan grande entre el servicio público y el privado, eso no es posible –dice.

Está convencida de poder reducir esa brecha. Hoy todo son buenas intenciones, promesas de cambio y alegatos de que sí se puede; supongo que como casi todos los que la precedieron en el cargo en sus primeros días de labor. Para comenzar, María Isabel ha tomado algunas medidas de carácter simbólico, como dejar de usar el despacho que el ex ministro Guillermo Maza se mandó alfombrar y amueblar en otro edificio con dinero del préstamo para reconstrucción de hospitales.

De salud, bien.
Sí.

¿No ve inconveniente en sus 86 años para dirigir un ministerio tan...
¡Complejo!

Y en plena crisis fiscal.
No percibo ningún problema en mi edad. Incluso creo que abordar la problemática de este ministerio como que me genera mayor capacidad para responder: no queda tiempo para cansarse ni tampoco queda tiempo para enfermarse. Ahora, si ya viniera alguna cosa que me complicara la vida, eso sería una eventualidad como la que le puede suceder a cualquier persona desde que nace hasta que muere.

María Isabel, hay muy pocas mujeres en el gabinete.
También lo creo, estoy de acuerdo con usted.

Choca con lo que se supone que pasaría con la llegada de la izquierda al poder.
No ha sido fácil la selección del gabinete, fue poco tiempo. Y lo que ha ocurrido es un indicador, ¿no? El país está necesitando formar más cuadros en algunos campos en los que fue difícil seleccionar. Pero yo estoy segura de que no hubo discriminación de la mujer a la hora de la selección, la verdad es que no había una oferta tan amplia. Yo soy de la opinión de que está bien que luchemos por una cuota para las mujeres en igualdad de condiciones, y que debe de plantearse la posibilidad de que mujeres con capacidad y experiencia lleguen al gobierno, pero al hablar de experiencia hay un círculo vicioso. A lo mejor la discriminación viene desde abajo, y la mujer no tiene la oportunidad para obtener la experiencia necesaria para un cargo.

¿En 20 años habrá ya esas mujeres capaces y con experiencia que ahora dice que no encontraron?
No en 20 años, yo espero que en cinco ya sea posible y que desde todos los ministerios estimulemos un plan de desarrollo estratégico de recurso humano para el país, con énfasis en la mujer, porque en muchos ministerios es evidente que lo necesitamos. Y esto es algo que también debería de hacerse desde la Universidad de El Salvador: crear liderazgos con capacidad.

Por cierto, ¿por qué estamos en este despacho y no en el que ocupaba su predecesor?
Por principios. No puedo entender aún cómo se pudo abandonar este despacho y se fueron al otro edificio, por el que el ministerio está pagando $216,000 anuales. Para mí hubiera sido doloroso estar en un lugar que está costando tanto cuando faltan recursos para comprar medicamentos o estamos endeudados con los proveedores.

Hay quien dirá que $216,000 son migajas en un presupuesto de más de $300 millones.
Es una cantidad respetable y se suma a otras tantas que hemos detectado. Mire, en este momento todavía no sabemos cuántos carros del ministerio andan sueltos. El carro que me han asignado lo tenía el hijo del ministro Guillermo Maza, y lo recuperamos de su casa. Prácticamente cada funcionario aquí tenía un carro asignado. Mire, lo primero que le chocó al doctor Espinoza (viceministro de Salud) al llegar fue que le dieron un vale por 200 galones de gasolina, ¡200 galones! Y eso es lo que se daba a cada funcionario.

Cardióloga desde hace 60 años, podría decirse que conoce bien el corazón.
Sí, eso creo yo.

¿El ser humano es esencialmente bueno con excepciones o esencialmente malo con excepciones?
Nunca me habían hecho esa pregunta, pero me gustaría apuntarme en la primera opción.

¿Como deseo o porque así lo cree?
Por mi experiencia de vida creo que puedo afirmar que hay más gente buena que distorsiones.

¿Aún cree que lo peor del paso de los años es ver que se mantiene la pobreza?
Sigo pensando lo mismo. Y ahora más que nunca, creo yo, y por eso acepté el reto de dirigir este ministerio, por el deterioro de la salud de la población salvadoreña. Para mí, una de las cosas importantísimas que debemos lograr para cuando salgamos es que toda la población tenga derecho a una salud integral, completa.

Otra frase suya es que la dimensión económica se tragó la dimensión social.
Así es, pero el señor presidente nos ha emplazado a revertirlo, a que lo social sea ahora la dimensión prioritaria.

¿Es en la salud donde más se nota esa situación?
Aunque en educación debiera notarse también, creo que el ser humano es más sensible al dolor. Nadie tiene dolor por no tener un grado académico, no tener acceso a libros no duele, como debería de doler, pero una enfermedad sí. Por eso yo quisiera que todos los sectores tomaran la salud como un eje, que mantener saludable a la población sea una prioridad para todos, desde el gabinete de gobierno hasta el último salvadoreño.

¿Cree que tendrán los fondos para ejecutar sus planes?
Creo que sí. Soy optimista y mi optimismo se ha incrementado a raíz de la avalancha de ofertas que hemos tenido en materia de colaboración.

Póngame un ejemplo.
Se trata sobre todo de voluntariado, gente de altísimo nivel con ganas de cooperar. Por ejemplo, el Organismo Andino de la Salud se ha ofrecido. Y hay gente que se está ofreciendo a venir para ayudar sin cobrar, y gente, repito, de muy alto nivel... El triunfo del FMLN se ha visto como un triunfo del pueblo salvadoreño y de la democracia, y la gente se apresta a ayudar por el simple hecho de querer contribuir. Por eso sería muy triste que los defraudáramos.

Pero aparte de recurso humano se necesita instrumental y medicinas.
También creo que vamos a tener disponibilidad de fondos, por el interés mostrado por algunos gobiernos y organismos de cooperación. Ya lo estamos negociando.

Parece que está mirando más fuera que dentro, pero que un sistema de salud descanse en la cooperación suena temerario.
Sí, ese punto que menciona es interesante. Ojalá la parte principal de este esfuerzo naciera del propio país, ojalá personas con recursos nos respondan favorablemente para hacer una alianza nacional por la salud. Algo así sería importante. Yo plantearía a las personas que pueden aportar, y que están conscientes de la situación actual, que en este momento, por ejemplo, tenemos un problema nacional con la insuficiencia renal crónica. Está golpeando terriblemente, y el Estado no tiene hoy manera de cubrir todas las necesidades de diálisis ni mucho menos las necesidades de trasplantes de riñón, pero se puede trabajar en la prevención y en la investigación, y para eso se necesita dinero, que ojalá surgiera de dentro del país.

¿Pueden convivir una sanidad pública eficiente y la medicina privada?
Yo creo que sí, pero aquí falta regulación de la sanidad privada. La Asamblea aprobó el año pasado el Sistema Nacional de Salud, pero ese proyecto tiene grandes errores, y uno de ellos es que el consejo que lo rige no incluyó al sector privado, que no puede estar fuera de la planificación y de la regulación.

¿Debe preocuparse el sector privado?
De ninguna manera. Creo que me conocen lo suficiente, me respetan, y saben que no voy a significar ningún peligro. Lo que sí voy a pedirles es que apoyen al sector público.

Las clínicas que compraron aparatos de radiología porque apenas se invertía en ese rubro resultarían afectadas si ahora se invirtiera.
Yo creo que a esas clínicas privadas no llega gente de bajos recursos. Esos tratamientos de $5,000 que ofrecen los hospitales privados no los puede pagar quien gana el salario mínimo, esté o no esté bien la sanidad pública.

Su teoría quizá aplique a cantidades altas, pero cuando el examen o la placa cuestan $50 o $200 el pobre sí recurre al privado.
Y no es justo que las personas humildes tengan que gastar esas cantidades para su gasto médico o para la compra de medicamentos.

Justo no es, pero la clínica privada y la farmacia dejarían de recibir ese dinero.
Quien tiene una clínica privada debe de saber que no es justo cobrar a las personas que no tienen otra opción. Yo viví la era, digamos, floreciente de los servicios públicos de salud, y para mí es doloroso ver el estado en el que se encuentran hoy. No es justo que los hospitales estén desmantelados, no es justo que haya una diferencia tan grande entre el servicio público y el privado, eso no es posible.

¿Puede encajar dentro del liberalismo económico una sanidad pública eficiente?
Cuando hay un sistema lleno de perversiones, no encaja. No encaja si hay perversiones en esa horrible cadena de comercialización que tienen la medicina y los insumos médicos, donde uno no entiende cómo se puede dar en un país tan desmejorado económicamente como el nuestro. Todas esas perversiones deben ser corregidas.

Usted le tiene un cariño especial a Cuba.
Así es.

¿Qué escenario se abre tras la apertura de relaciones diplomáticas?
Lo primero es dejar de ser hipócritas. En este país hay una larga lista de personas que cantan eso de combatir el comunismo, pero que luego se van a operar en la sanidad pública cubana. Y muchos empresarios de derecha están haciendo negocios con Cuba. Por eso digo lo de la hipocresía y la doble moral. Ahora, con la apertura de relaciones diplomáticas, las dificultades que había para traer a un profesional cubano, un científico de alto nivel, van a desaparecer.

Guatemala tiene una relación fluida con Cuba, con presencia de brigadas médicas. ¿En algo así se está pensando?
Yo conozco Cuba lo suficiente como para tener claro en qué nos pueden ayudar. Y no creo que en este momento El Salvador necesite traer brigadas de médicos cubanos.

¿Vendrían para capacitar, entonces?
Por ejemplo, en el área tan crítica que mencionaba de la insuficiencia renal crónica Cuba ha hecho avances importantes. El doctor Raúl Herrera, excelente amigo nuestro, es el ex director del Instituto de Nefrología cubano y ahora dirige toda la investigación nacional sobre esta enfermedad. Raúl ya me ha ofrecido venirse a El Salvador y colaborar en una investigación a escala nacional. Y que él pueda venir se ha facilitado muchísimo por la apertura de relaciones.

Usted tiene un aura de respeto. ¿No cree que su elección para el cargo se hizo porque parece que cuesta más criticarla?
Pues no sé. Lo que creo es que una de las cosas que me fue pasando en este proceso de preparación de la transición fue la de irme convenciendo de que el país necesitaba gente que tuviera interés y conocimientos para hacer frente a algo así. Yo al principio había dicho un no rotundo a la posibilidad de ser ministra.

¿Cuándo se lo ofrecieron?
Pues la verdad es que nunca me lo ofrecieron. Al principio lo único que pretendía era aportar toda mi experiencia de vida, pero fuimos cayendo en la cuenta de que debía de ser quien encabezara este esfuerzo.

¿Cree que para 2014 habrá mejorado de manera notable la salud pública?
Pues mire, si no lo logramos, será un fracaso rotundo de un grupo de gente que estamos convencidos de que sí se puede hacer. Pienso que sería muy triste, pero como ocurren tantas cosas... Es una posibilidad. Recuerde lo triste que fue para mí el resultado de las últimas elecciones en la Universidad de El Salvador.

¿Salud es la papa caliente de este Gobierno?
Salud, vista en su forma integral, debería de tener el apoyo de otros ministerios. Agricultura, por ejemplo, se requiere de seguridad alimentaria para garantizar la salud. O Medio Ambiente, sin un ambiente sano es difícil que haya una población sana. O ANDA, sin acceso a agua tampoco hay salud...

Esos razonamientos ya los habíamos escuchado antes, ministra.
Eso es lo lamentable.

¿Cree que en los gobiernos anteriores no hubo voluntad?
No sé si había voluntad, pero lo que puedo garantizar es que no se tradujo en hechos. Por ejemplo, el número de camas en los hospitales públicos en función del volumen de población se ha reducido notablemente. La población creció, pero sus necesidades no se han considerado.

¿Y eso ocurrió por incapacidad o hubo dolo?
A lo mejor ni lo pensaron. Es que a veces el satisfactor personal priva sobre las demandas de los otros, y me parece que eso ha ocurrido en este ministerio.

¿Dónde intuye más oposición, en la derecha o en la izquierda radical?
Lo que yo espero es que no haya ni lo uno ni lo otro.

El partido ARENA ya saltó por su anuncio de hacer ajustes a Fosalud.
Fosalud ha sido desde que se creó un centro de ganguerías y de inadecuada administración, pésima, y no ha logrado lo que realmente se perseguía, que era mejorar la calidad de la atención.

¿Y desde la izquierda? Ya otras veces la han llamado imperialista y reaccionaria.
Y eso siempre va a pasar en la vida. Pero hay una cosa muy importante en esto de la gobernabilidad: yo pienso que la rectoría de la Universidad de El Salvador, y sé que se me van a enojar los presidentes por lo que voy a decir, es más difícil que la Presidencia de la República, porque el rector es un ejecutivo con muy poco poder de decisión, demasiado sujeto a los organismos corporativos, que son terribles y a veces no técnicos.

Algo parecido le va a pasar a este Gobierno.
Por la Asamblea, dice, ¿verdad? Porque la controla la derecha.

Escuche esta frase: “Cuando al fin hallé las respuestas, resulta que me habían cambiado las preguntas”. ¿No puede pasar que la fórmula que dicen tener no sea aplicable en esta coyuntura?
Podría ocurrir. Sí, podría ser que en un determinado momento no convenga una posición, y hasta que tenga que salir del ministerio. Eso es posible, pero bueno, estamos listos para eso, esta es una experiencia en la que estamos tratando de aportar, pero si eso no es coincidente con algunos intereses, pues bueno, no se podrá ejecutar.

Visitó ya el Hospital Rosales como ministra. ¿Cuánto llevaba sin ir?
No mucho, porque con frecuencia me acerco al Rosales y tengo muy claro qué cosas hacen falta en este hospital. Ojalá nuestras propuestas sean aceptadas sin mucha oposición.

¿Por qué la gente tiene miedo de ser ingresada en el Rosales?
Fíjese que eso es algo que no hemos valorado. Yo no lo he oído, pero quizá porque la gente con la que me muevo no es la gente que va al Rosales. Si así fuera, sería una tragedia, porque hace décadas era justo lo contrario. Habrá que cambiarle la imagen al Rosales, porque para mí sigue siendo el hospital en el que yo me formé, y me formé bien.

¿Hay mucha corrupción en el gremio médico? Y me refiero a cosas como que un médico se envíe pacientes a su clínica.
No lo sé. Quisiera que eso no estuviera ocurriendo, pero... Desde que yo era estudiante conozco esa práctica, espero que haya menos ahora, en especial desde el Rosales, que es el hospital para la población más pobre.

¿Son los médicos un gremio especialmente propenso para esas prácticas?
No creo que sea algo propio del gremio. Para que un médico sea corrompido se necesita al menos la connivencia del administrador y de otras personas de la cadena. Y la verdad es que el diagnóstico hay que verlo en un contexto. Yo conozco muchos médicos verdaderamente entregados a su profesión, que no trabajan exclusivamente por dinero, que hacen sacrificios personales por sus pacientes. También conozco cosas desagradables. Todo eso es parte de lo que ha estado ocurriendo en el sistema. Hay una falta de solidaridad en un buen porcentaje de la población salvadoreña, hay un individualismo tremendo, un interés desmedido por acumular dinero.

Son males de país más que de gremio, ¿no?
Sí, y ahí el Ministerio de Educación tiene mucho por hacer. Hay que concienciar a la población de que no es viable una sociedad en la que unos pocos se enriquecen a costa de muchos.

Para concluir, ¿qué le falta por hacer en esta vida, más allá del ministerio?
¡A ver primero si me alcanza el tiempo y la vida para terminar esto!

No estará pensando en esta labor como trampolín para la presidencia en 2014, ¿verdad?
¡Imagínese! Matusalén. Yo ya tuve lo que debía tener en la vida, quizá más. Creo que pocas personas han tenido tantas oportunidades como yo, sobre todo sin buscarlas.


Esta entrevista se publicó el 14 de junio de 2009 en la revista Séptimo Sentido, de El Salvador. Puede verla pulsando acá (páginas 18 a 23) .

31May, 2009

Pasión y orines en Vietnam

Escrito por: robertogasteiz el 31 May 2009 - URL Permanente

Gooooool.

Se han conocido hace unas horas y ahora míralos, abrazados como si fueran amigos de toda la vida. Son además abrazos sentidos, de esos que quizá ni se atreven a dar a sus madres. El grupito lo integran cuatro. Uno es un aspirante a filósofo del fútbol, huesudo, cuarentón y ojeras perpetuas; otro es un joven alto, gordo y con lentes, con cara de no haber roto un plato; hay también un periodista treintañero de ojos claros y gesto serio, de esos que viven obsesionados con su trabajo; y el cuarto es un alguien con camisola azul que subió de la fila de delante. Extraños abrazándose. Y no son los únicos. Todos alrededor gritan saltan celebran animan enloquecen. El Salvador ha marcado gol.

—¡¡¡Increíble!!! ¡¡¡Sin palabras!!! ¡¡¡Increíble!!! ¡¡¡Increíble!!!...

El aspirante a filósofo se desgañita bandera en mano. Él es el más expresivo. Tiene los ojos desorbitados y la lengua azul.

La histeria colectiva se canaliza hacia gritos unánimes de El Salvador, El Salvador. Comienza a remitir de a poquito. Continúan las sonrisas, los arrumacos, las miradas de complicidad, mientras cada quien trata de recuperar su pedazo de cemento. También los cuatro. Por megafonía se escucha la Voz. Anuncia el autor del gol y el resultado. Un nuevo rugido. El estadio entero celebra, pero la celebración es más en este sector. La grada se ha transformado en una gran hermandad. Reina esa sensación que llaman felicidad. Nadie diría que son las mismas personas que hasta hace unos minutos estaban tirándose orines unos a otros, rifándose, vejando a las pocas mujeres que llegan, insultándose, irrespetando el himno contrario, degradando a los jugadores negros, descamisando a quien comete el pecado de no ir de azul o blanco.

*****


Hasta se parece al verdadero. Las había desde dos dólares, pero por siete he conseguido una que incluso trae bordado el escudo. Tiene la corona de laurel...




Este es el inicio de la crónica publicada el 31 de mayo en la revista Séptimo Sentido, de El Salvador. Si te ha interesado, puedes terminar de leerla
pulsando acá .

03May, 2009

Entrevista con Violeta Menjívar, alcaldesa de San Salvador (2006-2009)

Escrito por: robertogasteiz el 03 May 2009 - URL Permanente


“Vivimos en una cultura de corrupción”


Por Roberto Valencia

El Salvador está inmerso en lo que Violeta Menjívar llama la cultura de la corrupción. Ha permeado, dice, en los partidos políticos, pero afecta también al mundo empresarial e incluso al funcionamiento de las directivas comunales. Es como un óxido que obstruye los engranajes para el buen funcionamiento del país. Palabras suyas: “Tenemos una especie de cáncer en los valores de la honradez y la honestidad”.

Quien lo dice no es una recién llegada a la política, ni mucho menos. Nacida en 1952 en el seno de una familia políticamente muy activa, Menjívar tiene ya una larga carrera. Es de las experimentadas. Dejando a un lado sus labores diplomáticas durante el final de la guerra civil, a los tres años al frente de la Alcaldía de San Salvador que acaban de expirar hay que agregar los nueve como diputada de la Asamblea Legislativa, donde llegó a integrar la junta directiva. No es muy aventurado afirmar que el suyo es uno de los rostros más conocidos de la izquierda salvadoreña.

Esta condición no impidió que la mayoría de los ciudadanos de San Salvador le diera la espalda en las pasadas elecciones municipales. La matemática revela que hubo gente que rechazó su gestión en las urnas, pero que dos meses después sí votó en las presidenciales por el FMLN de Mauricio Funes. Esto no parece quitarle el sueño a la ya ex alcaldesa, que se va satisfecha con su gestión, dice, sobre todo por el trabajo realizado en pro de las comunidades. “Parece ser que no llaman mucho la atención las obras que se hacen a las personas de escasos recursos”, se queja.

Su nombre suena para el nuevo Ejecutivo pero, sumisa como buen soldado, ella está dispuesta a hacer lo que el partido le solicite. Es, en esencia, una política. Se puede decir incluso que lo lleva en los genes. Su padre y su hermano mayor fueron también políticos y fueron, los dos, alcaldes de Arcatao, en Chalatenango. El pueblo que vio nacer a Menjívar.

Familia de alcaldes la suya...

Así es. Mi padre fue alcalde dos veces, y mi hermano, también dos veces. De Arcatao. Yo siempre me he preguntado por qué ese municipio ha sido siempre rebelde. Cuando ser rebelde era ser del PDC, los alcaldes que ganaban eran del PDC. Cuando el PDC empezó a caer en decadencia, aparecieron otros partidos de izquierda, que casi ya nadie los recuerda, como el PAR y el PR, y el pueblito era el único, quizá en todo el departamento, que en las elecciones iba contracorriente.

Y a usted le tocó convertirse en la primera alcaldesa de la capital del país. ¿Satisfecha?

Estoy satisfecha. Nadie que ha experimentado lo que significa ser alcalde o alcaldesa en San Salvador puede sentirse completamente satisfecho al término de una gestión de tres años, pero, si se hace un balance general y tenemos en cuenta cuáles son las competencias que el Código Municipal asigna a las alcaldías y los escasos recursos que se manejan, sí, estoy satisfecha.

¿Tres años es poco tiempo?

Es poco tiempo, indiscutiblemente.

Los alcaldes siempre se quejan, pero sus partidos no reforman esa realidad.

Porque no hay un acuerdo político sobre ese punto, sobre aumentar el número de años de los alcaldes, pero yo creo que sí debería de hacerse.

¿Está usted a favor de los concejos pluripartidistas?

Absolutamente. Y el partido ya lo está apoyando. Creo que debemos de saltar a lo de los concejos pluralistas, como ocurre en la Asamblea. Si no, una parte importante del electorado se queda sin representación. Es esencial por varias razones: por la representatividad, por la inclusión, por la democracia, y también por algo muy importante: la contraloría dentro de un concejo.

Reitero. El problema en este país es que los políticos siempre dicen estar de acuerdo, pero sus partidos no actúan.

Bueno... Desde esta entrevista invito públicamente a que la dirección del FMLN tome la iniciativa para impulsar la reforma que convierta en pluralistas los concejos municipales, que ni siquiera es una reforma constitucional. Además, significaría que el partido tendría presencia prácticamente en los 262 municipios.

Se va satisfecha, dice. ¿Algo en concreto le satisface sobremanera?

Hay logros cualitativos y cuantitativos. Lo cualitativo es que hicimos un gobierno local que, por mucho que se nos ataque, fue un gobierno honesto. Respondo por mí misma, ¿verdad? Sería interesante hacer una investigación de cómo entramos su servidora y los 18 concejales y ver cómo salimos, si nuestro patrimonio ha crecido. Porque un alcalde no se puede enriquecer con el salario asignado, pero sí con prácticas corruptas, como que a uno le pongan un cheque por hacer algo.

¿Le ha pasado?

Yo creo que como no vieron entrada... Para esas cosas, al funcionario primero se le sondea, y afortunadamente no tuve ese tipo de ofrecimientos.

¿Y por qué la ciudadanía no reeligió un concejo tan honesto?

A mi juicio, tuvimos una aceptación importante. Es cierto que no alcanzamos el número de votos para ganar, pero tuvimos un crecimiento en el número de votantes.

Las cifras... También se podría decir que fue la candidatura más rechazada.

Sí, pero me quedo con que es el caudal de votos más grande que el FMLN ha obtenido en su historia en las elecciones municipales de San Salvador. Y hay otros factores que no se pueden dejar fuera. Desde que llegamos en mayo de 2006 no cesaron los ataques, difamaciones, molestias, obstaculizaciones. La campaña del partido de gobierno en San Salvador fue casi una campaña presidencial, con una tremenda inversión en publicidad, mientras nosotros casi no publicitamos los 538 proyectos que hicimos. Solo en los tiempos electorales, y sin parangón con lo que invirtió el partido de gobierno. Pero en fin, sí, hay algunas cosas que la ciudadanía no vio bien.

Mucha gente votó por ARENA en la municipal y por el FMLN en las presidenciales.

Pero yo no pienso que sea un rechazo a mi gestión. Recuerde que siempre en las presidenciales la votación es más masiva, y además es obvio que un alcalde lleva sobre sus hombros algún desgaste, como cualquier funcionario. O sea, yo creo que eso debe de sopesarse. Y bueno, hay que reconocer que la ciudadanía en algunas cosas no se vio entusiasmada. Y eso es normal.

¿La clave fue una mala campaña de ustedes o una muy buena de Norman Quijano?

Yo creo que la campaña de ellos fue mucho más eficaz que la nuestra, sobre todo porque tenían muchísimos recursos y porque supieron vender unas ilusiones que ni siquiera son competencia de la alcaldía pero que la ciudadanía las agarró. Le apostaron a mensajes ilusionantes, sin importar si lo ofrecido se puede cumplir o no, pero que terminaron encantando. Fue una estrategia electoral.

Que luego el FMLN hizo suya en las elecciones presidenciales.

Debemos reconocer que la campaña de nuestro candidato presidencial, después de las elecciones de alcaldes, se intensificó bastante. Hubo una pauta, si usted se fijó, que fue bastante intensa.

¿En El Salvador se vota más con el corazón que con la cabeza?

Siempre, en los procesos electorales que ha habido en El Salvador, pesa más la emoción que la racionalidad. Entonces, las campañas deben trabajar mucho el componente de la emoción, porque ganar solo con racionalidad y argumentos no se puede. No basta decir las obras que uno ha realizado, sino que hay que jugar con la emoción de las personas.

¿Y que eso sea así es culpa de los que eligen o de los elegidos?

Yo tengo una aspiración muy íntima: que los procesos electorales se convertirán en procesos verdaderamente democráticos cuando la población vote con juicio y con razón. En la medida en que prevalecen las emociones se pueden tener resultados que no son los mejores para el país. Un país más educado, más informado, más culto, nos dejará un voto mucho más razonado. Pero eso es la sociedad ideal, y hoy por hoy en las estrategias electorales hay que combinar racionalidad y emoción. Y probablemente nosotros en la emoción no tuvimos suficiente pegue.

¿Cuánto invirtieron en publicidad?

No tengo la cifra, pero gastamos infinitamente menos que...

Suponía que me diría eso. Pero no me negará que invirtieron más que hace tres años.

Tendría que hace la comparación, no lo sé. Yo creo que la inversión fue más o menos igual.

Y mezclaron publicidad institucional y partidaria, como lo hace ARENA desde el Gobierno.

Sí, hicimos publicidad institucional, pero no se puede comparar en volumen con la que se hizo desde el Gobierno.

Al margen de montos, es copiar un modelo que el FMLN siempre criticó.

Si usted repasa los periódicos de los últimos tres años, verá la ausencia de anuncios de la Alcaldía de San Salvador.

Me refería a la campaña.

Yo sí creo que es un derecho promocionar, lo que no se vale son los excesos.

Repasemos su gestión. El parque de Los Pericos sigue sin materializarse.

Si ella lo reconoce honestamente, a Milagro Navas (alcaldesa de Antiguo Cuscatlán) yo le hice desde el inicio varias propuestas privadas sobre este tema. La idea era crear un acuerdo político para sacar adelante las 127 manzanas de la finca El Espino. Yo incluso le dije que, como las dos somos mujeres, era una oportunidad para dar un ejemplo de que los dos partidos mayoritarios somos capaces de ponernos de acuerdo. Le propuse la construcción de un parque ecológico, pero al final no hubo ningún acuerdo.

Lo plantea como si Antiguo Cuscatlán fuera responsable del fracaso.

No, es culpa de los dos, por no haber llegado a un acuerdo. Lo que yo estoy planteando es que yo tomé la iniciativa, pero no sentí receptividad.

Tampoco se avanzó en el tema del reciclaje de la basura.

Yo sí creo que hubo avances, porque sentamos los cimientos de lo que pretendíamos intensificar en una segunda gestión. Cuando yo llegué, había un problema gravísimo de recolección, con la flota agotada, y hubo que solucionar eso primero. Y solo a partir de 2008 se pudo abordar el proceso educativo que conlleva la separación y el reciclaje. ¿Los resultados? Si se da seguimiento, se comenzarán a ver en la próxima gestión.

El Centro Histórico sigue igual, si no peor.

No está completo, pero también se avanzó. Se inició la recuperación de la calle de la Amargura, se rehabilitaron casas en la colonia Bloom, la plaza San Esteban, la plaza de la Salud, lo de los proyectos habitacionales en el centro, se hicieron 17 ordenamientos de ventas... No es que no hayamos hecho nada, ¡17 ordenamientos! ¡2,500 personas que fueron ordenadas!

Doctora, muchas cuadras del Centro Histórico huelen a orines...

Sí, así es, y eso que lo limpiamos cuatro veces al día.

Para concluir el balance, ¿cree que deja una mejor ciudad que la que recibió?

Pienso que sí. Quiero insistirle en los 538 proyectos que realizamos en tres años, una inversión social sin precedentes. Atendimos las comunidades en riesgo, algo que a veces no se quiere ver, porque parece ser que no llaman mucho la atención las obras que se hacen a las personas de escasos recursos. Parques remodelados, mejora en la recolección de los desechos sólidos, promoción de la salud... Mucho, si se tiene en cuenta que San Salvador se maneja con un presupuesto anual de unos $56 millones. Además dejamos como legado el Plan Ciudad, donde están plasmados los 15 proyectos estratégicos para cambiar el rostro a la ciudad, en colaboración con el Gobierno central, empresa privada y comunidades.

¿$56 millones es poco dinero a su juicio?

Para las necesidades que hay, sí.

¿Cuántos empleados tiene la alcaldía?

Unos 4,300.

Santa Tecla tiene unos 700.

Nosotros heredamos los 4,300, pero habría que analizarlo. La planilla más grande es la de los empleados en desechos sólidos, porque es una unidad compleja. La ciudad produce 600 toneladas diarias de basura, pero si algún alcalde tiene la suficiente, digamos, decisión como para reducir la planilla, tendría que ver cuáles serían las repercusiones. Pero sí, habría que hacer un análisis de eficiencia.

Hablando de empleados, ¿hay incertidumbre por la llegada de ARENA?

Cómo no. La diferencia con los cambios de gobierno anteriores es que desde julio del año pasado esta alcaldía se acopló a la Ley de la Carrera Administrativa Municipal, que da más herramientas de defensa a los trabajadores. Pero, obvio, hay mucha tensión. La nueva gestión ya anunció que habrá un recorte de personal.

¿Por qué en El Salvador la alternancia genera incertidumbre entre los empleados?

Porque es un vicio contratar personas por afinidad política, eso se llama clientelismo político, y es muy nocivo para la administración pública. Es legítimo que un partido político promueva a militantes para que desarrollen un trabajo si se les exige eficiencia. Eso es legítimo, pero no llenar una institución pública con una serie de mediocres, de incapaces, de corruptos que destrocen las instituciones amparándose en la bandera partidaria.

¿Quiere decirme con eso que no hay clientelismo en el FMLN?

Las personas que yo tuve en la alcaldía participaron en concurso, se tiene un sistema de evaluación y de rendimiento. Y se quitó a personas que no funcionaron. Es que todo mundo tiene opción política, y no por eso hay que desecharlos. Es como ahora, que se está discutiendo lo de los candidatos a la Corte Suprema de Justicia, y que se quiere vetar a los que participan en algún partido (por Fabio Castillo, ex coordinador general del FMLN), y ese no es el camino. La cuestión es saber qué compromiso tiene, si es con el partido o con la nación, ese es el punto.

¿Cuándo los partidos comenzarán a pensar más en la sociedad que en sus intereses?

A eso debe ir el sistema político, y en la medida que los partidos no demos ese salto, no vamos a recuperar la confianza de la población. Y pensar en los propios intereses es un fenómeno que existe, y que hay que superarlo.

La Asamblea nos dejó estos días un espectáculo bochornoso, negociaciones obscenas.

Mira, la naturaleza de los partidos políticos es esa, y tienen todo el derecho a hacer valer su peso y su fuerza, en concordancia al apoyo que la ciudadanía les ha dado. Por ejemplo, el FMLN tiene todo el derecho a que en la Corte de Cuentas haya una persona que, a juicio del Frente, esté más cualificada. Eso es hacer valer el peso del FMLN en las votaciones. Lo que no se vale es abusar de ese poder para que un funcionario se convierta en un sirviente.

Quisieron apropiarse de la presidencia del COAMSS cambiando las reglas. ¿No es un acto de mezquindad política?

Yo creo que no. El FMLN no es un organismo como lo pueda ser la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos. Somos una organización política, y el objetivo es conquistar espacios donde la institución tenga un peso para desarrollarse. El partido tiene derecho a tener un peso en determinados organismos, porque la ciudadanía se lo dio democráticamente. En el área metropolitana, 11 de los 14 municipios son del Frente, ¿qué tiene de malo que un partido busque la presidencia? No es ni inconstitucional ni inmoral. La política es así.

Pero es cambiar las reglas a última hora en función de intereses partidarios.

Pero las reglas no están en piedra. Lo que hay que analizar es si es democrático de acuerdo con lo que la ciudadanía arrojó en las elecciones. Para mí, ese es el punto importante.

Hace tres años se fueron molestos de COMURES cuando la mayoría de alcaldes de derecha acordó una junta directiva.

Pero el mayor número de gobernados los tenía el FMLN...

Siempre buscando recovecos para justificar lo propio y...

Así es esto. Nosotros no vamos a negar su peso a ARENA en el nuevo COMURES. Las elecciones sirven para definir los pesos, y algunas instituciones se ocupan hoy por hoy en función de los partidos políticos. Insisto en que el país podría entrar al debate sobre si se debe cambiar este modelo, pero hoy es el que tenemos. Y es absurdo pedir a un partido que no haga su esfuerzo por mantener su peso. Si no, ¿para qué la ciudadanía vota y da pesos y contrapesos?

Concertación, doctora. Al país le iría mejor si los partidos antepusieran ese valor...

¿Pero quién dijo que las reglas que tenemos son las más excelentes? ¿Quién puede decir que cambiar algo no es beneficioso? Todo eso entra en el plano de la discusión teórica e intelectual, y de cuál es el peso de los partidos.

¿Cree que la política es sucia?

Yo no diría con tanta amargura que es sucia, porque también hay cosas buenas que se hacen. Hay un rasgo de suciedad, por supuesto, ¿qué mayor suciedad que un funcionario público llegue a una institución a hacer negocio con el cargo?

Alguien dijo que la política sería una actividad noble si no fuera por los políticos.

Está bonita la frase, pero es como muy idealista. En las empresas hay personas que hacen barbaridades, la corrupción no es algo exclusivo de los partidos políticos. Aquí tenemos una sociedad esencialmente corrupta. Ocurre en las empresas y hasta en cualquier directiva comunal, donde hay gente pobre. Vivimos en una cultura de corrupción, y los partidos políticos somos el reflejo de esa sociedad. En el país tenemos una especie de cáncer en los valores de la honradez y la honestidad, y eso permea en toda la sociedad. Hay empresas privadas corruptas, hay dirigentes empresariales que habría que ver cómo se desempeñan... Lo que pasa es que los partidos, y eso está muy bien, estamos en el ojo del huracán porque la población nos paga los salarios.

¿Podría ejercer de nuevo la medicina?

No he decidido qué voy a hacer, pero con los resultados de las presidenciales al FMLN se le abren grandes espacios. El partido es el que va a decidir qué hacer con nosotros, pero la salud siempre me ha gustado, sobre todo la salud pública. Como se dice, es mi mejor charco.

¿No sabe aún qué hará?

No. He estado muy agobiada con lo del traspaso. Pero no solo pensemos en el Ejecutivo, porque se han abierto muchos espacios dentro del propio partido, por el simple hecho de estar en el poder se necesita un fortalecimiento interno.

Está a la espera de lo que le diga el partido.

Sí, lo claro es que seguiré en la política. Aún no he decidido abrir mi clínica en el mercado Central, algo que me gustaría mucho.


Esta entrevista apareció publicada en la edición del 3 de mayo de 2009 de la revista Séptimo Sentido, de El Salvador. Puede verla pulsando aquí (páginas 26 a 31) .

05Abr, 2009

Entrevista con Gervasio Sánchez

Escrito por: robertogasteiz el 05 Abr 2009 - URL Permanente

“No me gusta la etiqueta de periodista comprometido”


Por Roberto Valencia

El periodista español Gervasio Sánchez llegó a El Salvador por primera vez en octubre de 1984. Tenía 25 años. Licenciado apenas unas semanas antes, su llegada no fue casual. En 1983 se había integrado en la ONG Amnistía Internacional, y a él se le había encomendado estar pendiente de la que entonces era una de las zonas más convulsas del planeta: Centroamérica. Vino para ver con sus propios ojos si era verdad todo lo que había leído en informes. Lo intentó primero en Guatemala, pero la inseguridad le impresionó tanto que no se atrevió a ejercer el periodismo. “Fue El Salvador donde comencé a ver la guerra.”

El reconocido fotoperiodista Gervasio Sánchez ha regresado a El Salvador por enésima vez en marzo de 2009. Tiene ya 49 años. En el cuarto de siglo transcurrido logró labrarse un currículum como periodista especializado en conflictos armados que impresiona. Hace apenas dos días fue inaugurada una exposición con fotografías suyas en la sede neoyorquina de Naciones Unidas. Y en el largo listado de reconocimientos que salpican sus últimos 15 años de carrera destacan por su importancia el Premio Rey de España que le acaban de conceder y el Premio Ortega y Gasset que recibió en 2008.

Esta entrevista se desarrolló en su hotel, apenas un par de días después de la victoria de FMLN en las elecciones presidenciales. Gervasio no se hospedaba en el Radisson o en el Sheraton. Fiel a un estilo de vida que él defiende como coherente con la profesión que eligió, la cita fue en el hotelito que hay en la parte superior de Puerto Bus, sobre la alameda Juan Pablo II. Llegó puntual, vestía sencillo: unos jeans azules y una camisa de manga corta a rayas desabotonada en su parte superior. Durante más de una hora respondió preguntas sobre sus coberturas en El Salvador y el mundo, sobre el periodismo de ayer y hoy y sobre “Vidas minadas”, su proyecto gráfico enfocado en las consecuencias de las minas antipersonales. Lo inició en 1995 y aún sigue abierto. Entre los siete protagonistas principales de sus historias hay de hecho un salvadoreño llamado Manuel Orellana, amputadas las dos piernas, casado, cuatro hijos y vecino de Apopa. Entre otras cosas, Gervasio estuvo con él una vez más durante su última visita.

“Soy más conocido como fotógrafo, lo cual me molesta mucho, porque creo que también he escrito buenos reportajes.” Y es que aunque los principales premios los ha recibido por sus trabajos gráficos, Gervasio optó desde sus inicios por una concepción integral del reportero de guerra –etiqueta que tampoco le gusta– como alguien capaz de tomar buenas fotografías, escribir buenas crónicas y hacer despachos de radio o de televisión dignos. Ahora también le ha entrado al mundo de los blogs.

¿En qué faceta se siente más cómodo?
Yo empecé en el periodismo desde muy joven y lo hice sin apoyarme en ningún medio de comunicación, viajaba con mi propio dinero. Y no es que fuera rico, sino que trabajaba como camarero en el verano y después viajaba durante varios meses.

Hablamos de inicios de los ochenta, ¿no?
Finales de los setenta y principios de los ochenta, cuando comencé a estudiar Periodismo. Yo tenía 19 o 20 años y me sentía ya atraído por ir a los sitios donde pasaban las cosas, aunque era consciente de que si quería llegar a El Salvador o a Guatemala difícilmente un medio de comunicación me hubiera enviado. Entonces, desde muy joven empecé a escribir como había aprendido en la universidad. Con la fotografía, nunca he hecho un curso, todo lo que sé es por mi experiencia sobre el terreno y por haber conocido quizá a los mejores fotógrafos del mundo. Desde el principio entendí que para sobrevivir en este oficio con la fotografía solamente iba a ser difícil, con el periodismo escrito solo, también muy difícil, y con el radiofónico, lo mismo. Por eso siempre intenté apoyar mi mesa de trabajo en diferentes patas, bien sujetas, y que además tuvieran que ver con distintos medios.

Suena a necesidad, no a elección.
Creo que fue una estrategia. Sabía que si escribía, tomaba fotos y hacía radio, podría llegar a los sitios que me interesaba estar.

Pero no me ha respondido: ¿en qué faceta se siente más cómodo?
Soy más conocido como fotógrafo, lo cual me molesta mucho, porque creo que también escribo decentemente y que he escrito buenos reportajes. En la revista Magazine del diario La Vanguardia, con la que trabajo ahora, siempre van mis fotos y mis textos. Entonces, sí, soy más conocido como fotógrafo, he hecho una serie de trabajos que tienen una cierta consistencia, pero creo que he trabajado temas interesantes en el periodismo escrito y también en el radiofónico.

¿Es cierto que una imagen vale más que mil palabras?
Es una frase hecha y una referencia en el mundo del fotoperiodismo. Lo que yo pienso es que una fotografía tiene algo que no tiene un texto: no necesita traducción. En una sociedad de la imagen como en la que estamos, una fotografía hecha en El Salvador o de la guerra de Iraq se puede entender en cualquier parte del mundo. La imagen tiene esa de magia que permite ser transmitida universalmente. El texto, incluso el mejor de todos, necesita ser traducido a otros idiomas.

¿Qué le trajo esta vez a El Salvador?
Estoy realizando un proyecto sobre desaparecidos, sobre la desaparición forzosa. He estado en Chile, en Argentina, en Perú, en Colombia, en Guatemala, en El Salvador, en Iraq, en Bosnia, en Camboya... Y todo esto va a cristalizar en una exposición. Aquí estuve en noviembre, con la Asociación Pro Búsqueda y otras instituciones que se dedican a buscar desaparecidos. Y bueno, aprovechando que había unas elecciones importantes, convencí a una serie de medios de la importancia de cubrir esta historia y de paso, trabajar unos días en el proyecto.

¿El Salvador es un país más o tiene algún significado especial para usted?
Este viaje lo concibo como el fin de un ciclo que empezó hace 25 años. Yo llegué a El Salvador en octubre de 1984, cuando aquí se comenzaba a hablar de paz. En la década de los ochenta estuve muchas veces. Estuve en las elecciones que ganó Alfredo Cristiani, una jornada electoral a tiro limpio, muy diferente a la del 15 de marzo. Murieron tres periodistas esos días, dos salvadoreños y un holandés. También regresé para la ofensiva de 1989, para el entierro de los jesuitas, cuando se firmó la paz en enero de 1992.

¿Y terminada la guerra?
He regresado para trabajar un proyecto llamado “Vidas minadas”, sobre personas mutiladas por las minas. Uno de los siete protagonistas es un salvadoreño que vive en Apopa.

¿Y cómo ha visto la evolución del país en 25 años transcurridos desde su primera visita?
El Salvador es un país donde los ciclos son muy largos. Se comenzó a hablar de paz en 1984, en La Palma y Ayagualo, y se firmó más de siete años después. Y en 1992 terminó la guerra, pero me da la sensación de que la posguerra duró hasta el 15 de marzo. Por fin ha habido una alternancia política, sorprendentemente bien digerida por todo el mundo, incluso por ARENA y por la derecha mediática. La posguerra acabó cuando Rodrigo Ávila anunció que en la política unas veces se gana y otra se pierde. ¿Y qué he visto en El Salvador? Es un país que conozco muy bien y que hoy está inmerso en una situación de violencia estructural tremenda. Aquí hay que hacer un gran esfuerzo para sacar armas de las calles e intentar que el país no sea democrático solo en su estructura electoral, sino también democrático en las calles, que se pueda vivir en las colonias sin estar atrincherados.

Luego regresaremos a El Salvador, pero antes cuénteme cómo alguien se llega a especializar en conflictos bélicos.
Es algo que me preguntan mucho en las universidades, creo que porque se idealiza esta especialidad. A mí, en realidad, no me gusta la etiqueta reportero de guerra, por dos razones: una, porque hay mucha gente que se autoproclama reportero de guerra sin haber conocido la guerra; y dos, porque tengo demasiados amigos muertos como para vanagloriarme o intentar expresar con una etiqueta este mundo. Pero respondiéndote, a una especialización se llega después de años o décadas trabajando de una manera obsesiva. Yo llevo más de 25 años trabajando en zonas de conflicto, y creo que esto me permite decir que soy un especialista en conflictos armados.

Y en su caso fue buscado de forma expresa.
En mi caso sí, incluso antes de llegar a la universidad ya sabía que quería estudiar periodismo para irme a donde había conflictos armados. Para mí siempre ha sido muy importante viajar y ver las cosas con mis propios ojos.

Ha cubierto conflictos en África, América, Europa y Asia. ¿Es cierto eso de que todas las guerras son iguales?
Los que siempre son iguales son las verdaderas víctimas de las guerras, que son los civiles. Las guerras las protagonizan los civiles, las sufren los civiles y sus principales víctimas son civiles, cuando muchas veces ni saben por qué se lucha en su país. A veces, ni los combatientes lo saben. Recuerdo que en El Salvador, tanto cuando estaba con el ejército como cuando estaba con la guerrilla, les preguntaba ¿por qué luchas?, y muy pocas veces un soldado o un guerrillero sabía decirme por qué.

¿Cuál es el conflicto más absurdo que le ha tocado vivir?
No me gusta comparar conflictos porque parece como si las víctimas fueran de primera y segunda categoría. Para mí, lo más grave de un conflicto es cuáles son los intereses para que dure. ¿Quién se beneficia de la venta de armas? ¿Quién se beneficia con los intercambios comerciales que generan los conflictos? ¿Quién se lleva el petróleo o quién se lleva los diamantes? ¿Quién es el responsable de que una decisión pueda costar la vida a miles de personas?

Pero esas respuestas no están sobre el terreno, ¿o sí?
Bueno, es discutible. Sobre el terreno yo vi que los guerrilleros sierraleoneses recibían armas a cambio de diamantes, y las armas venían de Europa. No es solo Estados Unidos, también Francia, Inglaterra, Alemania o hasta mi país, España, que es la octava potencia mundial en cuanto a venta de armas. La guerra es un gran negocio, y los que quieren hacer negocio se acercan a las guerras.

¿Cree en el bien y en el mal?
Lo que pienso es que en medio de un conflicto es muy difícil saber dónde está la verdad. Los periodistas siempre tratamos de buscar la verdad, quién tiene la razón, qué pasa en el lugar... Y yo he llegado a una conclusión: como es tan difícil conocer la verdad porque es la primera víctima de una guerra, otra frase hecha, siempre me acerco a las víctimas. Las víctimas son la única verdad incuestionable de las guerras, y cuanto más cerca esté de las víctimas, más cerca estaré de la verdad.

Regresemos a El Salvador. ¿Fue su primera salida como periodista?
Bueno, en 1982 había estado cubriendo desde Israel la invasión del sur del Líbano. Y aún antes, estando de vacaciones en Turquía en 1980, viví un golpe de Estado muy duro. Pero la primera vez que me encontré la guerra de verdad fue en El Salvador. Venía de Guatemala, pero allí no me atreví por lo mal que estaban las cosas. Entonces, sí, aquí es donde comencé a ver la guerra de verdad.

He visto una foto suya de soldados acuchillando cadáveres de guerrilleros en Soyapango. ¿Es lo peor que vio acá?
No, lo peor era cuando me encontraba con soldados que llevaban orejas colgadas de sus cinturones. Eso ocurrió aquí, yo vi cómo lo hacían durante la ofensiva de 1989. La foto que tú mencionas es de unos soldados de las fuerzas especiales, paracaidistas, y fue la portada de Diario 16, un periódico de España ya desaparecido. Lo que pasó ese día allí fue bastante feo, aunque para mí fue más terrible la masacre de los jesuitas.

¿Se sienten de manera especial las muertes de los colegas periodistas?
La muerte de un compañero es lo más terrible que he podido vivir en una guerra, sobre todo cuando he estado presente. En Sierra Leona tuve que identificar el cadáver de Miguel Gil, uno de mis mejores amigos, al que mataron en una emboscada. Aquí, en El Salvador, en 1989 mataron a Cornel Lagrouw, un camarógrafo holandés muy simpático. Julio Fuentes en Afganistán... De alguna forma te das cuenta de que es una lotería. Ellos murieron, pero uno tiene que dedicarse a consolar a viudas, madres, llamarlas en los aniversarios, que sepan que nos seguimos acordando de sus maridos o hijos. Es muy duro, es lo peor.

¿Cuántos países habrá visitado?
Un centenar. No todos en guerra, por suerte.

Y en El Salvador ha visto lo que ha definido como la prensa más extremista del mundo.
Ojalá, tras las elecciones, El Diario de Hoy sea capaz de hacer un gran esfuerzo por situarse en un país que quiere modernizarse. No se puede hacer una campaña tan brutal y escandalosamente sucia como la que se hizo aquí. Y también debería de modernizarse ARENA. Una de las cosas que primero deberían de cambiar es su himno, que cuando la gente viene de fuera, y lo escucha, se escandaliza. Un amigo me decía: “¡Pero en qué mundo vive esta gente!” Y el himno se podría mantener quitando dos o tres frases que hablan de un mundo absurdo. El Salvador, la tumba de los rojos. Es un discurso que hoy ya no utiliza ni el más extremista de los nazis europeos.

Si le pidiera que se identificara políticamente, ¿se ubicaría en la izquierda?
No, no. Yo, de hecho, nunca he votado por un partido en mi país. Yo en lo que creo es en mejorar la vida de la gente. No es posible que un porcentaje altísimo de la población salvadoreña viva en la miseria absoluta. Y si un gobierno en 20 años apenas ha avanzado en este tipo de mejoras, pues creo que hay que dar la oportunidad a la oposición, a ver qué hacen. Pero no lo veo como una cuestión de izquierdas o derechas. Cuando los sandinistas ganaron las elecciones en Nicaragua, yo era muy joven, pero luego vi lo que hicieron.

Y como periodista, ¿cómo hace cuando un medio le quiere imponer un enfoque?
Yo trabajo con los medios que respetan mi trabajo, y sobre todo, que respetan a los protagonistas de mi trabajo.

Eso ahora, para el Gervasio ganador de premios, pero ¿fue así siempre?
Siempre ha sido así. Yo siempre he trabajado con medios y he dejado de trabajar con otros por las motivaciones. Mi mesa de trabajo, como te decía, se apoya en medios diferentes y de distintas ideologías. Y los cambio en función del respeto hacia mi trabajo.

Afortunado, pero supongo que se sabrá excepción dentro del gremio...
Bueno, ahora estamos en una crisis económica que afecta a los medios, pero a mí no me parece más que una justificación. Lo que yo creo es que lo que está en crisis es el concepto de periodismo. Los periodistas desde hace años se han dejado comer terreno por personas, por instituciones, por gobiernos y por políticos, gente que no es del mundo del periodismo. Las entrevistas que se hacen a los políticos son cada vez más de cuestionario, hay conferencias de prensa en las que no dejan hacer preguntas. ¿Pero cómo en una conferencia de prensa no va a haber preguntas? Es absurdo, pero pasa. Y los periodistas, en vez de decir la próxima vez no venimos, aguantan lo que haya que aguantar, no se atreven, porque las empresas posiblemente no se lo permitan.

A pesar de las mejoras tecnológicas, ¿cree que el periodismo está mejor que hace 30 años?
El periodismo ha sacrificado algo muy importante, como lo es el gran reportaje. La excusa que adoptan para reducir el espacio los que toman decisiones es que ya nadie quiere leer un gran reportaje. ¿Pero cómo que nadie quiere leerlo? Entonces, nadie querría leer libros, ¿no? Eso de que el gran reportaje no interesa es una excusa, lo que está detrás es que son caros de producir. Es un tipo de periodismo muy importante, y lo echo de menos. La tecnología ha permitido que todo el mundo haga las mismas crónicas, que todos vayan al mismo sitio a informar a través de las mismas fuentes y que casi todo lo que se lee, se ve y se escucha sea muy parecido.

Su trabajo sobre las minas le ha valido destacados premios. ¿Qué relación mantiene con los protagonistas de sus fotografías?
La relación está siempre en función del tipo de proyecto. Cuando es a largo plazo, tiene que ser muy profunda. Como fotoperiodista, voy a llegar a sus casas cuando estén comiendo, durmiendo, paseando... Y para eso hay que establecer una buena relación. El proyecto “Vidas minadas” lo empecé en 1995 y acabé la primera parte en 1997. En 2002 publiqué la segunda parte, y en 2007, la tercera. Con el proyecto de los desaparecidos pasa algo parecido. Decía Ryszard Kapuscinski que nadie puede escribir bien sobre alguien si no conoce su historia. Los protagonistas deben tener voz y cara y nombres y apellidos.

¿Y cómo se lleva el buen vivir con las historias crudas que nos presenta?
Yo sigo trabajando como periodista independiente, me sigo autofinanciando.

Pero seguro que ha conocido buenos hoteles y restaurantes, que ha viajado en primera.
Mantengo esa idea de que hay que acercarse a la gente para conocerla, y desde un hotel caro y con aire acondicionado cuesta más salir a la calle. Por ser yo quien me pago mis gastos siempre he sido muy riguroso y evito los excesos. Claro que a veces me han invitado a hoteles muy caros, pero casi siempre que voy a trabajar sobre el terreno vivo de manera muy cercana a la vida normal de la gente.

¿Cuesta resistirse a entrar en el círculo de las comodidades?
Tener una buena situación financiera a nadie le disgusta, creo yo, pero en mi caso estoy cómodo haciendo la vida que hago.

Un crítico podría echarle en cara que se está lucrando con la miseria ajena.
Toda crítica es aceptable, pero muchas veces hay mala intención. El periodismo es la profesión en la que más envidias hay, pero lo que trato de hacer es un trabajo decente. Además, después de 30 años vivo de una manera que difícilmente alguien podría decir que me he lucrado. Y luego está la satisfacción de que muchas personas se hayan beneficiado de la recaudación de “Vidas minadas”, ya que renuncié a todos los derechos de autor.

¿Y cómo le surgió esa obsesión por las minas antipersonales?
Cuando lo empecé a trabajar ya llevaba muchos años en conflictos. Recuerdo que en 1989, cuando la ofensiva, una de las preocupaciones de los periodistas en El Salvador eran las minas. Entonces, la mina era un arma más, como el fusil, el cuchillo, el mortero o las bombas de 500 libras. Lo más sorprendente fue saber que la mina, que es un arma de guerra, perjudica sobre todo a partir de que se logra la paz y regresan los desplazados. Aquí se hizo un esfuerzo responsable, pero en otros países, como Nicaragua, no. En Camboya hay una media de tres o cuatro mutilados diarios. Y Colombia es el país que hoy día tiene el mayor número de afectados por minas al año, y casi todos son civiles.

Su discurso por el Premio Ortega y Gasset digamos que fue políticamente incorrecto.
No planteé nada del otro mundo.

Delante de medio gabinete de gobierno dijo que España es un país exportador de muerte.
Estamos hablando del gobierno del Partido Socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, que ganó las elecciones contra la guerra, que se benefició de un estado de opinión contra la guerra de Iraq. ¿Y cómo se explica que durante su gobierno se duplique la venta de armas a países extranjeros? Es una doble moral absoluta. España ha vendido armas a la Indonesia de Suharto cuando estaba matando a gente en Timor Oriental, el gobierno de Felipe González permitió la venta a Iraq e Irán durante la guerra que los enfrentó, y el gobierno de José María Aznar...

Visto así, ¿no le queda la sensación de que tanta denuncia no sirve para nada?
Yo solo soy un periodista. Incluso me molesta muchísimo cuando me llaman periodista comprometido. Lo mismo que no acepto la etiqueta de reportero de guerra, tampoco me gusta la de periodista comprometido. El periodismo debe ser compromiso por definición y puede ayudar a cambiar cosas, puede ayudar a mejorar las cosas. El problema es que la profesión cada vez está más embaucada en políticas mediáticas, en historias de grandes negocios. Cuando recibí el Ortega y Gasset hice un discurso que para mí era obligatorio, porque hablé en nombre de las víctimas. Tuvo repercusión por las autoridades que había allí, pero no dije ni una sola palabra soez.

Dijo que se avergonzaba de sus representantes políticos, en su cara.
Porque la venta de armas desde España a países en conflicto se ha promovido desde todos los gobiernos que ha habido tras la muerte de Franco, sean de derecha o de supuesta izquierda.

¿Y no le generó problemas?
Pues tuvo mucha repercusión, pero no he tenido mayores problemas. De hecho, me acaban de otorgar el Premio Rey de España. Yo no voy al psicólogo, a pesar de todas las cosas que he sentido en mi vida, pero cuando tengo ocasión de decir las cosas como las pienso, las digo. Me da igual quién esté enfrente. Y si me trae cosas negativas, pues mala suerte. Pero hasta el momento, sinceramente, no me ha pasado.

Entre periodismo escrito y gráfico, ¿dónde pesa más la ética?
Igual. Yo trabajo de la misma manera cuando hago una entrevista, cuando tomo una fotografía o cuando he hecho documentales. La ética tiene que estar muy presente en la vida de un periodista haga lo haga, incluso si trabaja en internet o si hace un blog. Nadie puede usar el periodismo para injuriar o decir mentiras desde el anonimato. Un blog debería ser tan serio como una gran revista de crónicas, como New Yorker.

La última. En sus fotografías usted muestra las secuelas de la violencia de forma explícita. ¿Qué opina de la autocensura de los medios en ese sentido?
Me parece alucinante lo que ocurrió con la fotografía que ganó este año el World Press Photo, que no había sido publicada. No estoy a favor de publicar cualquier imagen, pero eso fue enmascarar la realidad. Pondré un ejemplo: lo que se publicó sobre los bombardeos israelíes en Gaza es una mínima parte de lo que ocurrió. Había imágenes de niños con las cabezas cortadas, niños destrozados... Eso pasó y se fotografió, pero no se publicó. En la agencia AP, donde muchos editores son amigos míos, evalúan si el hecho tiene interés informativo y tratan de evitar la sangre por la sangre. Pero la de la fotoperiodista salvadoreña no puedo entender por qué no se publicó, porque es impresionante y representa una situación que se vive en El Salvador. No publicar una fotografía en la que hay una persona muerta y unos niños mirando es censurar la realidad del país.


Esta entrevista se publicó el 5 de abril en la revista Séptimo Sentido, de El Salvador. Puede verla pulsando aquí (páginas 12 a 17).

04Ene, 2009

Jon Sobrino, el obseso

Escrito por: robertogasteiz el 04 Ene 2009 - URL Permanente

Por Roberto Valencia



El nombre de un periodista no es algo importante para Jon Sobrino. En realidad, el periodismo en sí, tal y como está concebido en la actualidad, no es algo importante. “No me interesa todo eso, ese mundo de los millones, de los medios que son más o menos de derecha o un poquito de izquierda”, dijo la tercera vez que hablamos frente a frente. La segunda vez había sido el 30 de noviembre, poco después de oír cómo cantaba el “Cumpleaños feliz”. Me le acerqué una vez finalizada su misa, como habíamos acordado por teléfono.
—A ver, ¿tú eres Antonio Valencia? –preguntó.

—Roberto, padre, Roberto Valencia.

—Roberto... ah, entonces sí te conozco. Vamos a ver –enérgico–, ya te dije que ahora no te voy a recibir, pero ¿qué es lo que quieres tú?


Siete
días después salió con eso de que no le interesa el mundo de los millones ni aparecer en los medios. Esa tercera plática fue más cordial. Fijamos una entrevista larga en su despacho para las 4 de la tarde del día siguiente y volvió a confundirme con Antonio. Se justificó diciendo que Antonio Valencia le sonaba a un portero que tuvo hace unos años el Athletic de Bilbao, el equipo de fútbol de la Liga española. Pero ese portero se llamaba Juanjo Valencia.

“Yo soy diabético, de dos inyecciones diarias, para que lo pongas.” Su mala memoria selectiva –solo para nombres y rostros– la atribuye a la diabetes. Y es selectiva porque Sobrino, el jesuita salvadoreño amonestado hace ya un par de años por el Vaticano, tiene 70 años, pero es uno de los teólogos más leídos y traducidos en todo el mundo, continúa celebrando misa en la misma iglesia donde lo ha hecho por casi 20 años y se mantiene firme en lo que décadas atrás alguien bautizó como la opción preferencial por los pobres. Y sigue publicando cuanto puede. Y sigue con sus pensamientos enfocados en lo que él cree que es importante.

En la entrevista de las 4 en su despacho, tras casi dos horas de plática, le pedí que me firmara un ejemplar de uno de sus libros. Lo abrió y con letra clara y legible, de estudiante aplicado, escribió: “Para Antonio Valencia. Con agradecimiento y esperanza. Jon Sobrino”.

***

Faltan segundos para las 8 de la mañana. Hoy es 30 de noviembre, domingo. Sobrino sale de la sacristía serio, mirada perdida, casulla morada de Adviento. Lleva pegada al pecho una Biblia verde con un cordelito rojo para separar páginas. Camina hacia el altar despacio, casi arrastrando los pies. El coro, nutrido y voluntarioso, está cantando una canción que dice que los pobres esperan el amanecer de un día sin opresión. Quizá eso llegue alguna vez, pero hoy se tienen que conformar con un día de cielo azul intenso pero fresco. Sobrino se frota las manos, se acomoda los lentes.

Esta es la iglesia de El Carmen, en el centro de Santa Tecla, una ciudad que forma parte del área metropolitana de San Salvador, la capital del país. El párroco aquí desde 1991 es otro jesuita llamado Salvador Carranza, alto, barbado, septuagenario también. Al poco de su designación, pidió a su amigo Sobrino que le ayudara a celebrar. Y le aceptó. Salvo viaje al extranjero o quebranto serio de salud, todos los domingos a las 8 de la mañana inicia su misa, como está sucediendo en este instante.

Llamar templo a esto es una cortesía. La centenaria iglesia dedicada a la Virgen del Carmen quedó semiderruida por un terremoto en 2001. Las misas reiniciaron meses después en este improvisado, largo y estrecho galerón de láminas con ventanas por doquier, techo falso y luces fluorescentes. Lo levantaron a la par. Trajeron las bancas, un pequeño retablo, dos atriles de madera tallados y cuanta escultura sobrevivió al sismo. Y se logró un lugar acogedor, pero que está a años luz de la solemnidad de catedrales ciclópeas o milenarias. A Sobrino la sencillez que le rodea no parece incomodarle; al contrario. Y lo explicitará durante la homilía.

—Jesús jamás habló de que él estaría en una catedral bellísima...

La frase entera la podrán leer más luego. Ahora el coro sigue cantando la canción que dice que los pobres esperan un día sin opresión, la primera de nueve. Las dos últimas serán “Las mañanitas” y “Cumpleaños feliz”. Hoy es el cumpleaños de Salvador Carranza, a quien acá todos conocen como padre Chamba. Cumple 72, una edad que dicen que es muy bíblica. Español de nacimiento, llegó al país en 1956, un año antes que Sobrino. Ambos forman parte de ese grupo de jesuitas sin el que resulta complicado explicar la historia reciente de El Salvador. Son los que crearon la Universidad Centroamericana (UCA), los que abrazaron la Teología de la Liberación, los que educaron, los que fueron llamados comunistas, los masacrados, los involuntarios protagonistas del Museo de los Mártires, los que al final de la misa estarán acá, septuagenarios, escuchando a 200 parroquianos cantar en una iglesia-galera algo tan poco eclesial como “Las mañanitas”. Juntos en el altar, el padre Chamba y Sobrino cantarán también, sonrientes.

***

La sinopsis de sus primeros 68 años de vida sería así: Jon Sobrino Pastor Gaztañaga Larrazabal nació en plena Guerra Civil española, el 27 de diciembre de 1938. Nació en Barcelona. Sus padres –Juan y Rosario– habían escapado un año antes desde Barrika, un minúsculo pueblo del País Vasco. La familia regresó a su tierra cuando Jon tenía 10. Con apenas 17 años, ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en Orduña, cerca de Bilbao. Con apenas 18 años, fue enviado al noviciado de la Compañía de Jesús en Santa Tecla, cerca de San Salvador. Fiel al espíritu jesuítico, tuvo una sólida formación en algunas de las mejores universidades del mundo. Estudió en Cuba, en Estados Unidos y en Alemania. Para 1973 ya tenía las carreras en Filosofía, Ingeniería Mecánica y Teología, de la que se doctoró. Regresó a El Salvador para instalarse de forma definitiva. Vivió la metamorfosis de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Sufrió lo peor de la guerra. Se nacionalizó. La masacre. Se esperanzó con la firma de los Acuerdos de Paz en 1992. Sintió –siente– vergüenza por este mundo. Y mientras, publicó cuanto pudo sobre Cristología, sobre Romero, sobre los pobres, sobre liberación. Todo eso y más hizo en sus primeros 68 años de vida. Pero ahora tiene 70.



En noviembre de 2006 se aprobó la Notificación. Tras largos años de estudio de dos de sus libros –“Jesucristo Liberador” (1991) y “La fe en Jesucristo” (1999)–, el papa Benedicto XVI mandó publicar el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe que catapultó a Sobrino. De ser un teólogo respetado y reconocido en círculos religiosos pasó a encarnar la víctima del conservadurismo que se le achaca al Papa. No es que partiera de cero, pero lo convirtió en un fenómeno mundial. Si se busca entre las páginas en inglés que aparecen en Google, “Jon Sobrino” tiene más entradas que “Antonio Saca”, el presidente de la República salvadoreño. En Wikipedia hay artículos sobre Sobrino en 10 idiomas diferentes. En inglés, en francés, en alemán, en japonés y hasta en húngaro siempre aparece como uno de los estandartes de la Teología de la Liberación, la corriente que irrumpió con fuerza a finales de la década de los sesenta y cuya filosofía podría resumirse en un principio: que la Iglesia católica debe tener una opción preferencial por los pobres.

—¿Cuáles son las consecuencias exactas que tuvo la Notificación para usted?

—Bueno, consecuencias... La Notificación es un texto, ¿verdad? Hacemos saber que el padre Jon Sobrino ha escrito unos libros que contienen tal y tal... ¿Qué consecuencias oficiales ha tenido? Pues a mí no me ha impuesto nada. Hombre, obviamente, para alguien que tiene sentido común es una llamada de atención seria, eso sí, pero consecuencias de por sí, oficiales, no. Otra cosa es todo lo que me colgaron.

—Pero dejó de dar clases en la universidad.

—Dejé de dar, pero eso no fue porque la Notificación lo prohibiera expresamente. Ya estoy dando de nuevo, di un curso sobre identidad cristiana, y en marzo voy a dar otro sobre la teología de Ignacio Ellacuría. Pero indudablemente la Notificación sí generó un ambiente, y eso es evidente, que no facilita el trabajo.

—La impresión de sus libros ¿está permitida?

—Sí, cómo no. Acaba de salir otro libro mío.

La realidad es que la tan traída y llevada Notificación, aun siendo un hecho extraordinario dentro de la Congregación, fue un sopapo moral público, pero no acarreó sanción concreta alguna. Sobrino siguió haciendo lo que para él sí es importante: oficiar misa, publicar libros, denunciar lo denunciable, continuar como director del Centro Monseñor Romero de la UCA.

***

—Buenos días tengan todas y todos ustedes.

Las palabras resuenan amplificadas en el galerón por un sistema de sonido rústico pero eficaz. Siempre repite las mismas.

Sobrino apoya sus manos sobre una mesa hueca cubierta por un mantel blanco con bordados. Iluminada por dentro, sirve de sepulcro a un Jesucristo yaciente que el Adviento todavía no ha ocultado. La figura está detrás de un cristal, recostada sobre dos cojines y ensangrentada en rodillas, muslos, cuello y torso. Su rostro es de serenidad, ojos cerrados. No da sensación de sufrimiento. Es una de las esculturas sobrevivientes del terremoto, de una finura que contrasta con el ambiente espartano a su alrededor. Hay afiches colgados con las fotografías de Monseñor Romero y del sacerdote jesuita Rutilio Grande, asesinados ambos. La última vez que los dos y Sobrino coincidieron en un mismo lugar fue el 12 de marzo de 1977. Rutilio estaba dentro de un ataúd. “Yo creo –me dirá días después– que me bautizaron de verdad como cristiano el día que mataron a Rutilio Grande... y sé que es lenguaje provocativo, ¿verdad? Y además, ese día me bautizaron como ser humano.” La presencia de esas imágenes en la iglesia no es casual ni decorativa. Rutilio y Romero también están en su despacho de la UCA y en el diminuto cuarto donde duerme. Son algo importante.

Ahora está leyendo con desgana las intenciones, que hoy son todas de acción de gracias: por la graduación de Ricardo, por los 15 años de Armando... “Y pedimos perdón a Dios por lo que hacemos mal y hace sufrir a los demás.” Silencio.

Visto desde aquí, encanecido y delgado, parece poca cosa. Nadie diría que alguien así ha soliviantado durante años a Joseph Ratzinger, la persona que hoy rige el destino de la Iglesia católica bajo el nombre de Benedicto XVI. Ratzinger fue quien como prefecto le abrió los procesos y quien firmó la Notificación. Y aunque a Sobrino no le haga mucha gracia, esa representación de David contra Goliat que le ha tocado interpretar siempre ha sido muy atractiva para el “establishment” que él combate. Es discutible si convence, pero no hay duda de que su lucha seduce. En el popular portal de internet Facebook hay un grupo que se llama Friends of Jon Sobrino SJ. Del extranjero lo invitan con frecuencia para dar charlas y seminarios, es hombre de mundo y conoce algunos buenos hoteles. Y ni siquiera en El Salvador escapa a situaciones en las que él se siente como pez fuera del agua. En sus apariciones públicas, rara es la que no concluye con la firma de autógrafos o con él posando junto a admiradores frente a alguna microcámara de un teléfono celular.

Sobrino no cree que sea para tanto.

—Tú pon lo que quieras, pero yo creo que la gente que se acerca a mí no es por famoso. Es por amistad o quizá por agradecimiento, porque yo represento un poquito a los mártires; un poquito, ¿verdad? Desde luego, con Beckham no tengo nada que ver. Ni yo ni el padre Ellacuría ni Monseñor Romero.

***

Sobrino está vivo por conocer el idioma del imperio.

La segunda y la tercera, junto a la iglesia de El Carmen. Pero la primera vez que hablamos frente a frente fue el 24 de marzo de 2008. Sobrino entonces ni siquiera sabía que alguien llevaba tiempo siguiéndolo para este perfil. Aquella resultó una conversación imprevista, fugaz, recelosa y a tres bandas. El tercer interlocutor era Leonardo Boff, teólogo brasileño que se encontraba de visita en el país y me había aceptado una entrevista. Él es otro referente mundial de la Teología de la Liberación. Boff, franciscano hasta entonces, colgó los hábitos en 1992.

Aquella mañana de marzo, 28.º aniversario del asesinato de Monseñor Romero, entrevistado y entrevistador estábamos sentados en unos sofás de cuero que hay en el hall del Hotel Beverly Hills. Boff hablaba sobre el mal que el neoliberalismo está haciéndole al mundo.

—¿No bastaría con hacer reformas al sistema?

—Si limamos los dientes del lobo –respondió–, ¿desaparecerá su voracidad? No, porque el lobo es voraz por sí mismo. Lo mismo ocurre con el sistema neoliberal, que es malo para la humanidad, porque excluye a casi dos tercios del mundo...

En ese momento, un taxi se paró frente a la entrada principal. De él bajó Sobrino. El rencuentro lo habían fijado para justo después de la entrevista. Y Sobrino, fiel a sí mismo, se adelantó a la hora fijada. Cruzó la puerta de vidrio con un portafolios bajo el brazo, se acercó despacio, casi arrastrando los pies. Vestía sencillo: pantalón, una chaqueta sobre la camisa y zapatos negros. Boff se levantó y salió a su encuentro.

—Caro Leonardo, caro Leonardo.



Los dos tienen la misma edad, estudiaron en Alemania e intimaron cuando en los ochenta participaron en un proyecto que pretendía sistematizar toda la Teología de la Liberación en 50 tomos. Pero además les une un vínculo especial. Cuando el 16 de noviembre de 1989 ocurrió la masacre de los seis jesuitas en la UCA, Sobrino se encontraba fuera del país. Eso le salvó. La orden que tenían quienes ejecutaron la matanza era no dejar testigos. Uno de los cadáveres, el del padre Juan Ramón Moreno, lo arrastraron hasta la habitación de Sobrino. Pero él estaba en Tailandia. Lo habían invitado para impartir un curso sobre Cristología en inglés, el idioma de lo que él llama el imperio. Ese curso lo iba a dar Boff. Había recibido la invitación primero, pero la rechazó. “En esa invitación pedían inglés, y yo no lo podía bien, pero les dije a los organizadores que invitaran a Jon Sobrino.”

Aquel rencuentro entre los dos teólogos fue cordial. Sonrisas y abrazo. Intercambiaron unas pocas palabras inaudibles.

—Te veo, te veo, te veo –elevó el tono Sobrino, señalando con descaro la panza de Boff– Los ojos, eso no has cambiado. La vivacidad... y estás aquí.

—... Termino aquí… –dijo, señalándome–, porque quiero hablar mucho contigo, Jon... Ah, Jon, él –por mí– me ha dicho que va a tu misa.

—¿Perdón?

—Que él va a tu misa.

No era el plan original, pero tuve que intervenir.

—Yo llego a la iglesia de El Carmen, padre.

—Ah, no me digas.

—Ayer estuve.

—¿Ayer a las 11?

Su misa había sido a las 8 de la mañana, pero supuse que me estaba probando. Meses después quise saber si mi suposición era acertada, pero me dijo que no recordaba haberme visto nunca antes. Su memoria en verdad es mala para los rostros y los nombres. Hablamos un poco más, apenas un par de minutos. Y Sobrino se retiró para poder concluir la entrevista: “Sigan, sigan...”

—¿Mucho tiempo sin verse? –pregunté a Boff.

—Sí, muchos años, más de 10.

***

El joven Marcello Rodríguez se sienta en el suelo, saca la videocámara de su funda, la apoya sobre su rodilla derecha y comienza a grabar. La homilía de Sobrino está comenzando.

—Que el señor esté con ustedes.

—Y con tu espíritu.

—Lectura del Evangelio, según San Marcos.

—Gloria a ti, señor.

Marcello –16 años, voz sonora, guitarrista aficionado– llega todos los domingos a El Carmen y busca lugar en primera fila, cerca del atril de madera tallada que se usa para las lecturas. Lo acompañan su hermano Gabriello, de 15, y una cámara de video Samsung modelo SCL906. Desde hace unos cinco años –no saben precisar la fecha– graban la revolucionaria interpretación del Evangelio. A Sobrino no le entusiasma la idea, pero tampoco le molesta lo suficiente. Las decenas de cintas acumuladas desde entonces las conservan en cajas con naftalina. Los videos no los suben a YouTube ni nada por el estilo. De vez en cuando los ven en familia. Es algo para consumo propio, pero han creado un archivo que quizás algún día sea codiciado. Marcello y Gabriello, además, han sido testigos de la evolución del discurso. Dicen que antes de la Notificación era todavía más incendiario.

Pero volvamos a la homilía. Sobrino también hoy está explicitando su opción preferencial por los pobres.

—Jesús está –y señala con el dedo hacia adelante– en esos pobres de la puerta, de esta iglesia y de tantas.

Una iglesia parece incompleta si no hay alguien en la entrada pidiendo limosna. En El Carmen este fenómeno roza el surrealismo. Un domingo de octubre había 24 personas suplicando unos centavos. Cuando Sobrino dice eso de pueden ir en paz, los pobres de la puerta se colocan en dos filas. En la formación hay muletas de madera, artritis, manos extendidas, vasos con vocación de monedero, delgadez extrema, canas sucias, olores, rostros cansados de la vida, arrugas infinitas, síndromes de abstinencia, sueño, insultos para el que toma fotografías y dioselopagues. La feligresía pasa en medio. La mayoría, con indiferencia; algunos sí tienen unas monedas, unas palabras o un saludo como recompensa. Esta es la pobreza que cada día respira Sobrino, la que le lleva a escribir frases como esta: “Que los multimillonarios pasen hambre alguna vez, para ver si eso los convierte”. Pero lo cierto es que son pocos, casi ninguno, los pobres de la puerta que entran a escucharlo. Parece que no les interesa oír al que se jacta de predicar por y para ellos.

Mientras habla en la homilía Sobrino gesticula con los brazos. Se ve entusiasmado, como si lo hiciera por primera vez. Aún se le reconoce su acento de Bilbao. Sonríe, se muerde el labio inferior.

—Jesús jamás habló de que él estaría en una catedral bellísima, y ojalá que las catedrales sean bonitas, que no tengo nada en contra de eso. Pero sí dijo que allá donde haya hambre y sed y enfermedad y gente que se muere de sida, nos guste o no nos guste, ahí estará él.

El Evangelio de hoy es San Marcos 13:33-37. Es corto y se refiere a cuando Jesucristo pide a sus discípulos que estén alerta siempre, como cuando unos empleados esperan la llegada del dueño de la casa. Esta lectura le está sirviendo de excusa para hablar de los pobres de la puerta, de las catedrales, de los atentados en los hoteles de la India, de El Mozote, de Monseñor Romero y de la masacre de los jesuitas. Raro es que su sermón baje de los 20 minutos.

Pero hoy está comedido. El 2 de marzo dijo esto: “A Jesús yo sí lo comparo con Monseñor Romero. Hubo mucha gente que no les quería, que ni modo. Y nosotros decíamos: ¿Cómo es posible? Pero si Monseñor Romero está abriendo los ojos de la gente con su palabra, si está quitando la ceguera del pueblo, de tanta gente campesina que pensaba que los males venían porque Dios así lo quería. Pues no, decían ellos, pues no. ¡Ese es revolucionario! Sí, revolucionario, pero del bien, ¿verdad? Luego le llamaron más cosas, que era comunista, insultos... Pero lo que quiero decir es cuánto costaba que la gente de poder, de dinero, que la oligarquía y los militares reconocieran en Monseñor Romero a alguien que hizo el bien, que hizo grandes milagros, para que la gente tuviera DIG-NI-DAD (...) Y Monseñor Romero nos dio todo, se animó a decir verdades. ¡Qué silenciosa es la Iglesia de hoy! De vez en cuando sale algún mensaje diciendo que hay pobreza en el país y que es un problema lo de los emigrantes. Pero en conjunto, ¡qué silencio! ¿Verdad?”

No debe de ser sencillo explicar la vida y obra de un hombre que vivió hace 2,000 años, aunque sea el protagonista del mayor best seller de la historia. Además del abismo temporal entre sus andanzas y el hoy salvadoreño existe otro abismo espacial de 12,000 kilómetros. En el caso de Sobrino se añade la dificultad de tratar con una audiencia en la que no todos saben leer y escribir. Pero el autor de libros ásperos sobre los que discuten los teólogos más brillantes se convierte en misa en una especie de cuentacuentos. Ha desarrollado una habilidad para traducir y masticar términos desfasados, que hacen referencia a realidades distintas a la salvadoreña o a los que simplemente les agrega matices. Con sus explicaciones se podría confeccionar el diccionario bíblico jonsobriniano. Y estas serían algunas de sus entradas.

Herodianos. En tiempo de Jesucristo, Herodes era rey en las provincias romanas de Judea, Galilea y Samaria, si bien su poder estaba supeditado al Imperio Romano. Los herodianos, dice Sobrino, eran la policía de Herodes, “como la Guardia Nacional de aquel entonces” , el cuerpo represivo durante la Guerra Civil salvadoreña.

Amor. “Amar es una actitud de salirnos de nosotros mismos, y para eso es igual que uno sea bautizado o musulmán o ateo o gringo o de Ahuachapán. Amar es no empezar el día diciendo: ‘Señor, te pido por mí y por mi bienestar y que yo lo pase bien’. ¡No! Hay que empezar de otra manera.”

Publicanos. Eran las personas que recaudaban impuestos para Roma. El evangelio de Lucas destaca la figura de uno: Zaqueo. En la interpretación que hace Sobrino, hoy su trabajo sería como recaudar fondos para Estados Unidos.

Ciego. Esta palabra suena accesible, pero la redimensiona. Ser ciego hace 2,000 años era ser “un pobre desgraciado”, como hoy lo son la madre soltera que no tiene para la educación de sus hijos o el señor que debe irse a Estados Unidos a ganarse la vida.

Guerra del Congo. En 1998 estalló en la República Democrática del Congo una guerra que causó 4 millones de muertos. Hubo firma de paz en 2003, pero la región aún es un polvorín, con decenas de miles de refugiados y milicias armadas hasta los dientes. ¿Y para qué?, se cuestiona: “Para que los países ricos, democráticos y con elecciones se roben el coltán”, de donde se extrae el tantalio para la elaboración de misiles, teléfonos móviles, televisores de plasma...

Sobrino se esfuerza por hacerse entender, por ejemplificar, por ilustrar el Evangelio. Y lo hace en función de sus convicciones personales que, si se midieran en clave política, son inequívocamente de izquierda. “¿Que el lenguaje que uso es distinto? Pues sí –dirá–. ¿Por qué? Yo no me suelo oír, pero sí procuro cuando hablo que la gente entienda, que no sé si entiende, y sobre todo que no me vean como alguien que quiere hablar raro o que lo que hace es repetir solo lo que han dicho los documentos de los obispos.”

***

El Salvador transpira cristianismo desde su mismo nombre. El lema de su escudo dice Dios, Unión y Libertad, en ese orden. La capital se llama San Salvador. Las dos ciudades más importantes fuera del área metropolitana tienen también nombre de santo: San Miguel y Santa Ana. El listado con los nombres de los municipios parece santoral. Hasta el salvadoreño con mayor proyección internacional fue obispo; sin embargo, al mismo tiempo es el país con la mayor tasa de asesinatos de todo el continente. Y con pobreza y desigualdad, el caldo de cultivo de la Teología de la Liberación. Aún hoy, 30 años después del boom de la doctrina, este país centroamericano con casi 6 millones de habitantes presenta cifras oficiales que hablan de un 14% de analfabetismo, de una escolaridad promedio de seis años, de 173,000 niños que trabajan, de un 26% de hogares sin agua por cañería, de un 35% que vive bajo la línea de pobreza, 44% en el área rural. Y de casi 400,000 familias que reciben remesas de parientes que tuvieron que emigrar.

Sobrino cayó en El Salvador hace más de medio siglo. Llegó sin pretenderlo, para cubrir el déficit de vocaciones en Centroamérica. Hoy no hay quien lo saque de aquí.

—Estoy convencido de que le han ofrecido la posibilidad de dar clases fuera.

—Sí.

—Pero sigue aquí. ¿Cómo se explica eso?

—A ver. Tu pregunta presupone que es raro. Que es raro que si una universidad un poco importante de Estados Unidos me ofrece una cátedra, que yo me quede aquí. Bueno, pues sí, he tenido algunas ofertas, pero nunca jamás se me ha ocurrido irme.

Él y muchos otros jesuitas del grupo obtuvieron sus papeles salvadoreños en 1989, en los días previos a la llegada al poder de ARENA. Este partido político de derecha, que lleva 20 años consecutivos en el poder, fue fundado por el Mayor Roberto d´Aubuisson, a quien la Comisión de la Verdad de la ONU identificó tras los Acuerdos de Paz como el autor intelectual del asesinato de Monseñor Romero.

Pero la nacionalidad de Sobrino va más allá de lo que diga su pasaporte. Cuando se le oye hablar, queda claro que en su concepto de Nosotros están los salvadoreños, los pobres, el Tercer Mundo. El Primer Mundo donde a él lo educaron lo encuadra en ideas como el Allá o el Ellos. A su país, El Salvador, dice que le debe haber aprendido a sentirse como un ser humano, algo que le permite comprender lo que ocurre en el Congo, por citar un su ejemplo recurrente. Y aquí también dice haber conocido a gente de mucho amor y a gente de esperanza, de esa esperanza honda tan difícil de ver en Europa o en Estados Unidos.

Quizá por esa coherencia entre lo que escribe y su manera de vivir es que se haya ganado un notable grado de respeto y de admiración.

“Yo puedo presumir de que el padre Jon me da misa aquí; ya quisieran tenerlo la mitad de las iglesias del mundo. Hay quien dice que estoy desperdiciando una joya para el pueblo humilde, pero su teología es para el pueblo, y para un pueblo sencillo.” Salvador Carranza, párroco de la iglesia de El Carmen.

“Dentro de la gama de teólogos de la Liberación, Jon Sobrino es para mí alguien que realmente supo sacarle el jugo más positivo a esta teología. Ha sabido administrar, con bastante coherencia y equilibrio, todo el patrimonio teológico de El Salvador y de América Latina.” Fernando Lugo, ex obispo y actual presidente del Paraguay.

“Normalmente el teólogo es solo teólogo, reflexivo, al que no le importa mucho la espiritualidad. Pero Jon Sobrino es teólogo y lo que más hace es predicar de forma espiritual, sin abandonar el rigor muy jesuita, muy alemán, de la reflexión teológica. Por eso es peligroso.” Leonardo Boff, teólogo de la Liberación.

“No es amigo de protagonismos, todo lo contrario a Leonardo Boff; son dos hombres muy diferentes. Sobrino es de diálogo más íntimo, así es como se siente a gusto. Pienso que en parte se debe a su manera de ser, reservada y más bien intimista.” Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador.

“Es una de esas personas que tienen una fe muy profunda en Jesucristo y en el Evangelio, una fe de la auténtica, de la que duele y causa dudas... no la fe anquilosada en unas normas y códigos de Derecho Canónico.” Jesús Bastante, periodista español.

***

Avanza la misa en El Carmen. Bajo la batuta de Sobrino los presentes ya le han rogado al Señor. Le han dado gracias. Algunos han dejado unas monedas en bolsas de trapo verde amarradas a un palo. Se ha cantado el padrenuestro. Y hace apenas unos segundos todos se daban fraternalmente la paz. Este acto resulta emotivo. Los parroquianos se dan abrazos o se agarran de las manos mirándose a los ojos. Y no se limitan a los que tienen alrededor. Hay movimiento de unas bancas a otras. Niños suben a abrazar a un Sobrino que corresponde el gesto con una sonrisa y con ligeras palmaditas en la cabeza. Luego baja a estrechar su mano a las personas que están en primera fila. Cuando presencié esto el 24 de agosto, anoté en la libreta unas palabras que entonces creí urgentes: “Hay algo en la atmósfera, posible entrada para la nota”. Aquí dentro, por un instante, uno se olvida de que está en el país más violento del continente.



Comienza la eucaristía con una canción de fondo que dice que el pueblo gime de dolor y que el pueblo está en la esclavitud. Sobrino reparte los cálices entre sus colaboradores y se sienta. Él no da las hostias. Hace meses, Salvador Carranza, el párroco, dijo que es por la diabetes, que se cansaba mucho. También me contaron que en la comunidad de jesuitas donde vive tuvo una vez una crisis, rompió una jarra de vidrio, se cayó sobre los cristales, se cortó la mano y hubo que llevarlo al hospital. A Sobrino no le gusta hablar mucho sobre su salud. En su humildad, cree que no le interesa a nadie más.

—Me habían dicho que estaba mal de salud, pero lo he visto muy activo.

—Hace cuatro años tuve un coma del que sobreviví. Fueron tres días en coma... Bueno, que sí es serio lo de la diabetes. Ahora, ¿en qué se nota para mí la enfermedad? Yo antes trabajaba ocho horas, por así decirlo, y ahora trabajo cuatro. ¿Y por qué? Pues porque no da para más.

Regresemos a la misa, donde ya todos comulgaron. Está a punto de terminar. Están dando unos avisos. Uno invita a donar juguetes para niños pobres, otro ofrece a precios módicos el material que edita el Centro Monseñor Romero y el último es para que los feligreses se animen a comprar CD con música del coro. Solo queda cantar al padre Chamba “Las mañanitas” y el “Cumpleaños feliz”. Han pasado 65 minutos desde que inició la misa. Esto acaba.

***

El tramo final de la entrevista en su despacho fue el momento para cuestionarlo sobre el que parece ser el único punto débil dentro de su filosofía de vida: su fiel permanencia dentro de la Iglesia católica, una institución cuyas máximas autoridades en El Salvador y en Roma lo han desacreditado en público. Y, quizá más importante, que tiene actitudes y actuaciones que cuestionan eso de que los pobres estén en el centro de todo, que cuestionan lo que para Sobrino es una obsesión. Su último libro se titula “Fuera de los pobres no hay salvación”.

—¿Cómo encaja la opción preferencial por los pobres en una institución como la Iglesia católica, dueña de tantas riquezas?

—La opción por los pobres no quiere decir: usted estudió un doctorado en Teología en Alemania, y gastó no sé cuánto dinero, y sabe mucho más que todos, ¿y usted quiere ser pobre? Pues olvídese de eso. ¡No! Sino ponga todo eso al servicio de los pobres.

La Iglesia posee acciones en grandes multinacionales y en la banca. Es parte activa del sistema.

—Que las instituciones tengan acciones me parece inevitable en nuestro mundo. Eso sí, con mucho cuidado. Que no caigan en la mística de que cuanto más, mejor. Y que los beneficios se usen para proyectos a favor de los oprimidos. Acumular capital, para acumular poder y buen vivir, para irse de turismo o para comprar jugadores de fútbol a precios que representan un buen porcentaje del presupuesto del Chad, eso es caer en el dinamismo del capitalismo inhumano.

—¿Y qué hace con las acciones su congregación?

La Compañía necesita recursos para formar a los jóvenes jesuitas que todavía no producen, por así decirlo. También patrocina servicios para refugiados, oficinas de derechos humanos, y los fondos que se necesitan para eso no caen del aire. Siempre queda la ambigüedad. Por lo que yo sé, no invertimos en empresas que fabrican armas, por ejemplo. Es capitalismo, pero digamos que de lo pecaminoso, pues lo menos.

—No ve mayor problema, entonces.

—El dinero y la riqueza siempre me dan miedo. Pero si los defensores del capital nos atacan, entonces es porque quizás no lo estamos haciendo tan mal. En los últimos 30 años, 49 jesuitas han sido asesinados en el Tercer Mundo. Repito, todo lo que sea dinero y poder tenemos que usarlo con temor y temblor. Pero creo, espero, que esos mártires nos redimen de nuestras equivocaciones.

—Es que también es aplicable a este edificio en el que estamos.

—Exactamente.

—Porque las cuotas para estudiar en la UCA son bastante caras.

—Para muchos son caras, indudablemente. Lo que también se aplica a la cámara de ese señor –y señala al fotoperiodista–, que no se la han regalado. ¿Me entiendes?

***

La misa ha terminado, y Sobrino se retira a la sacristía. Ayer acordamos por teléfono que ahora me recibirá para que le explique cuál es mi interés en hacerle este perfil. Se acerca caminando, casi arrastrando los pies. Viene sin casulla y viste sencillo: pantalón, una chaqueta sobre la camisa y zapatos negros. No lleva anillos ni nada ostentoso. Lo único reseñable es su viejo reloj de pulsera. Sobrino, uno de los intelectuales salvadoreños más leídos y traducidos, no tiene carro, celebra misa en una iglesia de láminas y vive en comunidad con otros jesuitas. Su cuarto mide 20 metros cuadrados, quizá menos. Es una cama, una computadora sobre una mesa y libros. No hay aire acondicionado ni televisor. Hay mosquitos. Pienso en que en efecto hay coherencia entre él y su discurso. Todo lo contrario a lo que pensé unas semanas atrás, cuando escuché a un pastor desgañitándose a favor de los pobres y de Monseñor Romero, pero calzado con unos zapatos relucientes, corbata de seda y un traje de no menos de $400.

—A ver, ¿tú eres Antonio Valencia? –pregunta.

—Roberto Valencia, padre, Roberto.

Sentados en una de las bancas de madera frente al galerón, me comparte algunos de sus temores. Lo hace a su manera, con el sutil velo de reprimenda con el que envuelve sus argumentaciones. Dice que él es alguien al que Roma le ha dicho que es malo y que eso no es así nomás. Dice que el periodismo le ha generado ya algunos sinsabores. Y dice que en el arzobispado lo tienen en la mira. Me está sonando a que me pedirá algo que no podría cumplirle: que le baje el perfil a lo que le he escuchado y leído sobre el imperio, sobre el capitalismo, sobre los oligarcas, sobre el Congo. Para salir de dudas, le recuerdo que acaba de afirmar eso de que Jesús y las catedrales bellísimas no son el binomio ideal.

—Sin duda, sin duda... Sí, sí, sí. Eso ponlo, por supuesto, sin dudarlo.

Empiezo a entender lo que para Jon Sobrino es importante.



  • Este perfil apareció publicado en la edición del 4 de enero de 2009 de la revista Séptimo Sentido, el suplemento dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica. Puede verla pulsando aquí (páginas 20 a 27).
  • Otra versión del texto fue publicada el 25 de enero en Revista C, el suplemento dominical del diario argentino Crítica de la Argentina. Puede verla pulsando aquí (páginas 42 a 49).

Este es el periodismo que se está haciendo en un país como El Salvador, en el centro de Centroamérica. Formo parte de la generación autodidacta, la que partió de cero, la que partió de la guerra civil, y la que carece de referentes locales. Por ello, internet es la herramienta indispensable para dar a conocer lo que por acá se está haciendo, y sus comentarios son especialmente bienvenidos.

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