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08Nov, 2008

Entrevista con Fernando Lugo, presidente del Paraguay

Escrito por: robertogasteiz el 08 Nov 2008 - URL Permanente

“La política es sucia”



Por Roberto Valencia



En unos minutos Fernando Lugo me estará diciendo que el oficialismo intentó relacionar su candidatura con las FARC y con Hugo Chávez durante su campaña electoral, pero faltan esos minutos. Aún estoy en el hall del exclusivo Radisson –que hoy más parece un aeropuerto estadounidense que un hotel–, esperando a que al director de comunicaciones baje y me suba a la habitación 235, donde nos espera el presidente de Paraguay. A Rubén Penayo, que es como se llama el comunicador, lo pude contactar hace un mes y medio gracias a un colega del diario paraguayo ABC Color, Walberto Caballero, al que conocí en Colombia el año pasado.

Hoy es miércoles 29 de octubre y dentro de poco más de tres horas arranca en San Salvador la ceremonia de apertura de la XVIII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno. Es la primera para Fernando Lugo, quien asumió la presidencia de la República del Paraguay el 15 de agosto. Ni siquiera ha cumplido sus primeros cien días de mandato.

Su escaso tiempo en el cargo fue precisamente lo que motivó la búsqueda de esta entrevista. Lugo, ex obispo, seguidor de la Teología de la Liberación y devoto acérrimo de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, puso fin en su país a seis décadas de gobierno del Partido Colorado, instituto político que de rojo solo tiene el nombre. En realidad, representa a la derecha más tradicional, al punto de ser miembro de la Unión de Partidos Latinoamericanos (UPLA), a la que también pertenece el partido salvadoreño ARENA.

Entre todos los países latinoamericanos Paraguay es quizá con el que menos relaciones políticas, económicas y sociales ha mantenido El Salvador históricamente. No hay embajada paraguaya en San Salvador ni embajada salvadoreña en Asunción. Y nada indica que esto vaya a cambiar a corto plazo. Pero Lugo es la persona que ha puesto en las urnas fin a 19 años de gobiernos de derecha (lo que hubo antes fue la dictadura del general Stroessner), un escenario muy similar al que todas las encuestas pintan para El Salvador. De ahí el interés.

Iniciada ya la entrevista, sentados frente a una minúscula mesa, lo primero que le pregunto es con qué se encontró al tomar las riendas del Ejecutivo. Sus respuestas dibujan un país –su país– metido en un negro y profundo pozo. “El ciudadano común paraguayo supo leer el deterioro moral e institucional del país. Por eso decidieron cambiar la historia. No es simplemente Fernando Lugo como un candidato de consenso, sino sobre todo la ciudadanía la que se había dado cuenta de antemano de que esa administración de 61 años con un partido hegemónico no daba más de sí.”

­­­­­—¿A qué se refiere?

—A que Paraguay era un país con sus instituciones destrozadas, sin funcionalidad institucional, corrupción galopante, una pobreza creciente… Era un país sin un futuro claro ni visos de mejorar económicamente. Yo creo que todos esos factores ayudaron a que se realizara ese consenso dentro de la Alianza Patriótica para el Cambio y, al llegar al Gobierno, lo hemos encontrado así, tal cual la ciudadanía lo había descrito: instituciones que no funcionan y una falta grave de respuestas eficientes a las grandes demandas sociales largamente postergadas, como la falta de tierras, de salud, de educación, de infraestructuras. Todo esto con el agravante de un deterioro moral en la actitud política de los gobernantes.

Fernando Lugo habla de manera enérgica y rápida, se ve que tiene claro lo que va a decir. Es alto, carga unos poderosos e imprescindibles lentes, reloj en su mano derecha y su barba y cabello están en ordenado desorden, vencidos ya por las canas. El acento es víctima del seseo, me recuerda la forma de hablar de los chilenos aunque salpicada con algunos ramalazos argentinos. Intuyo –los referentes son pocos– que esto debe de ser el acento paraguayo.

—Me interesa conocer cómo fueron los meses previos a las elecciones.

—La campaña fue bastante simple.

—¿Hubo campaña del miedo contra su persona?

—Claro, claro. La campaña nuestra fue sencilla porque partía de la ciudadanía. Nosotros no contábamos con los medios que tenía el oficialismo, tampoco con las instituciones ni con el financiamiento. Fue, como decimos allá, a puro pulmón como llegamos a los ciudadanos, que respondieron generosamente. Sobre la campaña del miedo que mencionas, lo que se dijo en primer lugar fue que mi candidatura iba a ser imputada porque no era legítima. Luego se dijo que con mi candidatura aumentarían los secuestros, que las FARC estarían presentes en Paraguay, que una izquierda desordenada y anárquica se instalaría dentro del país…

—¿Intentaron ligar su nombre con la figura de Hugo Chávez?

—También. Dijeron que el financiamiento venía de Chávez, de Cuba, de Evo, de la izquierda progresista de América Latina, y lo dijeron para desprestigiar la campaña nuestra. Pero nosotros siempre nos mantuvimos, y yo creo que la ciudadanía sabe leer eso, sabe interpretar cuándo hay una campaña de desprestigio, que en mi caso fue también moral, hacia mi persona y hacia el grupo. Dijeron también que no teníamos ningún proyecto pero en fin, creo que la ciudadanía, una vez más, nos dio esa gran lección de participación democrática en las elecciones.

—¿Hubo algo en particular que le doliera más?

—Simplemente descubrí que la política es sucia. La manera de hacer política en Paraguay en muy sucia.

—¿Pensaba que era honesta antes de la campaña?

—No, pero no pensaba que iba a alcanzar tales ribetes. Hablo incluso de amenazas de muerte, de decir que no tenemos la capacidad de gobernar. Fue una campaña bastante sucia, pero que la ciudadanía supo leer, y cuanto peor hablaban de nosotros, más subíamos en las encuestas.

Paraguay es 20 veces más grande, pero en su territorio habitan 6.5 millones de personas, una población ligeramente superior a la de El Salvador. El índice de desarrollo humano que cada año estima el PNUD los ubica parejos, a uno en el puesto 95 –los paraguayos– y al otro, en el 103. Un dato más: son dos de los países latinoamericanos con la presión tributaria más baja. Por todo esto, y por lo está sucediendo acá durante la precampaña electoral, El Salvador y Paraguay se parecen más de lo que suponía en un principio.

—Ahora que es presidente, ¿teme por su vida?

—Temer, no, pero en Paraguay hay empotrada desde hace mucho tiempo una mafia que ha dominado el país, una mafia ligada al narcotráfico, al contrabando, a la ilegalidad, a la piratería. Es un grupo que siempre ha tenido privilegios en el país, y que se benefició durante los largos años de gobierno del Partido Colorado. Ahora se están dando cuenta de que esos privilegios se han terminado; desde el primer momento estamos manteniendo una lucha frontal contra la corrupción y una administración transparente, de cara al pueblo, y eso nos da credibilidad.

—Lleva muy poco tiempo pero, ¿gobernar está siendo más complicado que lo que creía?

—Bueno, complicado por el hecho de que nuestro país no tiene un régimen presidencialista, sino parlamentarista, y no tenemos la mayoría en el Parlamento. La Cámara de Senadores no ha aprobado durante un mes ni una sola ley, se ha abortado todo tipo de reunión, y ahora mismo tenemos en discusión la aprobación del presupuesto para 2009. Todo eso también nos está dificultando para poder progresar en los proyectos que tenemos.

—Usted ha anunciado un gobierno austero. ¿Bastará la austeridad para poder financiar los programas sociales que prometió?

—En Paraguay la presión fiscal es muy baja, no alcanzamos el 12% (el promedio en América Latina es del 18.2%, y en El Salvador, es del 13.4%). Con un 12% de presión fiscal el Estado prácticamente no existe, pero creo que, incluso con los pocos recursos que tenemos, la ciudadanía se está dando cuenta de que hay una administración más honesta, transparente y eficaz. En términos de salud, por ejemplo, hemos aprobado ya la atención gratuita para todos, lo que representa un paso muy significativo.

—¿Se viene una reforma fiscal?

—Sí, tiene que haber una adecuación fiscal en Paraguay, y tiene que comenzar en 2009. El nuestro es uno de los pocos países que no tiene un tributo a la renta personal. De todos modos, la recaudación ha subido desde que llegamos al Ejecutivo, y eso marca que hay confianza en la administración, y nos da la garantía de que la ciudadanía, cuando sabe en qué se emplearán sus tributos, contribuye de buena gana.

—Lleva menos de tres meses, pero en Paraguay surgieron ya voces de que su gobierno está siendo muy lento para poner en marcha lo prometido.

—Sí, está siendo lento. Como le decía, el nuestro no es un régimen presidencialista y todos los proyectos pasan por el Parlamento. Y también está el tema del poder judicial, que no funciona. Somos tres poderes, y no podemos inmiscuirnos en los otros dos. La ciudadanía espera mucho de nosotros, del Ejecutivo, pero yo creo que también hay que tener en cuenta todo lo que le corresponde hacer al poder judicial, que tiene grandes lagunas en la administración de la justicia, y creo que eso cuenta a la hora de hacer una evaluación de la marcha de este gobierno. Lo mismo ocurre con el Parlamento, no tener la mayoría en el Congreso pone cuesta arriba nuestra administración.

—¿Cómo se explica a un sintierra que el “obispo de los pobres” tampoco permitirá la usurpación de latifundios?

—Nosotros hemos conversado con todas las organizaciones campesinas, y ellos están conscientes. Es más, tienen bastante claro que sin una reforma constitucional, la reforma agraria va a ser muy difícil. Y si es necesaria una reforma constitucional, están dispuestos entonces a promocionar, a provocar que la reforma se realice y facilitar la reforma agraria integral. Se están dando pasos, quizá más lentamente de lo que se hubiera deseado, pero estamos trabajando con las organizaciones campesinas para presentar un proyecto común. Por primera vez nos hemos sentado los terratenientes, los técnicos, gente del Gobierno y representantes de los sintierra para diseñar juntos la reforma agraria, y que esta se haga sin traumas, sin confrontaciones. Lastimosamente, en Paraguay tampoco tenemos un catastro oficial de propiedades, lo que dificulta muchísimo. Ya estamos trabajando en ello, para así tener un panorama más claro de las tierras disponibles.

El país que no tenía “un futuro claro ni visos de mejorar económicamente” lo preside Fernando Lugo desde el 15 de agosto, y ahora necesita fondos. La reforma fiscal es el camino largo, pero hay un atajo, al menos así se vendió durante la campaña electoral.

Sobre la frontera entre Paraguay y Brasil se inauguró en 1982 la represa de Itaipú, la más productiva del mundo entero. Tiene capacidad para generar 14,000 MW, 12 veces el consumo de El Salvador. Según el tratado para su explotación suscrito entre ambos países, la producción se reparte al 50%, pero los brasileños lograron una cláusula que claramente les beneficia. Consiste en que el socio que no consuma su parte –como le ocurre a Paraguay, que apenas gasta el 5%– está obligado a vender el excedente al otro, pero a precio de producción. Así, las ganancias económicas que deja a los paraguayos la represa son casi nulas, algo que Lugo pretende renegociar con su homólogo Luis Inácio “Lula” Da Silva.

La reforma agraria, en un país de latifundistas y sintierras, fue otra de las promesas de campaña. Para ejecutarla, se necesita una reforma constitucional que Lugo no puede impulsar con la actual correlación de fuerzas en el Parlamento. Tras su llegada al poder ha habido tomas de tierras, que han sido frenadas con agresividad por la policía, lo que le ha valido a Lugo fuertes críticas de distintos grupúsculos de extrema izquierda. En Internet es fácil hallar textos que definen al ex obispo como “la gran estafa de la izquierda” o el “burdo imitador del obispo de los pobres”, en alusión a Monseñor Romero.

Y es que Lugo llegó al Gobierno sin un instituto político propio que lo respalde. Su candidatura la impulsó una coalición de partidos llamada Alianza Patriótica por el Cambio (APC), en la que el único punto donde todos coincidían era en la necesidad de poner fin a los gobiernos del Partido Colorado. Quizá por ello, en los cinco días comprendidos entre el 27 y 31 de octubre, el presidente paraguayo se reunió en privado con George W. Bush, presidente de Estados Unidos; fue el único mandatario que recibió a los representantes de la contracumbre realizada, se entrevistó con el rey de España, y leyó el evangelio desde el mismo púlpito en el que asesinaron a Óscar Arnulfo Romero. Sin duda, son muchos y variados los intereses que tiene que satisfacer.

—En la alianza hay partidos de centro-derecha, hay democristianos y hay hasta siglas que defienden el marxismo-leninismo. ¿Es difícil satisfacer una coalición tan heterogénea?

—Cuando las ambiciones son grandes, sí es muy difícil.

—¿Y están siendo grandes?

—Algunos partidos, sí, y no se puede dar gusto a todos. Yo creo que estamos tratando de buscar el justo equilibrio de las fuerzas que componen la alianza, dando también una participación equitativa en el Gobierno, en los ministerios, en los entes descentralizados… Creo que hasta ahora ha sido bastante ecuánime la distribución del poder, teniendo en cuenta que el equipo debe mirar en la misma dirección, algo que a veces resulta difícil con puntos de vista tan diferentes. De todos modos, y a pesar de las dificultades, en este tiempo se ha logrado caminar hacia programas y proyectos que responden a lo prometido en la campaña.

—Sé que no suelen gustar las etiquetas, pero ¿cómo define su gobierno? ¿De centro, de centro-izquierda, de izquierda?

—Es una democracia participativa que busca consensos en amplios sectores, sin ruptura y sin confrontaciones estériles. Podríamos decir que es un gobierno progresista porque no escatimamos ningún tema, sino que lo afrontamos de frente a la ciudadanía, y buscando soluciones creativas a problemas que se dejaron de lado por mucho tiempo.

—Pero de las tres opciones que le mencioné…

—No sé, algunos nos dicen que somos de derecha, y otros, que somos de izquierda. Yo creo que somos un gobierno democrático, pluralista y equilibrado que busca responder eficientemente a las grandes demandas sociales y económicas postergadas.

Tras la repregunta, resultó obvio que no saldría de su boca la palabra izquierda para etiquetar a su gobierno. Sin duda, son muchos y variados los intereses que tiene que satisfacer.

—Usted es una persona de convicciones católicas. ¿Corren peligro los sistemas públicos de planificación familiar que suministran anticonceptivos?

—Hay una ley en el Congreso sobre educación sexual, aunque hasta ahora no ha pasado. El tema se analiza en todos los estamentos y todos los sectores. También en el Parlamento hay una presencia significativa de cristianos, de una mentalidad ética fortalecida, y eso hace que hasta ahora no hayamos tenido dificultades con leyes que puedan reñir con la moral católica.

—¿Y temas como el aborto?

—La despenalización del aborto es una ley que está en los anaqueles del Congreso, y sí, podría ser uno de los temas que cree polémica dentro del país.

—Porque usted no impulsará ese tipo de…

—No, absolutamente no.

La vida de Fernando Lugo está ligada a la Iglesia católica. Nació el 30 de mayo de 1951 en un pueblito sureño llamado San Solano, en el seno de lo que él define como “una familia humilde, agricultora… y ¡colorada!”. Como la humildad es muy subjetiva, le pedí algo más explícito. “Nací en el campo, pero cuando era niño nos fuimos a Encarnación, la segunda ciudad de Paraguay, para que mis hermanos mayores pudieran seguir estudiando. Y sí, en Encarnación teníamos luz, agua, es una ciudad con empedrados, escuelas, colegios, universidades”.

Tuvo educación y tuvo un rápido ascenso en la jerarquía eclesiástica. En 1977 fue ordenado sacerdote, y pronto simpatizó con la Teología de la Liberación, movimiento que entre sus estandartes más visibles tiene al salvadoreño Jon Sobrino. Se fue de misionero, siguió estudiando en Italia, y en 1994 –con apenas 43 años– lo nombraron obispo de San Pedro, una paupérrima diócesis paraguaya a la que Lugo le encuentra paralelismos con El Salvador: “Yo este país no lo puedo olvidar porque mi diócesis tenía las mismas dimensiones, era poquito más de 20,000 kilómetros cuadrados, y cuando recorría San Pedro, me parecía que estaba recorriendo El Salvador”.

En 2005 Juan Pablo II lo apartó de la diócesis de San Pedro, y en enero 2007 Benedicto XVI lo suspendió. En julio de este año, ya como presidente electo, la Iglesia católica aceptó romper su relación con Lugo mediante un proceso amistoso, sin excomunión de por medio.

Pero conviene retroceder a su etapa como misionero, que la realizó en Ecuador a finales de la década de lso 70 e inicios de los 80.

—¿Por qué Ecuador?

—Quizá por la necesidad. Cuando me recibí de sacerdote en la Congregación del Verbo Divino, teníamos la posibilidad de elegir tres países. Yo elegí Brasil, Chile y Paraguay, pero había más necesidad en Ecuador. Entonces, fue la necesidad la que me llevó.

Fue durante su estancia en Ecuador cuando se enteró de la muerte de un obispo salvadoreño llamado Óscar Arnulfo Romero, un asesinato que cambió su vida.

—¿Dónde estaba usted cuando ocurrió el asesinato?

—Nosotros estábamos en un curso en Quito, con el padre José Marins, y nos cayó de sorpresa la muerte de Monseñor Romero. Suspendimos el curso para hacer una serena reflexión sobre la vida de este pastor del pueblo salvadoreño: su trayectoria, su coherencia, su compromiso con los más pobres… Sin duda, y también por la situación que vivía en ese momento El Salvador, creo que fue casi la suerte del profeta.

—Tengo entendido que en Paraguay se creó un movimiento de apoyo Monseñor Romero.

—Lo creamos nosotros. Se llama Gramor, Grupo para la Reflexión y la Acción Monseñor Romero. Era un grupo de seminaristas muy inquietos, que allá por 1987, cuando yo volvía recién de Roma de hacer mi tesis sobre la cuarta carta pastoral de Monseñor Romero, tuvimos seminarios sobre la Teología de la Liberación, y entonces ellos me pidieron formar un grupo de acción y de reflexión. La gran mayoría de esos seminaristas son ahora sacerdotes, y yo simplemente acompañé con la reflexión y con la acción a estos muchachos en la década de los ochenta.

—En la misma semana usted ha estrechado la mano de George Bush en Washington y orará ante el mausoleo de Monseñor Romero…

—Claro, pero creo que Paraguay en este momento está tomando una nueva postura en su política internacional. Para nosotros no es nada especial entrevistarnos con Bush, porque tenemos relaciones históricas con Estados Unidos, pero también decidimos el 15 de agosto que con todos los países, pequeños o grandes, hay temas innegociables, como la soberanía, la libertad y la independencia de nuestro pueblo. Yo creo que estos grandes ejes enmarcan nuestra política internacional, y nos sentimos con la libertad de profundizar relaciones con quienes queramos, y de abrir nuevos caminos de relaciones para nuestro país. Por eso, a cualquier lugar al que vamos dejo bien claro cuál es el nuevo proceso paraguayo, un proceso de democracia participativa, de respuesta eficaz a las grandes demandas sociales y económicas del país. Y Paraguay también cuenta con la solidaridad internacional, pero con esa solidaridad que no implica cadenas ni ataduras.

—¿Y lo de Monseñor Romero pertenece más a un ámbito personal?

—Lo de Romero, sí, es más en un ámbito personal. Yo le tengo un gran afecto, un gran cariño, un gran aprecio, respeto…

—¿Usted lo conoció?

—Personalmente no, lastimosamente no nos conocimos. Cuando lo asesinaron yo estaba en mis primeros años como misionero, pero después quedé muy interesado en escuchar y leer todas sus homilías, sus cartas pastorales. Eso realmente motivó que yo escribiera mi tesis en Roma, en la Universidad Pontificia Gregoriana, sobre su cuarta carta pastoral, que es la que acentúa el acompañamiento a los grandes movimientos populares, sociales. Monseñor Romero me inspiró muchísimo mi acción como obispo de San Pedro.

Al día siguiente de esta entrevista, el jueves, Lugo Fernando pronunciará ante los mandatarios iberoamericanos un mañanero y aburrido discurso, se reunirá luego en privado con las máximas autoridades de Brasil y España, y posará más tarde para la fotografía oficial en una cumbre iberoamericana.

Dos días después de esta entrevista, el viernes, cambiará la solemnidad y el formalismo por una misa en la espartana capilla del Hospital de la Divina Providencia. Allí recorrerá los 27 pasos que separan la entrada del altar, lo sentarán junto a sacerdotes, pastores y reverendos, a apenas tres metros de unas letras doradas que dicen EN ESTE ALTAR MONS. OSCAR A. ROMERO OFRENDÓ SU VIDA A DIOS POR SU PUEBLO. Se le acercarán docenas, le darán regalos, consejos, afiches con la imagen del mártir, lo filmarán y le tomarán fotografías y más fotografías, leerá el santo evangelio, ese en el que Jesús pregunta a los fariseos si sacarían un burro que se les cayera al pozo un día sábado, y hasta recibirá por escrito las exigencias de un par de jóvenes que se arrogarán hablar en nombre de la juventud iberoamericana.

Transcurrida una hora, tomará de nuevo el micrófono y hablará por más de un cuarto de hora.

Apenas dirá buenas tardes, muy buenas tardes, y lo ovacionarán. Dirá que el martirio de Romero fue por su amor a los más humildes, dirá que aún vive, dirá que Álvaro Colom es flaco como un franciscano, dirá que había estado años atrás en la Divina Providencia, dirá que no podía irse de San Salvador sin asistir a la capilla, dirá que no hay cosa más grande que acompañar a la gente simplemente estando con ellos, dirá que El Salvador es un pueblo sufrido y aguantador, pero que con su testimonio silencioso dijo mucho, dirá gracias, dirá que Monseñor Romero está ahora junto a sus amigos de la Teología de la Liberación, reflexionando y comiendo pupusas, dirá que el asesinado traspasó fronteras y hoy es obispo de Paraguay, de África, de Asia, y dirá: “Hoy, más que nunca, no podrán acallarnos las voces”.

A las 3:23 de la tarde se irá raudo a catedral metropolitana, a arrodillarse frente a la cripta, y de ahí, hacia el aeropuerto.

Cinco días después de esta entrevista, el lunes 3 de noviembre, escribiré a Walberto Caballero, el periodista paraguayo que me ayudó a gestionar el encuentro con Lugo, para preguntarle por qué algunos grupos de izquierda se han desencantado tan deprisa, si acaso está incumpliendo lo prometido.

Esta fue su respuesta: “Acá todo es nubarrón aún. Resulta que los de izquierda querían todo para ellos, pero como hay también de centro-izquierda, centro-centro y algunos de centro-derecha, la cosa se pone tediosa hasta para el propio Lugo. Nosotros también estamos esperando una estabilización, que creo que se dará
en unos meses. Tiene su proceso haber derrocado a un gobierno de derecha con un equipo de más de 14 organizaciones de diferentes aristas, pero comprenderás que esto es un gallinero ahora mismo. Veremos cómo termina. Saludos.”



Esta entrevista apareció publicada el 9 de noviembre en la revista Séptimo Sentido. Véala pulsando aquí (páginas 6 a 11).

Este es el periodismo que se está haciendo en un país como El Salvador, en el centro de Centroamérica. Formo parte de la generación autodidacta, la que partió de cero, la que partió de la guerra civil, y la que carece de referentes locales. Por ello, internet es la herramienta indispensable para dar a conocer lo que por acá se está haciendo, y sus comentarios son especialmente bienvenidos.

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