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05Abr, 2009

Entrevista con Gervasio Sánchez

Escrito por: robertogasteiz el 05 Abr 2009 - URL Permanente

“No me gusta la etiqueta de periodista comprometido”


Por Roberto Valencia

El periodista español Gervasio Sánchez llegó a El Salvador por primera vez en octubre de 1984. Tenía 25 años. Licenciado apenas unas semanas antes, su llegada no fue casual. En 1983 se había integrado en la ONG Amnistía Internacional, y a él se le había encomendado estar pendiente de la que entonces era una de las zonas más convulsas del planeta: Centroamérica. Vino para ver con sus propios ojos si era verdad todo lo que había leído en informes. Lo intentó primero en Guatemala, pero la inseguridad le impresionó tanto que no se atrevió a ejercer el periodismo. “Fue El Salvador donde comencé a ver la guerra.”

El reconocido fotoperiodista Gervasio Sánchez ha regresado a El Salvador por enésima vez en marzo de 2009. Tiene ya 49 años. En el cuarto de siglo transcurrido logró labrarse un currículum como periodista especializado en conflictos armados que impresiona. Hace apenas dos días fue inaugurada una exposición con fotografías suyas en la sede neoyorquina de Naciones Unidas. Y en el largo listado de reconocimientos que salpican sus últimos 15 años de carrera destacan por su importancia el Premio Rey de España que le acaban de conceder y el Premio Ortega y Gasset que recibió en 2008.

Esta entrevista se desarrolló en su hotel, apenas un par de días después de la victoria de FMLN en las elecciones presidenciales. Gervasio no se hospedaba en el Radisson o en el Sheraton. Fiel a un estilo de vida que él defiende como coherente con la profesión que eligió, la cita fue en el hotelito que hay en la parte superior de Puerto Bus, sobre la alameda Juan Pablo II. Llegó puntual, vestía sencillo: unos jeans azules y una camisa de manga corta a rayas desabotonada en su parte superior. Durante más de una hora respondió preguntas sobre sus coberturas en El Salvador y el mundo, sobre el periodismo de ayer y hoy y sobre “Vidas minadas”, su proyecto gráfico enfocado en las consecuencias de las minas antipersonales. Lo inició en 1995 y aún sigue abierto. Entre los siete protagonistas principales de sus historias hay de hecho un salvadoreño llamado Manuel Orellana, amputadas las dos piernas, casado, cuatro hijos y vecino de Apopa. Entre otras cosas, Gervasio estuvo con él una vez más durante su última visita.

“Soy más conocido como fotógrafo, lo cual me molesta mucho, porque creo que también he escrito buenos reportajes.” Y es que aunque los principales premios los ha recibido por sus trabajos gráficos, Gervasio optó desde sus inicios por una concepción integral del reportero de guerra –etiqueta que tampoco le gusta– como alguien capaz de tomar buenas fotografías, escribir buenas crónicas y hacer despachos de radio o de televisión dignos. Ahora también le ha entrado al mundo de los blogs.

¿En qué faceta se siente más cómodo?
Yo empecé en el periodismo desde muy joven y lo hice sin apoyarme en ningún medio de comunicación, viajaba con mi propio dinero. Y no es que fuera rico, sino que trabajaba como camarero en el verano y después viajaba durante varios meses.

Hablamos de inicios de los ochenta, ¿no?
Finales de los setenta y principios de los ochenta, cuando comencé a estudiar Periodismo. Yo tenía 19 o 20 años y me sentía ya atraído por ir a los sitios donde pasaban las cosas, aunque era consciente de que si quería llegar a El Salvador o a Guatemala difícilmente un medio de comunicación me hubiera enviado. Entonces, desde muy joven empecé a escribir como había aprendido en la universidad. Con la fotografía, nunca he hecho un curso, todo lo que sé es por mi experiencia sobre el terreno y por haber conocido quizá a los mejores fotógrafos del mundo. Desde el principio entendí que para sobrevivir en este oficio con la fotografía solamente iba a ser difícil, con el periodismo escrito solo, también muy difícil, y con el radiofónico, lo mismo. Por eso siempre intenté apoyar mi mesa de trabajo en diferentes patas, bien sujetas, y que además tuvieran que ver con distintos medios.

Suena a necesidad, no a elección.
Creo que fue una estrategia. Sabía que si escribía, tomaba fotos y hacía radio, podría llegar a los sitios que me interesaba estar.

Pero no me ha respondido: ¿en qué faceta se siente más cómodo?
Soy más conocido como fotógrafo, lo cual me molesta mucho, porque creo que también escribo decentemente y que he escrito buenos reportajes. En la revista Magazine del diario La Vanguardia, con la que trabajo ahora, siempre van mis fotos y mis textos. Entonces, sí, soy más conocido como fotógrafo, he hecho una serie de trabajos que tienen una cierta consistencia, pero creo que he trabajado temas interesantes en el periodismo escrito y también en el radiofónico.

¿Es cierto que una imagen vale más que mil palabras?
Es una frase hecha y una referencia en el mundo del fotoperiodismo. Lo que yo pienso es que una fotografía tiene algo que no tiene un texto: no necesita traducción. En una sociedad de la imagen como en la que estamos, una fotografía hecha en El Salvador o de la guerra de Iraq se puede entender en cualquier parte del mundo. La imagen tiene esa de magia que permite ser transmitida universalmente. El texto, incluso el mejor de todos, necesita ser traducido a otros idiomas.

¿Qué le trajo esta vez a El Salvador?
Estoy realizando un proyecto sobre desaparecidos, sobre la desaparición forzosa. He estado en Chile, en Argentina, en Perú, en Colombia, en Guatemala, en El Salvador, en Iraq, en Bosnia, en Camboya... Y todo esto va a cristalizar en una exposición. Aquí estuve en noviembre, con la Asociación Pro Búsqueda y otras instituciones que se dedican a buscar desaparecidos. Y bueno, aprovechando que había unas elecciones importantes, convencí a una serie de medios de la importancia de cubrir esta historia y de paso, trabajar unos días en el proyecto.

¿El Salvador es un país más o tiene algún significado especial para usted?
Este viaje lo concibo como el fin de un ciclo que empezó hace 25 años. Yo llegué a El Salvador en octubre de 1984, cuando aquí se comenzaba a hablar de paz. En la década de los ochenta estuve muchas veces. Estuve en las elecciones que ganó Alfredo Cristiani, una jornada electoral a tiro limpio, muy diferente a la del 15 de marzo. Murieron tres periodistas esos días, dos salvadoreños y un holandés. También regresé para la ofensiva de 1989, para el entierro de los jesuitas, cuando se firmó la paz en enero de 1992.

¿Y terminada la guerra?
He regresado para trabajar un proyecto llamado “Vidas minadas”, sobre personas mutiladas por las minas. Uno de los siete protagonistas es un salvadoreño que vive en Apopa.

¿Y cómo ha visto la evolución del país en 25 años transcurridos desde su primera visita?
El Salvador es un país donde los ciclos son muy largos. Se comenzó a hablar de paz en 1984, en La Palma y Ayagualo, y se firmó más de siete años después. Y en 1992 terminó la guerra, pero me da la sensación de que la posguerra duró hasta el 15 de marzo. Por fin ha habido una alternancia política, sorprendentemente bien digerida por todo el mundo, incluso por ARENA y por la derecha mediática. La posguerra acabó cuando Rodrigo Ávila anunció que en la política unas veces se gana y otra se pierde. ¿Y qué he visto en El Salvador? Es un país que conozco muy bien y que hoy está inmerso en una situación de violencia estructural tremenda. Aquí hay que hacer un gran esfuerzo para sacar armas de las calles e intentar que el país no sea democrático solo en su estructura electoral, sino también democrático en las calles, que se pueda vivir en las colonias sin estar atrincherados.

Luego regresaremos a El Salvador, pero antes cuénteme cómo alguien se llega a especializar en conflictos bélicos.
Es algo que me preguntan mucho en las universidades, creo que porque se idealiza esta especialidad. A mí, en realidad, no me gusta la etiqueta reportero de guerra, por dos razones: una, porque hay mucha gente que se autoproclama reportero de guerra sin haber conocido la guerra; y dos, porque tengo demasiados amigos muertos como para vanagloriarme o intentar expresar con una etiqueta este mundo. Pero respondiéndote, a una especialización se llega después de años o décadas trabajando de una manera obsesiva. Yo llevo más de 25 años trabajando en zonas de conflicto, y creo que esto me permite decir que soy un especialista en conflictos armados.

Y en su caso fue buscado de forma expresa.
En mi caso sí, incluso antes de llegar a la universidad ya sabía que quería estudiar periodismo para irme a donde había conflictos armados. Para mí siempre ha sido muy importante viajar y ver las cosas con mis propios ojos.

Ha cubierto conflictos en África, América, Europa y Asia. ¿Es cierto eso de que todas las guerras son iguales?
Los que siempre son iguales son las verdaderas víctimas de las guerras, que son los civiles. Las guerras las protagonizan los civiles, las sufren los civiles y sus principales víctimas son civiles, cuando muchas veces ni saben por qué se lucha en su país. A veces, ni los combatientes lo saben. Recuerdo que en El Salvador, tanto cuando estaba con el ejército como cuando estaba con la guerrilla, les preguntaba ¿por qué luchas?, y muy pocas veces un soldado o un guerrillero sabía decirme por qué.

¿Cuál es el conflicto más absurdo que le ha tocado vivir?
No me gusta comparar conflictos porque parece como si las víctimas fueran de primera y segunda categoría. Para mí, lo más grave de un conflicto es cuáles son los intereses para que dure. ¿Quién se beneficia de la venta de armas? ¿Quién se beneficia con los intercambios comerciales que generan los conflictos? ¿Quién se lleva el petróleo o quién se lleva los diamantes? ¿Quién es el responsable de que una decisión pueda costar la vida a miles de personas?

Pero esas respuestas no están sobre el terreno, ¿o sí?
Bueno, es discutible. Sobre el terreno yo vi que los guerrilleros sierraleoneses recibían armas a cambio de diamantes, y las armas venían de Europa. No es solo Estados Unidos, también Francia, Inglaterra, Alemania o hasta mi país, España, que es la octava potencia mundial en cuanto a venta de armas. La guerra es un gran negocio, y los que quieren hacer negocio se acercan a las guerras.

¿Cree en el bien y en el mal?
Lo que pienso es que en medio de un conflicto es muy difícil saber dónde está la verdad. Los periodistas siempre tratamos de buscar la verdad, quién tiene la razón, qué pasa en el lugar... Y yo he llegado a una conclusión: como es tan difícil conocer la verdad porque es la primera víctima de una guerra, otra frase hecha, siempre me acerco a las víctimas. Las víctimas son la única verdad incuestionable de las guerras, y cuanto más cerca esté de las víctimas, más cerca estaré de la verdad.

Regresemos a El Salvador. ¿Fue su primera salida como periodista?
Bueno, en 1982 había estado cubriendo desde Israel la invasión del sur del Líbano. Y aún antes, estando de vacaciones en Turquía en 1980, viví un golpe de Estado muy duro. Pero la primera vez que me encontré la guerra de verdad fue en El Salvador. Venía de Guatemala, pero allí no me atreví por lo mal que estaban las cosas. Entonces, sí, aquí es donde comencé a ver la guerra de verdad.

He visto una foto suya de soldados acuchillando cadáveres de guerrilleros en Soyapango. ¿Es lo peor que vio acá?
No, lo peor era cuando me encontraba con soldados que llevaban orejas colgadas de sus cinturones. Eso ocurrió aquí, yo vi cómo lo hacían durante la ofensiva de 1989. La foto que tú mencionas es de unos soldados de las fuerzas especiales, paracaidistas, y fue la portada de Diario 16, un periódico de España ya desaparecido. Lo que pasó ese día allí fue bastante feo, aunque para mí fue más terrible la masacre de los jesuitas.

¿Se sienten de manera especial las muertes de los colegas periodistas?
La muerte de un compañero es lo más terrible que he podido vivir en una guerra, sobre todo cuando he estado presente. En Sierra Leona tuve que identificar el cadáver de Miguel Gil, uno de mis mejores amigos, al que mataron en una emboscada. Aquí, en El Salvador, en 1989 mataron a Cornel Lagrouw, un camarógrafo holandés muy simpático. Julio Fuentes en Afganistán... De alguna forma te das cuenta de que es una lotería. Ellos murieron, pero uno tiene que dedicarse a consolar a viudas, madres, llamarlas en los aniversarios, que sepan que nos seguimos acordando de sus maridos o hijos. Es muy duro, es lo peor.

¿Cuántos países habrá visitado?
Un centenar. No todos en guerra, por suerte.

Y en El Salvador ha visto lo que ha definido como la prensa más extremista del mundo.
Ojalá, tras las elecciones, El Diario de Hoy sea capaz de hacer un gran esfuerzo por situarse en un país que quiere modernizarse. No se puede hacer una campaña tan brutal y escandalosamente sucia como la que se hizo aquí. Y también debería de modernizarse ARENA. Una de las cosas que primero deberían de cambiar es su himno, que cuando la gente viene de fuera, y lo escucha, se escandaliza. Un amigo me decía: “¡Pero en qué mundo vive esta gente!” Y el himno se podría mantener quitando dos o tres frases que hablan de un mundo absurdo. El Salvador, la tumba de los rojos. Es un discurso que hoy ya no utiliza ni el más extremista de los nazis europeos.

Si le pidiera que se identificara políticamente, ¿se ubicaría en la izquierda?
No, no. Yo, de hecho, nunca he votado por un partido en mi país. Yo en lo que creo es en mejorar la vida de la gente. No es posible que un porcentaje altísimo de la población salvadoreña viva en la miseria absoluta. Y si un gobierno en 20 años apenas ha avanzado en este tipo de mejoras, pues creo que hay que dar la oportunidad a la oposición, a ver qué hacen. Pero no lo veo como una cuestión de izquierdas o derechas. Cuando los sandinistas ganaron las elecciones en Nicaragua, yo era muy joven, pero luego vi lo que hicieron.

Y como periodista, ¿cómo hace cuando un medio le quiere imponer un enfoque?
Yo trabajo con los medios que respetan mi trabajo, y sobre todo, que respetan a los protagonistas de mi trabajo.

Eso ahora, para el Gervasio ganador de premios, pero ¿fue así siempre?
Siempre ha sido así. Yo siempre he trabajado con medios y he dejado de trabajar con otros por las motivaciones. Mi mesa de trabajo, como te decía, se apoya en medios diferentes y de distintas ideologías. Y los cambio en función del respeto hacia mi trabajo.

Afortunado, pero supongo que se sabrá excepción dentro del gremio...
Bueno, ahora estamos en una crisis económica que afecta a los medios, pero a mí no me parece más que una justificación. Lo que yo creo es que lo que está en crisis es el concepto de periodismo. Los periodistas desde hace años se han dejado comer terreno por personas, por instituciones, por gobiernos y por políticos, gente que no es del mundo del periodismo. Las entrevistas que se hacen a los políticos son cada vez más de cuestionario, hay conferencias de prensa en las que no dejan hacer preguntas. ¿Pero cómo en una conferencia de prensa no va a haber preguntas? Es absurdo, pero pasa. Y los periodistas, en vez de decir la próxima vez no venimos, aguantan lo que haya que aguantar, no se atreven, porque las empresas posiblemente no se lo permitan.

A pesar de las mejoras tecnológicas, ¿cree que el periodismo está mejor que hace 30 años?
El periodismo ha sacrificado algo muy importante, como lo es el gran reportaje. La excusa que adoptan para reducir el espacio los que toman decisiones es que ya nadie quiere leer un gran reportaje. ¿Pero cómo que nadie quiere leerlo? Entonces, nadie querría leer libros, ¿no? Eso de que el gran reportaje no interesa es una excusa, lo que está detrás es que son caros de producir. Es un tipo de periodismo muy importante, y lo echo de menos. La tecnología ha permitido que todo el mundo haga las mismas crónicas, que todos vayan al mismo sitio a informar a través de las mismas fuentes y que casi todo lo que se lee, se ve y se escucha sea muy parecido.

Su trabajo sobre las minas le ha valido destacados premios. ¿Qué relación mantiene con los protagonistas de sus fotografías?
La relación está siempre en función del tipo de proyecto. Cuando es a largo plazo, tiene que ser muy profunda. Como fotoperiodista, voy a llegar a sus casas cuando estén comiendo, durmiendo, paseando... Y para eso hay que establecer una buena relación. El proyecto “Vidas minadas” lo empecé en 1995 y acabé la primera parte en 1997. En 2002 publiqué la segunda parte, y en 2007, la tercera. Con el proyecto de los desaparecidos pasa algo parecido. Decía Ryszard Kapuscinski que nadie puede escribir bien sobre alguien si no conoce su historia. Los protagonistas deben tener voz y cara y nombres y apellidos.

¿Y cómo se lleva el buen vivir con las historias crudas que nos presenta?
Yo sigo trabajando como periodista independiente, me sigo autofinanciando.

Pero seguro que ha conocido buenos hoteles y restaurantes, que ha viajado en primera.
Mantengo esa idea de que hay que acercarse a la gente para conocerla, y desde un hotel caro y con aire acondicionado cuesta más salir a la calle. Por ser yo quien me pago mis gastos siempre he sido muy riguroso y evito los excesos. Claro que a veces me han invitado a hoteles muy caros, pero casi siempre que voy a trabajar sobre el terreno vivo de manera muy cercana a la vida normal de la gente.

¿Cuesta resistirse a entrar en el círculo de las comodidades?
Tener una buena situación financiera a nadie le disgusta, creo yo, pero en mi caso estoy cómodo haciendo la vida que hago.

Un crítico podría echarle en cara que se está lucrando con la miseria ajena.
Toda crítica es aceptable, pero muchas veces hay mala intención. El periodismo es la profesión en la que más envidias hay, pero lo que trato de hacer es un trabajo decente. Además, después de 30 años vivo de una manera que difícilmente alguien podría decir que me he lucrado. Y luego está la satisfacción de que muchas personas se hayan beneficiado de la recaudación de “Vidas minadas”, ya que renuncié a todos los derechos de autor.

¿Y cómo le surgió esa obsesión por las minas antipersonales?
Cuando lo empecé a trabajar ya llevaba muchos años en conflictos. Recuerdo que en 1989, cuando la ofensiva, una de las preocupaciones de los periodistas en El Salvador eran las minas. Entonces, la mina era un arma más, como el fusil, el cuchillo, el mortero o las bombas de 500 libras. Lo más sorprendente fue saber que la mina, que es un arma de guerra, perjudica sobre todo a partir de que se logra la paz y regresan los desplazados. Aquí se hizo un esfuerzo responsable, pero en otros países, como Nicaragua, no. En Camboya hay una media de tres o cuatro mutilados diarios. Y Colombia es el país que hoy día tiene el mayor número de afectados por minas al año, y casi todos son civiles.

Su discurso por el Premio Ortega y Gasset digamos que fue políticamente incorrecto.
No planteé nada del otro mundo.

Delante de medio gabinete de gobierno dijo que España es un país exportador de muerte.
Estamos hablando del gobierno del Partido Socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, que ganó las elecciones contra la guerra, que se benefició de un estado de opinión contra la guerra de Iraq. ¿Y cómo se explica que durante su gobierno se duplique la venta de armas a países extranjeros? Es una doble moral absoluta. España ha vendido armas a la Indonesia de Suharto cuando estaba matando a gente en Timor Oriental, el gobierno de Felipe González permitió la venta a Iraq e Irán durante la guerra que los enfrentó, y el gobierno de José María Aznar...

Visto así, ¿no le queda la sensación de que tanta denuncia no sirve para nada?
Yo solo soy un periodista. Incluso me molesta muchísimo cuando me llaman periodista comprometido. Lo mismo que no acepto la etiqueta de reportero de guerra, tampoco me gusta la de periodista comprometido. El periodismo debe ser compromiso por definición y puede ayudar a cambiar cosas, puede ayudar a mejorar las cosas. El problema es que la profesión cada vez está más embaucada en políticas mediáticas, en historias de grandes negocios. Cuando recibí el Ortega y Gasset hice un discurso que para mí era obligatorio, porque hablé en nombre de las víctimas. Tuvo repercusión por las autoridades que había allí, pero no dije ni una sola palabra soez.

Dijo que se avergonzaba de sus representantes políticos, en su cara.
Porque la venta de armas desde España a países en conflicto se ha promovido desde todos los gobiernos que ha habido tras la muerte de Franco, sean de derecha o de supuesta izquierda.

¿Y no le generó problemas?
Pues tuvo mucha repercusión, pero no he tenido mayores problemas. De hecho, me acaban de otorgar el Premio Rey de España. Yo no voy al psicólogo, a pesar de todas las cosas que he sentido en mi vida, pero cuando tengo ocasión de decir las cosas como las pienso, las digo. Me da igual quién esté enfrente. Y si me trae cosas negativas, pues mala suerte. Pero hasta el momento, sinceramente, no me ha pasado.

Entre periodismo escrito y gráfico, ¿dónde pesa más la ética?
Igual. Yo trabajo de la misma manera cuando hago una entrevista, cuando tomo una fotografía o cuando he hecho documentales. La ética tiene que estar muy presente en la vida de un periodista haga lo haga, incluso si trabaja en internet o si hace un blog. Nadie puede usar el periodismo para injuriar o decir mentiras desde el anonimato. Un blog debería ser tan serio como una gran revista de crónicas, como New Yorker.

La última. En sus fotografías usted muestra las secuelas de la violencia de forma explícita. ¿Qué opina de la autocensura de los medios en ese sentido?
Me parece alucinante lo que ocurrió con la fotografía que ganó este año el World Press Photo, que no había sido publicada. No estoy a favor de publicar cualquier imagen, pero eso fue enmascarar la realidad. Pondré un ejemplo: lo que se publicó sobre los bombardeos israelíes en Gaza es una mínima parte de lo que ocurrió. Había imágenes de niños con las cabezas cortadas, niños destrozados... Eso pasó y se fotografió, pero no se publicó. En la agencia AP, donde muchos editores son amigos míos, evalúan si el hecho tiene interés informativo y tratan de evitar la sangre por la sangre. Pero la de la fotoperiodista salvadoreña no puedo entender por qué no se publicó, porque es impresionante y representa una situación que se vive en El Salvador. No publicar una fotografía en la que hay una persona muerta y unos niños mirando es censurar la realidad del país.


Esta entrevista se publicó el 5 de abril en la revista Séptimo Sentido, de El Salvador. Puede verla pulsando aquí (páginas 12 a 17).

30Jul, 2008

Las mejores fotografías de... Christian Poveda

Escrito por: robertogasteiz el 30 Jul 2008 - URL Permanente


Todo un mundo por retratar

El fotoperiodista franco-español Christian Poveda nació profesionalmente como un corresponsal de guerra, recorrió después con su cámara los principales conflictos bélicos del último cuarto del siglo XX y entabló con El Salvador una relación especial que aún hoy se mantiene. El país se ha convertido en el escenario ideal, dice, para obtener las imágenes que en esta etapa de su vida quiere inmortalizar.


Por Roberto Valencia

La palabra guerra irrumpe en la vida de Christian Poveda antes incluso de haber nacido, y será su compañera inseparable durante décadas. “Me siguen”, bromea. Este fotoperiodista tiene ya 53 años, algunas canas, unos lentes que lo singularizan, un acento inconfundiblemente francés y un currículum al alcance de pocos, de muy pocos. Su trabajo se ha publicado en muchas de las revistas más prestigiosas del mundo, como Time, Libération o L’Express. Hoy llegan a Séptimo Sentido. Y, si bien en los últimos años ha incursionado con éxito en otras temáticas, sin las guerras resulta difícil concebir su trayectoria profesional.

Poveda nace en 1955 en Argelia, en el norte de África, cuando ese territorio aún era colonia francesa. Su familia había tenido que huir de España en 1939 por estar en el bando derrotado en la Guerra Civil española. Huyeron de una guerra, y se metieron en otra: la librada por los argelinos contra los franceses para lograr su independencia. La victoria de los independentistas se concreta en 1961, y con apenas seis años, Poveda y su familia se refugian en París.

Pronto surge el interés por la fotografía, que asegura tener encendido antes de cumplir los 15 años. Su juventud discurre entre un activismo político incentivado por los dos grandes referentes de su generación: la Guerra de Vietnam y el Mayo del 68 francés. La fotografía, no está de más recordar, tuvo un papel importantísimo en la difusión de ambos.

—¿Qué fue lo primero que te publicaron?

—Fue un fotorreportaje que hice en 1977 sobre el Frente Polisario, en el Sahara occidental. Fueron 10 páginas en el semanario L’Express.

Por si a alguien le queda alguna duda, el Frente Polisario comenzaba entonces una guerra aún inconclusa, la de liberación contra los estados invasores de Marruecos y Mauritania.

Con este bautismo, parecía que no había escapatoria, y así fue. La primera mitad de la década de los ochenta Poveda se la pasa de guerra en guerra: cubre, entre otras, la que enfrenta a Irán e Iraq, la del Líbano, las dictaduras chilena y argentina, y los conflictos guerrilleros más o menos abiertos de Perú, Guatemala y El Salvador.

Este es el periodismo que se está haciendo en un país como El Salvador, en el centro de Centroamérica. Formo parte de la generación autodidacta, la que partió de cero, la que partió de la guerra civil, y la que carece de referentes locales. Por ello, internet es la herramienta indispensable para dar a conocer lo que por acá se está haciendo, y sus comentarios son especialmente bienvenidos.

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