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30Mar, 2008

Entrevista con Leonardo Boff ,sobre medio ambiente y religión

Escrito por: robertogasteiz el 30 Mar 2008 - URL Permanente

A Monseñor Romero lo canonizarán por conveniencia

El teólogo brasileño Leonardo Boff estuvo esta semana por primera vez en El Salvador. Fueron apenas un par de días, pero tuvo tiempo para conocer en persona la devoción hacia Monseñor Romero, para reencontrarse con el también teólogo vasco-salvadoreño Jon Sobrino, para impartir charlas y hasta para concederme esta entrevista.

Ha impartido clases en las universidades de Harvard, Salamanca y Heidelberg; lo han galardonado con prestigiosos premios internacionales; ha publicado más de 60 libros y casi todos se los han traducido; es un referente mundial incuestionable en materia de derechos humanos, y un buen puñado de presidentes le ha pedido consejo. Sin embargo, el brasileño Leonardo Boff demuestra que ese currículum es compatible con la modestia. Sus respuestas huyen del dogmatismo, y la mayoría comienza por un sencillo “yo creo que...”

Él es uno de los rostros más visibles —si no el más— de la Teología de la Liberación, y desde ese planteamiento habla sobre ambientalismo, sobre ateísmo y, como no, sobre Monseñor Romero. Boff está convencido de que será el Papa Benedicto XVI quien santifique a Romero, pero cree que lo hará porque ahora “les conviene tener en América Latina un obispo mártir santo”. Y lo canonizará, dice Boff, a pesar de que Romero representa valores que van en contra de la Iglesia católica más institucional.

Usted va camino de los 70 años. ¿Cuándo comenzó a involucrarse de manera más activa en la temática medioambiental?

Yo, como franciscano, siempre tuve esa visión ecológica. Incluso en los años setenta, cuando todavía nadie hablaba sobre la ecología, yo ya escribía sobre el tema. Pero fue en la década de los ochenta cuando me di cuenta de que la misma lógica que explota las clases sociales, que explota las naciones, explota también la naturaleza. Y siempre con consecuencias de devastación. Es ese modelo que tenemos, productivista y consumista, el que devasta la Tierra y sus recursos, y no respeta los derechos humanos de las futuras generaciones. Entonces, si el eje central de la Teología de la Liberación era la opción por los pobres, había que insertar el respeto a la naturaleza. En función de eso, el libro más importante que he escrito en los últimos años es “Ecología: Grito de la Tierra, grito de los pobres” (1995), que es un intento por llevar el discurso de la liberación más allá de lo tradicional.

Usted concibe el medio ambiente como una prueba para la humanidad.

Sí.

¿Es un reto lograr que haya una conciencia de mayor respeto hacia la naturaleza?

Sí, yo creo que es un reto tan grande que, o adquirimos una conciencia planetaria sobre el destino de la humanidad, o vamos al encuentro de lo peor. Por todo esto, yo soy miembro fundador del grupo base que elaboró la Carta de la Tierra (una declaración de principios encaminada a crear sociedades más justas, medioambientalmente sostenibles y pacíficas); yo ayudé a redactarla. La Carta reunió materiales de todo el mundo, participaron más de 200,000 personas, y sacamos un texto que, a mi juicio, es uno de los más bellos que se han escrito en los inicios del siglo XXI. El texto parte de esas amenazas que están sobre la Tierra, sobre la humanidad, y propone encontrar principios, valores, mentalidades que puedan significar una alternativa, una nueva visión para la humanidad. Y conseguirlo es urgente, porque la situación hoy no es que vayamos al encuentro del calentamiento global; ya estamos dentro. La rueda ya no se puede frenar, solo se puede disminuir la velocidad.

Y exige soluciones conjuntas tanto a escala comunitaria como entre países, ¿no?

Sí, ahora el problema es ese. Cada uno se tendría que sentir afectado como persona, porque esta vez no habrá un arca de Noé que salvará a algunos y dejará perecer a los demás. O nos salvamos todos o nos perdemos todos. No es que algunos gobiernos o multinacionales asuman su responsabilidad socioambiental y otros no. Ahora hay que tener una estrategia global, porque el peligro es global. Y rápido, porque el reloj corre en nuestra contra.

¿Ha notado usted cambios de actitud ante lo que se avecina?

Creo que aún la conciencia es muy pequeña, pero ha habido cambios. El documental de Al Gore, y el Nobel de la Paz que le dieron han reforzado la conciencia colectiva, y por eso muchas grandes multinacionales están preocupadas. Hay que involucrar a las multinacionales y a todas las instancias, las comunidades, las religiones, las iglesias, las universidades... para generar un nuevo nivel de conciencia colectiva, que sea lo que permita encontrar la salvación. Si no, vamos al encuentro de una catástrofe.

Religión y ambientalismo, ¿van unidos de la mano?

Las religiones son las escuelas, digamos, naturales y comunes, de gran parte de la humanidad. La religión enseña dos cosas importantes para la ecología: el respeto y la veneración. Respetar al otro, a la planta, a la piedra, al animal, porque no es solo respetar los textos sagrados, sino todo, porque todo ser merece existir. Y la veneración tiene que ver con lo sagrado, con la convivencia.

Y si, como usted dice, existe esa relación tan estrecha entre religión y medio ambiente, ¿por qué estamos como estamos?

Todas las iglesias deben hacer una autocrítica, porque son cómplices de haber llegado donde hemos llegado. Son parte del problema, pero tienen su capital espiritual y simbólico. Por ejemplo, la Iglesia católica tiene la figura de San Francisco, de amor a la naturaleza y a los hermanos. Son inspiradores, pero todos hemos fallado en la educación, en las escuelas, por ser antropocéntricos, centrados en el ser humano. La educación debería ser ecocéntrica, porque somos ecodependientes; dependemos del agua, del suelo, del aire... y eso lo hemos olvidado, porque creímos que la Tierra era un baúl de recursos infinitos.

De los países que más contaminan, la mayoría son de formación cristiana.

Pero no contaminan por ser cristianos, sino por ser capitalistas, por tener sistemas de producción que agreden a la naturaleza. El sistema neoliberal busca la riqueza, pero no el bienestar. El objetivo es cuánto más podemos ganar, sin respetar los ciclos de la naturaleza, y sin distribuir equitativamente las ganancias.

Pero los líderes espirituales de esos países, por acción o por omisión, han promovido ese sistema.

Sí, yo creo que hay una gran falta de conciencia, incluso alineación, en los líderes espirituales; particularmente entre los católicos. El Consejo Mundial de Iglesias, en Ginebra, ha desarrollado una conciencia más profunda, más consecuente, que articula justicia, paz y preservación del entorno. Pero la Iglesia católica todavía no ha desarrollado un trabajo sistemático de protección, ni sobre el agua, ni sobre las amenazas globales...

El poder mundial está hoy en manos de personas formadas con valores cristianos. ¿No se supieron implementar los valores correctos?

Yo creo que no supieron articular el discurso de la fe con el discurso del mundo. Es decir, predicando un Dios sin el mundo se ha propiciado el aparecimiento de un mundo sin Dios. La Iglesia católica predicó lejos de la realidad cotidiana de las personas, y ahora se están dando cuenta de que la amenaza es real, y que hay que hacer algo, pero no saben qué hacer porque no se tiene una cultura ecológica para decir algo sensato, adecuado. Lo ambiental es un tema absolutamente nuevo para gran parte de las teologías.

El irrespeto hacia el medio ambiente no es cuestión de clases sociales. Contamina el empresario, y también la persona más humilde.

Yo creo que todos tenemos que realfabetizarnos, porque en lo ambiental somos ignorantes. Partimos de dos presupuestos ilusorios: que los recursos del planeta son infinitos, y no lo son; y que se puede seguir creciendo hasta el infinito, cuando no se puede. Si quisiéramos que la riqueza de los que hoy más tienen la tuvieran todos los habitantes necesitaríamos tres planetas igual a este. Entonces, la Tierra ya no aguanta, y por eso es urgente que se cree ese movimiento mundial, porque tenemos poco tiempo, y la aceleración de la devastación es cada vez más evidente. Hay que frenar eso, buscar alternativas, no seguir con el mismo modelo pero con tecnologías más blandas.

¿No cree que basta con hacer reformas al sistema actual?

Si limamos los dientes del lobo, ¿desaparecerá su voracidad? No, porque el lobo es voraz por sí mismo. Lo mismo ocurre con el sistema neoliberal, que es malo para la humanidad, porque excluye a casi dos tercios del mundo. Debemos buscar un sistema económico y político adecuado a los escasos recursos naturales que tenemos para una Tierra superpoblada. También pensando en las futuras generaciones, que tienen derecho de heredar una planeta vivo.

Usted fue sacerdote hasta 1992, y colgó los hábitos mientras el actual Papa era el prefecto de Congregación para la Doctrina de la fe.

Sí, pero fue él personalmente, no la Congregación. Él me interrogó, él me sancionó, él todo.

Si abandonó la institución, ¿por qué confía aún en la Iglesia católica como una entidad capaz de revertir el escenario apocalíptico que ha dibujado?

Sí, yo creo que sería demasiado arrogante pensar que fuera de la Iglesia católica no hay salvación. Pero esa arrogancia es un error teológico de la Iglesia católica, porque es reducir Dios y su acción al espacio pequeño que la Iglesia tiene dentro de toda la humanidad. Entonces, hay que partir de que Dios es el dios de todos, y que ha creado a todos como sus hijos. Luego, hay que hacer, primero, que todas las iglesias cristianas, se acepten mutuamente, para que después haya un diálogo con las otras religiones. Pero yo creo que la Iglesia católica se está alejando de todo eso, y a veces tiene comportamientos de secta. Excluye a todos los demás, y se propone como la única.

Pero usted se sigue considerando católico...

Sí, soy católico, pero creo que excluir es contradictorio a los principios católicos. Excluir es sectario y fundamentalista.

¿Y no cree que desde el ateísmo se puede trabajar por esa sociedad que usted idealiza?

Muchos ateos, creo yo, son ateos porque tienen dificultad para compaginar la idea de un dios bueno con la maldad que hay en el mundo. El propio Papa Benedicto XVI lo dijo muy bien cuando el año pasado visitó Auschwitz, el campo nazi de eliminación de judíos: “¿Dónde estabas? ¿Por qué, Señor, permaneciste callado?” Entonces, muchos son ateos porque les es difícil compaginar, y no hay una solución, ni teológica ni nada, porque se trata de una ruptura de la fe. Pero hay otros que son ateos éticos. Es decir, quieren justicia, paz en el mundo, se comprometen con los cambios sociales, protegen la naturaleza, y se alejaron de Dios, no sé, quizá por razones personales...

El arquitecto Óscar Niemeyer, su compatriota, podría ser un ejemplo.

Sí, él es un gran amigo mío. Él dijo que si hubiera conocido a teólogos de la liberación como Frei Betto o yo, no habría tenido razones para ser comunista. Él sí, es ateo, pero lo es éticamente, porque quiere que los bienes sean repartidos, que la humanidad sea más justa, más sensible. Y yo respeto mucho a este tipo de ateos porque, en el fondo, están al servicio de algo mucho más grande.

Por lo que dice, parece que la solución a los problemas de la humanidad podría estar más en compromisos éticos sinceros que en compromisos religiosos.

Yo creo que en este momento no hay que medir la solución desde esa óptica. Monseñor Romero ya decía que hay católicos que solo lo son los domingos, y el resto de la semana se olvidan. Por eso creo que es cada instancia, sea del ámbito de la ciencia o de la religión, la que tiene que dar su aporte específico para problemas como el del calentamiento global. En el momento que estamos, nadie puede decir que tiene la solución él solo, porque es mentira. Todos tenemos que buscarla juntos.

Mencionó a Romero, y estamos en la semana de conmemoración de su asesinato. ¿Quién es Monseñor Romero para Leonardo Boff?

Para mí es un pastor que le tocó vivir en un contexto de gran violencia, aquí en El Salvador, y que supo como pastor estar del lado de las víctimas, de los más vulnerables, y que tuvo la valentía de decir la verdad. Dijo que en el país había torturas y asesinatos realizados desde el Estado. Pero lo hizo sin dejar de proponer al mismo tiempo caminos de diálogo, de paz, de búsqueda de una justicia mínima para pacificar las partes. Y fue víctima de esa predicación que, en el contexto de esos años, era subversiva.

Representantes de la Iglesia local se están esforzando por alejar a Romero de la Teología de la Liberación que usted encarna.

Pero eso pertenece a la política, porque Roma hace mucha política. No quieren asociar a Romero con la Teología de la Liberación porque tienen sospechas de esta teología, y no se pueden permitir ya tener sospechas de Romero. Yo creo que lo importante no es si Romero habló o no de la Teología de la Liberación. Lo importante es que el eje central de esta teología es la opción por los pobres, y Romero hizo eso, estuvo siempre a favor de la vida, en contra de la pobreza. Entonces, Romero vivió lo fundamental, y quien lee su discurso de aceptación del doctorado Honoris Causa por la Universidad de Lovaina se da cuenta de que son páginas de pura Teología de la Liberación.

Usted lo conoció en México, ¿no? ¿en 1979?

Sí, lo conocí en el encuentro de obispos latinoamericanos de Puebla.

¿Y cómo afirma tan convencido que Romero fue un defensor de la Teología de La Liberación si murió en marzo de 1980, cuando el movimiento no estaba aún articulado?

Yo creo que hay una equivocación en ese asunto. La palabra primera no es teología, sino liberación, y Romero vivió esa opción liberadora, y por eso fue tan peligroso para el sistema. En sus homilías, si uno sabe leerlas, hay reflexiones justificativas y evangélicas, que es lo que correspondía a un obispo, pero al mismo tiempo habla de la liberación. Lo principal no es si Romero habló o no de la Teología de la Liberación, sino si hizo o no la liberación, y él la hizo.

Usted entonces, y en contra de muchas autoridades eclesiásticas locales, sí cree que Romero es un abanderado de la Teología de la Liberación.

Sí, él ejemplifica los valores de la Teología de la Liberación. Es más o menos como un médico, que no se hace médico por leer libros de medicina, sino practicando la medicina. No importa si Monseñor Romero leyó o no un libro que yo le regalé (en alusión a la entrevista con Monseñor Rosa Chávez publicada el domingo pasado en Enfoques), sino que vivió la dimensión liberadora.

¿Y cómo interpreta que no haya sido canonizado aún?

Primero, porque creo que Roma sigue teniendo sospechas de que sus motivaciones eran ambiguas, de que podía haber mucha política. Y es porque lo juzgan desde lejos, no desde la situación de El Salvador.

A Josémaría Escrivá de Balaguer lo beatificaron en 17 años.

Sí y eso es la señal de que el purgatorio todavía existe. El purgatorio es la antesala del cielo, no del infierno, y posiblemente Escrivá de Balaguer esté allí hasta que Dios quiera. Pero bueno, lo que pasa es que Roma es muy institucional para crear santos, y se dedica a canonizar santos que refuerzan su posición. Y Romero no refuerza la institución, sino el cristianismo como movimiento, como testimonio, como proceso, como cambio... Y la Iglesia católica no tiene cómo ubicar a este santo, no sabe dónde meterlo.

¿Pero cree que lo canonizará Benedicto XVI?

Sí, yo creo que sí, porque ahora está claro que les conviene tener un mártir como Romero. Entonces, será más por comodidad, por conveniencia eclesiástica. Les conviene tener en América Latina un obispo mártir santo.

Usted conoce América Latina. ¿Qué peso tiene la figura de Romero en el continente?

Yo viajo mucho, y puedo decir que Romero es una referencia, como si fuera el obispo de la ciudad que uno visita. Lo que es Chico Mendes para la ecología, lo es Monseñor Romero para las iglesias de base, para las iglesias de la liberación. Todos lo conocen y lo veneran, y en esas iglesias se venden cuadros y estampas de Romero.

En los ochenta, distintos movimientos armados se bautizaron con el nombre de Romero. ¿Cómo interpreta esto? Él siempre condenó la opción armada.

Yo creo que es más o menos lo que ocurrió con el “Che” Guevara. La actitud de generosidad, de sacrificio, de poner al lado de las víctimas y lejos del poder dominante. Esa actitud está más allá de su encuadre ideológico y religioso, porque es la persona lo que cuenta, los valores que ha representado...

¿No lo ve mal entonces?

No, yo lo veo bien, porque el significado de Romero no se reduce a la Iglesia, al espacio de lo sagrado. Su significado es humano, es civil, de una humanidad que representa valores de profunda generosidad y solidaridad. Y esos valores son válidos en todas las partes del mundo.

Esta entrevista fue publicada en la edición de Enfoques del 30 de marzo de 2008.

23Mar, 2008

Entrevista con el obispo auxiliar de San Salvador (Centroamérica) por el 28 aniversario del asesinato de Monseñor Romero

Escrito por: robertogasteiz el 23 Mar 2008 - URL Permanente

Jesucristo haría muchos cambios en el Vaticano

Le gusta conversar en la oficina de Moisés. Gregorio Rosa Chávez ha bautizado con ese nombre el patio interior de su casa, situada en San Salvador, a unos pasos del punto donde se cruzan las avenidas Monseñor Romero y Juan Pablo II. Reveladora casualidad. Ahí recibe a las visitas. Son unos 25 metros cuadrados en los que caben cuatro sillas verdes metálicas, una mesa, un canopi, plantas aquí y allá y, justo en medio, un dominante y estilizado palo de mango. “La llamo la oficina de Moisés. ¿Sabe por qué? Porque la Biblia –y esboza una sonrisa- cuenta que Moisés atendía a la gente debajo de un árbol.”

Es un patio sin techo, y el bullicio del desordenado Centro Histórico está presente. Lejos de molestarle, para el veterano obispo es motivo de orgullo residir en ese lugar, frente a una parada de bus. Vivir ahí, asegura, le permite que la realidad le entre cada día por sus ojos. Y no le gusta lo que ve. Ve una sociedad deshumanizada, un Gobierno inoperante, una juventud de derecha y una Iglesia demasiado alejada de su pueblo. El cuadro suena apocalíptico, pero para Rosa Chávez aún hay solución. Las hojas de ruta, y cuando lo afirma suena verdaderamente convencido, son el documento que Benedicto XVI aprobó en la reunión de obispos latinoamericanos del año pasado en Brasil, y el discurso que también el Papa pronunció hace unas semanas ante los 11 obispos salvadoreños que viajaron a Roma, en el que se ensalzó la figura de Monseñor Romero.



Viene de estar junto a Joseph Ratzinger. ¿Lo había visto desde su nombramiento como Papa?

Sí, lo vi el año pasado, en la asamblea mundial de Cáritas. Tuvimos una audiencia con él en la que pude saludarlo, pero sin conversar. Y antes lo había visto como cardenal.

¿Cómo es él? Porque tiene cara de pocos amigos.

Él es una persona que no es, digamos, de un gran carisma. Es una persona tranquila, sencilla, sonriente y no es de muchas palabras. Meditabundo, pero agradable. Estuve a su lado para la foto oficial, y le pregunté por el segundo volumen de su libro “Jesús de Nazaret”, y me dijo que quizá dentro de unos dos años esté.

¿Y en qué idioma hablan?

En italiano. En italiano y en español.

En el discurso oficial sobre el encuentro, el Papa menciona a Monseñor Romero.

En el segundo párrafo él recordó a los primeros evangelizadores de El Salvador y a los actuales, y ahí mencionó solo a Monseñor Romero. Y el final del párrafo es bastante llamativo, porque termina diciendo que la palabra de Dios no está encadenada, y uno puede interpretarlo como un homenaje a aquel hombre que supo ser profeta en tiempos tan difíciles, ser líder, y eso le costó la vida. Pero eso es lo que puede interpretarse, porque el texto no lo dice de forma explícita. La alusión, sorprendente para mí, la sentí como un homenaje al trabajo pastoral y a la valentía de Monseñor Romero.

Es una única referencia en el discurso. ¿De ahí se puede inferir que el Papa lo puso como ejemplo para los demás obispos?

El Papa es bastante contenido en sus expresiones, pero sí se puede afirmar que puso a Monseñor Romero como ejemplo de pastor. Que la alusión aparezca en los primeros párrafos es muy significativo. Y de hecho, en todo el mundo se interpretó así; esa fue la noticia mundial que yo vi en distintos despachos de agencias de prensa.

¿Había ocurrido algo así en las otras cuatro visita ad limina en las que ha participado usted?

Recuerdo muy bien la entrevista de 2001 con el Papa Juan Pablo II, que fue la última vez que lo vimos. Él estaba ya muy enfermo, muy pasivo, ausente parecía, pero al final levantó la vista y preguntó: “¿Y monseñor Romero?” Y le respondió el arzobispo Lacalle comentando la devoción hacia él, y entonces el Papa se puso de pié, tomó el bastón en su mano izquierda, con la derecha hizo un gesto, dijo en italiano: “Es un martirio”, y se marchó.

¿Y hablaron esta vez sobre el proceso de canonización?

No con el Papa, pero sí se trató con la oficina que lleva el caso, que es la Congregación para las Causas de los Santos. Se habló de dos temas, de dos mártires salvadoreños. De Monseñor Romero y de uno del que casi nunca se habla, que es el sacerdote italiano franciscano Cosme Spessotto, asesinado en la diócesis de Zacatecoluca en 1980. Fueron los únicos temas de una conversación que duró más de una hora, y a la que asistió el equipo en pleno de la Congregación, con el cardenal José Saraiva al frente, un portugués que es el prefecto.

¿Qué se dijo sobre Romero?

El clima de la conversación fue muy positivo, muy cordial, y la actitud hacia ambos mártires fue también muy abierta, muy positiva. Mi impresión es que el proceso de canonización ha llegado ya a una madurez, y que ahora en cierto modo está todo listo para dar el siguiente paso en el momento que se considere oportuno. Esa fue mi impresión y la de otros obispos con los que conversé también. No hubo crispación, no hubo tensión...

¿En otras ocasiones sí hubo crispación?

Es que, digamos, en otras ocasiones no teníamos todos los obispos la misma visión, y no siempre nos había recibido la Congregación. De hecho, de cinco veces, esta ha sido apenas la segunda en la que nos recibieron, pero sí, esta vez fue el gran tema. Yo quedé muy contento de la reunión y de la manera como transcurrió todo el diálogo, así que pienso que estamos ya en la recta final del proceso, aunque recordemos que una recta puede ser muy larga.

Me dijo hace un rato que Juan Pablo II sabía que fue un martirio desde 2001. ¿No hay contradicción entre sus impresiones de las visitas y que pase tanto tiempo sin avances?

No. Yo llevo visitando Roma 25 años, he visto cómo al principio Monseñor Romero era un tema incómodo, y cómo se fue serenando la atmósfera, y 2001 fue el punto de inflexión, porque Juan Pablo II habló claro, y el entonces cardenal Ratzinger también se notó tranquilo después de examinar la parte doctrinal y comprobar que era una doctrina totalmente apegada a los principios de la Iglesia. Y desde entonces he notado que el tema en Roma se ve con naturalidad, como con más claridad, y que todo va tomando su lugar.

Pero Benedicto XVI sigue siendo un crítico de la Teología de la Liberación, y Monseñor Romero no deja de ser para muchos el emblema de esa teología.

Hay una anécdota documentada que aclara un poco esa temática. El Papa Benedicto XVI, cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tenía la idea de que Monseñor Romero era uno de los abanderados de esta teología, y por eso se sorprendió cuando le contaron que en su biblioteca privada casi no tenía libros de los teólogos de la liberación. Y yo puedo dar fe de que era así, porque visitaba a monseñor, y en su pequeña biblioteca el libro con más señal de uso es el famoso “Comentario bíblico de San Jerónimo”, y uno que le había regalado Leonardo Boff nunca lo leyó. Con el único de los teólogos con quien tuvo contacto directo fue Jon Sobrino, y porque vivía aquí y lo visitaba en la UCA.

Usted lo está alejando de la Teología de la Liberación.

Vamos a la parte central. La visión de la liberación Monseñor Romero la tomó de un documento del Papa Pablo VI que se llama Evangelii nuntiandi. Esa fue su base, al grado que, y este dato es sorprendente, la primera homilía transcrita que se tiene, la realizada cuando asesinaron al padre Rutilio Grande, está organizada en torno a una afirmación de Pablo VI sobre lo que es el verdadero liberador cristiano. Casi toda su doctrina de la liberación está tomada de esa fuente.

¿Y qué me está queriendo decir con todo esto?

Que Monseñor Romero no era un abanderado de la Teología de la Liberación, sino un hombre que logró expresar de una forma muy original la doctrina de Pablo VI sobre la liberación cristiana, y que después se retomó en el Documento de Puebla (1979); tanto que él, cuando regresó de Puebla, llegó a decir: “Puebla ha confirmado mi doctrina y mi enseñanza”. La doctrina de Monseñor Romero es muy conservadora, muy tradicional, aunque sus posturas ante la realidad fueran tan audaces. Son dos temas diferentes.

Porque el Papa actual sigue siendo intransigente con la Teología de la Liberación.

Por eso su sorpresa al saber que no tuvo como fuente a esos teólogos. Ni siquiera tuvo tiempo de conocerlos. Monseñor muere en 1980 y los conoció un año antes en Puebla. Es interesante ese dato, y sorprende porque uno imagina otra cosa. Yo, que lo traté tan de cerca, puedo dar fe de que vivía su jornada de manera tan intensa que apenas le quedaba tiempo de leer mucho.

Hace apenas un año el Papa amonestó al jesuita Jon Sobrino por un libro escrito en 1991. Parece un mensaje claro.

Sí, pero fue antes de su viaje a Aparecida, en Brasil, donde conoció la fe del pueblo latinoamericano, y pasó a plantear que hay que dar pasos desde la fe hacia la justicia. Un obispo de los más respetados de Brasil me dijo que el Papa se había convertido en Aparecida.

Bueno, otro tema interesante estos días es la sucesión de Monseñor Sáenz Lacalle. ¿Hablaron sobre ese tema con Benedicto XVI?

Ni una palabra en ninguna de las reuniones oficiales. No hubo ni una alusión al tema, ni siquiera indirecta.

Como obispo auxiliar de San Salvador, ¿tiene alguna opinión sobre si el sucesor debe ser salvadoreño o no?

Yo expresaré mi opinión y las razones ante el nuncio apostólico cuando me llegue el momento, y lo haré con total libertad, porque es cuando uno puede plantear su postura con la posibilidad de que sea tomada en cuenta. En esa reunión que tenemos individualmente todos los obispos se pregunta por nombres y por razones. Todo lo demás son puras elucubraciones. Y este es un país pequeñito, por lo que no creo que tengan que gastar en Roma mucho cerebro para elegir al sucesor.

Su sensación es de que esto apenas está comenzando...

De hecho, en Roma no vi ninguna señal de que la cosa esté madura.

Usted a los 39 años ya era obispo. Muy joven.

Sí, hay dos casos más de obispos salvadoreños elegidos más jóvenes. Monseñor Luis Chávez y González fue nombrado obispo a los 37, y monseñor Rivera y Damas, a los 36, pero lo normal es que los obispos se designen con al menos 40 años.

Sobre la Iglesia católica salvadoreña, desde fuera da la impresión de que hay diferentes visiones de la misma realidad. ¿Es así?

Bueno, yo, después de estar en Roma, fui a España, y dentro del episcopado hay encontradas visiones. Con este ejemplo quiero decir que hay como dos escenarios: uno conflictivo y otro, más sereno.

¿A qué se refiere con conflictivo?

Cuando Monseñor Romero era arzobispo solo había seis obispos en el país y, por decirlo de una manera sencilla, las decisiones se tomaban cuatro contra dos. Casi nunca había consenso. Eran momentos dramáticos que él los cuenta en su diario. Cuando lo sucede Monseñor Rivera y Damas, una de sus metas fue cambiar esa dinámica por una dinámica de consenso, que es la que hoy predomina en el episcopado. Todos los documentos que publicamos son fruto del consenso, y eso es bien importante señalarlo. A veces hay documentos con más mordiente, y otros con menos fuerza, pero son de consenso, y entre un mayor número de obispos.

¿Cuántos son ahora?

Somos 11, contando ya los dos que van a ser ordenados en los próximos días.

Pero hay diferencias evidentes entre unos y otros.

Sí, pero eso viene después. Hay distintas tendencias, visiones y sensibilidades. La Iglesia no es de un solo color, pero esos matices se pueden hacer en un tono confrontativo o en un tono fraterno. En El Salvador pasamos por una experiencia durísima en tiempos de Monseñor Romero, y ahora estamos en una época de fraternidad.

Monseñor, usted fue quien ofició las exequias por Schafik Hándal, histórico líder del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). ¿Fue a solicitud de la familia?

Hay dos casos. Yo también asistí a las exequias del mayor D’Aubuisson (fundador del partido gobernante ARENA, y autor intelectual del asesinato de Monseñor Romero), y es importante que eso se sepa. Cuando murió D’Aubuisson, el nuncio pidió a Monseñor Rivera que hubiera presencia de la Iglesia en los funerales, pero se resistió. Entonces, yo le dije: “Si quiere, voy yo”. Yo asistí junto al nuncio, y noté la cara de sorpresa de los dirigentes de ARENA. No me esperaban. Pasaron varios años para que uno de ellos, el diputado Roberto Angulo (hoy en el PCN), me diera las gracias en el ascensor de la Asamblea.

¿Y con Schafik Hándal?

Le quiero contar cómo fue la cosa. A mí me buscaron la familia y el partido, yo lo consulté con el señor arzobispo Sáenz Lacalle, y él accedió inmediatamente. Después pidieron que fuera a la cripta, y el arzobispo dijo: “Está bien”. Después me pidieron que fuera a la plaza, y el arzobispo lo aprobó también. Es decir, yo no hice nada al margen del arzobispo, porque era un momento especial, en el que yo no podía actuar sin su aprobación.

Me consta que incluso dentro de la Iglesia se critica la pasividad en lo alto de la jerarquía sobre algunos problemas sociales.

Se critica, y con razón. De hecho, el Papa, en su discurso de Brasil, recordó una frase de su primera encíclica sobre las diferencias entre política y justicia. La política corresponde a los estados, pero la lucha por la justicia corresponde a la Iglesia, y de ella no puede abdicar. Él está muy preocupado de ver que la fe no transforma la historia, de ver que uno va a misa el domingo, pero al día siguiente no actúa apegado a la ética cristiana. Entonces, es verdad, y la gente se queja con razón, que no estamos tan presentes en temas que son de impacto, y que afectan a la comunidad salvadoreña.

Y si cree que la queja es con razón, ¿por qué no se corrige?

Si usted analiza los últimos documentos, han sorprendido. Un ejemplo es el tema de la minería. Había una presión grande de las compañías mineras sobre el arzobispo para que cambiemos la posición, pero hemos sido enfáticos. O el tema de la represa de El Chaparral, que también ha sido objeto de un mensaje nuestro, o incluso del tema de la violencia, hicimos una buena radiografía. Es cierto que a veces falta un poco de seguimiento.

A eso me refería.

Pero en Brasil quedó claro, y el Papa lo aprobó, que no podemos seguir así. ¿Y cómo hacer el cambio? Pues ahí es donde caben distintas opciones. Por ejemplo, ya vienen las próximas elecciones. ¿Qué es lo que vamos a decir? ¿Cuándo lo vamos a decir? Ya prometimos que vamos a hacer uso de la palabra, porque es en los momentos clave de la historia de un país cuando hay que hablar, y actuar.

¿Me está adelantando que en las próximas semanas o meses se van a acentuar las posturas similares a la mantenida en el tema de la minería?

Sin duda. Es obvio, porque tenemos dos nuevas coordenadas. El discurso de Brasil, y lo que nos dijo el Papa en Roma. Nosotros tenemos una reunión de tres días en el mes de julio, y la actitud de la iglesia será parte central de la agenda.

Y la aspiración es que esas posturas más críticas sean fruto del consenso también.

Eso sin duda, porque eso es una cultura ya entre nosotros, lo cual no quita que cada uno pueda expresar públicamente posturas personales sobre temas candentes. Una cosa no quita la otra.

Hasta ahora es lo que se ha estado escuchando, opiniones personales.

Pero la dinámica última apunta a una presencia más activa de la Iglesia. Yo espero que sea así.

Monseñor, ¿por qué sigue habiendo tanta pobreza en El Salvador?

Hay un documento que sacamos cuando Juan Pablo II nos visitó en 1996, un documento cortito pero con mucha mordiente. Entonces preguntamos a qué país viene el Papa, y respondimos que El Salvador es un país que firmó la paz, pero que no tiene la vivencia cotidiana de la paz. Y poníamos como señales la pobreza, el desempleo y la inseguridad ciudadana.

Pero ustedes son líderes espirituales de este país. ¿No son corresponsables de que la paz no se viva aún cotidianamente?

Yo creo que muchas heridas de la guerra siguen abiertas porque no se acepta el esquema que Juan Pablo II planteó en 1997 sobre cómo reconciliar un país. Él planteó un concepto nuevo dentro de la Iglesia, que es el de la purificación de la memoria, pero acá no se quiere derogar la Ley de Amnistía aunque hay un fallo de la OEA que lo exige. El Papa dijo una cosa: “Verdad y justicia son presupuestos del perdón”, y lo escribió en un documento que tiene por título “Ofrece el perdón, recibe la paz”. La Iglesia, de hecho, pidió perdón públicamente en 2006 por el daño hecho por algunos hijos de la Iglesia, y el Papa tuvo mucha oposición por esa acción.

¿Y la Iglesia salvadoreña no debe pedir perdón por nada?

Es que la salvadoreña es de las pocas iglesias que estuvieron a la altura, al grado que pagó con la vida de muchos de sus pastores.

Muchas de las personas que ocupan puestos clave del Estado fueron educados en colegios católicos. ¿Por qué entonces tenemos el país que tenemos?

Precisamente el Papa habló de eso este mes, de cómo la educación no es solo transmitir conocimientos, sino valores y una manera de vivir, y las escuelas católicas tienen esa vocación. De este asunto ya se habló en los setenta cuando vimos que, a pesar de que casi todos los dirigentes habían pasado por colegios católicos, se profundizaba la desigualdad. Monseñor Romero tiene una frase que se hizo famosa: “Tenemos cristianos de misas dominicales y de semanas injustas”.

El caso de los jesuitas quizá sea el más paradigmático. Hasta los setenta prácticamente solo se dedicaron a formar a las clases más pudientes.

Y eso cambió cuando en la congregación se tomó lo que llamaron la opción por la justicia, y ahí se lanzaron a estar más presentes con los sectores populares. Pero, volviendo al tema, es totalmente cierto que la Iglesia ha tenido en sus aulas a los actuales dirigentes de estos países, y lo que se decide pocas veces coincide con los valores que, se supone, debían haber asimilado. No hay que olvidar el papel de la familia, que es la primera escuela, y muchas veces los padres solo quieren que sus hijos tengan dinero, que la pasen bien, pero no educan para la justicia, para la solidaridad. Y otro factor es que la juventud de hoy es... no estamos en mayo de 1968, para nada. La juventud de hoy es de derecha, y eso choca porque uno identifica al joven con lo novedoso, la audacia, los ideales, y sin embargo tenemos una juventud que piensa, básicamente, como gente de derecha, de manera conservadora. Y la juventud no era así en los tiempos de Monseñor Romero, eran tiempos en los que toda América Latina estaba incendiada por un idealismo de protesta, y solo hay que escuchar las canciones que entonces surgieron. Y eso no lo tenemos hoy. Entonces, aquí hay un reto terrible.

Pero esa fue la generación que hizo la guerra, y la está poniendo como ejemplo a seguir.

No, yo hablo de la generación que surgió después de estallada la guerra.

Tenemos nueve o diez muertos al día, 14,000 asesinatos en cuatro años. Y lo peor es que la sociedad parece convivir con esas cifras como si fueran normales.

El contraste lo vive uno cuando viaja al extranjero. Yo una vez que estaba en España el país prácticamente se paralizó por la muerte de un taxista. Afuera hay una cultura de respeto a la vida que no tenemos acá. Aquí tenemos la cultura de la muerte. Yo recuerdo los tiempos de la guerra, cuando los niños pasaban junto a los cadáveres todos los días al ir para la escuela. Entonces, la vida no vale nada. Son solo cifras y una visión ideológica del tema de los homicidios. De hecho, estadísticamente hablando, hay más homicidios hoy que cuando comenzó a gobernar el presidente Saca, y él lo que prometió fue seguridad. ¿Y qué indica eso? Que las políticas han fallado.

También se podría pasar a los líderes espirituales la factura por la situación que vivimos.

La carta pastoral sobre la violencia establece como tres puntos. El primero es tener un diagnóstico objetivo, y cualquiera ve que, hasta hace poco, la política de la Policía era echar la culpa de todo a los pandilleros y a los jueces. Segundo, se necesita un análisis de causas. Y tercero, una propuesta concertada, y ahora hay insinuaciones de avances por ese camino, pero se quedan en los primeros pasos. No ha habido una decisión política del Gobierno de asumir el esquema que la Iglesia católica propone, y espero que ahora que lo ha retomado el Papa, se le dé un poco más de dinamismo. ¿Qué es lo que nos falta? Generar todo un movimiento, y estoy convencido de que es posible hacerlo, porque ya se hizo durante la guerra, un movimiento nacional es esta línea. Los datos nos están dando la razón, y camino hay, camino hay. Yo siempre digo que si apoyáramos a las familias al 100%, la violencia bajaría a la mitad en unos cuantos meses.

¿Pero no está minimizando el papel de la Iglesia en la sociedad?

No, yo estoy reconociendo nuestra culpa.

Me refiero a que hay países con más pobreza, pero con menos violencia. Como Nicaragua.

Y dentro de El Salvador, hay departamentos pobres que son los menos violentos. Pero fíjese que en nuestra carta ya aparecían dos palabras como son narcotráfico y crimen organizado. Ahora ya se usan con más frecuencia en los medios, pero hace unos años, no. Entonces, un enfoque sobre violencia que ignore esas dos cosas es totalmente subjetivo, y es el que predominaba hasta hace poquito.

Monseñor, acá se tira la basura en cualquier lado, se maneja sin respeto a los demás... Y esa descomposición social no es atribuible al narcotráfico.

Déjeme contarle otra historia que tiene que ver con paz social. ¿Se acuerda usted de la campaña para construir la paz social? El presidente Saca y su equipo nos invitaron a los obispos, y yo pregunté: “¿Y qué entienden por paz social?” Y me respondieron que la paz era convivir pacíficamente. ¿Y a qué se redujo la campaña? A que se maneje con respeto hacia los otros conductores. El mensaje fue que ser constructores de paz social era manejar con respeto. Es otro ejemplo de que nunca vamos al fondo, y el fondo supone tener un país más justo, más fraterno, más solidario.

¿Cree entonces que en El Salvador están ausentes todos esos valores?

Por supuesto. Tenemos una sociedad que no es justa, ni fraterna, ni solidaria. Hay que crear una cultura de la vida, ante la cultura de la muerte que nos domina. Y cultura de la vida para nosotros significa cuatro cosas: defender la vida que va a nacer; significa una vida justa y una vida digna; significa también buscar una verdadera democracia, realmente participativa; y significa por último la parte espiritual. Esas cuatro cosas están recogidas en el documento de Brasil del año pasado, y buscan una vida plena para todos. Pero aquí la doctrina social de la Iglesia hasta ha sido tachada de comunista.

Hace unos días un obispo dijo que acumular excesiva riqueza es pecado.

Ciertamente, yo creo que el futuro de la humanidad pasa por una vida austera, pero eso no es lo que nos enseña la publicidad todos los días.

¿Y cree que la Iglesia, como institución, es un ejemplo de austeridad?

Depende. Hay de todo. Yo me pregunto cuando voy al Vaticano: si viniera aquí Jesucristo, ¿qué cambios haría? Y creo que haría muchos. Porque, realmente, usted sabe que no es lo mismo que alguien, para venir a verme, tenga que pasar solo una puerta o tres barreras de seguridad. Y eso pasa en tantos obispados de Europa, por la misma estructura cultural. Yo vivo frente a una parada de buses, y la realidad me entra por los ojos e inunda todo mi ser. Entonces, en Roma hay muchas cosas que se han ido acumulando y que han hecho más pesada la marcha de la Iglesia. Ciertamente, de manera permanente deberíamos limpiar nuestra cara, para luego dialogar con el mundo. La Iglesia debería ser más sencilla en todos los aspectos, incluso en el lenguaje. Eso de excelencias y eminencias... Una iglesia sencilla es la que la gente entiende que es la iglesia de Jesús, y creo que eso está claro en papeles. Falta concretarlo en la vida de todos los pastores, desde el más humilde hasta el santo padre.

Concluyo con quien empezamos, con Romero. ¿Cómo interpreta que esa figura que encarnó la bondad naciera y fuera pastor en un país como El Salvador?

Dios manda hombres y mujeres providenciales donde se necesitan. ¿Y por qué a este pequeño país? ¿Por qué un hombre que era tan tímido y tan temeroso se convirtió en un gigante? Esa es la obra de la gracia. Ciertamente se unieron una serie de factores en el caso de monseñor: era un hombre con una formación romana tradicional, con una conocimiento profundo de la doctrina de la Iglesia, un hombre con un don la palabra impresionante, un hombre cercano al pueblo, que jamás se imaginó que iba a ser nombrado arzobispo... Era un hombre cuyo nombramiento decepcionó, pero que a los pocos días teníamos ya otro Romero. Es obra de la gracia cuando una persona se da cuenta que tiene un llamado de Dios, que es difícil, pero que sabe que Dios no le va a fallar, y Romero es el ejemplo de que eso es verdad.

Este es el periodismo que se está haciendo en un país como El Salvador, en el centro de Centroamérica. Formo parte de la generación autodidacta, la que partió de cero, la que partió de la guerra civil, y la que carece de referentes locales. Por ello, internet es la herramienta indispensable para dar a conocer lo que por acá se está haciendo, y sus comentarios son especialmente bienvenidos.

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