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10May, 2009

Entrevista con Fernando Sáenz Lacalle, arzobispo emérito de San Salvador

Escrito por: robertogasteiz el 10 May 2009 - URL Permanente

“Estamos siendo invadidos por la perversión”


Una entrevista de Roberto Valencia y Rossy Tejada

Cuando en enero de 1985 Fernando Sáenz Lacalle fue ordenado obispo tenía ya 52 años, una edad elevada para lo que suele estilarse en el Vaticano. Eso sí, aunque tardía, su entrada en el Colegio Episcopal fue por la puerta grande. Lo consagró el mismísimo Juan Pablo II, quien desde hacía años seguía la trayectoria del vicario delegado del Opus Dei en El Salvador, el pequeño país centroamericano donde habían asesinado a su arzobispo. De los catorce obispos que hay en el país en la actualidad, solo el nuncio comparte el honor de haber sido consagrado por un Papa.

—Es un regalo de Juan Pablo –mostrará orgulloso, al final de esta entrevista, el anillo pastoral dorado que lleva en la mano derecha.

Sáenz Lacalle no disimula la admiración que sentía hacia Juan Pablo II ni tampoco la que siente hacia Benedicto XVI: “¡Qué maravilloso tener un Papa como el actual!” Y es que, aunque con estilos radicalmente distintos, los dos últimos papas se han caracterizado por su firmeza a la hora de mantener la Iglesia católica fiel a sus añejos principios morales. Y esa fidelidad es algo también que agrada sobremanera a Sáenz Lacalle, alguien a quien no le tiembla la voz para llamar “cosas comerciales” a las iglesias evangélicas que operan en El Salvador.

—La sociedad se debe apoyar en la familia, y la familia tiene que estar apoyada en el matrimonio. Así es una sociedad sana –responderá cuando se le cuestione sobre el que en las últimas semanas parece haber sido el tema más trascendental para el país: prohibir o no de forma explícita en la Constitución las uniones entre personas del mismo sexo.

Salvo el alzacuello, aparece vestido de riguroso negro –pantalón, camisa y saco– y ofrece asiento con amabilidad. La entrevista es en la sede del Opus Dei, en la urbanización Buenos Aires de San Salvador, donde ha regresado a vivir después de ocupar durante 14 años el arzobispado. Lo ha sucedido monseñor Escobar Alas, pero Sáenz Lacalle mantiene, y será así hasta el día de su muerte, el reconocimiento de arzobispo emérito.

¿Es usted el primer arzobispo emérito que tiene esta arquidiócesis?

No, monseñor Luis Chávez y González (arzobispo entre 1938 y 1977) estuvo ya como arzobispo emérito. Y cuando se retiró, trabajó unos años como párroco de Suchitoto.

¿Y qué implica ese nombramiento?

Quiere decir que se tiene el título de arzobispo, pero no se tiene el mandato o la autoridad para estar al frente de la arquidiócesis. Es una muy buena política de la Iglesia dejar los 75 años como la edad en la que se debe presentar la renuncia al Santo Padre.

Y ahora usted ha sido nombrado párroco en Santa Elena, Antiguo Cuscatlán.

Sí, pregunté al nuevo obispo qué le parecía que me hiciera cargo de la parroquia de Santa Elena, y le pareció muy bien. El sábado anterior al Domingo de Ramos fue mi imposición. Preferí que no fuera una ceremonia muy solemne, a la que asistieran todos los párrocos de la vicaría, y fue algo sencillo.

¿Está entre sus planes regresarse algún día a vivir a España?

No, desde 1962 estoy en El Salvador y desde 1966 tengo la nacionalidad salvadoreña.

Es poco tiempo aún, pero ¿qué piensa de su sucesor, monseñor Escobar Alas?

Fue un nombramiento oportuno, porque es de muy buena formación pastoral. Ha pasado muchos años como obispo en San Vicente, conoce muy bien el trabajo de la diócesis, es joven, con fuerza, tiene mucho ánimo y está trabajando tremendamente.

Él dijo al asumir que los más necesitados serán su prioridad. ¿Son los mismos principios que rigieron su período?

Ciertamente esa fue una preocupación. Yo no estuve directamente en las asociaciones del arzobispado que se dedican a la pastoral social, porque es algo absorbente, pero siempre me preocupé porque hubiera gente muy capaz encargada de impulsar todos los programas. De todos los departamentos del arzobispado, el de más amplitud y más actividad es la pastoral social.

¿Cómo ve la Iglesia de hoy?

Si nos fijamos en la alharaca que organiza la prensa mundial... Ha habido manifestaciones políticas que señalan críticas al Papa, pero nada de lo que él ha dicho en sus discursos va en contra de la dignidad de la persona humana, ni mucho menos. En realidad, se está preocupando por afrontar los problemas como los tiene que afrontar, aunque pueda haber manifestaciones anticatólicas, políticas, materialistas o lo que sea. Basta leer sus discursos y libros para ver la claridad de mente que tiene. Y les voy a contar una experiencia: en el último viaje que hice a Roma asistí al Ángelus. Y cuál fue mi sorpresa al ver que toda la plaza de San Pedro estaba también llena de gente. En cierta medida, Benedicto XVI está teniendo un atractivo que no se queda atrás ni comparado con el de Juan Pablo II, un Papa tan popular y admirado. ¡Qué maravilloso tener un Papa como el actual!

¿No cree que la secularización, sobre todo en Europa, está restándole influencia a la Iglesia en la sociedad?

Estas evaluaciones globales de la Iglesia son difíciles de hacer. Es cierto que hay una gran secularización en Europa, pero también es cierto que todas las actividades que organiza la Iglesia siempre están llenísimas. Entonces, quizá lo que está pasando es que la secularización y las críticas tienen mucha acogida en los medios, mientras que la proyección y la profundización cristiana no es noticia.

En El Salvador quizá no se pueda hablar aún de secularización, pero sí de crecimiento de las iglesias evangélicas.

Yo diría que es innegable que se organizan esas campañas que llenan estadios, pero en realidad es una religiosidad y una práctica muy acuñadas en sentimientos, basada en campañas y propagandas. Aun así, creo que la Iglesia católica no está perdiendo, se encuentra más fortificada y madura.

¿Su teoría es que las iglesias evangélicas se llenan con personas que ya habían dejado de ir a las iglesias católicas?

Es que yo no he visto que haya alejamiento, ni mucho menos. Si van a catedral un domingo, verán toda la gente que asiste. Y simultáneamente se están celebrando misas en parroquias de todo el país.

¿Y cómo es la relación entre los líderes? ¿Se reunió alguna vez con el Hermano Toby o con el pastor Carlos Rivas?

No, bueno, vamos a ver. Hay un esfuerzo de parte de la Iglesia para que haya una unidad entre los que creemos en Jesucristo. En enero, en torno a la fiesta de San Pablo, incluso se hace un Octavario por la unidad de los cristianos. Lo que pasa es que hay que distinguir: una cosa son las iglesias históricas, las que tienen un fundamento más sólido...

Como las protestantes...

Sí, luteranos, anglicanos... Y hay que distinguirlas de las otras cosas comerciales que no tienen una estructura puramente eclesial.

Pero en el país parecen tener mucha fuerza.

En el país tienen mucho seguimiento, mucho nivel económico, mucha propaganda, pero desde el punto de vista teológico no tienen fundamento eclesial. Entonces, la labor de todos los cristianos de formar una sola Iglesia se realiza con las iglesias históricas, no con las comerciales. Siempre hay un interés en llegar a la unidad.

¿Cómo califica los cuatro años de gestión que lleva ya Benedicto XVI?

Muy positivos. Sus libros marcan una extraordinaria profundidad teológica y son asombrosos, y a su edad. Además, todo el equipo de cardenales y obispos que le ayudan están muy bien organizados.

Desde dentro de la misma Iglesia ha habido oposición a su conservadurismo.

Pero es que no se pueden hacer concesiones de moralidad, por el bien de la gente, para ayudarles espiritualmente. Y lo que quiere la Iglesia es ayudar a los que se han equivocado, y para eso están todos los medios, desde las diócesis hasta las parroquias.

¿No cree que una mayor apertura no serviría para retener a más fieles?

Pero es que no está habiendo una desbandada.

¿Usted no lo cree?

Reitero: vayan el domingo a la misa de las 8 en catedral y vean. Lo que hace falta más bien es dar una ubicación especial a temas importantes, como lo es la familia. Y fortalecer la familia es al mismo tiempo fortalecer a nuestra juventud y a nuestra niñez. En ese sentido, hay muchos centros educativos católicos, pero los padres de familia deberían de responsabilizarse de la educación de sus hijos, porque estamos siendo invadidos por el paganismo y por la perversión moral a través, sobre todo, de los medios de comunicación.

¿Y no será que la Iglesia es la que no evoluciona al ritmo de la sociedad?

Cada quien tiene que dar cuenta a Dios de lo que hace, ¿verdad? Yo creo que los medios de comunicación tienen una responsabilidad moral tremenda, pero lo que hace falta es ahogar el mal, y aquí es donde digo que tenemos que procurar que en las familias haya más responsabilidad hacia los hijos, y que cada quien no se conforme solo con vivir los valores cristianos, sino que ayude a los compañeros de trabajo, a los vecinos, a los amigos, etc. Es decir, cada uno debería ser discípulo de Cristo, pero también misionero.

¿Algo así como que uno se sienta orgulloso de su religiosidad?

Y que además ayude al otro. Y despertar sobre todo a los padres de familia, porque muchas veces ni apagan la televisión cuando sus hijos están viendo cosas terribles.

Su nombramiento en 1995 también levantó críticas dentro de la Iglesia salvadoreña.

No sé, a mí la verdad es que nadie me vino a decir nada. Bueno, quizá alguien en alguna misa dio gritos, pero a mí el Papa me nombró arzobispo, asumí la responsabilidad e intenté hacer las cosas de la mejor manera. Que la gente opine si está de acuerdo o no lo está ya es problema de ellos. Además, un arzobispo nunca está solo, lo acompaña un consejo de vicarios y consejeros para tomar decisiones, y siempre está el apoyo de la Conferencia Episcopal, donde están todos los obispos de El Salvador.

¿Quién es Monseñor Romero para monseñor Sáenz Lacalle?

Yo desde luego fui muy cercano a Monseñor Romero. El mismo día de su asesinato estuvimos juntos. En 1980 yo era un sacerdote de la arquidiócesis y, como vicario del Opus Dei en el país, solía organizar reuniones y paseos. A principios del mes de marzo, él me dijo que quería asistir al siguiente encuentro porque necesitaba descansar, pero me pidió que lo retrasásemos un poco. El paseo lo hicimos el mismo 24 de marzo y nos fuimos a la playa 10 o 12 sacerdotes y Monseñor Romero. Estuvimos departiendo, leyendo, y recuerdo que después de almorzar platicamos sobre los mártires cristeros.

¿Está convencido de que fue un santo?

Él murió en las circunstancias, digamos así, más favorables. Estuvo todo el día en una actividad fraterna con sacerdotes; después dicen que se fue a confesar a Santa Tecla; y después, estaba celebrando la misa y cuando terminaba la homilía, en el altar, le dispararon.

Entonces, ¿está convencido de que Monseñor Romero fue un santo?

Son señales de una predilección, o sea, que el mal, el demonio, puede organizar todas sus marañas, pero Dios puede arreglar las cosas de manera que todo sea para bien. Y en este caso concreto, si a un sacerdote le preguntan cómo quisiera morir, si en la cama o celebrando la misa, la respuesta es obvia. Y Monseñor Romero murió así. A mí sí me parece que es una señal de predilección.

A Romero se le relaciona con la Teología de la Liberación, con la que usted discrepa.

Pero es que la teología de Monseñor Romero es muy sólida y tradicional. Ciertamente yo creo que su figura ha sido muy manipulada, pero sus escritos y su predicación, viendo todo el contexto de su vida, son de una teología muy apegada al Vaticano. Además, no podemos sacar de su contexto histórico los acontecimientos, porque las circunstancias propias de aquellos años supusieron una serie de tensiones y de influencias.

El teólogo Jon Sobrino es sacerdote de esta arquidiócesis. ¿Qué relación mantiene con él?

Él jamás vino a verme a mi despacho. Quizá lo he saludado alguna vez, pero no he hablado con él, no he tenido mayor relación.

Parece que El Salvador va a tener ahora un presidente devoto de Romero...

No es el primero. El presidente actual (Antonio Saca) también es devoto de Monseñor Romero, es acólito suyo.

¿Lo es?

Yo creo que sí. De todas maneras, lo peor que ahora podría pasar para la causa de su canonización es que un partido utilizara su figura, su martirio o su muerte a su favor. Lo único que hay que hacer es pedirle favores, rezar la oración de la estampa y comunicar los favores recibidos a la Oficina de la Causa de Canonización del arzobispado. Esa es la mejor manera de demostrar la amistad hacia Monseñor Romero, lo otro es explotar su personalidad a favor de las ideas de cada quien.

¿Usted se ve a sí mismo como alguien de ideas conservadoras?

Vamos a ver, los temas de la fe y la moral son eternos, como los diez mandamientos. Los principios morales son eternos y jóvenes a la vez; por lo tanto, cualquier modernidad que suponga ir en contra de la buena doctrina, de los dogmas de la Iglesia o de la moral no es un adelanto ni un progreso, sino un retroceso.

Eso nos lleva al tema de las uniones civiles entre personas del mismo sexo...

Un tema en el que hay que ser positivos. Hay que ser pro vida, en vez de estar contra el aborto. Y con el tema de los matrimonios homosexuales ocurre lo mismo. A uno por estar defendiendo lo positivo lo ponen como que está discriminando, como que está atacando a la gente. Y no es así.

¿Usted cree que no hay discriminación en la actitud de la Iglesia?

La Iglesia no discrimina a nadie. La Iglesia no es antiaborto, sino pro vida. Igual, está a favor de la familia, por ser una institución fundamental en la sociedad. Y la familia se sustenta en el matrimonio, algo tan inherente a la naturaleza humana que está desde la misma creación. Por eso desde la Iglesia estamos pidiendo, rezando, para que se apruebe la reforma que asegura la estructura matrimonial entre un hombre y una mujer.

Pero los matrimonios gay ya están prohibidos. ¿Ameritaba tanta movilización?

Sí, porque las leyes secundarias pueden ser manipuladas, y no estorba una reforma constitucional para definir mejor la naturaleza del matrimonio. Ahora ha quedado claro que es entre un hombre y una mujer así nacidos. ¿Por qué estorba esa aclaración? ¿A quién le estorba? Lo que se ha querido es asegurar el matrimonio y la familia. Ahora bien, si hay parejas de homosexuales, tienen su derecho a estar juntos, nadie los está atacando, pero eso no es un matrimonio. Repito: estamos por la familia y por el matrimonio, no contra los gays. La Iglesia está por lo que Dios ha dispuesto y queremos que se defienda, porque es el mejor apoyo que pueda tener la sociedad salvadoreña.

Homicidios, migración... ¿Cree que El Salvador puede ponerse como ejemplo de sociedad armoniosa?

Con razón de más para defender el matrimonio y la familia.

¿Sugiere que este sería un país peor si se permitieran las uniones civiles?

La reforma lo que pretende es salvaguardar el matrimonio para bien de la sociedad.

España, su país natal, ya...

¡Pero España no es ningún ejemplo!

¿La sociedad española es peor que la nuestra por permitir esos matrimonios?

Es un hecho muy lamentable en cuanto a la moralidad, y genera inseguridad social. Es muy penoso y no es para nada un ejemplo a seguir. Y no es un asunto que afecta a la Iglesia en exclusiva, sino a cualquier buen ciudadano que se preocupa por entender que la sociedad se debe apoyar en la familia, y la familia tiene que estar apoyada en el matrimonio. Así es una sociedad sana, y por eso es importantísimo aprobar la reforma constitucional.

Monseñor, ¿por qué los países más secularizados son también los más desarrollados?

No sabría decirte. Pero desde luego, el hecho de que haya familias bien constituidas es beneficioso para cualquier tipo de sociedad.

Para ir finalizando, ¿cuál considera que ha sido su mayor legado?

Si me piden que elija uno, quizá elegiría que ordené a más de 100 sacerdotes durante mis 14 años. Quiero decir con esto que ha habido una gran preocupación por la formación de los seminaristas. Creo que es para dar gracias a Dios, aunque lógicamente no es una labor personal mía, sino de un equipo, pero sí ha habido una preocupación por la formación de sacerdotes jóvenes y por visitar luego cada una de sus parroquias. Va creciendo la población y cada vez es mayor la migración hacia las ciudades.

¿Cambió mucho la sociedad en 14 años?

Todo cambia, pero si he de elegir algo, quizá sea el tema de los medios de comunicación, porque ha habido un empeoramiento, ahora están llenos de violencia y sexo. Pero también creo que ha habido una mayor conciencia entre la gente y que se ha avanzado en muchos sentidos, aunque a veces contracorriente.

No prevé cambios al interior de la Iglesia.

La Iglesia no debe trabajar en sentido negativo, pensando exclusivamente en evitar que se vayan los feligreses. A ver, hay gente que ve televisión y si se alejan de los valores de la Iglesia, pues no se puede tampoco poner paredes al campo.

Vista la aceptación de las uniones gay en cada vez más países, ¿la reforma de aquí no es precisamente poner paredes al campo?

Si otros países lo aceptan es problema de ellos, pero no es muy sano para un país tener una legislación en la que la institución familiar no esté bien asentada. El matrimonio es el cimiento para una buena sociedad.

La última: ¿es tiempo ya de que haya un Papa no europeo?

Me encantaría que fuese negrito. Pero es el Espíritu Santo el que elige, aunque desde luego que ya ha habido cardenales africanos al frente de congregaciones del Vaticano.


Esta entrevista se publicó el 10 de mayo de 2009 en la revista salvadoreña Séptimo Sentido. Puede verla pulsando acá (páginas 6 a 11).


23Mar, 2008

Entrevista con el obispo auxiliar de San Salvador (Centroamérica) por el 28 aniversario del asesinato de Monseñor Romero

Escrito por: robertogasteiz el 23 Mar 2008 - URL Permanente

Jesucristo haría muchos cambios en el Vaticano

Le gusta conversar en la oficina de Moisés. Gregorio Rosa Chávez ha bautizado con ese nombre el patio interior de su casa, situada en San Salvador, a unos pasos del punto donde se cruzan las avenidas Monseñor Romero y Juan Pablo II. Reveladora casualidad. Ahí recibe a las visitas. Son unos 25 metros cuadrados en los que caben cuatro sillas verdes metálicas, una mesa, un canopi, plantas aquí y allá y, justo en medio, un dominante y estilizado palo de mango. “La llamo la oficina de Moisés. ¿Sabe por qué? Porque la Biblia –y esboza una sonrisa- cuenta que Moisés atendía a la gente debajo de un árbol.”

Es un patio sin techo, y el bullicio del desordenado Centro Histórico está presente. Lejos de molestarle, para el veterano obispo es motivo de orgullo residir en ese lugar, frente a una parada de bus. Vivir ahí, asegura, le permite que la realidad le entre cada día por sus ojos. Y no le gusta lo que ve. Ve una sociedad deshumanizada, un Gobierno inoperante, una juventud de derecha y una Iglesia demasiado alejada de su pueblo. El cuadro suena apocalíptico, pero para Rosa Chávez aún hay solución. Las hojas de ruta, y cuando lo afirma suena verdaderamente convencido, son el documento que Benedicto XVI aprobó en la reunión de obispos latinoamericanos del año pasado en Brasil, y el discurso que también el Papa pronunció hace unas semanas ante los 11 obispos salvadoreños que viajaron a Roma, en el que se ensalzó la figura de Monseñor Romero.



Viene de estar junto a Joseph Ratzinger. ¿Lo había visto desde su nombramiento como Papa?

Sí, lo vi el año pasado, en la asamblea mundial de Cáritas. Tuvimos una audiencia con él en la que pude saludarlo, pero sin conversar. Y antes lo había visto como cardenal.

¿Cómo es él? Porque tiene cara de pocos amigos.

Él es una persona que no es, digamos, de un gran carisma. Es una persona tranquila, sencilla, sonriente y no es de muchas palabras. Meditabundo, pero agradable. Estuve a su lado para la foto oficial, y le pregunté por el segundo volumen de su libro “Jesús de Nazaret”, y me dijo que quizá dentro de unos dos años esté.

¿Y en qué idioma hablan?

En italiano. En italiano y en español.

En el discurso oficial sobre el encuentro, el Papa menciona a Monseñor Romero.

En el segundo párrafo él recordó a los primeros evangelizadores de El Salvador y a los actuales, y ahí mencionó solo a Monseñor Romero. Y el final del párrafo es bastante llamativo, porque termina diciendo que la palabra de Dios no está encadenada, y uno puede interpretarlo como un homenaje a aquel hombre que supo ser profeta en tiempos tan difíciles, ser líder, y eso le costó la vida. Pero eso es lo que puede interpretarse, porque el texto no lo dice de forma explícita. La alusión, sorprendente para mí, la sentí como un homenaje al trabajo pastoral y a la valentía de Monseñor Romero.

Es una única referencia en el discurso. ¿De ahí se puede inferir que el Papa lo puso como ejemplo para los demás obispos?

El Papa es bastante contenido en sus expresiones, pero sí se puede afirmar que puso a Monseñor Romero como ejemplo de pastor. Que la alusión aparezca en los primeros párrafos es muy significativo. Y de hecho, en todo el mundo se interpretó así; esa fue la noticia mundial que yo vi en distintos despachos de agencias de prensa.

¿Había ocurrido algo así en las otras cuatro visita ad limina en las que ha participado usted?

Recuerdo muy bien la entrevista de 2001 con el Papa Juan Pablo II, que fue la última vez que lo vimos. Él estaba ya muy enfermo, muy pasivo, ausente parecía, pero al final levantó la vista y preguntó: “¿Y monseñor Romero?” Y le respondió el arzobispo Lacalle comentando la devoción hacia él, y entonces el Papa se puso de pié, tomó el bastón en su mano izquierda, con la derecha hizo un gesto, dijo en italiano: “Es un martirio”, y se marchó.

¿Y hablaron esta vez sobre el proceso de canonización?

No con el Papa, pero sí se trató con la oficina que lleva el caso, que es la Congregación para las Causas de los Santos. Se habló de dos temas, de dos mártires salvadoreños. De Monseñor Romero y de uno del que casi nunca se habla, que es el sacerdote italiano franciscano Cosme Spessotto, asesinado en la diócesis de Zacatecoluca en 1980. Fueron los únicos temas de una conversación que duró más de una hora, y a la que asistió el equipo en pleno de la Congregación, con el cardenal José Saraiva al frente, un portugués que es el prefecto.

¿Qué se dijo sobre Romero?

El clima de la conversación fue muy positivo, muy cordial, y la actitud hacia ambos mártires fue también muy abierta, muy positiva. Mi impresión es que el proceso de canonización ha llegado ya a una madurez, y que ahora en cierto modo está todo listo para dar el siguiente paso en el momento que se considere oportuno. Esa fue mi impresión y la de otros obispos con los que conversé también. No hubo crispación, no hubo tensión...

¿En otras ocasiones sí hubo crispación?

Es que, digamos, en otras ocasiones no teníamos todos los obispos la misma visión, y no siempre nos había recibido la Congregación. De hecho, de cinco veces, esta ha sido apenas la segunda en la que nos recibieron, pero sí, esta vez fue el gran tema. Yo quedé muy contento de la reunión y de la manera como transcurrió todo el diálogo, así que pienso que estamos ya en la recta final del proceso, aunque recordemos que una recta puede ser muy larga.

Me dijo hace un rato que Juan Pablo II sabía que fue un martirio desde 2001. ¿No hay contradicción entre sus impresiones de las visitas y que pase tanto tiempo sin avances?

No. Yo llevo visitando Roma 25 años, he visto cómo al principio Monseñor Romero era un tema incómodo, y cómo se fue serenando la atmósfera, y 2001 fue el punto de inflexión, porque Juan Pablo II habló claro, y el entonces cardenal Ratzinger también se notó tranquilo después de examinar la parte doctrinal y comprobar que era una doctrina totalmente apegada a los principios de la Iglesia. Y desde entonces he notado que el tema en Roma se ve con naturalidad, como con más claridad, y que todo va tomando su lugar.

Pero Benedicto XVI sigue siendo un crítico de la Teología de la Liberación, y Monseñor Romero no deja de ser para muchos el emblema de esa teología.

Hay una anécdota documentada que aclara un poco esa temática. El Papa Benedicto XVI, cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tenía la idea de que Monseñor Romero era uno de los abanderados de esta teología, y por eso se sorprendió cuando le contaron que en su biblioteca privada casi no tenía libros de los teólogos de la liberación. Y yo puedo dar fe de que era así, porque visitaba a monseñor, y en su pequeña biblioteca el libro con más señal de uso es el famoso “Comentario bíblico de San Jerónimo”, y uno que le había regalado Leonardo Boff nunca lo leyó. Con el único de los teólogos con quien tuvo contacto directo fue Jon Sobrino, y porque vivía aquí y lo visitaba en la UCA.

Usted lo está alejando de la Teología de la Liberación.

Vamos a la parte central. La visión de la liberación Monseñor Romero la tomó de un documento del Papa Pablo VI que se llama Evangelii nuntiandi. Esa fue su base, al grado que, y este dato es sorprendente, la primera homilía transcrita que se tiene, la realizada cuando asesinaron al padre Rutilio Grande, está organizada en torno a una afirmación de Pablo VI sobre lo que es el verdadero liberador cristiano. Casi toda su doctrina de la liberación está tomada de esa fuente.

¿Y qué me está queriendo decir con todo esto?

Que Monseñor Romero no era un abanderado de la Teología de la Liberación, sino un hombre que logró expresar de una forma muy original la doctrina de Pablo VI sobre la liberación cristiana, y que después se retomó en el Documento de Puebla (1979); tanto que él, cuando regresó de Puebla, llegó a decir: “Puebla ha confirmado mi doctrina y mi enseñanza”. La doctrina de Monseñor Romero es muy conservadora, muy tradicional, aunque sus posturas ante la realidad fueran tan audaces. Son dos temas diferentes.

Porque el Papa actual sigue siendo intransigente con la Teología de la Liberación.

Por eso su sorpresa al saber que no tuvo como fuente a esos teólogos. Ni siquiera tuvo tiempo de conocerlos. Monseñor muere en 1980 y los conoció un año antes en Puebla. Es interesante ese dato, y sorprende porque uno imagina otra cosa. Yo, que lo traté tan de cerca, puedo dar fe de que vivía su jornada de manera tan intensa que apenas le quedaba tiempo de leer mucho.

Hace apenas un año el Papa amonestó al jesuita Jon Sobrino por un libro escrito en 1991. Parece un mensaje claro.

Sí, pero fue antes de su viaje a Aparecida, en Brasil, donde conoció la fe del pueblo latinoamericano, y pasó a plantear que hay que dar pasos desde la fe hacia la justicia. Un obispo de los más respetados de Brasil me dijo que el Papa se había convertido en Aparecida.

Bueno, otro tema interesante estos días es la sucesión de Monseñor Sáenz Lacalle. ¿Hablaron sobre ese tema con Benedicto XVI?

Ni una palabra en ninguna de las reuniones oficiales. No hubo ni una alusión al tema, ni siquiera indirecta.

Como obispo auxiliar de San Salvador, ¿tiene alguna opinión sobre si el sucesor debe ser salvadoreño o no?

Yo expresaré mi opinión y las razones ante el nuncio apostólico cuando me llegue el momento, y lo haré con total libertad, porque es cuando uno puede plantear su postura con la posibilidad de que sea tomada en cuenta. En esa reunión que tenemos individualmente todos los obispos se pregunta por nombres y por razones. Todo lo demás son puras elucubraciones. Y este es un país pequeñito, por lo que no creo que tengan que gastar en Roma mucho cerebro para elegir al sucesor.

Su sensación es de que esto apenas está comenzando...

De hecho, en Roma no vi ninguna señal de que la cosa esté madura.

Usted a los 39 años ya era obispo. Muy joven.

Sí, hay dos casos más de obispos salvadoreños elegidos más jóvenes. Monseñor Luis Chávez y González fue nombrado obispo a los 37, y monseñor Rivera y Damas, a los 36, pero lo normal es que los obispos se designen con al menos 40 años.

Sobre la Iglesia católica salvadoreña, desde fuera da la impresión de que hay diferentes visiones de la misma realidad. ¿Es así?

Bueno, yo, después de estar en Roma, fui a España, y dentro del episcopado hay encontradas visiones. Con este ejemplo quiero decir que hay como dos escenarios: uno conflictivo y otro, más sereno.

¿A qué se refiere con conflictivo?

Cuando Monseñor Romero era arzobispo solo había seis obispos en el país y, por decirlo de una manera sencilla, las decisiones se tomaban cuatro contra dos. Casi nunca había consenso. Eran momentos dramáticos que él los cuenta en su diario. Cuando lo sucede Monseñor Rivera y Damas, una de sus metas fue cambiar esa dinámica por una dinámica de consenso, que es la que hoy predomina en el episcopado. Todos los documentos que publicamos son fruto del consenso, y eso es bien importante señalarlo. A veces hay documentos con más mordiente, y otros con menos fuerza, pero son de consenso, y entre un mayor número de obispos.

¿Cuántos son ahora?

Somos 11, contando ya los dos que van a ser ordenados en los próximos días.

Pero hay diferencias evidentes entre unos y otros.

Sí, pero eso viene después. Hay distintas tendencias, visiones y sensibilidades. La Iglesia no es de un solo color, pero esos matices se pueden hacer en un tono confrontativo o en un tono fraterno. En El Salvador pasamos por una experiencia durísima en tiempos de Monseñor Romero, y ahora estamos en una época de fraternidad.

Monseñor, usted fue quien ofició las exequias por Schafik Hándal, histórico líder del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). ¿Fue a solicitud de la familia?

Hay dos casos. Yo también asistí a las exequias del mayor D’Aubuisson (fundador del partido gobernante ARENA, y autor intelectual del asesinato de Monseñor Romero), y es importante que eso se sepa. Cuando murió D’Aubuisson, el nuncio pidió a Monseñor Rivera que hubiera presencia de la Iglesia en los funerales, pero se resistió. Entonces, yo le dije: “Si quiere, voy yo”. Yo asistí junto al nuncio, y noté la cara de sorpresa de los dirigentes de ARENA. No me esperaban. Pasaron varios años para que uno de ellos, el diputado Roberto Angulo (hoy en el PCN), me diera las gracias en el ascensor de la Asamblea.

¿Y con Schafik Hándal?

Le quiero contar cómo fue la cosa. A mí me buscaron la familia y el partido, yo lo consulté con el señor arzobispo Sáenz Lacalle, y él accedió inmediatamente. Después pidieron que fuera a la cripta, y el arzobispo dijo: “Está bien”. Después me pidieron que fuera a la plaza, y el arzobispo lo aprobó también. Es decir, yo no hice nada al margen del arzobispo, porque era un momento especial, en el que yo no podía actuar sin su aprobación.

Me consta que incluso dentro de la Iglesia se critica la pasividad en lo alto de la jerarquía sobre algunos problemas sociales.

Se critica, y con razón. De hecho, el Papa, en su discurso de Brasil, recordó una frase de su primera encíclica sobre las diferencias entre política y justicia. La política corresponde a los estados, pero la lucha por la justicia corresponde a la Iglesia, y de ella no puede abdicar. Él está muy preocupado de ver que la fe no transforma la historia, de ver que uno va a misa el domingo, pero al día siguiente no actúa apegado a la ética cristiana. Entonces, es verdad, y la gente se queja con razón, que no estamos tan presentes en temas que son de impacto, y que afectan a la comunidad salvadoreña.

Y si cree que la queja es con razón, ¿por qué no se corrige?

Si usted analiza los últimos documentos, han sorprendido. Un ejemplo es el tema de la minería. Había una presión grande de las compañías mineras sobre el arzobispo para que cambiemos la posición, pero hemos sido enfáticos. O el tema de la represa de El Chaparral, que también ha sido objeto de un mensaje nuestro, o incluso del tema de la violencia, hicimos una buena radiografía. Es cierto que a veces falta un poco de seguimiento.

A eso me refería.

Pero en Brasil quedó claro, y el Papa lo aprobó, que no podemos seguir así. ¿Y cómo hacer el cambio? Pues ahí es donde caben distintas opciones. Por ejemplo, ya vienen las próximas elecciones. ¿Qué es lo que vamos a decir? ¿Cuándo lo vamos a decir? Ya prometimos que vamos a hacer uso de la palabra, porque es en los momentos clave de la historia de un país cuando hay que hablar, y actuar.

¿Me está adelantando que en las próximas semanas o meses se van a acentuar las posturas similares a la mantenida en el tema de la minería?

Sin duda. Es obvio, porque tenemos dos nuevas coordenadas. El discurso de Brasil, y lo que nos dijo el Papa en Roma. Nosotros tenemos una reunión de tres días en el mes de julio, y la actitud de la iglesia será parte central de la agenda.

Y la aspiración es que esas posturas más críticas sean fruto del consenso también.

Eso sin duda, porque eso es una cultura ya entre nosotros, lo cual no quita que cada uno pueda expresar públicamente posturas personales sobre temas candentes. Una cosa no quita la otra.

Hasta ahora es lo que se ha estado escuchando, opiniones personales.

Pero la dinámica última apunta a una presencia más activa de la Iglesia. Yo espero que sea así.

Monseñor, ¿por qué sigue habiendo tanta pobreza en El Salvador?

Hay un documento que sacamos cuando Juan Pablo II nos visitó en 1996, un documento cortito pero con mucha mordiente. Entonces preguntamos a qué país viene el Papa, y respondimos que El Salvador es un país que firmó la paz, pero que no tiene la vivencia cotidiana de la paz. Y poníamos como señales la pobreza, el desempleo y la inseguridad ciudadana.

Pero ustedes son líderes espirituales de este país. ¿No son corresponsables de que la paz no se viva aún cotidianamente?

Yo creo que muchas heridas de la guerra siguen abiertas porque no se acepta el esquema que Juan Pablo II planteó en 1997 sobre cómo reconciliar un país. Él planteó un concepto nuevo dentro de la Iglesia, que es el de la purificación de la memoria, pero acá no se quiere derogar la Ley de Amnistía aunque hay un fallo de la OEA que lo exige. El Papa dijo una cosa: “Verdad y justicia son presupuestos del perdón”, y lo escribió en un documento que tiene por título “Ofrece el perdón, recibe la paz”. La Iglesia, de hecho, pidió perdón públicamente en 2006 por el daño hecho por algunos hijos de la Iglesia, y el Papa tuvo mucha oposición por esa acción.

¿Y la Iglesia salvadoreña no debe pedir perdón por nada?

Es que la salvadoreña es de las pocas iglesias que estuvieron a la altura, al grado que pagó con la vida de muchos de sus pastores.

Muchas de las personas que ocupan puestos clave del Estado fueron educados en colegios católicos. ¿Por qué entonces tenemos el país que tenemos?

Precisamente el Papa habló de eso este mes, de cómo la educación no es solo transmitir conocimientos, sino valores y una manera de vivir, y las escuelas católicas tienen esa vocación. De este asunto ya se habló en los setenta cuando vimos que, a pesar de que casi todos los dirigentes habían pasado por colegios católicos, se profundizaba la desigualdad. Monseñor Romero tiene una frase que se hizo famosa: “Tenemos cristianos de misas dominicales y de semanas injustas”.

El caso de los jesuitas quizá sea el más paradigmático. Hasta los setenta prácticamente solo se dedicaron a formar a las clases más pudientes.

Y eso cambió cuando en la congregación se tomó lo que llamaron la opción por la justicia, y ahí se lanzaron a estar más presentes con los sectores populares. Pero, volviendo al tema, es totalmente cierto que la Iglesia ha tenido en sus aulas a los actuales dirigentes de estos países, y lo que se decide pocas veces coincide con los valores que, se supone, debían haber asimilado. No hay que olvidar el papel de la familia, que es la primera escuela, y muchas veces los padres solo quieren que sus hijos tengan dinero, que la pasen bien, pero no educan para la justicia, para la solidaridad. Y otro factor es que la juventud de hoy es... no estamos en mayo de 1968, para nada. La juventud de hoy es de derecha, y eso choca porque uno identifica al joven con lo novedoso, la audacia, los ideales, y sin embargo tenemos una juventud que piensa, básicamente, como gente de derecha, de manera conservadora. Y la juventud no era así en los tiempos de Monseñor Romero, eran tiempos en los que toda América Latina estaba incendiada por un idealismo de protesta, y solo hay que escuchar las canciones que entonces surgieron. Y eso no lo tenemos hoy. Entonces, aquí hay un reto terrible.

Pero esa fue la generación que hizo la guerra, y la está poniendo como ejemplo a seguir.

No, yo hablo de la generación que surgió después de estallada la guerra.

Tenemos nueve o diez muertos al día, 14,000 asesinatos en cuatro años. Y lo peor es que la sociedad parece convivir con esas cifras como si fueran normales.

El contraste lo vive uno cuando viaja al extranjero. Yo una vez que estaba en España el país prácticamente se paralizó por la muerte de un taxista. Afuera hay una cultura de respeto a la vida que no tenemos acá. Aquí tenemos la cultura de la muerte. Yo recuerdo los tiempos de la guerra, cuando los niños pasaban junto a los cadáveres todos los días al ir para la escuela. Entonces, la vida no vale nada. Son solo cifras y una visión ideológica del tema de los homicidios. De hecho, estadísticamente hablando, hay más homicidios hoy que cuando comenzó a gobernar el presidente Saca, y él lo que prometió fue seguridad. ¿Y qué indica eso? Que las políticas han fallado.

También se podría pasar a los líderes espirituales la factura por la situación que vivimos.

La carta pastoral sobre la violencia establece como tres puntos. El primero es tener un diagnóstico objetivo, y cualquiera ve que, hasta hace poco, la política de la Policía era echar la culpa de todo a los pandilleros y a los jueces. Segundo, se necesita un análisis de causas. Y tercero, una propuesta concertada, y ahora hay insinuaciones de avances por ese camino, pero se quedan en los primeros pasos. No ha habido una decisión política del Gobierno de asumir el esquema que la Iglesia católica propone, y espero que ahora que lo ha retomado el Papa, se le dé un poco más de dinamismo. ¿Qué es lo que nos falta? Generar todo un movimiento, y estoy convencido de que es posible hacerlo, porque ya se hizo durante la guerra, un movimiento nacional es esta línea. Los datos nos están dando la razón, y camino hay, camino hay. Yo siempre digo que si apoyáramos a las familias al 100%, la violencia bajaría a la mitad en unos cuantos meses.

¿Pero no está minimizando el papel de la Iglesia en la sociedad?

No, yo estoy reconociendo nuestra culpa.

Me refiero a que hay países con más pobreza, pero con menos violencia. Como Nicaragua.

Y dentro de El Salvador, hay departamentos pobres que son los menos violentos. Pero fíjese que en nuestra carta ya aparecían dos palabras como son narcotráfico y crimen organizado. Ahora ya se usan con más frecuencia en los medios, pero hace unos años, no. Entonces, un enfoque sobre violencia que ignore esas dos cosas es totalmente subjetivo, y es el que predominaba hasta hace poquito.

Monseñor, acá se tira la basura en cualquier lado, se maneja sin respeto a los demás... Y esa descomposición social no es atribuible al narcotráfico.

Déjeme contarle otra historia que tiene que ver con paz social. ¿Se acuerda usted de la campaña para construir la paz social? El presidente Saca y su equipo nos invitaron a los obispos, y yo pregunté: “¿Y qué entienden por paz social?” Y me respondieron que la paz era convivir pacíficamente. ¿Y a qué se redujo la campaña? A que se maneje con respeto hacia los otros conductores. El mensaje fue que ser constructores de paz social era manejar con respeto. Es otro ejemplo de que nunca vamos al fondo, y el fondo supone tener un país más justo, más fraterno, más solidario.

¿Cree entonces que en El Salvador están ausentes todos esos valores?

Por supuesto. Tenemos una sociedad que no es justa, ni fraterna, ni solidaria. Hay que crear una cultura de la vida, ante la cultura de la muerte que nos domina. Y cultura de la vida para nosotros significa cuatro cosas: defender la vida que va a nacer; significa una vida justa y una vida digna; significa también buscar una verdadera democracia, realmente participativa; y significa por último la parte espiritual. Esas cuatro cosas están recogidas en el documento de Brasil del año pasado, y buscan una vida plena para todos. Pero aquí la doctrina social de la Iglesia hasta ha sido tachada de comunista.

Hace unos días un obispo dijo que acumular excesiva riqueza es pecado.

Ciertamente, yo creo que el futuro de la humanidad pasa por una vida austera, pero eso no es lo que nos enseña la publicidad todos los días.

¿Y cree que la Iglesia, como institución, es un ejemplo de austeridad?

Depende. Hay de todo. Yo me pregunto cuando voy al Vaticano: si viniera aquí Jesucristo, ¿qué cambios haría? Y creo que haría muchos. Porque, realmente, usted sabe que no es lo mismo que alguien, para venir a verme, tenga que pasar solo una puerta o tres barreras de seguridad. Y eso pasa en tantos obispados de Europa, por la misma estructura cultural. Yo vivo frente a una parada de buses, y la realidad me entra por los ojos e inunda todo mi ser. Entonces, en Roma hay muchas cosas que se han ido acumulando y que han hecho más pesada la marcha de la Iglesia. Ciertamente, de manera permanente deberíamos limpiar nuestra cara, para luego dialogar con el mundo. La Iglesia debería ser más sencilla en todos los aspectos, incluso en el lenguaje. Eso de excelencias y eminencias... Una iglesia sencilla es la que la gente entiende que es la iglesia de Jesús, y creo que eso está claro en papeles. Falta concretarlo en la vida de todos los pastores, desde el más humilde hasta el santo padre.

Concluyo con quien empezamos, con Romero. ¿Cómo interpreta que esa figura que encarnó la bondad naciera y fuera pastor en un país como El Salvador?

Dios manda hombres y mujeres providenciales donde se necesitan. ¿Y por qué a este pequeño país? ¿Por qué un hombre que era tan tímido y tan temeroso se convirtió en un gigante? Esa es la obra de la gracia. Ciertamente se unieron una serie de factores en el caso de monseñor: era un hombre con una formación romana tradicional, con una conocimiento profundo de la doctrina de la Iglesia, un hombre con un don la palabra impresionante, un hombre cercano al pueblo, que jamás se imaginó que iba a ser nombrado arzobispo... Era un hombre cuyo nombramiento decepcionó, pero que a los pocos días teníamos ya otro Romero. Es obra de la gracia cuando una persona se da cuenta que tiene un llamado de Dios, que es difícil, pero que sabe que Dios no le va a fallar, y Romero es el ejemplo de que eso es verdad.

02Mar, 2008

Heridas sin cicatrizar del terremoto de 2001

Escrito por: robertogasteiz el 02 Mar 2008 - URL Permanente

Él cree que poco se puede hacer ya. Han pasado más de siete años desde el terremoto de 2001 y el templo está igual. Igual de mal. Grietas, muebles apilados, láminas, maleza, soledad, decadencia. Por todo eso pidió como favor una copia de las fotografías que ilustran este reportaje. Es posible, dijo, que sean de las últimas que se hagan: “Las queremos por si se cae, para tener un recuerdo“. Aunque dolido por tratarse de una parte de su vida, él cree que ya poco se puede hacer para evitarlo.

Es la iglesia El Carmen, la de las dos torres que apuntan hacia el cielo, la que se ganó el honor de ser uno de los emblemas de Santa Tecla. En 2010 se cumplirán —se cumplirían— 100 años desde que se terminó su portada, en madera y de estilo neogótica, la que durante décadas ha convertido este edificio en el referente católico de la joven ciudad. Un siglo de primeras comuniones, de funerales, de coros, de bautizos y de bodas. Todo se detuvo aquel 13 de enero.

Hoy, el templo está como está, y después de haber escuchado a los voceros de las instituciones que más tienen que decir sobre su futuro —Iglesia católica y Consejo Nacional para la Cultura y el arte (CONCULTURA)—, la metáfora que mejor se ajusta a la situación de El Carmen es pensar en ella como en uno de esos reos estadounidenses condenados a muerte, esos que esperan vestidos de naranja el día de su ejecución.

Quien pidió las fotografías como un recuerdo es Andrés Salvador Carranza Oña. Para sus feligreses y conocidos es simplemente el padre Chambita. Desde hace 17 años él es el párroco, pero está ligado a ella desde mucho tiempo antes. Nacido en Burgos —provincia española famosa por su imponente catedral gótica—, llegó a El Salvador en 1956. Él es parte de ese grupo de jesuitas sin los que resulta difícil explicar la historia reciente del país. Le gusta hablar, escarbar en sus recuerdos y llamar “mi hermano“ a sus interlocutores. Es alto, delgado y, a pesar de su espesa barba vencida por las canas, aparenta menos de los 71 años que tiene.

Él fue el guía para el recorrido, para mostrar cómo está el templo siete años después de que se estremeció.

Incluso antes de entrar, El Carmen llama la atención. Sus torres pueden verse de varias cuadras a la redonda. La dirección es avenida Manuel Gallardo y 1.ª calle poniente, arteria que la alcaldía rebautizó como la calle Padres Jesuitas. En salvadoreño, es la que está dos cuadras al norte del parque Daniel Hernández, frente a la parada de bus del Banco Agrícola.

Desde esa parada, a través de una puerta gris, se ve casi toda la fachada. La madera luce vieja y arrugada, como un papel que se ha secado después de estar mojado. Se echa en falta la imagen de la virgen, que la bajaron tras el terremoto. Ahora está junto al hangar anexo, donde el padre Chambita y otros jesuitas celebran misa todos y cada uno de los días de la semana. Salvo esa puerta gris, toda la verja que rodea lo que podría considerarse el atrio está cubierta con oxidadas láminas de zinc, como si se quisiera ocultar la decadencia. Al otro lado, hay helechos queriéndose adueñar de las agrietadas paredes exteriores, hay troncos, hojas y ramas secas esparcidas por el suelo, y hay un par de matas de guineo que uno no sabe bien qué hacen ahí.

Las láminas de zinc están rematadas con alambre de espino o alambre razor. Pero no sirvió de mucho. Desde hace poco más de un año el templo cuenta con alarma. La instalaron después de que unos ladrones se llevaron un buen número de bancas, la Carmela y poco faltó para que también desapareciera la Chaleca. Ellas son dos de las tres campanas que estaban en las torres.

Una vez dentro de El Carmen, el panorama cambia. El padre Chambita lleva un casco plástico gris que de poco le serviría si el edificio se viene abajo, como teme, y narra con pasión cómo fue el día del terremoto. Por la pared que desapareció casi por completo, la oriental, salieron unos estudiantes que estaban de visita en el templo. El gigantesco hueco de 12 metros de longitud sigue ahí, cubierto por una endeble estructura de láminas. Se colocó en 2001, y nadie ha hecho nada más desde entonces. Sin ellas, se verían las matas de guineo de fuera.

No están las alineadas bancas, y la nave parece por ello más larga y más desnuda. Se mire donde se mire, no hay más de tres metros de pared sin grietas o sin agujeros en toda la mitad inferior. La situación cambia en la mitad superior, la sostenida por las columnas, que no ha perdido su encanto. Si se mira a algunas partes del suelo, uno se encuentra con las evidencias de que algún animal ha estado arriba. Si se mira hacia arriba, se ven palomas de Castilla revoloteando. Ni el alambre de púas ni la alarma han frenado a estos animales, los que más ganaron con el tácito abandono de una iglesia que era la candidata número uno para convertirse en la catedral de Santa Tecla.

En toda la estructura hay luz natural más que suficiente, y tiene mobiliario eclesiástico de madera amontando en la parte delantera. La sensación ahí dentro es también de decadencia, pero es distinta a la que se tiene fuera. La nave y sus 32 columnas mantienen intacto su poder de seducción, ese que durante más de nueve décadas estuvo al alcance de cualquier feligrés o visitante. Ahora está bajo llave.

El recorrido termina en las entrañas del templo, que El Carmen las tiene en sus dos emblemáticas torres. Son, escribieron los entendidos, las que menos sufrieron aquel 13 de enero. Son de madera, y no de adobe o mampostería, como los muros colapsados. Pero que no les afectara tanto el terremoto no significa que gocen de buena salud. Un siglo es mucho tiempo para la madera.

Para subir, la entrada está en una puerta casi oculta y situada en la parte inferior de la torre derecha. Dentro, hay distintos bloques de escaleras y hay oscuridad. Sobra la oscuridad. Algunos peldaños se mueven, la madera está agujereada y cruje. Todo eso, unido al hecho de ser un edificio cerrado por peligro de colapso, hace que la incertidumbre sea difícil de vencer. Hay tramos, los más altos, en los que la oscuridad hace a uno ir a tientas. Y ni el sonido de las palomas ni su olor contribuyen a la tranquilidad.

Antes de llegar al primer nivel, si es que se puede llamar así, el padre Chambita explica la primera sorpresa: “La fachada que hoy vemos es una fachada añadida. La fachada principal es un triple arco, porque El Carmen iba a ser al principio mucho más baja, neocolonial, y la que se ve es la añadida“. En las entrañas se ve con claridad lo que quiere explicar: un muro macizo y oculto tras la estructura de madera.

El segundo nivel es el tejado de la nave, con láminas de zinc blancas marcadas por el óxido. Es el lugar donde estaban las campanas y la imagen de El Carmen. Desde ahí arriba, se ve el pecado que se cometió al construir las residenciales que trepan las cordillera del Bálsamo; se ve la renovada iglesia de la Inmaculada Concepción; se ve el bullicioso mercado; se ve el volcán de San Salvador; se ven decenas de tejados donde hay más láminas que tejas. En definitiva, se ve Santa Tecla, la ciudad creada vía decreto.

Aún se puede subir más, hasta las estilizadas cúpulas de las torres. Hay más escaleras, pero ya no merece la pena. Lo que se intuye arriba, entre la oscuridad, es solo una maraña de vigas y tablas.

Ahí termina el recorrido, y empiezan las preguntas. ¿Se puede salvar El Carmen? ¿Por qué no se ha hecho nada en siete años? ¿Y si ocurriera otro terremoto mañana? En función de a quién se le pregunte se obtienen respuestas distintas, contrapuestas.

Hay un chiste por ahí que dice que cuando en El Vaticano se va la luz, el dominico se sienta a reflexionar sobre la luz y las tinieblas, el franciscano se arrodilla y saluda a la hermana oscuridad, y el jesuita sale y arregla los fusibles.

En 2001, la Compañía de Jesús, que administra El Carmen desde 1914, no se quedó de brazos cruzados. Allí han rezado, cantado y orado Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino, Segundo Montes, Nacho Martín Baró, Chema Tojeira… También Jon Cortina. Ingeniero además de sacerdote, fue quien encabezó el equipo que evaluó los daños. “Después de haber estudiado la estructura, me vino el padre Jon, una persona que era todo corazón, y con unos lagrimones en su cara me dijo: ‘Chamba, el templo no se puede salvar’”, recuerda el párroco. Las conclusiones de este estudio fueron concluyentes: demoler la estructura existente, y recuperar los materiales decorativos para una nueva edificación. Entre lo salvable estaban la fachada y sus torres.

En CONCULTURA no dan credibilidad a este estudio. Héctor Sermeño, director nacional de Patrimonio Cultural, dice tener otros tres que aseguran que, si se interviene, no habría que demoler nada. Cita como argumento lo ocurrido en 1986 con la basílica del Sagrado Corazón de San Salvador, la situada en la calle Arce. Muy parecida a El Carmen en cuanto a estilo y materiales, se dañó aquel fatídico 10 de octubre, se intervino, y hoy está más parada que nunca.

Las acusaciones entre una y otra parte van más allá, bastante más allá. El padre Chambita afirma que un dinero que hizo llegar para El Carmen a través de CONCULTURA la estadounidense Fundación Getty se estaba consumiendo más en gastos de administración que en las necesarias obras. Sermeño, por su parte, no se queda atrás. Cuando se le preguntó por la pared que no existe, esta fue su respuesta: “Puede que la estén botando de noche. Piedra por piedra, y adobe por adobe. ¿Quién me asegura a mí que no han permitido el ingreso para hacerlo?“ Con esa insinuación, está acusando a los jesuitas de destruir el templo, su templo.

Así están las cosas entre los actores llamados a ayudar a El Carmen.

Por un lado, la comunidad jesuita, que es la usufructuaria de un templo que pertenece al arzobispado de San Salvador, dice no poder asumir los costos ni siquiera de lo que el estudio de Jon Cortina concluyó. Con cifras preliminares de 2001, era alrededor de $1 millón lo que había que invertir para demoler lo inservible, conservar lo conservable y levantar un edificio nuevo. “Antes del terremoto, el sueño era que terminara convirtiéndose en la catedral de Santa Tecla, pero hoy no merece la pena hacer un gasto de millones en invertir en una cosa que no va a poder ser iglesia“, se sincera el padre Chambita.

El Gobierno, a través de CONCULTURA, dice estar interesadísimo en su conservación, pero ese interés no se traduce en dólares. El artículo 32 de la Ley Especial de Protección de Patrimonio Cultural permite expropiar un bien “cuando el propietario o tenedor no cumpla con las medidas de conservación“ o “cuando haya sido declarado monumento nacional“, petición que en siete años no ha llegado a la Asamblea. “Los propietarios siguen sin presentarnos alternativa de reconstrucción“, responde Sermeño al sugerirle la pasividad de la institución que representa.

En lo que ambos están de acuerdo es en que para cualquier cosa que se quiera hacer por El Carmen habría que realizar más estudios, actualizar las cifras e invertir una desconocida pero elevada suma de dinero que ni la Compañía de Jesús ni CONCULTURA están, hoy por hoy, dispuestos a poner sobre la mesa. Se perdieron ya siete años, y este es un país en el que cualquier día puede temblar. Por eso la metáfora sobre el reo vestido de naranja esperando el día de su ejecución.

El padre Chambita, 17 años de párroco y 51 desde que se instaló por primera vez en la residencia anexa a El Carmen, cree que poco se puede hacer ya, y no lo intenta ocultar.

—A usted ¿que le gustaría que hubiera aquí dentro de 50 años?

—Pues... un buen centro cultural, abierto a la religión y a los religiosos, algo así como una extensión de la UCA.

Este es el periodismo que se está haciendo en un país como El Salvador, en el centro de Centroamérica. Formo parte de la generación autodidacta, la que partió de cero, la que partió de la guerra civil, y la que carece de referentes locales. Por ello, internet es la herramienta indispensable para dar a conocer lo que por acá se está haciendo, y sus comentarios son especialmente bienvenidos.

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