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01Oct, 2009

Erick Boy habla sobre Christian Poveda desde Zacatraz

Escrito por: robertogasteiz el 01 Oct 2009 - URL Permanente

Hay aire acondicionado, pero José Heriberto Henríquez no ha dejado de sudar desde que inició la conversación. La tensión se dispara casi al final. Sucede cuando el periodista le pregunta si cree posible que podrá entrevistar también a los pandilleros que sobrevivieron al documental.

—¿Sobrevivieron? Perate, perate; explicame eso. ¿Qué sucede? ¿Están matando también a otros de la película?

José Heriberto Henríquez 42 años, fornido, bigote generoso, cabeza rapada es Erick Boy, uno de los personajes de “La vida loca”, el documental sobre pandillas centroamericanas (maras) que le costó la vida al fotoperiodista francoespañol Christian Poveda. Desde que supo del asesinato del que llama “un amigo”, teme por su propia vida y por la de su familia. Y por un momento cree que están ajusticiando –esa es la palabra que utiliza– a todos los que participaron. Se tranquiliza solo cuando el periodista le explica que se refería a los pandilleros que sobrevivieron a los meses de filmación, de febrero de 2006 a mayor de 2007.

Erick Boy no ha podido ver la película. Está encarcelado en un estricto penal de máxima seguridad de El Salvador desde hace más de tres años.

—Se dice que en el Barrio 18 creyeron que estaba lucrándose a costa del Barrio.

—Sí, eso es lo que he oído yo también.

—¿Y le das credibilidad?

—Mira, es lógico que él iba a ganar por su trabajo. Todos los periodistas ganan por su trabajo, eso es normal. Ahora, ¿a qué iba enfocado su trabajo? Yo se lo planteé al Barrio como él me lo planteó a mí. Que lo que quería es ver cómo es que la pandilla vivía, cómo sobrevivían y hasta qué punto en realidad la pandilla solo era violencia.

Hasta qué punto, dice.

***

Christian Poveda fue asesinado de dos disparos en el rostro el pasado 2 de septiembre. Murió en Centroamérica, en El Salvador, en un país donde cada día hay 12 homicidios, en Soyapango, en una calle desolada a poco más de un kilómetro de La Campanera, la colonia donde filmó “La vida loca”. En un sector donde opera el Barrio 18.

La noticia de su muerte logró con creces algo que el autor se había propuesto conseguir con la difusión de su documental: que Europa y Sudamérica prestaran más atención al fenómeno de las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha. Originarias ambas de Los Ángeles, llegaron a Centroamérica a inicios de los 90, y fue en países como El Salvador, Guatemala y Honduras donde hallaron terreno fértil para su expansión y su radicalización.

Policía Nacional Civil de El Salvador y Fiscalía coinciden en señalar a un grupo de pandilleros del Barrio 18 como los que idearon y ejecutaron el homicidio de Poveda. Ya hubo incluso capturas. En El Salvador las versiones oficiales no son siempre de fiar, pero esta vez coincide con la versión de la calle, la que ha llegado a oídos de Erick Boy.

***

Viernes, 25 de septiembre. Erick Boy y el periodista están sentados frente a frente en una sala del Centro Penal de Seguridad de Zacatecoluca, a 65 kilómetros de la capital. Vigilan dos custodios armados y ásperos, como si tuvieran órdenes de no ser amables. El entrevistado está esposado y lleva el traje de Zacatraz, que es como se conoce este penal: camiseta, calzoneta y calcetines blancos.

Llegó aquí en mayo de 2006, cuando fue condenado a 16 años de prisión por homicidio. La detención y el juicio forman parte medular de “La vida loca”. Él era –es, dice– el Director de Rehabilitación de Homies Unidos, una ong que se promociona como rehabilitadora de pandilleros. Erick Boy tiene tatuajes alusivos al Barrio en su espalda y en sus brazos. Se hizo pandillero a inicios de los 80 en Los Ángeles, California.

—¿Es muy diferente la vida de pandillero en Estados Unidos y en El Salvador?

—Sí, en todos los aspectos.

—¿Por ejemplo?

—Las pandillas allá existen desde mil novecientos treinta y algo. Es una clase de vida, La 18 viene desde los cincuenta, ¿me entiendes? Y la diferencia más visible es que en la pandilla aquí los jóvenes son más violentos. No hay en sí… ¿cómo te podría decir? No hay, lo que nosotros decimos, una escuela. Alguien que los sepa dirigir, ¿me entiendes?

Erick Boy fue algo más que uno de los personajes de la película de Poveda. Ambos se conocieron desde 2004, cuando el fotoperiodista lo contactó para poder plantear a los palabreros (líderes) del Barrio 18 su deseo de fotografiar a pandilleros. Con ese trabajo no hubo mayores problemas.

Dos años después, se repitió el proceso con la película. Poveda sabía que sin el aval de la rueda de veteranos del Barrio sus proyectos eran inviables. Hubo aval y también hubo condiciones. Y uno de los puntos que el periodista plantea al entrevistado es algo que ya había escuchado en otros círculos: que una premisa para permitir la filmación fue que la película no se exhibiera en El Salvador.

—Cuando hablamos con él –responde Erick Boy al periodista, sudor en la frente– lo acordado fue esto: que él iba a enseñar en el extranjero la vida de los pandilleros que ya no querían andar en violencia. Y eso está bueno. Pero eso, no en El Salvador, iba a ser en el extranjero. Eso es lo que él me dijo.

—Pero la película lleva semanas en todos los puestos de DVD piratas del país…

—Exactamente. Ahora, alguien, no sé quién, ha tomado provecho de eso. Y tú sabes cómo son los piratas.

Mucho ha cambiado Erick Boy desde que fue detenido en mayo de 2006. Además de haber perdido casi 30 kilos, la relación con su pandilla se ha vuelto distante. Mientras en la película aparece aún como un miembro activo (“los dieciocheros no tenemos dos caras, homie, tenemos una”, llega a decir, primera persona), hoy ante el periodista utiliza la palabra ellos para referirse al Barrio.

—¿Tú crees que lo mató el Barrio?

—Mira, pues yo puedo tener una idea, y la puedo tener, pero es una idea.

—¿Y el porqué?

—Es que no te podría dar una respuesta concreta, ¿me entiendes? ¿Y por qué? Pues porque te voy a decir algo, o sea, cuando me contaron que mataron a Christian por mi mente pasaron un montón de cosas.

—¿Tú te sientes en peligro?

—Sííííííí.

—¿Te tomarías como una buena noticia salir de este penal tan estricto hacia uno en el que solo haya pandilleros del Barrio?

—Yo ya no puedo ingresar a esos penales, porque yo soy retirado.

Con 42 años encima, los tatuajes alusivos al 18 y poco más unen a Erick Boy con los jóvenes que siguen ingresando y escalando en el Barrio. Su teoría es que cada vez son más violentos, y que se integran más jóvenes. El estudio “Maras y pandillas, comunidad y policía en Centroamérica”, elaborado en 2007 con cientos de encuestas a pandilleros y ex pandilleros, cifró la fecha de ingreso a los 14 o 15 años, a lo que hay que sumar el tiempo que el joven acompaña al grupo en calidad de aspirante.

***

Casi al final de la entrevista, Erick Boy abre una pequeña puerta al optimismo. Él está convencido de que muchos pandilleros que han cumplido ya los 24 o 25 años querrían dejar la vida de las pandillas. Pero faltan alternativas.

—¿Y dónde queda la frase “Por mi madre vivo y por el Barrio muero”?

—Es que te voy a decir una cosa. A veces mucha gente cuenta muchas fantasías, ¿me entiendes? Y la realidad es otra. La realidad es que muchos ya no quieren estar en las pandillas y solo andan buscando unas personas que los apoyen, pues. Simplemente.

Son declaraciones que podrían generarle más problemas –si cabe– con el Barrio. Y las dice alguien que conoce bien cómo opera esa pandilla.

Las casi dos horas de plática en el penal de Zacatecoluca incluyen un consejo para el periodista.

—Eso te quería decir a ti, que tengas cuidado con esto.

28Jun, 2009

Entrevista con Pepe Moratalla, sacerdote que trabaja con las maras en El Salvador

Escrito por: robertogasteiz el 28 Jun 2009 - URL Permanente


"¿No te irrita oír hablar de prevención?"


Una entrevista de Roberto Valencia.

Tuvo en su mano un sacerdocio cómodo, pero eligió uno espinoso. Y hoy lo cuenta con un mal disimulado orgullo. Al poco de llegar al país, en plena guerra civil, el sacerdote salesiano español José María Moratalla Escudero se relacionó mucho con apellidos pudientes de la sociedad salvadoreña. Le abrían las puertas de sus mansiones, los confesaba, les cocinaba paellas y hasta llegó a ser el guía espiritual de alguno de ellos. Con tanto compadrazgo, poco tardaron en ofrecerle ser miembro del Club Rotario. Ocurrió un día de 1986, durante una cena en el Sheraton. Dice que fue aquella noche, mientras bajaba en su pick blanco, cuando cayó en la cuenta de que necesitaban más su ayuda en las comunidades marginales que en la colonia Escalón.

En aquel momento se comenzó a gestar la relación que el padre Pepe –ya no más José María Moratalla– aún mantiene con la Iberia. En esta humildísima y problemática comunidad situada en San Salvador, muy cerca de la Terminal de Oriente, tiene su base el Polígono Industrial Don Bosco, un conglomerado de pequeñas empresas que él dirige y que ofrece a cientos de jóvenes algo más que un salario digno. Para llegar al polígono hay que atravesar la Iberia. “El ambiente aquí es más exigente”, dice con su marcado acento español. Iberia ha sido y sigue siendo territorio dominado por las maras, esos grupos que comenzaron asentarse a inicios de los noventa y que en dos décadas de crecimiento cuantitativo y cualitativo se han convertido en una de las enfermedades más graves que afectan a la sociedad salvadoreña. Una epidemia, en palabras del padre Pepe.

El haber pasado 24 años de su vida entre mareros ha hecho del padre Pepe una de las voces más solicitadas para hablar del fenómeno. La Asamblea Legislativa lo ha llamado para escucharlo, los periodistas extranjeros lo buscan cuando quieren bajar con garantías al inframundo de las maras y su testimonio es solicitado desde otros países interesados en saber cómo se gestiona un proyecto educativo-laboral en una comunidad marginal.

El fin de las dos décadas de gobierno arenero parece haber supuesto también el fin de una manera de hacer frente a este problema. Esta coyuntura de cambio –o de aparente cambio– se torna propicia para sentarse a platicar sobre las maras con este sacerdote que rara vez se le ve con sotana, que ha pasado 24 de sus 61 años en El Salvador y al que le molesta que le traten de usted. Por eso el tuteo.

¿Cuándo escuchaste por primera vez la palabra mara?

Cuando en 1985 llegué a El Salvador, mara era una palabra normal, de uso frecuente en el vocabulario del salvadoreño para referirse al grupo de amigos.

Sin connotaciones negativas.

No tenía ningún otro significado. Era, repito, el grupo con unos mismos rasgos y que compartía tiempo, y se usaba tanto en ambientes cultos como en ambientes menos cultos. Era una palabra normal.

¿Cuándo comenzó a contaminarse?

Empezó a llenarse de otro sentido a inicios de los noventa, con la llegada de los primeros deportados. Los Acuerdos de Paz sirvieron de excusa a Estados Unidos para comenzar a enviar personas no gratas. Y el perfil de muchacho que enviaron fue el de un joven frustrado, marginado, expulsado de un país que no lo acogió adecuadamente y organizado ya en pandillas violentas. Y con ellos llegó el nuevo sentido de la palabra mara y no solo eso: también llegó todo un modo de vivir la vida.

Y aquí estamos, casi dos décadas después, hablando sobre la mara. ¿Por qué?

Precisamente por el significado que adquirió la palabra. Se rompió el molde anterior, pero al mismo tiempo el hecho de usar una palabra existente hizo que el fenómeno pasara casi desapercibido al principio. Tanto así que, por desgracia, ni en Estados Unidos ni en toda Centroamérica existe aún una definición consensuada, científica, de la mara, de esa pandilla violenta que nos inquieta y, siendo más específico, sobre la 13 y la 18, que fueron las que se impusieron a las más de 40 pandillas que surgieron.

¿A qué te refieres cuando dices que falta una definición científica?

A que no nos hemos acercado al fenómeno desde la ciencia, para romper la subjetividad de las opiniones. No se ha hecho aún una aproximación científica.

¿Y qué hay de todos esos libros y encuestas que pululan?

Esos intentos no son científicos, porque no se han consensuado. Hay una serie de estudios de los que cada institución ha sacado su línea de trabajo, pero no nos hemos puesto de acuerdo sobre esa realidad. Por eso estamos como estamos. Si la mara es de alguna una enfermedad sociológica, pobrecita esta sociedad, porque será muy difícil encontrar un remedio si aún no sabemos cuál es la enfermedad. Es una gran deficiencia, y pareciera que ese deseo de no profundizar proviene de Estados Unidos, que juntan en el mismo cesto la mara con el resto de las pandillas.

¿Y qué sugieres tú?

Hasta ahora se ha abordado toda la violencia juvenil de forma conjunta. Tendemos a juntarla, en lugar de dividir para clarificar los distintos problemas.

¿Y cómo debería de abordarse el problema, separando entre maras y el resto de pandillas o identificando asimismo cada mara con un problema particular?

Yo entiendo que si juntamos los problemas lo que nos queda es un problema tan grande que es muy difícil abordar. La recomendación pedagógica desde siempre ha sido dividir antes de analizar, por partes…

¿Y por qué no se ha hecho algo que suena tan simple?

Buena pregunta. Mi opinión, muy personal, es que no ha existido un deseo serio, decidido, de abordar este problema para solucionarlo.

¿Y quién debe dar ese paso? ¿El Gobierno, las universidades, la sociedad civil?

Entiendo que debe de ser el gobierno del país afectado, pero veamos, porque este fenómeno no es solo salvadoreño o centroamericano. Sí es centroamericana la palabra mara, pero el contenido que se le dio al nombre fue posterior. Y me remito de nuevo a Estados Unidos, país que tampoco ha realizado estudios serios sobre el fenómeno. Para ellos las maras son como cualquier otra pandilla, pero no lo son, las maras son algo radicalmente distinto.

Por la violencia que utilizan.

Exacto. Lo natural en el ser humano es hacer el bien, no el mal. Para que una persona opte por hacer el mal, y esta es una opinión muy personal, considero que uno se tiene que violentar. Tiene que suceder algo muy raro dentro de uno para que los principios se inviertan de forma tan radical.

Hablas con seguridad sobre este tema, pero convénceme de que realmente conoces de lo que hablas.

Yo no soy un conocedor del tema maras en el sentido de un científico que lo ha analizado. Yo soy solo un sacerdote salesiano. Lo peculiar de mi caso es que me he acercado a los muchachos como educador, a buscar soluciones a su lado. Es decir, una postura inductiva en vez de una deductiva. En vez de ir con una respuesta, con metas y objetivos calendarizados a priori, he optado por encontrarme con ellos de persona a persona, no de personaje a personaje. Y en su territorio, para ensayar con ellos, junto a ellos, una solución con sus necesidades como base. La raíz de todo esto es la parábola del samaritano.

Has conocido a muchos mareros, ¿qué te inspiran?

Cada persona es única e irrepetible. Con la mayoría de los mareros que he conocido da coraje saber que no tuvieron ni una sola oportunidad en la vida. No es sencillo ser marero, y no cualquiera puede serlo. Y siempre, cuando uno se encuentra frente a una persona que no se ha realizado positivamente, percibe que la sociedad es la que está perdiendo. Verlos es como un grito de angustia de que la sociedad algo no ha hecho bien.

Ya tenemos mareros que son abuelos.

Sí. Y eso ya es un problema, porque resulta que hubo una generación a la que no se le dio respuesta; crecieron sus hijos, y no se halló solución, y ahora están naciendo los nietos. Eso es un problema, pero para mí hay otro aún más serio. Ahora resulta que toda la familia es de la mara, es decir, figuras simbólicas como la de la abuelita son mareras. De hecho, fíjate quiénes cobran muchas veces las rentas o quiénes participan en las marchas de apoyo: la familia. La mara está actuando como una gotita de aceite que cae, se expande y contamina a toda la sociedad.

¿Por qué la mara sigue siendo atractiva para muchos jóvenes?

Pero es que aún no sabemos qué es la mara. La pregunta del millón es, y te la planteo con sinceridad, ¿qué es la mara? Respóndeme…

Yo diría que es un grupo violento en el que un adolescente desamparado busca refugio.

Es una opinión, pero hay quien cree que es delincuencia común, otros piensan que se agrupan para subsistir, o que son una verdadera mafia, crimen organizado, o… Y ese es el problema: a pesar de que ha pasado tanto tiempo, cada quien tiene opiniones distintas.

Hay organizaciones que creen que atribuir los homicidios a las maras fue solo una estrategia del gobierno anterior.

Sí, hay instituciones que lo hacen, pero sin tener las respuestas. Lo cierto es que la mayor parte de los homicidios del país se catalogan como de autoría desconocida, pero en vez de pedir analizar eso, esas organizaciones prefieren quedarse con que son pocos los homicidios atribuidos a las maras, por ese mismo desconocimiento. Y con esos datos externan opiniones.

En boca de muchos, la palabra clave parece ser la prevención.

Debería ser algo muy serio sugerir respuestas a un problema que ya se nos ha escapado de las manos. Las maras son ya una epidemia, ¿no te irrita oír hablar de prevención? La mayoría de los proyectos que hacen algunas organizaciones que viven, y muy bien, a costa de la violencia son de prevención. Pero ¿cómo se puede prevenir cuando ya estoy contaminado?

Pero el Polígono Don Bosco que diriges trabaja en la prevención.

Las respuestas son más complejas. Y no la tiene una sola institución. Tenemos que trabajar juntos, algo que no estamos haciendo. El Gobierno va por libre, y las organizaciones vamos también por libre. Y ya no se puede abordar este problema de manera local porque, igual que hace la Policía, la mara rota a sus miembros, los cambia de ciudad. Los mareros de la comunidad Iberia quizá estén en San Miguel y acá nos vienen de otro lugar. Es un flujo continuo.

Si el problema no ha dejado de crecer, ¿qué se ha hecho mal desde el Estado?

Lo primero fue no darle importancia. La mentalidad estadounidense es nórdica, y allí se soluciona todo con la ley, porque el ciudadano promedio es respetuoso, pero los salvadoreños tenemos una cultura distinta, en la que la ley no es la base del modo de proceder. Y eso no es ni mejor ni peor, es distinto…

Te pregunté qué es lo que ha hecho mal el Estado salvadoreño.

Acá se importó desde Estados Unidos el modelo de la mano dura porque había tenido éxito en Nueva York, pero son culturas distintas, y hay cosas que no casan. El nórdico legisla y cree que ya está todo solucionado, pero no es así con las maras.

¿Importar la mano dura fue el error?

Veamos. De pronto, la cárcel como sistema correccional, educativo, se les cayó. La mara desbordó toda razón de ser de las cárceles. Para ellos no es correccional, sino una especie de universidad. Un marero que no haya estado en la cárcel no tiene rango ni autoridad, y pasar por más cárceles les da estatus. El marero se siente más marero después de cumplir su condena, y eso es señal de que algo grave ha sucedido. ¿No es una señal de que ha surgido algo nuevo que no se puede combatir con las leyes tradicionales? ¿No será que ha surgido algo que merece la pena ser analizado de manera científica? ¿Tú conoces a algún otro grupo que en la cárcel se sientan tan felices como nuestros mareros? ¡Yo tampoco!

¿Te consta que se sienten felices?

Así es, se sienten súper realizados. Están seguros, están a gusto, están bien.

¿Y qué ha hecho mal la sociedad civil?

Espera un momento. Decía que no se puede hacer lo que se ha hecho, juntar en el mismo cesto la mara con el resto de pandillas, como si fuera una más. Para las otras sí pueden funcionar las leyes, pero no con esta. La cárcel no sirve, porque desde adentro siguen operando, siguen siendo ellos. No se corrigen. ¿No crees que llegó la hora de ensayar otros métodos?

¿Y qué sugieres?

Ni siquiera se ha analizado el fenómeno, y seguimos con la mentalidad del que la hace la paga. Nadie puede salirse de la mara en la cárcel. ¡Ay de aquel lo haga! Pobrecito. La enfermedad se nos ha hecho más grande por haber estado dando remedios equivocados todos estos años.

¿Crees que estamos peor que nunca?

Lo que yo creo es que este fenómeno ha ido creciendo porque la sociedad no ha sabido dar la respuesta idónea y sí, se nos está yendo de las manos, cada vez más. ¿Por qué? Y vuelvo a lo mismo: porque no hemos analizado de forma adecuada el fenómeno. Y luego tenemos fallos como aquel de la Corte Suprema de Justicia, que dijo que ser marero no era delito, que las leyes vigentes eran suficientes. Pero yo me pregunto: ¿eso es cierto? Porque parece que los hechos dicen lo contrario, ¿no?

Eso parece.

Miremos lo que ocurre con el terrorismo. En Europa un terrorista va a la cárcel solo por el hecho de ser terrorista. Pero aquí uno puede ser marero y no le pasa nada, porque hay que demostrar.

¿Estás sugiriendo que los mareros sean tratados como terroristas?

No, esa conclusión no es mía. Yo solo quiero que cada quien se cree su opinión. Lo que quiero decir es que alguien que quiera ser marero, ¿qué tiene que hacer?, ¿qué le impone la mara para ingresar?

Sus rituales.

¿Y cuáles son?

Pues, siéndote honesto, los desconozco.

Muy buena respuesta. Fíjate, cuando una sociedad desconoce eso es porque estamos mal como sociedad. Si tú, siendo periodista, estás así, calcula cómo estará el ciudadano de a pie. ¿Y qué quiero decir? Simplemente que algo no funciona, que algo que parece que está claro en realidad no lo está tanto. Algunos dicen que para entrar en la mara hay que matar a una persona y, si fuera cierto, eso sería serio, ¿no? ¿Podría uno ser marero y ciudadano con normalidad?

Dices que el problema sigue creciendo. ¿Cómo evalúas el papel de los periodistas?

Veo como dos grandes grupos. Algunos han sido más amarillistas, y lo que han buscado en la mara ha sido un motivo para sobresalir ellos mismos. Y algunos lo han conseguido, sin importarles haber dejado detrás una estela de muertos. Y luego está el otro gran grupo, que son los que dependen de un sistema y, consciente o inconscientemente, han hecho lo que el sistema propicia.

Explícame ese punto.

Crear aquella famosa Comisión de Seguridad Ciudadana y Paz Social que creó el ex presidente Antonio Saca sirvió para que se viera normal lo que no lo es, como que haya más guardias de seguridad privados que policías, o que tengamos 12 muertos todos los días. Y la mayoría de los medios de comunicación quisieron presentar como normal, como natural, algo que no es normal ni natural.

Tú trabajas en la boca del lobo. ¿Crees que las maras generan la mayor parte de la violencia en El Salvador?

Mi sensación es que nos estamos llevando por delante la dignidad de las personas. No hay derecho a que la mayoría de los homicidios nunca se sepa cómo han ocurrido. No hay derecho. Mal está una sociedad que no analiza, que no tiene el coraje de sincerarse con ella misma. Mal estamos cuando nos habituamos a ver tantas personas muertas y a que no se sepan las causas ni las razones. Y eso, en lo personal, me inquieta más que el debate sobre si son o no las maras.

¿Y crees que este panorama podría cambiar con el nuevo gobierno?

En el Polígono Don Bosco estamos haciendo cosas, porque las estamos haciendo, pero no es suficiente. Y es que no se trata de hacer lo que uno puede o sabe ni se trata de tener buena voluntad o participar, de lo que se trata es de ser eficaz.

Mauricio Funes anunció más policías y más soldados.

Eso me inquieta, porque en el gobierno anterior se cayó en un dejar hacer a todas esas agencias que surgieron, que vieron la violencia como un negocio. De ese dejar hacer ahora se ha pasado a dar más importancia al Gobierno como el agente que va a dar las respuestas. Pero yo considero que ni lo uno ni lo otro es lo correcto. Lo adecuado talvez es una fusión de ambos.

¿Lo planteado por Funes no le sonó a más mano dura, pero sin utilizar ese nombre?

No, lo que yo escuché fue una respuesta desde el Gobierno, sí, pero en la que no se ha tenido en cuenta a la sociedad civil. Lo que ofrecieron en ese discurso es Policía y Ejército, punto y fuera. Dios quiera que solo haya sido una omisión, porque muchos queremos ayudar a este gobierno. Y este problema no es sencillo. Ahora está muchísimo más difícil que con Paco Flores.

Las víctimas, el que paga renta o tiene a los hijos amenazados, quieren soluciones inmediatas.

Esa persona también soy yo. Somos muchos. Y no tengo la respuesta. Un ejemplo: aquí, en la comunidad Iberia, la Policía acompañó a 13 familias que tuvieron que irse. Y para eso la Policía les dio acompañamiento, para eso, pero no les pudo dar seguridad para poder quedarse. Es dramático, ¿no crees? Así estamos muchos, indefensos. Y yo no tengo esa respuesta, la que quieren oír las víctimas. Pero también estoy seguro de algo: la mayoría de los mareros se calmarían si tuvieran una buena oportunidad. Y no hay derecho a que el Gobierno aún no haya ensayado respuestas a ese problema. Y algo parecido ocurre con las organizaciones que trabajamos en el tema de la violencia. No buscamos satisfacer lo que el marero demanda, sino que partimos de lo que nosotros diseñamos y podemos hacer. Y eso contribuye a que el problema siga creciendo.

¿Crees que esto tiene solución a corto o medio plazo?

No, esto es un problema humano, que afecta a toda una sociedad, y acá se trata de que todos convivamos con dignidad, no solo el grupo que puede garantizarse con dinero su seguridad privada. En esta comunidad, en la Iberia, el sobrenombre que se pusieron hace años fue el de la comunidad en la que la vida no vale nada. Lo que tenemos que hacer es romper ese drama y dar respuestas, pero para eso primero hay que analizar.


Esta entrevista salió publicada en la edición del 28 de junio de 2009 de la revista salvadoreña Séptimo Sentido. Puede verla pulsando acá (páginas 12 a 17) .

30Jul, 2008

Las mejores fotografías de... Christian Poveda

Escrito por: robertogasteiz el 30 Jul 2008 - URL Permanente


Todo un mundo por retratar

El fotoperiodista franco-español Christian Poveda nació profesionalmente como un corresponsal de guerra, recorrió después con su cámara los principales conflictos bélicos del último cuarto del siglo XX y entabló con El Salvador una relación especial que aún hoy se mantiene. El país se ha convertido en el escenario ideal, dice, para obtener las imágenes que en esta etapa de su vida quiere inmortalizar.


Por Roberto Valencia

La palabra guerra irrumpe en la vida de Christian Poveda antes incluso de haber nacido, y será su compañera inseparable durante décadas. “Me siguen”, bromea. Este fotoperiodista tiene ya 53 años, algunas canas, unos lentes que lo singularizan, un acento inconfundiblemente francés y un currículum al alcance de pocos, de muy pocos. Su trabajo se ha publicado en muchas de las revistas más prestigiosas del mundo, como Time, Libération o L’Express. Hoy llegan a Séptimo Sentido. Y, si bien en los últimos años ha incursionado con éxito en otras temáticas, sin las guerras resulta difícil concebir su trayectoria profesional.

Poveda nace en 1955 en Argelia, en el norte de África, cuando ese territorio aún era colonia francesa. Su familia había tenido que huir de España en 1939 por estar en el bando derrotado en la Guerra Civil española. Huyeron de una guerra, y se metieron en otra: la librada por los argelinos contra los franceses para lograr su independencia. La victoria de los independentistas se concreta en 1961, y con apenas seis años, Poveda y su familia se refugian en París.

Pronto surge el interés por la fotografía, que asegura tener encendido antes de cumplir los 15 años. Su juventud discurre entre un activismo político incentivado por los dos grandes referentes de su generación: la Guerra de Vietnam y el Mayo del 68 francés. La fotografía, no está de más recordar, tuvo un papel importantísimo en la difusión de ambos.

—¿Qué fue lo primero que te publicaron?

—Fue un fotorreportaje que hice en 1977 sobre el Frente Polisario, en el Sahara occidental. Fueron 10 páginas en el semanario L’Express.

Por si a alguien le queda alguna duda, el Frente Polisario comenzaba entonces una guerra aún inconclusa, la de liberación contra los estados invasores de Marruecos y Mauritania.

Con este bautismo, parecía que no había escapatoria, y así fue. La primera mitad de la década de los ochenta Poveda se la pasa de guerra en guerra: cubre, entre otras, la que enfrenta a Irán e Iraq, la del Líbano, las dictaduras chilena y argentina, y los conflictos guerrilleros más o menos abiertos de Perú, Guatemala y El Salvador.

Este es el periodismo que se está haciendo en un país como El Salvador, en el centro de Centroamérica. Formo parte de la generación autodidacta, la que partió de cero, la que partió de la guerra civil, y la que carece de referentes locales. Por ello, internet es la herramienta indispensable para dar a conocer lo que por acá se está haciendo, y sus comentarios son especialmente bienvenidos.

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