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18Oct, 2009

Bahía de Jiquilisco. Tan cerca y tan lejos.

Escrito por: robertogasteiz el 18 Oct 2009 - URL Permanente

Uno de los secretos mejor guardados de la cada vez más competitiva oferta turística salvadoreña es la bahía de Jiquilisco. Catalogada por la UNESCO como Reserva de la Biósfera, la bahía ofrece a quien la visita la posibilidad de rencontrarse con la naturaleza y también permite conocer de primera mano cómo se vive en una comunidad pesquera.


Por Roberto Valencia

Todo era diferente hace unas horas. El agua ha sustituido al asfalto; hay lanchas y cayucos donde antes había autobuses y carros; manglar en vez de cemento; verde en lugar de gris; quietud y no zozobra. El hace unas horas eran las agresivas calles de San Salvador. Y el ahora es un lugar llamado bahía de Jiquilisco, reducto de exuberante naturaleza situado a poco más de 100 kilómetros de la capital de El Salvador. Tan cerca y tan lejos.

Es una bahía paradisíaca pero no muchos lo saben.

—¿Y el turismo lo ven como oportunidad o como amenaza?

—Para nosotros sería una oportunidad todo y cuando el turista venga a observar nuestros recursos, no a dañar. La apuesta aquí es el turismo sostenible, el ecoturismo –dice Cristabel Flores, directora de Codepa, una ONG que trabaja en y por la bahía desde hace 11 años.

Turismo sostenible, dice.

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Bautizado por la Nobel chilena Gabriela Mistral como el Pulgarcito de América, El Salvador es el más chiquito país latinoamericano y también el más densamente poblado. Con estas variables no resulta tan sencillo hallar lugares donde el hombre no haya dejado su impronta. Situada en la zona oriental, en un departamento llamado Usulután, la bahía de Jiquilisco representa la mayor extensión de manglares de todo El Salvador. Estos son sus números: 635 km² repartidos entre seis municipios, temperatura promedio mensual superior todo el año a los 20 °C, decenas de especies de reptiles y mamíferos, cientos de especies de aves. Esteros y canales laberínticos, playas blancas e infinitas, islas desiertas e islas habitadas.

En su currículum destacan dos nombramientos. Desde 2005 forma parte del listado de humedales de importancia internacional Ramsar. Y en 2007 la UNESCO le otorgó el título de Reserva de la Biósfera. Pese a estas credenciales, y a que está a menos de dos horas de la capital, la bahía apenas está presente en la cada vez más competitiva oferta turística salvadoreña.

Walter Rojas, de la gerencia de áreas naturales protegidas del Ministerio de Medio Ambiente, prefiere destacar el importante papel ambiental que cumple la bahía, y le apuesta también a un turismo limitado: “Uno de los sueños es fomentar el ecoturismo, ese turismo que comparte con las comunidades, que ayuda a los pobladores y les genera fuentes de ingreso”.

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Amanece en la bahía. El sol no ha salido, pero ya clarea. En la comunidad La Pirraya comienza el vaivén de lanchas que singulariza a los asentamientos pesqueros. Para las más grandes y atrevidas es hora de regresar. Llegan una tras otra, cargadas con el fruto de una larga noche en mar abierto. Para las más pequeñas, al contrario, el amanecer es el arranque de la jornada, el momento ideal para adentrarse en la bahía y probar suerte. Pero todas, grandes y pequeñas, tienen en común la dependencia del mar y los vistosos colores.

El mar ahora está calmado y plateado. En la orilla los primeros en llegar desembarcan grandes peces. Hay bagres, jureles y pargos, pero en poca cantidad. La pesca, dicen todos por acá, está cada vez peor. Sentado sobre la arena, José Ovidio Perdomo, don Ovidio, observa, quizá añorando los largos años en los que él también fue pescador. Alguien muestra orgulloso un robalo de casi medio metro.

—¿Y aún puede ser más grandes?

—Sí –responde–. Hay veces que hasta de 60 libras. Por ahí tienen tendido uno de 25.

Don Ovidio nació junto al mar y todo indica que morirá junto al mar, en La Pirraya. Tiene 58 años, es bajito, los ojos claros y la piel requemada. Ahora trabaja como guardarrecursos, pero antes le tocó de pescador, camaronero, tortuguero y curilero. Es la voz de la experiencia.

—Don Ovidio, ¿y donde se compran estas lanchas?

—Aquí mismo se la pueden fabricar.

Rosendo Castillo –56 años, grueso y cachucha en la cabeza, como casi todos en la bahía– fabrica lanchas de fibra de vidrio, las más solicitadas. Su taller, por llamarlo de alguna manera, está sobre la línea de playa. Es una humilde construcción de palma y madera con techo de lámina que apenas sirve para proteger de la lluvia y el sol las lanchas en ciernes. Él y sus cuatro ayudantes están construyendo ahora una con nevera, para poder pasar varios días en altamar. Es de las que más trabajo requieren. Tardarán nueve días y cobrarán 3,500 dólares por el trabajo.

—A La Pirraya –dice Rosendo, orgulloso– el primero que vino es un cuñado mío que por allí vive. Después me vine yo.

La Pirraya, de hecho, es una comunidad joven y a la que solo se puede llegar en lancha. Hasta hace unas décadas acá no había casas. Pero en los primeros años de la guerra civil que afectó a El Salvador en la década de los 80, decenas de familias desplazadas terminaron aquí. Hoy la conforman más de 200 familias que en su gran mayoría dependen del mar.

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En La Pirraya no hay discotecas ni restaurantes de cinco tenedores ni polideportivos ni museos ni parques de atracciones. Lo que sobra es sol, playas, pescado y tranquilidad. Es un lugar ideal para eso que algunos llaman turismo antropológico. Eso sí, el billar que atiende Esperanza Rivas, el único en toda la comunidad, permite degustar al final del día, sobre la arena y por un dólar, la cerveza más fría y agradecida que uno pueda imaginar.

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El taller de Rosendo está a mitad de camino entre el singular muelle de madera y el vivero de tortugas. Desde hace años funciona en este sector de la bahía una red de guardarrecursos que entre mayo y diciembre están pendientes de los desoves de diferentes especies de tortuga marina: carey, golfina, prieta y baule. Don Ovidio fue por años el encargado del vivero, labor en la que hoy le ha sustituido un joven de 17 años –también de La Pirraya– llamado Moisés García.

—¿Y cuánto tarda en nacer la tortuga carey?

—El manual que nos han dado –responde don Ovidio– dice que entre 55 y 60 días después de la puesta, pero, asegún la temperatura que tenemos actualito aquí, yo sé que nacen siempre a los 55 días. Eso yo lo tengo aquí –y se señala con satisfacción la sien.

Para dentro de cuatro días esperan que una nidada eclosione.

Debido a la merma en las poblaciones, El Salvador decidió el año pasado prohibir todo tipo de comercialización de los huevos de tortugas. Este vivero ofrece a los pobladores tres dólares por cada docena que llevan, y el 100% de las tortugas que nacen son liberadas al mar. Además del beneficio medioambiental, la precisión de don Ovidio para conocer las fechas de eclosión de los huevos han convertido las liberaciones de tortugas en un prometedor reclamo turístico.

Algo similar está ocurriendo con los paseos en lancha o en kayak por el manglar. En coordinación con el Ministerio de Medio Ambiente, las distintas cooperativas y asociaciones comunitarias que conforman Codepa comienzan a ver el filón. Ya se está ofreciendo a los pocos turistas que llegan, por ejemplo, que sean ellos mismos los que recolecten entre el lodo las conchas para luego elaborar cócteles.

Adentrarse en el manglar es toda una experiencia. Con un buen guía y marea alta, uno puede llegar en lancha a canales de agua por los que apenas pasa la embarcación. Sea la hora que sea, ingresar en este laberinto de raíces supone un contacto directo con uno de los ecosistemas más productivos del planeta. La vida se respira. La temperatura baja de forma súbita y el sol se desvanece, al punto que las cámaras fotográficas comienzan a exigir el flash para garantizar imágenes iluminadas.

—Entre más caminemos para adentro, más cerrado –advierte Miguel Rodríguez, el lanchero.

Es hora de retirarse.

***

El manglar circunda Puerto Parada, el cantón al que se dirige la lancha y que funciona como una de las dos puertas de acceso y salida a toda la bahía. La otra es Puerto El Triunfo, otro municipio en el que tener una lancha es más codiciado que tener un carro.

Al llegar a Puerto Parada, un grupo de jóvenes ha formado cadenas humanas que se tiran de forma vertiginosa pero sincronizada los cocos llegados a bordo de una barcaza. Hay bromas y buen humor. Los cocos, la única actividad agrícola en todo el sector oriental de la bahía, terminarán casi todos en San Salvador. Al fin de cuentas, la capital y su asfalto y sus carros y su cemento y su gris y su zozobra están a menos de dos horas. Tan cerca y tan lejos de la bahía.


Esta crónica apareció publicada en la edición de octubre de la revista Panorama de las Américas.

12Feb, 2008

Se están acabando el manglar

Escrito por: robertogasteiz el 12 Feb 2008 - URL Permanente

Mucho que decir sobre los punches

Incluso en un país como El Salvador, al que llaman Pulgarcito de América, hay zonas que suenan lejanas para quien vive en su capital. Una de ellas es el llamado Bajo Lempa, el delta del río más importante, donde se está cuajando un conflicto que tiene a una variedad de cangrejos llamados punches como involuntarios protagonistas. Es esta una disputa que suena lejana, distante, pero que ilustra por qué el medio ambiente salvadoreño está como está. Mal.



Hay conversaciones que duelen. Esta tuvo lugar el 13 de febrero, tras haber pasado el día escuchando quejas de los pescadores artesanales en la desembocadura del río Lempa, en confianza. Aquella es zona que depende en gran medida del punche, un cangrejo que supo hacer del manglar su hábitat y que hoy en día intenta sobrevivir a sus principales enemigos: el mapache y el ser humano. Hay poco que decir sobre a quién debería tenerle más miedo.

—El mapache —habla José Mario Martínez— es listo. Cuando el punche está en la trampa, le hace así con una manita, mete la otra, y ya, saca el punche.

—Solo le hace falta fabricar las trampas, ¿no?

—Solo fabricarlas, sí, pero son buenos los mapaches. Yo, cuando los hallo, los mato y me los como asados, o en sopa.

—Ah, pero se refiere a que son buenos de sabor.

—Sí, ahhh.

—Y, aparte del mapache, ¿qué hay por aquí? ¿Hay venados?

—No, se los acabaron. Mire, cuando se dieron los Acuerdos de Paz aquí había una especie de venados... y se los acabaron los grandes, porque a veces nos piden a los pobres que respetemos el ambiente y los grandes no respetan.

—¿A quién se refiere?

—A los grandes, a los cuelludos. Cuando acabó la guerra venían hasta siete y ocho tiradores en grandes carros...

—...a matar venados.

—Sí, a matarlos, y se llevaban cinco o seis. Este muchacho —y señala a un hombre cuarentón que rápido asiente con una sonrisa— tiene una foto en la que hay tres venados colgados de un solo. A nosotros nos daban 50 pesos por arriarlos hacia donde estaban ellos disparando. Nos daban los 50 colones, y nos dejaban el animal después de quitarle las piernas, los brazuelos y el lomo. Y así mataron todo ese animalero que había.

—Cuche de monte, ¿queda?

—Nada.

—Lo más grande que queda, ¿qué es?

—Solo el mapache… y el gato de monte.

José Mario tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Tiene 50 años, es un punchero de la comunidad La Chacastera, en Jiquilisco, y sus palabras, si bien se circunscriben a una zona concreta, ilustran por qué El Salvador está como está en términos medioambientales. Mal. Lo dice él y lo dice también la prestigiosa Universidad de Yale (Estados Unidos), que en enero hizo pública su actualización del llamado Índice de Desempeño Ambiental. De entre los 149 países evaluados en todo el mundo, en el apartado de Hábitat y Biodiversidad El Salvador tiene a 140 encima y solo 8 debajo.

El país —lo dice Yale— está mal, pero ni ese sombrío panorama impide que todavía haya algunos oasis de vida silvestre regados por el territorio. Una de esas excepciones es la ribera oriental de la desembocadura del río Lempa. Ahí es donde viven José Mario, un indeterminado número de mapaches y miles, decenas de miles, cientos de miles de punches.

En Perú lo llaman cangrejo del manglar; en Ecuador, cangrejo rojo; y en Centroamérica, punche. Su nombre científico es Ucides occidentalis. Se reconoce con facilidad. Sus patas y sus tenazas son moradas, y su caparazón, anaranjado, puede llegar a medir lo mismo que una tarjeta de crédito. Su vida está ligada al mangle, al fango, y quienes los han estudiado afirman que se alimenta de hojas, que tarda un mínimo de dos años en desarrollarse, y que una hembra pone no menos de 120,000 huevos cada año. De esa cifra, con suerte, apenas un puñado llegará a la adultez.

Así es, a grandes rasgos, la vida del punche.

“Si los de la isla Montecristo no se hubieran puesto a cuidar este cañón, no hubiera punches ahora, ni chimbolos hubiera”, exagera José Mario. Habla sobre El Izcanal, un canal de agua salobre que para los residentes en ese sector del Bajo Lempa se ha convertido estos días en motivo de preocupación, de tensiones, de conflicto.

La isla Montecristo que menciona, en realidad, no es una isla. Se puede salir caminando hasta San Juan del Gozo, algo que toma unas cuatro horas, y desde allí hay una calle sin asfaltar que permite alcanzar la carretera El Litoral. Sobre un mapa, la mal llamada isla pertenece a Jiquilisco, pero ellos miran más hacia San Vicente. El caserío La Pita, de Tecoluca, lo tienen a apenas 15 minutos en lancha si atraviesan el Lempa, y hasta allí llegan buses.

La comunidad Montecristo, sin embargo, sí es una comunidad, si como comunidad se entiende a un conjunto de personas que vive en un mismo lugar y bajo unas mismas normas. Son 37 familias, unas 120 personas. En su día se taló mucho, y hay espacio. Las casas están separadas unas de otras, y si hubiera que llamar plaza a algo, sería a la explanada situada frente al embarcadero principal.

En esa plaza, lo que se ve cuando uno desembarca son gallinas que pasean libremente, troncos apilados en el suelo, unos pocos árboles —vivos— que dan una agradecida sombra, casas de bloque y casas de madera, niños, mujeres, perros, hombres, redes para la pesca, hamacas, un pozo, una letrina pública, una vaca tan delgada que se le pueden contar las costillas y un suelo reseco y polvoso en el que se quedan marcadas las huellas de las patas de las gallinas.

Completan el cuadro la Tintorera I, la Sulmita II, las Conchas II y Brasil. Son lanchas, las que no habían salido a faenar. Casi todos se dedican a la pesca artesanal, pero en los espacios usurpados al manglar se cultiva maíz, pipián, ayote y hay una incipiente apuesta por el marañón.

En Montecristo, digan lo que digan las compañías telefónicas en sus campañas publicitarias, no hay señal de celular.

Reyes Cruz Parada también tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Tiene 48 años, punchea aunque no depende de ello para subsistir, usa una cachucha que le cubren las canas y es la persona que la comunidad Montecristo designó para ser su representante. Preside la asociación de desarrollo comunal.

Da la impresión de ser una buena persona. En parte, porque admite errores propios, algo que no encaja muy bien en la forma de ser del salvadoreño promedio. Reyes no tiene reparo en reconocer que la comunidad que representa, la Montecristo, también se pasea en el medio ambiente: “A veces, nosotros mismos somos un poco farsantes, porque no somos todos 10, y es bueno reconocer los errores que estamos cometiendo para ir mejorando”.

Con idéntica claridad —“Aquí han venido a alborotar el panal”— señala al Gobierno, al Centro de Desarrollo de la Pesca y la Acuicultura (CENDEPESCA), como la entidad que causó la preocupación que se ha apoderado estos días de la ribera oriental de la desembocadura del Lempa.

El conflicto se puede resumir así. El ya mencionado cañón El Izcanal ha representado desde hace décadas el sustento para muchas familias del sector. De ahí se extraen punches, también bagre y chimbera y pargo y róbalo... La Montecristo está justo en la entrada a este paradisíaco canal de agua.

Hace casi un año, y por iniciativa propia, la comunidad decidió proteger El Izcanal. La idea la apoyan personas de otras comunidades de la zona, y en todos se percibe un sentimiento de pertenencia sobre el cañón. Ante la cada vez más mayor presencia de pescadores foráneos, aprobaron que vigilarían la entrada y, de buenas maneras, explicarían a quienes lleguen que no se puede extraer recursos. Dicho y hecho.

Todo iba razonablemente bien hasta que CENDEPESCA llegó a “alborotar el panal”. Iba bien porque la medida parece haber beneficiado al ecosistema. Lo dicen los pescadores y lo dice también la Universidad de El Salvador. Un estudio del Instituto de Ciencias del Mar (ICMARES) avala la tesis de que El Izcanal generó más recursos que otros canales sin el acceso restringido. Los técnicos llegaron a esa conclusión después de pasarse buena parte de la segunda mitad el año pasado contando y midiendo punches y peces.

Pese al comprobado éxito de la medida, CENDEPESCA aprobó y publicó en el Diario Oficial a mediados de enero la resolución de la discordia. En ella, se decreta una veda total en el cañón desde el 1.º de enero hasta el 31 de marzo. Pero a partir de esa fecha, cualquier pescador que tenga su licencia vigente podrá llegar a El Izcanal y llevarse cuanto quiera si usa las redes apropiadas y respeta los tamaños. Pueden llegar de La Libertad, de Acajutla, de El Cuco y hasta de Meanguera del Golfo; sin embargo, a los que más temen en la Montecristo, por la cercanía y por su número, son a los de San Luis La Herradura, en La Paz.

Manuel Fermín Oliva Quezada también tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Él es el director general de CENDEPESCA, y es la persona que estampó su firma en la polémica resolución. Sentado en su despacho, ubicado en Santa Tecla, defiende lo que firmó, alegando que es inconstitucional que un grupo de personas se apodere de un cañón, y escudándose en un recién elaborado plan de manejo de los recursos pesqueros en el sector Estero de Jaltepeque-Bajo Lempa.

Aunque Oliva intenta matizarlo, lo cierto es que la resolución tiene un tufo a querer castigar a quienes decidieron cuidar, y beneficiar a quienes sobreexplotaron los recursos que tenían más cerca. Y en todas las conversaciones aparece Jaltepeque, que en su mayor parte pertenece a San Luis La Herradura. Allí, por la pesca descontrolada, hay muchos puncheros y pocos punches; muchos pescadores y pocos pescados. Hasta Oliva está consciente de eso: “Las comunidades grandes, de San Luis La Herradura, de La Zorra (un cantón), si se vienen para El Izcanal, sí va a ser un problema”. Aun así, firmó la polémica resolución.

El Izcanal es un cañón de agua que supera los seis kilómetros de longitud. Arranca en el Lempa, hace un giro curioso alrededor de la Montecristo, y se introduce, paralelo a la costa, en el municipio de Jiquilisco. Salvo algunos claros abiertos para cultivos en la primera mitad, todo lo que se ve a un lado y a otro es mangle, el hábitat del punche. Sin manglar, no hay punche.

Surcar El Izcanal en lancha impresiona. Los últimos dos kilómetros, donde el cauce es más estrecho, son de una espesura tal que adentrarse da la sensación de que comienza a anochecer. El mangle es alto, de hasta 30 metros de altura, y pertenece, dicen quienes saben de esto, a la variedad mangle rojo espigado. Se asemeja a un árbol con dos ramajes: arriba, el tradicional, con sus hojitas; abajo, otro formado por las raíces.

Esa parte inferior, que es la que caracteriza visualmente al manglar, es como si un gigante hubiera arrancado los árboles corrientes de otra parte, les hubiera quitado sus hojas una a una, y los hubiera clavado boca abajo en El Izcanal, dejando la mitad de las peladas ramas fuera del fango.

Así es, a grandes rasgos, el lugar donde vive el punche.

Pablo Ramírez también tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Tiene 56 años, vive en La Tirana y, aunque hay una veda de CENDEPESCA que lo impide, punchea. Lo lleva haciendo años. El 13 de febrero, a eso de las 4 de la tarde, salía del manglar embarrado, con su cachucha, descamisado, y con botas de hule. Junto a su perra Mika había llegado ahí remando en su humilde cayuco a las 7 de la mañana. En la retirada lo acompañaban dos costales llenos con seis docenas de punches. Con suerte, al día siguiente le pagarían unos $8.

Pablo salía sonriente. Conoce a Reyes, el presidente de la Montecristo. Hay camaradería. Los dos son oriundos. Creen que pueden punchear sin poner en peligro el recurso, que pueden ignorar la veda de CENDEPESCA. El temor es a los de fuera, a los que se acabaron el estero de Jaltepeque.

El oficio de punchero no está al alcance de cualquiera. Hay que despertarse antes de que salga el sol, adentrarse en un canal, caminar sobre las estrechas pero resistentes raíces del mangle, saber dónde dejar las trampas, y al final, si un mapache no se ha adelantado, exponerse a un doloroso pellizco al agarrar el punche y o al amarrarle las tenazas con tul o un material al que llaman penca de caulote. Esta es la manera fácil.

La sufrida es sin las trampas, como lo hace Pablo. El fango sobre el que se asientan las raíces del mangle es tan blando que con solo pararse uno se hunde hasta los tobillos. De ahí la importancia de saber caminar sobre las raíces. Cuando esto se domina, un punchero se enfrenta a cientos de agujeros en el lodo, y solo unos pocos tienen premio. Para acertar, hay que saber detectar finísimos aruñazos en la entrada. Con el tiempo, el punchero llega a conocer si es un ejemplar macho o hembra lo que hay en el fondo.

Y la expresión “en el fondo” es literal. Sacar el punche a mano desnuda requiere la mayoría de las veces meter el brazo entero en el fango, hasta el sobaco. La misma operación, y dando por sentado que se acierta en la elección del agujero, hay que repetirla unas 80 o 90 veces para que el día se pueda considerar productivo.

Así es, a grandes rasgos, como se captura el punche.

Nathan Weller también tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Tiene 28 años, estudia en el Monterey Institute de California, y es alto, seco y chele, chelísimo. No le hace falta decir que es estadounidense para que uno infiera que es estadounidense. Llegó en enero al país para trabajar como voluntario de la Asociación Mangle, una ONG local, y lleva varias semanas encuestando a puncheros para radiografiar esta forma de ganarse la vida.

Su trabajo ha permitido conocer que en más de la mitad de las 70 familias de la comunidad Las Mesitas, siempre en Jiquilisco, hay algún punchero. Y que cada uno, en promedio, saca de El Izcanal más de 400 punches semanales desde enero a junio. Y que durante esos meses no tienen otra fuente de ingreso. Por eso el temor a la resolución de CENDEPESCA, a la oleada de pescadores foráneos. “No se llevan 10 ó 20 docenas; son lanchadas”, ilustra la preocupación colectiva el veterano Atlixco Funes Serrano, de la Montecristo.

Carlos Giovanni Rivera también tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Él es uno de los investigadores del ICMARES que estuvo contando punches. Las conclusiones sorprenden. Son cálculos preliminares, advierte, pero en la porción de 30 kilómetros cuadrados en torno a El Izcanal se estima que hay 550,000 docenas. En otras palabras, en un pedazo de tierra poco más grande que Soyapango viven más punches que salvadoreños en todo El Salvador.

Así son, a grandes rasgos, las estimaciones sobre cuánto punche queda en la zona.

Suena a abundancia, pero el propio Giovanni se encarga de contener la euforia. Si 120 puncheros extraen ocho docenas diarias en un año se habrán llevado 350,000 docenas. No hay que ser un experto matemático para suponer qué ocurriría se llegaran 200 puncheros al sector a partir del 1.º de abril. De ahí la preocupación.

Oliva, el de CENDEPESCA, cree que en la Montecristo se está sobreestimando el problema. Dice que a El Izcanal les esperan tiempos mejores por la veda —esa que no se está respetando—, por las disposiciones en cuanto a aperos de pesca que se permiten usar, y por haber decretado tamaños mínimos para poder sacar un punche o un pez.

Al preguntarle quién hará respetará todo eso, contesta que las comunidades, CENDEPESCA y la PNC. La respuesta está cargada de optimismo, pero amerita el calificativo de estúpida si se tiene en cuenta que los que en el discurso de Oliva deberían evitar que un punchero use más de 40 trampas —PNC, CENDEPESCA y comunidades— no han sabido poner freno a un fenómeno ilegal y estruendoso como es la pesca con explosivos.

José Mario, el que se come los mapaches asados o en sopa, lo ilustra así: “Es bombardeo lo que hay en la bahía de Jiquilisco”. Óscar Carranza, un biólogo que trabaja en la zona para la Asociación Mangle, es igual de explícito: “De la isla de Méndez hacia oriente (prácticamente toda la bahía), parece como que es feria, bomba tras bomba”. No está de más recordar que la onda expansiva que en el agua provoca el explosivo revienta a todo bicho viviente que esté cerca.

El Ministerio de Medio Ambiente es el tutor legal de las áreas naturales del país, pero su presencia en este sector es casi nula. Se limita a visitas esporádicas y a canalizar la ayuda de países cooperantes hacia algunos pequeños proyectos. Estados Unidos, a través del el Fondo de la Iniciativa para las Américas (FIAES) es uno de los países que invierten ahí. Ni el hecho de que la bahía de Jiquilisco sea área Ramsar y Reserva de la Biósfera parece haber cambiado mucho la falta de recursos. Basta señalar que este año el presupuesto que el Gobierno destinó al Ministerio de Medio Ambiente bajó un 20%.

Lo que sí apadrina esta cartera son estudios y más estudios. En abril de 2004, en el documento elaborado para pedir que la bahía de Jiquilisco fuera área Ramsar, esto es lo que se constató: “Existe un gravísimo problema de pesca con explosivos a lo largo de toda la bahía (se estima que hay alrededor de 150 personas desarrollando esta técnica de pesca ilegal); existen graves amenazas a la biodiversidad, producidas porque los barcos arrastreros que se dedican a la pesca industrial del camarón faenan muy cerca de la costa, afectando a las tortugas que se aproximan a anidar a la playa, quedando atrapadas en las redes de arrastre. La sobreexplotación tanto de los recursos pesqueros como de las poblaciones de casco de burro y punches es un hecho constatado en toda la bahía.”

Casi cuatro años después, ni el optimismo oficial que encarna Oliva puede afirmar que esas situaciones se han solucionado.

José Mario, Reyes Cruz Parada, Pablo Ramírez, Nathan Weller y Carlos Giovanni Rivera tienen mucho que decir sobre lo que ocurre con los punches de El Izcanal. Todos saben que, ni siquiera respetándose las disposiciones de CENDEPESCA, se evitaría que decreciera el número de ejemplares. Están las cuentas del estudio de ICMARES y están los antecedentes. Lo que auguran ya ocurrió años atrás con el cangrejo azul, que prácticamente ha desaparecido en el Bajo Lempa, y temen que se vaya a repetir con el punche.

CENDEPESCA, cuestionado sobre esta situación, dijo que lo que aprobaron no está escrito en piedra, que es posible que la resolución se revierta, y que El Izcanal no se abra el 1.º de abril para todo el que quiera llegar. Paradójicamente, esa posibilidad, que es lo que quisieran escuchar en la comunidad Montecristo, no dejaría de ser una nueva muestra de debilidad institucional y de falta de rigor en la toma de decisiones que incluso aparecen en el Diario Oficial.

Alfredo Guardado también tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa, aunque él no lo sepa. Tiene 23 años y trabaja en el puesto de mariscos “Gaby”, en el mercadito de Ciudad Merliot, en Antiguo Cuscatlán. Vende la docena de punches a $6. Los tiene vivos, con las tenazas amarradas con tul, igual a como los sacan del manglar. A Pablo, el de La Tirana, le pagan $1.50 la docena si son grandes, y solo —solo— por su traslado a la capital se multiplica por cuatro —por cuatro— su precio. Si los vende cocinados, con salsa de aiguashte y tortillas, Alfredo pide $1.25 por cada punche, $15 la docena.

Por eso también, por ser el que menos gana en toda esta cadena, por no tener alternativas, Pablo tiene que ir cada día con su perra Mika al manglar, a embarrarse, y a sacar seis o siete docenas de punches. O todas las que pueda.

16Dic, 2007

Entrevista con el ministro salvadoreño de Medio Ambiente

Escrito por: robertogasteiz el 16 Dic 2007 - URL Permanente

“Sinceramente, creo que he hecho mucho”

Hace apenas un año su labor como viceministro de Obras Públicas era ayudar a decidir dónde construir carreteras, y en diciembre fue en la isla de Bali, Indonesia, la voz oficial de El Salvador en la conferencia sobre cambio climático apadrinada por Naciones Unidas. Unas horas antes de subirse al avión que lo llevó al otro lado del mundo, Carlos Guerrero, el ministro de Medio Ambiente, concedió esta entrevista.


El despacho es amplio –amplísimo-, tiene en medio una bonita mesa cuadrada, y sobre ella hay un reluciente huevo de piedra. Pero lo más llamativo de esa sala, sin duda, es que una de sus paredes está formada por cristales, que posibilitan el ingreso de luz natural y permiten al ministro de Medio Ambiente trabajar con un bien cuidado jardín frente a sus ojos. Con ese verdor natural como marco, Carlos Guerrero enumera con convicción los logros en materia medioambiental que el Ejecutivo salvadoreño presentó ante los ojos del mundo en Bali. En su discurso, hay más claros que oscuros, hay autocomplacencia, hay importantes dosis de calculada ambugüedad y hay también promesas para saldar viejas deudas, como el maltrato a los ríos. Escarbando un poco entre sus argumentos, uno se da cuenta del poder de la retórica. Un ejemplo: la promesa de “reducir las emisiones de gases contaminantes” hecha por el Gobierno en septiembre en la sede neoyorquina de Naciones Unidas es, a juicio del ministro, perfectamente compatible con que el país genere cada año más de esos gases. Solo depende del cristal con el que se quiera mirar.

El Protocolo de Kioto se firma en 1997, pero su entrada en vigor se pospone hasta 2005. ¿No se puede interpretar esto como desidia mundial hacia los temas medioambientales?

Yo creo que, siendo este un problema global, amerita soluciones globales. Todos los países del planeta debemos reconocer que el cambio climático es un problema, y que el Protocolo de Kioto es un marco donde se pretende abordar la situación con acciones reales y concretas para reducir las emisiones de gases que producen el efecto invernadero. Es cierto que estamos viendo resultados menos favorables que los que se esperaban, y es que en este tipo de tratados internacionales siempre resulta muy engorroso buscar esas posiciones en las que todos se sientan cómodos. Cada país tiene situaciones particulares, y consensuar no resulta sencillo.

Es fácil dirigir el dedo acusador hacia los países industrializados desde los más pequeños y menos contaminadores, como el nuestro.

Definitivamente es un tema de atención mundial, y los países en vías de desarrollo, que no somos los causantes de la situación pero sí los que nos vemos afectados, creo que debemos alzar nuestras voces, y exigir un compromiso que involucre a ambas partes. Nosotros en El Salvador hemos estado haciendo lo propio, a pesar de no tener obligaciones legales.

Estados Unidos, nuestro socio estratégico en muchos aspectos, es de los pocos países que se negó a ratificarlo. ¿Qué opinión le merece?

Yo respeto la posición soberana de cada país, pero creo que Estados Unidos debe de entender que debe entrar en un marco post-Kioto, ya que, siendo este un tema global, todos los grandes actores tienen que ser parte de la solución. En ese sentido, yo respeto su posición, me consta que han hecho acciones en pro del medio ambiente al margen de Kioto, pero yo estoy seguro de que se logrará unificar criterios.

Ese país nos acaba de reprobar en el indicador medioambiental de los Fondos del Milenio. Es irónico que nos ponga el dedo sin haber ratificado Kioto.

Mire, yo quiero revisar esos índices. Particularmente creo, y no es porque sea el ministro, que lo que este ministerio ha avanzado en este año es importante. El hecho de haber cerrado los botaderos a cielo abierto o que las alcaldías hayan creado sus unidades ambientales debería mejorar nuestros indicadores. Por supuesto que el reto ambiental para un país en desarrollo con 6 millones de personas en 20,000 kilómetros cuadrados es tremendo, y tenemos que entender que el ministerio es joven. Lo que quiero decir con esto es que creo que hemos avanzado. Se ha trabajado en el tema de áreas naturales protegidas, la UNESCO reconoció dos Reservas de la Biosfera.

¿Realmente cree que el país avanza en cuestiones medioambientales?

Sí se está avanzando, aunque no niego que falta mucho por hacer. Por ejemplo, y gracias a las gestiones, particularmente de su servidor, se ha logrado una cooperación del BID. Desde el primer día de mi gestión vi que había que resolver el tema de las aguas negras, que realmente...

Somos el peor país de América. Hasta Haití trata más sus aguas que El Salvador...

No nos comparemos con el resto, comparémonos con lo que tenemos, y la realidad que tenemos hoy es que todas las aguas negras del Gran San Salvador se van al río Acelhuate, y llegan al río Lempa. Esa realidad es así desde hace 60 años y su servidor, convencido de que se puede solucionar el tema, empezó gestiones con el BID para que nos financien un estudio de factibilidad que de una vez por todas diga qué se puede hacer, y cuánto va a costar. Así se podrá soñar con pedir a la Asamblea el aval para un crédito que en el mediano plazo resuelva este tema.

Sobre este y otros temas, estudios hay un puñado, y eso no garantiza la resolución de los problemas.

Pero fíjese que el tema de las aguas negras...

...requiere de unas inversiones fortísimas.

Fuertísimas, definitivamente, pero lo que yo he encontrado es que, en efecto, se hicieron estudios, pero parciales. El problema que encontramos es que el 30% de las aguas negras se descargan ilegalmente en las quebradas, y sanear las quebradas es algo que tenemos que hacer antes de pensar en un sistema de tratamiento, y eso nunca se había pensado así. No tiene sentido construir la planta solo para el 70% de las aguas, ¿me explico? Primero hay que corregir lo otro. Y esta visión, que es una visión integral y por etapas, es la que hemos tratado de traer. Es cierto que había estudios, pero desfasados.

A eso me refiero. Usted presenta como un éxito que se vaya a hacer un estudio, pero no hay garantía alguna de que la Asamblea apruebe los préstamos necesarios.

Pero como funcionario público, y siguiendo el apoyo que el presidente Saca nos ha dado, mi compromiso con el país es tratar de hacer un proyecto que sea financiable.

¿Habla de crear un nuevo impuesto?

Independientemente de cuál es la solución operativa, estoy seguro de que si al pueblo salvadoreño se le explica que hoy por hoy no paga por el tratamiento de las aguas negras, si se le explica que van a parar a los ríos, si se le explica que para no seguir contaminando nuestro río Lempa va a tener que pagarse una tasa, yo creo que el pueblo salvadoreño estaría dispuesto, por lo menos a analizarlo.

Retomemos el Protocolo de Kioto y las discusiones de Bali. ¿Qué le dirá sobre El Salvador a la comunidad internacional?

Hay tres temas fundamentales, si atendemos a los orígenes de los gases invernadero. Uno es la producción de energía eléctrica, lo que se llama la matriz energética, que en el caso de El Salvador es bastante limpia si se compara con el promedio; el 60% de la energía que consumimos proviene de fuentes renovables. Pero ojo con este tema, porque la demanda crece cada año el 9% y, aún con las inversiones en energías renovables, siempre vamos a necesitar energía térmica. Ahí es donde la planta de carbón, que aunque no podemos negar que emite gases de efecto invernadero, es necesaria para poder suplir la demanda. Lo que está haciendo el ministerio es garantizar que por cada tonelada de CO2 que emita nos la compensen con reforestación o eco-eficiencia.

Luego hablaremos de la planta de carbón, pero me dijo que eran tres temas los que llevará a Bali.

El segundo rubro son los gases que vienen del parque vehicular.

Y ahí no estamos tan bien...

No estamos tan bien, pero lo importante es lo que estamos haciendo. Este año por primera vez logramos iniciar un proceso para instalar unas bases permanentes de monitoreo de las condiciones del aire en San Salvador.

Señor ministro, llevo oyendo hablar de esas bases al menos desde hace años. ¿No es el proyecto que se hace con dinero del BID aprobado en 1999?

Sí, pero... Yo le prometo que lo voy a llevar cuando esté operando la cuestión.

Hace años se anunciaron que hasta se instalarían en ciudades como San Miguel y Santa Ana.

Ahí ya no, pero el proyecto va. Ya tenemos hasta dónde se van a instalar: uno en la Asamblea Legislativa, otro en el MAG, otro en Apopa... Espero poder llevarlo en el primer trimestre de 2008.

Bueno, ¿y el tercer eje del que hablará en Balí?

El tercero es el tema de la deforestación evitada, porque el cambio de uso de suelo es el otro gran generador de gases de efecto invernadero. Y este tema, lo que plantearemos como país, y como región, es que entre dentro del Protocolo de Kioto, hoy por hoy, evitar la deforestación no entra.

Pero sí se pueden vender a países industrializados proyectos de reforestación, ¿no?

Sí se pueden meter, pero de 1990 para acá. Por ejemplo, el bosque cafetalero del país, que tiene 50 o 100 años, no se puede incluir, y solo se está certificando en el mercado voluntario, donde se paga menos.

Lo que se tiene ya son cuatro proyectos de empresas radicadas en el país avalados por Naciones Unidas para la venta de certificados de reducción de carbono.

Cinco.

¿Está seguro? En la web de Naciones Unidas...

Hay cuatro aprobados, y uno en prueba.

O sea, cuatro aprobados.

Pero el otro ya está allá.

A donde quiero llegar es que todos son por iniciativa de empresas privadas. Como gobierno, más allá de las firmas necesarias, ¿qué se ha hecho para incentivar este tipo de proyectos?

Le comento. Aparte de esos cinco proyectos, tenemos otros ocho que ya están trabajando con el ministerio para poder darles la carta, para que procedan.

Pero de iniciativa privada todos, ¿no? ¿Cuál es el papel de Gobierno?

Nuestro papel ha sido promover e incentivar. Tenemos, por ejemplo, dentro del marco de producción más limpia, la promoción de energías renovables, y por eso se aprobó, junto con el Ministerio de Economía, una ley de incentivos para proyectos de menos de 20 MW. Y adicionalmente, estamos trabajando para poder promoverlo a escala regional, así que yo creo que vamos por buen camino a pesar de ser un tema bastante nuevo.

¿Nuevo? Las reglas están escritas desde 1997.

Cuando digo nuevo me refiero a que las empresas vean el potencial.

¿Y por qué las empresas lo están viendo ahora y no hace cinco años?

El protocolo se firmó en 1997, pero la ratificación tardó, y luego hubo que esperar a que creciera ese mercado bursátil de certificaciones dentro de las energías renovables. ¿Y qué pasa ahora? Que todos los países europeos andan preocupadísimos por cumplir sus metas, y ahora es cuando está habiendo movimiento. Lamentablemente, el humano siempre espera hasta última hora, y eso es lo que ha pasado en este tema.

Quizá yo sea demasiado ingenuo, pero cuando veo el cerro Nejapa pelado, me pregunto por qué el Estado no tiene un plan propio para reforestarlo. Los incentivos de Kioto abaratarían el proyecto.

Le quiero comentar una cosa. Tenemos ahorita un proyecto con el Gobierno de Japón para reforestar 600 manzanas de la cuenca media del río Lempa. También te voy a invitar, cuando vayamos con el señor embajador, para que lo conozcas. Además, se está trabajando que la compensación ambiental sea vía reforestación, y los planes de manejo de las áreas naturales tienen un significativo componente de reforestación.

Japón financia ese proyecto, España pagó las carpetas técnicas para solicitar el nombramiento de las Reservas de la Biosfera...

Así es.

Se puede interpretar que lo medioambiental no es prioritario para el Gobierno. En 2008 Medio Ambiente pasa a ser el ministerio con menor presupuesto.

No es cierto, eso no es cierto.

Sí lo es según el anteproyecto que el Gobierno envió a la Asamblea...

Pero es que en ese anteproyecto no están todas las donaciones que hemos conseguido.

¿Y por qué no están?

Porque es donación.

Las donaciones de España al Ministerio de Educación sí aparecen.

Pero van a aparecer. Una cosa son los fondos del Gobierno (GOES) y otra las donaciones. Posiblemente, lo fondos GOES sean menos que el año pasado, pero el presupuesto total es mayor.

Suponiendo que sea como usted dice. ¿No cree que es significativa esa dependencia de las donaciones?

No le entiendo. ¿Usted me quiere decir que el Gobierno no está dando importancia al Ministerio de Medio Ambiente?

Pues sí.

Pero yo se lo estoy demostrando con hechos, no con palabras. Es un hecho que cerramos los botaderos, es un hecho que estamos haciendo declaratorias de áreas naturales protegidas, y es un hecho que tenemos dos Reservas de la Biosfera. Todo esto dice totalmente lo contrario a lo que usted dice, independientemente del presupuesto. ¡Se lo estoy demostrando con hechos!

Yo también le puedo decir que, en el continente, el país solo está por encima de Haití en el índice medioambiental que elaboran las universidades de Yale y Columbia...

¿Y qué indicador es ese?

Uno que evalúa en cuestiones medioambientales a la mayoría de los países del mundo, y establece un ránking.

Pues no lo conozco.

El Banco Mundial acaba de sacar un estudio que señala al país como el que menos trata sus aguas residuales.

Y ya estamos trabajando para, por lo menos, darle rumbo a este tema.

El país no tiene aún un sistema para el control de la emisión de gases de los vehículos.

Ningún país de Centroamérica lo tiene, igual que ningún país de Centroamérica ha resuelto lo de las aguas negras. Entendamos de dónde venimos y, por supuesto, esto va a ser gradual. Yo no espero en un año de mi gestión resolver todos los problemas medioambientales, y sinceramente creo que en un año, con todo respeto, he hecho mucho, con responsabilidad y con trabajo. Y esas son mis credenciales, aunque por supuesto que falta mucho por hacer.

Mis preguntas no se refieren estrictamente a su año de gestión.

Lo que sí quiero dejar bien claro es que nuestro país es un país de estigmas, y esto es bien triste. Los ticos, por ejemplo, siempre se ponen estigmas positivos, pero nosotros, y eso es lo que tenemos que cambiar, nos ponemos estigmas negativos.

¿Con eso quiere decir que en materia ambiental los ticos y nosotros estamos igual, pero ellos lo publicitan mejor?

No, yo no estoy diciendo eso. ¿Yo he dicho eso? Lo que yo digo es que ellos, por ejemplo, venden muy bien su ecoturismo, y es mucho más limpia la matriz energética salvadoreña que la de Costa Rica. Pero ellos se venden mucho mejor.

Pero señor ministro...

Yo estoy consciente de dónde estamos, pero también estoy consciente de hacia dónde quiero yo llevar este ministerio. Yo no puedo cambiar el pasado, pero sí quiero poner mi granito de arena para el futuro. Hay una manera positiva de ver las cosas.

Este año se inauguró una central térmica de Talnique, y ya se habla de otras plantas en La Unión para quemar carbón y gas. Son proyectos que van en la dirección opuesta a Kioto.

Esas plantas estarían produciendo dentro de cinco años, y a un ritmo de crecimiento anual de un 9% en la demanda de energía, ¿cómo vamos a poder suplir esa demanda? ¿Y cómo es posible que países desarrollados con una matriz dependiente en un 90% de la energía térmica nos van a decir que nosotros no podemos producir si ahora tenemos apenas el 40%?

Pero por el volumen de producción, parece que estas empresas lo que pretenden es exportar energía, no solo para consumo interno.

No creo. Es cierto que se está trabajando en un sistema de integración energética, pero eso es parte de la integración regional...

Todo apunta a que en una década El Salvador dependerá más de los combustibles fósiles.

No creo, porque están las inversiones en las represas de El Chaparral y Cimarrón, además de otras inversiones en energía geotérmica.

El presidente Saca se comprometió en septiembre ante Naciones Unidas a reducir las emisiones de dióxido de carbono un 17%. Eso dijo.

De unos 9 millones de toneladas que se producen se van a reducir casi 1.5 millones.

¿Cómo va a haber menos emisiones con megaproyectos como esos?

Ojo, ojo, permítame. Esas cifras son la información oficial que salió de la primera comunicación que, en el marco de la comisión del cambio climático, salió sobre este país, y es lo que hicieron todos los países del mundo. Ahora se está trabajando en la segunda comunicación.

¿De cuándo son los datos de esa primera comunicación?

Le mentiría, no tengo el dato.

Son de 1994.

Son de hace algunos años, sí, pero ese es el dato oficial, que señala que el país produce 9 millones de toneladas de gases de efecto invernadero. Ya se está trabajando con el PNUD para actualizar esos datos.

Pero a ver, a pesar del crecimiento en la demanda energética, el presidente dijo ante la ONU que se van a reducir las emisiones.

Usted no me ha entendido.

Entonces, ¿no se van a reducir?

¡Cómo no! El 17% sale de esos 13 proyectos que se espera que Naciones Unidas nos certifique dentro del Protocolo de Kioto. Es que ese es el propósito de Kioto: reducir a través de la certificación...

A pesar de que surjan otros 40 proyectos que contaminen el triple de lo que se reduce.

Señor, lo que pasa es que hay que hacer un corte.

Usted habla de reducir las emisiones, pero creo que sabe que El Salvador dentro de 10 años va a producir más CO2 que hoy.

Bueno, no lo puedo confirmar. Hoy por hoy, no lo puedo decir, porque no tengo una bola mágica.

Señor ministro, más parque vehicular, más empresas, más consumo de energía...

Por supuesto. Pero el discurso del señor presidente ante Naciones Unidas es correcto.

Este es el periodismo que se está haciendo en un país como El Salvador, en el centro de Centroamérica. Formo parte de la generación autodidacta, la que partió de cero, la que partió de la guerra civil, y la que carece de referentes locales. Por ello, internet es la herramienta indispensable para dar a conocer lo que por acá se está haciendo, y sus comentarios son especialmente bienvenidos.

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