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05Abr, 2009

Entrevista con Gervasio Sánchez

Escrito por: robertogasteiz el 05 Abr 2009 - URL Permanente

“No me gusta la etiqueta de periodista comprometido”


Por Roberto Valencia

El periodista español Gervasio Sánchez llegó a El Salvador por primera vez en octubre de 1984. Tenía 25 años. Licenciado apenas unas semanas antes, su llegada no fue casual. En 1983 se había integrado en la ONG Amnistía Internacional, y a él se le había encomendado estar pendiente de la que entonces era una de las zonas más convulsas del planeta: Centroamérica. Vino para ver con sus propios ojos si era verdad todo lo que había leído en informes. Lo intentó primero en Guatemala, pero la inseguridad le impresionó tanto que no se atrevió a ejercer el periodismo. “Fue El Salvador donde comencé a ver la guerra.”

El reconocido fotoperiodista Gervasio Sánchez ha regresado a El Salvador por enésima vez en marzo de 2009. Tiene ya 49 años. En el cuarto de siglo transcurrido logró labrarse un currículum como periodista especializado en conflictos armados que impresiona. Hace apenas dos días fue inaugurada una exposición con fotografías suyas en la sede neoyorquina de Naciones Unidas. Y en el largo listado de reconocimientos que salpican sus últimos 15 años de carrera destacan por su importancia el Premio Rey de España que le acaban de conceder y el Premio Ortega y Gasset que recibió en 2008.

Esta entrevista se desarrolló en su hotel, apenas un par de días después de la victoria de FMLN en las elecciones presidenciales. Gervasio no se hospedaba en el Radisson o en el Sheraton. Fiel a un estilo de vida que él defiende como coherente con la profesión que eligió, la cita fue en el hotelito que hay en la parte superior de Puerto Bus, sobre la alameda Juan Pablo II. Llegó puntual, vestía sencillo: unos jeans azules y una camisa de manga corta a rayas desabotonada en su parte superior. Durante más de una hora respondió preguntas sobre sus coberturas en El Salvador y el mundo, sobre el periodismo de ayer y hoy y sobre “Vidas minadas”, su proyecto gráfico enfocado en las consecuencias de las minas antipersonales. Lo inició en 1995 y aún sigue abierto. Entre los siete protagonistas principales de sus historias hay de hecho un salvadoreño llamado Manuel Orellana, amputadas las dos piernas, casado, cuatro hijos y vecino de Apopa. Entre otras cosas, Gervasio estuvo con él una vez más durante su última visita.

“Soy más conocido como fotógrafo, lo cual me molesta mucho, porque creo que también he escrito buenos reportajes.” Y es que aunque los principales premios los ha recibido por sus trabajos gráficos, Gervasio optó desde sus inicios por una concepción integral del reportero de guerra –etiqueta que tampoco le gusta– como alguien capaz de tomar buenas fotografías, escribir buenas crónicas y hacer despachos de radio o de televisión dignos. Ahora también le ha entrado al mundo de los blogs.

¿En qué faceta se siente más cómodo?
Yo empecé en el periodismo desde muy joven y lo hice sin apoyarme en ningún medio de comunicación, viajaba con mi propio dinero. Y no es que fuera rico, sino que trabajaba como camarero en el verano y después viajaba durante varios meses.

Hablamos de inicios de los ochenta, ¿no?
Finales de los setenta y principios de los ochenta, cuando comencé a estudiar Periodismo. Yo tenía 19 o 20 años y me sentía ya atraído por ir a los sitios donde pasaban las cosas, aunque era consciente de que si quería llegar a El Salvador o a Guatemala difícilmente un medio de comunicación me hubiera enviado. Entonces, desde muy joven empecé a escribir como había aprendido en la universidad. Con la fotografía, nunca he hecho un curso, todo lo que sé es por mi experiencia sobre el terreno y por haber conocido quizá a los mejores fotógrafos del mundo. Desde el principio entendí que para sobrevivir en este oficio con la fotografía solamente iba a ser difícil, con el periodismo escrito solo, también muy difícil, y con el radiofónico, lo mismo. Por eso siempre intenté apoyar mi mesa de trabajo en diferentes patas, bien sujetas, y que además tuvieran que ver con distintos medios.

Suena a necesidad, no a elección.
Creo que fue una estrategia. Sabía que si escribía, tomaba fotos y hacía radio, podría llegar a los sitios que me interesaba estar.

Pero no me ha respondido: ¿en qué faceta se siente más cómodo?
Soy más conocido como fotógrafo, lo cual me molesta mucho, porque creo que también escribo decentemente y que he escrito buenos reportajes. En la revista Magazine del diario La Vanguardia, con la que trabajo ahora, siempre van mis fotos y mis textos. Entonces, sí, soy más conocido como fotógrafo, he hecho una serie de trabajos que tienen una cierta consistencia, pero creo que he trabajado temas interesantes en el periodismo escrito y también en el radiofónico.

¿Es cierto que una imagen vale más que mil palabras?
Es una frase hecha y una referencia en el mundo del fotoperiodismo. Lo que yo pienso es que una fotografía tiene algo que no tiene un texto: no necesita traducción. En una sociedad de la imagen como en la que estamos, una fotografía hecha en El Salvador o de la guerra de Iraq se puede entender en cualquier parte del mundo. La imagen tiene esa de magia que permite ser transmitida universalmente. El texto, incluso el mejor de todos, necesita ser traducido a otros idiomas.

¿Qué le trajo esta vez a El Salvador?
Estoy realizando un proyecto sobre desaparecidos, sobre la desaparición forzosa. He estado en Chile, en Argentina, en Perú, en Colombia, en Guatemala, en El Salvador, en Iraq, en Bosnia, en Camboya... Y todo esto va a cristalizar en una exposición. Aquí estuve en noviembre, con la Asociación Pro Búsqueda y otras instituciones que se dedican a buscar desaparecidos. Y bueno, aprovechando que había unas elecciones importantes, convencí a una serie de medios de la importancia de cubrir esta historia y de paso, trabajar unos días en el proyecto.

¿El Salvador es un país más o tiene algún significado especial para usted?
Este viaje lo concibo como el fin de un ciclo que empezó hace 25 años. Yo llegué a El Salvador en octubre de 1984, cuando aquí se comenzaba a hablar de paz. En la década de los ochenta estuve muchas veces. Estuve en las elecciones que ganó Alfredo Cristiani, una jornada electoral a tiro limpio, muy diferente a la del 15 de marzo. Murieron tres periodistas esos días, dos salvadoreños y un holandés. También regresé para la ofensiva de 1989, para el entierro de los jesuitas, cuando se firmó la paz en enero de 1992.

¿Y terminada la guerra?
He regresado para trabajar un proyecto llamado “Vidas minadas”, sobre personas mutiladas por las minas. Uno de los siete protagonistas es un salvadoreño que vive en Apopa.

¿Y cómo ha visto la evolución del país en 25 años transcurridos desde su primera visita?
El Salvador es un país donde los ciclos son muy largos. Se comenzó a hablar de paz en 1984, en La Palma y Ayagualo, y se firmó más de siete años después. Y en 1992 terminó la guerra, pero me da la sensación de que la posguerra duró hasta el 15 de marzo. Por fin ha habido una alternancia política, sorprendentemente bien digerida por todo el mundo, incluso por ARENA y por la derecha mediática. La posguerra acabó cuando Rodrigo Ávila anunció que en la política unas veces se gana y otra se pierde. ¿Y qué he visto en El Salvador? Es un país que conozco muy bien y que hoy está inmerso en una situación de violencia estructural tremenda. Aquí hay que hacer un gran esfuerzo para sacar armas de las calles e intentar que el país no sea democrático solo en su estructura electoral, sino también democrático en las calles, que se pueda vivir en las colonias sin estar atrincherados.

Luego regresaremos a El Salvador, pero antes cuénteme cómo alguien se llega a especializar en conflictos bélicos.
Es algo que me preguntan mucho en las universidades, creo que porque se idealiza esta especialidad. A mí, en realidad, no me gusta la etiqueta reportero de guerra, por dos razones: una, porque hay mucha gente que se autoproclama reportero de guerra sin haber conocido la guerra; y dos, porque tengo demasiados amigos muertos como para vanagloriarme o intentar expresar con una etiqueta este mundo. Pero respondiéndote, a una especialización se llega después de años o décadas trabajando de una manera obsesiva. Yo llevo más de 25 años trabajando en zonas de conflicto, y creo que esto me permite decir que soy un especialista en conflictos armados.

Y en su caso fue buscado de forma expresa.
En mi caso sí, incluso antes de llegar a la universidad ya sabía que quería estudiar periodismo para irme a donde había conflictos armados. Para mí siempre ha sido muy importante viajar y ver las cosas con mis propios ojos.

Ha cubierto conflictos en África, América, Europa y Asia. ¿Es cierto eso de que todas las guerras son iguales?
Los que siempre son iguales son las verdaderas víctimas de las guerras, que son los civiles. Las guerras las protagonizan los civiles, las sufren los civiles y sus principales víctimas son civiles, cuando muchas veces ni saben por qué se lucha en su país. A veces, ni los combatientes lo saben. Recuerdo que en El Salvador, tanto cuando estaba con el ejército como cuando estaba con la guerrilla, les preguntaba ¿por qué luchas?, y muy pocas veces un soldado o un guerrillero sabía decirme por qué.

¿Cuál es el conflicto más absurdo que le ha tocado vivir?
No me gusta comparar conflictos porque parece como si las víctimas fueran de primera y segunda categoría. Para mí, lo más grave de un conflicto es cuáles son los intereses para que dure. ¿Quién se beneficia de la venta de armas? ¿Quién se beneficia con los intercambios comerciales que generan los conflictos? ¿Quién se lleva el petróleo o quién se lleva los diamantes? ¿Quién es el responsable de que una decisión pueda costar la vida a miles de personas?

Pero esas respuestas no están sobre el terreno, ¿o sí?
Bueno, es discutible. Sobre el terreno yo vi que los guerrilleros sierraleoneses recibían armas a cambio de diamantes, y las armas venían de Europa. No es solo Estados Unidos, también Francia, Inglaterra, Alemania o hasta mi país, España, que es la octava potencia mundial en cuanto a venta de armas. La guerra es un gran negocio, y los que quieren hacer negocio se acercan a las guerras.

¿Cree en el bien y en el mal?
Lo que pienso es que en medio de un conflicto es muy difícil saber dónde está la verdad. Los periodistas siempre tratamos de buscar la verdad, quién tiene la razón, qué pasa en el lugar... Y yo he llegado a una conclusión: como es tan difícil conocer la verdad porque es la primera víctima de una guerra, otra frase hecha, siempre me acerco a las víctimas. Las víctimas son la única verdad incuestionable de las guerras, y cuanto más cerca esté de las víctimas, más cerca estaré de la verdad.

Regresemos a El Salvador. ¿Fue su primera salida como periodista?
Bueno, en 1982 había estado cubriendo desde Israel la invasión del sur del Líbano. Y aún antes, estando de vacaciones en Turquía en 1980, viví un golpe de Estado muy duro. Pero la primera vez que me encontré la guerra de verdad fue en El Salvador. Venía de Guatemala, pero allí no me atreví por lo mal que estaban las cosas. Entonces, sí, aquí es donde comencé a ver la guerra de verdad.

He visto una foto suya de soldados acuchillando cadáveres de guerrilleros en Soyapango. ¿Es lo peor que vio acá?
No, lo peor era cuando me encontraba con soldados que llevaban orejas colgadas de sus cinturones. Eso ocurrió aquí, yo vi cómo lo hacían durante la ofensiva de 1989. La foto que tú mencionas es de unos soldados de las fuerzas especiales, paracaidistas, y fue la portada de Diario 16, un periódico de España ya desaparecido. Lo que pasó ese día allí fue bastante feo, aunque para mí fue más terrible la masacre de los jesuitas.

¿Se sienten de manera especial las muertes de los colegas periodistas?
La muerte de un compañero es lo más terrible que he podido vivir en una guerra, sobre todo cuando he estado presente. En Sierra Leona tuve que identificar el cadáver de Miguel Gil, uno de mis mejores amigos, al que mataron en una emboscada. Aquí, en El Salvador, en 1989 mataron a Cornel Lagrouw, un camarógrafo holandés muy simpático. Julio Fuentes en Afganistán... De alguna forma te das cuenta de que es una lotería. Ellos murieron, pero uno tiene que dedicarse a consolar a viudas, madres, llamarlas en los aniversarios, que sepan que nos seguimos acordando de sus maridos o hijos. Es muy duro, es lo peor.

¿Cuántos países habrá visitado?
Un centenar. No todos en guerra, por suerte.

Y en El Salvador ha visto lo que ha definido como la prensa más extremista del mundo.
Ojalá, tras las elecciones, El Diario de Hoy sea capaz de hacer un gran esfuerzo por situarse en un país que quiere modernizarse. No se puede hacer una campaña tan brutal y escandalosamente sucia como la que se hizo aquí. Y también debería de modernizarse ARENA. Una de las cosas que primero deberían de cambiar es su himno, que cuando la gente viene de fuera, y lo escucha, se escandaliza. Un amigo me decía: “¡Pero en qué mundo vive esta gente!” Y el himno se podría mantener quitando dos o tres frases que hablan de un mundo absurdo. El Salvador, la tumba de los rojos. Es un discurso que hoy ya no utiliza ni el más extremista de los nazis europeos.

Si le pidiera que se identificara políticamente, ¿se ubicaría en la izquierda?
No, no. Yo, de hecho, nunca he votado por un partido en mi país. Yo en lo que creo es en mejorar la vida de la gente. No es posible que un porcentaje altísimo de la población salvadoreña viva en la miseria absoluta. Y si un gobierno en 20 años apenas ha avanzado en este tipo de mejoras, pues creo que hay que dar la oportunidad a la oposición, a ver qué hacen. Pero no lo veo como una cuestión de izquierdas o derechas. Cuando los sandinistas ganaron las elecciones en Nicaragua, yo era muy joven, pero luego vi lo que hicieron.

Y como periodista, ¿cómo hace cuando un medio le quiere imponer un enfoque?
Yo trabajo con los medios que respetan mi trabajo, y sobre todo, que respetan a los protagonistas de mi trabajo.

Eso ahora, para el Gervasio ganador de premios, pero ¿fue así siempre?
Siempre ha sido así. Yo siempre he trabajado con medios y he dejado de trabajar con otros por las motivaciones. Mi mesa de trabajo, como te decía, se apoya en medios diferentes y de distintas ideologías. Y los cambio en función del respeto hacia mi trabajo.

Afortunado, pero supongo que se sabrá excepción dentro del gremio...
Bueno, ahora estamos en una crisis económica que afecta a los medios, pero a mí no me parece más que una justificación. Lo que yo creo es que lo que está en crisis es el concepto de periodismo. Los periodistas desde hace años se han dejado comer terreno por personas, por instituciones, por gobiernos y por políticos, gente que no es del mundo del periodismo. Las entrevistas que se hacen a los políticos son cada vez más de cuestionario, hay conferencias de prensa en las que no dejan hacer preguntas. ¿Pero cómo en una conferencia de prensa no va a haber preguntas? Es absurdo, pero pasa. Y los periodistas, en vez de decir la próxima vez no venimos, aguantan lo que haya que aguantar, no se atreven, porque las empresas posiblemente no se lo permitan.

A pesar de las mejoras tecnológicas, ¿cree que el periodismo está mejor que hace 30 años?
El periodismo ha sacrificado algo muy importante, como lo es el gran reportaje. La excusa que adoptan para reducir el espacio los que toman decisiones es que ya nadie quiere leer un gran reportaje. ¿Pero cómo que nadie quiere leerlo? Entonces, nadie querría leer libros, ¿no? Eso de que el gran reportaje no interesa es una excusa, lo que está detrás es que son caros de producir. Es un tipo de periodismo muy importante, y lo echo de menos. La tecnología ha permitido que todo el mundo haga las mismas crónicas, que todos vayan al mismo sitio a informar a través de las mismas fuentes y que casi todo lo que se lee, se ve y se escucha sea muy parecido.

Su trabajo sobre las minas le ha valido destacados premios. ¿Qué relación mantiene con los protagonistas de sus fotografías?
La relación está siempre en función del tipo de proyecto. Cuando es a largo plazo, tiene que ser muy profunda. Como fotoperiodista, voy a llegar a sus casas cuando estén comiendo, durmiendo, paseando... Y para eso hay que establecer una buena relación. El proyecto “Vidas minadas” lo empecé en 1995 y acabé la primera parte en 1997. En 2002 publiqué la segunda parte, y en 2007, la tercera. Con el proyecto de los desaparecidos pasa algo parecido. Decía Ryszard Kapuscinski que nadie puede escribir bien sobre alguien si no conoce su historia. Los protagonistas deben tener voz y cara y nombres y apellidos.

¿Y cómo se lleva el buen vivir con las historias crudas que nos presenta?
Yo sigo trabajando como periodista independiente, me sigo autofinanciando.

Pero seguro que ha conocido buenos hoteles y restaurantes, que ha viajado en primera.
Mantengo esa idea de que hay que acercarse a la gente para conocerla, y desde un hotel caro y con aire acondicionado cuesta más salir a la calle. Por ser yo quien me pago mis gastos siempre he sido muy riguroso y evito los excesos. Claro que a veces me han invitado a hoteles muy caros, pero casi siempre que voy a trabajar sobre el terreno vivo de manera muy cercana a la vida normal de la gente.

¿Cuesta resistirse a entrar en el círculo de las comodidades?
Tener una buena situación financiera a nadie le disgusta, creo yo, pero en mi caso estoy cómodo haciendo la vida que hago.

Un crítico podría echarle en cara que se está lucrando con la miseria ajena.
Toda crítica es aceptable, pero muchas veces hay mala intención. El periodismo es la profesión en la que más envidias hay, pero lo que trato de hacer es un trabajo decente. Además, después de 30 años vivo de una manera que difícilmente alguien podría decir que me he lucrado. Y luego está la satisfacción de que muchas personas se hayan beneficiado de la recaudación de “Vidas minadas”, ya que renuncié a todos los derechos de autor.

¿Y cómo le surgió esa obsesión por las minas antipersonales?
Cuando lo empecé a trabajar ya llevaba muchos años en conflictos. Recuerdo que en 1989, cuando la ofensiva, una de las preocupaciones de los periodistas en El Salvador eran las minas. Entonces, la mina era un arma más, como el fusil, el cuchillo, el mortero o las bombas de 500 libras. Lo más sorprendente fue saber que la mina, que es un arma de guerra, perjudica sobre todo a partir de que se logra la paz y regresan los desplazados. Aquí se hizo un esfuerzo responsable, pero en otros países, como Nicaragua, no. En Camboya hay una media de tres o cuatro mutilados diarios. Y Colombia es el país que hoy día tiene el mayor número de afectados por minas al año, y casi todos son civiles.

Su discurso por el Premio Ortega y Gasset digamos que fue políticamente incorrecto.
No planteé nada del otro mundo.

Delante de medio gabinete de gobierno dijo que España es un país exportador de muerte.
Estamos hablando del gobierno del Partido Socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, que ganó las elecciones contra la guerra, que se benefició de un estado de opinión contra la guerra de Iraq. ¿Y cómo se explica que durante su gobierno se duplique la venta de armas a países extranjeros? Es una doble moral absoluta. España ha vendido armas a la Indonesia de Suharto cuando estaba matando a gente en Timor Oriental, el gobierno de Felipe González permitió la venta a Iraq e Irán durante la guerra que los enfrentó, y el gobierno de José María Aznar...

Visto así, ¿no le queda la sensación de que tanta denuncia no sirve para nada?
Yo solo soy un periodista. Incluso me molesta muchísimo cuando me llaman periodista comprometido. Lo mismo que no acepto la etiqueta de reportero de guerra, tampoco me gusta la de periodista comprometido. El periodismo debe ser compromiso por definición y puede ayudar a cambiar cosas, puede ayudar a mejorar las cosas. El problema es que la profesión cada vez está más embaucada en políticas mediáticas, en historias de grandes negocios. Cuando recibí el Ortega y Gasset hice un discurso que para mí era obligatorio, porque hablé en nombre de las víctimas. Tuvo repercusión por las autoridades que había allí, pero no dije ni una sola palabra soez.

Dijo que se avergonzaba de sus representantes políticos, en su cara.
Porque la venta de armas desde España a países en conflicto se ha promovido desde todos los gobiernos que ha habido tras la muerte de Franco, sean de derecha o de supuesta izquierda.

¿Y no le generó problemas?
Pues tuvo mucha repercusión, pero no he tenido mayores problemas. De hecho, me acaban de otorgar el Premio Rey de España. Yo no voy al psicólogo, a pesar de todas las cosas que he sentido en mi vida, pero cuando tengo ocasión de decir las cosas como las pienso, las digo. Me da igual quién esté enfrente. Y si me trae cosas negativas, pues mala suerte. Pero hasta el momento, sinceramente, no me ha pasado.

Entre periodismo escrito y gráfico, ¿dónde pesa más la ética?
Igual. Yo trabajo de la misma manera cuando hago una entrevista, cuando tomo una fotografía o cuando he hecho documentales. La ética tiene que estar muy presente en la vida de un periodista haga lo haga, incluso si trabaja en internet o si hace un blog. Nadie puede usar el periodismo para injuriar o decir mentiras desde el anonimato. Un blog debería ser tan serio como una gran revista de crónicas, como New Yorker.

La última. En sus fotografías usted muestra las secuelas de la violencia de forma explícita. ¿Qué opina de la autocensura de los medios en ese sentido?
Me parece alucinante lo que ocurrió con la fotografía que ganó este año el World Press Photo, que no había sido publicada. No estoy a favor de publicar cualquier imagen, pero eso fue enmascarar la realidad. Pondré un ejemplo: lo que se publicó sobre los bombardeos israelíes en Gaza es una mínima parte de lo que ocurrió. Había imágenes de niños con las cabezas cortadas, niños destrozados... Eso pasó y se fotografió, pero no se publicó. En la agencia AP, donde muchos editores son amigos míos, evalúan si el hecho tiene interés informativo y tratan de evitar la sangre por la sangre. Pero la de la fotoperiodista salvadoreña no puedo entender por qué no se publicó, porque es impresionante y representa una situación que se vive en El Salvador. No publicar una fotografía en la que hay una persona muerta y unos niños mirando es censurar la realidad del país.


Esta entrevista se publicó el 5 de abril en la revista Séptimo Sentido, de El Salvador. Puede verla pulsando aquí (páginas 12 a 17).

15Feb, 2009

Entrevista con Julio Villanueva Chang, fundador de la revista Etiqueta Negra

Escrito por: robertogasteiz el 15 Feb 2009 - URL Permanente

“Hay cronistas triviales, pero la crónica no es trivial”


El argentino Martín Caparrós la ha definido como el género de no ficción donde la escritura pesa más, donde más y mejor se aprovecha la potencia del texto. La mexicana Alma Guillermoprieto, respaldada también por una larga trayectoria, la presenta como una forma de vivir la vida y la escritura. Gabriel García Márquez, genio de la concisión, se aventuró con un sugerente juego de palabras: es un cuento que es verdad. El entrevistado de hoy la presentará como un gran reportaje muy bien escrito.

Todas estas definiciones se refieren a la crónica, el gran género periodístico.

Hay más, casi tantas como verdaderos cronistas. Sin embargo, la crónica sigue siendo un terreno resbaladizo donde los límites no están claros, donde el debate entre si debe priorizarse fondo o forma todavía palpita, donde es notorio el abuso en la primera persona, donde aún hay mucho margen para la sorpresa. Esta revista, Séptimo Sentido, nació hace poco más de medio año, y en su hoja de ruta está convertirse en un escaparate para la crónica. Y ese es, de hecho, la excusa y el objetivo principal de esta entrevista: hablar sobre periodismo, sobre crónica y sobre cronistas con una de las personas que más ha trabajado por el género en la última década.

Hoy es 30 de enero, viernes, y faltan unos minutos para las 7 de la noche. Esto es Cartagena, Colombia. En concreto, estamos en una de las mesas al aire libre de la plaza de Santo Domingo, un concurrido punto de reunión donde destaca una voluptuosa señora esculpida por Fernando Botero. Casi todos los turistas quieren llevársela en sus cámaras. La pintoresca ciudad caribeña está estos días inmersa en un festival llamado HAY que ha logrado concentrar a buena parte de los cronistas más respetados de Latinoamérica. Por aquí están pesos pesados como Caparrós o Guillermoprieto, como el mexicano Juan Villoro o como el colombiano Alberto Salcedo. También ha regresado a Cartagena un peruano llamado Julio Villanueva Chang. Viste cómodo, luce una tímida barba salpicada por canas y unos lentes de color rojo singularizan su rostro. Él será el entrevistado. Ha pedido limonada. Apenas mirará a los ojos del entrevistador.

En julio del año pasado, el diario español El País se interesó por el aparente boom de la crónica en América Latina. En un amplio reportaje publicado en Babelia, su suplemento cultural, calificaron a Villanueva Chang como el “gurú-editor” de la nueva generación de cronistas. A la base del calificativo está que este peruano fundó allá por 2002 la revista Etiqueta Negra, uno de los incuestionables y escasos referentes cuando se habla de periodismo narrativo. Camino de los 42 años, Villanueva Chang tiene un currículum en el que, además de Etiqueta Negra, destacan sus dos libros sobre crónicas y perfiles (“Mariposas y murciélagos” y “Elogios criminales”, ninguno de los dos a la venta en El Salvador), sus artículos publicados en medios como Gatopardo, El País, Soho o Reforma, sus talleres, cursos y charlas impartidos en universidades y medios de comunicación de Estados Unidos, Latinoamérica y Europa, su premio a la mejor crónica otorgado de 1995 por la Sociedad Interamericana de Prensa...

Merecía la pena sentarlo para platicar con él sobre la crónica.

¿Atraviesa el periodismo un buen momento?

¿Es una broma?

Para nada.

Pues en tiempos en los que las noticias llegan en forma de alertas de mensajes de texto a tu teléfono celular, sea un iPhone o un modelo barato con cámara, o que desde ellos puedes enviar videos en tiempo real de lo que estás haciendo en una cocina, no puede haber más que una gran incertidumbre sobre el sentido del periodismo y sobre cuál será la ocupación de un reportero de agencia en el futuro. Para un empresario de medios de prensa, y sus asesores, la mayor preocupación sigue siendo inventar una estrategia publicitaria para ganar dinero o, al menos, para no perderlo. Y los gurús de la comunicación no pueden quejarse porque son los que tienen más trabajo durante esta temporada de despidos masivos a periodistas y de reorganización de las empresas de comunicación.

El periodista es el que tiene las de perder...

¿Qué perfil de periodista necesitamos en tiempos en los que las noticias ya no son dictadas por los medios de comunicación tradicionales, sino por redes sociales como el Facebook? ¿En qué clase de publicación acabará uno trabajando en unos cinco años? Una tendencia actual es invertir en los diarios electrónicos con reporteros y editores multimedia, y esto es más o menos igual en las televisoras y en los periódicos. Hoy los profetas de la improvisación creen que seguir haciendo periódicos de papel solo tendrá sentido con información muy elaborada para élites.

¿Internet es lo que ha generado toda esa incertidumbre que dibujas?

Más que internet, la tecnología, dentro de la cual está internet. Por supuesto que desde la popularización de internet la relación entre los hombres y las máquinas ha cambiado nuestra percepción del mundo. Tratar de inventar aparatos para facilitarnos la vida, volverla más veloz y hacer cada vez más cosas con un solo objeto ha hecho que no sepamos si somos prótesis de los aparatos o los aparatos son prótesis de nosotros. Eso nos ha facilitado en gran parte la vida diaria, pero de cuando en cuando nos vuelve unos zombies tecnológicos.

Yo mencioné internet porque ahora desde un blog se puede informar y generar opinión, algo que parecía reservado al periodismo hace unos poco años.

Sí pero, más que la forma de producir noticias, lo que ha cambiado es sobre todo la forma de percibir el mundo a través de la tecnología. La revolución ha sido cómo las audiencias acceden a la información. Si ahora cada tres minutos interrumpimos lo que estamos haciendo para mirar si tenemos un mensaje de texto o si hay novedades en el Facebook, lo que tenemos es una crisis de la atención. Es decir, si escuchar a más de una persona a la vez ya era un acto más o menos contranatura entre seres humanos, hoy vivimos en un mundo en el que todos hablan a la vez y casi nadie escucha como debe. Y esa crisis general de la atención es una crisis de la percepción del mundo, y en última instancia, de memoria y entendimiento. Internet está cambiando nuestro cerebro.

¿Y la relación entre medios tradicionales y blogs?

La incertidumbre sobre qué sentido tiene el periodismo de hoy guarda relación con que el gran problema no es tanto la abundancia de información, sino su uniformidad, y también con la incapacidad del público de distinguir qué es verdad y qué no. Tenemos demasiada información sobre lo mismo y desde un mismo punto de vista. Y se supone que los blogs son la revuelta crítica contra la información oficial. Eso es extraordinario y bienvenido. Los blogs, hay que agradecerlo, han obligado a la prensa a ser distinta hoy. Pero, si te fijas en sus comentarios, la mayoría de ellos son una versión moderna de la literatura de los baños públicos. El blog como expresión individual y género de nueva creación colectiva es una fascinante oportunidad para la rebeldía, pero con ella de algún modo convive la sombra de Babel. La abundancia de los blogs y sus comentarios también han convertido el uso de la opinión en una nueva forma de la pornografía y de la impunidad. ¿Es esto preferible a los tiempos en que solo las empresas periodísticas dictaban qué era noticia y cuyo peor pecado era lo que no publicaban? Quiero creer que, a pesar de sus costos en destruir reputaciones, sí.

En este contexto tenemos la crónica, un género que exige al lector esa atención que está tambaleándose.

Que no es un género nuevo...

No, pero sí parece estar llamado a romper con la uniformidad que dibujabas.

La crónica es por naturaleza un género desobediente. Pero una crónica puede ser todopoderosa o puede ser una reverenda basura. Depende de la historia que se cuenta, de la mirada de su autor, del tiempo que le ha dedicado, de si ha tenido un editor como colaborador secreto, de lo que ha descubierto con el pretexto de contar una historia, de dónde la publicará y hasta de la suerte. Como en todo, hay buen o mal periodismo, buena o mala literatura. Todo se ha vuelto muy previsible y muy conservador, incluso dentro de lo más decente que se está haciendo. Un escritor de best seller dijo que desde hace un tiempo la mejor literatura era obra de los guionistas de series de televisión. No le faltaba razón. En periodismo, hay sobre todo una preocupación por la velocidad y las ventas, en lugar de preocuparnos por la gente. Por ahora, es un callejón sin salida.

¿Cuál es el papel que deberían de cumplir la crónica y el cronista?

No me gusta predicar sobre el deber, y menos adivinar el futuro: nos gustan tanto las profecías que nunca se cumplen. Solo puedo decirte lo que por lo menos intento, de cuando en cuando, hacer yo: contar una buena historia y descubrir cosas y desengañar a través de ella. Dar sentido al caos de las noticias y los rumores. Convertir el dato en conocimiento, y un acontecimiento en una experiencia personal. Y por supuesto, divertir. La gente en una crónica no busca historias porque le guste leer: la gente busca experiencias. Y escribimos historias en parte para intentar dar sentido y lógica a una experiencia. Más que dar noticias, una buena crónica transmite una experiencia.

¿La crónica ha cumplido alguna vez ese papel de generar conocimiento para la sociedad?

Cuando uno escribe una crónica, lo primero que quiere es que le lean y que su historia publicada tenga alguna consecuencia. La mayor parte cree que su influencia como cronista va a ser más individual, que es lo que en general ocurre con una crónica más ligada a la literatura. Una minoría cree que su influencia será más noticiosa y política, aunque la realidad es que se está escribiendo muy poca crónica noticiosa.

¿Se puede definir la crónica en pocas palabras?

La crónica es un género camaleónico y excéntrico. De ahí que Juan Villoro la definiera como el ornitorrinco de la prosa. Pero en tiempos de confusión, una crónica ya no es tanto un modo entretenido de enterarse de los hechos, sino que sobre todo es una forma de traducir el mundo. Cuando se propone ir más allá de la narración y adquiere un vuelo ensayístico, una crónica es también una forma de conocimiento en el que los hechos conviven con la duda y la incertidumbre. En ese sentido, me gusta otra definición de Villoro que dice que la crónica es el sentido común del futuro. En el siglo XXI, un cronista ya no es solo un buen escritor de la información. Su desafío es ser un reportero y traductor de los acontecimientos, pero desde una perspectiva de juego de dominó en la que los hechos locales son parte de una tendencia global, es decir, de “lo glocal”, entendiendo a un cronista como una especie de GPS, un orientador en el caos de noticias y rumores. Ya no es tan admisible que, en nombre de la urgencia y la objetividad, la mayoría de los reporteros dedique su tiempo a historias cuyo máximo sentido de verdad se constriña al trabajo notarial de reportar hechos incontestables, tipo verdadero o falso. Su reto es narrar los hechos de tal forma que lleven a un lector a entender qué encierra un fenómeno y sus apariencias, pero tomándose la molestia de no aburrir con ello.

¿Y cuál es el futuro de este género es un escenario en el que cada vez se lee menos?

La crónica seguirá siendo un asunto de minorías, a menos que los cronistas asuman el reto de convertirse en multimedia y supongo que por allí ya se están trabajando experiencias ejemplares que aún desconocemos.

Un asunto de minorías, dices, ¿porque así debe de ser o por resignación?

Porque es lo que hay. Elaborar una crónica es un acto muy costoso, al menos como yo la entiendo: es decir, una crónica es un gran reportaje muy bien escrito, un gran trabajo de campo con entrevistas, documentos y la suerte de ser testigo y cuyo relato no aburra. Ello supone semanas o meses de dedicación, un editor cómplice del cronista, una historia en la que los protagonistas cambian ante los ojos de su autor y donde el azar actúa sobre la realidad, y también lecturas. Todo eso es lo que yo llamo una buena crónica. Otra cosa es dar a algunas páginas de un periódico cierta amenidad, cierto cuidado de la prosa, incluso cierto vuelo poético, todo eso lo puedes hacer sin necesidad de salir a la calle. Pero una crónica, cuando es ambiciosa, exige un trabajo tan delicado como atlético.

Antes dije que ahora se lee bastante menos. ¿Compartes esa idea?

No. Es evidente que ahora leemos más, pero sucede que el nuevo lector sub 23 años lee como un decodificador, sin tiempo para las lecturas formativas. A mí me desespera no poder leer más. Estoy inscrito en el i-Google y tengo un agregador de noticias donde consulto ciertas páginas de diarios, revistas y blogs. Como es obvio, no podría acabar de leer siquiera la mitad de las novedades noticiosas que me llegan cada día. Desde ese punto de vista, esta oferta y accesibilidad a la información vía internet conspira contra la lectura ideal, la que pretende darle un sentido a las cosas y ser un objeto de puro placer. En resumen, si nos referimos al acto físico de leer, se lee más. Pero si hablamos de la lectura como un trabajo intelectual, la mayoría de la gente lee menos.

¿Y si nos ceñimos a la lectura de la prensa escrita?

Los periódicos tradicionales de papel están viviendo un verdadero apocalipsis, sobre todo los diarios. Pero insisto en el adjetivo tradicional, porque creo que algunos sobrevivirán si se plantean inaugurar una nueva relación con el lector.

Busquemos culpables de la nueva situación. ¿Seríamos los periodistas o serían los lectores?

No soy juez y esta entrevista no es un tribunal al aire libre, pero creo que la desesperación que hay para que todo se vuelva una empresa y para que todo genere rentabilidad ha hecho que se pierda de alguna manera la naturaleza de la misión original del periodismo, que es orientar a la gente.

El periodista, en general, ¿se ha convertido en cómplice de ese anhelo por la rentabilidad?

El promedio se ha convertido en un empleado mediocre, pero esto no es propio de los medios de comunicación, sino que es un mal contemporáneo que ha invadido tanto a los estudios de abogados como a las fábricas de detergentes. Manuel Vicent decía a principios de este siglo que ya no se puede decir del periodista que es ese tipo que escribe a toda velocidad sobre un tema que generalmente ignora.

Tú también eres docente. ¿Cree que los periodistas salimos bien formados de las facultades?

Si eso fuera cierto, yo no tendría trabajo y sería la persona equivocada para esta entrevista... aunque sigo creyendo que lo soy.

Sin embargo, en este escenario apocalíptico para el periodismo que has trazado, la crónica está teniendo un boom. ¿Cómo se explica esa paradoja?

En realidad, el boom que hay es de congresos y talleres por todos los lados: es más publicitario. Pero sí, igual sigue siendo un boom, aunque casi todo suceda entre los amigos que hacemos crónicas y publicamos más o menos en los mismos diarios y revistas.

Se están editando muchos libros de crónicas...

Sí. Es cierto que se están vendiendo más libros de crónicas, en español por lo menos; en inglés siempre se han vendido. Pero hay algo más esencial que eso. Hace un tiempo Martín Caparrós decía que él se sentía un marginal llamándose a sí mismo cronista, porque la crónica era crítica, se oponía al oficialismo y era desdeñada incluso por los propios periodistas. Pero ahora él siente que la crónica ya no está al margen, sino que se está volviendo parte del centro y ya no de la periferia, que es vanagloriada y que dedicarse a ser cronista da cierto estatus. Desde sus implacables bigotes, Caparrós dice que algunos cronistas jóvenes están posando con cara de bronce.

¿Por qué más libros vendidos? ¿Porque hay mala novela de ficción o porque se ha escrito buena crónica?

Creo que es porque de cuando en cuando la gente se da cuenta de que el mundo es más asombroso de lo que creía.

¿Y coincide el boom en Latinoamérica con una mejora objetiva en la calidad de las crónicas?

No lo veo así. Publica más gente, sí, pero como dijo Martín Caparrós, la crónica se sigue escribiendo como hace 50 años lo hacía Rodolfo Walsh.

En un plano muy personal, ¿tienes la sensación de que se está trivializando la crónica?

No. Hay muchos cronistas triviales, pero la crónica no es trivial. Los periodistas y los medios y los editores son los que la trivializan, no la crónica.

Cronistas como Caparrós han defendido que los detalles menos trascendentes se pueden alterar y hasta inventar para que un texto gane presencia.

Para mí ese es un falso problema, es un asunto de conciencia de cada uno. Y la única forma de que a uno le preocupe tanto es si se siente parte de la estación de policía del periodismo. Una cosa es la ética y otra, la policía. En mi caso, yo escribo por amor propio. El proceso de percepción de la realidad ya, de por sí mismo, es un acto subjetivo. La subjetividad no es una elección, es una fatalidad. Si lo vemos en un sentido estricto...

... todo el periodismo estaría bajo sospecha...

No, por favor, no des la exclusiva a los periodistas: todo acto de percepción y de conocimiento del mundo estaría bajo sospecha. Es normal. El cerebro, los sentidos y la memoria pueden ser muy engañosos. Es inevitable. Iluminar una cosa supone ensombrecer otras. Timothy Garton Ash llama a esto poder literario de selección, ese ojo clínico que un reportero usa para seleccionar unos cuantos momentos que transmitan toda una vida, en lugar de todo aquello que, por falta de tiempo o de espacio, tendrá que omitir. El vigor y la autoridad de una historia periodística está en cómo administrar esa tensión natural entre lo que se sabe y lo que se ignora, entre lo que se cuenta y lo que se omite, y en cómo en última instancia un cronista selecciona y da lógica y sentido a esta información fragmentada y parcial para poder construir con ella una imagen colectiva de su época. El periodismo, por su naturaleza simplificadora y urgente, está condenado a desdramatizar la realidad, pero apostar por publicar una crónica, en lugar de una nota informativa o una entrevista, es solo un modo de intentar desdramatizarla menos. Un cronista ejerce con libertad ese poder literario de selección de un modo similar al de un fotógrafo que elige un determinado encuadre: como le es imposible relatar la historia en su totalidad, encuadra solo unos fragmentos que expresen lo que más conviene al propósito de su historia. El relato no es la realidad, pero la ética y sus lectores tácitos le exigen que no la traicione. Al optar por un determinado encuadre, por algunos fragmentos del acontecimiento que ha decidido narrar, el cronista deja otros afuera. El acto de descubrir supone inevitablemente el de encubrir. El peligro está en que lo que un cronista decide excluir de su historia contradiga o desautorice lo que ha elegido mostrar en ella. Entonces no solo no es la realidad, sino que es un fraude.

Eso de inventar detalles se lo pregunto porque Etiqueta Negra es la única revista latinoamericana con verificadores de datos.

Sí, pero el hecho de tener verificadores de datos, al estilo de las revistas de mayor tradición en Estados Unidos, no la vuelve infalible ni la convierte en más moral que otras. Trabajar con verificadores de datos nos ayuda a no volver a cometer los mismos errores que pueden acabar con reputaciones, a recordar con vergüenza nuestros cinismos y perezas, y, como bien dice Alma Guillermoprieto, a protegernos de nuestra propia ignorancia y de la posible ignorancia de los lectores.

Pero como editor, ¿aceptaste la modificación de los detalles?

No. Y si supiera que está ocurriendo, trataría de advertírselo al lector. Si eres editor de una revista, tus autores deben saber cuál es tu política editorial. Hay que conversarlo. Pero también se trata de un acto de fe y de confianza.

¿Tampoco te tomas esas libertades al escribir?

No. Por ahora, me gusta leer ficción, no escribirla.

Hay como dos grupos de cronistas: los que hacen descansar sus textos en el reporteo exhaustivo y los que se apoyan más en su manejo del lenguaje.

Eso es una forma gruesa de decirlo, porque, como decía Víctor Hurtado, aún hay más estilistas en las peluquerías que en la prensa escrita. Hay autores que en algún momento no han querido salir tanto a la calle a hacer un reporteo puerta por puerta y que se preocupan más por el ingenio y el lenguaje. Pero esos mismos autores, en otro momento, pueden preferir hacer un descomunal trabajo de campo y dedicar menos tiempo a trabajar el lenguaje o incluso creer que si lo trabajan en exceso van a oscurecer su exploración de la realidad. Lo que quiero decir es que no me parece muy justo dividir a los cronistas en intelectuales y obreros, con todos los malentendidos que ello supone. Sino que, de acuerdo con la exigencia propia o la de los editores de una publicación, un cronista elige experimentar más en el reporteo o en el lenguaje.

Relatos que se hacen en horas y otros que requieren de meses reciben el mismo nombre: crónica.

El tiempo de trabajo en un tema no es lo que determina el género. En algunos casos, el tiempo invertido puede determinar la calidad, pero no el género en sí. Si alguien cuenta una historia que tiene una intriga, un clímax y un final, y casi todo es verificable, eso ya una crónica. Aunque se haya reporteado y escrito en la misma tarde.

Seguro que te ha pasado que cuando vas dos, tres o 10 veces a un mismo lugar a hablar con la misma gente, cada día percibes realidades distintas, opuestas a veces. Y si eso ocurre, ¿cómo fiarnos de la primera impresión que es el material de trabajo del cronista de un diario?

Algo parecido me pasó en un perfil que hice al alcalde ciego de la ciudad de Cali. Lo visité dos veces, con seis meses entre el primer y el segundo encuentro, entrevisté a unas 50 personas y esa diversidad me permitió descubrir matices en el personaje, al punto que tuve que corregir varios detalles de mi primera versión y cambiar el sentido de mi percepción de algunas cosas que había observado seis meses atrás en él. Ser testigo del paso del tiempo y de cómo cambia la gente es el lujo de un cronista a diferencia del reportero de diario. Pero también soy un creyente en los aciertos de la intuición y de la experiencia, aunque eso depende más de tu ADN.

Una fuente se abre cuando tiene confianza con el periodista, algo que rara vez se logra con una visita.

¿Tu pregunta tiene que ver con qué credibilidad tiene alguien que escribe crónicas de un día para otro?

No, me refiero más a la fidelidad de su reporteo.

La confianza que un periodista puede lograr con una fuente el primer día es la misma que se puede tener en una primera cita con la que quisieras que fuera tu novia. La química de ambos puede hacer que sea un encuentro honesto, pero también puede ser una farsa.

Siguiendo tu metáfora, en una crónica de largo aliento el reporteo lograría la confianza del matrimonio.

Si el reporteo para una crónica de largo aliento fuera un matrimonio, sería igual a una tumba. Porque eso son a menudo los matrimonios, ¿no? Sería la tumba de la crónica, dicho desde el punto de vista de un cronista soltero.



Esta entrevista apareció publicada en la edición del 15 de febrero de 2009 de la revista Séptimo Sentido, el suplemento dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica. Puede verla pulsando aquí (páginas 6 a 11).

30Jul, 2008

Las mejores fotografías de... Christian Poveda

Escrito por: robertogasteiz el 30 Jul 2008 - URL Permanente


Todo un mundo por retratar

El fotoperiodista franco-español Christian Poveda nació profesionalmente como un corresponsal de guerra, recorrió después con su cámara los principales conflictos bélicos del último cuarto del siglo XX y entabló con El Salvador una relación especial que aún hoy se mantiene. El país se ha convertido en el escenario ideal, dice, para obtener las imágenes que en esta etapa de su vida quiere inmortalizar.


Por Roberto Valencia

La palabra guerra irrumpe en la vida de Christian Poveda antes incluso de haber nacido, y será su compañera inseparable durante décadas. “Me siguen”, bromea. Este fotoperiodista tiene ya 53 años, algunas canas, unos lentes que lo singularizan, un acento inconfundiblemente francés y un currículum al alcance de pocos, de muy pocos. Su trabajo se ha publicado en muchas de las revistas más prestigiosas del mundo, como Time, Libération o L’Express. Hoy llegan a Séptimo Sentido. Y, si bien en los últimos años ha incursionado con éxito en otras temáticas, sin las guerras resulta difícil concebir su trayectoria profesional.

Poveda nace en 1955 en Argelia, en el norte de África, cuando ese territorio aún era colonia francesa. Su familia había tenido que huir de España en 1939 por estar en el bando derrotado en la Guerra Civil española. Huyeron de una guerra, y se metieron en otra: la librada por los argelinos contra los franceses para lograr su independencia. La victoria de los independentistas se concreta en 1961, y con apenas seis años, Poveda y su familia se refugian en París.

Pronto surge el interés por la fotografía, que asegura tener encendido antes de cumplir los 15 años. Su juventud discurre entre un activismo político incentivado por los dos grandes referentes de su generación: la Guerra de Vietnam y el Mayo del 68 francés. La fotografía, no está de más recordar, tuvo un papel importantísimo en la difusión de ambos.

—¿Qué fue lo primero que te publicaron?

—Fue un fotorreportaje que hice en 1977 sobre el Frente Polisario, en el Sahara occidental. Fueron 10 páginas en el semanario L’Express.

Por si a alguien le queda alguna duda, el Frente Polisario comenzaba entonces una guerra aún inconclusa, la de liberación contra los estados invasores de Marruecos y Mauritania.

Con este bautismo, parecía que no había escapatoria, y así fue. La primera mitad de la década de los ochenta Poveda se la pasa de guerra en guerra: cubre, entre otras, la que enfrenta a Irán e Iraq, la del Líbano, las dictaduras chilena y argentina, y los conflictos guerrilleros más o menos abiertos de Perú, Guatemala y El Salvador.

21Jun, 2008

Peruanos, suspicacias y otras hierbas

Escrito por: robertogasteiz el 21 Jun 2008 - URL Permanente

Por Roberto Valencia



Un peruano llamado Julio Villanueva Chang vino al periódico a finales del año pasado para impartir una capacitación. Ese peruano era, y lo sigue siendo, uno de los editores más respetados de América Latina, asiduo ponente en las mesas más selectas en las que se discute hacia dónde va esa droga llamada periodismo. Pues bien, me atrevo a interpretar que Villanueva Chang se sorprendió muy gratamente al conocer la revista dominical Enfoques, al conocer que en un país que pinta nada en el mapa periodístico mundial se hace algo como esta revista que hoy expira. La interpretación tiene su sustento. Semanas después de marcharse, el peruano contactó al que entonces era el editor de la revista, Saúl Vaquerano, y le ofreció participar en un proyecto conjunto en México.

A veces cuesta verlo cuando se está dentro, pero Enfoques se despide habiendo alcanzado un siempre debatible pero interesante grado de madurez. Son diez años en los que el suplemento, con sus lógicos altibajos, logró labrarse un nombre, logró labrarse un respeto. En sus páginas ha cabido el periodismo investigativo, el periodismo de profundidad y el periodismo narrativo, y sus artículos consiguieron destacarse entre el resto de las páginas del diario por la simple lógica de que el tuerto es rey en país de ciegos. Con sus defectos y sus virtudes, desaparece uno de los logos más respetados de la prensa nacional.

Y muere Enfoques en un momento delicado, un momento idóneo para los porqués, para las suspicacias. Hay, de hecho, un feo antecedente. Vértice, el hermano gemelo de Enfoques en El Diario de Hoy, fue finiquitado hace más de dos años, y su sustituto fue un producto que renunció a la esencia del periodismo.

Eso no ocurrirá esta vez. Habrá cambios, pero el equipo humano que integra la revista que se despide es el mismo que estará detrás del proyecto que verá la luz el próximo domingo. Siempre habrá quien lo objete, pero si el espíritu de Enfoques era la apuesta inequívoca por el buen periodismo, esa seña de identidad no desaparece hoy.

Esta columna fue publicada en la edición del 22 de junio de la revista Enfoques.

www.robertogasteiz.blogspot.com

Este es el periodismo que se está haciendo en un país como El Salvador, en el centro de Centroamérica. Formo parte de la generación autodidacta, la que partió de cero, la que partió de la guerra civil, y la que carece de referentes locales. Por ello, internet es la herramienta indispensable para dar a conocer lo que por acá se está haciendo, y sus comentarios son especialmente bienvenidos.

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