28 Sep 2010

La necesidad de bucear

Escrito por: rosario-curiel el 28 Sep 2010 - URL Permanente

Últimamente aparezco pronto por aquí. Lógico. Estoy dedicándome a pensar, y, como mi tiempo y mi mente son limitados, a veces necesito desaparecer.

El problema últimamente es que el mundo pide opciones mentalmente aptas para luchar contra la crisis, algo que anime al mundo a levantarse cada mañana, cuando la verdad es que, más allá de reconocer el milagro de continuar con vida, poder pagar las facturas y comer al menos tres veces al día (un mal vicio que tenemos los animales humanos), la situación invita a quedarse en la cama y no salir hasta que se acabe el mundo.
Desde el punto de vista literario, o mejor dicho, editorial (que no siempre son lo mismo, como ya sabemos), el panorama pide obras optimistas, triunfan los libros de autoayuda, los textos que hablan de seres que caen fuera de las fronteras de lo humano pero que recogen nuestros miedos (los vampiros, los zombies, los ángeles) o novelones varios, amparados por la larga sombra de una firma que garantice ventas, múltiples ventas. Son malos tiempos para ser sinceros. Son malos tiempos, para ser sinceros. Sí, doble frase para doble concepto.
Hace tiempo me propuse no deprimir a quien me leyera, y en ello sigo. Pero no puedo obviar una realidad, la de todos, que no conduce al optimismo. Si a ello le sumamos cierta vena intelectual, que en estos lares está castigada con pena de muerte editorial, la conclusión es obvia: si se quiere publicar en condiciones (léase, entre otras condiciones, "sin pagar"), no hay editor que se arriesgue con gente como yo. Los libros no se venden, o no se venden lo suficiente (a no ser que... etcétera: vuélvase la vista unas líneas más arriba), y libro publicado sin buena campaña publicitaria se muere sin remisión en las estanterías. De los concursos, mejor no hablar. Aparte: una servidora está en perpetuo aprendizaje, es decir, reconoce que seguramente tiene mucho que aprender. Supongo que no sé escribir libros comerciales (no sé qué significa esto); es más, me produce una enorme satisfacción personal complicarme la vida: escrivivir.
Dicho lo anterior, no es de extrañar que no me crea capacitada para dar lecciones, y que de vez en cuando desaparezca. Acompaño mi soledad virtual de una justa dosis de acidez monacal, y de no pocas letras. Siento una imperiosa necesidad de bucear en los laberintos de esta realidad que nos acecha.

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19 Jun 2010

Después de Saramago

Escrito por: rosario-curiel el 19 Jun 2010 - URL Permanente

He necesitado unas cuantas horas (quizá demasiadas) para deglutir el efecto arrasador de la muerte de Saramago. El hecho me lo comunicó una persona muy querida, por teléfono, como si el escritor fuera alguien de mi familia. Esa persona sabía lo mucho que quería/quiero a la persona y al escritor que respondía al nombre de José Saramago: alguien que me emocionó hasta la médula en un curso que impartió en Santander, en el verano del año 2000. Me emocionó a mí y a los cientos de personas que lo escuchábamos, día tras día, en el Paraninfo de la Universidad Menéndez y Pelayo.

Día tras día, en ese curso en el que explicaba la génesis y elaboración de sus obras, Saramago era maestro y era persona. Nos hablaba también, desde su sencillez estremecedoramente poética, de sus orígenes humildes y de cómo había vivido, entre otras muchas cosas, la entrega del Premio Nobel. La última tarde, y a petición de sus alumnos (nosotros) nos leyó algunos de sus poemas en su versión original portuguesa: quien aquí escribe puede garantizar que muchos de los que estábamos allí acabamos llorando de la emoción. Fue una absoluta experiencia cumbre. Una total revelación de belleza y verdad inauditas.
Por eso, y al hilo de todo lo bueno que se ha dicho de él y lo también desagradable que de él se ha comentado, aprovecho este espacio para proclamar: José Saramago fue, ante todo, un tremendo ser humano. Desde aquellos días muchos supimos que, gracias a él, algo había cambiado para siempre. Los grandes escritores, si tienen además la luz que él irradiaba como persona, son capaces de lograr que ser sea mucho más que existir.
Después de Saramago, vivir (y escribir) fue mucho más que un infinitivo: fue un verbo que, en verdad, cabe conjugar en todos los tiempos.

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25 May 2010

La deseada densidad del ser

Escrito por: rosario-curiel el 25 May 2010 - URL Permanente

Un poco aturdida por tanta información, a veces desaparezco. Es el momento de las grandes preguntas. Algo semejante a "¿por qué escribo?" o "¿para qué?". Por fortuna, cierto instinto de supervivencia me revela enseguida que son preguntas inútiles. Necesarias para detenerse, pero inútiles.

En primer lugar, cabe decirse que escribir no es como respirar: pruebe usted a dejar de escribir y pruebe (de manera simultánea o consecutiva) a dejar de respirar y compare. No escribir puede provocar daños colaterales como inquietud, nerviosismo, o quizás, a veces, cierto descanso de los de nuestro alrededor, desentumecidos por una vez de nuestra excesiva reconcentración (no quisiera, aunque tentada estoy de decirlo, llamarla "egolatría"). No respirar provoca la necesidad inmediata de respirar, bajo amenaza de muerte si nos empecinamos en conseguir marcas de "no respiración".
Y, sin embargo... la gente escribe. Yo escribo. Usted, que quizá lee esto, quizá también escribe. En este momento se están pariendo o abortando miles, millones de libros en múltiples lugares, formatos, plataformas y circunstancias. Perdóneseme un poco este totum revolutum.
¿Escribir nos hace libres? ¿son los libros libres? A veces sí y a veces no. Escribir es una de las formas de esclavitud más sutiles que conozco. ¿Por qué nos empecinamos en seguir escribiendo, en domeñar ideas, sentimientos, documentos, personajes (a veces tan respondones, ellos) cuando está tan claro que darse un paseo es tan absolutamente beneficioso para la salud? Exclúyase de esto todo el censo de posibles alergias, claro. Y... en cuanto a la segunda pregunta... Los libros... muy libres no son tampoco, y menos en estos tiempos de hipermercado libresco, en donde prepararse para comprar o para entender implica un esfuerzo (¿la Feria de Madrid? ¿la de Frankfurt? ¿es posible publicar sin agentes, ganar concursos sin pactos, etc.?) superior al tiempo que tenemos en esta vida (siempre tan corta) para escribir.
Así que, en esta dinámica estaba cuando, asfixiada por pensar lo que no debía y, sobre todo, por no estar escribiendo, di con una de las múltiples respuestas: escribir nos da una cierta densidad de ser, un cierto peso (aunque Kundera opinara lo contrario). Hay un cierto aplomo en el gesto de trazar letras, de presionar las teclas del ordenador, de ver cómo surgen de nuestras manos mundos: aunque sean vanos, aunque no digan nada a los demás, aunque no sean superventas.
Hace unas semanas (o quizás años, ésta es una polémica al fin y al cabo tan vieja) leí que es inútil (o no debería estar permitido) escribir si no se escriben obras maestras. Que no vale la pena. "¿Perdón?", me dije a mí misma. Lo releí. Sí, efectivamente, alguien estaba exactamente diciendo eso. Radicalmente, no estoy de acuerdo. Lejos de los criterios del mercado (que, como ya sabemos, son otros), hay muchos niveles de escritura: desde el más personal e intransferible hasta el que se hace público en la "primera división" del mercado editorial. Para empezar, cuando alguien escribe algo, procura no plantearse que va a escribir una obra maestra: es el primer mandamiento del manual de supervivencia para escritores (profesionales o no). Querer escribir una obra maestra es la mejor manera de no escribirla, porque nos conduce derechitos al bloqueo creativo y emocional (aunque sospecho que lejanamente ambos son lo mismo). Más bien, el escribir es una especie de proceso de decantamiento de vivencias, intuiciones, momentos cumbres y desalientos. Si de aquí va a salir una obra maestra o no lo dirá el tiempo, si es que tal obra tiene la suerte de llegar a ser conocida por el público: y cuando digo "tiempo" hablo de décadas, o de siglos. Lo que de momento se piensa sobre lo que se publica, y más en estas épocas de hiperinformación, de actualización acelerada de la vida, no es más que lo que los griegos llamaban "doxa", es decir: opinión. Hay libros que no soportan el paso del tiempo: los que sí lo soportan son las obras maestras.
Evidentemente, todos podemos permitirnos el lujo de no escribir una obra maestra. No todos vamos a pasar a la historia porque no todos somos Gandhi, o Mozart, o Einstein, o quienes ustedes quieran poner aquí en el censo de grandes personajes. Un gran personaje, un personaje histórico, sería una obra maestra de la humanidad, independientemente de su bondad o maldad. Por el mismo camino, no todos estamos obligados (¿debería decir "llamados"?) a postular por la paz del mundo, por su armonía o por su evolución científica. Pero sí estamos llamados a influir en nuestro entorno. Inevitablemente, influimos, para bien o para mal, en nuestro pequeño mundo: el nuestro, y el de las personas que nos rodean. En nuestro mundo tenemos un peso. Somos importantes para nuestra familia, nuestros amigos, compañeros... en un ataque de misantropía y aislamiento, reduciríamos la importancia a nosotros mismos: somos importantes para nosotros mismos puesto que convivimos con nosotros mismos. Y eso nos asombra y a veces nos apesadumbra. Ésta es una de las múltiples razones por las que escribimos: porque, agotadas las preguntas y las respuestas, nos hace sentir somos, nos va revistiendo de capas y capas de ser. Y eso, en nuestros tiempos exponencialmente acelerados, es algo que necesitamos casi tanto como respirar.

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23 Abr 2010

Ad castra hiberna

Escrito por: rosario-curiel el 23 Abr 2010 - URL Permanente

Pasan tantas cosas en el Día del Libro... Le decimos adiós a Samaranch (aún lo recuerdo decir aquello de "à la ville de... Barcelona"), en Bélgica prohíben velos y aquí nos planteamos qué hacer, no sabemos muy bien en qué consiste eso de "la libertad"...

Tomar decisiones es difícil, tremendamente difícil. Forma parte de la vida (esta que se nos escapa) y de la tan cacareada libertad. Hoy, por ejemplo, día de eventos para todo aquel aficionado a la lectura-escritura, día de protocolos para los que tenemos la manía de ir escribiendo (escriviviendo), me enfrentaba a la gran polémica: ¿un día hacia el exterior o hacia el interior? ¿Cumplía con el recorrido que suele ser típico-tópico en mi caso y en el de otras muchas personas que enarbolan plumas, teclados, bolígrafos... como armas del alma? Me esperaban no pocas invitaciones a desayunos, aperitivos, refrigerios, lecturas, parlamentos... Y, lo confieso, he optado por la vía fácil: me he recluido. He cumplido con algunas cuestiones de índole profesional y luego me he encerrado a leer un buen libro que, lo siento, ya había comprado antes (nada que objetar a comprar libros en un día como hoy, las musas me libren). El culpable: Vacío perfecto, de Stanislaw Lem (publicado por Editorial Impedimenta), una rareza exquisita que me tiene el aliento robado. Recomendable para freaks del escrivivir.
Lo demás cae del lado de lo personal, no constatable aquí. Pido perdón desde esta pantalla a mi editor, que ya sabe a estas alturas, me temo, que soy algo rebelde y que por eso jamás seré una superventas. También pido disculpas a mis amigos libreros, aunque a ellos (y ellas) los honro a menudo fundiendo mi tarjeta de no crédito en la compra de diversos especímenes habitados de hojas: espacios, lugares, casas, cuarteles de invierno a los que me retiro a menudo, huyendo del mundanal ruido.
En este momento, en la ciudad (más o menos real) en la que vivo, un sol resplandeciente deslumbra un cielo hasta hace poco desgarrado a truenos y lluvia torrencial. Et tout le reste est littérature.

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05 Abr 2010

Catoblepas

Escrito por: rosario-curiel el 05 Abr 2010 - URL Permanente

Se come a sí mismo. Se supone que empieza por los pies y acaba por la cabeza. Flaubert lo conoció de buena tinta en La tentación de San Antonio. Leonardo da Vinci no escapó a su influjo hipnótico. Y tantos otros lo han citado que perderíamos la cuenta.

Existe otro animal que se come a sí mismo. Que utiliza su propia persona y su vida para deglutirla y arrojarla a la palestra de manera más o menos impúdica (hago mías las faltas). Llámase al tal animal escritor (o escritora, si queremos conservar las formas). Se fija en lo que le sucede en esta vida o en otras (soñadas, leídas) y transforma el amasijo de días en páginas.
A veces o a menudo se documenta. Porque el Ser es lo más vacío y lo más lleno a la vez, según Heidegger (que seguía el eco de Hegel). Así que si pretendemos escribir sobre lo que somos vamos mal. Porque, preguntémonos: ¿qué somos? ¿Nuestros recuerdos? ¿Nuestros anhelos? ¿Nuestro "yo"?... ¿Qué es "yo"? ¿Quién soy... ? El camino es tortuoso y no nos lleva a ningún sitio, más allá de enredarnos en la maraña de lo que somos-creemos ser.
Así que al pobre animal literario, supuestamente tocado por la varita mágica de las musas, no le queda otro remedio que devorarse a sí mismo y arrojar sus propios pedazos, exhibirse, eso sí, previo strip-tease a la inversa (a no ser que pretenda escribir su autobiografía) por aquello del decoro. Y toma notas, infatigable, de lo que vive, lee, sueña...
Por decirlo en palabras del ínclito Flaubert: "¡Qué suerte, tú vas a poder vivir eso!". Se lo dijo a un amigo que tenía que asistir, lógicamente apesadumbrado, al funeral de su madre.
(P.D.: No es muy sano desear que se muera nuestra madre para poder escribir. Hay otros caminos)

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04 Abr 2010

Los nuevos críticos en la Red

Escrito por: rosario-curiel el 04 Abr 2010 - URL Permanente

Hace un tiempo, escribir críticas de libros para diarios de largo alcance era un sueño para muchos. Para mí también.

Ahora, el saber (y el no-saber también), se propaga por la Red a la velocidad de un virus. Bien, imagen gastada: podríamos decir que Internet es el Gran Acelerador de partículas de los seres humanos. Nos diversifica en tareas, nos altera las conexiones neuronales y ahora, también, nos convierte en críticos literarios. Hay por ahí alguna editorial que propone a los seguidores que quieran emplear el tiempo en ello hacer una crítica de los libros que publican a base de leer el primer capítulo. Sin cobrar, por supuesto. Luego sortean algo entre los benditos ilusos y todos tan contentos.
A primera vista, parece una extorsión del internauta. Pero, bien mirado, en este mundo de griterío, invitar a las personas heridas de muerte místico-literaria a exponer su voz no está tan mal. Mejor eso que tirarse a la palestra de la violencia digital de la que habla la muy lúcida Elvira Lindo en su sección desde hace, al menos, dos semanas.
Ah, por cierto: encantada de escribir por aquí.

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El blog de Rosario Curiel en El País. Un lugar para irse preguntando qué sucede con la literatura y con la vida que la in-forma. Un lugar en el que las posibles respuestas dan paso al enorme aliento vital que contiene todo acto de escritura.

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