Nubes y bandoleros.
Hoy hay nubes. Pues no veas cómo se nota: estaban los críos alborotados. En mi aulita, se desahogan. Estos personajillos se sienten escuchados, importantes. Aunque sea dando la lata, cómo lo agradecen. No les pasa más que lo que a todos nosotros: queremos ser el centro de la reunión, tener algo que contar y que a alguien le interese. Así, te cuento que tengo emocionado a ******** Al que yo llamo Fuerte Voz, para entendernos sin que haya peligro de personalismos. Pues el otro día me habl...
Después de tantos años...
Después de tantos años trabajando, ahora nos piden firmar la asistencia a la entrada y a la salida, justificar hora por hora de trabajo. Dentro de poco, seremos considerados obreros (no es peyorativo) de la enseñanza. Productivos y no productivos. ¿Se nos valorará por el número de aprobados? ¿Dará esto lugar a picarescas? La gente de mi centro está soliviantada. ¿Así nos ayudan a dignificarnos? ¿Esta es la prueba de que la Administración confía en sus funcionarios? Reflexionando... Por ...
Halloween
Mis alumnos dicen que se van a disfrazar en Halloween. La conversación, inevitablemente, va de difuntos. Entonces me dice con toda seriedad Pelo Crespo que su abuelo (ya fallecido) está en su casa, porque le queda algo por hacer. La planta de arriba se la reserva el abuelo. Sus tíos no creyeron a su madre. El tío enfermó y la tía rodó por la escalera. Para él, la casualidad no existe. Es el abuelo, que se enfada si le molestan. Va a cumplir quince años... pero es un niño ingenuo de voz a...
La carta del padre
Fuerte Voz ha recibido carta de su padre. Y me cuenta que le ha visto unas tres veces en su vida. El padre le da muy buenos consejos, le dice que le quiere y desea estar con él. Que lamenta haberse metido en el mundo en que se metió (drogas). Nos dice también, con la tranquilidad del que está habituado a este tipo de vivencias, que su madre ejercía la prostitución. Y que abusaba tanto del alcohol como de las drogas. Afirma que su hermano y él están vivos gracias a su abuela, con la que con...
¿Día de suerte?
Hoy te cuento que quizá sea mi día de buena suerte. Pero agridulce. Verás: Ocurre que, al acabar el recreo, a la vuelta de tomar café, he pisado algo resbaladizo y me he caído. Nada me ha dolido, no tengo ni un rasguño y del incidente sólo queda el recuerdo. Ningún centímetro de mi cuerpo se queja. Buena suerte, pues. Pero ¿por qué no lo tengo tan claro? Porque a la sensación de ridículo que te entra al verte sentada en el suelo (no veas con qué agilidad me levanté) se une la perplejidad de...
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